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Todos los candidatos descalificados en primera vuelta dieron su respaldo a Casado

19º Congreso del PP – Pablo Casado es elegido nuevo Presidente en segunda vuelta derrotando a Soraya Sáenz de Santamaría

HECHOS

Votación para la presidencia del Partido Popular.

  • D. Pablo Casado – 1.701 compromisarios.
  • Dña. Soraya Sáenz de Santamaría – 1.250 compromisarios.

RESULTADOS DE LA PRIMERA VUELTA (AFILIADOS)

El Partido Popular organizó un sistema mediante el cuál sólo podían presentarse dos candidatos ante los compromisarios del XIX Congreso (Extraordinario) del PP para que estos eligieran al nuevo líder.

Para ello, dos semanas antes celebraron unas ‘primarias’ para que a ella se presentaran los que quisieran ser candidatos a presidente del partido. Presentándose tres ministros (la ex vicepresidenta Sra. Sáenz de Santamaría, la ex ministra de Defensa y secretaria general del partido, Sra. De Cospedal y el ex ministro de exteriores Sr. García Margallo), así como el Vicesecretario de Comunicación, D. Pablo Casado, el diputado Sr. Joserra García Hernández y un militante de base.

En aquellas primarias en las que el número de inscritos fue de apenas el 7% a la militancia (al menos la oficial) del PP, dio el siguiente resultado:

 Dña. Soraya Sáenz de Santamaría – 21.513 votos.

 D. Pablo Casado – 19.967 votos.

 Dña. María Dolores de Cospedal – 15.090 votos.

 D. José Manuel García Margallo – 680 votos.

D. José Ramón García Hernández – 668 votos.

D. Elio Cabanes – 185 votos.

Con estos números, la Sra. Sáenz de Santamaría y el Sr. Casado pasaban a la ‘segunda vuelta’, el Congreso del partido. La Sra. Sáenz de Santamaría realizó todas las presiones posibles para que el Sr. Casado retirara su candidatura y así fuera la nueva presidenta por aclamación, pero el Sr. Casado logró el respaldo de todas las demás candidaturas derrotadas (Sres. Margallo, Cabanes, García Hernández y – la más importante – Sra. Cospedal) y se impuso en la segunda vuelta por 1.701 compromisarios frente a 1.250 compromisarios.

22 - Julio - 2018

Un presidente para el futuro de España

LA RAZÓN (Director: Francisco Marhuenda)

El Partido Popular tiene desde ayer un nuevo presidente nacional. Pablo Casado fue la elección mayoritaria de los compromisarios que ejercieron su derecho al voto en el XIX Congreso. Recibió 1.701 sufragios frente a los 1.250 que logró la exvicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. O lo que es igual, el 57% de las papeletas emitidas frente al 42% de la otra candidata, 15 puntos de diferencia que es un margen incontestable. El PP ha consumado el proceso de relevo de su dirección después de la dimisión de Mariano Rajoy y la moción de censura y lo ha hecho por primera vez en unas primarias a doble vuelta en un procedimiento que ha resultado positivo y enriquecedor para esa formación y por ende para el régimen de partidos de nuestra democracia. Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría enfrentaron sus enfoques alternativos en buena lid con las tensiones lógicas de cualquier práctica electoral de estas características. Pero en líneas generales hubo limpieza, respeto y sana competencia, por lo que entendemos que la experiencia ha supuesto un paso adelante en la apertura a la sociedad del PP y para nada un retroceso o un lastre de cara al futuro. Por más inesperada que pudiera resultar para muchos dentro y fuera de la formación conservadora, la victoria de Pablo Casado atesora muchos méritos en sí misma.

