La carrera de Cifuentes se consideraba hundida tras el caso del master pero el vídeo precipitó su final

Cristina Cifuentes dimite como Presidenta de Madrid tras difundirse un vídeo en la que se la veía robando en un hipermercardo Eroski

HECHOS

  • El 25.04.2018 Dña. Cristina Cifuentes comunicó su dimisión como Presidenta de la Comunidad de Madrid.
  • El 28.04.2018 Dña. Cristina Cifuentes comunicó su dimisión como Presidenta del Partido Popular de Madrid.

EL ROBO SE PRODUJO EN 2011

 Dña. Cristina Cifuentes era entonces vicepresidenta de la Asamblea de Madrid y diputada. Robó dos frascos de crema. Tras ser interceptada por los responsables de seguridad del Eroski, pagó los botes robados. El escándalo no trascendió. Ahora, siete años después, el diario digital OKDIARIO que dirige D. Eduardo Inda, fue quien difundió el vídeo.

 D. Ángel Garrido, del PP, será el nuevo presidente de la Comunidad de Madrid en sustitución de Dña. Cristina Cifuentes. En su investidura contó con el voto a favor de diputados del PP y Ciudadanos, que suman mayoría absoluta, frente a los votos negativos de PSOE y Podemos.

25 - Abril - 2018

Cifuentes dimite tarde y mal

EL PAÍS (Director: Antonio Caño)

Con su respaldo a la presidenta, Rajoy y el PP desacreditan la política y las instituciones

La caída de Cristina Cifuentes debería pervivir en la memoria de este país como ejemplo de todos los comportamientos que dañan la democracia y ensucian el nombre de la política y las instituciones. Por un lado están los hechos en sí: un título fraudulento de un máster que produce vergüenza por el desprecio que supone a las Universidades y estudiantes y un supuesto hurto menor en un supermercado que aleja a la presidenta de la Comunidad de Madrid de la mínima ejemplaridad que se le debe exigir y suponer.
Pero no es esto lo único preocupante, sino la gestión que ha rodeado el escándalo hasta su dimisión, este miércoles. La negación y la mentira por parte de Cifuentes; la connivencia de profesores universitarios, prestos a socorrer a la presidenta falseando documentos oficiales; el silencio y la parálisis de Mariano Rajoy; el desfile de apoyos y aplausos por parte de los altos cargos del Partido Popular desde la convención en Sevilla hasta horas antes de su dimisión cuando el fraude ya era más que evidente, y, finalmente, la exhibición de trapos sucios guardados desde 2011 para su explotación política en un ataque de tono mafioso que nos arrastra a unas cloacas inadmisibles en democracia. No solo toda la cadena de responsables políticos del PP ha fallado, sino que desde las sombras se han añadido las peores prácticas de la lucha política mediante el golpe bajo y rastrero propio de grupos delincuentes.

El Partido Popular de Madrid ha alcanzado cotas de podredumbre solo similares a las del Partido Popular en la Comunidad de Valencia. Si allí han sido los casos Gürtel, Imelsa, Cooperación, Fabra o Taula, entre otros, los de la Comunidad de Madrid no le han ido a la zaga: también Gürtel y todas sus ramificaciones, Lezo, Púnica, etcétera. La corrupción ha llevado a la cárcel al expresidente Ignacio González, al exsecretario general del PP Francisco Granados y ha arrojado sospechas sobre las grandes operaciones económicas en la Comunidad. El lodazal en ambos feudos del PP, que sostuvo el poder en estas dos autonomías durante los años en que gobernó el PSOE en España y en varias comunidades, ha desbordado a las familias del PP y altos cargos municipales, autonómicos y de partido en múltiples instancias. La implosión es lo que cabe esperar en organizaciones con un reguero delictivo tan intenso y es seguramente a lo que estamos asistiendo en la Comunidad de Madrid, como antes fue en la de Valencia. La caída de Cifuentes —más allá de sus propias corruptelas— se enmarca en ese contexto de enfrentamientos y vendettas en su partido, de las que este capítulo podría no significar el final.

El Partido Popular debe enfrentarse de una vez con urgencia y determinación a esta realidad, limpiar sus filas de corrupción y revisar el lastre que supone su comportamiento ante los escándalos. Una vez que Cifuentes, que durante más de un mes se resistió a dimitir, delegó en Rajoy su futuro, el presidente del Gobierno y del partido ha sido el responsable de prolongar una crisis que no solo mancha al PP, sino a las instituciones y a los principios de ejemplaridad que deben guiar la gestión pública. El descrédito de la política y de los políticos es la consecuencia más dañina de tanta irresponsabilidad y dejar hacer.

25 - Abril - 2018

La caída de Cristina Cifuentes

Ignacio Escolar

Cristina Cifuentes Cuencas abandona la presidencia de Madrid con la misma indignidad con la que durante semanas se aferró al sillón. Se va tarde, se va poco y se va mal; mintiendo hasta el último momento, culpando de sus errores a los demás, echando balones fuera y sin asumir su responsabilidad.

La transformación del gran mirlo blanco del PP contra la corrupción en una nueva Esperanza Aguirre se ha completado en pocas semanas. Al igual que la lideresa, Cifuentes se va pero no del todo. Dimite del Gobierno autonómico, pero pretende seguir como diputada y como presidenta del PP en Madrid. Se va para resistir en el partido y con la ambición de, más adelante, regresar. Ni siquiera el color del vestido es casual. Se va también de blanco, el color de la inocencia; el mismo que utilizó Esperanza Aguirre el 17 de septiembre de 2012 en su primera dimisión. Después Aguirre dimitiría dos veces más.

El plan estaba trazado hace varios días. La propia Cifuentes lo ha confesado en su último discurso como presidenta, que dio en un escenario inusual. No en la sala de prensa que normalmente utiliza, sino en otro rincón de la sede del Gobierno autonómico, con una puerta detrás con la que poder huir sin responder a las preguntas de los periodistas; sin necesidad de esa guardia pretoriana que la protegía de los micrófonos desde que el caso máster explotó.

Según su propia explicación, el 2 de mayo Cifuentes pensaba anunciar su renuncia a la presidencia de Madrid con la excusa de la responsabilidad, para evitar que Ciudadanos apoyase la moción de censura; para evitar que el PP perdiese una Comunidad que mantiene desde hace más de dos décadas y que cayese en las manos de “la izquierda radical”. Su estrategia era ceder la presidencia para resistir en el partido y, dentro de un año, regresar como candidata. Cifuentes buscaba la absolución en las urnas, como hizo en un primer momento Francisco Camps.

Este era su plan ayer. Lo sigue siendo hoy. Era muy dudoso que lo pudiera lograr. Hoy ya es casi imposible.

Cifuentes estaba políticamente muerta desde hace semanas. La investigación periodística de eldiario.es, liderada por Raquel Ejerique, había acreditado un rosario de irregularidades, mentiras, abusos de poder y tratos de favor inaceptables en cualquier país europeo, incluso en la España donde M. Rajoy aún es capaz de gobernar.

La situación era insostenible y solo podía terminar de dos maneras: con su caída o con Ángel Gabilondo como presidente de Madrid. El vídeo desvelado por Ok Diario, con Cifuentes cazada en un súper con dos cremas antiedad, que no había pagado, en el bolso, ha precipitado el desenlace. Le ha dado la puntilla y también ha arruinado su plan para regresar.

Cifuentes no dejará el escaño y es dudoso también que el PP la vaya a expulsar al grupo mixto, como hizo con la senadora Pilar Barreiro o con Rita Barberá. La mayoría conservadora en la Asamblea de Madrid depende de un solo voto, lo necesitan para la próxima investidura.

Además, el PP nunca deja un soldado atrás. “Tenemos que defender lo nuestro y a los nuestros”, decía hace muy poco María Dolores de Cospedal. Podría ser el lema oficioso del Partido Popular. Cifuentes pierde la presidencia, pero por ahora no perderá su condición de aforada. No, mientras sea leal, no enrede o no lo fuerce Ciudadanos. No mientras continúe sobre su cabeza la amenaza de un proceso penal en la Audiencia Nacional.

En su discurso de dimisión, Cifuentes ha vuelto a presumir del que durante algún tiempo fue su principal activo electoral. Ya saben, “ tolerancia cero ante la corrupción”; esa historia (de ficción) de una inocente diputada que durante veinte años estuvo en segunda fila de uno de los partidos más corruptos de Europa occidental sin ver nunca nada raro en ese lodazal. Fue un eslogan que coló durante un tiempo. Nadie se lo cree ya. No solo por el abuso de poder de aceptar un máster regalado, que es otra forma de corrupción. También por el cerco de la Fiscalía Anticorrupción y la Guardia Civil, que la sitúan en el centro de un triángulo muy difícil de explicar. Cifuentes era vocal en Fundescam, era parte del equipo electoral que gastó el dinero que llegaba de Fundescam y participó en la adjudicación de un contrato a uno de los donantes de Fundescam.

Fundescam estaba perdonado, al menos lo estaba mientras no hubiese imputación. Lo del máster era un “asunto ya explicado”, como decía Rajoy, mientras en el PP intentaban ganar algunos días para al menos retratar a Ciudadanos entre el votante conservador como un partido poco fiable, capaz de votar junto a Podemos y entregar el poder al PSOE.

Dudo que Rajoy hubiese llevado el órdago hasta el final porque con las cosas de comer no se juega, y muchos comen en el PP de ese gobierno regional. Pero su vídeo retenida por un guardia de seguridad ha sido la puntilla que ha precipitado un desenlace inevitable ya.

Esta mañana, Mariano Rajoy dio una orden muy clara: Cifuentes tenía que dimitir antes de las 12 del mediodía. No era un ultimátum caprichoso. A esa hora, el presidente del Gobierno iba a defender los Presupuestos ante el Parlamento. Y para llegar al hemiciclo, iba a tener que cruzar el pasillo del Congreso y hablar con los periodistas, aunque fuera tres palabras. No lo iba a hacer con Cifuentes aún en el sillón.

Cospedal fue la encargada de transmitir el recado de Rajoy. Solo ella, la última dirigente importante del PP que hasta hoy la apoyaba, podía cumplir esa misión. La conversación no ha trascendido, pero el pulso no ha terminado aún. Cifuentes quiere aguantar en el partido para volver a ser candidata. Y nadie se lo dirá abiertamente, no se les vaya a enfadar. Pero Aguirre solo hubo una y a Cifuentes no se lo permitirán.

A su manera, Rajoy lo ha dejado dicho ya: “El Partido Popular abre una nueva etapa en la Comunidad de Madrid y espero que estas cosas no vuelvan a producirse nunca”.

El PP tolera muchas cosas. Que te regalen un título universitario, que mientas cuando te pillan, que pidas cárcel para los periodistas que destapamos la información, que utilices documentos falsificados para tapar tus mentiras… Pero que te pillen en un súper en Vallecas con dos cremas baratas escondidas en el bolso es algo que la derecha no parece dispuesta a perdonar.

Lo ocurrido con Cifuentes ha demostrado algo importante: por qué una prensa independiente es imprescindible para evitar la impunidad. Sin el apoyo de tantos lectores, no habríamos podido llegar hasta aquí.

26 - Abril - 2018

Las cloacas dan la estocada final a Cifuentes

Carlos Enrique Bayo / Patricia López

Con la dimisión de Cifuentes como presidenta de la Comunidad de Madrid, el PP se quita de encima la moción de censura de PSOE y Podemos, que se anunciaba tormentosa. Tanto fuentes políticas madrileñas como policiales narran a 'Público' una estrategia encaminada a acallar el escándalo del máster y a ocultar los delitos cometidos en la Universidad Rey Juan Carlos.

