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El Príncipe Felipe se casa con la periodista Letizia Ortiz en una boda oficiada por el obispo Antonio Mª Rouco Varela

HECHOS

El 22.05.2004 el cardenal arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco Varela ofició la boda entre el príncipe Felipe de Borbón y la periodista Dña. Letizia Ortiz.

Momento en el que el cardenal azobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco Varela oficia los votos del S. A. R. Príncipe Felipe y Dña. Letizia Ortiz:

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TVE cambió a los tertulianos previstos por Urdaci para la emisión de la boda por Ana Blanco, Carmen Enríquez y Manuel Román:

Urdaci_ana_blanco La versión del Sr. Urdaci:

La boda del Príncipe se acercaba. De repente, sin más explicación y a tan sólo unas horas del acontecimiento, lo que habíamos preparado en largas reuniones durante meses desaparecía de la escena sin tiempo a reaccionar y a que aquellos tres expertos (Fernando Rayón, José Carlos Sanjuán y José Luis Sampedro) buscaran alternativas de trabajo en otros medios. La única explicación que Llorente dio a su intermediario, al encargado de comunicar tan desagradable noticia, fue que no les necesitaba, que le bastaba con gente de la casa, con Ana Blanco, Carmen Enríquez  y Manuel Román, y que el diseño que yo había preparado era rancio y antiguo. El programa, al margen de las polémicas exageradas por la realización, fue pobre, y el esquema improvisado a última hora no tuvo la más mínima capacidad para interpretar el sentido y los pasos de un rito en el que el más pequeño detalle está cargado de significado y mensajes, y por tanto merece y necesita una explicación.

Las lagunas de los tres comentaristas fueron constantes, pero especialmente visibles durante la ceremonia religiosa. Estaba previsto que algún sacerdote ilustrara lo que iba pasando, pero las órdenes de Llorente suprimieron esa asesoría. Dado su desconocimiento en asuntos religiosos y litúrgicos, los tres encargados apenas pudieron comentar lo que estaba ocurriendo durante la misa y permanecieron muchos ratos callados.

Los errores abundaron también durante otros momentos de la transmisión. A Jaime Martínez Bordiú le llamaron ‘hijo de la condesa de Villaverde’. Cuando llegaba Laurent de Bélgica, como no sabían su nombre, dijeron simplemente ‘el príncipe’. Confundieron al duque de Aliaga con el Duque de Huescar, al otro arquitecto de la Almudena le llamaban ‘Sidra’ cuando se llama Sidro, a la reina Rania de Jordania le decían princesa y no se dieron cuenta de que la que iba con ella era la reina Muna, madre del monarca jordano. Mientras los realizadores se empeñaron en sacar varias veces la imagen de Carmen Caffarel, la directora general de RTVE, los comentaristas demostraron desconocer los nombres de los ministros: “Son tan nuevos – explicó uno de ellos- que no les conoce casi nade’.

Alfredo Urdaci

23 - Mayo - 2004

Compromiso en el patio del príncipe

José Antonio Zarzalejos

“Soy un hombre feliz”, proclamó el Príncipe de Asturias en su disertación durante el almuerzo de celebración de su enlace matrimonial; y resonó la sinceridad del aserto en el Patio del Príncipe del Palacio Real, convertido con esmero y sensibilidad en un espacio inédito de evocaciones históricas. «Imagino -dijo el Heredero- que salta a la vista». Y, efectivamente, saltaba a la vista que el matrimonio real que ayer se celebró en Madrid sólo tenía un fundamento profundo: el auténtico enamoramiento de Don Felipe de la ya Princesa de Asturias, Doña Letizia. Pero también resultó diáfano que en su discurso, medido, responsable, solemne y familiar, con un tono elocuente y seguro, el primogénito de los Reyes de España estaba superponiendo un compromiso político y constitucional resuelto y definitivo, trasladado a la Nación en palabras sencillas e inteligibles: «El servicio a los españoles es el gran compromiso personal e institucional con que Letizia y yo iniciamos ahora un nueva etapa en nuestra vida». Pero, Don Felipe, con una técnica oratoria repetitiva sin parecerlo, insistió: «El compromiso que Letizia y yo hemos asumido hoy trasciende lo meramente personal». La remisión del Príncipe al «ejemplo impagable de Sus Majestades los Reyes» compuso toda una declaración de principios en la que sobresalió, de nuevo, «el compromiso permanente de que la Corona siga contribuyendo a la estabilidad institucional de España, a la integración y cohesión de los españoles y a ser garantía de su libertad y progreso». El hombre que sellaba «ante Dios y ante la sociedad»su «amor» remató con una especie de juramento íntimo y personal dirigido a su padre el Rey: «Majestad: no tengáis ninguna duda de que siempre pensaremos en España y de que toda nuestra vida estará dedicada al bienestar de los españoles».

Don Felipe habló ayer por sí y por la nueva Princesa de Asturias y ambos merecen la confianza, el apoyo y la colaboración generales. Es momento de que cesen ya la frivolidades irresponsables que tratan de convertir este matrimonio real en un relato banal; que se acabe ya con el hipercriticismo cruel con el que, inquisitivamente, se contemplan, comentan -hasta la recreación- aspectos personales de la Princesa de Asturias, que desde ayer, con y a través de su marido, ha expresado rotundamente que su relación personal y su propio futuro se proyectan también a su labor institucional.

