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El presidente del PNV, Xabier Arzallus calificó al obispo como 'un tal Blázquez'

El nombramiento del abulense Ricardo Blázquez Pérez como Obispo de Bilbao es mal recibido por el PNV

HECHOS

El 7.09.1995 se hizo público el nombramiento de D. Ricardo Blázquez Pérez como nuevo obispo de Bilbao.

25 - Agosto - 1995

Este Arzalluz y un tal Blázquez

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

LA TORPEZA, y algo más, con que se ha expresado Arzalluz no impide compartir con él cierta sorpresa ante el probable nombramiento como obispo de Bilbao de un prelado sin vinculación alguna con el País Vasco. Pero no porque desconozca el euskera, condición que en todo caso compartiría con cerca del 90% de sus feligreses bilbaínos, o porque no naciera en tierra vasca. El problema no es de origen, sino de falta de conocimiento de la realidad social de Euskadi.Parece, en principio, deseable que la política de nombramientos de la Iglesia tenga en cuenta el pluralismo nacional y cultural que reconoce la Constitución. La universalidad del catolicismo no está reñida con el enraizamiento de sus obispos. en las diócesis que administren. Las posibilidades de encontrar obispos vascos no deben ser insalvables, a la vista de los muchísimos prelados vascos y navarros que ejercen en países de África o América Latina.

Que el obispo de Bilbao sea vasco parece una medida prudente. Hubo un candidato obvio, Juan María Uriarte, auxiliar del prelado titular, pero fue nombrado no hace mucho obispo de Zamora, en otra decisión bastante discutible. En todo caso, el pluralismo cuenta también hacia el interior de cada uña de las comunidades. Muchos nacionalistas identifican la idea de enraizamiento con la condición de nacionalista. Es un prejuicio político contradictorio con el pluralismo vasco actual. Muchos pensarán que Setién es el obispo que necesitan los vascos porque sus ideas coinciden con las dominantes en su diócesis guipuzcoana. Cierto que coinciden, pero también que Setién es visto con recelo por los no nacionalistas.

Lo importante es que -cualquiera que sea su origen y la lengua en que se exprese- el obispo de Bilbao sea visto. como una personalidad integradora, como un factor que favorezca la convivencia y no que la dificulte. En una sociedad en la que la influencia de la Iglesia, y especialmente del clero, es intensa, el asunto no sólo interesa a los fieles, sino a todos los ciudadanos. A esos efectos, que el candidato sea bilingüe puede ser conveniente. Pero convertir esa posibilidad en condición excluyente de cualquier nombramiento -como algunos pretendieron con ocasión de la reciente elección del nuevo Defensor del Pueblo-es contradictorio con la realidad social vasca: no es coherente exigir representatividad y a la vez excluir de entrada a la mayoría no bilingüe.

Los zafios sarcasmos dirigidos contra Arzalluz con indignas referencias personales- son lamentables, pero reconocerá el líder del PNV que el tono y contenido de su desplante no ha sido más correcto que el empleado por sus detractores. Sus amenazas de tomar medidas si se confirmaba que el elegido era “un tal Blázquez” -obispo de Palencia- son anacrónicas, preconciliares. Que a estas alturas el líder del primer partido de Euskadi lance un pulso a la Iglesia para imponer a ésta sus criterios, abre serios interrogantes sobre la modernización ideológica del centenario partido y sobre su idea del Estado laico democrático. El calificativo de “cura trabucaire” con que Anasagasti ha obsequiado al sin duda conservador nuncio en España lo debería reservar para ciertos miembros del clero local émulos del cura Santacruz.

¿A quién amenaza Arzalluz? ¿Al Papa? No debiera ignorar la inspiración que asiste al obispo de Roma, poco impresionable él por admoniciones del Euskadi Buru Batzar. Porque como dijo Sancristóbal (Julián) en otro contexto, “conociendo su talante, es seguro que consultó”.

27 - Agosto - 1995

Condenados por la lengua

Javier Lorenzo

Xabier Arzalluz, martillo de herejes, protagoniza una nueva controversia, olvidados los ecos del Rh negativo de los vascos. Ahora exige un obispo de la tierra. El candidato del Vaticano, el prelado Blázquez, nacido en Avila, permanece absorto.

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LA culpa de muchas de las cosas que ocurren en este país la tiene Dios, quien, como todo el mundo sabe, es de Bilbao. Aunque, según las últimas informaciones, también pudiera ser de un pueblo de la provincia de Lleida, lo que de confirmarse podría acarrear un cisma de proporciones tan exageradas que ríanse ustedes del que se organizó hace siglos entre Roma y Avignon.