Esta estrategia para salvar a los populares de la quema ha sido orquestada —aseguran fuentes del PP a Público— por la única dirigente conservadora que al mismo tiempo ha dado la cara por Cifuentes abiertamente: la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal. La también ministra de Defensa ha acompañado este miércoles a Cifuentes hasta la rueda de prensa de su dimisión “después de haberla animado a poner la querella en la Fiscalía General del Estado por irregularidades en la Ciudad de la Justicia, pudiendo caer en un delito de prevaricación, ya que tendría que haberlo hecho ante el Tribunal de Cuentas”, explica un ex alto cargo.

Según dichas fuentes, “con la dimisión por algo tan escandaloso y banal como robar unas cremas, que finalmente fueron pagadas y por lo que no hubo denuncia, te ahorras un debate de moción de censura en el que tanto Ángel Gabilondo por el PSOE, como Íñigo Errejón por Podemos iban a hacer una enmienda a la totalidad de la corrupción del PP de Madrid”.

Zanjado el debate político de profundidad en la Asamblea de Madrid, la que sangra a chorros es la guerra interna del Partido Popular. ¿Cuál de las cuatro facciones que ahora mismo se enfrentan ha guardado y filtrado el vídeo? La ofensiva de Esperanza Aguirre contra sus discípulos Francisco Granados, Ignacio González y Alfredo Prada, y de ellos entre sí y contra la exlideresa, ya ha demostrado ser a muerte. Pero la mayoría de los conocedores de esta lucha intestina señalan a Granados o González como las personas que pudieron obtener ese vídeo y encargar la elaboración del dossier de escándalos de Cifuentes que ahora, medida y ordenadamente, se está filtrando.

Todo se remonta al caso conocido como La Gestapillo, el espionaje entre políticos madrileños del Partido Popular; un pugna de familias del PP al estilo mafioso que se está destapando en los sumarios de Lezo y de Púnica. Sin embargo, en esa causa judicial sólo hay dos guardias civiles y un bedel en espera de juicio por supuestamente haber espiado al exconsejero de Justicia Alfredo Prada; al ex teniente alcalde de Madrid y mano derecha de Alberto Ruiz Gallardón, Manuel Cobo; a la diputada Carmen Flores, con estrechas relaciones con el extesorero del PP, Álvaro Lapuerta, y a la propia Cristina Cifuentes.

Esos cabezas de turco de la guerra entre altos dirigentes del PP siempre han defendido su inocencia, y así lo hicieron también en la comisión de investigación sobre corrupción celebrada en la Asamblea de Madrid, donde entregaron un documento titulado Cloacas. Pero además señalan a los comisarios de Policía José Manuel Villarejo —en prisión por cohecho, blanqueo de capitales y organización criminal— y Enrique García Castaño como las personas que hacían esos trabajos de espionaje para el PP de Madrid, a través de Enrique Barón —ex jefe superior de Policía de Madrid y director de Seguridad de la Comunidad en esos años—, así como a la agencia de detectives Método3.

Según el documento Cloacas, en 2011 escucharon “al viceconsejero de Francisco Granados, Alejandro Halfter, y al Director del Gabinete del Consejero, Ignacio Palacios, y al propio Francisco Granados, que Enrique Barón había ofrecido los servicios operativos de los Comisarios D. José Manuel Villarejo Pérez y Enrique García Castaño en la Consejería de Presidencia, Justicia e Interior de la CAM”.

Esta relación con los comisarios de Policía se vio confirmada por la grabación difundida por el propio Villarejo de la reunión que mantuvo con Ignacio González para solucionarle los problemas de su ático de Marbella y en la que también participó García Castaño. Estos vínculos también aparecen en los sumarios de Lezo y de Púnica, acreditados y ampliados al tertuliano Eduardo Inda, quien siempre tuvo estrechas relaciones con Francisco Granados, que aún mantiene, y cuyo digital ha revelado el vídeo de Cifuentes en el Eroski de Vallecas que llevaba siete años guardado en un cajón.

Diferentes fuentes policiales y de la seguridad privada señalan al jefe superior de Policía de Madrid hasta su fallecimiento en diciembre de 2011, Francisco Javier Redondo, como la persona que ordenó hacerse con la grabación del Eroski de Vallecas nada más producirse los hechos y entregársela a alguien cercano al PP de Madrid como un favor.

Según el relato de la propia Cristina Cifuentes, tras ser requerida por el vigilante de seguridad del establecimiento, la Policía Nacional se personó en Eroski. Una vez solventado lo que ella define como “despiste”, y al haber pagado, la empresa no interpuso denuncia. Es decir, el vídeo no debía ser requisado por la Policía al no haber delito, “pero ningún vigilante de seguridad se va a negar a dar el vídeo a un agente de Policía si se persona en el establecimiento”, afirman fuentes policiales.

Más aún, dentro de las fuentes de seguridad privada hay quien apunta más alto: a esa red de directores de seguridad de grandes empresas que está formada por ex altos mandos policiales y que estableció una policía paralela al servicio del poder. Es el caso, por ejemplo, del antecesor de Redondo en el puesto, Carlos Rubio –a quien también señalan otras fuentes policiales–, quien tras abandonar en 2010 el puesto de Jefe Superior de Policía de Madrid se fue a trabajar como director de Seguridad del Banco Santander. La relación entre Villarejo y Carlos Rubio se remonta a la etapa del Informe Veritas, elaborado a mediados de los 90 contra el juez Baltasar Garzón.

Lo cierto es que, sin haber delito, ese vídeo de Cifuentes en la sala de seguridad de Eroski debía haber sido destruido en 2011 y, por supuesto, nadie debería haberse hecho con una copia. Así que, si Cifuentes quisiera, la vía legal contra quien ha difundido su vídeo la tiene abierta, pues en este caso se ha producido al menos un delito grave, contra la Ley de Protección de Datos.

Cifuentes se ha querellado contra los periodistas de ELDIARIO.ES por publicar hechos ciertos. ¿Se querellará ahora contra los que hayan ocultado durante años, y difundido en el momento más dañino, una grabación que jamás debería haberse guardado?

28 - Abril - 2018

¿Quién filtró el vídeo que acabó con Cifuentes?

Casimiro García Abadillo

¿Qué secretos se ocultan en los cajones de la Comunidad para que alguien haya recurrido a métodos propios de la mafia?

Francisco Granados, consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid entre julio de 2008 y julio de 2011, acudió el pasado viernes a declarar ante el juez Manuel García Castellón, que investiga la trama Púnica, en la que el también ex secretario general del PP de Madrid figura como principal implicado. A su salida de la Audiencia Nacional, un grupo de periodistas le rodeó para que diera su opinión sobre el vídeo de Cristina Cifuentes, grabado en una sala de la cadena Eroski tras el supuesto robo de dos botes de crema anti arrugas, cuya difusión el pasado miércoles provocó su dimisión inmediata.

Granados, trajeado y con buen aspecto, respondió tranquilo, casi sin inmutarse: “Si buscas venganza, cava dos fosas”.

La caída de Cifuentes, acosada desde hacía cinco semanas por las revelaciones sobre su falso máster en la Universidad Rey Juan Carlos (URJ), no es un episodio más en la reciente y corrupta historia del PP de Madrid. Es, según un alto cargo de partido, “la puntilla”. El jueves a última hora, El País difundió una encuesta que daba a Ciudadanos ganador en la Comunidad con 48 escaños, pasando el PP a la tercera posición con sólo 25 asientos en la Asamblea madrileña, 8 menos que el PSOE.

Queda poco más de un año para las elecciones y ese sondeo refleja la situación de los populares en un momento especialmente dramático, pero la convicción en las filas del PP es que esto tiene difícil solución. Un ex ministro lo resume con una palabra: “Ucerización”. Se refiere a la sensación de fin de ciclo que vivió la UCD en los meses previos al golpe de estado de Tejero. Un alto cargo añade: “Si alguien pensaba que quitándose de en medio a Cifuentes de esta forma hacía un favor al gobierno o al partido, se ha equivocado de medio a medio. Esto ha sido un tiro en el pie del que no nos vamos a recuperar”.

Si el PP no gana en Madrid -Comunidad y Ayuntamiento- en las elecciones de la próxima primavera, ya se puede olvidar de ganar las generales.

El vídeo de Cifuentes no sólo ha destrozado a una persona, sino que ha hecho trizas la credibilidad de un partido ya muy deteriorada por otros casos de corrupción. Llama la atención que nadie del PP vea en este episodio la mano de la oposición. Todos coinciden en que se trata de “fuego amigo”.

Por eso es importante saber quién ha apretado el gatillo, quién ha decidido poner en circulación una cinta que iba a provocar este terremoto político.

Qui prodest? Esa suele ser la pregunta clave para señalar al principal sospechoso de haber cometido un crimen. Pero, en este caso, no sólo no hay nadie que compitiera con Cifuentes para arrebatarle el sillón dentro de su partido, sino que va a ser muy difícil encontrar un valiente que quiera encabezar la lista del PP a la Comunidad de Madrid.
Todo apunta a una venganza. Más que recoger el fruto de la caída de la ex presidenta de la Comunidad, lo que parece haber pretendido el filtrador del vídeo es el placer de verla caer, sin reparar en las consecuencias para el partido de su acción. O tal vez, evitar un mal mayor, como es que la oposición se hiciera ahora con el gobierno de Madrid.

El enemigo número uno de Cifuentes (de una lista demasiado larga) es su antecesor en la presidencia de Madrid: Ignacio González. Granados ha sido el primer ex alto cargo de la Comunidad que ha dicho en público que González y Cifuentes mantuvieron una relación sentimental. De ser cierto, aquello terminó como el rosario de la aurora.

González cuenta con muchas papeletas para estar detrás de la filtración. Un repaso de los hechos avalaría aparentemente esa plausible hipótesis.

Lo primero que llama la atención en el caso del vídeo de Eroski es que alguien lo haya mantenido oculto durante siete años. La cadena de supermercados ya ha dicho que destruyó las imágenes a los treinta días, como marca la ley. Por tanto, sólo hay dos posibles sustractores de la cinta: la Policía, o las empresas que se encargaban de la seguridad de Eroski.

La segunda de las hipótesis refuerza las sospechas sobre González. La empresa de seguridad de Eroski en la fecha en la que se produjo el incidente de Cifuentes (4 de mayo de 2011, cuando todavía era vicepresidenta de la Asamblea de Madrid) era Casesa, que años después fue absorbida por otra compañía, Ombuds, propiedad de José Luis Cortina, que fue responsable de la unidad operativa del CESID y que estuvo imputado y posteriormente absuelto por su implicación en el golpe del 23-F.

Casesa era una empresa que trabajó para la Comunidad de Madrid siendo presidente Ignacio Conzález. “Entonces era conocida como una de las empresas favorecidas por Nacho”, afirma un ex alto cargo del Ministerio del Interior.

Al mismo tiempo, para Eroski trabajaba otra empresa, Grupo Novo, que se encargaba de colocar vigilantes de paisano en los supermercados para que que no se produjeran hurtos. Según ha publicado El Confidencial, su presidente, José Antonio Novo, ha reconocido que González le contrató en marzo de 2017 para que su empresa hiciera un barrido de micrófonos en su despacho y también que él sabía que existía ese vídeo.

Es decir, que tanto a través de Casesa, como a través de Grupo Novo, González podría haber tenido acceso a ese valioso material.

Sin embargo, hay algo que no cuadra. Según han confesado a El Independiente fuentes del entorno de González, el ex presidente de la Comunidad movilizó a su equipo en el mes de febrero de 2015 para que localizara a toda costa ese vídeo. Su objetivo era ponerlo en circulación para destruir a Cifuentes, que era entonces delegada del Gobierno en Madrid, y evitar así que fuera nombrada candidata a la Comunidad por el PP en las elecciones de hace tres años.

Finalmente, el 3 de marzo de 2015, Rajoy inclinó su dedo hacia Cifuentes. González achacó su derrota a “una campaña orquestada en las últimas semanas”. Se refería el ex presidente a las informaciones sobre el ático de Estepona cuya propiedad él negó a pesar de las evidencias.