Hay que recordar que su candidatura en la primera vuelta era casi considerada como la de un espontáneo que saltaba a la arena contra los dos grandes pesos pesados como eran Sáenz de Santamaría y Cospedal. Sin agarraderas en el aparato, al que fuera portavoz del partido se le auguraron escasas opciones de salir adelante. En medio de ese escepticismo, Casado, en un trabajo de campaña realmente excepcional, con ideas claras, y con la reivindicación de los principios que el afiliado y el simpatizante del PP querían oír, fue capaz de pasar el corte y de quedarse muy cerca en apoyos de la todopoderosa exvicepresidenta. Ese casi 60% de compromisarios que le otorgaron ayer su confianza en la segunda vuelta de las primarias suponen la ratificación de que Casado y su mensaje son los elegidos para liderar el nuevo comienzo de un partido ganador. La apuesta por la juventud, el entusiasmo, las ganas y el coraje sin complejo alguno y con todo el orgullo de pertenencia a un colectivo representan el mandato hacia un relevo generacional, orgánico y político que no debe mirar atrás, más que para coger impulso y recordar un legado, y que está obligado a pensar en el porvenir con renovados y competentes equipos de confianza que sepan consolidar y robustecer una alternativa mayoritaria de gobierno al que la izquierda y sus socios independentistas y antisistema proponen hoy para el país. El discurso de Pablo Casado en el plenario y la respuesta del auditorio manifestaron una conexión evidente durante todo el parlamento.

Realmente, más allá de su probada capacidad para la oratoria, su exposición fue magnífica, vibrante, detallista y habilidosa, con mensajes nítidos, recuerdos necesarios, sin olvidar a nadie y con citas personales, territoriales y sectoriales. E ideas y principios imprescindibles, compartidos, entendemos, por una mayoría de españoles. Los que demandan un empuje ideológico, que se priorice la política sin olvidar la economía, que se ponga en valor el partido de la libertad, de las personas, de la vida, la familia, la unidad de España o la lucha contra el terrorismo. Y que se haga entender también, abierto a la sociedad, que se recuperen espacios perdidos y se conecte con las plataformas cívicas como altavoces necesarios. Casado habló de honradez como cualidad ya de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres del PP y clamó contra los juicios paralelos y las dobles condenas, que son también un síntoma deplorable de la corrosión del sistema. En ese nuevo PP, España, la nación de todos, unida y vertebrada, será una idea fuerte y beligerante contra todos aquellos que están empeñados ahora en debilitarla, vaciarla de contenido y emborronar su pasado y su presente para que no tenga futuro. Que Casado esté ahí para responder y frenar a los enemigos de la Constitución resulta esperanzador. También como parapeto a lo se engendra en la Cataluña separatista que no invita a la tranquilidad y que exigirá de los populares capacidad de movilización y respuesta.

El PP llegó al congreso en estado semicomatoso, depresivo, desorientado como el boxeador sonado que se creía eterno campeón y un directo a la mandíbula le mandó a la lona. Aturdido, sin saber qué hacer, buscaba soluciones, una tabla de salvación. Alguien que enseñara un nuevo camino con el que ilusionarse, y sentir orgullo de pertenencia a un partido de miles de personas mayoritariamente honradas y trabajadoras. Han salido del cónclave con la satisfacción de haberlo encontrado, de creer que Pablo Casado los guiará por un sombrío tiempo de incertidumbres para España, y que sabrán encontrar las respuestas por el bien de todos, sobre todo de la nación. Creemos que el PP ha acertado con Casado, y que ahora el partido debe cerrar filas con su líder y no dar bazas a los adversarios. No es tiempo de personalismos y sí de digerir con lealtad los resultados. El presidente del PP ha prometido un proyecto de «manos blancas, bolsillos vacíos y corazón enamorado» de esa «España que madruga». Y ahí caben muchos, muchísimos.

22 - Julio - 2018

El PP se rearma

EL PAÍS (Directora: Soledad Gallego Díaz)

Los conservadores giran a la derecha con Casado para recuperar electorado

El XIX Congreso del Partido Popular eligió ayer a Pablo Casado como nuevo presidente en una coyuntura política difícil para el partido. El PP, en caída libre demoscópica, se ha visto en unas pocas semanas desalojado del poder y descolocado en el tablero político, con un Ciudadanos que llegó desde el centro y venía comiéndole el terreno radicalizando su discurso hacia posiciones conservadoras. La elección de Pablo Casado, futuro candidato a la presidencia del Gobierno, no es, si se presta atención al contenido de sus discursos, la mejor opción para organizar un centro-derecha moderno, un partido conservador similar a los que existen en nuestros socios europeos.

