Tanto Benegas como otras incorporaciones a la Ejecutiva son destacados seguidores de Alfonso Guerra

30º Congreso del PSOE – Felipe González y Alfonso Guerra reelegidos, Txiki Benegas nuevo Secretario de Organización

HECHOS

El 16.12.1984 se celebró el XXX Congreso del PSOE en el que D. Felipe González y D. Alfonso Guerra fueron reelegidos Secretario General y Vicesecretario, al tiempo que D. José María Benegas era elegido nuevo Secretario de Organización.

NUEVA COMISIÓN EJECUTIVA FEDERAL

  • ramonrubialPresidente- D. Ramón Rubial
  • felipe_82_86_89Secretario General- D. Felipe González
  • 1991_AlfonsoGuerraVicesecretario General- D. Alfonso Guerra (Guerrista)
  • benegasSecretario de Organización- D. José María Benegas ‘Txiki (Guerrista)’
  • chaves_2008Economía- D. Manuel Chaves
  • galeoteComunicación- D. Guillermo Galeote (Guerrista)
  • mugica_constiPolítica Institucional- D. Enrique Múgica (Guerrista)
  • Participación Ciudadana- D. Alejandro Cercas (Guerrista)
  • Relaciones Internacionales- Dña. Elena Flores
  • Administración- D. Emilio Alonso
  • Cultura- D. Salvador Clotas (Guerrista)

Secretarios Ejecutivos:

  • maruganD. Francisco Fernández Marugán (Guerrista)
  • matilde_fernandezDña. Matilde Fernández (Guerrista)
  • D. Javier Saénz de Cosculluela (Guerrista)
  • Dña. Carmen García Bloise
  • D. José Angel Fernández Villa
  • D. Sálvador Fernández

FRACASÓ LA PONENCIA DE ‘IZQUIERDA SOCIALISTA’ CONTRA LA OTAN:

borbolla_Santesmases El delegado D. Antonio García Santesmases, adscrito a la corriente que agrupa a los marxistas del PSOE ‘Izquierda Socialista’ de D. Pablo Castellano y D. Luis Gómez Llorente, presentó una emienda contra la OTAN, el ‘aparato’ oficial representado por el delegado D. José Rodríguez de la Borbolla, fue el encargado de replicarle. Su propuesta fue rechazada, por lo que en el XXX Congreso del PSOE se ha asumido oficialmente le mantenimiento de España en la OTAN.

19 - Febrero - 1985

El cambio en el PSOE

Pablo Castellano

Ha acabado el 30º Congreso del PSOE. Se ha optado en él entre los dos caminos que cabía escoger: adecuar la acción política a las resoluciones congresuales tradicionales, o fabricar unos acuerdos pragmáticos acomodados a la práctica política cotidiana, por esta última dirección. Y es obvio que ahora hay más coherencia y menos contradicción entre lo que se hace y lo que se proclama. Queda por ver adónde ha ido a parar la coherencia entre las siglas y los sigilos. Pero aun y con esto, no es ésta la cuestión importante. Los problemas con unas u otras resoluciones, y con una práctica política más o menos acorde con éstas, no desaparecen. Están ahí, y cada día con más crudeza.Por algunos se dice que todo ello no es sino una cuestión de táctica, dentro del marco de una gran estrategia, en el avance, en el camino hacia el socialismo previsto y calculado a muy largo plazo en estas tierras. Dos o tres décadas. Se reitera que por esa razón esta forma de hacer no supone ni una revisión de los fundamentos ideológicos ni un desprecio u olvido de los objetivos tradicionales del socialismo. Al parecer, sólo se discute el método, el ritmo, el tiempo. Es una expresión del gradualismo que la propia realidad impone con su tozudez. Todos desearíamos que así fuese, y no por meros anclajes históricos, sino porque valoramos seriamente el riesgo de equivocarnos, pues un yerro en estos cálculos condicionaría y perjudicaría todo lo demás.

Pero algunos tienen, o tenemos, el derecho a temernos que sea algo más que una simple cuestión de táctica, en el ámbito de una estrategia más o menos limitada o pacata.

Otro pensamiento

Puede que todo esto sea, y muy legítimamente, la muestra de la afloración de otro pensamiento político, y para sus mantenedores, como es lógico, mucho más acertado que el de otros, y obviamente contando con un mayor respaldo electoral, y habiendo acreditado popularmente su atractivo. Pero, sinceramente, a lo mejor y a lo peor es ya otra cosa.

Cuando no se discute lo que se quiere y por qué se quiere, se está en la misma posición política, aun cuando surjan diferencias, por serias que éstas sean, sobre el cuándo y el cómo, sobre el ritmo y la música, y nunca sobre la letra.

