El Grupo Intereconomía despide por sorpresa a Enrique de Diego como tertuliano y como presentador de ‘A Fondo’ en RADIO INTER

HECHOS

El 23.12.2011 D. Enrique de Diego comunicó que había finalizado su relación laboral como trabajador y colaborador de medios del Grupo Intereconomía.

¿UN DESPIDO ORDENADO POR JIMÉNEZ LOSANTOS?

En su libro ‘Dando Caña’, D. Enrique de Diego asegura que el directivo encargado de comunicarle el despido, D. Diego Martínez Peran, le confirmó que su despido se hacía por orden de D. Federico Jiménez Losantos:

DANDO CAÑA

El lunes 12 de diciembre de 2011, a primera hora de la mañana, recibí una llamada de Diego Martínez Perán para citarme a media mañana en las instalaciones de Radio Inter, en Modesto Lafuente, 42. El tono era displicente y tediosamente arrogante, a medio camino del burócrata y del verdugo. La suerte estaba echada. Luego he sabido que al alba, Julio Ariza bramaba exigiendo mi ejecución inmediata sin contemplaciones que, en términos laborales, consistía en mi despido. Martínez Perán, que ha sido oficial de la Marina Mercante, tiene trazas para este tipo de trabajos sucios y fue directo:

– No podemos sostener más tu programa. Lo dejas desde ahora mismo. Se te rescinde el contrato.

Firme y resolutivo, como un profesional, así que le atajé:

– Tranquilo, no te emplees. Lo que me estás haciendo a mí, te lo harán a ti.

Martínez Perán suspiró, se ensimismó un momento y cambio de registro hacia el de compungido mandado:

– Ha habido que entregar tu cabeza a Jiménez Losantos y también nos has costado la frecuencia 94.2 (FM) de Radio Inter.

Me invadió una gran paz, como si una sentencia largo tiempo incubada se explicitara y también como si me sacudiera de encima una tiranía y fuera a salir de un campo de concentración intelectual, en el que el ambiente era cada vez más irrespirable.

Hube de volver un momento, para indicar algo tan obvio que ponía en evidencia la histeria de Ariza y la precipitación del desenlace:

– Es preceptivo, Diego, que me lo paséis por escrito.

– Sí, claro. Lo preparo y te aviso para que lo firmes con Matías (Varas).

Perán me había dicho que llamara al director de Recursos Humanos, Juan José Aizcorbe, un caballero español, que ha sabido compaginar la lealtad a su amigo Ariza, de los tiempos de Barcelona, con su propia bonhomía. España todavía da hombres así de una pieza. Le llamé y quedamos citados para el día siguiente. Tenía que recoger mis cosas del despacho. Es ese tipo de momentos en que se precisa un amigo y lo tuve en Alberto Pertejo-Barrena, secretario general de la Plataforma de las Clases Medias; un hombre leal, de palabra, amigo de sus amigos, un gran escritor y un patriota capaz.

Empezaba una nueva vida, que no sabía cuál sería, porque ellos habían tomado la iniciativa. Lo hacía con tranquilidad de ánimo. Siempre había actuado con respecto a mi conciencia y a mi patriotismo. Siempre había sabido que asumía riesgos y el hecho de que se confirmara que había sido así, me llenaba de orgullo. No había hecho nada que motivara mi despido, efectuado con saña. Era una medida autoritaria, culminación de una trayectoria censora por parte de Ariza; en sí rastrera y totalitaria, pues el objetivo era quitarme el micrófono, la voz, sin poder despedirme de mis oyentes, condenado al ostracismo al servicio de una casta parasitaria depredadora y cruel, en la que Ariza ya militaba de hoz y coz y a la que incluso mendigaba. Se proscribía un diagnóstico de la situación y las propuestas de soluciones, la solución, que se movía en la línea de la verdad. Ariza actuaba como lo que era: un lacayo de la casta parasitaria.

No existen las conspiranoias -inventos que se blindan a la realidad- pero sí las conspiraciones. Estoy de acuerdo con Alfonso Rojo para quien “Losantos es ya irrelevante” y no podía ser el causante del despido. Pero la cuestión es que todos se habían tornado irrelevantes y tenía claro que la medida era una muestra de debilidad brutal del sistema. Lo cierto es que el fin de semana previo había sido un aquelarre conspiranoico sobre el 11-M, con El Mundo -firma de Casimiro García-Abadillo- entrevistando al asesino Jamal Zougam y presentándolo, en portada, como una pobre víctima inocente.