El nuevo presidente se ha presentado en estas primarias como un representante del aznarismo ideológico; no hay por qué descartar que actúe de forma menos radical e ideologizada una vez que ha terminado la campaña para captar votos en su propio partido. El Partido Popular se ha considerado heredero de José María Aznar y de Mariano Rajoy, al tiempo que ha optado por una enmienda a la totalidad del estilo de este último. La experiencia y la tecnocracia que ofrecía Soraya Sáenz de Santamaría, leal a Rajoy y a sus políticas, ha sido derrotada por un liderazgo de perfil más radical. Por estas razones, el viaje hacia un partido conservador de corte europeo y centrado, más capaz de adaptarse a las evoluciones sociales, se antoja hoy más largo que ayer.

La vieja derecha española necesita una auténtica renovación ideológica. No es posible regresar a la ley del aborto de 1985, cuestionar la Ley de Memoria Histórica o ignorar las consecuencias de la dictadura franquista, mantener la religión católica como asignatura evaluable, defender una exacerbada vocación centralista ni mostrar el menor rasgo de complacencia con la corrupción. No hay espacio político para retroceder en los avances conseguidos en una sociedad democrática. Si el Congreso de ayer ha demostrado que las bases del PP —no muy nutridas, como han desvelado las primarias— apuestan por el rearme ideológico y político, es obligado insistir en que no es ese el partido conservador que necesita la democracia española.

El PP ha sido y es una formación vertebradora de la política española. Debería volver a serlo, adaptándose a la modernidad, y buscar la oportunidad de hacerlo. Celebrar primarias por primera vez en su historia ha sido un importante paso adelante hacia esa nueva política más abierta a una confrontación de ideas que, lamentablemente, apenas se ha dado. El afán de integrar candidaturas ha sido una lección para otras formaciones. Pablo Casado es un hombre de perfil mediático de solo 37 años que, en contra de su eslogan de regeneración, solo ha propuesto en sus discursos un cambio de formas y una mayor polarización del electorado. Así lo augura la defensa de esos ideales desacomplejados que enarbola y así lo indica un partido que ha elevado al liderazgo a un político que abultó descaradamente su currículo académico y cursó un máster que está investigando la justicia. Esperemos que la gestión política del nuevo presidente del PP se aleje del contenido de sus discursos y se aproxime más a lo que debe ser un partido europeo de centroderecha. Margen tiene para ello.

22 - Julio - 2018

El PP inicia su regeneración apostando por las esencias

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

El Partido Popular ha abrazado el rearme ideológico y emprendido un viaje para recuperar sus principios esenciales con la arrolladora victoria de Pablo Casado. El 57% de los compromisarios le respaldaron frente a Soraya Sáenz de Santamaría. El joven diputado asume así las riendas del principal partido de España con una enorme legitimidad que le permite afrontar el desafío sin ataduras y avalado para enterrar el marianismo.

La pugna entre los dos candidatos había devenido en una moción a la última etapa del partido, con Rajoy al frente. Y dado que la ex vicepresidenta no representaba sino la continuidad, Casado ha sabido erigirse como el único que podía encarnar la necesaria renovación. Su audacia a lo largo de toda la campaña -aplauso merece la seriedad y entrega con que la ha afrontado-, su habilidad para presentarse como el candidato frente al aparato -por más que le haya respaldado Cospedal en la segunda ronda-, y el brío de discursos como el que hizo antes de las votaciones, han contagiado una enorme ilusión a los militantes de un partido que estaba marchito. No sólo por el colapso provocado por la cascada de casos de corrupción. También por el gran error de Rajoy quelo fió hasta el final todo a la economía, incapaz de darse cuenta de que, en política, lo decisivo es la política.