Era una auténtica guerra sucia en la que González estaba dispuesto a recurrir a todo lo que hiciera falta para destruir a su competidora. Sin embargo, la búsqueda quedó en fracaso. Una de las personas que participó en la operación confiesa que se buscó incluso en la Comisaría del Puente de Vallecas. Pero allí no había ni rastro del vídeo y ni siquiera de la “minuta” que redactaron los dos agentes que acudieron ese día a instancias de los empleados de Casesa para dar parte de lo ocurrido en el supermercado de Eroski que hay enfrente de la Asamblea de Madrid.

Por tanto, en 2015 González no tenía ese material. Un comisario de Policía en activo apunta: “De haber tenido el vídeo, González lo hubiera sacado el año pasado, cuando la presidenta de la Comunidad decidió presentarse como acusación en el asunto del Canal, que fue lo que le llevó a ingresar en prisión”.

El ex presidente de la Comunidad de Madrid estuvo en prisión imputado por el caso Lezo desde el 21 de abril al 8 de noviembre de 2017, saliendo en libertad tras pagar una fianza de 400.000 euros.

La experiencia carcelaria ha sido muy dura para González. Fuentes cercanas al ex presidente de Madrid afirman que aún no se ha recuperado anímicamente de su estancia en Soto del Real y que, incluso, se está planteando colaborar con la Fiscalía en el esclarecimiento de los hechos.

Aunque no se puede descartar definitivamente que González esté detrás de la operación para aniquilar a Cifuentes, resulta poco creíble que, una vez perdido todo su poder y estando bajo control policial, haya arriesgado aún más su futuro sólo para saborear su venganza.
La primera de las hipótesis -que hubiera sido la Policía la que se hubiese quedado con el vídeo de Eroski- nos llevaría al segundo de los sospechosos: Granados. El comisario que estaba al frente de la Comisaría del Puente de Vallecas en mayo de 2011 era Manuel Patricio Rodríguez San Román, que, posteriormente, fue uno de los imputados en la llamada Operación Emperador contra la mafia china. El comisario José Manuel Villarejo -ahora en prisión- es amigo de alguno de los imputados en la Operación Emperador. Así que existe la posibilidad de que San Román le hubiera entregado ese vídeo a Villarejo para que éste lo hiciera llegar a terceras personas, entre ellas, Granados.

Pero Granados, al contrario que González, no considera a Cifuentes como enemiga a abatir. Él sólo tiene una obsesión: el propio González, a quien considera responsable de su caída en desgracia dentro del PP. Una persona que le conoce bien asegura: “Paco es, por naturaleza, presuntuoso y parlanchín. Si hubiera tenido en sus manos ese vídeo, medio Madrid lo sabría”.

Para algunos resulta tentador pensar que, una vez más, Villarejo está detrás de este asesinato político, pero no hay razones para pensar que haya sido él quien, desde prisión, haya apretado el gatillo. Otra cosa es que el vídeo haya pasado por sus manos.

Queda una tercera posibilidad. Que el golpe haya venido desde arriba. Es decir, desde el gobierno.

Pero a Rajoy hay que descartarle casi por principio. Quien piense que el presidente del Gobierno puede haber dado luz verde a la difusión del vídeo de Eroski es que no le conoce. Es más, Rajoy ni siquiera había movido un músculo para que Cifuentes dejara su cargo.
El presidente había comentado hace una semana a algunos de sus ministros que con el asunto de Cifuentes -ya abrasada por la polémica del máster- lo que había que hacer era forzar a Ciudadanos a votar la moción de censura para que le diera el gobierno al PSOE. “Perderíamos Madrid, pero Ciudadanos nos daría una baza política para restregársela por la cara durante todo un año”, dicen las fuentes que afirmó Rajoy.

Ni el presidente llamó a Cifuentes para pedirle que se fuera -no forzó su salida hasta la mañana del 25 de abril, cuando ya no se hablaba de otra cosa en toda España más que del vídeo- ni ella tenía pensado dejar el cargo tras la recepción oficial del día 2 de mayo en la sede de la Comunidad.
Una vez más, Cifuentes mintió en su rueda de prensa en la que presentó su dimisión. Lo que había transmitido a personas de su máxima confianza, como la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, es que estaba dispuesta a resistir. Hasta que salió el vídeo.

Por tanto, si el disparo ha venido “de arriba” hay que buscar a otro autor. Como casi siempre que se produce un encontronazo en el gobierno, la mirada se dirige a una de las dos mujeres enfrentadas. En este caso, como la perjudicada sería Cospedal -protectora hasta el final de Cifuentes- la beneficiada sería Soraya Sáenz de Santamaría. Y si está la vicepresidenta, lo está el CNI. El material acumulado contra la ex presidenta madrileña es potentísimo. Además de sus episodios de cleptomanía en el Colegio Mayor Caro y de su propensión a hacer vudú a sus enemigos políticos (como Esperanza Aguirre o el propio González), existen otros vídeos sexuales en un conocido hotel de Madrid ¿Han tenido los servicios secretos acceso a ese dossier? Es posible. Sin embargo, no parece plausible que esa conspiración se haya llevado a cabo desde los aparatos del estado a espaldas del presidente .

La que se presentó como adalid contra la corrupción en el PP, remitiendo a la Fiscalía información comprometida contra su antecesor y recientemente incluso contra la que fue en tiempos su protectora, Esperanza Aguirre (irregularidades en la Ciudad de la Justicia), ha acumulado demasiados enemigos en su carrera, sobre todo teniendo en cuenta su frágil techo de cristal.

Lo que está claro es que quien ha decidido acabar con ella no quería que se llegara a la moción de censura. Es decir, no quería que el PSOE llegara al poder en la Comunidad de Madrid y pudiera levantar las alfombras.

¿Qué secretos se ocultan en los cajones de la Comunidad para que alguien haya recurrido a métodos propios de la mafia?

Que la tinta de calamar no les confunda.

29 - Abril - 2018

Los señores de las cloacas

Luis García Montero

Como un símbolo inagotable del tiempo que vivimos, la tragicomedia de doña Cristina Cifuentes ha ido cargándose de significado entre la risa y la compasión. El primer acto se llama La Persona, el segundo El Partido y el tercero La Sociedad.

Alguien señaló una irregularidad. Un trabajo de investigación periodística descubrió que el máster universitario de la presidenta de la Comunidad de Madrid suponía una estafa. El primer acto se puso en marcha para evidenciar la impunidad, la falta de respeto a la virtud pública y el modo vertiginoso en el que las mentiras de siempre han fundado el nuevo tiempo de la posverdad. Doña Cristina mentía ante las cámaras con una seguridad natural. Cada mentira descubierta se justificaba con otra mentira, mientras en su boca se consolidaba una sonrisa orgullosa y desafiante que poco a poco se apagaba en sus ojos.

En los primeros días, el desprestigio de la Universidad pública, la degradación de la política y la vergüenza personal importaban menos que la seguridad de fundar un mundo oficial al margen de la realidad. La costumbre trabaja hoy para sustituir la realidad por una escena oficial. El rostro de la vida acaba transformado en una máscara impasible. De ahí que la brújula del Gobierno se apoye en la estrategia de la parálisis, la convivencia rutinaria con la patraña y la voluntad de dejar que las cosas se pudran.

Tardó poco el argumento en anunciar el segundo acto. El Partido. La abrumadora desfachatez personal pasó a iluminar la realidad más amplia de un Partido que, según va demostrando el trabajo de algunos periodistas y de algunos jueces, funciona como una asociación para el crimen organizado. La corrupción sistemática en la Comunidad de Madrid recibe una larga ovación en los congresos nacionales. No se trata de la fraternidad limpia que debe marcar la existencia de las organizaciones, sino el pacto mafioso de silencio para guardar secretos sucios, consolidar la máscara y convertir lo blanco en negro (dinero negro, palabras negras, voluntades negras). Lo grave de este segundo acto no es que hubiese una corrupción personal, sino que un partido la asumiese como norma de funcionamiento ante la sociedad.

Por eso nos llegó un final tan imprevisto como coherente. El tercer acto pasó a iluminar la sociedad en la que vivimos, el cauce en el que se articulan los comportamientos individuales y los compromisos colectivos. El trabajo serio periodístico, que tiene como misión la vigilancia del poder, fue sustituido por el periodismo basura, las voces sin escrúpulos que nacen de las cloacas. Un periódico fundado al servicio del poder empresarial publicó un vídeo en el que doña Cristina aparecía como una ladrona de baja estofa en un supermercado.

El episodio fue grabado hace años, antes de que la presidenta fuera presidenta, aunque ya llevaba media vida representando la forma de ser y de actuar de su partido. Alguien conservó el vídeo y silenció el escándalo, alguien que conocía la existencia del vídeo nombró a doña Cristina presidenta, alguien ha decidido ahora sacar el vídeo para poner punto casi final a la tragicomedia. Digo casi final porque la vida humana, por mucho que pretenda ocultarlo la máscara, permanece más allá de la vida política, y doña Cristina podrá haberse acabado como figura pública, pero existe y sufre como ser humano. La indignación que producía la política mentirosa se convierte así en compasión ante una persona humillada por las cloacas.

Los señores de las cloacas gobiernan en España. ¿Cuántos vídeos cumplirán su función en las cloacas, nacidos del uso mafioso de la policía para vigilar la intimidad de la gente? ¿Cuántas decisiones políticas se deben al chantaje de los mandarines que ponen y quitan políticos? Hoy gobiernas tú y mañana gobierna otro. Ahora me invento un partido porque quiero cambiar de vasallos. El gran capitalismo español no fabrica coches, ni electrodomésticos, ni relojes. Se dedica a extorsionar al Estado.

La máscara del descrédito de la política nos hace olvidar la realidad de un puñado de familias empresariales acostumbradas a sangrar al Estado de manera impune.Hacen contratos sobre la energía o las obras públicas como verdaderos ladrones legales. Los abogados del Estado firman negocios basados en la lógica siguiente: todos los beneficios posibles de unos presupuestos inflados se los llevará un particular y todas las pérdidas posibles caerán en las cuentas del Estado. Los periódicos de las cloacas saben mucho de eso. La tragicomedia de doña Cristina demuestra el poder de la mafia empresarial, el calado de las cloacas y la extorsión, la lógica depredadora de una élite que humilla a la política y degrada a las personasporque mancha todo lo que toca.

Unos y otros hablan mucho de España. Pero España no es su tesoro, sino su botín.

29 - Abril - 2018

Los 35 días que acabaron con Cifuentes

Javier Casqueiro

Una maraña de vendettas e intereses cruzados en el submundo de la comunicación y la derecha madrileña rescató el turbio pasado de la expresidenta para fulminar su carrera

El mirlo Cristina Cifuentes no era blanco. Era común, negro y con un pasado turbio como el de decenas de políticos del PP de Madrid de los últimos 23 años, cuando ese partido se alzó de aquella manera con el poder de las principales instituciones de una de las regiones más importantes y mediáticas de España. En el fulgurante y estrepitoso suicidio político de Cifuentes han tenido mucho que ver sus mentiras y autoengaños, han sido determinantes un máster regalado y un vídeo chusco en las entrañas de un híper en Vallecas donde se la ve destripando de su bolso dos cremas antiarrugas que no había pagado por valor de 43 euros, pero resultan menos evidentes las crudas vendettas de grupos mediáticos y políticos ligados a lo más tenebroso de la derecha madrileña. Hay denuncias de corrupción, escándalos, extorsiones y amenazas muy directas. Un puzle que ha estallado y destruido hasta lo más íntimo de la vida pública y privada de una dirigente llamada hace apenas dos meses a disputar la sucesión de Mariano Rajoy.

Este viernes pasado, a las 14.10 horas, Cifuentes reunió a los miembros de su equipo y colaboradores de estos tres últimos años al frente de la Comunidad de Madrid en la antesala de su antiguo despacho lleno de orquídeas en la Puerta del Sol y se despidió. Era un día caluroso. Fue un último discurso de agradecimiento. Y de cierre de una etapa convulsa y al final demoledora. Por la tarde envió una carta a la secretaria general del PP, su amiga Dolores de Cospedal, en la que le comunicó su renuncia irrevocable también a la presidencia madrileña del partido. Se quedará en el escaño, como una más de los 48 diputados del PP, y será aforada.