El 14 de febrero de 2004, El Mundo -ocho años de mentiras y manipulaciones groseras- había hecho lo propio con Suárez Trashorras, al que concedió portada con el título: “Soy una víctima de un golpe de Estado encubierto tras un grupo de musulmanes”. Suárez Trashorra ha reconocido ya su culpa, pero ese día Pedro J, el peor periodista de la historia de España, el más mendaz, lo comparó ¡con Dreyfuss! Me ha tocado vivir en una España donde la mentira sobreabunda y toma carta de naturaleza y donde se ha llegado a niveles supinos de estupidez como cuando, en sede parlamentaria, en esta farsa de democracia que nos impusieron al comienzo de la transición, Eduardo Zaplana preguntó a Rubalcaba: “¿quién dio la orden a los geos de entrar el 3 de abril de 2004 en la casa de Leganés, donde se suicidaron los terroristas presuntamente implicados en los atentados del 11-M?”.

Ha llegado a ministro un señor que ni tan siquiera se enteró de que había gobernado y de que ese 3 de abril de 2004 él estaba en el Gobierno. Una España en la que todo vale, y en la que pululan por la vida pública personajes como Pedro J y Losantos sin ningún respeto por la verdad y, por ende, por la gente. Presentar a Zougam como víctima de un error judicial esa era la indecencia que había evacuado El Mundo, como si fuera la cloaca de la casta parasitaria; a un Zougam que, encima, ni tan siquiera recordaba si el día 10 de marzo de 2004 había almorzado con su madre o en un restaurante o si había ido a pagar unas multas o eso había sido unos días antes. Y Casimiro García-Abadillo tenía la desvergüenza, la irreflexiva osadía de presentar al terrorista inhumano como amparado por una coartada seria. Parecería que el lector de El Mundo ha abjurado del mínimo de espíritu crítico. Comprar El Mundo me sigue pareciendo una degradación: financiar la mentira. El 11-M había sido, sin duda, el detonante de mi despido, pero no la única causa.

Iba a ser, pues, un día de tregua y espera. Hice las gestiones lógicas de buscar abogado, pues se estaban pisoteando mis derechos y el marco legal y me puse en manos de Eduardo Bravo que vio con mucha claridad todo y me aportó dosis añadidas de sosiego. También iba a ser un día de silencio. No se escucharía mi voz por las ondas. Me relajé leyendo, que es mi pasión compulsiva desde muy joven. Tenía mi twitter abierto. Unos minutos después de las 20 horas, entró un tweet preguntando que qué pasaba, qué por qué no estaba al micrófono. Fue una ráfaga de aire, luego llegó la ventolera creciendo hasta huracán. Experimenté, en carne viva, la fuerza de las redes sociales, de un simple twitter y me invadió una intensa alegría, porque no todo estaba perdido; la censura, establecida mediante la concesión administrativa como peaje y la publicidad institucional como premio o castigo, tenía fisuras e importantes. Y tuve la convicción, la certeza de que la casta parasitaria no triunfaría, de que podríamos erradicarla.

Fue una emoción racional intensa. Porque a través del twitter bramaban contra Intereconomía y Ariza, contra la censura de quien les había vendido a la casta, de quien les había dejado sin voz -y eso fue lo que me llamó más la atención- y muchos afirmaban que se daban de baja del Club de amigos de Intereconomía. Todavía hoy ese Grupo no ha informado de nada a quienes durante mucho tiempo han estado llamando, a programas y a la centralidad, y al presunto servicio de atención al oyente y al teleespectador, preguntando qué había sido de mí, dónde estaba. No iba a romper la tregua hasta que hablara con Juan José Aizcorbe, así que puse algunos mensajes genéricos: “La libertad tiene un precio y siempre he estado, estoy y estaré dispuesto a pagarlo”, “la censura es propia de fascistas, de totalitarios y de hipócritas”, “tengo una pasión: España; tengo un compromiso: la verdad; tengo un sueño: la libertad de expresión”, “tranquilo de ánimo y con más ganas que nunca de luchar contra los corruptos morales”.

Por los miembros de la Plataforma de las Clases Medias corrió la noticia como la pólvora y la reacción fue gallarda. María Muñoz, delegada en Valencia, encareció a los de Madrid que no me dejaran solo en ningún momento, ni en lo humano, que nunca apareciera solo. Entonces, esas gentes sencillas a las que la casta parasitaria depreda, a las que los poderosos expolian y desprecia, a las que Julio Ariza pedía, mendicante y artero, sus últimos ahorros para sufragar sus fracasos y a los que en vez de defender, desarmaba, tomaron el protagonismo y me demostraron -esas clases medias a las que defendía y defiendo porque son la columna vertebral de España- su fuerza y me alentaron con su dignidad. ¿Se me entenderá si digo que fueron días de felicidad, de continua alegría? Fue una fiesta de la libertad en la que nos elevamos a mucha altura por encima de los pigmeos del espíritu y nos enfrentamos, juntos, con la mezquindad de los censores. Me habían transmitido también que ahora ya no vendería libros, cuando nunca me los habían permitido promocionar, y hasta en eso se equivocaron porque desde entonces las cifras de ventas, por ejemplo de “La monarquía inútil”, se han disparado.