El 30º Congreso del PSOE es, por esto, uno de los más clarificadores de todos los que el mismo ha celebrado, no sólo desde 1974. Quizá sea comparable al de 1921, en el que se decidió no formar parte de la Internacional Comunista, y al extraordinario de 1931, en el que triunfó la tesis de la coalición social-republicana y, en suma, la de posponer las grandes reformas sociales a las reformas republicano-institucionales de la superestructura estatal o del simple cambio de régimen.

El 30º Congreso del PSOE es, ciertamente, el remate de la obra de un equipo, del núcleo del poder orgánico que representa y encarna Felipe González, que por ello ha hecho perfectamente en aprovechar tan fausto acontecimiento para presentarlo como tal, como la meta de 10 años de recorrido: de Suresnes a la Moncloa, al comparecer exhibiendo a los delegados y a toda la opinión pública un trayecto, una estrategia perfectamente desarrollada contra viento y marea, para llegar desde la conquista del poder en el partido a la conquista del Gobierno en el Estado.

En 1972, en el congreso de Toulouse, por coincidencia entre todo el interior y gran parte del exterior, se eliminó el obstáculo de la dirección en el exilio, de la vieja guardia.

En enero de 1974, la Internacional Socialista reconoció a los nuevos dirigentes, colegiadamente, como titulares legítimos de la representación histórica del PSOE, abriéndose entonces para algunos la lucha legítima por el poder en su seno, para irlo conduciendo a sus objetivos.

En octubre de 1974, en Suresnes, comienza el proceso de personificación del poder y su nucleación alrededor de Felipe González y su equipo coherente y armónico.

En diciembre de 1976, en el 27º Congreso, una nueva concepción de la organización va perfilándose, se eliminan ciertos controles democráticos de los estatutos para convertir a los delegados de los congresos en compromisarios, y se va abriendo el partido a los socialcatólicos y a los socialnacionalistas, en un proceso de evidente transformación.

17 - Diciembre - 1984

El congreso del presidente

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

Como estaba previsto, el 30º Congreso del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha respaldado todas y cada una de las iniciativas que su secretario general y presidente del Gobierno ha sometido a debate. Las resistencias de los delegados a la permanencia de España en la OTAN, que parecían inquietantes para la dirección hace escasas semanas, han sido abrumadoramente derrotadas, y las corrientes críticas no han resultado fortalecidas después de la asamblea. La intervención de Felipe González en defensa de la política económica de Miguel Boyer -el otro importante campo de batalla para los críticos- apenas se vio matizada por la aceptación por el congreso de algunas de las enmiendas propuestas por los dirigentes de UGT.El congreso ha servido fundamentalmente para legitimar la acción del Gobierno durante estos dos últimos años y extenderle un cheque en blanco para el resto de la legislatura. A partir de la victoria socialista en las urnas, los órganos directivos del PSOE se convirtieron en fantasmales cajas de resonancia de las decisiones y de las opiniones del Gabinete. Mientras UGT conseguía mantener cierta distancia respecto al poder ejecutivo, en buena medida gracias a la autoridad moral de Nicolás Redondo, el PSOE desapareció prácticamente de la vida pública como centro de decisiones políticas, como espacio de elaboración ideológica y como instancia arraigada en la sociedad civil. Partido de creación reciente, puesto que la data centenaria de sus siglas no oculta su nueva fundación en los años setenta, el PSOE carecía de la militancia necesaria para seguir presente en el tejido social después de que miles y miles de sus afiliados fueran reclutados por los aparatos del Estado. La hemorragia de cuadros destinados a las administraciones públicas dejó en la calle de Ferraz a un pequeño pelotón de dirigentes para testimoniar, con escasa convicción, la autonomía del partido.

La mayoría de los delegados al 30º congreso, al margen su mandato representativo partidista, ostentaban cargos públicos, legitimados algunos por la elección popular (deudores, por ello mismo, de quienes les incluyeron y les pueden seguir incluyendo en las listas cerradas y bloqueadas electorales) y procedentes otros de la libre designación por el Ejecutivo. El presidente del Gobierno, cuya susceptibilidad para las críticas periodísticas no va acompañada con una simétrica sensibilidad que le guarezca de adulaciones (al estilo de los elogios del ministro Moscoso, que ha recomendado como texto para las cátedras de Derecho Político el discurso inaugural de Felipe González), mostró su enojo ante la utilización metafórica de la imagen del pesebre por un periodista de la Prensa reaccionaria para describir el origen administrativo de esos delegados. La comparación entre los Presupuestos Generales del Estado y el cajón donde comen las bestias no es precisamente laudatoria, pero fueron precisamente los socialistas quienes inventaron esa imagen -muy navideña, por otra parte- para desprestigiar a los militantes de UCD.