El Príncipe se ha casado por amor y al hacerlo han saltado tradiciones, pautas de comportamiento y, sobre todo, determinados factores de comprensibilidad de la Monarquía, pero ésta se fundamenta no sólo en los ritos, en las costumbres y en las inercias, sino también, y fundamentalmente, en la voluntad de servir a su función de aquéllos que la encarnan. S.A.R. Doña Letizia ha demostrado temple, capacidad de aguante y una receptividad extraordinaria en el aprendizaje de sus responsabilidades. Lo ha ido logrando en muy poco tiempo, en ocasiones, acosada; sometida, primero, a la alabanza pública, y, más tarde, a una crítica, entre sibilina y grosera, que la ha diseccionado de forma hiriente. La Princesa de Asturias ya no es sólo la que fue, sino la que es y la que será. El futuro está abierto, bien cimentado en su compromiso y en el de Don Felipe, que se reclama subordinado al ejemplo de sus padres los Reyes. En el Patio del Príncipe, en ese recinto recreado como jamás pudieron pensar sus antepasados, se quebraron algunos protocolos, se respiró un aire desconocido de desenfados heterodoxos, pero lo sustantivo es que se constituyó un compromiso esencial para España, formulado por un Príncipe que matrimonia por amor y que en ese sentimiento profundo mistifica lo personal con lo institucional. Unos futuros Reyes que sean felices garantizan mejor que España también lo sea. Confianza y apoyo, pues, a Don Felipe y Doña Letizia, tanto por ellos como por la estabilidad, la unidad y el progreso de nuestra Nación.

José Antonio Zarzalejos

23 - Mayo - 2004

Bodas democráticas

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

No falta mucho para que se cumplan 30 años desde que el rey Juan Carlos accedió a la Jefatura del Estado, y puede decirse que la de ayer fue la primera ceremonia en la que la Monarquía ha sido por sí misma, y no por los deberes constitucionales que le corresponden, el centro de atención de la vida del país. La sobriedad con la que desde el primer momento don Juan Carlos y doña Sofía decidieron ejercer sus funciones ha propiciado el que los españoles estén más familiarizados con la idea de que viven bajo un sistema democrático que bajo una monarquía. De ahí que muchos ciudadanos, e incluso responsables políticos que representan a partidos de tradición republicana, no hayan dejado nunca de manifestar su lealtad hacia el titular de la Corona, más que a la propia institución que representa.

La boda del futuro rey de España, celebrada ayer con la asistencia de 1.700 invitados de todo el mundo, constituyó el primer acto de la que, con el tiempo, será una de las pruebas decisivas para un sistema al que debemos el más largo periodo de estabilidad y prosperidad de nuestra historia reciente: la sucesión en la Jefatura del Estado en virtud de la legitimidad dinástica, asumida y avalada por la Constitución de 1978. Hasta ahora, las previsiones de la Carta Magna han permitido que partidos de diverso signo accedan al poder y lo abandonen en función del voto mayoritario de los ciudadanos, tanto en el ámbito estatal como en el municipal y el autonómico. La ceremonia de ayer venía a ser un primer recordatorio de que, más allá de la alternancia de los partidos, el sistema estará plenamente consolidado cuando el príncipe de Asturias encarne la Jefatura del Estado y consiga para sí mismo y para quien haya de sucederle el mismo grado de aceptación popular y política que su padre, el rey Juan Carlos.

El asentimiento hacia la Monarquía incluye el de sus ritos, y el de la boda del heredero -que en el futuro podrá ser también heredera, de prosperar la reforma constitucional anunciada por el nuevo Gobierno socialista- es uno de los más relevantes. No tiene por ello sentido la idea de que hubiese resultado preferible rebajar la solemnidad de los actos, aunque sí cabe recordar lo mucho que se juega la institución, y por tanto, el actual sistema democrático, en el periodo que se abrió ayer.

La España en la que se ha celebrado el acontecimiento, incluso la ciudad misma en la que se ha desarrollado, son una muestra simultánea de lo mucho que se ha avanzado en este cuarto de siglo y lo mucho que queda por avanzar. El equilibrio entre ambas cosas, pasado y futuro, no resultaba sencillo, y por eso nada tiene de extraño que las opiniones sobre la ceremonia se hayan mostrado discretamente divididas. Esta disonancia es también una prueba de que el respeto con el que se ha tratado a la Corona y a todo cuanto la rodea es resultado de un juicio libre de los ciudadanos, no de una imposición ni de un tabú.

Sobre los organizadores de la ceremonia recaía la responsabilidad de mostrar una ciudad que, sin olvidar los trágicos acontecimientos del 11 de marzo, diese pruebas de su capacidad para afrontar las exigencias institucionales, por grandes que sean los desafíos emocionales y de seguridad. Éste ha sido sin duda uno de los grandes logros del día de ayer, sin olvidar el expreso propósito de la Casa Real por incorporar a la celebración a todos los poderes del Estado y fuerzas políticas parlamentarias. La boda, con todo su contenido y encanto popular, aunque lamentablemente no respetada por la lluvia, ha significado así un momento mágico y excepcional de proyección mundial de la imagen de Madrid, de España y de su Monarquía.

Si la actitud de la Monarquía ha sido en todo momento integradora, mostrándose respetuosa, incluso, con quienes han preferido no participar en las celebraciones, otras instituciones han preferido dar prioridad a sus criterios, sin reparar en si eran compartidos o no por la mayoría. En unos casos se ha impuesto, así, una estética religiosa que no es representativa de cuanto se produce en nuestro país, y en otros se ha carecido de sensibilidad para distinguir entre solemnidad y espectáculo. Quizá por la influencia de unos medios de comunicación que, en los últimos años, han hecho de la banalidad y de los asuntos del corazón uno de sus asuntos principales. Aun tratándose de un género de acontecimientos que parece pertenecer a la misma esfera, conviene recordar que la jornada de ayer protagonizó algo enteramente distinto, más relacionado con la estabilidad y la vigencia de nuestro sistema democrático que con los ecos de sociedad.

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