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Alusiones expresas a Jesús Polanco, Antonio Asensio, Patxo Unzueta y Santos Juliá

Andanada desde los micrófonos de RNE contra EL PAÍS y PRISA por parte del diputado del PNV, Iñaki Anasagasti

HECHOS

El 28.01.1997 D. Iñani Anasagasti fue entrevistado en el programa ‘Los Desayunos’ de RNE, presentado por D. Julio César Iglesias, en los que hablo del conflicto de la televisión digital.

El diputado del PNV, D. Iñaki Anasagasti, mostró su apoyo al Gobierno del PP en la Guerra digital y cargando contra el Grupo PRISA y sus periodistas en el programa ‘Los Desayunos de RNE’ ante los periodistas D. Javier González Ferrari, D. Alejo García y D. Julio César Iglesias.

Programa ‘Los Desayunos’ de RNE (28.01.1997)

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El dirigente político D. Gorka Knorr, de Eusko Alkartasuna, acusó en un artículo de EL CORREO al Sr. Anasagasti de tener el mismo discurso de los periodistas de ‘El Sindicato del Crímen’ anti-PRISA que lideraban D. Pedro J. Ramírez o D. Antonio Herrero.

26 - Enero - 1997

Nacionalista y demócrata no puede ser

Santos Juliá

Arzalluz revela con su gesto y sus palabras es que el nacionalismo se ha convertido, en este final del siglo XX, en una ideología que, al situar supuestos derechos colectivos sobre los derechos concretos de ciudadanos individuales, constituye el más grave peligro para la libertad, pues reduce los ámbitos de tolerancia, excluye a los otros que no pertenecen al grupo de los nuestros y les niega el derecho a ser ellos mismos.

Tal vez fuera porque, cuando despertamos a la curiosidad razonadora, el relato de las glorias de nuestro pasado nacional giraba en torno a una guerra civil o quizá porque no nos afligía nada contemplar los muros derruidos de la patria mía; el caso es que para los nacidos en los años cuarenta y cincuenta el nacionalismo era el último de los recursos imaginables para ir en busca de una identidad colectiva. Como los jóvenes de principios de siglo, nuestra preocupación principal fue salir, traspasar fronteras, dejar España detrás, a la espalda. Lo hicimos de forma masiva, hasta el punto de que la nuestra, si se exceptúa la de 1914, obsesionada por el problema español, fue la primera generación universalista: queríamos ser en tal cosa como los franceses, en esto otro como los ingleses y hasta en aquello de más allá como los americanos.No sabíamos entonces que, por crecer tan reacios al nacionalismo español, nos estábamos preparando, como sin quererlo para incorporar por vez primera valores democráticos a nuestra cultura política. Cuando nos hallamos en el medio del camino de nuestras vidas -como se veía Ortega en 1913-, aquella educación universalista sirvió de fundamento para la construcción de una convivencia democrática nunca antes consolidada en España. Casi podríamos decir, reflexionando sobre nuestra propia experiencia, que sólo porque el nacionalismo de cartón piedra que trataron de inculcamos se cuarteó al exponerse a los aires procedentes de Europa y Estados Unidos nos volvimos insensible pero definitivamente

Pensamos, ingenuamente, que ése sería también el destino de todos los nacionalismos, no: sólo del español: que, fueran cuales fuesen las glorias de sus respectivos relatos históricos o míticos, el aire de la democracia los impregnaría de valores universalistas que acabarían por atemperar su agresividad a veces mortífera, su rechazo del otro, su exaltación étnica, su repulsa del pensamiento crítico, su afanosa búsqueda de homogeneidad cultural. Nada de eso ha ocurrido: a medida que el nacionalismo español dejaba de ser el fundamento coactivo de nuestro sistema político, los nacionalismos vasco y catalán han pugnado por construir con distintos grados de agresividad una identidad separada, marcar la frontera de un “ellos” y un “nosotros”, contener, levantando, barreras, la inevitable pendiente hacia una sociedad multicultural y plurinacional.

Por eso, más que irritación, es una profunda decepción lo que produce tropezar con respuestas como las de Ardanza y Arzalluz a una carta, respetuosa hasta la deferencia, firmada por 22 “universitarios, escritores o profesionales estrechamente ligados a la vida del País Vasco”. “Debiera haber ido a la papelera”, ha dicho con su zafia hosquedad el presidente del PNV, que justifica tal destino con el argumento, sutil donde los haya, de que sus firmantes son, por este orden: pocos, se llaman intelectuales” y defienden a “una persona que es del grupo de ellos, ¿no?”, con los que, suprema razón, “se les ve el pelo a todos ellos”.

