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El empleado Andrés Fraguas fue la víctima mortal del brutal atentado

Un atentado con bomba de terroristas de la ultraderecha contra el diario EL PAÍS asesina a un trabajador y hiere a varios

HECHOS

El 30 de octubre de 1978 se produjo un atentado con bomba contra la sede del diario EL PAÍS.

EDITORIAL EN PORTADA DE PRISA: “NO TENEMOS MIEDO”

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D. Eduardo San Martín (periodista de EL PAÍS en 1978) habla con J. F. Lamata sobre el atentado terrorista:

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LOS ASESINOS

ultras_elpais Rafael Alfredo Gómez Álvarez – Ramiro Alejandro Rodríguez-Borlado, los dos terroristas fascistas que cometieron el atentado contra el diario EL PAÍS

Los ultraderechistas Rafael Gómez Álvarez y Ramiro Alejandro Rodríguez-Borlado Zapata fueron los autores del envío de una carta-bomba a EL PAIS que causó la muerte al empleado Andrés Fraguas -hecho por el que ya fueron condenados a 30 años cada uno.

DimiteMartVillaMerin El diario EL IMPARCIAL de D. Julio Merino se solidarizó con el periódico EL PAÍS, pero a la vez aprovechó el atentado para culpar al Gobierno de UCD y pedir la dimisión del ministro Sr. Martín Villa. Por su parte el diario EL ALCÁZAR de D. Antonio Izquierdo indagó la posibilidad de que el atentado no fuera un atentado de la extrema derecha sino de un ajuste de cuentas contra EL PAÍS y, concretamente, contra su periodista de deportes, D. Julián García Candau, algo que EL PAÍS consideró ‘una intoxicación’.

31 - Octubre - 1978

No tenemos miedo

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

Tres compañeros de EL PAIS han sido víctimas de un atentado terrorista contra la libertad. Este periódico sale hoy a la calle porque quienes lo hacemos -trabajadores, empleados, periodistas y sociedad editora- sabemos que es nuestra obligación combatir el terror con la palabra y enarbolar la bandera del diálogo sobre la de la provocación. Pero también, y sobre todo, porque cientos de miles de lectores apoyaron desde el principio nuestro intento sincero de sumarnos a la defensa de las libertades. EL PAIS nació para esto, y cuantos trabajamos en él nos sentimos razonable y justamente orgullosos de nuestra contribución a la construcción de la democracia española. Desde esa perspectiva y en ese ánimo queremos agradecer el plebiscito de solidaridad que hemos recibido en momentos tan difíciles como los que atravesamos. Porque por encima de la indignación y del dolor prevalece nuestra convicción de que la Constitución que hoy se aprueba en las Cortes es el fruto de la voluntad común de nuestro pueblo y no debe ser acallada la alegría de su promulgación por el eco de la dinamita. Por desgracia somos ya uno más en la lista de El Papus, José María Portell, Diario 16 y tantos otros hombres y medios de la información víctimas de la amenaza terrorista. De nuevo han sido compañeros de los servicios administrativos quienes tuvieron que sufrir en sus propias carnes la violencia asesina. Carlos. Andrés y Juan Antonio trabajan para una causa de todos. En su defensa han caído su juventud y su entusiasmo por saber que también de ellos, y hasta qué punto, dependía la construcción de una España moderna y libre. Pero no ha de evitarnos el dolor y el derecho que reclamamos a la expresión de nuestra ira, un análisis sereno -si la serenidad no nos ha abandonado del todo- de los hechos. Aunque las reivindicaciones del atentado son todavía confusas, parece que no existe duda sobre sus motivaciones políticas. Este país tiene derecho a vivir en paz y a trabajar por su prosperidad. Y es cierto que son muchos los problemas que le atenazan. pero estamos convencidos de que el futuro Y el tiempo nos darán la razón. El atentado contra la vida de nuestros compañeros -realizado de una manera tan cobarde como vil- lo es contra la vida de todos los hombres de bien. Por eso. ante los cuerpos destrozados de estos trabajadores de EL PAIS hacemos hoy más firme nuestra decisión de seguir trabajando por la causa de la libertad. Desde el comienzo de la transición, y coincidiendo con cada hito significativo de la democracia, los profesionales del asesinato político han venido asolando a nuestro país y regándolo de sangre inocente. La contribución de los hombres de la prensa a la nómina de las víctimas debe ser contemplada también junto con la de otros trabajadores, miembros de las fuerzas del orden y oficiales del ejército, empresarios e industriales, que han sido igualmente perseguidos y asesinados por procedimientos similares en su cobardía. Si la prensa es hoy atacada es porque la prensa es el reflejo y el motor de un cuerpo social vivo, de un país en marcha hacia la conquista de sus libertades y de sus derechos. ¿Podemos decir hoy que a pesar de todo estamos convencidos de la irreversibilidad del proceso democrático, de lo inútil a medio plazo de esta alocada violencia que nos consume y de la decisión palpable de nuestras fuerzas sociales representativas para seguir adelante? No va a ser la libertad segada a tiros, porque no tenemos miedo y mantenemos la fe en el ser humano. El terrorismo es, sin duda, un mal de nuestro tiempo, obedece a causas y orígenes siniestramente contrapuestos y es manejado por fuerzas inaprensibles y misteriosas. Sabemos que es difícil acabar con él, pero resulta imposible también acabar con la democracia a golpes de bomba sí la respuesta ciudadana no se deja amedrentar por la amenaza.

