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Juan Carlos Aparicio deja el Gobierno para ser candidato a la alcaldía de Burgos, mientras que los otros cesantes, Juan José Lucas, Posada, Villalobos, Birules y Cabanillas, no tienen ningún destino político claro

Aznar cambia nuevamente el Gobierno: fichando Eduardo Zaplana como ministro de Trabajo y prescinde de Celia Villalobos

HECHOS

  • El 9.07.2002 el Presidente del Gobierno, D. José María Aznar, realizó un cambio del Gobierno, dando a entrada a D. José María Michavila, Dña. Ana Palacio, D. Eduardo Zaplana y Dña. Ana Pastor, así como regresa al Gobierno D. Javier Arenas.

GOBIERNO AZNAR (Julio 2002)

11_M_Ana_palacio Dña. Ana Palacio, hermana de Dña. Loyola de Palacio, primera mujer que ocupa el cargo de ministra de Exteriores.

  • Presidente – D. José María Aznar
  • Vicepresidente Primero y ministro portavoz – D. Mariano Rajoy
  • Vicepresidente Segundo y ministro de Economía – D. Rodrigo Rato.
  • Exteriores – D. Ana Palacio
  • Interior – D. Ángel Acebes
  • Hacienda – D. Cristobal Montoro
  • Defensa – D. Federico Trillo
  • Justicia – D. José María Michavila
  • Administraciones Públicas – D. Javier Arenas
  • Medio Ambiente – D. Jaume Matas
  • Fomento – D. Francisco Álvarez Cascos
  • Trabajo – D. Eduardo Zaplana
  • Sanidad – Dña. Ana Pastor
  • Agricultura – D. Miguel Arias Cañete
  • Cultura – D. Pilar del Castillo
  • Ciencia y Tecnología – D. Josep Piqué

NUEVO PRESIDENTE DE LA COMUNIDAD VALENCIANA

cajas_joseluisolivas D. José Luis Olivas (PP) reemplazó a D. Eduardo Zaplana al frente de la presidencia de la Generalidad valenciana.

10 - Julio - 2002

Aznar suelta lastre

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

El presidente de Gobierno José María Aznar abordó ayer la más amplia remodelación de su Gobierno desde que llegase a la Moncloa hace más de seis años. La idea fuerza que se mantiene después de analizar los cambios de algunos ministros, y los cambios de destino de otros, es la de que Aznar ha decidido soltar lastre en un momento en el que la oposición socialista avanzaba en todas las encuestas y ante el inminente debate sobre el estado de la nación, que tendrá lugar el próximo lunes. Desde hoy hay seis nuevos ex ministros, entre los que no figura el díscolo Álvarez Cascos, y cinco nuevos ministros, entre los que sí figura Javier Arenas, secretario general del PP. De acuerdo con su estilo, tan presidencialista, Aznar ha resuelto la crisis con criterios personales y reservando alguna sorpresa que refuerce la imagen que tiene de sí mismo como hombre que no se deja presionar ni impresionar.

A un año de las elecciones municipales, que definirán las posibilidades de cambio de mayoría en las legislativas de 2004, Aznar ha renovado algunas piezas y cambiado de lugar otras para intentar oxigenar un Gobierno que había dado muestras evidentes de debilidad. Las encuestas que Cascos veía con desconfianza, y a las que otros dirigentes del PP daban un carácter secundario, han influido en el desenlace de la crisis, lo que se confirma con el hecho de que Alberto Ruiz Gallardón será el candidato del PP a la alcaldía de Madrid: porque saben que con otros candidatos menos centrados pueden perder la mayoría, y no ignoran el valor que ese resultado, antes de las elecciones catalanas, puede tener con vistas a las legislativas. Al haber elegido este movimiento, Aznar ha elevado muchos palmos sin querer la figura de la hasta hace poco tiempo semidesconocida canditada del PSOE a la alcaldía de Madrid, Trinidad Jiménez, a la que va a enfrentar a uno de los mejores activos de los populares, como es Ruiz Gallardón.

Entre la huelga y el estado de la nación

La crisis de Gobierno se ha situado entre la huelga general del pasado 20 de junio -que simboliza esa debilidad del Ejecutivo, pese a sus fracasados intentos por desvalorizarla- y el debate sobre el estado de la nación que se inicia el próximo lunes y al que Aznar se presentará con una nueva alineación. Aunque los cambios variarán sin duda el tono del debate, a la luz de lo sucedido éste adquiere una centralidad mayor.

Desde su llegada a La Moncloa, Aznar ha hecho escasos retoques, motivados por decisiones relativas a su partido -cambio de secretario general, designación de candidatos autonómicos- y dos remodelaciones de fondo: la que siguió a la victoria por mayoría absoluta en las últimas elecciones legislativas, en la que entraron ocho nuevos ministros, y la de ayer, que afecta a más de la mitad de los departamentos.

Mariano Rajoy, el ministro que más veces ha cambiado de destino, regresa a Presidencia sin dejar de ser vicepresidente y añade a sus funciones la de Portavoz. Sale notablemente reforzado y será así el ministro de mayor presencia pública, al sustituir a Pío Cabanillas, que no ha dado buen resultado y que quedó abrasado por su increible participación el día de la huelga general, incapaz de superar su calificación como ‘mentiroso oficial del Reino’ por parte de la oposición. Rajoy recupera las funciones de coordinación entre departamentos que el fiel Lucas, ministro fugaz e inexistente, no ha sido capaz de conseguir. Pero abandona Interior, donde se ha convertido en el ministro más popular -como lo fueron todos sus predecesores, a cuenta de la lacra del terrorismo- y donde le sustituirá Ángel Acebes, el último llegado a la carrera por la sucesión de Aznar. El otro colocado para esa carrera, Rodrigo Rato, sigue en sus anteriores funciones como vicepresidente económico, lo que parece indicar que su carrera política ha llegado al tope.