Al día siguiente, Juan José Aizcorbe me cambió la hora y, sobre todo, el lugar donde tendría lugar la reunión. Ya no sería en la sede de Intereconomía sino en un despacho de abogados en la calle Alcalá. Al comenzar la reunión, le dije a Juanjo que entendía que él tenía que cumplir con su trabajo, y que eso no iba a variar la estima que sentía por él, que yo iba a defender mi derecho. A la salida en mi twitter Enrique_deDiego puse: “Confirmo que he sido despedido de Intereconomía”. Internet y las redes sociales literalmente ardieron. Ese fue el título que al día siguiente puso el digital eldebate21.com: “El despido de Enrique de Diego incendia Intereconomía”.

El Plural de Enric Sopena inició lo que sería una serie de tres informaciones, muy rigurosas, todo hay que decirlo, entre las que el titular más grato era el me señalaba como “el hombre que puso un chorizo en la sede de UGT”. Las tres entregas figuraron entre las diez noticias más leídas del digital progresista en el año 2011. Si en los momentos difíciles, se conoce a los amigos, yo tengo muchos. Incluso fue ocasión para que reaparecieran algunos con los que, por avatares de la vida, había perdido, más o menos, el contacto como Emilio Alonso o Javier Benegas, que habían sido ambos tan claves en la historia de la Plataforma de las Clases Medias, o Álex del Rosal. No tuve decepciones. Sabía con quien podía contar y con quien no. Xavier Horcajo ya me había dicho unos días antes que “hace mucho frío en la calle” y Eduardo García Serrano, y al fin y al cabo, es un superviviente y eso marca estilo, aunque no sea el más estético. Alfonso Rojo se puso de perfil, que para eso él es un hombre del espectáculo en que ha devenido el periodismo. Alfonso Rojo es, de alguna forma, un empleado de Ariza, pues su programa La Espuela se emite por RadioInterconomía. Más alla, es un satélite del Partido Popular, de cuyas televisiones es un habitual.

En las Fallas de 2012 fue uno de los vips asistentes a las fiestas valencianas por Rita Barberá a gastos pagados. El consistorio de Valencia presupuestó 50.000 euros para agasajar a ese tipo de invitados, entre los que, además de Alfonso Rojo, habitual, estaban Cristina Tárrega, Carlos Herrera, el actor Pepe Sancho, las modelos María José Suárez y Remedios Cervantes, y los humoristas César Cadaval y Arévalo. Alfonso Rojo ejemplarifica el inicio de corrupción moral servil y partidista que ha empezado a infectar la red, pues de un digital independiente –puesto en marcha cuando Rojo fue despedido de El Mundo- ha ido pasando a ser, cada vez más, aparataje de propaganda del Partido Popular: las subvenciones las recibe directamente Alfonso Rojo con su proyección mediática de tertuliano. No es sólo espectáculo. Antonio Martín Beaumont, con su digital, en el que había colaborado gratuitamente durante años, guardó el silencio lógico en un medio tan manifiestamente puesto en convivencia con un PP, que ni le paga la publicidad institucional.

La web de la Plataforma de las Clases Medias, regeneracionya.com, se mostró como un instrumento poderoso y se convirtió en el embalse de todo el caudal de apoyo y cariño que llegaba hasta abrumarme. El día 14 de diciembre de 2011, se reflejaba el ambiente de caos poco serio “jocoserio”: “Cercenando el derecho a la información, esta mañana ha sido caótica para Intereconomía. No han tenido la decencia de decir que Enrique de Diego había sido despedido desde el lunes. No han tenido el detalle, ni el buen gusto, ni la educación de hacernos saber a los oyentes que la emisión de A Fondo ya no era conducida por Enrique de Diego. Tampoco han sido capaces de permitirle que se despidiera de todos nosotros desde su micrófono, desde su altavoz, desde su programa, que es el nuestro. Las llamadas de los oyentes preguntando qué había pasado y manifestando que A Fondo ya no es lo que era, han tenido respuestas vagas e inconexas. Los oyentes han preguntado si Enrique de Diego había sido despedido por no callar, por ser tan nuestro, tan del pueblo, tan de la gente. Pero la respuesta nada creíble denota el caos que se oculta tras el silencio y la censura: ‘Han cambiado la parrilla y ya les diremos cuando sepamos algo más’”. Las llamadas siguieron sucediéndose y la respuesta negándose. Incluso colgaban a los oyentes cuando pronunciaban mi nombre.