31 - Octubre - 1978

Desde la libertad y por la democracia

EL IMPARCIAL (Director: Julio Merino)

Hay profesiones en las que, cuando a algún colega le acontece determinada desgracia, los otros se lamentan en pública y se dan codacitos de inteligencia en privado. ¿Lo veis?, tenían que acabar así. ¡Si estaba cantado! ¡sí estaban abocados a eso! En el fondo, se trata de decir que bien merecido lo tienen y que, al fin y al cabo se lo han buscado. El periodismo, por fortuna, es edificio abierto a otras solidaridades, a otros niveles de comprensión. Ayer en la mañana, nuestro colega y vecino diario EL PAÍS fue objeto de un atentado bárbaro, como todos los atentados, como todos los actos de violencia. No necesitamos ahora decir en vo alta nuestras discrepancias con este periódico. No es el momento.  Queremos decir, eso sí, nuestra profunda solidaridad con un compañero, con unos hombres que, según su leal saber y entender, están haciendo una cosa diferente y distinta a la que nosotros hacernos. Con otro signo y con otra intención. Con otros fines y con otros medios. Pero con una sustancia idéntica: la sustancia que consiste en una gota de tinta azul mezclada en la propia sangre, que nos hace sentir como propio el avatar y la peripecia de cada periódico que pretende y consigue, cada quien a su modo, sacar a la calle cada mañana, o cada tarde, un cierto fragmento de la libertad.

A ese esfuerzo se responde con el terror, se responde con bombas, con agresiones a la integridad y a la vida de las gentes humildes. Nadie que esgrime una bomba puede, a la vez, esgrimir el derecho de estar al lado de la libertad. La violencia es el único recurso de los que temen a la libertad, en ningún caso su argumento. Ahora ha sido el diario EL PAÍS. Mañana puede ser otro cualquiera, el que sea. Hay, en los gérmenes residuos de la sociedad política española, en su lumpen público, en sus resentidos, en su rencorosos, en sus miserables un odio profundo hacia todo aquel que trata de racionalizar lo que quiere decir, hacia todo aquel que renuncie a las pistolas para quedarse con los razonamientos.

¿Y qué responde el poder? ¿A qué espera el poder? ¿qué más necesita eso que se está dando en llamar el poder? Hasta ahora, el objetivo eran los miembros de las Fuerzas de Orden Público. A partir de ahora van a ser, al parecer, los periodistas. Vivimos, desde luego, en una sociedad pacificada.

Ante estos hechos, ante la gravedad de todos estos hechos, ante la práctica imposibilidad de que quien tenga que resolverlos los resuelva, nos unimos con toda sinceridad, con absoluto compañerismo, con seriedad profunda, a la petición hecha ayer por la mañana, después de los tristes sucesos, por la asamblea de trabajadores del diario EL PAÍS: que dimita el seños ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa; que se garantice el orden público; que se garanticen las condiciones de trabajo de profesionales honrados, piensen como piensen. A los policías, a los periodistas, a los profesionales, a los trabajadores nos importa un pito todo eso que los listos llaman al ‘consenso’; nos importa que nos dejen vivir y trabajar, pensar y discrepar en paz. Tratar de aducir soluciones a un país conflictivo, pleno de irracionalidades, confuso en sus objetivos, pero no escaso en su nobleza y pletórico de posibilidades. Pues bien, a ese país, como ha sucedido con EL PAÍS, no hay quien lo defienda, no hay quien dé la cara por él. Y ya es hora de que los inútiles, los medrosos y los que medran se vayan de una vez a su casa.

