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Tras un conflicto judicial y diplomático el ex dictador chileno regresó a su país

El juez Garzón ordena la detención del ex Presidente de Chile, Augusto Pinochet, para que sea juzgado en España

HECHOS

El 17.10.1998 el ex presidente de Chile, Augusto Pinochet, fue detenido durante un viaje a Gran Bretaña por orden del juez de la Audiencia Nacional de España, D. Baltasar Garzón que solicitó su extradición para que fuera juzgado en ese país.

LOS FISCALES SE OPONEN A GARZÓN

abogado_Ignacio_Pelaez El fiscal de la Audiencia Nacional, D. Ignacio Pelaez presentó una recurso contra la decisión del juez Garzón de extraditar a Pinochet para que fuera juzgado a España. El fiscal Pelaez consideró que la Audiencia Nacional no era competente para juzgar al ex presidente y ex jefe de las Fuerzas Armadas de otro país.

1997_fungairino El fiscal jefe de la Audiencia Nacional, D. Eduardo Fungairiño emitió un informe considerando que España no era competente para juzgar a Augusto Pinochet y que los delitos de este debían ser juzgados en Chile y no en España.

29 - Octubre - 1998

EL COHETE

Jaime Campmany

Garzón se empeñó en pedir la extradición de Pinochet desoyendo las razonadas objeciones jurídicas del fiscal Eduardo Fungairiño. Su enfermizo amor a las primeras páginas y a la noticia de portada le hizo subir una vez más al trampolín donde se exhibe y ha resultado, como era de esperar, que el estanque estaba seco.

EN mi tierra le llaman a esto tirar piulas y cobetones. Pequeños truenos sin rayo, pólvora en salvas, ruido sin nueces. El juez Baltasar Garzón, el malato di protagonismo como le han llamado los periódicos italianos, ha lanzado al aire uno de esos cohetes que se abren en la altura como en un traque fallido, una apagada pedorreta resuelta en un fracaso sin luz y sin sonido.

La pirueta pinochetista de Baltasar Garzón ha acarreado una serie de resultados negativos. Se empeñó en pedir la extradición de Pinochet desoyendo el criterio de los fiscales y muy concretamente las razonadas objeciones jurídicas del fiscal Eduardo Fungairiño. Se tiró de cabeza a un estanque sin agua. Su enfermizo amor a las primeras páginas y a la noticia de portada le hizo subir una vez más al trampolín donde se exhibe a cada instante para dar el salto espectacular, ‘la patada a la luna’, y ha resultado, como era de esperar, que el estanque estaba seco.

a falta del refrendo de la Cámara de los Lores, los jueces británicos, que no están presididos por don Clemente Auger, se han quitado de encima en un debate de pocas horas la atolondrada petición de ese juez veleidoso que ha viajado de la judicatura a la política y de la política a la judicatura. Si no es pensando en ese inmoderado afán de protagonismo enfermizo, no se ocomprende que se haya ofrecido a esos jueces, muy señores míos, la oportunidad de dejar en evidencia al juez Garzón y de paso a la justicia española.

Gracias a esa pirueta irreflexiva y atolondrada del juez Garzón, hemos reabierto en Chile la cicatriz cerrada de la transición a la democracia, hemos facilitado que nos recuerden irónicamente las peculiaridades de nuestra propia transición, hemos logrado que sientan miedo nuestros compatriotas en la tierra familiar chilena, que nuestros productos sufran un boicot estúpido, que los jueces suizos nos hayan hecho una higa y se hayan pasado por el arco del triunfo la petición de intervención y depósito de las cuentas de Pinochet y su familia (no otro objetivo tenía la duplicación de la petición de extradición: ‘las cuentas las intervengo yo’), que hayan florecido aquí y allá iniciativas para someter al mismo trato a Fidel Castro o a Santiago Carrillo, y que otras Repúblicas americanas traten ahora (como Argentina) de defender a su hermana contra la injerencia ofensiva de la Madre Patria.

