El deterioro de su salud a la vez que se deterioraba la imagen de la institución en el país, clave en la decisión de uno de lo siete monarcas reintantes de Europa

El Rey Juan Carlos abdica como Jefe de Estado y Jefe del Ejército español en favor de su hijo el Príncipe Felipe

HECHOS

El 2.06.2014 el Rey Juan Carlos I compareció ante los españoles en todos los canales de televisión generalistas para anunciar su intención de abdicar como Jefe del Estado.

RUBALCABA GARANTIZA EL APOYO DEL PSOE AL REY FELIPE 

AbdicacionRubalcaba D. Alfredo Pérez Rubalcaba, secretario general del PSOE en funciones, compareció el mismo 2 de junio de 2014 para anunciar que el partido apoyaría la Constitución vigente y al Príncipe Felipe como nuevo Rey, en lo que suponía un desafío al ala más radical de su partido.

PRINCIPALES REACCIONES MEDIÁTICAS EL DÍA DE LA ABDICACIÓN:

ESPECIALES DE URGENCIA POR PARTIDA DOBLE TANTO EN MEDIASET COMO EN ATRESMEDIA

Por primera vez las dos canales de Atresmedia (ANTENA 3 TV y LA SEXTA) y los dos canales de Mediaset (TELECINCO y CUATRO) hicieron tertulias políticas a la vez, por lo que Dña. Ana Rosa Quintana, D. Jesús Cintora, Dña. Susanna Griso y D. Antonio García Ferreras presentaron sus especiales a la vez. Mientras que en TVE lo hizo Dña. María Casado.

D. Jesús Cintora de Mediaset tenía el problema de que su tertuliano estrella, D. Pablo Iglesias (líder de Podemos) estaba en Bruselas, pero pudo intervenir por conexión en una intervención que se prolongó durante casi 50 minutos.

06 - Junio - 2014

La utilidad de un rey

Juan Luis Cebrián

No nos encontramos solo ante un relevo generacional, sino ante un cambio de época

Es comentario habitual entre algunos de los integrantes de las monarquías europeas que la institución de la Corona, allí donde existe, pervivirá mientras siga siendo útil a la ciudadanía de sus respectivos países. Si este es el criterio por el que habría que medir la gestión del rey Juan Carlos, sería fácil otorgarle un sobresaliente cum laude.

Tildado por Santiago Carrillo, en la agonía del franquismo, como Juan Carlos El Breve, el propio secretario general del Partido Comunista Español acabó reconociendo los grandes servicios que el Rey prestó a la causa de la democracia y de la libertad de los españoles, y que explican por sí solos la larga duración de su reinado. Es más que probable que, aun sin la Corona, la España posterior a la dictadura hubiera conseguido la instauración de un régimen democrático. Pero con toda seguridad hubiera sido mayor el precio por pagar y más difícil el camino por recorrer. La presencia y actitud del Monarca, definido en su día por un líder político como el motor del cambio, resultaron definitivas a la hora de la modernización de nuestro país, su inclusión en el concierto de las naciones defensoras de las libertades democráticas, y la obtención de la estabilidad política y social que hemos vivido durante las últimas décadas. Quienes de una manera u otra formamos parte de la generación de la Transición somos testigos de ello. Por eso el Rey gozó desde hora temprana del apoyo y reconocimiento de los partidos políticos y organizaciones sociales que respondían a emociones republicanas, pero para los que era prioritaria la recuperación de las libertades.

No nos encontramos sólo ante un relevo generacional, sino ante un cambio de época en el que nuevamente la institución puede y debe servir de ayuda a la hora de solventar los serios problemas que enfrentamos
La sucesión en el trono se va a producir en momentos especialmente delicados de la vida española, acosados los ciudadanos por la crisis económica, desorientada la clase política, huérfano el país de los liderazgos necesarios, e inmerso en una confusión que amenaza tanto la cohesión territorial como la social. De forma que la utilidad de la institución monárquica sigue siendo un buen parámetro a la hora de apoyar esta nueva verdadera transición que constituye la asunción del trono por el Príncipe de Asturias. No nos encontramos sólo ante un relevo generacional, sino ante un cambio de época en el que nuevamente la institución puede y debe servir de ayuda a la hora de solventar los serios problemas que enfrentamos. Sin duda el más evidente desde el punto de vista estructural es la desafección creciente hacia el Estado que se percibe en Cataluña. La exasperante pasividad del Gobierno a este respecto no ha hecho sino empeorar las cosas. Por eso, si ya parecía evidente que era precisa una reforma constitucional que garantizara la continuidad del sistema emanado de la Transición, el paso dado este mismo lunes por el Rey la justifica aún más.