Insistimos en que hacemos nuestra la petición de la asamblea de trabajadores de EL PAÍS: que dimita el Sr. Martín Villa como primera providencia. Por fortuna, no hemos tenido que esperar para hacer esta petición a que dañasen a unos periodistas. La tenemos presente desde hace mucho tiempo y no la hemos ocultado. Que deje su lugar a quien de verdad entienda de orden público, y que deje de adoctrinarnos, de cuando en cuando, con esa vocecita de inocente sin culpa que a todo le encuentra justificación y aplazamiento. A Martín Villa hay que decirle de una vez: “Señor ministro. No se puede ser ministro inocentemente. Usted ha cometido errores. ¡Pues páguelos y váyase de una vez!”.

Sobre las trascendentales consecuencias del congreso de UCD, sobre la incalculable metafísica de la inminente Constitución, sobre la enorme y larguísima teoría de agentes del Orden Público, asesinados se añaden hoy nuevas víctimas del terrorismo. Sólo podemos, desde estas líneas, clamar por la justicia y por el orden. Y decirles a los compañeros de EL PAÍS que, poca o mucha, aquí está nuestra tinta azul, nuestra solidaridad y nuestra amistad. Y nuestro apoyo de compañeros que tienen que empezar a aprender a defenderse entre sí si no quieren ser víctimas no ya del odio, sino de lo que es más grave: de la mediocridad y del miedo.

Julio Merino

03 - Noviembre - 1978

Una intoxicación

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

EL ALCAZAR de ayer, en uno de sus «servicios especiales», intoxica a la opinión pública, maneja historiales profesionales y personales tan intachables como los de Julián García Candau, redactor-jefe de EL PAÍS, y desvía las sospechas -sin ninguna evidencia que lo avale- sobre los autores del atentado a este periódico hacia la criminalidad común. EL ALCÁZAR relaciona los asesinatos del periodista retirado Paulino Martín y del abogado Rafael Martín Peña con la bomba-postal recibida en EL PAÍS a nombre de uno de sus redactores-jefes. Todo ello en base a las siguientes mentiras: una campaña periodística de García Candau sobre irregularidades en el deporte de las artes marciales y una «estrecha y sincera amistad» entre nuestro redactor-jefe y el asesinado Martín Peña. Julián García Candau y Martín Peña no se vieron ni relacionaron jamás, ni directa ni indirectamente tuvieron el menor contacto. Julián García Candáu, entre sus muchos y reconocidos trabajos profesionales sobre el mundo del deporte, no ha entrado nunca en investigación alguna sobre el trasfondo que pueda existir tras las artes marciales. EL ALCÁZAR, además, atribuye a nuestro redactor-jefe un pasado profesional como corresponsal de Logos en Francia que nunca existió. Julián García Candau no há desempeñado corresponsalías nunca en ningún sitio para nadie.

Y a las veladas ironías que EL ALCÁZAR vierte sobre nuestro compañero vamos a contestar directamente. Todos los indicios y las primeras investigaciones policiales apuntan hacia terroristas de la extrema derecha como responsables del atentado sufrido contra nuestro periódico. Es evidente que otras hipótesis pueden ser aún barajadas, pero ningún dato conocido las avala y sí son muchos los indicios en el sentido que decimos. EL ALCÁZAR es un diario al servicio de la más oscurantista reacción. cuyas fuentes de financiación todavía siguen sin explicarse; sale todas las tardes a la calle tratando de soliviantar los ánimos y alarmar y desalentar a la población con la propagación de informaciones manipuladas, exageradas o distorsionadas. La democracia ampara la libertad de expresión. EL ALCÁZAR es, sin embargo, enemigo de la democracia y de la libertad. Merece la pena comenzar a tenerlo en cuenta.