Entre los ministerios económicos constituye una sorpresa el traslado de Piqué (uno de los cuatro que no han dejado el Gobierno desde 1996, con Rato, Rajoy y Álvarez Cascos) a Ciencia y Tecnología, lo que no parece precisamente un ascenso, pues ya fue ministro de Industria antes de convertirse en portavoz y luego en titular de Asuntos Exteriores. Ello puede significar otro reconocimiento implícito de que lo que no se ha querido admitir hasta ahora: que su gestión durante la presidencia española de la UE no ha sido lo brillante que su jefe esperaba, lo que ha redundado negativamente en la figura del propio Aznar. Entre los que salen figura Celia Villalobos, la ministra más quemada por la gestión diaria de su departamento y por las crisis alimentarias que ha sufrido este país, a la que sustituirá una emergente Ana Pastor (número dos de Rajoy en Interior hasta ahora). Sale también el de Trabajo, Juan Carlos Aparicio, cuya cotización se derrumbó por defender, tal vez en contra de su propio criterio, la reforma del desempleo que motivó la huelga del 20-J a través de un autoritario decreto ley. Paga su obediencia con el despido.

Le sustituye Eduardo Zaplana, un barón regional con peso en el partido tras sus victorias por mayoría absoluta en un antiguo feudo socialista. Procedente del sector democratacristiano de la UCD, pertenece, como Michavila y Acebes, al grupo de ministros de cuño más directamente aznarista. Será el encargado de reparar la avería causada en la credibilidad del Gobierno por el enfrentamiento con los sindicatos. Pero sus habilidades en este campo tan sólo se le suponen. La vuelta de Javier Arenas, sin abandonar por ahora la secretaría general del PP, puede ser un premio al otro fiel ente los fieles de Aznar, que quería volver al Gobierno. Fue mejor ministro (de Trabajo, entre 1996 y 1999) que secretario general, y la incógnita es cuál de los dos registros aplicará como titular de Administraciones Públicas, un cargo para el que se necesita mano izquierda y mucha paciencia.

De los nuevos, destaca la presencia, por primera vez en la historia de España, de una mujer, Ana de Palacio, al frente de Exteriores. Es una buena sorpresa, aunque no se puede obviar que ha llegado a ministra por la renuncia de la primera persona a la que Aznar se lo ofreció, Miquel Roca, y no se le conoce una preparación específica en política exterior, sino estrictamente sobre legislación europea. La presencia de Roca en el Gabinete hubiera dado sin duda otro vuelo al nuevo Gobierno. De ahí lo revelador de su ausencia.

La sustitución de Acebes por su segundo, José María Michavilla, en Justicia, carece de relevancia, excepto en su calificación de hombre muy cercano a Aznar; así como la continuidad del otro ministro desconocido, Jaume Matas, en Medio Ambiente. La continuidad en el Gabinete de Matas y Piqué, para que no pierdan presencia pública de cara a las autonómicas en Baleares y Cataluña, deja abierta asimismo la posibilidad de que sean otros los candidatos. No debe olvidarse que ambos ministros mantienen abiertas sendas causas con la justicia por problemas anteriores a su presencia en la Administración. La continuidad de Arias Cañete en Agricultura, otro de los titulares más abrasados por los problemas de su Departamento, puede interpretarse en relación con la durísima negociación para la reforma de la Política Agrícola Común que se avecina. Un cambio de titular en este momento, hubiese debilitado la posición española en Europa.

Cuando tome posesión al nuevo Gabinete, la fotografía dejará una cierta sensación de dejà vu. No ha empezado el cambio generacional que auguraban algunas actitudes de Aznar. Tampoco es ni más sólido ni cuenta con personalidades más relevantes que el anterior. Aunque ha sido mucho más el ruido de la preparación de la crisis que las nueces de los cambios, el resultado revela hasta dónde había llegado el nivel de inquietud que despertaba el dontancredismo practicado por Aznar, como si el futuro de su partido en el poder estuviese asegurado para siempre por la naturaleza.

10 - Julio - 2002

Una remodelación de alto perfil político

ABC (Director: José Antonio Zarzalejos)

