El príncipe heredero Carlos del Reino Unido se divorcia de su esposa Lady Di

HECHOS

El 10.12.1992 el primer ministro británico informó a la Cámara de los Comunes de la separación.

10 - Diciembre - 1992

¡Dios salve a la Reina!

Jaime Peñafiel

DEFINIR la separación -que no divorcio- de los Príncipes de Gales, Carlos y Diana, como la historia de una ruptura anunciada no deja de ser elocuentemente expresivo, por vulgar, manido y poco imaginativa que la frase pueda parecer. Porque ya el día 9 de junio de este año la prensa británica especuló con la posibilidad de un divorcio de los Príncipes de Gales, que llevaban ya vidas independientes. Al mismo tiempo, Buckingham emitía indicaciones de que tal divorcio, de producirse, no causaría ninguna crisis constitucional ni impediría el futuro acceso al trono del príncipe Carlos. Por ello, cuando ayer el primer ministro británico, John Major, en un discurso inesperado ante la Cámara de los Comunes, anunciaba con solemnidad y dramatismo la separación de los cónyuges, se limitaba a oficializar una situación de hecho. Porque el matrimonio de la frívola Lady Di con el complicado príncipe Carlos ya no existía desde hace años. Sólo la hipócrita moral de la familia real británica había logrado prolongar la farsa e impedir que este matrimonio acabara como los de su tía la princesa Margarita y de sus hermanos Ana y Andrés, de brevísima trayectoria.

Si hace unos años le hubieran dicho a Isabel de Inglaterra, la muy soberana Reina por excelencia, que la vida sentimental de los miembros más allegados de su familia iba a discurrir de la forma que lo ha hecho, no lo hubiera creído jamás. Primero fue Margarita, a quien la intransigencia de su hermana la Reina -eran otros tiempos y otra Corte orgullosa de sus prejuicios- le impidió que se casara con el coronel Townsend para hacerlo, años más tarde (¿cómo revancha?) con un fotógrafo bohemio y cínico llamado Tony Armstrong Jones, completamente opuesto al bello coronel Peter Townsend. Todo el mundo se preguntó entonces, y sigue aún preguntándose, cómo Margarita, que había amado en Townsend su seriedad, su pasado de héroe, su nobleza, su pureza pudiera decirse, pudo enamorarse de nuevo y amar a un Tony que, aunque poseía ciertamente numerosas cualidades, no tenía ninguna de las que ella admiraba en el heroico aviador de la RAF. ¿Era ésta la misma princesa a la que su hermana había arruinado la vida arrojándole en brazos de un fotógrafo con el que se casa y se divorcia dando la primera gran campanada de la casa real? La Reina, tan escarmentada en todo lo que se refiere: a inmiscuirse en los problemas del corazón, no pone ninguna objeción cuando su hija Ana, primero, sus hijos Carlos y Andrés después, deciden casarse con quienes les da la real gana, porque piensa la Reina que lo hacen por amor. ¿Iba esta actitud de la Reina significarles a Carlos y a Andrés, superados ya los matrimonios por razón de Estado, la felicidad eterna? Ni siquiera aquéllos que se casan por amor tienen esa garantía hasta el infinito, y así ha podido verse, sucesivamente, en todos y cada uno de los miembros de la familia real británica. Por tanto, cuando Carlos y Diana deciden unir sus vidas «hasta que la muerte [les] separe» -seamos un poco más pragmáticos y digamos «hasta que la felicidad se acabe», no tenían garantizado el amor eterno. Pero al menos era un buen principio. Que una muchacha se enamore, incluso que una muchacha sufra, son cosas del amor nuestro de cada día. Pero hay algo triste y casi trágico en las personas que llevan sobre sí la representación de la realeza. Estas muchachas, algunas veces bonitas o muy bonitas, como Diana, padecen el destino de quienes lo tienen unido al prestigio de la Corona. Este prestigio de las monarquías se ha hecho más vulnerable desde que, en las familias reales europeas, Bélgica con Fabiola, Suecia con Silvia, Noruega con Sonia, Mónaco con Grace, Holanda con Klaus y Dinamarca con Henrick, se impusieron las uniones por amor frente a los matrimonios de Estado, por lo general más duraderos, ya que en ellos todo se limita a un simple contrato, dando por sentado, y aceptando ambas partes desde el primer momento eso de que cuando hay matrimonio sin amor suele existir siempre amor sin matrimonio. Llámese Camila Parker-Bowles.