04 - Noviembre - 1978

Respuesta a EL PAÍS

Antonio Izquierdo

EL PAÍS que acaba de sufrir en su más modesto personal el brutal zarpazo del terrorismo, trata de esahogar su virulencia con EL ALCÁZAR y le acusa de un delito insólito: ofrecer a sus lectores una información. Una información, además, severamente matizada en lo que pudiera tener de hiótesis. Para entendernos: nos atrevimos a recoger, de fuentes de toda solvencia, algunos datos que pudieran esclarecer las causas del trágico suceso. EL PAÍS, en lugar de atenderla, la desdeña, porque EL PAÍS quiere, desea, se empeña, en que el atentado haya sido ejecutado por la llamada extrema derecha. Si tanto interés tiene, que imite nuestro ejemplo: que indague, que se esfuerce en verificar datos; y sobre todo, que diga de una vez dónde está esa extrema derecha tan terrible, donde residen esas bandas armadas y dónde sus campos de entrenamiento. Nosotros podríamos decir mucho de todo eso referido al terrorismo que se declara a sí mismo marxista, eso es: de extrema izquierda. No lo decimos de la extrema derecha, porque lo desconocemos, porque desconocemos los extremos citados. Pero tenga la seguridad EL PAÍS de que este periódico es tan honesto y limpio que condenaríamos con la misma energica repulsa a uno y a otro, porque el terrorismo no puede matizarse con supuestos colores o ideologías. El terrorismo es crimen, sin más. El terrorismo es barbarie. También es barbarie desinformar a la opinión pública, incitarla sin pruebas contundentes hacia este o aquel sector, acusar con falsos testimonios, con isnidias, con torpes insinuaciones. A esas figuras alguien las ha determinado ‘terrorismo intelectual’. Repasa EL PAÍS sus páginas por si acaso incurrió alguna vez en esa falta; si lo deseas, nosotros podemos ayudarle, porque contamos con buenos archivos.

EL PAÍS es tan liberal, tan magnánimo, tan generoso que pide entre líenas nuestra anulación fulminante. Y para justificar tamaña liberalidad, asegura que estamos al servicio de la más tenebrosa reacción, que nuestras fuentes de financiación ‘todavía siguen sin explicarse’ que salimos a la calle tratando de soliviantar los ánimos y de alarmar o desalentar a las gentes, que propalamos informaciones manipuladas, exageradas o distorsionadas y que, por consiguiente, somos antidemócratas y antiliberales. Vayamos por partes, señores.

No estamos al servicio de ningún oscurantismo. Ni de ninguna reacción. En eso somos tan claros que no hemos tenido inconveniente en fijar bajo nuestra cabecera dos evidencias: el lugar de nuestro nacimiento, bastante más glorioso que el de EL PAÍS y el nombre de la entidad de lq ue somos portavoces. EL PAÍS pone, en cambio, o una incorrección gramatical de la que no seríamos responsables, o una estupidez: ‘diario independiente de la mañana’ de donde se deduce que cualquier persona que sepa leer y escribir medianamante que EL PAÍS depende de la tarde. No depende de la tarde, naturalmente. Pero nadie sabe de quién. Nuestras fuentes de financiación están a disposición del que desee contemplarlas; son las típicas, las más modestas y residen en la venta y la publicidad; afortunadamente, la una y la otra van en aumento. Pasamos nuestras estrecheces económicas, porque aquí nadie ha soltado un duro, ni nos llegan envíos de dólares a través de este o aquel país hispanoamericano. Somos un periódico pobre, pero cada día nos entiende mejor las gentes, las gentes sencillas de España, algunas de las cuales hasta se nos ofrecen para aportar modestas ayudas extraídas de sueldos de bajo nivel, al sostenimiento de eta bandera que, mal que le pese a los nuevos liberales, no se arriará jamás.