Apenas 48 horas antes se había visto forzada al fin a digerir su marcha tras aparecer Cospedal por Sol, sobre las 11.00 horas del miércoles, con un mensaje inequívoco de La Moncloa: “Tienes que dimitir”. Luego ella justificó que ya tenía programada esa salida hacía días para exhibirla justo después de los actos institucionales del 2 de mayo, festividad de la Comunidad. En su equipo esgrimen que ese discurso llevaba una semana redactado. Consejeros de su gobierno e importantes cargos del PP confesaron, sin embargo, que de eso se enteraron ese día y en la rueda de prensa.

Rajoy tenía que llegar ese miércoles una hora más tarde al Congreso para el debate de las enmiendas a la totalidad del presupuesto para 2018 y quería entrar con la cabeza cobrada de Cifuentes. Antes de aparecer en el hemiciclo rescató sus frías maneras de ejecutar antiguos colaboradores que ya no le sirven como hizo con Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Gabriel Elorriaga, Rita Barberá, Francisco Camps o Pedro Antonio Sánchez. “Ha hecho lo que tenía que hacer. Su dimisión era obligada. El PP abre ahora una nueva etapa”, declaró mecánicamente el presidente. El vídeo revelado esa mañana temprano por la web Okdiario del hurto de dos cremas faciales Olay en el super Eroski de Puente de Vallecas había conmocionado el resto de paciencia que aún le quedaba a Rajoy. Que no era mucha.

El presidente del Gobierno y del PP había soportado durante 35 días las diferentes y difusas explicaciones que Cifuentes le había proporcionado, en privado y en varias charlas por teléfono, sobre su máster de Derecho Público del Estado Autonómico en la Universidad Rey Juan Carlos, dependiente precisamente de la Comunidad de Madrid. En esas conversaciones, algunas incluso durante un viaje oficial a Argentina, Rajoy le pedía explicaciones sobre el máster, escuchaba y le aconsejaba: “Vamos a esperar, aguanta y ya hablamos”. No quería que Ciudadanos se cobrase esa pieza tan clave fácilmente, porque además podía resultar otra decapitación política injusta. Pretendía soportar la presión hasta casi el plazo final para la tramitación de la anunciada moción de censura para el 7 de mayo y transmitir alguna responsabilidad de lo que pudiera suceder, y de un gobierno en Madrid del PSOE con “los radicales de Podemos”, al partido de Albert Rivera.

La jugada era esa pero no salió. El vídeo que revelaba una posible patología cleptómana de la persona que él nombró delegada del Gobierno y jefa de la policía en Madrid en 2011, por consejo de Cospedal, se le atragantó como insoportable. Bajo el dedo y sentenció a Cifuentes.

Pero el hundimiento de Cifuentes es revelador de mucho más que el brutal ocaso de una dirigente a la que se promocionó como la regeneradora de la charca de ranas corruptas que dejó en herencia el demoledor tándem de Esperanza Aguirre e Ignacio González, una era que arrancó en realidad con el tamayazo, aquel verano de 2003.

El socialista Rafael Simancas sumó tras aquellas elecciones autonómicas 56 diputados de la izquierda frente a los 55 de Aguirre pero el día de la constitución de la mesa que debía regular las votaciones en la Asamblea de Madrid le florecieron dos tránsfugas y ya luego lo perdió todo. Cifuentes ya era entonces una diputada del grupo popular a la que tanto Alberto Ruiz Gallardón, Aguirre como luego González siempre relegaron a puestos decorativos en la mesa del parlamento regional o en el aparato del partido. Vistosa pero irrelevante. La despreciaban.

Fue en esos años cuando Aguirre depuró todo el pasado que oliese a Gallardón y delegó su mano derecha y la izquierda en sus dos controvertidos vicepresidentes, Ignacio González y Francisco Granados, y se rodeó por un reducido grupo de consejeros de su confianza que salieron prácticamente todos escaldados: Manuel Lamela, Juan José Güemes, Alberto López Viejo, Lucía Figar, Salvador Victoria. La mayoría están imputados por escándalos y Granados y González han pasado ya por la cárcel.

La expresidenta, sin embargo, todavía pretende que quede para la posteridad su famosa exculpación: “Solo dos de los 500 cargos que nombré en mis 33 años en política me han salido rana”.

Fue en esa época cuando Granados auspició la creación de la famosa gestapillolocal, como intentó menospreciar Aguirre a esa banda de ex agentes de policía a sueldo de su Consejería de Interior, destapada por EL PAÍS y creada para espiar a compañeros y rivales internos en el partido en vísperas del complicado Congreso Nacional del PP en Valencia en 2008, cuando intentaron fraguar una candidatura alternativa a la de Rajoy. Fue en esos años cuando se gestó y descubrió la Gürtel, más tarde Púnica, luego Lezo, los pelotazos del Canal, el superático de Estepona…

Y mientras, Cifuentes pasaba esos mandatos, perdida, con un buen salario y sin poder ejecutivo alguno hasta el verano de 2011, cuando un antiguo amigo de la Universidad Complutense y del PP, Dionisio Ramos, le recomendó que aprovechase su tiempo libre para sacarse un máster. Ramos, un auténtico conseguidor de profesión en círculos del PP, fue vinculado en su momento al tamayazo y obtuvo el mismo máster de Cifuentes en la Rey Juan Carlos. Cifuentes fue testigo en su boda.

Pero el pasado 21 de marzo eldiario.es tituló su exclusiva: “Cristina Cifuentes obtuvo su título de máster en una universidad pública con notas falsificadas”. A partir de ese momento la ya expresidenta madrileña entró en una dinámica de errores, escondites, embustes, olvidos y explicaciones contradictorias que socavaron a velocidad exprés todo su prestigio y su salud.

El día anterior Cifuentes tuvo que comparecer precisamente ante la comisión que investiga en el Congreso la financiación ilegal del PP. Llegó nerviosa. Tras la complicada sesión se marchó a comer con parte de su equipo. Ya le dolía insoportablemente la cabeza, como le sucede en situaciones de estrés tras el accidente que sufrió cuando iba en moto en el verano de 2013 que la mantuvo en coma y en la UVI del hospital La Paz casi un mes entre la vida y la muerte. Esas migrañas no la han abandonado en estos 35 días de martirio que ha padecido desde entonces. Su responsable de prensa recibió entonces una primera llamada de la redactora de eldiario.es que descubrió el escándalo para contrastar varios datos. Cifuentes ya no estaba disponible para recabar información, porque se había marchado a su casa a recuperarse, y su colaboradora pidió más tiempo. El director de eldiario.es, Ignacio Escolar, asegura que se realizaron hasta cuatro llamadas durante toda esa jornada y que ante la falta de respuestas tiraron para adelante. Tenían suficiente.

Ausencias y jaquecas

Al día siguiente, en Sol, se montó un minigabinete de crisis sin Cifuentes en el que se encargó al consejero de Educación, Rafael van Grieken, catedrático de Ingeniería Química de la Universidad Rey Juan Carlos, las primeras gestiones ante ese centro. Llamó y pidió las notas de la alumna Cifuentes. En la Comunidad tardaron en reaccionar hasta tener todos los papeles que mandó el rector, Javier Ramos, y se plantearon citar a toda la prensa. Pero no lo hicieron. Cifuentes seguía desaparecida, con jaquecas y optaron por enviar un comunicado, los citados documentos y dar dos entrevistas muy seleccionadas (Onda Cero y 13TV). Esa noche la expresidenta colgó desde su despacho un vídeo en el que con un tono cantarín vaticinó en sus redes sociales: “¡No me voy, me quedo, voy a seguir siendo vuestra presidenta!”.

Las siguientes investigaciones periodísticas, de la propia universidad y las declaraciones de varios afectados ante la policía acabaron destrozando todas las excusas. Cifuentes aseguró a su entorno que había buscado en casa y en su despacho, que no encontraba su trabajo de fin de máster y que tenía muchas lagunas sobre ese curso universitario. Rechazó desde el principio el consejo que le dieron de dimitir. Se atrincheró y evitó a los medios.

Con la estrategia del ventilador se empezó a filtrar que otros políticos, locales y nacionales, de distintos partidos, también habían manipulado sus currículos. Que el jefe del maldito máster tenía montado allí su chiringuito, que el rector pretendía salvar su achicharrada espalda. En la obsesión por buscar fuego amigo hasta en los estertores del CNI y de La Moncloa se sospechó de la insistencia de una funcionaria de la universidad que llamaba mucho para que Cifuentes fuera a recoger en persona y con su estampa en noviembre pasado su título del máster, con las notas ya corregidas dos años más tarde. Y durante la Convención Nacional del PP, allí en Sevilla y quitando el foco a Rajoy, se propagó una información de El Mundo que achacaba todo el caso al despecho de un profesor socialista de ese centro, Salvador Perelló, cabreado con varias tropelías universitarias. El propio Perelló y también Ignacio Escolar desmintieron más tarde que esa fuera la única fuente de su investigación.

Rajoy, animado por Cospedal, intentó creer a Cifuentes y usó algunos de sus argumentos. Así durante 35 días. Así hasta la madrugada del pasado miércoles. A las 2.30 un periodista de Okdiario llamó a su amiga la viceconsejera de Presidencia de la Comunidad de Madrid y la alertó. Esta avisó a su jefe, el consejero Ángel Garrido, que acabó localizando a las 3.30 a la jefa de gabinete de Cifuentes. No hubo antes ningún contacto directo.

En el vídeo se ve nítidamente a Cifuentes ese 4 de mayo de 2011, en plena campaña electoral de unas elecciones autonómicas, retenida 45 minutos en una salita de seguridad del Eroski que hay a 100 metros de la Asamblea, negando varias veces al empleado que la descubrió que ella se hubiera metido dos cremas en su bolso sin pagar. Luego llegó a un acuerdo, rebuscó monedas en el bolso y saldó su deuda. Creyó el tema un problema menor, olvidado y superado, como dijo este miércoles al anunciar su renuncia.

En esa su primera despedida afirmó que no le extrañaba lo que le había pasado porque ya había sufrido extorsiones en el pasado. No quiso señalar a ningún fuego amigo culpable de todo dentro del PP, pero sí concluyó que nada de lo que le ha sucedido puede ser casual y que su cruzada anticorrupción para limpiar las etapas de Aguirre, González y Granados, sus denuncias a la fiscalía por el caso Inassa, Canal de Isabel II y Campus de la Justicia y sus enfrentamientos con grandes empresas constructoras (OHL y Ferrovial) le habían pasado factura. Demasiados frentes cruzados.

También arguyó que el vídeo no era nuevo y que ya lo habían intentado vender en el pasado a varios medios, aunque en aquel momento sin pruebas. En una entrevista en TVE, hace dos años, la misma Cifuentes negó públicamente enfadada que alguien estuviese chantajeándola con esas imágenes sobre su cleptomanía y lo hizo delante del periodista Manuel Cerdán, que ha firmado ahora la exclusiva del vídeo en Okdiario.

Amenazas desde el Canal

Lo que sí hizo en 2016 fue comentar a uno de los más altos cargos policiales que había conocido en su etapa de delegada del Gobierno en Madrid que el exdirector de seguridad del Canal de Isabel II, Luis Miguel Garrido, había amenazado al consejero Ángel Garrido y presidente de ese organismo cuando éste le despidió: “Vosotros veréis, pero tengo muchas grabaciones privadas de Cifuentes con González”. Nunca presentó una denuncia formal ni pública. Sí anunció una querella y echó en falta apoyos y muestras de solidaridad feministas cuando Granados soltó ante un juez que ella y González habían tenido una relación sentimental.