Sea como fuere, y a la vista de estos antecedentes, a quién le puede extrañar que ese martillo de herejes que es el presidente del Partido Nacionalista Vasco Xabier Arzalluz amenace al Vaticano con tomar medidas en el caso de que éste se decante por un obispo no vasco para dirigir la diócesis del Nervión.

Porque vale que, en aras de la tolerancia y la comprensión universales, el entrenador del Athletic sea holandés, alemán o sueco, pero de ahí a que el obispo de Bilbao sea de Villanueva del Campillo, provincia de Avila, media un abismo insalvable, ya que es notorio que los obispos son como los delegados del Gobierno o los gobernadores civiles, pero en santo, por lo que el injerto espiritual que pretendía la Iglesia en Euskadi no es sino un sacrilegio horrendo que merece poco menos que la excomunión «a divinis».

Gracias por otra parte a la clarividencia y amplitud de miras del portavoz del PNV en el Congreso, Iñaki Anasagasti, los españoles han podido en los últimos días quitarse la venda que durante tanto tiempo han tenido sobre los ojos y percibir la auténtica y única realidad sobre la separación entre la Iglesia y el Estado, cual es que los obispos tienen, además de un perfil pastoral, otro político. «Si no fuera así, nosotros no diríamos nada», concluyó generosamente el diputado Iñaki Anasagasti.

A todo esto, Ricardo Blázquez Pérez -«un tal Blázquez» para los amigos de la opinión pública-, observa a sus 53 años cómo, sin comerlo ni beberlo, su hipotética carrera hacia el Papado ha quedado truncada, ya que si no puede ejercer en el Cantábrico, cómo diantres podrá hacerlo a orillas del Tíber, donde nadie habla cualquiera de las lenguas españolas desde tiempos de los Borgia.

Localizado por este periódico el pasado viernes en su domicilio particular, el actual obispo de Palencia se mostraba entre consternado y atribulado por encontrarse «en medio de esta movida tan profunda. Yo no tengo ni arte ni parte. Yo no he buscado esta situación», decía con tono compungido al tiempo que se negaba a extenderse en sus apreciaciones sobre el particular. «Después, cuando todo esto pase, después».

Considerado como un hombre de gran formación académica, Blázquez tiene también fama de buena persona y de tener un carácter afable, aunque estas características corran parejas con su tendencia al exceso de didactismo y, por qué no decirlo, a la pesadez. En Palencia aún se comenta la Semana Santa en la que, tras la entretenida y alegre intervención del pregonero, el monseñor obsequió a sus feligreses con una hora y pico de disertación sobre todo tipo de disquisiciones espirituales, lo que no fue muy bien acogido por las charangas, chiringuitos y establecimientos que sólo esperaban el fin del que suponían iba a ser un breve discurso para dar rienda suelta a los aspectos más lúdicos y hedonistas de la fiesta. «Aprovecha la mínima para adoctrinar», afirman quienes le han tratado.

Es sin duda Ricardo Blázquez un sacerdote a la antigua usanza, cuya guía es el voto de obediencia. Lo que le dicen va a misa. Flemático, nunca se ha distinguido por sus intervenciones en el terreno de lo público, lo que le ha supuesto la imagen de hombre gris y sin iniciativa.

Hijo de agricultores -«es muy andarín»-, su madre se encuentra estos días enferma, adversidad contra la que lucha a base de fe y teología, especialidad en la que es un experto y sobre la que ha escrito diversos libros. Es además vicerrector de la Universidad Pontificia de Salamanca, donde ha impartido clases durante catorce años, y quien dirige la sección española de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antigua Inquisición, lo que habla bien a las claras de su tradicionalismo. De hecho, uno de los motivos de su llegada a Palencia hace tres años fue el de transformar lo realizado previamente por su liberal antecesor, Nicolás Castellanos, quien finalmente abandonó la mitra para irse como misionero a Bolivia.

No serían estas circunstancias, sin embargo, las que impedirían el acceso del prelado a la diócesis de Bilbao, sino, al parecer, su presumible escaso conocimiento de la realidad vasca. Por no hablar de su código genético o su grupo sanguíneo, aspectos que nos permiten parafrasear al célebre alcalde de Zalamea cuando decía eso de que «el Rh es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios».

Al contrario, el candidato fetén para ocupar el puesto que dejará vacante por edad Luis María Larrea y Legarreta, sería Juan María Uriarte Goiricelaya, por la presente obispo de Zamora. Eso sí que es un obispo como Dios manda para Arzalluz. Dónde va a parar. Nacido en Fruniz (Vizcaya) hace 62 años, es hijo de artesanos, habla euskera, ha sido obispo auxiliar de Bilbao y, sobre todo, siempre llama a su amigo Javier Clemente cada vez que éste pierde un partido. Aunque sea de la selección española, lo que es de agradecer.