No era difícil de adivinar para alguien que no contemplara la medida de Garzón desde una posición de fanatismo político que el atolondramiento del juez estaba destinado a estrellarse contra una justicia seria y no contaminada de la ganga de la política partidista. La lección de sensatez que ha dado la Justicia británica del irreflexivo juez de la Audiencia Nacional ha sido una lección elocuente. No sé quién habrá metido a Garzón en esto, si es que lo ha metido alguien aparte de su propia y patológica inmodestia, pero nos ha hecho un flaco favor. Y la lección de rapidez a nuestra Justicia, también. Mientras nuestros jueces se tomaban días para estudiar el triquitraque de Baltasar Garzón, los jueces birtánicos se adelantaban a juzgar su medida y a darle un palmetazo. O quizá era eso lo que se buscaba con la demora, zafarse de la castaña caliente.

Lo más lamentable de este caso es que alguien pueda amparararse en una falta de juridicción y en la inmunidad que le reconozca Gran Bretaña a Pinochet para pensar y defender que no es digno de la recusación moral más enérgica. Pinochet ha sido un tirano, un déspota responsable último de miles de crímenes y violador repetido de los derechos humanos. Ni siquiera lo justifica haberse levantado contra un régimen que tampoco respetaba esos derechos y que también perseguía a sus enemigos. Ni las caceroladas de las amas de asa chilenas ni los jueces británicos eximen a Pinochet de su grave responsabilidad. Pero el derecho tiene su exigencias formales, y ni siquiera los jueces enfermos de protagonismo están autorizados a saltársela a la torera, so pena de caer en lo mismo que se persigue y se detesta.

Jaime Campmany

25 - Octubre - 1998

UNA CÁRCEL DE LA QUE NUNCA PODRÁ ESCAPAR

Pedro J. Ramírez

Ojalá los magistrados respalden las tesis de Garzón sobre la competencia de los tribunales españoles para juzgarlo. Pero si se decantan por la respetable y sólidamente argumentada posición de Fungairiño, supondrá la constatación de uno de los muchos vacíos que aún caracterizan a ese nuevo orden jurídico mundial.

Es muy alentador que absolutamente nadie haya justificado, o ni siquiera disculpado, a lo largo de esta semana en España la cruel represión practicada por el régimen de Pinochet. Cuando hace 23 años asistió al entierro de Franco envuelto en aquella imponente capa de príncipe de las tinieblas, el general chileno era todo un referente ideológico de la firmeza en la lucha contra la amenaza marxista. Su sangrienta sublevación contra Allende era aún percibida por parte de los españoles como una reedición transatlántica de nuestro 18 de julio, en base a una común coartada: fue necesario adelantarse para impedir que se implantara una dictadura comunista, anticristiana y prosoviética. Que toda esa superchería seudohistórica haya quedado arrumbada en el desván de la ropa apolillada es el mejor síntoma de lo mucho que hemos avanzado en menos de un cuarto de siglo. De hecho, todos aquéllos que desde la fiscalía, la política o los medios de comunicación han puesto objeciones a las iniciativas de Garzón contra el ex dictador han creído verse obligados a anteponer su propio repudio al régimen militar chileno.

No se trata del pensamiento único, sino de la paulatina implantación de una conciencia universal basada en el racionalismo, la democracia y el respeto a los derechos humanos. Sólo grupos muy marginales -de ínfima implantación en España- asumen hoy en día en el mundo desarrollado las alienantes fantasías que engendraron los terribles totalitarismos del siglo XX. Es cierto que en países con menor renta contemplamos fenómenos rampantes de fanatismo nacionalista o religioso y que dictaduras como la norcoreana o la cubana han conseguido salvarse, mal que bien, del contagio domocratizador que siguió a la caída del Muro. Pero incluso para todos estos países que se escudan en su propia tradición y experiencia -ya se trate de la doctrina del Islam, los llamados valores asiáticos o la revolución socialista- resulta cada vez más difícil saltarse unas mínimas normas de conducta. La razón es que el mundo entero está mirando.

Es la parte más positiva de la globalización: la creación de una comunidad internacional compuesta por ciudadanos bien informados que consideran que todo cuanto sucede en el planeta les concierne. Gracias a la televisión sin fronteras y, aún incipientemente, a Internet, ese sentimiento cosmopolita que en las generaciones anteriores inspiraba solamente a una elite avanzada y visionaria, es en la actualidad un poderoso vínculo que moviliza al conjunto de la población.

