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El asesino será condenado a 17 años de cárcel

Eduardo González Arenas ‘Eddy’, antiguo líder de la secta Edelweiss, asesinado por unas de sus víctimas Juan Martín García

HECHOS

El 2.09.1998 fue asesinado en Ibiza D. Eduardo González Arenas.

yllanesss El juez D. Juan Pedro Yllanes fue quien condenado a 17 años de cárcel al asesino de D. Eduardo González Arenas ‘Eddy’.

06 - Septiembre - 1998

«Eddie» hasta la muerte

David Jiménez

El flautista de Hamelin, en realidad, nunca dejó de tocar. Primero en la secta Edelweiss, y después en el pequeño pueblo de Ibiza donde se había instalado, los ratoncillos -siempre chicos de 12 a 18 años- seguían sus notas como embrujados. Hasta que uno de ellos cambió el cuento, se salió de la fila y rompió la melodía. A degüello.

Eduardo González Arenas encontró la muerte el martes en el ambiente juvenil que siempre le había atraído. Tuvo que ser a manos de Juan Martín García, uno los chavales que había estado bajo esa magia inexplicable que Eddie transmitía y que dejó perplejos a los psicólogos que lo trataron durante el caso Edelweiss.

Los ocho años pasados entre rejas por 28 delitos de corrupción de menores habían cambiado al líder de la secta, pero no tanto. Libre desde diciembre de 1996 pese al informe contrario de Prisiones, González Arenas ya no le contaba a los adolescentes que era un extraterrestre del planeta Nasar, enviado para salvarles e instruirles en prácticas homosexuales. Ahora les llenaba de regalos. Ya no les marcaba con un alambre al rojo vivo como prueba de fidelidad. Les abrió un bar de copas donde tenerlos cerca. Y tampoco les llevaba a jugar a aquél ajedrez que organizaba en sus campamentos, donde el rey, él, abusaba de los peones, siempre menores. No hay duda, se había convertido otra vez en el líder. ¿El gurú?

Ahora bien, ¿mantenía Eddie su código A.P. en el tranquilo pueblo de Santa Eulalia? Esas dos letras, que la Policía encontró en los papeles de Edelweiss cuando desarticuló la secta en 1984, significaban Amistad Particular, algo parecido a un noviazgo. En el juicio de 1991 volvieron a salir las mismas iniciales, ya junto al nombre de algunos de los 75 niños que sufrieron abusos dentro del grupo.

Estén o no todavía inmersos en la irresistible magia que transmitía Eduardo González, a los chicos ibicencos de Santa Eulalia será difícil que nadie les arranque ahora una palabra contra su benefactor. «Nos compraba cosas, y alguna vez nos dio dinero. Pero nunca tuvo una mala intención», asegura ofendido uno de los adolescentes que había formado equipo con Eddie tras su salida de la cárcel.

Unos, subidos a su flamante bicicleta de montaña. Regalo de Eddie. Otros, con sus zapatillas de Michael Jordan. También de Eddie. Todos defienden al hombre cincuentón -nació el 5 de abril de 1947- que dejó su rostro de niño en una celda, pero que decidió vivir por siempre en un mundo de gomina, juventud y perfume de sábado noche.

A su alrededor congregó a un amplio grupo de jóvenes que hoy rondan los 18 y cuyos padres bendijeron también la llegada del hombre de pasado oscuro. El encantamiento no era sólo cosa de niños. Incluso, cuando andaba tramitando en 1993 su libertad condicional, consiguió que un guardia civil con 23 años de servicio activo redactara en su favor un informe en el que Eddie aparecía poco menos que como un angelito. Y es que el líder de la mayor secta pedófila de la historia reciente de España fue siempre un conquistador de ciegas adhesiones. Tanto era su sutil descaro que hasta concurrió a un concurso de relatos policiacos convocado en la cárcel en 1993 con un cuento -Un cadáver mal calzado, ganador del segundo premio- firmando como Hamelin.

La suya fue siempre una misma melodía. A partir de 1973, y hasta su definitiva detención en 1984, Eddie vivió rodeado de críos. De su verdadero hijo, Iván, nacido de su matrimonio con la nieta del dictador dominicano Trujillo, lo separaron en 1970, cuando el matrimonio se fue a pique. Eddie quedó hundido en la depresión. Salió decidido a impulsar Edelweiss.