La remodelación del Gobierno realizada ayer por José María Aznar, la más ambiciosa desde que el PP accedió al poder en 1996, viene a poner de manifiesto la intención del jefe del Ejecutivo de recuperar la iniciativa política una vez finalizada la presidencia española de la UE. Los cambios introducidos en el núcleo central del Gobierno -Presidencia, Asuntos Exteriores, Justicia e Interior- reflejan el hondo calado de la crisis y ofrecen claves suficientes para atisbar el rumbo que Aznar pretende dar a un Gabinete que presumiblemente habrá de afrontar la recta final de la Legislatura. Los cambios no afectan a las estructuras ministeriales, pues si se hubiera producido una variación orgánica de funciones, el programa de reformas -actualmente en su ecuador- habría sufrido una inevitable parálisis. Aznar ha optado por un profundo y amplio movimiento de nombres, entre los que cobran principal protagonismo el de Mariano Rajoy, que mantiene la vicepresidencia primera y se hace con la cartera de Presidencia y la Portavocía oficial del Gabinete, puesto en el que cesa Pío Cabanillas tras realizar un meritorio papel, que es de justicia reconocer.
Al ser liberado de sus obligaciones al frente de Interior, un Ministerio que absorbe todo el tiempo por su volumen de trabajo, Rajoy intentará devolver al Gobierno parte del perfil político perdido. Juan José Lucas, que irá previsiblemente a la presidencia del Senado, no tenía el rango suficiente para llevar a cabo las necesarias tareas de coordinación entre los distintos Departamentos, y su figura al frente de Presidencia quedaba desdibujada y en tierra de nadie. La designación como ministro del Interior de Ángel Acebes entra dentro de los parámetros de la lógica, toda vez que sus tareas en el Ministerio de Justicia, donde ha desempeñado una eficaz labor, se orientaron en la última etapa en sacar adelante la ley de Partidos, cuyo objetivo principal es impedir las estructuras políticas, con apariencia legal, de las que ETA y su entorno se benefician. La designación de José María Michavila como sucesor se enmarca dentro de los mismos principios racionales. Se trata de un ascenso en el escalafón, pues ocupaba hasta ahora la Secretaría de Estado de Justicia. El nombramiento de Ana de Palacio como ministra de Asuntos Exteriores ha sido el más sorprendente, fundamentalmente porque es la primera vez en la historia que una mujer ocupa el cargo de jefe de la Diplomacia española. No obstante, su experiencia en las instituciones europeas le avalan para el desempeño de sus nuevas funciones.
Esta remodelación del núcleo central del Gobierno ofrece pocas pistas sobre la sucesión de Aznar, aunque el «ascenso» de Rajoy y el mantenimiento de los responsables del área económica, con Rodrigo Rato a la cabeza, junto a la consolidación de Acebes, dan idea de las intenciones del jefe del Ejecutivo. En la carrera sucesoria, que no esté incluido en el Gabinete Jaime Mayor Oreja obedece al compromiso del ex ministro del Interior de cumplir con sus obligaciones en el País Vasco en un momento especialmente delicado. Mayor Oreja, en un gesto que le honra, ha optado por seguir en Vitoria al lado de quienes se sienten cada vez más amenazados por el acoso nacionalista.
En la zona más tibia de la crisis cabe enmarcar el nombramiento de Javier Arenas como ministro de Administraciones Públicas. Su vuelta al Gobierno en un Ministerio donde la coordinación es un pilar básico pone de manifiesto las intenciones de Aznar de primar la cohesión utilizando la experiencia política del que seguirá siendo secretario general del PP. Algo parecido ocurre con Eduardo Zaplana y su definitivo salto a la esfera nacional para hacerse cargo del Ministerio de Trabajo, del que sale Juan Carlos Aparicio, futuro candidato del PP a la Alcaldía de Burgos.
De provisional cabe calificar la permanencia en el Ejecutivo de Josep Piqué, que cambia Exteriores por Ciencia y Tecnología, y Jaume Matas, que seguirá en Medio Ambiente. Ambos parecen encontrarse en un periodo transitorio a la espera de ser llamados a encabezar las candidaturas del PP en Cataluña y Baleares. Aznar parece haber optado por mantener cerca la figura de Piqué, toda vez que el Ministerio de Exteriores le obligaba a viajar casi de manera continuada. El último nombramiento, el de Ana Pastor -que formaba parte del equipo de Rajoy en Interior- como sustituta de la polémica y cuestionada Celia Villalobos en el Ministerio de Sanidad, responde al deseo de Aznar de renovar un Departamento desprovisto de buena parte de su contenido tras completarse el proceso de transferencias a las distintas Autonomías.
Sería ingenuo no enmarcar los nuevos nombramientos en el Ejecutivo junto a la inminente designación de Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre como candidatos al Ayuntamiento y a la Comunidad de Madrid. Dos pesos pesados para apuntalar la hegemonía popular en demarcaciones clave para las aspiraciones del partido en el Gobierno.
Abierto de nuevo el cuaderno azul, con todos los posibles candidatos convertidos -de una u otra manera- en protagonistas del desarrollo final de la crisis, se ha empezado a escribir ya el último capítulo de la famosa libreta del jefe del Ejecutivo: el que lleva por título «El sucesor».
10 - Julio - 2002

La movida de Aznar

Javier Pradera

Hasta los adversarios de Aznar tendrán que reconocerle -aunque sólo sea en esa intimidad donde el presidente del Gobierno acostumbra a hablar en catalán- cintura política y astucia maniobrera a la hora de realizar con esmero el trabajo propio de los profesionales de su oficio: adoptar las medidas necesarias para conquistar primero y conservar después el poder. Sea por los buenos consejos de Bernardino Lombao cuando dirige su preparación física o por los sabios comentarios de las viejas glorias del Real Madrid (con Alfredo di Stéfano a la cabeza) mientras ven juntos los partidos por televisión, Aznar ha logrado sacar fuerzas de flaqueza en vísperas del debate sobre el estado de la nación para descongestionar el área mediante un cambio de juego y salir del cuerpo a cuerpo en las cuerdas cuando faltan todavía la mitad de los asaltos del combate.