Si la crisis financiera acaba de demostrar que los avatares de los bancos japoneses o las alternativas en cuanto a política de gasto público en Brasil, repercuten de inmediato en el bolsillo de un españolito que ha invertido sus ahorros en renta variable; si los problemas medioambientales o las pandemias como el sida no se detienen ante ninguna frontera; si los avances científicos o la propia carrera espacial, suponen ya esfuerzos transnacionales que enriquecen el patrimonio de toda la humanidad, nada tan lógico como reclamar una progresiva institucionalización de lo que deberían ser los diversos brazos de un auténtico gobierno mundial. Y nada tan urgente dentro de ese movimiento como la configuración de un espacio judicial global que impida que ni los delitos financieros, a menudo urdidos desde santuarios fiscales exteriores, ni los crímenes contra las personas, perpetrados bajo los más diversos pretextos políticos puedan quedar impunes.

Sea cual sea su desenlace, el caso Pinochet va a suponer, está suponiendo ya, un gigantesco avance en esa dirección. La detención del general chileno en Londres, en cumplimiento de una requisitoria de un juez español por delitos cometidos en Argentina contra ciudadanos de diversas nacionalidades, supone exactamente lo contrario de lo que ha alegado un Fraga confundido y anacrónico: se trata de un deslumbrante síntoma de que nuestra civilización progresa, de que esa conciencia universal que comparte unos criterios morales básicos va encontrando procedimientos para perseguir a quienes más flagrantemente los vulneren.

Quienes tratan de convertir el asunto en un problema ideológico e incluso en una cuestión de política interna se equivocan y corren el riesgo de salir trasquilados, tal y como le está ocurriendo a un PSOE cuyos gobiernos se hartaron de vender material antidisturbios al dictador en ejercicio. Antes que de derechas o de izquierdas, las dictaduras son dictaduras; porque antes que de derechas o de izquierdas, las víctimas son víctimas. De ahí la inanidad intelectual de quienes se escudan en un supuesto -o bien cierto- doble rasero ajeno para camuflar el propio. El que Fidel Castro pueda desplazarse cómodamente por medio mundo, en su condición de jefe de Estado en ejercicio, o que el Rey de España se derrita por visitarlo mientras las cárceles cubanas están llenas de disidentes políticos, debe ser motivo de frustración o de crítica hacia el inhumano pragmatismo de ciertas relaciones internacionales. Pero nunca servir de excusa para reclamar la libertad de Pinochet.

Estamos en el mismo punto de la eterna discusión sobre la guerra sucia. Que ETA matara, no podía justificar que lo hicieran los GAL. Que otros gobiernos en otros países -o incluso en éste- hubieran practicado el terrorismo de Estado, no podía propiciar que nuestros jueces miraran para otro lado. La lucha para que resplandezca la verdad y se aplique la justicia no terminará nunca, pero las batallas hay que darlas una a una, sin aceptar paralelismos exculpatorios externos. Tratándose de asesinatos, de torturas, de encarcelamientos inicuos, si hubiera que nivelar, que fuera siempre en el rasero de la exigencia para todos y jamás en el de la condescendencia hacia ninguno.

La suerte de Pinochet debe decidirse exclusivamente en el plano técnico-jurídico. Que el pronunciamiento corresponda en España al pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional es toda una garantía de rigor y solvencia. Ojalá sus magistrados respalden las tesis de Garzón en cuanto a la tipificación del delito de genocidio y a la competencia de los tribunales españoles para juzgarlo. Pero si se decantan por la respetable y sólidamente argumentada posición de Fungairiño, eso no supondrá una expresión de lenidad -menos aun de comprensión o simpatía hacia el sujeto- sino tan sólo la constatación de uno de los muchos vacíos que aún caracterizan a ese nuevo orden jurídico mundial en fase de construcción. Más significativa es la oposición de González a la extradición, en la medida en que vuelve a romper el ritmo de su partido y deja a Borrell descolocado. Como en el caso de Castro parece inevitable relacionar su entusiasmo por la territorialidad de la justicia con el riesgo de que algún día un magistrado, por ejemplo, francés, pretenda interrogarlo sobre los crímines de los GAL más allá de la frontera.

