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Campanadas 1989-1990: Marisa Naranjo protagoniza una pifia histórica al confundir los cuartos con las campanadas en TVE

02 - Enero - 1990

De cómo Televisión Española consiguió atragantar las uvas a buena parte de los españoles

F. Javier Santero

Sería de desear, por la buena salud física y mental de los españoles, que la transmisión de las campanadas de fin de año perteneciera al último programa de 1989, y no que fuera la pauta de lo que va a ser/va a seguir siendo, la televisión estatal en 1990. Sería deseable que TVE, antes de dar otra oportunidad a Marisa Naranjo o a quien sea, calibrara las posibilidades de éxito/fracaso del trabajo que va a encomendar. Es aconsejable que gobierne la televisión pública quien sea capaz de asegurar que una transmisión tan sencilla como la que se realiza desde la puerta del Sol de Madrid, sea una espectáculo digno y no un elemento más de cabreo para el sufrido telespectador que ni siquiera pudo cumplir con el trámite de comer doce uvas al son de las campanadas. Y pretendían que los canarios comieran veinticuatro. La señorita que nos colocaron batió bastantes marcas televisivas, y ninguna de ellas para recibir premio. Marisa Naranjo, quien, al parecer, no llevaba cascos para seguir su transmisión, demostró, eso sí, una gran educación que se tradujo en un amplio capítulo de agradecimientos: a la empresa que permitió a TVE colocar las cámaras; al señor que cuida y hasta mima el reloj y, por supuesto, a la propia Televisión Española. El agradecimiento a la casa madre se tradujo en un pequeño y servil discurso en el que manifestaba haber conocido los entresijos de toda la parafernalia del relojito «gracias a Televisión Española, que me ha encomendado este trabajo, cosa que yo agradezco». Pues qué bien. Lo más increíble, su relato de las campanadas. Mientras sonaba la sexta, ella seguía anunciando los cuartos. Y eso que dijo que iba a contar lo que iba a suceder, «para que no se atraganten y no se equivoquen». La narración empezaba con el supuesto aviso previo de que la bola estaba bajando «con este repiqueteo. Siete segundos después comenzarán los cuatro cuartos de los dos campanarios laterales». Pero ya había perdido la cuenta. «Estos son los cuatro cuartos», afirmaba la ilusa en el momento en el que las doce habían empezado a caer. Y el personal, con las uvas en el plato y sin atreverse a echar mano. «Notarán ustedes que el sonido es totalmente diferente en los cuartos que en las campanadas». Cuándo éstas llegaron a su fin y, quien más quien menos, se había desengañado y engullía con furia los pequeños frutos, la profesional invisible -en el más amplio sentido de la expresión- remataba su faena con: «Aquí comienzan las doce campanadas. Han terminado 1989». Perspicaz moza, debió de advertir su pequeño fallo y pretendió arreglarlo con una frase que no hizo sino terminar de encender los ánimos, otrora pacíficos, navideños y familiares: «Espero y deseo que ustedes hayan tomado las doce uvas sin precipitación, de acuerdo a como hayan sonado». Un mal día. Luego, seguimos oyendo topicazos y dábamos gracias por que la joven no trabaje en Japón: Allí suenan cien campanadas.

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