Ariza había dictado su sentencia y me había dado por muerto. Había querido imponer el silencio y había provocado una escandalera mayúscula. “Nos han silenciado”, me decían, con un plural enternecedor y altamente significativo. Se lo tomaban como cuestión propia, como una agresión a ‘su’ libertad de expresión. La indignación crecía a medida que llamaban a Intereconomía y no les daban respuesta, no eran ni capaces de decir “ha sido despedido”. Aquello les parecía una ofensa añadida. Era gente a la que se le había pedido y habían dado dinero para una Intereconomía “cada vez más libre”. Aquello les parecía una grosera mentira y una monumental tomadura de pelo.

Para los miembros de la Plataforma de las Clases Medias era un agravio añadido pues el jueves 15 de abril de 2011, habían acudido a defender “la libertad de expresión de Intereconomía”, porque así nos lo había solicitado expresamente Julio Ariza. Una asociación universitaria de gays, lesbianas, transexuales y bisexuales, Arcópoli, había convocado una manifestación ante la sede del Grupo, en Castellana, 36. Ariza que parece que siempre, de manera cobarde, quiere que hagan los demás lo que debería hacer él pidió ayuda a Hazte oír y a la Plataforma de las Clases Medias. Ignacio Arsuaga, sobrino de Rodrigo Rato, acudió con tres o cuatro de los suyos y de los nuestros acudieron varios centenares. Entre ellos, Ángel, nuestro abanderado, orgulloso, con su bandera de España, que Julio Ariza exigió que retirara. ¡Menudo patriotismo de pastaflora! ¡No fueran a llamarle de extremaderecha! Por cierto que Javier Tallada, uno de los accionistas de Intereconomía, señala a Rodrigo Rato como accionista encubierto del Grupo, no a Ramón, que ya no está con nosotros, como Ángel, sino a Rodrigo. Seguro que no, porque eso sería un escándalo mayúsculo: Bankia dando créditos a la empresa del presidente. Ya digo que seguro que no. Lo que sí es cierto es que lo dice Javier Tallada.

Se sentían tan heridos y estafados los miembros de la Plaforma de las Clases Medias que la Junta directiva, en mi ausencia, convocó manifestación “contra la censura” ante Castellana, 36, para el 29 de diciembre. Hubo que habilitar un correo especial para recibir las adhesiones porque todos estaban desbordados. Los mensajes eran aleccionadores: “Mucho ánimo, las cosas que usted dice son ciertas y la verdad nos hará libres”, “gracias por poner sobre la mesa la basura que hay en este país”, “tienes mi total apoyo y mi reconocimiento por denunciar la corrupción de todo tipo de nuestra sociedad”, “animarte a que sigas, para ver si dejan de sangrarnos estos políticos aprovechados y los sindicatos se paguen ellos su mantenimiento y los liberados sindicales se vayan a trabajar”, “tienes el 99% de acierto, comparto sus ideas y comentarios que esclarecen la realidad”, “en Intereconomía sólo funciona el chalaneo”, “me solidarizo contigo acerca de tu despido, no lo mereces”, “quiero mostrar mi indignación ante el despido fulminante de Enrique de Diego y para colmo sin una mísera explicación a sus oyentes”, “me parece mal que se despida a un periodista por defender a la nación española, “Enrique, siempre contarás con el apoyo de tus oyentes, somos legión”, “nunca vamos a olvidar, todo nuestro cariño está contigo”. Primero cientos, luego miles.

El profesor titular de Sociología de la Universidad de Santiago de Compostela, Miguel Cancio escribió un espléndido artículo, que reflejaba perfectamente lo que había sucedido, en su sentido más profundo. “Despido injusto y político de Enrique de Diego: No a la censura; sí a la información crítica y justicia justa”. Corrió muchísimo por la red. También fue emocionante el artículo “No te callarán, no nos callarán”, que enviaron Pedro y Estella, dos personas sencillas, pero dos grandes patriotas, que rememoraban “los grandes días de fraternal patriotismo” que habíamos vivido juntos “en lugares tan emblemáticos como la Plaza de Colón, el asedio a Moncloa, Albacete, Alicante, Valencia frente al Ayuntamiento… Grandes días de lucha y mutuo aliento y empuje. Estamos indignados, avergonzados y profundamente dolidos con esta acción de derrocar al pensamiento individual en favor del pensamiento único del sistema y sus acólitos”.