El peor de los desenlaces sería que el Gobierno británico hurtara la decisión a la justicia y devolviera a Pinochet a Chile, alegando razones humanitarias. Esperemos que en ese caso sean sus correligionarios socialistas quienes encabecen la repulsa contra Blair, recordándole que el humanitarismo debe expresarse hacia las víctimas antes que hacia los verdugos. Pero incluso en ese indeseable supuesto de que la política primara sobre el derecho, el episodio tendría un balance positivo, en la medida en que habría quedado constancia de que estamos entrando en una era en la que los crímenes contra la humanidad van a ser perseguidos por la humanidad entera, al margen de cuales sean las componendas e inmunidades pactadas en cada país. El Pinochet que volvería a Chile sería un Pinochet muy distinto del que salió. Tanto si sus familiares y conmilitones le cuentan toda la verdad, como si no lo hacen, hasta ellos saben ya que hay una cárcel de la que el asesino de Salvador Allende, de Víctor Jara, de Carmelo Soria y de varios miles más, no podrá nunca escapar: la del oprobio universal.

Pedro J. Ramírez

01 - Noviembre - 1998

DOBLE RASERO

Javier Pradera

La taimada protección y la discreta ayuda brindadas por Pedro J. Ramírez al Fiscal Jefe de la Audiencia Nacional son torta comparadas con la ruidosa cobertura artillera ada a la impunidad de Pinochet por Campmany, falangista valeroso, reconocido admirador antaño de los caballerosos golpistas argentinos y chilenos.

Dos días después de que el Tribunal Supremo de Londres anulará las órdenes de detención dictadas contra Pinochet por el juez Garzón, al entender que el ex dictador y actual senador vitalicio chileno goza de inmunidad en Gran Bretaña en su condición de antiguo jefe de Estado, la Audiencia Nacional confirmaba en Madrid la jurisdicción de España para investigar sus presuntas responsabilidades por los delitos de genocidio, terorismo y tortura. Con esa resolución, cuyos fundamentos jurídicos se conocerán la semana próxima, el pleno de la Sala de lo Penal rechaza por unanimidad los recursos del ministerio publico contra varias decisiones tomadas por los jueces instructores de los sumarios que investigan crímenes perpetrados en Argentina y Chile durante los setenta y los ochenta. Por su parte, Garzón desestimó el pasado martes tres recursos de reforma que la Fiscalía de la Audiencia Nacional había interpuesto contra sus autos del 16, 17 y 18 de octubre, dictados para ordenar la detención y prisión provisional en Londres de Pinochet y para librar una Comisión Rogatoria Internacional.

La respuesta de Garzón a las farragosas alegaciones de esos tres recursos no es demasiado amable , en contraste con la deferente cortesía (sic) que la justicia española – sositene el ministerio público – debería demostrar hacia el autodesignado senador vitalicio chileno. A la Fiscalía de la Audiencia Nacional no le han faltado ni el respaldo del Fiscal del Estado ni el insospechado apoyo de algunos políticos. Colocando una vela a Dios y otra al diablo, el director del diario EL MUNDO realizó hace ocho días un delicado ejercicio de equilibrismo, al tiempo que defendía apasionadamente el derecho de la Audiencia Nacional a sentar en el banquillo a Pinochet (‘ojalá uss magistrados respalden la tesisde Garzón en cuanto a la tipificación del delito de genocidio y a la competencia de los tribunales españoles para juzgarlo’), elogiaba con no menos calor ‘la respetable y sólidamente argumentada posición de Fungairiño’; esto es, su contribución al a estrategia obstruccionista de ámbito internacional dirigida a impedir a toda costa que el sanguinariio dictador chileno sea extraditado para rendir cuentas de sus crímenes.

