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El político valencianista asegura que es un acto para defender a los agricultores de su tierra: "Si usted fuera valenciano, no se votaría"

El diputado Vicente González Lizondo (Unión Valenciana) coloca una naranja en el escaño del Presidente Felipe González

HECHOS

El 5.12.1989 el diputado de Unión Valenciana, D. Vicente González Lizondo, dio su discurso en el Congreso de los Diputados de Madrid, mostrando una naranja, que al terminar, depositó en el escaño del Presidente del Gobierno, D. Felipe González.

06 - Diciembre - 1989

El hombre del cítrico

Rafael Torres

ES la segunda vez que un señor se presenta en el estrado del Congreso con una cosa en la mano, pero siempre es preferible, y alimenta más, una naranja que una pistola.

Lo que le pasa a Vicente González Lizondo, presidente de Unión Valenciana, es que es un barroco, lo cual no sólo no es censurable, sino que, incluso, lo da la tierra. Esa luz, esa pirotecnia, esa expansión de los humores que se dan en el Levante los lleva incorporados el señor González en lo más profundo de su ser, y es natural que se le ocurriera llevar, como prueba testifical o tridimensional de su discurso, una rica naranja tempranera. Pero lo que no previó el adalid de los cítricos es que en su camino iba a cruzarse con Pons, un individuo tan legalista que si le dices «buenas» no te entiende, y se lo tienes que decir todo entero y bien: «buenas tardes».

Cuando vio aparecer a Lizondo con su naranja, Pons se apresuró a decirle que eso no era correcto, que el reglamento del Congreso no contemplaba semejante licencia frutal, pero el unionista valenciano, mentalizado como un espontáneo que ha ensayado mucho los pases que le va a dar al toro, pudo convencerle de que la naranja no era para tirársela a nadie, sino para tenerla allí, a su lado, y para que le inspirara como a Hamlet su calavera.

Pero no era verdad, Lizondo nos salió un punto simulador, pues la naranja no era para eso, sino para regalársela al candidato González, obsequio simbólico, gentil y vitamínico que los señores diputados no supieron comprender y se limitaron a partirse de risa. Pero González Lizondo no se arredró, hizo oídos de mercader a la compulsiva hilaridad de sus colegas, y siguió en lo suyo, o sea, en hacer metáforas a cuenta de la fruta.

Pero González, entre cuyas virtudes no se cuenta precisamente la sacrosanta del sentido del humor, no entendió nada, y cuando Lizondo le entregó la naranja se quedó serio, estático, esaborío. Luego, cuando le llegó el turno de replica recriminó al valenciano su ignorancia sobre las fases del período transitorio y la aceleración del desarme arancelario. Podía haberse comido la naranja, y en paz.

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