Asqueada de la charca de Aguirre, distanciada a muerte de Granados que siempre le pareció un golfo y tras la ruptura con González, Cifuentes tomó el mando de la Comunidad en junio de 2015 con 51 años y mucho recorrido, creía que sin ataduras y con dos eslóganes: en su proyecto “no tendrían cabida los corruptos” y había llegado “para cambiar las cosas, no para estar”. Aprovechó la operación limpieza que emprendió en el Canal de Isabel II para presentar una denuncia en la Fiscalía Anticorrupción por algunas actuaciones y en concreto por la compra de empresas filiales infladas en Latinoamérica (Inassa y Emissao), lo que derivó en el caso Lezo y en la imputación, entre otros, de Edmundo Rodríguez Sobrino, hombre de confianza en el Canal de González y luego consejero de La Razón.

Este viernes, ante su equipo y el personal empleado en Sol, la expresidenta Cifuentes se lamentó en su despedida de que todas las horas y noches sin fin gastadas para mejorar en tres años la gestión de la Comunidad de Madrid quedasen empañadas por un “linchamiento mediático sin precedentes” que no han sufrido en España “ni delincuentes como el Dioni ni otros que se han llevado el dinero a Suiza”. No dio nombres e intentó no emocionarse. Al que sí se le saltaron las lágrimas fue a su escudero Ángel Garrido.

Disputa cruenta por los lectores de la derecha

Las investigaciones y denuncias sobre las actividades en el Canal de Isabel II y la labor de Edmundo Rodríguez Sobrino, exconsejero y de LA RAZÓN, abrieron a Cristina Cifuentes otro frente de guerra más, que resultó especialmente duro y desagradable. El cese y la imputación de Rodríguez Sobrino la enemistó con parte de la cúpula del grupo Atresmedia, relevantes de sus periodistas y muy en particular con Mauricio Casals, presidente de LA RAZÓN, adjunto a la dirección de ese conglomerado mediático y al que se conoce en Madrid como El príncipe de las tinieblas. Ese proceso, en el que se pudieron escuchar grabaciones de amenazas y graves insultos, acabó archivado, por temor de Cifuentes y su equipo a tirar hasta el final de la manta y por el escaso interés investigador en la Audiencia Nacional. Los intentos posteriores para negociar una tregua con representantes de esos medios han resultado peor que infructuosos.

Esa cruenta batalla no ha terminado y se ha mezclado justo ahora, con ocasión del vídeo en el Eroski, con acusaciones en varios medios contra el presidente, propietario y director de La Gaceta y de Intereconomía, Julio Ariza, como responsable de esa filtración por su amistad que él confirma con el director de OKDIARIO, Eduardo Inda. Ariza niega esa actuación, acepta que le llegó material nunca sustentado de robos relacionados con Cifuentes en colegios mayores y asume su identidad ideológica total y de derechas con Aguirre frente a la más progresista de su sucesora. También argumenta su mala relación con otro de los señalados por esa filtración con criterios empresariales: “Con Ignacio González nos llevamos fatal, a muerte, porque nos bloqueó todos los acuerdos de publicidad institucional y porque en la lucha de lectores de la derecha no se puede facilitar y tener como hizo él una relación especial con Casals y con nosotros”.

 

28 - Abril - 2018

La manada periodística y la defenestración de Cifuentes

Rubén Arranz

“Johnny, eres tan grande como yo quiero que seas”. La frase es de la maravillosa ‘Muerte entre las flores’ y describe a la perfección las dinámicas que imperan en -digámoslo así- los grupos de individuos que no tienen excesivos reparos en saltarse cualquier texto legal o norma moral para conseguir poder, dinero e influencia. Desde luego, estas palabras también pueden utilizarse para elaborar el epitafio de Cristina Cifuentes, una líder débil, pero con una desmedida ambición, que olvidó que en la actividad que ejerce el techo es de hormigón y el suelo de cristal, y los ofidios aguardan detrás de cada esquina. Quienes han provocado su dimisión sabían muy bien a quiénes debían recurrir para conseguir la munición y ejecutar a la condenada. Y lo hicieron con una escalofriante desenvoltura. El problema es que, una vez más, un líder político ha sido defenestrado como consecuencia de una venganza interna y los medios han vuelto a ser señalados por ejercer de meros sicarios dentro de este proceso.

Decía Don Vito que por su negocio nunca pasarían las drogas porque moralmente no se lo podía permitir. El problema es que, poco después de pronunciar esas palabras, la competencia comenzó a ganar mucho dinero y músculo con la heroína. En esa situación, hay que elegir entre adaptarse o morir. Y normalmente la adaptación suele conllevar el derribo de una barrera ética. En el sector de los medios de comunicación, este fenómeno se ha repetido en varias ocasiones durante los últimos años, lo que ha provocado una total degeneración del producto periodístico y de la profesión, en la que ya no quedan muchos muros por rebasar. En estas condiciones, quienes manejan los hilos de la política y la economía pueden descansar tranquilos, dado que siempre encontrarán al intermediario perfecto en la prensa para golpear a sus víctimas sin mancharse las manos.

La forma en la que se ha aplicado el tiro de gracia a Cifuentes ha vuelto a evidenciar la existencia de dosieres que se airean cuando resulta más conveniente a quien los guarda. También ha revelado una guerra de familias en el Partido Popular madrileño que parece que se debe a asuntos mucho más turbios y lucrativos que la actividad política; y que está protagonizada por facciones sin miedo a derramar sangre y desparramar vísceras. Francisco Granados dejaba claro esto último este viernes, cuando afirmaba que “quien quiera venganza, que cave dos fosas”. Es un discurso siciliano, al igual de la decisión de quien o quienes decidieron conservar durante 7 años el vídeo del supuesto robo –debía haberse borrado a los 30 días, por ley- para entregárselo a la prensa en el momento justo. El que su filtrador había elegido para decapitar a su presa

La hemeroteca revela que la expresidenta de la Comunidad de Madrid ha gobernado con una cuchilla de acero sobre su cuello, que amenazaba con guillotinarla si levantaba las alfombras o tomaba alguna decisión contraria a los intereses de sus antecesores. Un año después de llegar a su cargo, apareció una información con el siguiente titular: “Rivales del PP encargaron espiar a Cifuentes y difundir el rumor de que era cleptómana”.

El año pasado, cuando afloró el caso Lezo, el director de La Razón,Francisco Marhuenda, y su presidente, Mauricio Casals, fueron llamados a declarar por supuestamente haber coaccionado a Cifuentes para que no tirara de la manta sobre la corrupción en la gestión del Canal de Isabel II. “Hay una cosa que le va a asustar”, dijo Casals en una conversación telefónica con Edmundo Rodríguez Sobrino, exconsejero del periódico de Planeta y uno de los principales sospechosos en esta trama. Ambos negaron las presiones ante el juez y Cifuentes no quiso hacer sangre al respecto.
Un año después de que se conocieran estos acontecimientos, alguien ha desatado una campaña contra Cifuentes, por alguna razón que se desconoce. Y las “ha pasado putas”, como se decía en los pinchazos telefónicos de la Operación Lezo. Quien la haya ejecutado, desde luego, sabía lo que hacía y no ha parado hasta lograr su objetivo.

Diez negritos
Mucho se podría hablar sobre cuál es la procedencia de la información relacionada con su falso máster en Derecho Autonómico y con su supuesto hurto en un supermercado. De diez negritos se sospecha y ninguno ha dicho “esta boca es mía”. En estos días, se han escuchado disparos contra el medio que lo publicó, cosa que tuvo lugar pocas horas después de que Cifuentes llevara a la Fiscalía documentación sobre las irregularidades en la construcción de la Ciudad de la Justicia. No obstante, los golpes al citado diario digital son hipócritas, dado que la mayor parte de los medios no hubiera dudado en difundir esas imágenes.

En realidad, el debate debería centrarse en el papel que cumple la prensa en este tipo de casos, en los que siempre sobrevuelan los fantasmas de la cacería mediática y la pena de telediario. Entre otras cosas, porque una parte de las empresas periodísticas parece haberse entregado a la anarquía moral y haber renunciado a aplicar todo filtro en su día a día. Lo más grave es que en este grupo de forajidos se encuentran algunos de los cañones con más potencia de fuego en la prensa escrita y digital, cuyos dirigentes y periodistas se han convertido en una especie de sicarios que ejecutan a los reos a los que quieren quitarse de en medio el poder político y el económico.

El periodismo debería utilizarse para describir hechos, analizar ecosistemas y guiar a la opinión pública con prudencia, decencia y responsabilidad. Ningún redactor debería ser víctima de esa megalomanía que impulsa a conseguir dimisiones en Administraciones, partidos o empresas, sea como sea. Como si fueran una especie de trofeos de caza. No hay un vicio más extendido y más peligroso en esta profesión.

Lejos de esto, se tiende a ejecutar persecuciones que se desarrollan por tierra, mar y aire. Se golpea el árbol tantas veces sea necesario para hacer caer la fruta pretendida. Y si hay que recurrir a la agitación o dejarse llevar por el sensacionalismo más próximo a la bragueta, se hace. Se debería reflexionar sobre los peligros que entraña en estos casos el que todos los medios dependan de las mismas fuentes de financiación, pues eso limita la pluralidad y dificulta que surjan voces críticas cuando uno de sus grandes anunciantes utiliza a la prensa para consumar una venganza contra un enemigo.

También debería intensificarse el debate sobre la concentración en el sector de la televisión, donde dos grupos han crecido de forma desmedida, en parte, por el buen trato que han recibido de la Administración. En algún caso, las concesiones han estado precedidas por un período de hostilidad editorial, lo que resulta intolerable a todas luces.

El Gobierno sabe que debería limitar el poder de estas empresas para evitar que sus cacerías mediáticas puedan llegar a desestabilizar el país o a hacer morder el polvo a quien se cruza con sus intereses. Pero no lo hace, bien por conveniencia, bien por pasividad o bien por miedo a las represalias, que el propio Rajoy denunció. El resto de los medios también son conscientes de esta situación –y sus cuentas de resultados la sufren-, pero son pocos los que la denuncian porque hay a quien le seduce mucho más la idea de sentarse frente a una mesa de debate que la de contar los hechos con valentía. Otros, callan porque consideran que la proyección en estos programas les permitirá ganar audiencia y mejorar sus ingresos. Su reino por un caballo.

Dicho esto, con la dimisión de Cifuentes ha vuelto a quedar claro que la cloaca funciona y que los dosieres se mueven o se paralizan según convenga a quienes los encargan. También que cuando un animal está herido, pero no muerto, se vuelve especialmente peligroso, pues antepone su supervivencia a sus escrúpulos.

El problema se produce cuando las batallas intestinas emplean la prensa como campo de batalla y ésta, en lugar de filtrar, se deja manipular. O, viceversa, cuando los medios acuden a las alcantarillas del Estado para nutrirse de mercancía averiada y conseguir su minuto de gloria, caiga quien caiga. Todos estos son síntomas de una España enferma, devorada por la podredumbre moral de sus Instituciones, que se refleja en la vida diaria y, por supuesto, en la prensa. ¿Cómo solucionar todo esto? Pregunten a quien financia este periodismo.

29 - Abril - 2018

Los que nos mangaron los ideales para forrarse

Eduardo Inda

Diez millones de euros de todos los madrileños, que es la cantidad que invierte anualmente la Comunidad de Madrid en publicidad institucional, dan para mucho. Dan para adquirir decenas de medios y, consecuentemente, para que los jefes de esos medios tengan amordazados a un sinfín de periodistas amén de cuadrar la cuenta de resultados a costa del contribuyente. Los mismos que desde que publicamos el vídeo de Cristina Cifuentes robando en el híper Eroski de Vallecas se dedican a defenderla como si fuera la Madre Teresa de Calcuta mientras nos ponen a nosotros a parir cual émulos de Don Vito Corleone. Claro que en esta campañita influye tanto más ese mal nacional que, tal y como atestiguaron Don Baltasar Gracián y el mismísimo Quevedo, es la envidia. Me llama poderosamente la atención también un nuevo, aunque de momento exiguo, club de periodistas: los que se jactan de las exclusivas que no dan. Todos dicen que tenían el vídeo pero ninguno de ellos lo dio. ¿Se puede ser más tonto? Jajaja. Me parto. Esto es como si Cristiano Ronaldo se enorgulleciera más de los goles que falla que de los que marca.