Las apelaciones de Casado a recuperar el alma clásica del partido han conectado con quienes reclamaban sangre ideológica. No le ha dañado ni la simplista definición de aznarista -antes al contrario, él lo ha sabido explotar con orgullo- ni el hecho de que, con él al frente, el PP parezca escorarse hacia la derecha. Porque en la travesía del desierto que atraviesan los populares necesitaban inyección de liderazgo, fortaleza para reafirmar la unidad, dejar atrás el yermo doctrinario, y energía para recuperar tanto terreno político perdido en el espacio del centroderecha, sometido a una reestructuración inaplazable que afectará también a Ciudadanos, el partido rival que más zarandeado se verá por el nuevo liderazgo popular.

No cabe perder de vista que Casado ha dirigido hasta ahora sus mensajes a militantes y compromisarios del partido, un auditorio muy ideologizado como es lógico. Pero el nuevo presidente del PP, que encarna también una importante renovación generacional, ha dado sobradas muestras de versatilidad y cintura. Y no hay por qué dudar de su capacidad para moldear el discurso y conectar con los más amplios estratos de la ciudadanía cuando llegue el momento de confrontar con los posibles votantes en las citas electorales que pronto se inaugurarán en Andalucía.

Pero la versatilidad no puede estar reñida con los valores y los principios. Los ciudadanos cada vez recelan más del travestismo político. El compromiso de Casado con la unidad de España, la defensa de la Constitución, el apoyo a la familia o la apuesta por una economía menos intervencionista y la rebaja de impuestos, todas ideas fuerza esgrimidas en el discurso de proclamación, forman parte de ese acervo del PP que su nuevo líder reivindica. El tiempo dirá si el partido ha acertado. Los españoles necesitan, desde luego, fortaleza en aquellos partidos que son baluartes del sistema de derechos y libertades que nos ampara a todos.

22 - Julio - 2018

El PP regresa al aznarismo

EL PERIÓDICO de Catalunya (Director: Enric Hernández)

En unos días en que es muy necesario el diálogo sobre Catalunya, la elección de Casado es una mala noticia

La elección de Pablo Casado como nuevo presidente del PP, con un 57% de los votos del congreso extraordinario frente al 42% de Soraya Sáenz de Santamaría, significa una enmienda a la totalidad del marianismo, como si Mariano Rajoy hubiera sufrido una segunda moción de censura, ahora en su partido. Los atronadores aplausos del viernes al líder que se jubilaba eran en realidad ovaciones de despedida a su política, representada en esta dura confrontación que ha vivido el PP por la exvicepresidenta del Gobierno, que, aunque tuviera la elegancia o la falta de compromiso de no pronunciarse, era la preferida por Rajoy para sucederle.

Con Casado vuelve el aznarismo, el PP sin manías ni complejos, como había reclamado durante la campaña José María Aznar, aunque oficialmente tampoco se decantase por uno de los dos candidatos. Casado, que accede a la presidencia del PP a la misma edad que Aznar, 37 años, de quien fue jefe de gabinete, representa un giro a la derecha que se observa sobre todo en sus propuestas políticas y sociales. Si en el programa económico los cambios no son notables -con la bajada de impuestos por bandera-, en otros asuntos el nuevo presidente defiende posturas involucionistas, como el regreso a la ley de aborto de 1985, la oposición a la ley de memoria histórica y la exhumación de los restos de Franco, el rechazo a cualquier ley de eutanasia o la descalificación del feminismo en unos momentos en que se ha convertido en un tema central de la política desde las movilizaciones del pasado 8 de marzo.

El nuevo PP se prepara para competir a cara de perro con Ciudadanos en muchos aspectos y sobre todo en la cuestión de Catalunya, sobre la que Casado ha anunciado que se opone al diálogo con el Govern, ha llegado a plantear la ilegalización de los partidos independentistas y en su discurso de toma de posesión rechazó la reforma de la Constitución, propuso endurecer el Código Penal ante futuros desafíos secesionistas e incluso defendió convertir en realidad la broma de Tabarnia y reivindicó la España de las banderas españolas en los balcones.