Pero la taimada protección y la discreta ayuda brindadas por Pedro J. Ramírez al Fiscal Jefe de la Audiencia Nacional son tortas y pan pintado comparadas con la ruidosa cobertura artillera ada a la impunidad de Pinochet por Campmany, otro de los fabricantes de la leyen de de Eduardo Fungairiño como heróico capitán de los fiscales indomables, conjurados para defender las libertades de los ciudadanos frente a los abusos del poder. Nada más conocer la resolución del tribunal de Londres sobre la inmunidad de Pinochet, este maestro de periodistas, director de ARRIBA y jefe del Sindicato Vertical del Espectáculo durante los últimos años del franquismo, salió a la palestra para poner a caldo al juez Garzón, culpable de haber pedido la extradición de Pinochet ‘desoyendo el criterio de los fiscales y muy concretamente las razonadas objeciones jurídicas del fiscal Eduardo Fungairiño’. Reconocido  admirador antaño de los caballerosos golpistas argentinos y chilenos, este falangista valeroso – transmutado en cortesano dinástico cuando cambió la marea – criticó ‘la pirueta irreflexiva y atolondrada’ de Garzón, movido a su juicio por un enfermizo afán de protagonismo y una patológica inmodestia. La justicia británica – concluye el paladín de los fiscales indomables – ha dado ‘una lección de sensatez’ y ha propinado un merecido ‘palmetazo’ al juez español.

Sin embargo, la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional respaldó anteayer a Garzón y quitó la razón a Fungairiño al confirmar la jurisdicción española sobre los crímenes perpetrados por las dictaduras del Cono Sur. Con independencia de la alta probabilidad de que Pinochet regrese finalmente a su país, la resolución del Tribunal Supremo de Londres ha sido recurrida por el fiscal ante la Cámara de los Lores, que tiene aún que pronunciarse; según algunos prestigiosos expertos en Derecho Internacional, la supuesta impunidad vitalicia de los jefes de Estado es un disparate doctrinal. A la espera de conocer el desenlace del conflicto, el Gobierno de Aznar ya dispone al menos de los datos suficientes para saber cuál es el sesgo político-ideológico de los ‘fiscales indomables’ y en qué peligrosas manos ha sido colocada la jefatura de la Fiscalía de la Audiencia Nacional.

Javier Pradera

02 - Noviembre - 1998

EL DOBLE RASERO DE PRADERA: DE PINOCHET AL SEÑOR X

Editorial (Director: Pedro J. Ramírez)

A Pradera sólo se indigna con los crímenes de Estado cuando se producen lejos, cuando no los patrocina ningún amigo suyo... y cuando le dan excusa para emprenderla contra personas que estorban a los intereses de su patrón Polanco.

Víctima de las mismas obsesiones paranoides que sus amigos felipistas, el gurú ideológico de EL PAÍS, Javier Pradera, denunció ayer que EL MUNDO aplica un «doble rasero» al asunto Pinochet. ¿Y en qué consiste nuestro «doble rasero», según Pradera? En que, de un lado, defendemos «apasionadamente el derecho de la Audiencia Nacional a sentar en el banquillo a Pinochet» -dice-, pero, por otro, calificamos la posición del Ministerio Fiscal de «respetable y sólidamente argumentada». Y bien, ¿dónde está ahí el «doble rasero»? ¿Acaso el respeto por los argumentos del oponente es flaqueza en la defensa de los propios? Para doble rasero, bien evidente, el del propio Pradera, que condena en los más severos términos al fiscal general del Estado y al fiscal jefe de la Audiencia Nacional, porque creen que España no tiene jurisdicción para juzgar los crímenes de Pinochet, pero no dice ni palabra de Felipe González, que asumió ya hace años esa misma tesis -ordenó en 1996 al fiscal general de la época que se opusiera a las iniciativas judiciales contra los dictadores suramericanos- y que la ha llevado ahora mucho más lejos que Cardenal y Fungairiño, ampliando el principio de territorialidad hasta extremos nunca vistos en el Derecho Internacional. Sobre este González valedor de Pinochet, Pradera, curiosamente, no tiene nada que decir. Lo cual no es en absoluto sorprendente: sabido es que él sólo se indigna con los crímenes de Estado cuando se producen lejos, cuando no los patrocina ningún amigo suyo… y cuando le dan excusa para emprenderla contra personas que estorban a los intereses de su patrón.

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