Hasta 1984, cientos de niños de buena familia, de entre 11 y 14 años, habían quedado hechizados por el mesías extraterrestre, por el príncipe Alaín del planeta Nasar que un día les llevaría en viaje astral hasta el paraíso de los muchachos, el planeta Delhais. Les engatusó a todos hasta la esclavitud. Lo decía, poco después de la sentencia condenatoria de 1991, un licenciado en Ciencias Físicas, Ignacio de Miguel: «Fui un esclavo de Eddie».

También fue esclavo suyo Carlos del Río, uno de sus lugartenientes en Edelweiss. Como Ignacio, Carlos fue condenado a 65 años de prisión e indultado más tarde. Durante once años simplemente estuvo programado por Eddie. Ya no.

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Esclavos de «Eddie»

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«Que le hayan asesinado», responde Del Río a CRONICA, «me deja frío… La vida es una rueda que va dando y quitando cosas. A mí, él me hizo mucho daño, y yo estaba absolutamente convencido de que antes o después, cuando saliera de la cárcel, volvería a hacerlo».

Carlos tenía apenas 12 años cuando conoció a Eddie, que por entonces cumplía los 27. «El acababa de montar los Boinas Verdes y a mí se me acababa de morir mi padre… De alguna manera, él suplió entonces su figura. Casi todos los niños que captó teníamos circunstancias familiares extrañas».

Desde la distancia, Carlos, que hoy tiene 36 años, una niña de seis, mujer y trabajo, asegura haber rehecho su vida. «De los 11 que fuimos procesados, que yo sepa, nadie tuvo después actuaciones delictivas». Pero había algo distinto en Eddie.

Una vez en libertad, el flautista de Hamelin volvió a vestir la máscara de sutil encantador. Tras pasar por las cárceles de Lisboa, Guadalajara, Madrid (Carabanchel) e Ibiza, donde cursó estudios universitarios de Derecho y Psicología, en el pequeño municipio ibicenco de Santa Eulalia había encontrado un lugar casi tranquilo para vivir. También rodeado de niños.

Sus iniciales problemas económicos quedaron pronto atrás. Su familia le dio todo lo que necesitó, incluso el dinero para comprar la discoteca Sa Gabià. Pero no pudo ofrecerle otro nombre.

«Los camellos y traficantes de la playa van tranquilos por Santa Eulalia, y a un comerciante que tiene todas las licencias no le dejan salir adelante», se quejó el antiguo líder de Edelweiss a un periodista local de Ibiza cinco días antes de ser asesinado.

Es cierto que sus papeles estaban en regla, pero algunos de sus pocos amigos le habían avisado de que, con su pasado, un pub para adolescentes no le iba a ayudar a reinsertarse. Así fue. Algunos padres de la zona pidieron su destierro de la isla. «Nuestros hijos estaban en peligro. Ahora estamos más tranquilos», dice con frialdad una vecina del portal contiguo al del fallecido. Muchos padres vieron impotentes como sus vástagos iban tras Eddie cada vez que éste regresaba con su melodía.

Siempre bien vestido y perfumado, tenía muy en cuenta lo que pensaba la gente. Una de las primeras cosas que hizo cuando salió de prisión fue archivar el nombre con el que había aparecido en los titulares de los periódicos. Cuando oía que alguien le llamaba Eddie se le cambiaba el gesto y después pedía, con la amabilidad que incluso sus detractores reconocían, que le llamaran Eduardo.

El se sabía vigilado. La Policía y la Guardia Civil de Santa Eulalia no dejaron de observarle en el último año y medio de libertad que disfrutó en Ibiza. Cuando uno de sus muchachos le denunció en junio de 1997, los agentes no tardaron ni 10 minutos en detenerle. González descubrió que su denunciante era el crío al que había estado manteniendo -hasta 5.000 pesetas diarias, según la Guardia Civil- y todo parecía hundirse nuevamente para él.

Tres días después fue puesto en libertad por falta de pruebas y, sin rencor, volvió a acoger a su asesino, Juan Martín, un joven que en noviembre cumplirá 19 años. «Todo fue un intento de chantajearme por mi pasado», dijo Eduardo. Después, la relación terminó por romperse. Para los chicos de Santa Eulalia, Juanito se había convertido en un traidor. Todos le dieron de lado.

Cuando el martes Juanito degolló en plena calle al líder de Edelweiss, fuentes de la investigación se apresuraron a hablar sin discreción de la relación sentimental que hubo entre víctima y verdugo. «El asesino es un chapero de poca monta», en palabras textuales de un alto mando policial. Los amigos del asesino dicen que había algo más, que Juan creía que Eddie era un ser superior.

