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Tras su popularidad luchando contra 'las Brigadas Rojas', el Gobierno lo había mandado con la misión de combatir a la Mafia

Asesinado el Gobernador de Palermo, General Alberto Dalla Chiesa, su esposa y sus escoltas son asesinados por La Mafia

HECHOS

El 3.09.1982 fue asesinado en Palermo el gobernador, General Carlos Alberto Dalla Chiesa junto a su esposa.

05 - Septiembre - 1982

Alberto Dalla Chiesa, asesinado por la Mafia

Joaquín Navarro-Valls

“¿La Mafia? No la entenderá usted nunca si no comprende que es una actitud, un modo de concebir la vida y el Estado”. La respuesta me desconcertó. Me la dieron en Palermo hace algunos años. ¿La Mafia, una actitud? ¿Qué quería decir mi interlocutor siciliano?

Sicilia es una isla mediterránea de 25.000 kilómetros cuadrados y cinco millones de habitantes. Paisaje del sureste español en montes secos con palmito y esparto. Donde llega el agua estalla la vegetación: el frutal, la palmera y los cítricos. Tierra de campesinos, gente de pocas palabras. Ni África, ni Europa: un enigma intermedio política, humana y culturalmente.

Sicilia es la historia de una comunidad de supervivientes. La isla ha estado siempre mal protegida. Cada pueblo que se aventuró en el Mediterráneo conquistó esta tierra. Primero los fenicios, luego los griegos, pronto los cartagineses, después los romanos. Los árabes estuvieron allí siglos. Después fue normanda, seguida por los suevos y los angevinos. Más tarde, catalanes y aragoneses con Pedro de Aragón. Y aún los Borbones españoles, la escuadra inglesa y las fugaces apariciones francesas.

Cada invasor trajo una nueva cultura, nuevas normas, un concepto diverso del Estado. El invadido soportaba con escepticismo aquellos códigos importados. El recurso de todo superviviente comenzó a moderar la conciencia siciliana: la suprema indiferencia hacia el Poder institucional!’, la elaboración primero y la adopción después de un código oral de conducta válido para el nativo y ajeno del todo a la norma – siempre teórica – del dominador de turno.

Cuando la unificación convirtió a Sicilia en una región más de la nueva Italia, la población tenía ya formada su propia conciencia de comunidad distinta. El sentido del Estado es debilísimo en la isla. Las leyes del Estado obligan menos que las leyes locales elaboradas en siglos de supervivencia. La primera lealtad es para la familia y para el clan. La justicia – no arbitrarla, sino sujeta al código oral del honor – es siempre un hecho local y, a menudo, familiar: ¿Por qué dejar al Estado, que es siempre un extranjero, la tarea de hacer justicia?

La gente conoce las reglas de la isla, las costumbres de la comunidad. La infracción tiene, en la ley no escrita, una sanción prevista. Aplicar la pena es la expresión soberana de la autonomía local. El vínculo del silencio es lo más fuerte de una comunidad cerrada sobre sí misma. El Estado – sus leyes, sus costumbres, su sistema de impuestos, sus códigos – es siempre visto con desconfianza. El orden que trae con él amenaza la propia peculiaridad.

La Mafia nace así originalmente como un sistema social de protección ante el invasor. La inmovilidad campesina de Sicilia refuerza y perpetúa esta ‘actitud’. Se trafica, se establecen vínculos de interés, reglas de comportamiento y correctivos al excesivo acumulo de poder. La pena capital tiene siempre – como en los códigos que aún la mantienen – una razón precisa. Existe sobre todo para los del grupo que no respetan las reglas.

O para el ajeno que amenaza las estabilidad del sistema mafioso. Pero nunca es gratuita. Siempre está sujeta a la norma no escrita. La Mafia nunca asesina a una mujer. Los hijos del que debe morir serán protegidos y ayudados tras la desaparición del culpable.

Esta visión arcaica de la Mafia campesina ha sufrido en los últimos veinte años un proceso de industrialización. Aquel código del honor y del silencio ha servido de cobertura a la ‘nueva Mafia’ un sistema fantástico de intereses revertido a Sicilia tras la experiencia de la Mafia americana, que siguió al fenómeno de la gran emigración.

El mercado internacional de la droga, el mercado isleño de la construcción o los mercados urbanos de la fruta, y hasta de las obras públicas, son reservas propias de la Mafia. El viejo orden ha sido arrastrado por el nuevo. La lucha por el poder, la hegemonía de un padrino y de una familia sobre la competencia causó 121 homicidios en 1981 y 101 en los ocho primeros meses de este año. Casi todos eran sicilianos: víctimas de la lucha por el poder o ejecuciones ‘ejemplares’ de quien no respeta las reglas, de quien viola el silencio o falta a la lealtad ‘familiar’. Los homicidios números 102 y 103 fueron a dos extraños: Carlo Alberto Dalla Chiesa y su mujer. El general era el último ‘invasor’. Quería imponer un código importado donde sólo rige el código no escrito de la Mafia. El desafío al Estado continúa.

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