En unos días en que es muy necesario el diálogo sobre Catalunya, la elección de Casado es una mala noticia que solo beneficia al otro extremismo, el que encarnan Carles Puigdemont y los sectores más irredentistas del independentismo, que este fin de semana libran asimismo una batalla para acabar con la escasa moderación que queda en el universo convergente.

21 - Julio - 2018

Un nuevo presidente del PP con plomo en las alas

Ignacio Escolar

Pablo Casado es el nuevo presidente del Partido Popular y una de las primeras cosas que tendrá que hacer es comerse sus palabras sobre las “alianzas de perdedores”. Casado, el segundo en el voto de los militantes, ha ganado frente a la candidata más votada, Soraya Sáenz de Santamaría, gracias al apoyo de María Dolores de Cospedal, que bajo ningún concepto iba a permitir que su archienemiga gobernase el PP. También ha resultado vencedor porque su campaña, sin ninguna duda, ha sido mucho mejor que la de su rival desde el primer día hasta el final. Desde el debate inexistente –que no se hizo porque Santamaría sabía que lo iba a perder– hasta los discursos de este sábado, donde Casado, para su público, ha estado francamente mejor.

Santamaría usó tres argumentos en su campaña de primarias frente a Casado. Que era la que podía ganar elecciones. Que tenía experiencia de gestión. Que era mujer. Fueron los mismos que en su momento usó Susana Díaz. Le ha ido igual de mal.

La vicepresidenta siempre fue un poder vicario en el Partido Popular, un poder supeditado al liderazgo de Mariano Rajoy, sin apoyos en el partido. Y a pesar de que el expresidente del Gobierno en las últimas semanas se empleó, su empuje no ha bastado para dar la vuelta a unas primarias cuyo poco democrático reglamento –esas dos vueltas a militantes y a compromisarios– son un ejemplo de lo que no se debe hacer. El nuevo líder del PP nace con una primera derrota en su haber. Ha ganado entre las élites de partido, pero no entre sus militantes. Sus rivales en el Congreso se lo recordarán en cada ocasión.

Pablo Casado era el más temido por Ciudadanos –que pierde su diferenciación– y también el preferido por el PSOE y Pedro Sánchez, que con Casado tiene más fácil consolidarse en La Moncloa. Está por ver si el discurso ultra del nuevo líder del PP era solo para consumo interno, para ganar las primarias, o si lo piensa mantener. Pero si Casado sigue por esta línea, quien seguro se queda sin espacio será Vox.

El nuevo presidente del PP nace con plomo en las alas. Por su hinchado currículum académico y especialmente por su máster en la URJC. Casado está pendiente de una decisión judicial que, en muy breve tiempo, llegará. La juez ya ha preguntado al Congreso por su aforamiento porque se está planteando una petición de imputación, que tendrá que trasladar al Tribunal Supremo. Ya ha encontrado indicios de delito y la gran duda que tiene la juez es qué decreto reglaba para el máster que cursó. Pueden ser dos. Si se trata del decreto 2005, las convalidaciones son ilegales. Y si se trata del decreto de 2007, a Casado le aprobaron sin el trabajo fin de máster. Sea cual sea el decreto, el máster es más que irregular.

Es de esperar que el nuevo líder del PP confíe en que el Supremo le vaya a tratar con un cariño especial. No por nada, los vocales nombrados por el PP han designado a la gran mayoría de los jueces del Supremo. Pero incluso si el Supremo no le imputa, la instrucción contra el catedrático Álvarez Conde, el principal responsable del caso Cifuentes, más tarde o más temprano acabará en una sentencia donde el máster de Casado probablemente saldrá como uno de los títulos regalados de la URJC.

