El columnista Javier Marías (EL PAÍS) replica a las acusaciones de ‘machismo’ que le hacen desde Gabriela Wiener (ELDIARIO.ES) y Luna Miguel

HECHOS

El 11.03.2018 D. Javier Marías publicó el artículo “También uno se harta” en el diario EL PAÍS.

23 - Febrero - 2018

Querido diario

Luna Miguel

Cosas que me gustan: leer libros en menos de una hora, no porque sean cortos sino porque me atrapan de una manera que me emociona y que me agobia a partes iguales. Pienso, por ejemplo, en el último de Mariana Enríquez.

Cosas que no me gustan: despertar los domingos y que Javier Marías ya sea TT.

Cosas que me gustan: que en las grandes cabeceras culturales sólo se hable de Mary Beard y de Virginie Despentes.

Cosas que no me gustan: abrir un sobre de una editorial recién llegado a la redacción y que el libro huela a plástico-basura en vez de a papel. En serio, ¿con qué imprenta infernal trabajáis?

Cosas que me gustan: cuando, a pesar de las quejas y las rasgaduras de camisetas de los que leen o escriben poesía, en las listas de más vendidos de tal género, entre los poetuiteros y los cantautores encontramos nombres como el de Gloria Fuertes, el de María Sánchez, el de Alejandra Pizarnik, el de Hannah Arendt o el de Edith Södergran, demostrando que “no todo está perdido”, quiera lo que quiera decir eso.

Cosas que no me gustan: el “Invent literario” en la prensa cultural. Dejad de crear falsas censuras y dejad de intentar llamar la atención del lector más conservador con titulares que tratan de resquebrajar los feminismos contemporáneos.

Cosas que me gustan: las nuevas portadas de Anagrama para la Biblioteca Vladimir Nabokov. Espacialmente la que muestra, casi por primera vez en sesenta y pico años, a una Lolita que sufre y no a una preadolescente sexualizada.

Cosas que no me gustan: las entrevistas a escritores que empiezan con una descripción física.

Cosas que me gustan: Frédéric Beigbeder.

Cosas que no me gustan: los columnistas que te intentan convencer de que algo es bueno o malo sólo porque a ellos les agrada o desagrada. Justo como estoy haciendo yo ahora. Joder. Sorry. Ya me callo.

20 - Febrero - 2018

Javier sin Marías

Gabriela Wiener

La gran conclusión del escritor es que hay mujeres que son putas, mentirosas y que se hacen las víctimas, y que, si no hubo testigos de sus sufrimientos, pues mala suerte, mejor te callas

En estos días en que Javier se volvió una vez más trending topic atacando al movimiento de mujeres y a la vez se autodenominó feminista, me pregunté quién le hacía la cena. ¿Se hará la tortilla? No es algo que haya trascendido demasiado. Lo que sabemos, lo que se dice, con rimbombancia, es que tiene influyentes amigos con los que camina por las calles de Madrid cual flâneurs atentos al avistamiento de un buen ejemplar de hembra humana; amigos que consideran, como Pérez Reverte, que Javier es un auténtico valiente por meterse con las feministas. Nada nuevo entre amigotes de la literatura, que se comen las chistorras no como si estuvieran en el bar de Lucio sino como si el mundo entero fuera el bar de Lucio.

Ya sabemos que Javier y Arturo son unos nostálgicos empedernidos, que viven en reinos de fantasía en los que son reyes o caballeros galantes, maestros de esgrima y, en sus mayores delirios, hasta feministas. En esos reinos las mujeres son “de bandera”, idealizados seres con faldas largas y tacones “como las de antes” –no confundir con esas “focas”, “vulgares”, de “pantalón pirata” y “camiseta sudada”, a las que Arturito abatiría “de un escopetazo”, o aquellas falsas víctimas del #MeToo que, nos descubre Javier, son en realidad “envidiosas, despechadas, malvadas y misándricas”–, pero difícilmente ostentan un título nobiliario o literario. Recordemos que Javier creó, juguetón él, el reino de Redonda, una nación ficticia de la que él es el monarca y que ha ortorgado hasta 45 ducados ficticios. Solo dos de ellos se los concedió a mujeres, más o menos como la Real Academia Española, los Premios nacionales de literatura y las listas del Babelia, en las que sus novelas siempre son las mejores del año. O su propia editorial Reino de Redonda, en la que también las escritoras brillan, en general, por su ausencia.