¿Qué teníamos que hacer cuando nos entregaron el pasado miércoles el vídeo? ¿Meterlo en un cajón? ¿O satisfacer el derecho a saber de los ciudadanos? ¿Chalanear con la Comunidad como hacen ellos [“dadnos 500.000 euros en publicidad oficial y aquí paz y después gloria” y, acto seguido, destrozar el pendrive a martillazos]? ¿O practicar el sacrosanto derecho a la información que consiste en que los madrileños conozcan la catadura de su presidenta? Está claro de qué lado nos situamos el miércoles por la mañana. Para The New York TimesThe TimesThe Guardian, el delicioso y no menos heroico Clarín argentino (al que los periodistas a sueldo ponían a parir por destapar las corruptelas de los Kirchner) y cientos de periódicos worldwide fue noticia. Para los trincoperiodistas, no. Me parto.

Como no dan para más, como no han sacado un gran scoop en su triste vida, se dedican a intentar desacreditar la información más importante del año aventurando nuestras fuentes. Esto es como si yo les dijera cómo hace el amor su pareja. Si él o ella grita cuando alcanza el punto G, si le gusta ésta u otra posición o la de más allá, si a él o ella le gusta el sexo convencional o modelo 50 sombras, si como a Trump les pone la lluvia dorada. O si al tuntún elucubrase cuánta pasta tienen en la cuenta corriente, dato que sólo conocen el interesado y el bancario. Vamos, que tendría tantas posibilidades de acertar como de ganar la Lotería. La teoría estrella es que nos lo ha facilitado Ignacio González. Un imposible físico y metafísico. Más que nada, porque la persona que más odia en el planeta tierra es un tal Eduardo Inda que, para más señas, fue quien junto a Esteban Urreiztieta destapó ese dúplex marbellí de 496 metros cuadrados que representa el principio del fin de su carrera política.

El siguiente de la lista es el CNI, organismo en cuyas alturas tampoco gozamos de excesivas simpatías: sus 3.000 agentes nos leen con fruición porque somos los únicos que tenemos información de primera mano de lo que acontece en esa por otra parte necesaria casa. Pero ji-ji-ja-ja, lo que se dice ji-ji-ja-ja, no le hacemos a los de arriba. Por no hablar del caso Bárbara Rey y la cinta con el pinchazo a Don Juan Carlos que publicó Manuel Cerdán hace un año. El siguiente en la lista es Mariano Rajoy, es decir, Génova 13. Hace falta ser desahogado para sostener esa teoría cuando el presidente había decidido ir hasta el final con Cifuentes, cayera o no la Comunidad, con el maquiavélico objetivo de que se retratara Ciudadanos para dentro de un año poder sostener que “votar Ciudadanos es votar PSOE y Podemos”.

Francisco Granados, al que yo destapé en febrero de 2014 su cuenta de 1,5 millones en Suiza y al que los trincoperiodistas también atribuyen el caso del máster, es el cuarto del elenco. De risa porque el ex secretario general del PP madrileño tiene menos papeles que una burra robá (como dicen en el Sur). El quinto es el comisario Villarejo, fuente de todos los periódicos de Madrid y Barcelona, incluido el podemita PÚBLICO.ES del enemigo de España Jaume Roures. Claro que para que esto fuera verdad tendríamos que haber alquilado un helicóptero, habernos plantado en el patio de Estremera, donde está preso, haber disparado a los guardias civiles que custodian la prisión, haber recogido en segundos el pendrive y habérnoslas pirado en una acción más propia de los Seal que mataron a Bin Laden que de unos simples plumillas. Villarejo tampoco me tiene demasiada simpatía desde que destapé el caso de la doctora Pinto, que le ha costado una imputación en el Juzgado de Instrucción 39. El comisario es, si nos fiamos de los trincoperiodistas, como Dios: está en todas partes, todas las grandes exclusivas de este país salen de él. Jajaja. Me parto.

Menos mal que el viernes desvelamos en rigurosa exclusiva quién nos entregó la celebérrima grabación: Bond, James Bond, el espía más famoso del servicio de inteligencia más prestigioso del universo (el MI6) junto con el Mossad israelí y la CIA. Fue él, quien por órdenes de su Graciosa Majestad Isabel II, eligió OKDIARIO para publicar un documento visual que ha tenido 7,5 millones de reproducciones sólo en esta casa.

Fuera bromas, y más allá de lo que opinen los trincoperiodistas, que bastante desgracia tienen con ser como son (moral y en algunos casos hasta estéticamente), es menester ir al fondo de las cosas. Para empezar, a esa frase que acabaría con el debate envidioso en menos de lo que canta un gallo: “La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”. El quid de la cuestión es que este documento para la historia nos lo facilitó Agamenón, un tipo normal que nada que ver tiene con los políticos, con las luchas intestinas y que no ha militado en un partido en su puñetera vida. “Se lo doy porque yo, que siempre he votado al PP, aunque me voy a cambiar a Ciudadanos, estoy harto de que los míos empleen mis ideales para forrarse. Yo metí la papeleta de Cifuentes y me siento traicionado, por eso he decidido que lo publiquen ustedes. Y, además, Don Eduardo, a usted le escucho en LA SEXTA y con Ana Rosa y me encanta lo que dice”.

En uno u otro formato, yo siempre he apostado por el centroderecha cada vez que me ha tocado participar en esa fiesta maravillosa que son unas elecciones. El miércoles no sólo cumplí con mi inexorable obligación deontológica sino que, además, puse en su sitio a quienes tomaron prestados los ideales de millones de españoles para robar a manos llenas. Como insistía José Miguel Contreras en “Al Rojo Vivo”, las imágenes de Cifuentes en el cuarto oscuro revelan quién es Cristina Cifuentes. Una persona que se mete en el bolso dos botes de crema antiaging Olay de 20 euros por placer y no por necesidad no puede estar al frente de todos los madrileños. ¿Si es capaz de robar 40 pavos quién nos asegura que luego no hará lo propio con el 3% de los 19.000 millones de presupuesto de la Comunidad de Madrid? Tan o más lamentable es la sensación de impunidad psicológica en la que viven. Sabiendo como sabían del mangue en el Eroski, ¿por qué el PP de Madrid la promovió a delegada del Gobierno y luego a presidenta?

El centroderecha sociológico está encantado de que su respaldo al PP en las urnas sirva para mejorar nuestras carreteras, para disponer de hospitales más houstonianos que madrileños como es el caso, para llevar a nuestros hijos a escuelas bilingües y para que se palíe la coyuntura vital de los desheredados de la sociedad. El PP y el día que les toque, Ciudadanos, dan sopas con onda a la izquierda gestionando. Pero el regustillo degenera en asco cuando certificamos que nuestros ideales, nuestro sueño en pos de un mundo mejor y más próspero, se emplea espuriamente para que gente que gana 4.000 euros al mes viva tan bien o mejor que esos presidentes del Ibex que con todo merecimiento se meten entre pecho y espalda 3, 6, 9 ó 12 kilos o que Cristiano Ronaldo.

La obligación que es para cualquier periodista destapar los abusos y las golferías del poder se transforma en una especie de placer cuando al que le sacas los colores es aquél o aquélla al que le entregaste tus ideales para hacer de Madrid, España o Europa un sitio más vivible. La decepción es el acicate que me ha movido a expurgar el latrocinio de los que creía los míos ideológicamente hablando. Profesionalmente actúo siempre con el mismo criterio: la verdad. Pero les engañaría si no les reconociera que hay cierto morbo justiciero en las corruptelas que publicamos sobre los que más se aproximan a nuestros planteamientos ideológicos liberales. No votamos ni a éstos ni a los otros para que se forrasen. Una traición te duele más si es de un padre, una madre, un hermano, una pareja o un íntimo amigo que si proviene del vecino de enfrente. La ética no es de derechas ni de izquierdas ni de centro. Es de todos, un concepto universal. Y tampoco hay corrupción buena y mala. Buena si es de los nuestros y mala si es de los otros. Que nadie se engañe: es nauseabunda, venga de donde venga. Y a mí me duele más si quienes la practican emplean como coartada nuestros ideales. Afortunadamente, ellos pasarán y las ideas quedarán. Menos mal.

29 - Abril - 2018

Cifuentes, Casals y la profecía autocumplida: la señora las pasó putas

Jesús Cacho

El miércoles 25 de abril pasará a los anales de la pequeña historia como un día triste para la democracia española. A primera hora supimos de la publicación de un vídeo del año 2011 donde Cristina Cifuentes aparecía sisando unas cremas en un supermercado Eroski de Vallecas, la ignominia con la vulgaridad, el escarnio con la humillación, episodio que le obligaba a comunicar su renuncia a mediodía, no sin que antes mediara llamada de Mariano a Cospedal: “Vete a ver a ésta y dile que se vaya de una vez”. Durante 30 días había aguantado carros y carretas, se había resistido a dimitir tras el episodio de su máster en la Rey Juan Carlos, pero quienes estaban decididos a sacarla de la carrera a gorrazos le tenían reservada una sorpresa: el vídeo de Marnie, la ladrona. El empujoncito final. La puntilla. No fue lo más importante de lo ocurrido este miércoles, porque a la misma hora en que la Cifu aún galleaba en los estertores de su agonía, los españoles tuvimos noticia de la rendición del Gobierno Rajoy ante el PNV, solo para que los nacionalistas vascos le aprueben los PGE 2018. Mariano dispuesto a vender a su madre con tal de seguir dos días más en el machito. España en su punto más bajo.

Como casi toda peripecia humana, grande o pequeña, ésta también empezó siendo una historia de amor, quizá solo sexo, de ese roce diario que hace el cariño y termina entre las sábanas de una cama, tórridos momentos de piel contra piel en alcoba de alquiler, lejos de miradas indiscretas, pero misterio bufo al fin, porque en la oficina del amor prohibido todo termina saliendo a la venta, que hay secretarias, hay chóferes, hay escoltas, mucha gente del entorno del poder madrileño que termina sabiéndolo, y al final el jarrón se rompe en mil pedazos cuando a la legítima le llega un anónimo advirtiéndole de que el señor vicepresidente de la Comunidad se lo está montando con la señora vicepresidenta de la Asamblea. Y él rompe muy asustado, rompe a las bravas, y ella queda herida, con la sutura de un despecho que no llegaría a superar jamás.

En junio de 2016, ya como presidenta de la Comunidad de Madrid en sustitución precisamente de Ignacio Nacho González, Cifuentes toma una decisión que se iba a revelar decisiva en su carrera al denunciar ante la Fiscalía Anticorrupción las irregularidades detectadas en la compra con dinero público de la empresa brasileña Emissao por el Canal de Isabel II -presupuesto de 1.050 millones y más de 2.000 empleados-. La “operación Lezo” lleva a la Guardia Civil a imputar a González, capo del Canal, por un presunto pelotazo, y a su antiguo testaferro en el mismo, Edmundo Rodríguez Sobrino, a la sazón consejero delegado de La Razón, considerado el “planificador y ejecutor” de la operación. Sobrino termina con sus huesos en la cárcel, lo mismo que la responsable financiera del Canal, María F. Richmond, y, por encima de todos, caza mayor, el propio Nacho González. Cifuentes había encendido una mecha que con el tiempo terminaría por explotarle en las manos.