Para los que temen en este sentido verse abrumados por la acumulación de problemas, como pretexto para no enfrentarlos, conviene recordar que don Juan Carlos se hizo cargo de la Jefatura del Estado en momentos mucho más difíciles que los que ahora vivimos, y con menos resortes para responder a la situación. Una reforma adecuada del sistema constitucional, pactada entre las fuerzas políticas y sometida a la consulta y aprobación de los españoles, ayudaría mucho a que el reinado de don Felipe, a quien nadie atribuye hoy el adjetivo de Breve, sea tan fructífero y duradero como el de su padre.

Juan Luis Cebrián

02 - Junio - 2014

Aire Fresco

Antonio Caño

Don Felipe tiene una oportunidad para levantar el ánimo de sus compatriotas

La semana pasada, este periódico publicó un editorial que cobra hoy fuerza y vigencia. Su título, Garantía de futuro, era el recordatorio de que la máxima institución de nuestra democracia tiene un brillante porvenir y que la jefatura del Estado pasará a manos de un hombre altamente cualificado, prudente, atento a los deseos de la sociedad de la que forma parte y consciente de la particular relación de la Corona española con un pueblo que no es vocacionalmente monárquico.

Hace más de 20 años ya escuché a don Felipe, entonces un joven estudiante, explicar que solo reinaría si los españoles así lo querían, y que todos sus esfuerzos estarían dedicados a ganarse el respeto, el cariño y la confianza de los ciudadanos, tal como su padre le enseñó.

Desde aquel momento, el Príncipe ha sabido actuar en esa dirección. Tanto en sus constantes recorridos por España como en sus frecuentes viajes al extranjero, ha demostrado sensibilidad en los momentos de dolor, interés por el progreso de un país que es hoy muy diferente al de la coronación de don Juan Carlos y responsabilidad en la defensa y la promoción de los intereses de España. Es especialmente relevante la asiduidad con la que don Felipe ha visitado en los últimos meses Cataluña, cuya lengua ha aprendido y donde tiene su primer gran reto.

El Príncipe será coronado a los 46 años. No es ya un muchacho, pero sí es aún un representante de la generación que está asumiendo las máximas responsabilidades en la política, la economía y otras áreas decisivas para definir el futuro. Le corresponde, por tanto, capitanear ese relevo generacional.

Algunos modelos del pasado están ya agotados, como lo están algunas de las figuras que los desarrollaron. El clamor del país por aire fresco, nuevas ideas y nuevas energías es evidente para todo aquel que esté en contacto con la calle.

El Príncipe puede traer ese aire. Don Felipe ha seguido de cerca la transformación que se ha producido en el mundo en las últimas décadas, incluidos los movimientos en otras monarquías europeas; conoce las nuevas tecnologías y las personas que están marcando el horizonte hacia el que nos movemos todos. Será sencillo para él identificar cómo viven hoy los jóvenes y qué es lo que quieren.

El éxito de su reinado depende de ello. España es hoy un país sometido a muchas incertidumbres. Nada se puede dar por descontado. Una encuesta reciente publicada por este periódico demostraba que una mayoría de menores de 35 años ve con buenos ojos el relevo en el Trono, pero al mismo tiempo se declara republicana. Esa es una realidad desde hace mucho tiempo y, probablemente, lo seguirá siendo en las próximas décadas.

No debe ser eso un problema para don Felipe, que cuenta con muchos amigos que también son republicanos. Su problema será el de responder a las expectativas, devolverle a esta nación la ilusión que la crisis económica y las disfunciones de las principales instituciones han destruido.