¿Dónde están las Marías de Javier? Se cree que María es un nombre común entre las trabajadoras del hogar allá en el sur. El nombre se hizo célebre gracias a una telenovela, ‘Simplemente María’, el clásico caso del hombre rico que ilusiona, se folla y embaraza a la dulce y complaciente sirvienta. Quizá pienso en esas Marías porque aquella vez que entrevisté al escritor por su novela anterior ‘Los enamoramientos’, en su piso de la Calle Mayor, yo como una María más, le pregunté por los palos de escoba atados a las plantas de su balcón y él me dijo que había sido idea de la señora de la limpieza para mantenerlas erguidas. No sé, en medio de todos esos libros en lengua original de Conrad y Hammett, de coches en miniatura y soldaditos de plomo, entre la máquina de escribir Olympia Carrera Deluxe, el fax y los 400 folios anhelantes, en fin, que una mujer, una simple María, se preocupe de que en esa casa algo se mantenga digno, enhiesto, vivo, me pareció una imagen encantadora. No sé si esto tenga algo que ver, pero cuando entré a su baño y vi que tenía confinada en ese desangelado espacio a Marilyn Monroe, tan sola y desnuda en un calendario, quise sacarla de allí y no devolverla nunca.

María también se llama la protagonista de ‘Los enamoramientos’, esa mujer que escucha las peroratas de un señor llamado Díez-Varela, que podría ser él mismo. Escribo esto pensando en todas esas Marías contenidas en el nombre de un hombre, en la obra de un hombre, en la vida de un hombre: La María madre. La María apoyo. La María del héroe. La María musa. La María oyente. ¿Cuántas Marías se necesitan para que un Javier Marías exista? Marías o Bertas, da igual. A Javier, a Arturo, a Sergio, a Juan, a Pepito, les molesta quedarse sin Marías. Y recuerdo el poema de Vallejo, cuando le habla a Dios, con envidia, desde su humanidad de pan y barro: “¡Tú no tienes Marías que se van!”. Porque hay cosas irreversibles, Marías que despiertan y se van a la huelga. Ellos no escriben sobre los excesos del #MeToo y la condena del hombre, en realidad ellos rumian la desaparición de un mundo. Y la emergencia de otro en el que ya no se les va a echar de menos.

En ese mundo, lejos de los galantes caballeros y su derecho a importunar, la noticia no es que mujeres violadas ha habido siempre, la noticia es que hay un batallón de mujeres empeñadas en acabar con ese statu quo. La noticia no son las vidas arruinadas de Testino o Woody Allen (¿en serio?) sino las vidas arruinadas de miles de mujeres anónimas al año por abusos sexuales que gritan su verdad. La noticia no es que las feministas están a punto de cargarse la justicia y el Estado de Derecho, sino que no hay justicia todavía para las mujeres que pugnan por ello. No voy a colocar una vez más las cifras de chicas violadas, acosadas, abusadas y asesinadas impunemente por hombres machistas versus la cantidad de hombres ajusticiados por los excesos de las feministas porque ya hay muchos memes por ahí con esta información. No es verdad que para el sistema la palabra de una mujer valga lo mismo que la palabra de un hombre. Justificar al pedazo de monstruo de Weinstein, llamando a lo suyo “casting de sofá”, “transacciones”, es decir, banalizando sus deplorables acciones ya detalladas en informes publicados por el New York Times y por las propias afectadas –que son más de 60 y el hombre sigue libre–, sí es repugnante. Considerar que una víctima de acoso sexual realiza “una forma de prostitución” es, directamente, una cretinada.

La gran conclusión de Javier Marías es que hay mujeres que son putas, mentirosas y que se hacen las víctimas, y que, si no hubo testigos de sus sufrimientos, pues mala suerte, mejor te callas. Ese es el aporte del gran intelectual español a la lucha contra la radical violencia de género que se vive estos días: negarla, e intentar cargarse décadas de trabajo desde el feminismo para que las víctimas superen por fin el miedo y hablen. ¿Cómo no va a ser violencia normalizar el acoso sexual en el trabajo desde un puestazo de poder, a través de una transacción desigual con una mujer, joven y precaria? Ahora un hombre blanco español, alguien que vive bien de la literatura, quiere explicarnos que siempre se puede responder “no”, que es fácil decir que no y ya está. ¿Por qué no se lo pregunta a las acosadas, a las violadas, a las muertas que dijeron no? Ya no sé si El País se parece cada vez más a Javier o Javier se parece cada vez más a El País, pero sospecho que las Marías se les van.

11 - Marzo - 2018

También uno se harta

Javier Marías

Hoy lo llaman a uno “machista” muchas mujeres que justamente lo son, al despreciar y denigrar a las de su sexo que no obedecen sus preceptos.