El ensabanado fantasma de la sucesión continúa presente, por lo demás, en el salón del Consejo de Ministros. Si las modificaciones en el escalafón fuesen el único dato digno de crédito, Mariano Rajoy ganaría claramente posiciones en la carrera: el regreso a Presidencia (abandonada por Lucas) tras su destino forzoso en Interior y el regalo añadido de la Portavocía (que abandona Pío Cabanillas) podrían ser interpretados en ese sentido. La permanencia de Rodrigo Rato en la misma cartera, por el contrario, sería un signo de mal agüero si fuese verdad que lo que no crece muere. En cambio, carece de significación que Jaime Mayor Oreja no sea repescado para el Gobierno tras la derrota electoral del PP en las elecciones vascas de hace un año: su abandono de la política del País Vasco antes de los comicios municipales y forales de mayo de 2003 hubiese resultado incomprensible y desmoralizador para sus compañeros del Partido Popular. El nombramiento de Acebes como ministro del Interior después de que el presidente del Gobierno le deparase la oportunidad de desempeñar un papel estelar a su paso por el Ministerio de Justicia (donde le sustituye Michavilla) gracias al Pacto por la Justicia y la Ley de Partidos parece meterle de lleno en la competición; si las patosas bromitas gastadas hace unos días por Aznar a propósito del pitagórico ascendiente del Número Cuatro sobre Acebes desencadenaron rumores respecto a su inclusión en la línea de salida sucesoria, el cambio de cartera hará subir su cotización en el mercado de futuros.

El regreso de Javier Arenas al agradable calorcillo del hogar gubernamental (sustituye a Posadas en Administraciones Públicas) es un premio a su capacidad para ser el cilicio de la oposición durante las 24 horas de los 365 días del año. Zaplana abandona la Comunidad Valenciana para sustituir a Aparicio -mas afortunado como tanguista que como ministro- en la cartera de Trabajo. Los jugardores dispuestos a gastarse dinero marginal en los outsiders tal vez dediquen algunos euros a esos dos nombres en las apuestas sucesorias. Sustituido por Ana Palacio (una agradable sorpresa) en el Ministerio de Asuntos Exteriores, la designación de Piqué para la cartera de Ciencia y Tecnología (donde reemplaza a su antigua patrocinada Anna Birulés) ni siquiera puede ser justificada como estación de tránsito hacia la proclamación de su candidatura a la Generalitat: Matas continúa desempeñando su antiguo ministerio sin perder la condición de aspirante a la presidencia balear. Finalmente, el cambio de Celia Villalobos por Ana Pastor tal vez signique -cabe desear lo contrario- salir de Málaga para entrar en Malagón.

Aunque situada al margen del cambio de Gobierno, la designación de Ruiz-Gallardón como candidato del PP a la alcaldía de Madrid no fue la jugada menos importante de la movida del tablero organizada ayer por Aznar: sólo su rival socialista para el mismo cargo, Trinidad Jiménez, se manifestó ‘indiferente’ ante la noticia. El ofrecimiento a Esperanza Aguirre de la candidatura del PP para la comunidad madrileña completa esa maniobra. El presidente del Gobierno ha mostrado, así, unos notables reflejos para reaccionar ante las predicciones demoscópicas -tan odiadas por Cascos- anunciadoras de la derrota del PP en las elecciones municipales y autonómicas de Madrid, aunque tenga que pagar el precio de ayudar al espectacular relanzamiento de la carrera política de Ruiz-Gallardón.