No será fácil. Esta es, en estos momentos, una sociedad profunda y justificadamente escéptica. Después de múltiples casos de corrupción y mal gobierno, los españoles tienen razones sobradas para dudar de sus dirigentes.

Don Felipe, que ha sabido salir incólume de los malos tiempos sufridos también dentro de su propia familia, posee hoy una oportunidad única de levantar los ánimos de sus compatriotas. Capacidad tiene parahacerlo. Hace falta también que encuentre la inspiración y la valentía que se requerirán para conseguirlo.

Antonio Caño

03 - Junio - 2014

Cumplir siempre con lo que España os pida y de vosotros espera...

Jaime González

En este lunes en el que las cruces cortan el latido más íntimo y universal del inmenso corazón de España me lleva a gritar: ¡Gracias, Majestad! ¡Viva el Rey!

En este lunes en el que se ha escrito una de las páginas más trascendentes de la historia de España, las valoraciones –incluso las más profundas y sensatas– adquieren un valor relativo. Lo único absoluto es la decisión del Rey de abdicar en favor de su hijo, una renuncia que se presta a todo tipo de interpretaciones, pero cuya explicación no necesita de alambicadas hipótesis ni de profusas exégesis. La clave de lo ocurrido etá en las palabras que Don Juan Carlos pronunció en 1977 en Covadonga, donde ‘el corazón inmenso de España alcanza su latido más íntimo y universal’ con motivo de la proclamación de Don Felipe como Príncipe de Asturias.

“Esa Cruz de la Victoria que llevas sobre el pecho – dijo el Rey con tono firme dirigiéndose al que un día sería su Heredero – es efectivamente, una victoria que hemos de conquistar todos los españoles. Esa Cruz no es rica porque esté compuesta de piedras y esmaltes, sino porque significa, ni más ni menos, la solidaridad de todos los españoles y su voluntad de sobrevivir como nación. Su voluntad de seguir con orgullo su camino, con el mismo orgullo con que un día iniciaron aquí, en estas montañas, su identidad nacional. Esa Cruz significa también tu cruz. Tu cruz de Rey. La que debes llevar con honra y nobleza, como exige la Corona. Ni un minuto de descanso, ni el temblos de un desfalecimiento, ni una duda en el servicio de los españoles y a sus destinos. En esa obra bien hecha, en esa voluntad de superación, yo quiero ue tú, Príncipe de Asturias, te sientas entrañable y crucificado. Esa cruz te exige a ti, y a todos los españoles, cuyas generaciones jóvenes representas, cumplir siempre con lo que España os pida y de vosotros espera. Yo te pido, en nombre de los españoles, que nunca decaigas… Por todo ello, di conmigo, desde este lugar, y para que nos escuchen todos los españoles: ¡Viva España!”.

Aquellas palabras del Rey – hace hoy 37 años – explican los motivos por los que Don Juan Carlos ha decidido abdicar en favor de su hijo: “Cumplir siempre con lo que España os pida y de vosotros espera…”

Nada que añadir por mi parte, salvo que, en este lunes en el que las cruces cortan el latido más íntimo y unviersal del inmenso corazón de España me lleva a gritar: ¡Gracias, Majestad! ¡Viva el Rey!

03 - Junio - 2014

La nueva épica

Marius Carol

El Rey, con su abdicación, ha querido hacer un reset en la institución para revitalizarla con su sacrificio personal. Sabe, mejor que nadie, que el Príncipe está preparado para afrontar el reto, aunque tendrá que hacer acopio de paciencia, tolerancia e inteligencia.

Toda renuncia resulta un gesto de magnanimidad y la abdicación de un rey constituye, cuando es voluntaria, un acto de grandeza. El rey Juan Carlos ha decidido pilotar su sucesión cuando todavía se siente con fuerzas para ejercer su cargo. En este sentido, su decisión puede considerarse un último acto de servicio al país. Y de responsabilidad. El monarca ha querido pasar el testigo al Príncipe, a las puertas de cumplirse los cuarenta años de reinado.