En abril de 2017, El juez de la AN Eloy Velasco cita a declarar como imputados al presidente de la sociedad editora de La Razón, Mauricio Casals, y al director del diario, Francisco Marhuenda, por presuntas coacciones a la presidenta madrileña. Según la UCO (Guardia Civil), ambos habrían presionado a Cifuentes para evitar que remitiera a la Fiscalía el informe y las auditorías con las irregularidades cometidas en el Canal. La UCO disponía de grabaciones en las que el dúo, dispuesto a rescatar a su amigo a toda costa, se mostraba dispuesto a utilizar el medio para acollonar a Cifuentes incluso con la publicación de noticias falsas. En una de esas grabaciones, Casals trata de confortar a Sobrino con una frase propia de don Vito que ha resultado toda una premonición: “Esta señora las va a pasar putas”.

Pero cuando es llamada a capítulo por el juez para que se ratifique en las amenazas y presiones, la señora echa el freno de mano, da marcha atrás y dice que no, que de lo dicho no hay nada. Casals, el por algunos llamado “Príncipe de las Tinieblas”, factótum de La Razón y hombre fuerte del grupo Atresmedia como adjunto al presidente, José Creuheras, había marinado adecuadamente a Marisa González, la jefa de gabinete de Cifuentes, el cerebro detrás de la presidenta, para que convenciera a su jefa de que era mejor dejarlo estar. Aquí es donde la aguerrida amazona que iba a acabar ella sola con la corrupción del PP, muestra el vertiginoso techo de cristal que protegía su pasado. A la vista de tal retractación, el juez ordena el sobreseimiento de la causa contra Casals y Marhuenda. La denuncia quedó en gatillazo, y aquí se condenó la doña, que se traicionó para imaginarse a sotavento de las amenazas. Porque Mauricio se había salvado por la campana, cierto, pero su oficio, que se basa en el más escrupuloso anonimato, había quedado seriamente dañado frente a los poderosos clientes a quienes factura grandes sumas por trabajos varios ante el Gobierno –el propio Rajoy y sobre todo la vicepresidenta Soraya-. Hay constancia de que la Vice le ha vetado el acceso a Moncloa a cal y canto, y ha sido su jefa de gabinete, María González Pico, quien se ha encargado de la tarea con un par de ovarios, porque El Príncipe no es un tipo fácil.

Los negocios del “consultor privado”
Mauricio siempre se ha definido como un “consultor privado” entre cuyos clientes, además de grandes empresas del Ibex como Repsol o Indra, figura el grupo Atresmedia. Colaborador y amigo es el comisario Pepe Villarejo, actualmente en prisión, muy cercano también al ex ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, sobre quien algún día habrá que escribir una historia con la nariz bien tapada. Villarejo, que siempre ha defendido su condición de ciudadano virtuoso, supuestamente tiene –tenía, hasta que el CNI cayó sobre él- entre sus activos más importantes un sótano en el que guardaba abundante material sobre gente de toda laya cogida in fraganti en situaciones comprometidas, además de un equipo de abogados a su servicio, muchas amistades peligrosas en la judicatura y, mucho más importante aún, el control de una serie de periodistas “de investigación” a los que desde hace años viene surtiendo de noticias salidas de las cloacas policiales con las que presionar a tirios y troyanos. Un entramado con un único objetivo: información traducible en dinero. ¿El método? Buscar empresarios adinerados en apuros para salvarlos, y si no están en apuros, nosotros nos ocuparemos pronto de que lo estén, para que, una vez librados, abonen con gusto la factura.

La venganza contra Cifu iba a tomar una curiosa deriva universitaria, porque en la Rey Juan Carlos (URJC) enseña como profesor interino Paco Marhuenda, impartiendo clases sobre Historia Jurídica de la UE a distintos grados en el campus de Vicálvaro. Profesor también de la URJC y colega de Marhuenda es Salvador Perelló, que cuenta con un surtido currículo como denunciante de tropelías varias cometidas en ese desastre universitario que es la URJC. Perelló ya había surtido a Eldiario.es con exclusivas como la denuncia, finales de 2016, contra el entonces rector Fernando Suárez, supuesto plagiador contumaz de las obras de otros colegas. Firmaba esas noticias la periodista Raquel Ejerique, la misma que semanas atrás estampó el máster de Cifuentes contra la obra muerta del PP. Perelló, un hombre dominado por un evidente afán de notoriedad, ha alardeado de haber sido el filtrador del regalo que la URJC había hecho a la presidenta madrileña: un máster que apenas valía para colocarlo entre el papel del wáter, pero que iba a servir para matarla.

La URJC, Marhuenda, Perelló y García Ferreras, el hombre fuerte de La Sexta. La información sobre el máster fake de Cristina apareció en el Eldiario.es el 21 de marzo (“Cristina Cifuentes obtuvo su título de máster en una universidad pública con notas falsificadas”). El director de ese medio, Ignacio Escolar, es tertuliano de La Sexta y comparte plató a diario con Marhuenda y con Eduardo Inda, director de OKdiario. El triángulo de las Bermudas del periodismo cañí: La Sexta, Eldiario y OKdiario, izquierda radical y extrema derecha unidas por el cordón umbilical de Mauricio Casals, con Florentino Pérez, el gran mantenedor de Inda y Ferreras, como cabeza visible de la trama civil de este nuevo tipo de periodismo de filtración. Un rombo perfecto. De hecho, Casals y La Razón ya no publican ninguna “exclusiva”, aunque podrían hacerlo casi a diario. Las bombas las reparte Ferreras con criterio, de modo que cuando llegó la hora de dar la puntilla a una Cifu que, como los toros bravos, se negaba a doblar, es OKdiario, que hasta entonces la había defendido con cierta tibieza, quien publica el vídeo donde la doña aparece sisando dos botes de crema en un Eroski. Parece que la tarde anterior, Moncloa fue informada de la palada de barro que iba a enfangar el rostro de la buena señora.

Publica Eldiario, publica OKdiario –no sin que ambos presuman, en el colmo de la fantasía, de “semanas de dura investigación”- y la poderosa maquinaria de Atresmedia, con La Sexta cual mascarón de proa, se lanza de inmediato a pregonar la exclusiva en un reparto de papeles perfectamente delimitado. Clicks para los medios, visibilidad en plató y audiencia para las televisiones del grupo. Ventajas por doquier y dinero para todos, que de eso se trata, más la “profecía autocumplida” (en feliz expresión de Miguel Ángel Uriondo en El Español) del gran Mauricio: la señora, en efecto, ha terminado pasándolas putas. La Sexta, el instrumento de Mariano & Soraya para cepillarse al PSOE con la creación de Podemos, ha crecido hasta convertirse en un monstruo con autonomía propia, contra el que nada puede el poder crepuscular del marianismo. Estamos ante la consolidación de un emporio mediático (Casals & Ferreras y sus voluntariosos tertulianos) más potente del que en su día llegó a ser el Grupo Prisa (Polanco & Cebrián) e igualmente tenebroso, que, haciendo almoneda de toda clase de códigos deontológicos, cuenta con capacidad de tiro suficiente para arruinar a quien se le ponga por delante y para terminar convirtiéndose en un serio peligro para las libertades informativas, amén de la propia democracia. A estas alturas, es una evidencia que la corrupción periodística es quizá la más grave amenaza que se yergue frente a la regeneración de nuestras instituciones.

La voladura incontrolada del PP
La carrera política de Cifuentes pasó a mejor vida. Se lo ha ganado a pulso. La progre de derechas que llegó a la presidencia de Madrid dispuesta a abanderar la lucha contra la corrupción resultó estar prisionera de las mismas redes clientelares que aquellos a quienes pretendía denunciar. Ambiciosa y mentirosa compulsiva a partes iguales, solo la amnesia que la droga del poder provoca en la mente de quienes tocan moqueta puede explicar que, sabiendo como sabía de la existencia del vídeo de su hurto en el Eroski –y al parecer otros de tono más subido junto a Nacho González-, continuara en la poltrona de la Puerta del Sol como si tal cosa. ¿En qué condiciones de libertad podía operar una mujer sometida a potencial chantaje diario? Su regañina de despedida es todo un monumento a la indignidad: se va no solo sin denunciar a quienes la han “matado”, sino, y esto es la prueba final de su talante, sin pedir disculpas a los votantes del PP que la auparon al cargo y que evidentemente le importan una higa. Le espera un periplo judicial que puede acabar en calvario. A ella y a nuevas figuras del repertorio de la corrupción “popular” cuya estrella más reciente es Ruiz-Gallardón. Mucha gente se ha dejado mucho pelo en esta gatera, tal que María Dolores de Cospedal. Es el final del PP. La voladura incontrolada de un partido que durante la Transición fue garantía de estabilidad y gobernabilidad.

Voladura a los mandos del gran pirómano Mariano Rajoy Brey. Porque lo de Cifuentes, con ser escandaloso, podría resultar en el largo plazo una anécdota incluso pintoresca comparado con el destrozo provocado por la entrevista secreta que el martes noche mantuvieron en Moncloa Andoni Ortuzar, presidente del PNV, y el propio presidente. Sublime ocasión en la que Mariano se bajó los pantalones hasta los tobillos con concesiones inasumibles solo para conseguir el apoyo de los 5 votos peneuvistas a los PGE. Ni Montoro ni Fátima Báñez tenían idea de la tropelía. Jugando con los intereses de la nación, Mariano toma decisiones personales con el fin único de asegurarse año y pico más en el machito, concretamente hasta el otoño de 2019. Compra tiempo al precio que sea, y para ello hace almoneda de Cataluña, donde se ha comprometido a no obstaculizar el nombramiento de un nuevo Govern golpista, y se carga su propia reforma de las Pensiones de 2013. Abre la Caja dispuesto a tirar del dinero público con fines privados. Y con el Tesoro obligado a salir este año a los mercados para endeudarse en otros 30.000 millones. Lo ocurrido es tan grave que habrá que volver con detalle sobre ello. Una sensación de vergüenza embarga hoy a millones de españoles preocupados por el futuro de sus hijos y nietos. “Yo me estoy yendo; me encuentro enfrascado en tres procesos de selección al tiempo”, aseguraba el viernes un alto cargo, “porque me empieza a dar vergüenza personal decir que formo parte de este equipo. No hay nada que hacer; todo está podrido”.

04 - Mayo - 2018

Horror en el hipermercado, terror en el periodismo

Manuel Cerdán

Mi amigo Julián Ruiz produjo para Alaska y los Pegamoides una divertida canción cuyo estribillo decía: “Terror en el hipermercado, horror en ultramarinos, mi chica ha desaparecido y nadie sabe cómo ha sido”. En el caso del vídeo del hurto de las cremas Olay por Cristina Cifuentes, desvelado por OKDIARIO después de varios meses de investigación periodística, el horror se produjo en la sección de cosmética. Pero el terror, como si se tratara de los efectos de un arma de destrucción masiva, se ha proyectado sobre el medio de comunicación y los periodistas que se atrevieron a divulgar el robo de la ya ex presidenta de la Comunidad de Madrid, en mayo de 2011.

La brunete mediática de la Comunidad de Madrid ha desatado una campaña mediática tan atroz y despiadada para desprestigiar a OKDIARIO y sus profesionales, algo que inhabilita a sus responsables a seguir al frente de ese departamento con el próximo presidente del gobierno madrileño. Sus embustes, bulos, mendacidades e invectivas –algunas alejadas de la lógica intelectual– sólo buscaban destruir y difamar al mensajero, nunca aclarar los parámetros políticos de un escándalo que provocó la dimisión de la presidenta Cifuentes.

Desde el edificio de la antigua Casa de Correos lograron instalar entre un grupo de comunicadores amigos la consigna de que el vídeo era antiguo y llevaba siete años en un cajón, que atentaba la privacidad de Cifuentes, que el hurto era una bagatela y que la filtración procedía de fuego amigo, refiriéndose al PP.

Nunca una exclusiva, que respondía a todos los requisitos éticos y deontológicos de la profesión periodística –investigación diligente, verificación del contenido, fuentes acreditadas, reproducción del documento en su totalidad sin manipulación o montaje sesgado, con un contenido de interés general, sobre un personaje de interés público y con la obligada llamada a Cifuentes antes de la publicación– había desatado tanta hipocresía y cinismo entre la clase política y periodística. Pero no en diarios de prestigio internacional como Washington Post, New York Times, Le Monde, Corriere della Sera o Miami Herarld.