UNA JOVEN columnista publica una apasionante pieza enumerando cosas que le gustan y que no, y la primera que no, la que tiene prisa por soltar, es: “Despertar los domingos y que Javier Marías ya sea TT” (supongo que significa trending topic, no sé bien). Coincido plenamente con ella, a mí tampoco me gusta, y al parecer sucede a veces. Yo no escribo para “provocar”, sino para intentar pensar lo no tan pensado. Pero el pensamiento individual está hoy mal visto, se exigen ortodoxia y unanimidad. Hace unas semanas saqué aquí un artículo serio, razonado y sin exabruptos (eso creo, “Ojo con la barra libre”), más sobre la prescindencia de los juicios y su sustitución por las jaurías que otra cosa. Uno acepta todos los ataques y críticas, son gajes del oficio. Lo que resulta desalentador es la falta de comprensión lectora y la tergiversación deliberada. (También uno se harta, y eso sí puede llevarlo a callarse y darle una alegría a la columnista joven.) Al instante, un diario digital cuelga un titular falaz, sin añadir enlace al artículo. Muchos se quedan con eso y se inflaman. No leen, o no entienden lo que leen, o deciden no entenderlo. Uno se pregunta de qué sirve explicar, argumentar, matizar, reflexionar con el mayor esmero posible.

Los ataques no importan, las mentiras sí. Y vivimos una época en que, si las mentiras halagan, se las aplaude. Una escritora que presume de sus erotismos y cuyo nombre omitiré por delicadeza, pidió con ahínco entrevistarme hace unos años. La recibí en mi casa, y se aprovechó de mi hospitalidad —veo ahora— para fisgonear con bajeza y educación pésima, y extraer conclusiones erróneas, o directamente imbéciles y malintencionadas. En otro diario digital me dedica un larguísimo texto lleno de falsedades, una diatriba. Me limitaré a señalar dos mentiras comprobables (imagínense el resto). Afirma que creé, “juguetón él”, el ficticio Reino de Redonda. Mentira: ese Reino lo creó en 1880 el escritor británico M. P. Shiel, nacido en la vecina Montserrat. También asegura que en mi minúscula editorial de igual nombre “las escritoras brillan en general por su ausencia”. Mentira: de quien más títulos he publicado —tres— es de la magnífica Janet Lewis; también dos de la excepcional Rebecca West, dos de Richmal Crompton, uno de Isak Dinesen y uno de Vernon Lee (quizá crea esa autora, en su ignorancia, que las tres últimas son varones, y no, son mujeres). Nueve libros de treinta, casi un tercio, no es “brillar por su ausencia”. Y dicho sea de paso, no me ando fijando en el sexo de las obras buenas y que además están disponibles. Lo que admiro lo admiro, lo haya escrito una mujer, un hombre, un blanco, una negra o una asiática. Por otra parte, y si no recuerdo mal —y si recuerdo mal lo retiro y me disculpo de antemano, a mí no me gusta mentir—, esa gran defensora de sus congéneres, tan doliente por “las violadas, las acosadas, las muertas que dijeron no”, ha alardeado de haber pagado ella y su pareja a una prostituta para hacer un trío. Si así fuera, ya me llevaría ventaja en la utilización y cosificación del cuerpo femenino, porque yo nunca he contratado a una puta.

Los ataques no importan, las mentiras sí. Y vivimos una época en que, si las mentiras halagan, se las aplaude

Hoy lo llaman a uno “machista” muchas mujeres que justamente lo son, al despreciar y denigrar a las de su sexo que no obedecen sus preceptos: las tachan de “alienadas”, “traidoras”, “cómplices”, “vendidas al patriarcado”, negándoles su autonomía de pensamiento y tratándolas como a tontas. Como uno también se harta, ya lo he dicho, permítanme recuperar unas citas pioneras (1995, 1997 y 2002) del “repugnante machista” que esto firma. Del artículo “El suplemento de miedo”: “A veces pienso que para los hombres lo más inconcebible de ser mujer es la sensación de indefensión y desvalimiento, de fragilidad extrema con que deben de ir por el mundo. Supongo que si fuera mujer iría por la vida con un suplemento de miedo difícil de imaginar y que debe de ser insoportable. Por eso creo que una de las mayores vilezas es pegar a una mujer, materializar y confirmar ese intolerable miedo”. O del titulado “No era tuya”: “Esos llamados crímenes pasionales —más bien fríos— deberían ser los más repudiados y penados. Pero no lo serán mientras parte de la sociedad siga pensando que las mujeres han de atenerse a las consecuencias de su insumisión y que los maridos, en cambio, no tienen por qué aguantarse”. Hay muchas más antiguas y recientes, vaya un fragmento de “Las civilizadoras”: “Las mujeres han sido el principal elemento civilizador y apaciguador de la humanidad. Quienes han hecho de los niños personas y han tenido mayor interés en conservar y proteger la especie, en rehuir o evitar las peleas, la violencia, las guerras. Quienes han hecho mayor uso de la piedad y la compasión, del afecto manifiesto, de la consolación, quizá también del perdón. Y de propiedades como la astucia, la transacción, el pacto, la persuasión, la simpatía, la risa, la alegría y la cortesía”. Claro que a la semana siguiente, recuerdo, escribí “Y las incivilizadas”. Son siempre éstas las que vociferan más y las que hoy fingen estar expulsando y suplantando a las civilizadoras.

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