Lo ha hecho en unos momentos especialmente complicados de la historia de España, cuando ha empezado tímidamente la recuperación económica, pero, en cambio, persiste una aguda crisis social, de credibilidad de la política y del encaje territorial.

Don Juan Carlos es consciente de que el príncipe Felipe encarna a una nueva generación, que ha crecido en un clima de libertades y que está llamada a mejorar la calidad de nuestra democracia. El Rey, con su abdicación, ha querido hacer un reset en la institución para revitalizarla con su sacrificio personal. Sabe, mejor que nadie, que el Príncipe está preparado para afrontar el reto, aunque tendrá que hacer acopio de paciencia, tolerancia e inteligencia.

Felipe de Borbón será el primer rey de España con titulación universitaria y con un máster en su currículo. Una novedad positiva desde el punto de vista histórico, pero insuficiente para entender todo lo que está ocurriendo. Afortunadamente, es un hombre que sabe escuchar y que está comprometido a actuar, dentro del margen que la Constitución establece. El Príncipe es un hombre moderno, que cuando hace diecinueve años, tras concluir sus estudios en la universidad de Georgetown, los periodistas le preguntaron sobre cómo imaginaba su reinado, explicó que sin la épica que había comportado la gestión del cargo por parte de su padre, pues intuía que le correspondería ser el rey que ejerciera su puesto desde la normalidad. Pero las circunstancias no son las que se preveían entonces y el reto del heredero es conseguir que los ciudadanos no sólo perciban la utilidad de la Corona, sino que vean en él a una persona abierta, tolerante y cercana a la gente.

Los problemas que afronta el país en esta hora requieren de una nueva épica, con un discurso moderno y unas formas próximas. No son tiempos de frases retóricas, sino de compromisos inteligibles.

Un republicano como Manuel Vázquez Montalbán escribió que don Juan Carlos era un auténtico profesional de la realeza, que emitía todo un sistema de señales, al que siempre había imaginado tomando apuntes mentales sobre lo que no debe hacer y con un manual de formación profesional bajo el brazo. El Rey ha conseguido crear un modelo de monarquía sustancialmente distinta de la envarada Corona británica o de las realezas ligths nórdicas. Y se ganó a muchos republicanos por el camino, en un país en que prácticamente nadie se declara monárquico. Algunos errores de los últimos tiempos, por los que llegó a pedir perdón, no emborronan su hoja de servicios.

El Príncipe, en tanto que futuro Felipe VI, tiene una compleja papeleta por delante. Pero, de entrada, es justo reconocer que no ha cometido ningún error destacable en el tiempo de espera. La monarquía que encarnará junto a doña Letizia será distinta a la que sirvió su padre y la reina Sofía. Deberá imprimir a la institución un sello propio, con una nueva épica, para que la institución se consolide.