10 - Julio - 2002

Aznar vuelve a la Tierra

Ignacio Camacho

Acaso la principal virtud política de José María Aznar, rayana a veces en un obsesivo perfeccionismo, radique en el manejo de los tiempos, a cuyo dominio aplica una voluntad escrupulosa que coincide con su sentido del poder como una referencia inmanente que debe preservarse del mayor número posible de influencias externas. Desde su acceso a La Moncloa, en 1996, Aznar ha aplicado a su proyecto una rígida secuencia temporal según su propia disciplina interior. El agotamiento estricto de la primera legislatura, pese a las dificultades de estabilidad, y la consolidación de su hegemonía con la mayoría absoluta del año 2000 le han permitido reforzar ese sentido de autonomía en la determinación de su calendario político, que acompaña con un hermético secretismo típico de las concepciones personalistas de la autoridad y el mando.
Así, Aznar abordó primero la consolidación de su propia renuncia, la evidencia manifiesta e irrevocable de su autolimitación del mandato. Esta decisión aparejaba de inmediato una consecuencia, como es la apertura de la expectativa sucesoria, pero ahí se ha impuesto de nuevo la reserva y el férreo determinismo temporal del presidente, decidido a cumplir su dictado hasta el final. No habrá candidato hasta bien mediado 2003, quizá en otoño, porque el líder del PP prefiere a todas luces correr el riesgo evidente de desequilibrio interno que supone la incógnita antes que anular de hecho el resto de la legislatura al sacar al escenario una figura que de inmediato concitará todos los focos de la opinión pública.
En ese «timing» medido por la disciplinada rutina presidencial figura también el abordaje de ciertas reformas -universidad, enseñanzas medias, mercado de trabajo, seguro de desempleo- que han supuesto un notable giro ideológico del mandato, imposible de entender sin la previa renuncia a la autosucesión. Limitando su continuidad en el poder, el presidente se liberaba en parte de hipotecas electoralistas para emprender, desde la solidez parlamentaria de la mayoría, un camino reformista dictado por sus convicciones y con un contenido fuertemente polémico que ha entrado de lleno en la ruptura del consenso social.
Este proceso concatenado de iniciativas legislativas de corte áspero ha provocado, junto a los hábitos usuales de la mayoría absoluta, un sensible desgaste del ejecutivo, sometido a notable presión política en la calle y afectado por el aura neobonapartista que el propio Aznar ha emanado desde su pedestal europeo. La erosión de los nuevos proyectos de ley ha permitido a la oposición -consolidado Rodríguez Zapatero como referente alternativo- rescatar el clima de confrontación y provocar una severa torrefacción parcial de un Gobierno que, pese a anclarse en una determinante ventaja parlamentaria, ha sufrido mucho más en dos años de hegemonía y rodillo que en todo el anterior cuatrienio de precariedad y pactos.
Ahora ha llegado el momento de lo que los anglosajones conocen como «midtime», la mitad de la legislatura, y Aznar ha dado con cronométrica puntualidad el golpe de timón que acariciaba para -siempre el culto a los plazos- cerrar el periodo de la Presidencia Europea, casualmente inscrita en el ecuador del mandato. A un año de las elecciones autonómicas y municipales, y a pocos días del debate sobre el estado de la Nación, el presidente ha abordado una amplia crisis en la que se combinan claves de opciones sucesorias, candidaturas electorales para 2003, alguna preferencia personal y la evidencia de que el implacable sentido aznarista del poder no perdona los errores y guarda cumplida memoria de fallos y desaplicaciones.
La remodelación del gabinete ha apurado, además, el límite de las posibilidades escenográficas reservadas para paladear los resortes del poder. Resulta imposible obviar la sensación de dominio escénico con que Aznar debió de vivir ayer la convulsa jornada política de la capital, dominada por el típico frenesí cortesano de los rumores, las quinielas y las expectativas de crisis. Con manifiesta delectación en el disfrute de esa ansiedad ajena, el presidente agotó las horas en una cadenciosa espera destinada a reforzar su principal mensaje político de los últimos tiempos: el de su liderazgo unívoco, incondicional y sin paliativos.
Descontada esta conclusión esencial, la crisis ofrece en un primer análisis una lectura de clara vocación sucesoria. En clave de confusión, como cabía esperar del aura secretista que rodea el proceso. El ascenso de Acebes a la cartera clave de Interior; la consolidación de Rajoy en el papel político de una coordinación que Juan José Lucas no había podido ni sabido lograr; la colocación en liza de Eduardo Zaplana, uno de los barones territoriales de más proyección del PP; la vuelta al ejecutivo de Javier Arenas y la hipotética ascensión de Jaime Mayor a la secretaría general del partido complican aún más el escrutinio de la voluntad de Aznar a la hora de decantarse por un candidato a sucederle.
Al mismo tiempo, la crisis arroja un claro mensaje: el presidente refuerza el carácter político de su gabinete, expulsando del mismo a ministros de especialización sectorial fracasados en su empeño, como Birulés, Villalobos o Aparicio, sobre quienes revierten expectativas de candidaturas autonómicas o municipales en sus respectivos puntos de origen. Pío Cabanillas y el citado Aparicio pueden ser presentados por la oposición como víctimas de la abrasiva situación creada por la huelga general del 20-J y sus consecuencias.
Piqué pierde, en apariencia, influencia política, mientras que Lucas y Posadas, ministros de bajo perfil con los que Aznar había cumplido una antigua promesa, quedan más que amortizados con su breve paso por el Gobierno y destinados a la galería de retratos de sus respectivos departamentos. La presencia de José María Michavila en Justicia asegura el hilo directo de La Moncloa con la citada cartera, mientras que Ana Palacio y Ana Pastor, además de mantener intacta la cuota femenina, aportan un halo de solvencia profesional indiscutida en sus respectivas parcelas de trabajo.
El reajuste, el más amplio desde la transición, supone además un movimiento de respuesta al recrecimiento de las expectativas socialistas tras las movilizaciones de fin de curso. No sólo porque se produce en vísperas del debate sobre el estado de la Nación, lo que descabalga las previsiones de Rodríguez Zapatero, sino porque, a la vez que remodela su equipo de gobierno, Aznar ha dado un golpe de efecto político al nominar a Alberto Ruiz-Gallardón como candidato a la Alcaldía de Madrid, sobre cuya emblemática posición habían crecido las ilusiones del Partido Socialista.
Estamos, pues, ante una crisis de manual político. Efectuada a mitad de mandato, con claros signos de revitalización política en torno a un bloque que funciona como «núcleo duro» del partido y del Gobierno y del que habrá de salir el candidato a la Presidencia. Y con un mensaje esencial, trasladado de manera prístina en las formas que han envuelto la noticia: Aznar sigue manejando con hermética determinación sus propios designios, y desea transmitir que, tras su viaje sideral por las alturas de la UE, ha vuelto a la tierra.
10 - Julio - 2002

Como un señor

Jesús Sánchez Carrascosa

Qué quieren que les diga. Pues que Zaplana se va como un señor. Vino un día de Bendirom, sin más apoyos que el de su familia. Y se va después de haber hecho todo lo que prometió. En siete años ha reducido el paro a la mitad, ha puesto en marcha un ambicioso proyecto turístico con Terra Mítica, con la Ciudad de las Artes, el circuito de Cheste y las mil y una iniciativas que lleva en danza. Se ha partido la cara para sacar adelante dos grandes ideas que pueden cambiar el curso de la Comunidad Valenciana: el AVE y el Plan Hidrológico. Ha hecho el doble de colegios y hospitales de los que hizo el PSOE y en la mitad de tiempo. Y lo que es más importante, ha disparado el sentimiento de orgullo por sentirse vlaenciano. Y eso es mucho para quienes amamos esta tierra.