Quiero mostrar, de nuevo, mi agradecimiento a todos esos españoles de bien, esas gentes sencillas, que sintieron como propia la agresión, pues en eso -les doy las gracias por haberlo experimentado con tanta fuerza- consiste la libertad de expresión. Una de esas personas de gran clarividencia, Miguel Ángel Pazos, había tenido una reacción en las primeras horas de mi despido que, al principio, no entendí y que me hizo pensar. “Por fin, somos libres”. Y, en verdad, esa sensación de libertad me invadió muy pronto, como una suma de libertades compartidas en un único objetivo, que ahora podíamos llevar a cabo. Ellos fueron los protagonistas con su coraje de esos días de gloria: Teresa Asenjo, Álvaro Fernández-Roel, que me cubrió las espaldas siempre en internet y estuvo siempre movilizado, Roberto Fernández, taxista, Pilar Fazzini, Enrique López, nuestro eficaz técnico de megafonía, y su esposa Monchi, Ángel Montesinos, electricista, y José Antonio Doñoro, camionero, dos grandes patriotas, José Antonio Zorí, de Torres de la Alameda, Madrid, víctima de la corrupción de esas mafias legales que son el PSOE y el PP, en comandita, Federico Mohino, Guillermo Rocafort y Emilio Domínguez, que me homenajearon junto a un grupo de caballeros legionarios, Julia, Francisco Javier Avilés, Francisco Javier Díaz Checa, Pedro García, Manuel Cantolla, Pedro, Guillermo, y muchos otros, a los que pido disculpas por no citar; y al frente de todos ellos, Carmen Klecker, delegada de la Plataforma de las Clases Medias en Madrid, con su probada eficacia. Hicieron llamadas, gestiones, enviaron correos, participaron activamente en la web regeneracionya.com. Todos a una. Buena gente, buenos patriotas. También jóvenes como Pablo Varón, Javier Gallego, Javier Cavestany, Adriana…

La anécdota de aquellos días fue mi ocasional encuentro con Julio Ariza. Nunca he participado en una situación tan curiosa. Me pareció que cambiar el sitio de la reunión con Juan José Aizcorbe era mostrar que no se me quería ver por Intereconomía, que se temía mi presencia, pero también que era algo así como prohibir mi presencia en algún punto de España, cosa a la que no estoy dispuesto. Así que nos fuimos a tomar un café a “El Plató”, la cafetería que está íntimamente relacionada, físicamente, con la sede central de Intereconomía. Éramos una docena. Quedamos unos minutos antes en la puerta de las Galerías de Abc. Cuando llegué, vi el penacho blanco de Ariza a lo lejos, que pasaba delante de los que ya estaban puntuales esperándome. Me dijeron que se les había quedado mirando. Pensé que él había seguido Castellana abajo o habría subido al restaurante Pedro Larumbe. Entré para ir a los servicios, y en el amplio pasillo de entrada, donde estuvo la rotativa del ABC en el que medí mis primeras armas periodísticas, paseaba arriba y abajo Ariza colgado a su móvil. Le saludé civilizadamente, pues era lo que tocaba. Colgó y me llamó:

– Enrique, Enrique, tenemos que hablar.

Esbocé una sonrisa de incomprensión:

– Julio, tendríamos que haber hablado antes, en todo caso.

– No, no. Tenemos que hablar -insistió.

– Ahora tienen que hablar los abogados -dije, en tono suave e informativo.

– En serio, tenemos que hablar, humanamente… Hemos sido amigos.

No entendía nada. Me había echado, me había despedido y de verdad ¿habíamos sido amigos? “Julio no tiene amigos, tiene negocios”.

– Vale, tendré en cuenta tu propuesta y ya te diré.

Tras mi despido, Intereconomía se encenagó en la conspiranoia de manera completa y ridícula. No sólo porque lo hizo de manera extemporánea, en vísperas de que se pusiera punto final con la decisión de la Audiencia Provincial de cerrar el estúpido sumario de la peculiar juez Coro Cillán, también porque fue una exhibición de que Intereconomía había dejado de ser una empresa periodística, pues no se ejerce el periodismo. Quizás sea ese espectáculo del que habla, con deje de cinismo, Alfonso Rojo. O el puro circo o la hoguera de las vanidades. El tosco Carlos Dávila se empeñó en convertir en heroína a una juez investigada por presunta corrupción y el vanidoso Rodrigo Gavilán tuvo sus diez minutos de chupar cámara presentándose como el arriesgado descubridor de un vagón del 11-M, en el que no estalló ninguna bomba, cuya existencia era perfectamente conocida, que estaba plagado de graffitis y que es utilizado por jóvenes para hacer botellón. Y Gavilán aseveró que había tenido que entrar con cámara oculta y todos los programas de Intereconomía TV celebraron el hallazgo. Se trataba, como desmontó diarioelaguijon.com, de lo que se llama una falsa exclusiva o, en términos coloquiales, una pavorosa metedura de pata. La progresiva corrupción moral que se había ido adueñando de Intereconomía había acabado con todo resto de profesionales y el todo vale se había impuesto.