Marius Carol

06 - Junio - 2014

La fórmula de la abdicación

Francisco Marhuenda

Hubiera sido mejor una comunicación regia sin necesidad de una ley orgánica

La Constitución regula la Corona en su Título II, pero lo hace en algunos aspectos con manifiesta ambigüedad a la espera de que sean desarrollados por un legislador. Es muy clara, en cambio, en aspectos importantes, como que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad, que sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, sus competencias y el desarrollo del régimen sucesorio en el artículo 57 que establece que la Corona es hereditaria en los sucesores de S.M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. En cambio, el último apartado de este artículo, referido a las abdicaciones y las renuncias, deja margen para la interpretación. La abdicación es una decisión personal e intransferible que tiene que estar dotada de un automatismo, porque su rechazo provocaría un grave conflicto constitucional y el titular de la Corona no puede elegir a su sucesor, como ocurría en la Edad Media, cuando los territorios tenían un carácter patrimonial. Carlos V no abdicó hasta que murió su madre, Doña Juana, que era la reina propietaria de Castilla, con quien compartía la Corona. Doña Juana fue reina de Castilla desde 1504 hasta su muerte, el 12 de abril de 1555. Fue el 16 de enero de 1556, cuando habían pasado pocos meses, el momento elegido por el César Carlos para renunciar a la Corona en favor de su hijo, Felipe II. Por cierto, hasta su muerte el 21 de septiembre de 1558 siempre sería tratado como Su Majestad. Lo deseable con motivo de la abdicación de su descendiente, Don Juan Carlos I, hubiera sido el mero automatismo de una comunicación regia al presidente del Gobierno y a las Cortes Generales, su inmediata publicación al día siguiente en el BOE y la entronización del nuevo rey de conformidad con las previsiones constitucionales. En este caso, se ha optado por interpretar que era necesaria una ley orgánica para formalizar la abdicación. Esta medida obliga a un pronunciamiento de las Cortes para que la aprueben. Estamos ante un procedimiento que resta solemnidad al acto regio y obliga a un posicionamiento de los partidos políticos. La lectura del artículo 57.5 permite forzar las dos interpretaciones, aunque se ha optado por una vía más compleja en lugar de la comunicación regia, que cabría considerar que es la fórmula aplicable porque no hay ninguna duda de hecho o de derecho que necesite ser resuelta por una ley orgánica. Desde 1978 no se ha regulado, tampoco, el artículo 74 que establece que «las Cámaras se reunirán en sesión conjunta para ejercer las competencias no legislativas que el Título II atribuye expresamente a las Cortes Generales».

Francisco Marhuenda

08 - Junio - 2014

La abdicación o cómo la Corona ha entendido el mensaje de las urnas

Casimiro García-Abadillo

El Rey entendió que la Monarquía necesitaba un cambio. La Constitución también lo necesita.

Yo no estaba en el ajo. Lo siento. Ningún garganta profunda me había informado unas horas antes de lo que iba a pasar. Pero cuando el lunes sobre las 10 de la mañana se anunció una declaración institucional del presidente del Gobierno, pensé inmediatamente en el Rey.

En efecto, media hora más tarde, Rajoy daba la noticia del año: Don Juan Carlos había decidido abdicar en su hijo Felipe.

Pocas veces siente uno que está viviendo un suceso transcendental, un momento histórico. La mañana del lunes yo sentí justamente eso.

Los cambios han comenzado. Y, como ocurre siempre, los movimientos en las instituciones, en el poder, responden a seísmos que tienen sus raíces en el pueblo.

Desligar la decisión del Rey de lo que ocurrió el 25-M y de las consecuencias que esas elecciones tuvieron en el mapa político, sobre todo, el anuncio de dimisión de Rubalcaba, sería un grave error de planteamiento.

Sí, Don Juan Carlos habló con su hijo de la abdicación en enero. La decisión le fue comunicada a Rajoy a finales de marzo y al líder de la oposición a principios de abril. Pero el día concreto no se fijó hasta la reunión que mantuvieron el jueves 29 de mayo en el Palacio de la Zarzuela el Rey, su hijo, Rajoy y Rubalcaba. Allí se pactó que el día D fuera el lunes 2 de junio.

Luego hemos sabido (recordemos la crónica de Marisa Cruz en EL MUNDO), que el propio Rey comentó a su círculo íntimo que, “o la abdicación se producía ahora, o tendría que retrasarse dos años”.

De acuerdo. Pero, seguramente, si el PSOE hubiese tenido mejores resultados, si Rubalcaba no hubiese tenido que irse, la fecha se hubiera retrasado unas semanas. Al menos, hasta que el Gobierno hubiera tenido lista una ley orgánica que diera cobertura legal al Rey tras la abdicación. La precipitación dejará al Monarca a la intemperie judicial, al albur de algún oportunista o de algún juez estrella, hasta que la norma que le blindará con el aforamiento no esté publicada en el Boletín Oficial del Estado.

Prefirieron la improvisación, a pesar de sus riesgos, al inmovilismo. Porque lo relevante de lo ocurrido esta semana es que la Monarquía se ha dado cuenta de que había llegado la hora de renovarse. Renovarse o morir. Ésa ha sido mi posición desde hace meses y así lo publiqué en esta Hoja de Ruta a los 15 días de ser nombrado director de EL MUNDO.

El Rey quería retirarse en plena forma y con la Institución subiendo en las encuestas. Una intención lógica en todo padre: dejarle al heredero las cosas lo más arregladas posible.