Con todo, el PP es especial. Si Mariano Rajoy pudo sobrevivir durante años pese a lo mucho que se parecía su nombre a ese tal M. Rajoy que aparece en los sobresueldos de Bárcenas, no descarten que se consolide Casado. En su contra juega que España ya no es lo que era, como demuestra el claro relevo generacional que supone su designación. Todos los principales líderes de la política no habían nacido o no sabían leer cuando Franco se murió. A su favor, que los últimos meses de la política española demuestran que cualquier cosa puede pasar.

21 - Julio - 2018

La derrota de Soraya es la victoria del PP

LIBERTAD DIGITAL (Presidente: Federico Jiménez Losantos)

En contra de lo que vaticinaban las encuestas y a pesar de no contar con el apoyo del aparato del partido, Pablo Casado ganó con claridad las primarias del Partido Popular y se convirtió en su nuevo presidente. Los compromisarios asistentes al congreso extraordinario debían elegir entre el continuismo de las políticas recientes del PP que representa Soraya Sáez de Santamaría y la renovación ideológica profunda que propugnaba Casado. Afortunadamente para los votantes del gran partido del centro-derecha español, ganó la opción que prometía toda una renovación programática para devolver al PP sus señas tradicionales de identidad.

La ex vicepresidenta del Gobierno acudió al congreso con el aval de haber obtenido el mayor número de votos de las bases en la primera vuelta de las primarias. Si bien, no llegó ni al 40 por ciento de los votos y su diferencia con Casado eran muy exigua, de apenas un punto porcentual. Más del 60 por ciento de los afiliados habían votado a candidaturas que estaban claramente en contra de Soraya y ella misma había aceptado las reglas de votación a dos vueltas al comenzar el proceso, sin embargo dedicó todos sus esfuerzos en las últimas semanas a presentarse como la candidata que habían votado “la mayoría” de los afiliados e intentó forzar por todos los medios la retirada de Pablo Casado, con quien se negó a mantener un debate. “Soy mujer”, esa fue toda su aportación al debate democrático que debe preceder cualquier elección de este tipo. Pocos argumentos más desgranó en su plomizo y triste discurso, leído, al plenario para reclamar su confianza, como corresponde a un personaje que ha hecho de la indefinición ideológica y de la falta de compromiso con los valores de su partido la principal seña de identidad. Un discurso sin la menor emoción, sin apenas desarrollar una sola idea y con momentos que rozaron el ridículo más sonrojante como el desafortunado y fallido gag del abanico, más propio de una competición de debate entre institutos que de un partido político medianamente serio. No se podía esperar más de un personaje tan poco atractivo intelectualmente como nocivo para la derecha y para España.

Frente a esta propuesta vacía de contenido y con dudosos argumentos de puro marketing como eje central se alzó el espléndido discurso de Pablo Casado, en el que abogó por recuperar los principios y valores que siempre caracterizaron al Partido Popular. “Me presento –explicó Casado- para enarbolar los principios que nos han dado sentido, para reivindicar los valores que son nuestra columna vertebral, volver a las ideas que nos han convertido en una fuerza política imparable”.

En efecto, Casado ha protagonizado una de las mejores campañas políticas de los últimos lustros en España. Todo empezó en aquella brillante entrevista en Es la mañana de Federico de esRadio el 28 de junio. Nadie daba un duro por su candidatura y aquel día supo transimitir la convicción y el entusiasmo por unos principios que el PP había abandonado en infausto congreso de Valencia. Lo ha repetido hoy en su vibrante intervención en el plenario, minutos antes de que los compromisarios empezasen a votar, donde Casado ofreció sin ningún complejo una encendida defensa de la austeridad del sector público, la reducción de la carga fiscal a todos los españoles o la familia como célula fundamental del orden social a la que hay que proteger, propiciando los aplausos enfervorecidos de una audiencia que llevaba ya demasiado tiempo esperando escuchar a un candidato con tanta claridad. Con sus constantes apelaciones a la defensa España y la libertad como ejes vertebradores de lo que ha de ser el gran partido de la derecha española puso en pie al abarrotado auditorio en cinco ocasiones por ninguna de Soraya.