Licenciado en Teología y Psicología -esta última por la Universidad belga de Lovaina-, es sin duda un personaje más atractivo para cualquier nacionalista vasco que se precie. A pesar de los recelos iniciales hacia su persona que surgieron en su nuevo destino por parte de los sectores más recalcitrantes -en todas partes cuecen habas-, Uriarte ha sabido ganarse en poco tiempo, por supuesto que en más de una hora, el aprecio y el respeto de la sociedad zamorana. Su nombre ya sonaba el año pasado como nuevo obispo de Bilbao, pero él, que es poco amigo de los conflictos, nunca dijo nada que no estuviera relacionado directamente con su prelatura castellana.

De talante abierto y hasta campechano, este forofo del Athletic tiene fama de cauteloso, pero no de pusilánime. Dos años después de su llegada a la tierra de doña Urraca, tomó cartas en el asunto de la Semana Santa, que llevaba camino de convertirse en una bacanal. De este modo, trasladó la misa que se celebraba en la Plaza Mayor a la catedral, mientras que aleccionaba a las diferentes cofradías para que encontraran vertientes más sociales y comprometidas en sus actividades festivas. Asimismo, cambió de puesto a sacerdotes que por el tiempo que llevaban en su parroquia ya tenían casi derecho de pernada, estimuló la creación de movimientos juveniles y de voluntarios y se expresó sin pudor en cuanto asunto de actualidad salía a la palestra. He aquí algunas de sus opiniones, reflejadas en La Opinión- El Correo de Zamora: «Los mecanismos legales contra la corrupción no han sido los adecuados». «Soy especialmente sensible a las tragedias que suponen los asesinatos cometidos por los terroristas». «Doy ánimos a los miembros de la Guardia Civil». «La huelga general quiere recoger el profundo malestar de la sociedad». «Creo que debo permanecer en la diócesis zamorana unos cuantos años». «Pido a las instituciones que ayuden a cuidar el patrimonio cultural». «Aconsejar el voto es una actitud paternalista», o «el GAL no puede justificarse como guerra sucia frente al terrorismo».

Tanto movimiento, tanto taranconismo militante, no podía gustar al nuncio de su Santidad, Mario Tagliaferri, quien según Anasagasti es un «cura trabucaire» de «visión decimonónica». El caso es que el nuncio seguía sospechando del clero vasco por su progresismo, a pesar de que la historia nos dice que fue nido de carlistas y germen del terrorismo etarra. Su desprecio hacia las propuestas que se le hicieron fue lo que desencadenó este galimatías y la causa de que hoy se asegure que su intención es la de aislar al obispo de San Sebastián, José María Setién, «un profeta en su tierra que sabe estar en sintonía con su pueblo», palabra de Anasagasti.

La declaración oficial, el viernes, del Partido Popular sobre el asunto contribuyó a politizar absolutamente el futuro nombramiento del prelado bilbaíno, en un tono que rememora los tiempos del franquismo y su famosa terna para elegir.

Para arreglar la situación, el pasado jueves el obispo de Solsona, Antoni Deig, sacó a relucir su ponderado juicio al asegurar que en Cataluña todavía hay demasiadas misas en castellano.

Quienes piensan que también hay obispos tontos aún no han dicho nada, pero no cabe duda de que la teoría del prelado se enmarca en la pretensión que desde hace años mantiene la Iglesia catalana para erigirse como Conferencia Episcopal, independiente de la española. Al fin y al cabo, salvo en el caso de Ricard María Carles, que es valenciano y a la vez obispo de Barcelona, el resto de los prelados de las ocho diócesis catalanas son del lugar. Un agravio más que añadir a la lista de Anasagasti y Arzalluz, aunque hay que añadir para su consuelo que existen otros seis obispos vascos, al margen de los ya mencionados, que dirigen o han dirigido recientemente diferentes diócesis españolas. Y hasta se ha pensado en un navarro, monseñor Asurmendi, para pastorear en la catedral de Vitoria.

El nacionalismo no es un hecho reciente en el seno de la Iglesia española. De hecho lleva instalado en ella mucho tiempo, cuando no se ha servido directamente de sus medios e impunidad. Además, el pasado seminarista de varios líderes políticos sigue presente en algunos aspectos treinta años después de que entonaran su último «Te Deum», mientras que en otros se echa en falta cierta tolerancia y la capacidad de amar que les predicaron. Es tanta la confusión, que ya no hay dios que los entienda.

09 - Septiembre - 1995

Ricardo Blázquez

José Manuel Vidal

«Bajo, gordito, calvo, feo, cabezón, pesado y más carca que Guerra Campos», así define al que hasta hace unas horas fue su obispo un cura palentino. Pero, a sus 52 años, algo más debe tener monseñor Ricardo Blázquez para que, en menos de diez años, pasase de ser un oscuro profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca a convertirse en uno de los obispos más conocidos y polémicos del país.