El día 28 de diciembre de 2011, tras quince días de silencio, me reencontré con la radio y con los oyentes. Fue en un programa experimental en Radio Libertad. El contacto lo estableció ese lúcido Miguel Ángel Pazos, que ha salido antes. Era fundamental que el silencio no se impusiera. El día 9 de enero empezaría las emisiones regulares de lunes a viernes, de 7 a 9 de la tarde. Era una fisura en el sistema y el nuevo programa Clases Medias saldría sin cortapisas, sin censuras, sin que al terminar el programa se me llamara la atención o se me intentara coartar. Una fisura importante, porque a la frecuencia 107.0 en FM, en Madrid, se sumaron pronto oyentes de toda España a través de la web radiolibertad.com, opción: directo, y descargándose los programas en ivoox.com, clases medias. Ni me habían callado, ni nos habían callado. Ese mismo día 28, se terminó de concretar el acuerdo que establecía la situación en términos amistosos dentro del marco legal. Básicamente, era como si fuera en el Titanic, éste hubiera chocado de frente contra el iceberg, y se me hubiera bajado precipitadamente para instalarme en un yate de recreo. Visto el final, volvería a repetir la experiencia, antes de la reforma laboral de Mariano Rajoy. La Junta Directiva de la Plataforma de las Clases Medias suspendió la concentración. Me tomé unas cervezas con los que se presentaron porque no se habían enterado de la desconvocatoria, me regalaron la canción “Tú eres mi amigo del alma”, del cantante Roberto Carlos y les transmití mi firme convicción, mi seguridad, de que “de ahora en adelante, todo serán victorias”.

No fue sólo por el 11-M, pero también fue por el 11-M. Porque esa conspiranoia es una mentira política, una declaración de extinción del periodismo como búsqueda de la verdad en nombre del relativismo y de los intereses mercantiles. Pedro J, Losantos y Ariza han sido y son el aparataje propagandístico de Esperanza Aguirre. Y ese estertor, con el que pretendieron tumbarme, lo era también de esa trampa político-periodística. A Esperanza Aguirre la había vuelto a ver el 1 de diciembre de 2011, en la fiesta que se organizó con motivo de la Constitución, y cuando, incidentalmente, la saludé educado me espetó que “como liberales, hemos tenido muchos desencuentros”. Dado que, como he dicho no nos habíamos visto en dos décadas, sólo podía referirse a ese invento infame que ella había alentado y financiado, hasta llegar a cuestiones tan discutibles y escandalosas como permitirle emitir a Losantos desde suelo público. A algunos liberales oficiales en España les pone el Presupuesto público. Esta trama político-mediática tenía que posicionarse ante la nueva etapa de Rajoy. Esperanza Aguirre está fuera de juego. No es un secreto que Mariano Rajoy quiere que se desprenda del poder de su partido en Madrid.

En cuanto a sus periodistas de cámara, están todos arruinados, me refiero a sus empresas. Por los datos, Intereconomía ni tan siquiera es viable. Es decir, por mucho dinero que recibiera lo consumiría porque su estructura es disparatada e ineficiente y ha degenerado chapoteando en la mediocridad. Pedro J está al frente de una manada de dinosaurios y Losantos es el personaje menor e irrelevante que siempre fue, pero ahora se nota mucho, y sus finanzas ya no es capaz de sostenérselas Esperanza. Una opción lógica es proceder a algún tipo de fusión, con el inconveniente de que si se fusionan dos con deudas, se suman. Precisaban un frente unido para acudir a mendigar a Rajoy y algún elemento de presión con el invento de la conspiranoia, que se les ha venido definitivamente abajo. Desnudo de equipaje, Ariza fue recibido por Rajoy en La Moncloa a finales de enero, sin mariscos de por medio. El gallego es un experto en repartir buenas palabras y no comprometerse. Es lo que sucedió.

Mi despido, luego acuerdo amistoso, a la postre, fue la demostración del acierto de mi diagnóstico de la existencia de una casta parasitaria en España que depreda a las clases medias, que lleva a la ruina a la población e inmisericordemente al hambre a las gentes indefensas, sin contrapoderes, pues la Justicia ha sido invadida y el periodismo ha muerto. Había que silenciar esa voz, ese discurso, el único que puede abrir la democracia a su regeneración y salvar a España. Porque esa casta parasitaria es una trama de intereses en la que participan la casta política, con la bancaria, con la de las grandes empresas y la mediática, que se autoconceden privilegios y expolian al contribuyente. Al frente de esa casta parasitaria, en la cúspide, legitimando toda la depredación y la corrupción moral, está la monarquía, Juan Carlos de Borbón. La casta parasitaria, en su debilidad, en su estafa a la nación, ya no me soportaba y Julio Ariza pertenece a ella.