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Charla con el cura

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No lejos del lugar del crimen, en la colina que parece vigilar Santa Eulalia, está la iglesia de Puig de Missa. El padre Juan Riera es, probablemente, la persona que conoce mejor los problemas que había entre Eduardo y Juan. Su boca está cerrada por el secreto de confesión.

Durante más de un año Juanito estuvo acogido en el albergue parroquial para chavales con problemas. Se había fugado de su casa, vivía en un hotel abandonado junto a la playa y había comenzado su carrera delictiva con algunos pequeños robos.

Eddie conoció al párroco de Santa Eulalia el día en que se acercó hasta él para comentarle la denuncia de Juanito por abusos sexuales. «Me limité a escuchar a ambos. ¿Quién puede decir dónde está la verdad?», se pregunta prudente el padre, que la próxima semana visitará a Juan Martín en la cárcel de Ibiza.

Eduardo González Arenas, educado bajo una rígida moral católica de la que siempre renegó, sentía en los últimos meses la necesidad de dar explicaciones por todo. El talante del hombre que en 1991 fue condenado a 168 años se suavizó aún más tras esa última denuncia. «Sentía terror a la cárcel», asegura quien le conoce.

Aunque mantuvo contactos con el grupo, Eddie se centró en su discoteca, que a partir de las 10 de la noche se llenaba de mozalbetes a los que no les faltaba de nada. Allí los invitaba a tomar lo que quisieran y éstos le devolvían el favor con señales de clara admiración. El BMW azul último modelo, recién comprado por Eduardo, fue una nota más que atraía a los adolescentes hacia el flautista de Hamelin. Con este nombre ya se le llamó durante el juicio de 1991.

Tanto cuidaba las formas ahora que antes de hacer ningún regalo a los muchachos pedía permiso a sus padres. «En una ocasión me preguntó si me importaría que regalara una bicicleta a mi hijo. Le dije que por supuesto», cuenta Antonio señalando la moderna bici aparcada frente al bar que regenta. Esther, otra de sus hijas, reconoce que se pasó todo ese día persiguiendo a su hermano para indagar si había algo detrás de tanta amabilidad. «Llegué a la conclusión de que no o simplemente de que mi hermano nunca me diría nada».

El flautista también cautivaba a los adultos. Aquellos que le dieron una oportunidad quedaron prendados de su forma suave y educada de hablar, de su habilidad con las palabras, «de las cosas que decía».

«¿Qué tienes que ir a Sevilla? Llévate mi coche nuevo». «¿Tu hijo tiene que estudiar inglés? Lo que valga, lo que valga». Así era el nuevo Eddie.

La Policía no tenía, por mucho que le pisara los talones, noticias de que el antiguo corruptor de menores hubiera formado ninguna nueva secta en Ibiza, a pesar de la facilidad con la que en el pasado organizaba sus grupos: Boinas verdes, Legión juvenil de montaña, Rangers. De todos fue expulsado, pero conservó la semilla del mal: Edelweiss.

Ahora, el único contacto que mantenía con el pasado eran las esporádicas visitas que algún dirigente condenado junto a él por Edelweiss le hizo en los últimos tiempos.

Su nueva vida en Santa Eulalia, donde veraneaba con sus padres de pequeño, giraba en torno a su madre, Marina Arenas Reinosa. Con ella compartía piso en los apartamentos Shark, donde se mudó cuando obtuvo el tercer grado penitenciario. Su padre había fallecido en 1992, y el buen dinero que dejó a la familia les sirvió a madre e hijo para salir de los apuros económicos, motivados sobre todo por las minutas de los abogados.

En los últimos tiempos, Eddie tenía dinero para regalar pero seguía huérfano de hijos. De Iván, el bisnieto del dictador Trujillo, nunca supo más. Un segundo hijo, nacido de su relación con una de las pocas chicas de Edelweiss, fue dado en adopción. A Eddie ya sólo le quedaban los niños de Santa Eulalia. Uno de ellos le degolló.

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APOYO

Un millón de niños, víctimas en España

Víctimas.- Según informes de Unicef, el 15% de los niños en los países industrializados son víctimas de abusos sexuales. España aporta a la estadística del horror más de un millón de casos: 800.000 niñas y 266.000 niños menores de 15 años. Y lo que es mucho más estremecedor, sólo un 12% de esos abusos sale a la luz.