Pero con su victoria, Casado no ha llegado a ninguna meta. Muy al contrario, es a partir de ahora cuando comienza la verdadera tarea del flamante presidente popular. Casado llega a un partido dividido, con encuestas devastadoras en su contra y sin pulso ideológico. Del éxito de su labor al frente del PP dependerá no solo la recuperación de un partido que ha sido fundamental en nuestra historia democrática, sino también el destino futuro de España, que hasta ahora estaba dominado en el terreno ideológico por la izquierda más radical.

22 - Julio - 2018

El Kennedy de Palencia

Eduardo Inda

John Fitzgerald Kennedy ganó al tramposo y no menos resabiado Richard Nixon en 1960 porque los astros se cruzaron a su favor y, sobre todo y por encima de todo, porque hizo soñar a los estadounidenses. El irlandés lo tuvo más fácil que otros no sólo porque tenía dinero. Que también, no es lo mismo empezar de cero que con una buena talegada en el banco. Tampoco porque fuera más joven de aspecto y de mente que su rival, que tampoco es cuestión baladí. Básicamente, venció porque Dios, el destino y sus padres Joseph y Rose le habían dotado de un gen básico en política: la oratoria. El que distingue a los grandes políticos de los del montón. No hablaba bien, no, hablaba muchísimo mejor que mejor.

Al fin y a la postre, los grandes políticos que en el mundo han sido conforman un elenco de disertadores en el cual brilla con luz propia el político más grande de todos los tiempos: Winston Churchill. Pero hay más, no muchos más porque el orador nace, no se hace: el propio Jack Kennedy, Ronald Reagan, Willy Brandt, el estratosférico Adolfo (que desde ahí arriba echó ayer una mano a Pablo), Felipe González y tantos otros que llegaron, vieron y vencieron porque gozaban de ese arma imbatible que es la palabra. La cosa pública es en muy buena medida una batalla de ideas y normalmente suele llevarse el gato al agua el que mejor las expone. Algún malvado, y no pocos descreídos, matizan esta aseveración asegurando que “en política vence el que miente mejor”. Ted Sorensen, el formidable speechwriter de JFK, resumía en 10 palabras la clave del éxito de cualquier político/a de fuste que se precie. “Hay que hablar desde el corazón y para el corazón”, le indicaba machaconamente a su aventajado pupilo que acabaría siendo el trigésimoquinto presidente de los Estados Unidos de América con todos los honores.

Seguro que Soraya sabe identificar a Kennedy o Churchill pero apostaría todo lo que tengo a que no tiene pajolera idea de quién es un Ted Sorensen que, por cierto, acabaría siendo (ahí es nada) Premio Pulitzer. No se puede intentar ganar una batalla orgánica, y no digamos ya una institucional, hablando como si estuvieras delante del tribunal de las oposiciones de abogados del Estado o ante la comisión de subsecretarios. Pablo Casado no sólo sabe quién es Sorensen sino que además nació para esto de ponerse delante de miles de tíos, cada uno de su padre y de su madre, y convencerles de que tienen que apostar por él para mejorar la realidad.

El Hotel Auditórium de Madrid vibró, se emocionó, se puso cachondo, lloró y se llevantó seis o siete veces entusiasmado con el discurso que todos y cada uno de ellos hubiera redactado. Más allá de todo eso, el palentino consiguió lo que hace 48 horas parecía un imposible físico y metafísico: que 3.082 almas recuperaran el orgullo de pertenecer al PP. Era el chute de motivación que llevaban años esperando, con más fe que convencimiento empírico. Su estruendoso “¡viva España!” fue el KO definitivo a una adversaria inteligente como pocos y trabajadora como ninguno a la que, sin embargo, Dios no llamó por el camino del discurseo. El error fatal del abanico, sólo comparable al “relaxing cup of café con leche” de Ana Botella, la condujo a un callejón sin salida.