Todo lo sucedido me ha reafirmado en mis convicciones. La mentira se ha convertido en el lenguaje habitual, hegemónico, de la política y lo que, aún es más grave, de los medios de comunicación. Se ha establecido, por ejemplo, que hay mentiras de derechas y de izquierdas, y no simples mentiras; que es bueno nos mientan los ‘nuestros’ o argumentar que más mentían los ‘suyos’, sin la dignidad de rebelarnos contra la mentira, venga de donde venga, la diga quien la diga. Las sociedades que admiten la mentira como moneda de curso legal no sobreviven. De hecho, la aceptación del relativismo, de la consideración de que el fin justifica los medios, de que ni tan siquiera existen la verdad y la mentira ha llevado a la demolición de los resortes morales de la sociedad española que es preciso regenerar y recrear. Como se decía en los juramentos medievales: ama la verdad aunque te acarree la muerte. La aceptación de la mentira, la letal consideración de que el mentiroso se legitima por el triunfo, con la degradación que representa la adoración al poder, ha degradado las mentes y ha reblandecido los espíritus. En efecto, el relativismo con su insidiosa especie de que no existen la verdad y la mentira, amén de ser una contradicción en los términos pues se representa como una verdad absoluta, es el mejor camuflaje para la mentira y su mejor coartada, pues al establecerse que la mentira no existe, al no penalizarse, toma carta de naturaleza y se extiende como la mala moneda, y domina el escenario.

La mentira domina España. Lo hace desde la política, pero a través de los medios de comunicación. Estos mienten por sistema, ocultan o entretienen. El pan escasea, y el sistema lleva al hambre, y generalizada, el circo lo ponen los medios de comunicación, con espectáculo, entretenimiento y mentiras de derechas y de izquierdas, mentiras a todas horas, programando mentiras, emitiendo mentiras, publicando mentiras. Esta historia que he narrado, y de la que soy protagonista y víctima, durante un tiempo, es ilustrativa porque Intereconomía era un Grupo joven, nuevo, sin aparentes ataduras de principio, que podía haber abierto espacios a la verdad necesaria para la regeneración de España y cediendo a la corrupción moral, quizás de principio, quizás progresivamente, se encenagó en la corrupción moral, se convirtió en una mentira completa. Esa mentira no pudo soportarme ni en la marginación. El sistema se perpetúa mediante la mentira y el silencio; no me había plegado a la mentira, era preciso silenciarme. Pero éste libro es la demostración de que no mostraron su debilidad, nosotros nuestra fortaleza. El futuro es nuestro.

Enrique de Diego

24 - Diciembre - 2012

Se cumple un año de mi despido en Intereconomía, “una escenificación tosca y patética”

Enrique de Diego

Se ha cumplido un año de mi despido de Intereconomía, que como anuncié iba camino del desastre y hoy 23 de diciembre de 2012, certificamos que los trabajadores no han cobrado.

Cuando se procedió a ejecutar mi despido, que debía llevar tiempo preparándose y que, desde luego, estaba totalmente decidido desde algo más de dos semanas antes, era evidente que esperaban que se produjera no sólo mi despido sino también mi muerte civil.

La escenificación fue tosca y patética. Julio Ariza había enviado para mi ejecución laboral a mi superior jerárquico Diego Martínez Perán, director de Radio Inter, un pobre hombre al que llevan recortando competencias porque le consideran incompetente las personas a las que él adula e idealiza, quizás por necesidad. Como las personas de perfil mediocre, Perán es bueno para el desmerecido trabajo de verdugo laboral, con un punto de fatal arrogancia. Lo hizo, lo hicieron con la tosquedad que es el paisaje de la nueva etapa de Alfredo Dagnino. Ni tan siquiera tenían preparado el preceptivo escrito. Es evidente que se consideraban los poderosos acabando con un mindundi, Goliat aplastando a David, dejándole sin honda y sin voz. El lunes 13 de diciembre, el día de marras, fue un día de conversaciones con mi abogado, de información a los amigos. Lo viví con una extraordinaria tranquilidad, porque de nada tengo que avergonzarme y puedo ir con la cabeza muy alta, cosa que ellos me han demostrado que no pueden, que tienen demasiada ponzoña en el alma y demasiados muertos en el armario.