El genio del editorialista de EL PAÍS nos ha excolmulgado de la comunidad democrática y liberal con un gesto tan dictatorial y fascista que recuerda lo mejores tiempos de don Gabriel Arias Salgado, dicho sea salvando las notables diferencias en corrección y talento de aquel que fuera ministro de Franco y cuyos alevines andan por ahí en la nueva predicación de unos derechos que, al parecer, su padre negaba a los españoles. Pues bien: el autor del editorial, lo comprendemos, no tiene ni la más remota idea de lo que es democracia y de lo que es liberalismo. Nadie ha negado aquí el deseo de que en España exista una democracia. Lo que ocurre es que nosotros no comulgamos con ruedas de molino y rechazamos como tal esta democracia fabricada entre unos cuantos genios del calibre del redactor que ha escrito el comentario de EL PAÍS. Democracias puede haber muchas. Desde las eras clásicas hasta la orgánica, que con tanta pasión defendió, no Francisco Franco, que lo que hizo fue defender a España, sino hombres tan preclaros y liberales como Miguel de Unamuno y Salvador de Madariaga. Nosotros a esa versión del a democracia tendríamos que añadirle rabiosamente nuestra pasión social, porque en eso sí somos socialistas, aunque, por supuesto, ni marxistas ni comunistas. La democracia social será un día la clave del futuro del mundo, pero ni el director de EL PAÍS, ni probablemente el autor del editorial, pueden entender esto por su proclive disposición hacia el señoritismo de peor rango. Este es un mal que a veces se lleva en la sangre y para el que no existe terapéutica posible.

Nosotros no somos oscurantistas. Y bien sabe Dios que la mayor satisfacción profesional de todos los hombres y mujeres de esta Casa, abrumadoramente jóvenes, sería poder proclamar mañana, con el más jubiloso alarde tipográfico, que en España había estallado la paz, que nuestra economía recobraba su pulso, que la tarea de impartir justicia volvía a ser preocupación fundamental de los gobernantes, que el sosiego volvía al seno de las familias, y que Dios, en Imagen, recuperaba el puesto en los lugares donde se legisla o se gobierna. Pero ya vemos que todavía no es posible y que España, envuelta en editoriales de EL PAÍS y de otros periódicos tan amigos del vituperio, va camino de la amargura y de la desesperación. Nosotros nos limitamos a informar y a no ocultar lo que pasa. No alertamos a nadie de nada, relatamos los hechos. Escribimos, con buen pulso, la historia de cada día. Pero no somos protagonistas de ella. Ni aspiramos a serlo. Quisimos ser, somos y seguiremos siendo, un periódico de España para españoles, en el que no se excluya a nadie que acepte esta realidad tajante, que no es invento nuestro, sin el resultado de quinientos años de historia, que no pueden desandarse porque EL PAÍS se empeñe. No somos, siquiera, todos en comunidad, propietarios de esa Historia, ni de esta Patria, ni de este futuro, cada día más oscuro y confuso. Porque todo ello constituye un legado que se recibe de generación en generación y cada una con la obligación sagrada de mantenerlo, cuando menos, o mejorarlo, si hubiera lugar. De momento, y que sepamos, el único periódico que ha alertado, que ha soplado, que ha hecho de acusica ha sido EL PAÍS echando sus páginas sobre un pobre muchacho que había cruzado unas bofetadas con otro. En eso no caeremos jamás, porque esa no es nuestra misión y porque entendemos que la función del periodismo, tan degradada, es la de informar y formar, la de procurar llevar a la sociedad hacia unas posiciones de comprensión y templanza. Y como ése es nuestro juego, desafiamos públicamente a EL PAÍS a que nos demuestre las falsas, virulentas, insidiosas y estúpidas acusaciones que nos formuló en su editorial de ayer.

Antonio Izquierdo

El Análisis

EL PRECIO DE SER UN SÍMBOLO

JF Lamata

Es tradicional en España que la izquierda democrática use la expresión ‘ultra’ contra todo aquel que se coloque a su derecha. Sin embargo esa terminología supone una frivolidad puesto que los años de la Transición si hubo unos auténticos ‘ultras’ que sembraron el terror en España. Ese fue el caso de los asesinos de Atocha, o el caso de Gómez Álvarez y Rodríguez Borlado, dos terroristas fascistas que se dedicaron a poner bombas entre 1978 y 1980. Escogieron a EL PAÍS porque sabían que ese periódico era símbolo de la democracia, segaron una vida inocente como era la del Sr. Fraguas, pero no hacían sino reconocer tal simbología: el periódico era odiado por todos aquellos que odiaban la libertad y la democracia.

J. F. Lamata

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