Pero a los matrimonios motivados por amor les suele ocurrir lo que a las democracias: que son más vulnerables que las dictaduras. De lo que no existe la menor duda es de que el matrimonio de Lady Di y el príncipe Carlos fue por amor. La boda había sido el final feliz de un apasionado romance. Ante una enorme multitud que los vitoreaba el 29 de julio de 1981, Carlos y Diana se besaron. Ella acababa de cumplir 20 años y estaba enamorada. El, que tenía 33, parecía estar no menos enamorado que ella. La popularidad de la familia real británica se encontraba en su punto más alto. Lo efímero parecía indestructible, eterno, incluido el amor, tan vulnerable. Once años después, la princesa Diana de Gales, aquella novia feliz, autoriza, colabora, inspira un libro (Diana su verdadera historia) del escritor británico Andrew Morton, grito desesperado, que pone de manifiesto la tragedia de dos vidas condenadas a representar un papel por razones de Estado cuando en realidad se trata de un hombre y una mujer que habían dejado de amarse y cuyo desamor llevó a Diana a intentar suicidarse seis veces sin conseguirlo ni una sola. El libro demostraba, como el comunicado de John Major ante los Comunes, que el «matrimonio del siglo» estaba definitivamente roto y que Diana no será jamás reina de Inglaterra, aunque el primer ministro haya declarado, con un desconocimiento total de la materia, que «no hay ninguna razón para que la princesa de Gales no sea coronada reina eventualmente (?) en el caso de que el Príncipe Carlos suba al trono». No hace falta ser un experto en estas cuestiones para advertir cierta duda en las palabras del primer ministro sobre el porvenir del príncipe de Gales como rey, que tampoco lo será nunca. ¿Tan frágil es la institución monárquica como para poner en duda su continuidad en este caso en el Reino Unido, por mor de unas conductas disolutas de sus miembros? Dos frívolas muchachas, Diana y Sarah, han asestado un golpe -¿mortal?- a la sólida Corona británica, una institución cuyo prestigio se basa, como todas las monarquías, en las conductas de quienes las encarnan. Hasta ahora, la Reina Isabel era la representación máxima de la realeza, algo así como el prototipo -entre otros muchos motivos, por su dignidad, que parece haber naufragado en un «annus horribilis». Hoy más que nunca, el iDios salve a la Reina! es un dramático grito que retumba en el corazón de todos los titulares de las monarquías europeas.

Desde hoy, un matrimonio que lo fue por amor, será, en el mejor de los casos, un matrimonio de Estado («los príncipes de Gales continuarán con sus actividades oficiales, a pesar de que mantendrán programas separados en la vida pública», explicó Major). Un matrimonio que puede durar «hasta que la muerte los separe», porque al estar ese amor definitivamente roto no existe ya nada que se pueda romper. ¿Quiénes son los perjudicados de esta crisis en el seno de la Corona británica? Primero la institución. La Reina Isabel, como cabeza visible de esa institución, en segundo lugar. Tercero, todas las monarquías europeas, algunas de ellas no tan consolidadas como parecía estarlo la de Su Graciosa Majestad británica. Y, por último, los futuros compromisos matrimoniales de los herederos que, desde ahora, se analizarán más allá de lo humanamente permitido, a sabiendas de que quienes accedan a estas uniones deben tener presente que la Corona, aunque sea real, también tiene espinas. iDios salve, sí, a la Reina!

10 - Diciembre - 1992

El ecologista y la pánfila

Carmen Rigalt

Se veía venir y vino. Me refiero a la separación de los Príncipes de Gales, los atribulados Carlos y Diana. Major lo anunció ayer en el Parlamento afinando mucho su voz de claxon triste, como si quisiera preparar al pueblo para un luto múltiple y lloricón. Yo lo siento por los ingleses, que son muy monárquicos, pero me alegro por los príncipes, que no se sabe exactamente qué son pero las estaban pasando canutas aguantando el tipo. Carlos y Diana -separados, aunque no divorciados- zanjan así un rosario de especulaciones que se destapó hace dos años y que han llevado de cabeza a todo el país, empezando por la reina, cuya cabeza es la que más se lleva. Corresponde ahora a los expertos decir qué pasará con Carlos, con Diana, con los dos, o con ninguno de los dos. En este tema de las obligaciones reales los ingleses siempre hilan muy fino. El culebrón, sin embargo, no ha hecho más que empezar. Ahora desfilarán todos los personajes secundarios que han tenido algún protagonismo en la función. Por parte del novio testificarán Camila -amiga del príncipe, el marido de Camila, las confidentes del marido de Camila y así sucesivamente. Algún mayordomo despendolado venderá unas cuantas confesiones a la prensa amarilla y todo el mundo se pondrá las botas consumiendo morbo y melancolía. Por parte de la novia hablarán las amigas, las peluqueras y quizás algún cantante de rock encaramado en el sueño de la princesa. La familia, ni flores. Las familias reales están educadas para la discreción y se las conoce más por lo que callan que por lo que hablan. La reina Isabel, que lleva un año de órdago a costa de los hijos, mantendrá su semblante hermético y no cejará en su firmeza. El príncipe Carlos es ecologista y Lady Di es pánfila, circunstancias difícilmente conciliables. A Carlos le gusta pintar paisajes y Diana se las pinta sola para ser ella el único paisaje a la vista. En los últimos tiempos su sonrisa de mosquita muerta estaba invadida de tristeza. Lógico. También las pánfilas tienen derecho a la felicidad y Diana ha querido hacer valer este derecho por encima de los compromisos reales. Es, pues, una separación cantada que a muchos no nos dice nada. Si acaso, que en todas partes cuecen habas. Siempre es un consuelo.

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