El 30º Congreso del PSOE ha tenido el aire irreal de la segunda versión de una película rodada con el mismo director, el mismo guionista, la misma trama y los mismos actores que la versión original. Las cuestiones a discutir, los argumentos utilizados y las resoluciones alcanzadas no han sido más que una apagada reproducción de la lista de problemas previamente debatidos en las instancias del Estado. Y eso que el examen desde enfoques originales de los asuntos ya tratados en el Parlamento o la incorporación de temas específicamente partidistas no requería necesariamente que el Gabinete de Felipe González mantuviese con los órganos de dirección del PSOE las torturadas relaciones existentes entre el Gobierno de Vitoria y el Consejo Nacional del PNV. Hubiera bastado simplemente con un clima menos cargado de temor reverencial hacia el poder.

La formación de la nueva comisión ejecutiva era la única auténtica incógnita del 30º congreso. El hecho de que Felipe González se reservase la presentación de la lista es otra prueba de la mimetización del PSOE respecto al Estado, ya que esa decisión prolonga la prerrogativa del presidente del Gobierno de nombrar a sus ministros. La caída de Jose María Maravall, Javier Solana y Joaquín Almunia -vale la pena indicar que el actual ministro de Educación es uno de los escasísimos teóricos del PSOE- podría ser presentada como un propósito de que el partido no sea satelizado por el Gobierno, pero esa interpretación se derrumba al ver que Felipe González y Alfonso Guerra han sido confirmados como secretario y vicesecretario general. La salida de la ejecutiva de los líderes socialistas de Cataluña y Valencia -Raimon Obiols y Joan Lerma- y el rechazo del consejo político, donde hubiesen ocupado un lugar los barones que controlan las principales comunidades autónomas con mayoría socialista, refuerzan el propósito de anular cualquier embrión de doble poder. De este modo, Felipe González y Alfonso Guerra, únicos legitimados para formar parte a lavez del Gobierno y de la ejecutiva del PSOE, concentran en sus manos el control de dos gabinetes paralelos, uno en el Estado y otro en el partido, y aumentan de manera abrumadora su propio poder.

La designación de José María Benegas como tercer hombre, secretario de organización y portavoz del PSOE, será incompatible, a corto plazo, con sus tareas como secretario general del PSE-PSOE y diputado en el Parlamento vasco, cargos que han mostrado la abnegación y el valor de este guipuzcoano, pero también sus insuficiencias políticas. El nombramiento no puede ser entendido sin una adecuada valoración de Benegas, hombre maleable (influenciable) y leal colaborador de Felipe González.

Habrá, por último, que analizar con detenimiento las resoluciones del congreso y compararlas con anteriores declaraciones programáticas del partido para determinar la evolución ideológica que éste ha tenido. Nada o muy poco queda de aquel socialismo autogestionario, republicano y neutralista que tantos líderes del PSOE proclamaban, hasta airadamente, en los comienzos de la transición. El socialismo ha ocupado definitivamente el espectro del centro político en nuestro país, en su estrategia de mantenerse el mayor tiempo posible como partido hegemónico sin alternativa a su poder. Ése es el triunfo principal de su hoy indiscutible líder Felipe González. Será también su miseria histórica si no sabe aprovecharlo para promover el cambio que prometió a sus electores.

El Análisis

UN NÚMERO 3

JF Lamata

La foto del XXX Congreso del PSOE fue la del momento en que se cantó ‘la Internacional’ D. Felipe González, ante la sorpresa de muchos, no levantó el puño. Un gesto que fue muy bien recibido tanto por la izquierda moderada, el centro y la derecha que veían en aquel gesto un guiño a la moderación y al gobernar para todos, evitando un símbolo que a una parte de sociedad recordaba a la guerra civil.

En el campo orgánico se produjo un importante cambio. Nadie dudaba que D. Felipe González era el Número 1 del PSOE y D. Alfonso Guerra el Número 2, aquel cónclave venía a consolidar la figura de un ‘Número 3’: D. José María Benegas – un hombre totalmente afín al Sr. Guerra – como Secretario de Organización, lo que incrementaba el temor en algunos sectores al poder que estaban concentrando en el PSOE los afines al Vicepresidente del Gobierno, que no tardarían en ser conocidos como ‘los guerristas’. ¿Era, pues el Sr. Guerra el número 2 del PSOE, o era otro número 1?

J. F. Lamata

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