Pero los ritmos en la vida no los marca una sola persona.

Sin sobreestimar lo que sucedió en las elecciones europeas, lo que sí es cierto es que pusieron a todo el mundo frente al espejo de la realidad. Los grandes partidos perdiendo votos a raudales, los grupos radicales y separatistas, subiendo como la espuma.

La verdad es que aquel pacto constitucional que dio lugar a la Carta Magna de 1978 ahora se ha resquebrajado. Sólo hay que ver lo que han hecho CiU y el PNV y la radicalización de IU, que teme perder ante Podemos la hegemonía en la izquierda.

Aunque algunos no quieran reconocerlo, España ha agotado un modelo que ha funcionado razonablemente bien durante 35 años y necesita un nuevo impulso político que sólo puede venir de una reforma constitucional que suscite un respaldo similar al ahora vigente.

Si los partidos políticos se resisten al cambio, si siguen apareciendo ante la sociedad como los partidos del NO al cambio, terminarán siendo arrollados por los grupos que, desde planteamientos radicales o utópicos, aparecen como los abanderados del SÍ al cambio.

Como ha sucedido con la abdicación, el calendario no será fijado en un despacho, sino que vendrá dado por la dinámica social. Y ahí va a ser determinante lo que ocurra en Cataluña en los próximos meses.

La debilidad del PP catalán y del PSC (afortunadamente Ciudadanos ha aguantado sólidamente el tsunami soberanista) no augura buenos tiempos para los partidarios de mantener el actual statu quo.

Podemos hablar de comportamiento desleal –que lo es– por parte de Artur Mas, de irresponsabilidad por parte de ERC –ya tenemos experiencia de cómo gobiernan– y muchos argumentos más… Pero, al final, lo que existe en Cataluña es que CiU y los republicanos tienen la mayoría de los votos.

Por tanto, no es un asunto sólo de las élites, es un problema que afecta a una mayoría de ciudadanos que, por las razones que sea, creen que o bien España construye otro marco para integrar a Cataluña o bien optarán por la independencia.

En estas circunstancias lo peor es la inmovilidad que provoca el miedo. En la Transición, tras la muerte de Franco, los riesgos eran mucho mayores y, sin embargo, se logró llegar a grandes acuerdos. La política, la gran política, resolvió no sólo el recambio de la dictadura y el establecimiento de la libertad, sino que actuó como un resorte de modernización en los ciudadanos. España es el país que más ha cambiado y para mejor de Europa en los últimos 40 años.

Los procesos históricos no se repiten y, por tanto, en sentido estricto no podemos hablar de una segunda transición. Pero sí que estamos ante una oportunidad histórica de dar otro impulso hacia adelante a España si sabemos interpretar lo que dicen los ciudadanos todos los días, no sólo en las elecciones.

La política lleva años alejada de los ciudadanos. La corrupción, la duplicidad sin sentido de administraciones, la sobreprotección ante los tribunales, etc. han sido la base para ese desapego que afecta por igual al PP y al PSOE.

Sin embargo, lo ocurrido el 25-M en España, con ser importante, no le llega ni de lejos a lo que sucedió en Francia, donde un partido de extrema derecha que acaricia la xenofobia ganó las elecciones.

Aquí hay aún margen de maniobra. La mayoría de los ciudadanos sigue votando por los grandes partidos porque cree que son los que garantizan la estabilidad.

La dinámica, a partir de ahora, debería estar marcada por la transparencia, la ejemplaridad y, sobre todo, la democracia interna.

Cuanto más permeables sean los partidos a la pulsión de los ciudadanos, cuanto más tengan los oídos abiertos a lo que se dice en la calle, mejor van a afrontar el reto que nos espera y que no es otro que dar un nuevo empujón integrador a un régimen político agotado, casi como lo está el Rey.

Si Don Juan Carlos ha sabido apreciar que había llegado la hora del relevo, los partidos no pueden seguir actuando como si nada hubiese sucedido. En ese contexto, Don Felipe VI puede jugar un papel esencial.

Casimiro García-Abadillo

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