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Sus diputados y senadores se pasarán al Grupo Mixto y formarán una nueva formación para aproximarse al PSOE

Los socialdemócratas de UCD liderados por Fernández Ordoñez se van del partido y crean el Partido de Acción Democrática (PAD)

HECHOS

El 4 de noviembre de 1981 el ex ministro D. Francisco Fernández Ordoñez anunció que abandonaba la UCD y se pasaba al Grupo Mixto. Con él se irán también de la UCD, D. Luis González Seara, D. Javier Moscoso, Dña. Carmela García Moreno.

LOS DIPUTADOS ‘TRÁNSFUGAS’

MoscosoCarmelaGarciaMorenoDoloresPelayo Los Sres. Mosocos, García Moreno y Pelayo, que abandonan sus puestos de la Unión de Centro Democrático junto al Sr. Fernández Ordoñez para unirse al PAD sin renunciar a sus actas de diputado.

La lista completo de diputados tránsfugas que pasan del Grupo UCD en Congreso o Senado al Grupo Mixto como miembros del nuevo PAD son: D. Francisco Fernández Ordoñez, D. Javier Moscoso, D. Luis González Seara, Dña. Carmela García Moreno (que ha pedido su cese como directora general de la Juventud y Promoción Sociocultural) , D. Luis Berenguer, Dña. María Dolores Pelayo, D. Eduardo Moreno, Dña. Carmen Solano, D. Alfonso Quirós y D. José Luis de Arces abandonan la Unión de Centro Democrático (UCD) para crear su propio partido: el Partido de Acción Democrática (PAD), de ideología socialdemócrata. Todos ellos abandonan el grupo parlamentario de UCD para pasarse al mixto.

04 - Noviembre - 1981

El partido del Gobierno

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

El abandono de UCD del diputado Díez-Pinés para ingresar en Alianza Popular y la baja de un grupo de diputados y senadores -cuyo número alcanza ya la quincena- bajo el liderazgo de Francisco Fernández Ordóñez para constituir un grupo parlamentario independiente parecen anunciar la próxima y posible liquidación por derribo del partido del Gobierno. Falta perspectiva aún para formular un diagnóstico seguro acerca de las causas que explican el deterioro de UCD. La prolongada crisis del centrismo comenzó con las derrotas electorales en Andalucía, Cataluña y el País Vasco en febrero-marzo de 1980, prosiguió con la moción de censura socialista de esa primavera, continuó con las maniobras para forzar la dimisión de Suárez, se hibernó con el golpe del 23 de febrero y rebrota ahora, con fuerza todavía mayor, tras el homicidio masivo de los aceites tóxicos, la debilidad gubernamental frente a la contraofensiva de los golpistas, el relevo en RTVE y la hecatombe en las urnas gallegas.

La salida de UCD de lo más significativo y honesto del grupo socialdemócrata ha deparado, por lo pronto, a Agustín Rodríguez Sahagún una nueva oportunidad para columpiarse. Mientras los comunicados acerca de la reunión del Comité Ejecutivo centrista anunciaban una nueva tregua, descartaban la convocatoria de un congreso extraordinario y arengaban en favor del sosiego, Rodríguez Sahagún enseñaba el camino de la puerta a los discrepantes, como si dudara de que fueran a tomarlo. Sin embargo, Fernández Ordóñez y su grupo, en el que ya no figuran quienes disfrutan de los favores del poder o quienes arden en deseos de disfrutarlo en breve, han decidido irse.

Su decisión paralela de apoyar parlamentariamente al presidente Calvo Sotelo y no desestabilizar así al Gobierno echa por tierra las acusaciones indiscriminadas de irresponsabilidad. Parece como si en la vida pública española algunos pretendieran mover ellos solos las pie zas del tablero y les consume la santa indignación cuan do el adversario responde con su propia jugada desde su propia conciencia. La tendencia socialdemócrata dentro de UCD ha sido hostigada por unos y por otros y acosa da por esa extraña alianza que los martinvillistas y los liberales de anteayer están forjando para ofrecer su apoyo al presidente Leopoldo Calvo Sotelo, un conservador cada día más evidentemente alejado del liberalismo. No resulta sorprendente que Fernández Ordóñez y sus seguidores hayan elegido la salida del partido, y antes del Gobierno, como una opción preferible a seguir desempeñando el papel de chivo expiatorio de las debilidades y carencias del poder.

El futuro de ese pequeño grupo, que no ha buscado hasta ahora su propio espacio electoral, dependerá de muchos factores; entre otros, de su capacidad para convertirse en un aglutinante de esa serpiente de las cuatro estaciones que es el proyecto de un partido-bisagra. No parece imposible que exista una base social y un potencial de votantes para una plataforma política situada entre el PSOE, por la izquierda, y lo que resulte de la agonizante UCD, por la derecha. Sin embargo, ni la ley electoral, ni la desgana para la participación ciudadana, ni las dificultades de financiación, ni los celos, rivalidades y maniobras dentro de la clase política hoy desempleada pueden mover a un exagerado optimismo a quienes consideren su deber y derecho intentar esa aventura. La oferta del PSOE de integrar independientes en sus listas electorales para los próximos comicios parece, en cualquier caso, una oportunidad para los socialdemócratas si fracasan en su tentativa de conquistar un lugar al sol propio en el panorama político español.