En estos siete años de gobierno ha recibido todas las puñaladas que un político pueden imaginar. Y unas pocas más. Nadie le ha reglaado nada de lo conseguido. Se ha hinchado trabajar como un animal las 24 horas del día. Y ha cumplido a rajatabla los programas electorales que ha ido presentando en cada legislatura. Incluso va a cumplir su palabra de no volver a ser candidato. Como un señor. Creo que el listón queda muy alto para los que vengan detrás de él. Olivas tiene ante sí el difícil y desagradable reto de gobernar siendo comparado permanentemente con Eduardo Zaplana. Y eso tampoco es justo. Olivas no es ningún recién llegado a esto. Lo ha sido todo. Concejal, conceller, y vicepresidente del Gobierno. Tiene experiencia y muchísimo sentido común. Lo hará bien.

Jesús S. Carrascosa

11 - Julio - 2002

Zaplana, un caso singular

Manuel Martín Ferrand

El mancebo de la botica en la que compro las píldoras de mi salud me lo ha dejado claro: «Esas cosas de los cambios ministeriales sólo interesan a los interesados, entrantes o salientes, a su parentela y a los periodistas». Temo que así sea. Una remodelación de Gobierno -crisis es palabra excesiva para lo que hoy nos ocupa- es algo excitante para quienes, en alarde de obsesión por lo público, llegamos al estado degenerativo de leer el BOE. A la gente común, la verdaderamente seria, le importa poco el nombre del titular de Trabajo y nada, o menos de nada, el del ministro de Ciencia y Tecnología.
El nuevo Gobierno llega en el paso del ecuador de la segunda legislatura de José María Aznar. Tiene dos años por delante para conseguir que termine con el brillo de la primera que, sin mayoría absoluta y con Jordi Pujol de «jefe de gabinete», consiguió unos logros y suscitó más entusiasmos y menos enconos que la presente. Es, en consecuencia, un cambio necesario, conveniente y esperanzador. Necesario porque los ministros, como cualquier otro material de construcción, tienen su tiempo de vigencia y su índice de resistencia. Algunos de los salientes andaban groguis en su responsabilidad y otros, en razón de oportunidad, aspiran a nuevos cargos y representaciones.
Ya le iremos tomando el peso y la medida a los que llegan. Algunos son viejos conocidos y viajan con sus glorias y sus miserias, como cada quisque. Quizás merezca una atención especial el caso de Eduardo Zaplana, que ayer mismo dimitía como presidente de la Generalitat valenciana, y se despojaba de una púrpura, para poder vestir otra en el Gobierno central. Zaplana, en las últimas elecciones en su circunscripción, obtuvo una señalada mayoría absoluta y, respaldado con tal muestra de confianza popular, repitió mandato. Independientemente de otras consideraciones, de la estrategia de su partido, de la más legítima ambición personal o de la obediencia debida al jefe; su abandono, antes de cumplir con el plazo de su compromiso, ¿no conlleva una nota de desprecio a sus electores? Establecer códigos de conducta diferenciados para la política y las demás actividades de las personas no es prudente.
Si esto fuera un espectáculo de revista, de esos que ya no quedan, que no se estilan, podría decirse que la supervedette y las primeras vedettes, al igual que la característica y el galán cómico siguen en su puesto. Sólo cambian algunas chicas del coro. Eso no altera, ni en poco ni en mucho, al resultado del espectáculo porque -con una sola excepción entre los salientes y otra en los entrantes, de los que ya hablaremos- ni se va Miss Universo ni viene Miss España.

 

10 - Julio - 2002

Las pistas de Aznar

Carlos Dávila

Para José María Aznar, cada día tiene su afán. Terminada la presidencia española de la Unión Europea, y cuando el público en general esperaba, primero, el Debate sobre el Estado de la Nación y, segundo, las simples vacaciones, el presidente, inopinadamente que se sepa, que nada se sabe de él, ha revuelto el Gobierno de la nación y, según los enterados, ha proporcionado pistas difusas y contradictorias.
Pero eso, pistas contradictorias. Tres, cuatro o cinco «pesos pesados» del lote popular para la sucesión van a ocupar a partir de ahora mismo responsabilidades decisivas. Rodrigo Rato, Eduardo Zaplana, desde luego Ángel Acebes, Javier Arenas y, claro está, Mariano Rajoy.
Acebes, al que el presidente encarga un endoso cada vez que tiene un problema, se abre paso poquito a poquito en un bloque de aspirantes que se creía cerrado hasta el momento, pero que, según las susodichas pistas que ha dejado Aznar, está más abierto que nunca.
En una crisis que parece realizada por el más hábil de los orfebres políticos mundiales, el presidente Aznar ha situado a Rato, a Rajoy, a Zaplana, a Acebes, a Arenas y hasta a Gallardón en la parrilla de salida. Con dos golpes ha remodelado el Gobierno y ha decidido el «ticket» electoral de Madrid, difícilmente batible por un PSOE que presenta a una incógnita con melena, Trinidad Jiménez, y a un desconocido llamado Simancas. Gallardón y Esperanza Aguirre tampoco están descartados de antemano para nada.
Y no ha quitado, mejor dicho, no se ha quitado del medio a gentes como Juan José Lucas, que siempre le fueron leales, porque Lucas será en muy poco tiempo presidente del Senado, en sustitución de Esperanza Aguirre, que en cuanto el Comité Electoral Nacional del PP haga oficial su candidatura para las elecciones autonómicas del próximo año, dejará su puesto al frente de la Cámara Alta.
Es decir, nadie, tras esta remodelación y el anticipo de la propuesta popular para Madrid, puede decir que las «pistas» de Aznar conduzcan a una sola «pista». Éstas son las cosas del presidente del Gobierno: no se saca conejos de la chistera pero, cuando nadie se lo espera, salta una liebre. En este caso, cuatro, cinco, seis o siete. Quién sabe.
Lo que parece claro es que hasta otoño de 2003, como ha repetido una y otra vez, no está dispuesto a clarificar quién podrá ser su sucesor.
10 - Julio - 2002