¿Y qué se le ve al presidente del PNV cuando recurre a semejante lenguaje? La respuesta viene sola, pero no están los tiempos para bromas. No, no es el plumero lo que se le ve. Lo que Arzalluz revela con su gesto y sus palabras es que el nacionalismo se ha convertido, en este final del siglo XX, en una ideología que, al situar supuestos derechos colectivos sobre los derechos concretos de ciudadanos individuales, constituye el más grave peligro para la libertad, pues reduce los ámbitos de tolerancia, excluye a los otros que no pertenecen al grupo de los nuestros y les niega el derecho a ser ellos mismos. Con su lenguaje, tan reminiscente de la peor demagogia antiintelectual de todos los totalitarismos, incluido el franquista, Arzalluz demuestra que nacionalismo y democracia se encuentran, como sospechábamos, en relación inversa: mientras más haya de lo uno, menos habrá de la otra, y viceversa.

Santos Juliá

14 - Junio - 1997

El monopolio de Anasagasti y otras cuestiones

Gorka Knorr

Claro que sabido es también que donde manda Azalluz no puede haber marinero que desentone y el capitán Arzalluz ya avisó desde el principio de esta vergonzosa polémica, aplaudiendo a Aznar en su guerra digital. Y es que, ya se saba, PRISA no trata bien al PNV - siempre según Arzalluz

Esperar de boca del portavoz del PNV en el llamado debate sobre el Estado de la Nación otra cosa, otra manifestación era francamente improbable. Y, si me apuran, la imagen de Iñaki Anasagasti, justamente al final de su intervención, largando a José María Aznar una buena retahíla de consejos sobre lo que debería y no debería hacer, resultaba estar rozando la ternura, cuando, por fin, Anasagasti descendió a los registros más graves, como quien vaya a referirse al más profundo de los problemas, para decir al presidente del Gobierno español “Combata los monopolios”. Por si el lector no lo sabe todavía, el protavoz del PNV se refería sin nombrarlo, al monopolio de PRISA. En fin, ya sabemos por lo menos una cosa más, después de este debate: Anasagasti parafrasea estupendamente a los Álvarez Cascos, P. J. Ramírez, Antonio Herrero y demás artilleros de la plataforma liderada por las huestes gubernamentales.

Claro que sabido es también que donde manda Azalluz no puede haber marinero que desentone y el capitán Arzalluz ya avisó desde el principio de esta vergonzosa polémica, aplaudiendo a Aznar en su guerra digital – bueno, la de Aznar, Televisa, Telefónica, ABC, Pedrojota, etc. – y diciendo “Me parece muy bien que le metan mano a PRISA”. Y es que, ya se saba, PRISA no trata bien al PNV – siempre según Arzalluz – y entonces debe valer todo. ¿Qué hay que defender a Miguel Ángel Rodríguez? No hay problema, y aún a riesgo de que el personal tenga que contener el vómito, el diputado González de Txabarri puede desempeñar el papel de impagable (?) cancerbero del portavoz del Gobierno. ¿Qué hay que defender la ley del fútbol? Pues se manda al mismo diputado a la tertulia de Hermida en ANTENA 3, en la que, a falta de mejor argumento, defiende la ley como producto del Congreso de los Diputados, que so los que tienen la legitimidad para hacer las leyes. Menos mal que quienes todavía tenemos alguna pizca de fe en la democracia pudimos mantenerla cuando Juan Luis Cebrián le recordó a González de Tabarri cosas tan elementales como la existencia de la constitución, o que el hecho de que el Congreso haga una ley no significa que sea buena por naturaleza. Causa bochorno que a un diputado haya que recordarle estas cosas. (…)

Gorka Knorr

El Análisis

UN PEÓN INESPERADO PARA EL GOBIERNO

JF Lamata

Ante el ‘Pacto de Nochebuena’ el Gobierno Aznar debía tener bastante ganas de cargar contra el Grupo PRISA del Sr. Polanco, que le había ganado la primera partida y contra sus planes. Y tenía una radio para hacerlo: la radio pública RNE. Pero que lo hiciera un representante del Gobierno no parecía algo prudente porque el discurso oficial – aunque no se lo creyera nadie, y menos tras el decreto-ley  – era que ellos no intervenían en cuestiones que eran de empresas privadas y menos podían usar una radio pública para ello. Pero finalmente apareció un político, un diputado, dispuesto a defender la postura del Gobierno ante RNE y fue, ironías del destino, el diputado D. Iñaki Anasagasti el que no tuvo problemas en intervenir en la radio pública para cargar contra PRISA. El juicio del Sr. Anasagasti (que años después pasaría a ser enemigo acérrimo del PP y del Sr. Aznar) puede considerase acertado, pero… ¿era la radio pública, ante los Sres. D. Julio César Iglesias, D. Javier González Ferrari y D. Alejo García el lugar adecuado para hacerlo?

J. F. Lamata

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