Lo que vale para mí, no vale para otros
Tras el scoop de OKDIARIO algunos compañeros respondieron con un irascible ataque de cuernos mientras otros se mortificaban con esa envidia que define morfológicamente a los españoles. Se producía el fenómeno de siempre: lo que vale para mí no vale para los demás. Una pose disfuncional reflejada en una frase. “Yo soy dios y ellos el oprobio”. Y entre esa tipología de periodistas destacaba un grupo de especímenes atrapados y condicionados por su pasado. Uno se dedicó un lustro enfrascado en la teoría de la conspiración del 11-M. Otra difundió la conversación del ministro del Interior con el jefe Antifraude de Cataluña mientras reconocía ante el Parlamento catalán que la grabación era ilegal. Otro estaba preocupado porque su mujer trabajaba para Cifuentes y peligraba su puesto de trabajo. Otro fue jefe de prensa y portavoz de Rafael Vera durante el contubernio de la guerra sucia. Otro era un incondicional de Villarejo mientras le suministraba exclusivas. Otro llevó a su programa a un abogado para acusar de pederasta sin pruebas a un honrado fiscal anticorrupción. Otro financiaba sus reportajes con fondos de una agencia de detectives. Otro reprodujo la grabación de policías con agentes secretos del CNI, poniendo en riesgo la identidad de los espías. Otro pedía favores porque quería colocar a su jefe en la Presidencia del Colegio de Abogados de Madrid. Otro….. No sigo más porque se haría el artículo interminable.
El colmo del cinismo queda representado por un periodista de un diario progresista que, en un extenso artículo, desliza insinuaciones sobre un compañero de OKDIARIO y nos sitúa en el “submundo de la comunicación”. Sus comentarios me importarían un bledo si su mujer no fuera una de las directoras generales de la Comunidad de Madrid, de la línea Cifuentes. Todo un ejemplo de pureza periodística.

Pero, sorprendentemente, tras la exclusiva de OKDIARIO, todos ellos se convirtieron en pulcros y escrupulosos periodistas que reclamaban la guillotina para los autores de la información y el director del medio. Me recordaban a los habitantes de aquel pequeño poblado de la América profunda de la película de Fritz Lang, Furia, en la que una muchedumbre encolerizada linchaba al atormentado Joe, interpretado por Spencer Tracy. O a la peor pena en la República de Roma: la “poena cullei” (“pena del saco”), que consistía en meter al condenado desnudo en un saco de cuero con una víbora, una mona, un gallo y un perro y, una vez atado por el extremo, lanzarlo al mar. El reo no sólo se ahogaba sino que, hasta ese momento, era torturado por los animales.

Tras la publicación de la cinta de Cifuentes nos han condenado sin juicio previo, alejados de la más mínima lógica intelectual: que si las cloacas policiales, que si el fuego amigo, que si una violación de la intimidad, que si la venganza de Villarejo, que si la doble tumba de Francisco Granados, que si el rencor de Ignacio González, que si la revancha de la vieja guardia de la Comunidad….. ¡Para flipar! El ladrón cree que todos son de su condición.

‘Míster escrache’ nos tilda de sicarios
Confucio, en sus numerosas enseñanzas siempre recurrentes para apuntalar los argumentos retóricos de un artículo, afirmaba que “cuando el sabio señala a la luna el necio mira el dedo”. Con el vídeo de Cifuentes ha sucedido algo parecido. Muchos necios se han quedado prendados con el dedo índice del maestro chino en busca de las fuentes de la información. El vídeo de Cifuentes ha servido para la invención de un nuevo género periodístico: el del rastreo de las fuentes.

Ya no importa el contenido y el calado informativo de la noticia sino de dónde procede y a quién beneficia. Y en el caso de Cifuente no nos vale el quid prodest porque, en definitiva, han salido todos beneficiados. Todos menos Podemos, a quien sólo le interesaba la bulla en la Asamblea de Madrid. Tres años de legislatura de acoso y derribo contra Cifuentes y 35 días de linchamiento pidiendo su cabeza por el máster de la Rey Juan Carlos y ahora se ponen dignos: “La destrucción sin escrúpulos de un ser humano de sectores del Partido Popular vinculados a las cloacas con tabloides que están destruyendo a un ser humano es una lógica de la política y del pseudoperiodismo”. Con un par. Ahí lo tienen. Míster Escrache, el macho alfa podemita Iglesias, el mismo que callaba cuando sus huestes vilipendiaban a Cifuentes en la puerta del Hospital de la Paz, mientras la entonces delegada del Gobierno se debatía entre la vida y la muerte en el quirófano tras un accidente de moto.

Ahí lo tienen, el mismo que se permite el lujo de llamar sicarios y miembros de las cloacas a dos periodistas que se batían el cobre con la guerra sucia, el terrorismo de ETA y la corrupción, mientras él seguía jugando a la revolución bolchevique desde que usaba pantalones cortos, eso sí becado por ese Estado capitalista al que pretendía derrocar.

El mismo que cuando leía con fruición a Marx a costa del erario público y redactaba una mediocre y putrefacta tesis doctoral en la Facultad de Políticas, titulada “Multitud y acción colectiva postnacional: un estudio comparado de los desobedientes de Italia a Madrid (2000-2005)”, otros se dedicaban a combatir la corrupción desde los medios de comunicación destapando las verdaderas cloacas del poder.

El mismo que se forraba con los petrodólares de los regímenes sanguinarios y dictatoriales de Venezuela e Irán, mientras los periodistas, según él, “sicarios”, se enfrentaban a procesos judiciales por desenmascarar a corruptos como los Pujol o Trías.

El mismo que mientras alcahuetaba con insignes prohombres de la libertad de expresión como Chavez, Maduro, el imán Alí Jamenei y el ex presidente de Irán Mahmud Amahdineyad, comparaba a los muertos de ETA con los de la Guerra Civil, predicaba en las herriko tabernas de Batasuna y consideraba a Otegi un “hombre de paz”, otros se dedicaban al periodismo de verdad, denunciando las lacras de la democracia.

Treinta años de denuncias periodísticas
Tiene gracia que los dos periodistas que en los últimos 30 años han desvelado los casos periodísticos más importantes de España (papeles de Sokoa, la guerra sucia contra ETA, Escuchas del CESID, Fondos Reservados de Interior, la guerra sucia de los GAL, los papeles secretos del CESID, Informe Crillon, Papeles de Laos, Informe Veritas, el saqueo de Marbella de Jesús Gil, Roldán, Paesa, caso Pujol, Urdangarín, que llevó al banquillo al yerno del Rey y a su esposa la infanta Cristina, los SMS de Bárcenas, Matas y Munar en Mallorca, la cinta de la Camarga, la cuenta suiza Trias, el ático de González, la cuenta secreta de Granados en Suiza, etc., etc., etc.) sean ahora enlodados y despachados en un plisplas como sicarios de las cloacas y de la prensa de tabloide por alguien que se ha beneficiado con dinero negro y rojo. Lo de rojo es por el color de la sangre, no por la ideología comunista.

Ese alud de revelaciones periodísticas provocó la caída de vicepresidentes de Gobierno, ministros (Defensa e Interior), secretarios de Estado, directores generales –entre ellos el del CESID-, presidentes autonómicos y alcaldes… que, como Cifuentes, no sólo habían delinquido sino que además habían mentido a sus votantes y conciudadanos.

Mientras Eduardo y yo, nos dedicábamos a ejercer de periodistas de verdad, otros –quienes días atrás han denostado con mayor virulencia la información sobre Cifuentes– vivían instalados en cómodos despachos del poder, se dedicaban a hacer de correveidiles de políticos o reproducían lo que les llegaba. Ellos sí eran filtradores, como aquellos documentos secretos del CESID que recalaron en un diario por medio de un motorista, como en el franquismo, y que por error de sus editores aparecieron publicados con el sello de salida del Ministerio de Defensa. Y claro ese ADN genera un pedigrí que obliga a los sumisos a reaccionar cuando suena el clarín de “a mi la legión”.

Algunos compañeros le rieron la gracia a Iglesias mientras le acercaban el canuto microfónico. Ellos sabrán. Algún día podrán verse en una tesitura similar si publican algo que contradiga al sátrapa podemita. Esa alergia a la libertad de expresión suele brotar cuando uno lleva tantos años leyendo en la cama libros de los inventores de las checas y los gulags.

De toda la bazofia que ha llegado a mis ojos y oídos destaca el artículo publicado en Voz Populi y firmado por un tal Rubén Arranz, que nos llega a comparar con algo tan deleznable como es la ‘Manada’ de la violación de Pamplona. Amárrense los machos: “La manada periodística y la defenestración de Cifuentes”, se atrevió a titular el prenda sin que ningún senior de su medio lo impidiera. ¡Olé sus bemoles!. El prenda –desconozco qué ha escrito en su vida– nos acusa, entre otra lindezas, de “darle el tiro de gracia” a Cifuentes, de “derribar barreras éticas”, de periodistas que “aguardan tras la esquina”, de “intermediario perfecto para golpear a sus víctimas”, de ser elegidos por el filtrador “para decapitar a su presa”, de “forajidos”, de “sicarios que ejecutan a los reos”, de formar parte de una “cloaca que funciona”, de manipuladores, de “acudir a las alcantarillas del Estado para nutrirse de mercancía averiada y conseguir un minuto de gloria” y así un sinfín de otros piropos.

El autor, al mismo tiempo, se pone en plan didáctico y se permite el lujo de dar clases de moral a la profesión. Según él, los periodistas debemos dedicarnos a “describir hechos, analizar ecosistemas y guiar a la opinión pública con prudencia, decencia y responsabilidad”. Porque tú lo digas. Y olvidarnos de “conseguir dimisiones en administraciones, partidos o empresas”, por una cuestión de “megalomanía”. Apañados estamos contigo, colega.

Y tiene su gracia que esa información se publique en un diario a cuyo editor tuve que salvarle el pellejo en una querella del CESID cuando éramos compañeros en El Mundo. Te censuran y torturan por un trabajo puramente periodístico pero ellos, además de darte lecciones de moral, practican la enseñanza del “todo vale”. Un horror que, desgraciadamente, va más allá del intramuros del hipermercado y de la sección de cosmética. Algo terrorífico. Nos acusan de pegarle el tiro de gracia a Cifuentes pero, al mismo tiempo, nos llevan al paredón sin juicio previo y sin cadena perpetua revisable. Eso sí es matar al mensajero.

Dos postdatas
PD 1.- Este año el departamento de Prensa de la Comunidad de Madrid, por primera vez desde hace muchos años, no me ha invitado a los actos de la Fiesta del Dos de Mayo. No me importa porque, por las circunstancias vividas, no pensaba acudir. Pero la decisión de la dircom de la Comunidad supone un ejercicio de sectarismo y desprecio hacia la libertad de comunicación. Ni en los peores tiempos de Nixon, Bush o Trump a ningún baranda de la Casa Blanca se le habría ocurrido vetar a uno de los corresponsales de prensa por criticar a la Presidencia. Pero en este país algunos servidores públicos aplican correctivos cainitas cuando son simples funcionarios mantenidos con los impuestos de todos. Te dan un cargo y un presupuesto millonario en publicidad y te crees la reina del mambo. Aún así, uno no piensa hacer uso del folio 8119 del tomo XXI. Eso sí, seguiré duchándome todos los días para neutralizar las carretillas de mierda que nos están echando entre la profesión desde el antiguo edificio de Correos.

PD 2.- Lo de TELEMADRID también tiene su guasa. Vienen vetándonos –expulsados de la escaleta de la cadena y hasta de los rótulos informativos de programas como el El Círculo en La Otra– desde la llegada del nuevo equipo directivo y el día de la dimisión de Cifuentes recibo un vendaval de llamadas para que intervenga en sus programas. A qué jugamos. O todo o nada.

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