Aznar descabeza la Comunidad

María Consuelo Reyna

No entiendo al presidente Aznar ni poco, ni mucho, ni nada. Ayer el señor Aznar decidió nombrar ministro de Trabajo al presidente Zaplana. Vale. Es verdad que Eduardo Zaplana, inteligente político y hábil negociador, puede enderezar el diálogo social. De acuerdo. Pero ¿cómo se queda la Comunidad Valenciana a menos de un año de las elecciones autonómicas? Pues descabezada y sin nadie que pueda ir más allá de rematar lo mucho hecho por Eduardo Zaplana.

Hasta los mayores enemigos de Zaplana reconocen que, durante sus casi dos mandatos, ha potenciado lo mejor de la sociedad civil valenciana, impulsando a nuestra Comunidad en todo los aspectos (económico, laboral, cultural, turístico…) y le ha dado una proyección, y un peso, nacional e internacional, que no tenía. El poder valenciano es una realidad.

¿Y ahora qué? ¿Quién va a reemplazar a Zaplana? La sucesión ‘natural’ es el vicepresidente Olivas, al menos, hasta las elecciones. ¿Y luego? Pues Zaplana ya ha propuesto ante la Junta Directiva del PP el hombre de Paco Camps que, rechazo quizá no suscite, pero entusiasmo, tampoco. Es gris. Pla estará encantado con él. Camps no aguanta un asalto. ¿Podrá revalidar la mayoría absoluta? Hace muchos años, en Denia, Aznar me dijo que el día que el PP ganara el gobierno valenciano ganaría el gobierno de España. Y así fue. Ahora Aznar debería pensar que si pierde Valencia, perderá España. Y sin Zaplana, la puede perder.

María Consuelo Reyna

10 - Julio - 2002

Aznar recupera la iniciativa política movilizando a todas las figuras del PP

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Se le reprochaba a Felipe González con razón que las crisis de Gobierno se le atragantaban. Aznar sorprendió ayer con una profunda, inesperada y fulminante remodelación de su Gabinete para afrontar la recta final de su mandato. Dejan el cargo seis ministros, se incorporan dos pesos pesados del partido como Arenas y Zaplana y salen fortalecidos Rajoy y Acebes. Y, por si no fuera poco, eso sucede al mismo tiempo que Aznar zanja la polémica sobre la alcaldía de Madrid al designar a Ruiz-Gallardón como candidato.

En sus seis años al frente del Gobierno, Aznar había resuelto varias minicrisis en las que se había limitado a hacer correr el escalafón o a cambios mínimos. La remodelación de 1999, la más importante, afectó a tres ministros. Incluso el nuevo Gobierno salido de las elecciones del 2000 ofrecía rasgos de continuidad en los departamentos más importantes. En esta ocasión, Aznar ha optado por una completa transformación del Gobierno, en la que nada menos que nueve carteras cambian de titular. Una verdadera revolución, en suma.

Hace muy pocos días, coincidiendo con el término de la presidencia española de la UE, se criticaba a Aznar por su falta de iniciativa política, por su autocomplacencia, por su alejamiento de los problemas del país y, en definitiva, por su incapacidad para frenar el deterioro de la imagen del Gobierno.

La respuesta no ha podido ser más rápida y más contundente: Aznar no sólo no es un «pato cojo», como apodan los estadounidenses a un presidente que agota su mandato, sino que está dispuesto a gobernar hasta el último día con los mejores hombres del partido.Todos los que están lo son, con la excepción de Jaime Mayor Oreja.Aznar ha preferido no incorporarle al Gobierno por dos razones de peso: porque se comprometió a permanecer al frente de la oposición en el País Vasco y porque ya tiene encomendada la misión de coordinar la estrategia del partido en las próximas elecciones municipales y autonómicas. Ambas tareas eran incompatibles con volver a ser ministro.

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Un Gobierno más político

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Salvo Mayor Oreja, todos los posibles candidatos a la presidencia del Gobierno están en el nuevo Gabinete: Rato, Rajoy, Acebes, Arenas y Zaplana. Podría decirse que la lista se amplía por la promoción de Acebes a Interior y la incorporación de Arenas y Zaplana. Uno de estos seis dirigentes será el sustituto de Aznar y todos ellos van a jugar un papel decisivo en el partido y en el Gobierno hasta el final de la legislatura.

Aznar ha demostrado una gran frialdad y una tremenda astucia política en esta crisis, que debería servir de lección para los que de nuevo le han infravalorado. Llevaba probablemente varios meses rumiando el desenlace que se produjo ayer, a menos de una semana del debate sobre el Estado de la Nación.

Con un nuevo Gobierno y recuperada la iniciativa política que había perdido tras la reciente huelga general, Aznar tiene bazas más que suficientes para enfrentarse a un Rodríguez Zapatero que, esta vez, va a tener que salir a derrotar a su contrincante y no a hacer combate nulo o perder a los puntos, como en la anterior ocasión.