A Pablo Casado siempre le compraríamos un coche usado. No sólo porque tiene cara de buena persona sino porque, además, lo es. En este caso, es lo que parece. Carece de dobleces. También de cara B. A los que le echan en cara que es joven, que carece de experiencia, que no ha gestionado, les recuerdo que un tal José María Aznar (al que, impresentablemente, no invitaron al Congreso) se anotó el Congreso de 1990 con 37 años. Los mismitos que acumula el cuarto presidente del gran partido de centroderecha español. Cierto es que su padrino político era baranda de la Junta de Castilla y León pero no lo es menos que Casado lleva toda la vida en política, se las sabe todas y ha tenido los mejores maestros posibles: desde Esperanza Aguirre hasta José María Aznar, pasando por Mariano Rajoy, María Dolores de Cospedal o el incomparable Manuel Pizarro.

Ahora llega el más difícil todavía. Si complicada ha sido la Travesía del Desierto a la tierra prometida, con escorpiones que casualmente se parecían a Javier Arenas, setenta veces siete más complicado será la reconquista de La Moncloa. Extramuros todos son enemigos: la mayor parte de los medios, entregados en un 75% a la izquierda frentepopulista y/o al golpismo, un Gobierno de España que tiene en su mano todos los artilugios posibles para hacerle la vida imposible (Fiscalía General, CNI et altri) y unos Ciudadanos a los que nadie debería dar por muertos porque son igual que él: jóvenes, bonitos, brillantes y honrados.

No hace falta ser Churchill ni poseer el coeficiente intelectual de Einstein para colegir cuál es la receta del éxito de este nuevo PP: que vuelva a ser el de toda la vida. El que era antes de la fuga masiva de ciudadanos rumbo a Ciudadanos o Vox por culpa de la hermafroditización de un partido que proverbialmente tuvo las ideas claras. El “¡hasta aquí hemos llegado!” de 3,5 millones de españoles cabreados con un partido que les subió los impuestos más de lo que proponía Izquierda Unida en 2011, puso en libertad al carcelero de Ortega Lara porque le quedaban “tres semanas de vida” (el muy malnacido vivió tres años más) y se corrompió hasta los tuétanos. La vuelta a los principios, es decir, al principio. Ésa y no otra es la cuestión. Afortunadamente, Pablo lo tiene meridianamente claro. Cosa bien distinta es que el pensamiento único le deje hacerlo.

Déjemonos de tonterías: José María Aznar demostró que con principios el centroderecha puede arrasar en unas generales. Y Mariano Rajoy, que en líneas generales fue un magnífico presidente, certificó sensu contrario que cuando te quedas sin valores terminas autojibarizándote. La mayoría natural de este país no es, en contra de lo que sostiene el estereotipo fake, de izquierdas sino que más bien se sitúa entre ese oscuro objeto del deseo que es el centro y la derecha. La UCD y el PP han gobernado 20 años de los 41 de elecciones democráticas, los mismos que un PSOE que indiscutiblemente acabó siendo más liberal que socialista con otro grande llamado Felipe González. El marido de la gran Isabel Torres será presidente más pronto que tarde si viaja al centro, como le hemos recomendado algunos, sin perder el favor de esa derecha civilizada que, más-menos, matiz aquí, matiz allá, comparte modelo de sociedad con quienes se sitúan en el 5 o el 6 del tablero político. Lo consiguió la Unión de Centro Democrático en los 70 y repitió jugada José María Aznar en 2000. Un equilibrismo en el que no faltarán voluntarios para asesinarle civilmente tirándole del alambre. Tranquilidad porque cumple las tres P: Prudencia, Paciencia y Perseverancia.

Pablo debe convertir su Gobierno en la sombra pero también el de verdad en el Gobierno de los mejores. Ha de rodearse de honradez, estajanovismo y talento. Cuanto más, mejor. Un revival de ese Ejecutivo kennedyano abruptamente interrumpido: “No olvidemos que una vez existió un lugar que durante un breve brillante momento fue conocido como Camelot”. Una antorcha ha sido traspasada a una nueva generación de españoles. No falles ni nos falles y, ante todo, no nos robes los sueños.

Adolfo Suárez González in memoriam

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