Hijo de una familia de humildes agricultores de Villanueva del Campillo (Avila), donde nació el 13 de marzo de 1942, Ricardo Blázquez encontró en el seminario su oportunidad de estudiar y hacer carrera. Era la única salida que, en aquella época, tenían los hijos de los labradores pobres para poder estudiar y encontrar acomodo social para ellos y para sus familiares.

«Ricardito», como entonces le llamaban, no desperdició la ocasión. De talante reservado, tímido y bonachón, era de esos seminaristas que no destacan en nada. Quizás por eso, se centró en los estudios y en la espiritualidad. «Pasaba por ser un santo y un buen estudiante», dice uno de sus ex compañeros de seminario.

A fuerza de voluntad y codos, consiguió un magnífico expediente académico, conditio sine qua non, -como él sabía muy bien-, para poder aspirar a seguir estudiando y escalando peldaños en el escalafón eclesiástico. Y así fue. Ordenado sacerdote el 18 de febrero de 1967, su obispo -que ya se había fijado en sus cualidades espirituales e intelectuales- le «premia» con una beca para doctorarse en Teología, nada menos que en la Universidad Gregoriana de Roma, la «cuna» de los Papas.

Con su flamante título de doctor en la mano, Ricardo Blázquez es nombrado secretario del Instituto teológico abulense y educador del seminario. Más tarde pasa incluso a ser el director del teologado de Avila en Salamanca. Allí, en la universidad Pontificia no destaca en absoluto, tapado por la brillantez de teólogos como Olegario González de Cardedal. Sin embargo, poco a poco y como la hormiguita, va escalando también puestos dentro del escalafón universitario.

Primero llega a vicedecano de la facultad de Teología y más tarde consigue uno de sus sueños dorados: la cátedra de Teología Dogmática de la Pontificia de Salamanca. Conseguido su objetivo, Ricardo Blázquez se dedica a escribir algún libro de poco éxito, como Jesús sí, la Iglesia también o Jesús, el evangelio de Dios.

Eficiente y poco brillante, sus clases eran consideradas «un peñazo» por muchos seminaristas, sobre todo los de talante más abierto. No en vano, ya en aquella época, Ricardo Blázquez se convierte en el «teólogo de los Kikos» o Neocatecumenales. Se trata de uno de los movimientos neoconservadores fundado en España por Carmen y Kiko Argüello. Un movimiento cerrado, archiconservador y con tintes de fanatismo y sectarismo, como acaban de denunciar varios obispos de Inglaterra y dos cardenales tan prestigiosos como los italianos Saldarini y Piovanelli.

Pero su rancia teología, su sumisión a ultranza a las consignas teológicas de Roma le colocan en el punto de mira del Nuncio, Mario Tagliaferri, que busca eclesiásticos «fieles y absolutamente fiables», para cambiar el mapa episcopal español. Y en 1988 le nombra obispo auxiliar de Santiago de Compostela, donde acompañó durante cuatro años, al entonces arzobispo de la diócesis gallega, Antonio María Rouco.

En Santiago pasó con más pena que gloria. «Aquí fue un simple recadero del arzobispo», dice un cura santiagués. Aunque, una vez saltó a los «papeles» por ofrecerse de mediador entre las autoridades civiles y los presos de los GRAPO, que, en aquel momento -junio de 1990- se declararon en huelga de hambre indefinida. «Creo que es una causa humana muy clara y la voz de la Iglesia tiene que hacerse oír».

Su firmeza doctrinal le catapultó, en 1992, a la sede palentina, para sustituir a un obispo tan carismático como Nicolás Castellanos, que dejó la mitra para irse a misiones a trabajar con los más desfavorecidos de la selva de Bolivia. «Aquí vino con una consigna clara de meter en vereda a una diócesis demasiado liberal para el gusto del nuncio», dice un párroco palentino. «Y a fe que lo hizo -añade-. Con mucha suavidad, pero con una firmeza extraordinaria, fue tirando abajo todo lo que había hecho Nicolás».

Y eso que monseñor Blázquez no habla, susurra; camina como el que nunca ha roto un plato y es tan tímido que se pone colorado a las primeras de cambio. Pero todo lo que tiene de afable, cariñoso y sencillo en apariencia, lo tiene también de duro y correoso en sus convicciones. Es el clásico cura a la antigua usanza, recriado a los pechos de los «kikos», cuya guía es el voto de obediencia y la fidelidad más absoluta a Roma.

No en vano es el actual director de la comisión episcopal de la Doctrina de la Fe, la sección española del dicasterio romano para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), presidido por el cardenal germano y «guardián de la ortodoxia», Joseph Ratzinger.

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