Suceda lo que suceda el próximo lunes, Aznar va a contar para lo que resta de legislatura con un Gobierno con un perfil mucho más político que el anterior, en el que brilla con luz propia Mariano Rajoy. El presidente le libera de la pesada carga de Interior para permitirle asumir la coordinación del Ejecutivo, una tarea que tenía encomendada pero que no ha podido ejercer al tener que dedicar el 100% de su tiempo y su energía a dirigir la lucha antiterrorista.

Con Rajoy volcado en Interior y el presidente viajando por Europa, el Gobierno se había quedado sin cabeza política en estos seis últimos meses. Aznar se ha dado cuenta y ha optado por confiar de nuevo a Rajoy no sólo la coordinación del Gabinete sino además el Ministerio de la Presidencia y las funciones de portavoz que ejercía Pío Cabanillas.

El nombramiento en Interior de Angel Acebes puede considerarse también una promoción y una muestra de confianza de Aznar. Acebes ha hecho una muy buena labor en Justicia, que podrá proseguir José María Michavila, su principal colaborador y uno de los ideólogos del partido.

La incorporación más significativa e inesperada es, sin embargo, la de Eduardo Zaplana, que ya no podrá ser el candidato a la Comunidad de Valencia. Zaplana es un político de enorme valía y extraordinaria proyección en el futuro, por lo que no es extraño que Aznar haya querido tenerlo cerca.

Zaplana tiene un perfil mucho más político que Juan Carlos Aparicio, quemado tras la reciente huelga a pesar de que ha sido un buen ministro. Su experiencia de gobierno y los acuerdos alcanzados con los sindicatos en su región constituyen un buen aval para el nuevo titular de Trabajo, cuyo primer objetivo será reanudar el diálogo social. No es probable que el Gobierno vaya a dar marcha atrás en la reforma que provocó la huelga, pero es posible que sí acepte algunos retoques en el Parlamento. Zaplana asume un verdadero reto que pondrá a prueba su capacidad.

Nadie había pronosticado tampoco la vuelta de Javier Arenas al Gobierno, pero Aznar le ha colocado al frente del Ministerio de Administraciones Públicas, donde tendrá que negociar con las comunidades autonómas en un momento en que el Parlamento vasco plantea su órdago estatutario y sacar adelante la atascada reforma de la burocracia estatal. Seguirá como secretario general del PP, lo que revaloriza su papel hasta el final de la legislatura.

Otra sorpresa de Aznar ha sido el nombramiento de Ana de Palacio, la primera mujer que ocupa la cartera de Exteriores. Es, sin duda, un reconocimiento a su trabajo en el Parlamento Europeo.La respetada y archicompetente Ana Pastor será la nueva ministra de Sanidad, mientras que Josep Piqué, a la espera de las elecciones en Cataluña, tendrá que arreglar el entuerto que deja su amiga Anna Birulés en Ciencia y Tecnología.

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El efecto Gallardón

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Al mismo tiempo que Aznar cerraba todos estos cambios en el Gobierno, Alberto Ruiz-Gallardón confirmaba ayer públicamente que será el candidato del PP a la alcaldía de Madrid.

Por su experiencia política, por su solvencia como gestor, por su capacidad intelectual y por su proyección popular, el actual presidente de la Comunidad de Madrid es el mejor aspirante que podía elegir el PP para derrotar al PSOE.

La jugada de Aznar ha sido inteligente, puesto que al demorar la designación de candidatos a la alcaldía y la Comunidad ha dejado que los socialistas enseñaran sus cartas. La designación de Gallardón tiene sin duda mucho que ver con la buena valoración que le dan las encuestas a Trinidad Jiménez, lo que ha obligado al PP a colocar a un peso pesado frente a la candidata socialista.

Haciendo de la necesidad virtud, Trinidad Jiménez afirmó ayer que el PSOE ha obligado al PP a cambiar de estrategia en Madrid.Es cierto, pero ello es un magro consuelo. Las declaraciones de ayer de varios dirigentes socialistas dejaban entrever un trasfondo de frustración y sorpresa por la candidatura de Gallardón, al que no quieren tener enfrente.

Aunque Trinidad Jiménez es una buena candidata, de haber sabido que su rival iba a ser Gallardón, tal vez el PSOE hubiera optado por Javier Solana, uno de los pocos socialistas con similar peso específico. Pero Zapatero ha cometido el error, por expresarlo con un símil del ciclismo, de esprintar demasiado pronto. Ahora puede verse sobrepasado y sin margen para reaccionar.

Habrá quien piense que la alcaldía de Madrid le queda pequeña a un político de la talla de Gallardón, pero esta reflexión es un error porque los cargos cobran dimensión en función de las personas. Chirac y Maragall -todavía a medias- han dado su gran salto político tras ser alcaldes de París y Barcelona. Y acordémonos también de Tierno. Gallardón puede hacer mucho por revitalizar Madrid, cuya vida cultural y proyección exterior se ha ido marchitando en los últimos años.

Ha tenido la generosidad de aceptar el encargo del partido de inmediato y sin condiciones. Ello dice mucho a favor de sus cualidades políticas, pero, sobre todo, es un gesto que le reconcilia con Aznar y la plana mayor del PP. Irá bien acompañado a las urnas, ya que la candidata a la Comunidad será Esperanza Aguirre frente al semidesconocido Rafael Simancas, cuyo principal mérito es ser un hombre del aparato del partido.

La de ayer fue una jornada en la que, poniendo toda la carne en el asador, Aznar ha demostrado que va a hacer cuanto esté en su mano para salir por la puerta grande.

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