Otro informe, elaborado por la Fundación Cooperación y Educación (Funcoe) en 1997, habla de que un 23% de las niñas y un 15% de los niños españoles sufren abusos sexuales antes de cumplir los 17 años. Según se puso de manifiesto este verano en un seminario europeo sobre prevención de abusos sexuales celebrado en Valencia, «hay un número creciente de menores que también cometen abusos».

Secuelas.- Desterrar cualquier sentimiento de culpa. Borrar de su mente las imágenes del horror. Enseñarle a distinguir el bien del mal. Proteger su anonimato. Son las claves para que estos niños no engrosen la lista de futuros pederastas.

Los expertos estiman que «hasta el 50% de los adultos abusadores comenzaron este comportamiento en la adolescencia». Según el catedrático de sexualidad infantil Félix López, «es una creencia generalizada que todos los niños que han sufrido abusos sexuales tendrán graves secuelas, y esto no es así».

Agresores.- Tampoco el agresor es irrecuperable. «Se trata de personas que o bien no han adquirido los valores sociales de respeto sexual al niño o, si son conscientes, carecen de la capacidad de autocontrol de esos sentimientos», explica Félix López. «Se puede hablar en el caso de los pederastas de una desviación sexual pero sobre todo de una deficiencia en la socialización. Hay que ayudarles a reconducir su conducta». Sólo así se podrá evitar que un 19% de los españoles declare haber sido víctima de abusos sexuales en su infancia.

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Cartas inconfesables

Durante sus años en prisión, Eddie mantuvo una fluida correspondencia con algunos amigos, a quienes llegó a contar las mentiras y fábulas que le ayudaron a crear la secta Edelweiss y engañar a decenas de niños para satisfacer sus apetencias sexuales. CRONICA reproduce aquí algunos párrafos en los que el líder de Edelweiss se confiesa.

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Arrastré a cuantos pude a mi personal manera de entender la vida y la sexualidad, sin tener ni la menor consideración con su libertad de opción en un momento de la pubertad en que cualquier experiencia en este sentido puede fijar determinadas pautas de conducta… Creo que esta es la primera vez en la Historia que el líder de una secta destructiva descubre con absoluta honestidad su trama, y trata de reparar con la sociedad, previniéndola, el mal causado.

He optado por presentar la supuesta historia de Edelweiss tal y como se contaba a sus seguidores, con las mismas expresiones, con la misma filosofía barata de consumo, con los mismos juicios de valor insensatos, con la misma fría e implacable manipulación de los sentimientos de la juventud, utilizando errores sociales conocidos para aportar grandes soluciones (desconocidas) que llenen de alguna manera el hueco de la permanente insatisfacción de los jóvenes.

Para entender Edelweiss hay que situarlo en sus auténticas coordenadas. Es decir, hay que comprender qué es una secta, cómo se forma, qué herramientas utiliza, cuál es su mensaje, generalmente tan falso como sus supuestos fines.

El supuesto contacto con extraterrestres me sirvió para el posterior montaje de la organización. Mi calenturienta fantasía construyó el núcleo de lo que le contaba a los Edelweiss como historia real y que era aceptado por ellos poco menos que como dogma de fe.

Todo joven necesita a ciertas edades encontrar una vía que llene su incomprensión del mundo de los adultos, que le permita libertades allí donde se encuentra con lo prohibido. Que colmen su ego de autosuficiencia. Y ahí está la trampa. Yo lo intuía desde joven, y como en mi época el hecho de ser bisexual era un punto diferenciador respecto del resto de los mortales, y siempre constituía un tabú maldito sin soluciones, sólo me quedaban dos opciones: aceptar mi naturaleza como una desgracia irremediable, sin explicación médica o biológica, y encerrarme en una concha llena de frustración y desesperanza, o crear mi propio mundo con más gente que compartiese mis puntos de vista y mis inclinaciones, asumiéndolas como algo natural y perfectamente lógico.

Al comprenderse los supuestos con los que se arrastró a miles de niños hacia un callejón sin salida, lleno de fantasías absurdas e improbables, pero tentadoras para una gran mayoría, y entender así que todo es una sarta de mentiras hábilmente construidas sobre hechos y situaciones más o menos reales, la gente puede hacerse una idea aproximada de lo peligrosa que puede llegar a ser una secta, de los sutiles -a veces burdos- métodos que utiliza para convencer a sus infortunados prosélitos. Por eso hay que descubrir sus tramas, y desmitificar a sus líderes, reduciéndolos a lo que realmente son: pobres personas con alteraciones psíquicas, a veces muy graves, o sinvergüenzas redomados.

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