Me acosté pronto. Escuchando mí silencio. Porque la casta parasitaria controla los medios de comunicación. Me pareció evidente que habían estado esperando que me cansara de sus marrullerías, de su marginación, de sus consignas liberticidas y censoras, de su mobbing laboral e ideológico, y que tirara la toalla, y hartos de mi fortaleza me habían ejecutado laboralmente manu militari, sin ni tan siquiera despedirme de mis queridos oyentes, con el absurdo de que el viernes anterior había estado en ‘Dando caña’. Ellos eran el poder, la casta, la coartada de la casta, quitándome la voz. Ya digo que estaba tranquilo, con el alma sosegada, cuando al abrir mi twitter entró un mensaje preguntando qué pasaba con ‘A Fondo’, dónde estaba ya, qué me había pasado (ahora, cada día me llaman oyentes preguntándome si estoy enfermo, porque no entienden nada e Intereconomía no ha tenido ni el respeto de explicarles nada). Luego fue otro y otro. Y una auténtica cascada. Un auténtico fenómeno de apoyo y cariño, de silencio roto, de rebelión contra los censores que proclaman en su publicidad que cada día son más libres y piden dinero para ellos, no para defender a la gente.

Carmen Klecker ha reflejado en un magnífico artículo –“Hundidos hasta el fondo”- el desprecio a los oyentes y a los contertulios de ‘A Fondo’ que ha tenido Intereconomía. Y el twitter ardía con esa indignación de la base, de la buena gente, de la gente indefensa ante los poderosos saqueadores. Cito a Carmen porque ya me había dicho a las pocas horas de haber sido despedido: “No estás solo”. Como también me había dicho María, nuestra delegada de Valencia.

Resulta asombroso pero, en efecto, no estoy solo. Y una persona muy lista y muy cercana me lo ha hecho ver. En esta sociedad, y más ante el poder, se deja solo a todo el mundo. Y eso es lo que esperaban. Habían dictado la sentencia y debía cumplirse. Silencio. Chitón. Y vosotros, mis queridos amigos, mis queridos compañeros de la Plataforma de las Clases Medias habíais decidido incumplirla y no dejarme solo y no quedaros sin voz, despreciados por el mismo Julio Ariza que nos pidió ir a defenderle, en su supuesta libertad de expresión, y que luego nos dio orden tan indigna.

¿Por qué habéis decidido no dejarme solo? ¿Por qué habéis convocado una manifestación contra la censura frente a la sede de Intereconomía en Castellana, 36? ¿Por qué vais a acudir? Porque habéis percibido que con mi despedido se prohibía desde la casta parasitaria el discurso de la solución y la misma crítica a sus privilegios; que, de alguna manera, se pone en riesgo la supervivencia de nuestra sociedad y de nuestras familias, porque la casta cruel no admite ninguna disidencia, no puede permitirse que se ponga en duda sus privilegios, que se la acuse de ser la culpable del desastre. Julio Ariza no es más que un cómplice de esa casta y un cortesano de Zarzuela. El detonante ha sido la conspiranoia del 11-M, pero el objetivo es acabar con cualquier crítica e intentar conseguir lo máximo en el reparto sobre el dolor de la gente. No tienen escrúpulos, tal y como han actuado y actúan. Actúan de manera completamente contraria a como hablan en público.

Esa ruptura de la soledad dictada entraña un contenido ético que me emociona al percibir vuestra dignidad y vuestra nobleza, porque lo fácil es hacer el vacío al caído, separarse de él y someterse a la casta. Vosotros sabéis que no me he reservado, que he ido por delante, con riesgo, que no he buscado protagonismo, sino responsabilidad, que sólo he tratado de ser digno de vosotros y de España, de ser patriota, de ser uno de esos españoles orgullosos que, a lo largo de la historia, se han crecido ante el castigo y no han soportado la injusticia. Estos son tiempos duros que precisan valor, fuerza y honor, y en ese calor de vuestra dignidad, de vuestro apoyo y cariño encuentro esa fuerza y honor que predicamos.

Esta es una batalla decisiva, que vamos a ganar. En la que se han sumado gentes heterogéneas en apariencia con un denominador común: ser las coartadas perfectas de la casta, los falsos críticos, los funcionarios de los políticos profesionales, los mantenidos, que ni tan siquiera han sabido gestionar las prebendas, los que han depredado las cajas y han saqueado a los contribuyentes, mientras, con sordina, hablan de una regeneración con la que no están comprometidos y a lo único que aspiran es a quitarnos la voz para que no se produzca. Si acaban conmigo, no se volvería a hablar de regeneración.

Pero no se van a salir con la suya. Os lo aseguro. NI tú, querido amigo, patriota de España, sufrido español de las clases medias, ni yo lo vamos a permitir. Han cometido un grave error. No sólo han querido acabar conmigo, también con nuestras ideas, prohibir su difusión. Sin libertad de expresión, no hay regeneración. La libertad tiene un precio que estoy siempre dispuesto a pagar. Se posee pero también se conquista con lucha, día a día. Contigo, todos juntos, vamos a dar esta batalla. Gracias, de corazón, gracias, gracias.

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