La cuestión más importante ahora es averiguar cuál va a ser la respuesta del presidente del Gobierno, que tiene en sus manos los poderosos resortes del poder estatal. Las elecciones gallegas pueden ser interpretadas como una derrota de Leopoldo Calvo Sotelo, al igual que lo fue para Adolfo Suárez el adverso resultado de las urnas en Andalucía, Cataluña y el País Vasco durante el primer trimestre de 1980, y como una demostración de que, puestos a elegir entre dos opciones apenas distinguibles, los ciudadanos pueden sentirse más atraídos por la contundencia de un Fraga que por la frialdad del actual presidente del Gobierno. La plataforma moderada y parte del actual equipo gubernamental apuntan, sin embargo, hacia la hipótesis de que, a diferencia del Cid, Adolfo Suárez sigue perdiendo batallas aun después de su muerte política, con el corolario de que es necesario borrar hasta el último rastro de su memoria en UCD. La primera interpretación llevaría a una especie de rearme suarista del centrismo, mientras que la segunda abocaría inevitablemente a una gran derecha cada día más controlada quizá por Manuel Fraga.

La desaparición de Francisco Fernández Ordóñez del escenario de UCD permitirá a esas tendencias enfrentadas llevar hasta el límite su conflicto. Pero la tentación posible de disolver las Cámaras y adelantar las elecciones generales debe ser ahuyentada. El Gobierno no va a ser debilitado en el Parlamento, y no es conveniente ni deseable aumentar ahora la inestabilidad política. Nadie obligó a Calvo Sotelo a asumir la jefatura del Gobierno. Debe llevar la carga hasta el final de la legislatura si es posible, y no repetir la audacia imperdonable de su predecesor, que facilitó sin duda la intentona golpista de febrero.

07 - Agosto - 1982

Después del centro ¿qué?

Francisco Fernández Ordoñez

Desde las elecciones de junio de 1977, España ha iniciado un intrépido proceso de cambio real que sólo ha conocido en este siglo el breve y frustrado precedente de la experiencia republicana.Este proceso de transformación no era ningún capricho, sino el resultado de una necesidad objetiva. La democracia debía ser el estimulante decisivo para una enorme tarea de incorporación a nuestro propio tiempo. Estaban afectadas casi todas las grandes cuestiones de la vida española. Desde la construcción del Estado hasta el cuadro de las nuevas relaciones sociales, económicas y confesionales. Desde las estructuras productivas hasta la Administración pública. Desde la familia hasta la educación y la cultura. Desde la justicia hasta la sociedad de bienestar. A fin de cuentas, desde el siglo XIX al siglo XX.

Y toda esta dinámica, iniciada vigorosamente, fue perdiendo fuerza desde mediados de 1978, quedó muy debilitada en el Gobierno que nace de las elecciones de 1979 y prácticamente fue archivada oficialmente a partir del 23 de febrero de 1981.

La derecha clásica española, aturdida en 1977, fue planteando, con verdadera ceguera histórica, una firme oposición a la única política que hubiera podido abordar las problemáticas que planteaban el nuevo régimen y la crisis económica desde sus propios términos de referencia. Ahora, quizá demasiado tarde, después del fracaso de la sigla UCD en Andalucía, está procediendo a una espectacular operación de reetiquetado que desembocará en nuevos agrupamientos de las diferentes versiones del centro y la derecha. Estas plataformas pueden ser fuertes y brillantes. Las elecciones no están, ni mucho menos, decididas.

Por ello, en estas vísperas electorales no es extraño que se nos prepare ahora una apoteosis de promesas nuevas y de programas coincidentes, todos ellos autocalificados de modernizadores y reformistas. Pero basta repasar serenamente la evolución política de estos años para preguntarnos por las razones de cualquier optimismo reformador: los pocos pasos adelante han sido el resultado de un patético forcejeo y muchas veces han quedado más tarde compensados con los muchos pasos hacia atrás.

En la última campaña electoral francesa, Mitterrand preguntó al anterior presidente si las reformas que ahora se anuncian son necesarias, ¿por que no se hicieron antes? Y si no son necesarias, ¿por qué se anuncian ahora? En otras palabras, cualquier español tiene hoy ya datos, después de tantas declaraciones y programas, para saber que lo decisivo no es lo que se dice, sino lo que se está dispuesto a hacer. Queda en el aire la inquietante pregunta de César Vallejo: ¿Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra?

Pero la frustración no se ha limitado a los grandes cambios de estructura. Podríamos preguntarnos si toda esta política de ordinaria administración ha permitido como contrapartida ganar una mayor eficacia de gobierno; si los servicios esenciales de la comunidad, los servicios básicos, han experimentado una mejoría y el ciudadano tiene ya la seguridad de que ha avanzado la productividad del sector público. Sin embargo, como diría Daniel Bell, nuestro Estado se nos ha hecho demasiado grande para los problemas pequeños, y demasiado pequeño para los problemas grandes. Y por eso, junto a los importantes cambios legales pendientes hay toda una inmensa tarea, radical y profunda, que afecta a la vida diaria donde se sitúan los problemas humildes y cotidianos.

He aquí por qué nos encontramos ante un cuadro que requiere una actuación urgente y decidida. Y ¿qué puede hacer en esta circunstancia un partido como el PAD, de ideología socialdemócrata, nacido de ese sector que se retiró de UCD hace casi un año cuando llegó al convencimiento de que su proyecto era impracticable?, y sobre todo, ¿cuál es el alcance de una política de signo realmente socialdemócrata ante una crisis estructural como la que vivimos y que parece demandar soluciones más radicales?

Pues bien, aIgunos seguimos pensando que esta política, claramente definida, ejecutada con firmeza y sin confesiones demagógicas, tiene hoy más sentido que nunca. En España, la crisis económica ha actuado como un ácido revelador; ha puesto al descubierto la debilidad del Estado, de nuestro sistema de bienestar social, de nuestro aparato de financiación pública y privada, de nuestro sistema organizativo y productivo, de nuestro soporte tecnológico. España padece hoy en relación con otros países una crisis diferencial en el sentido de que todos lo pasan mal, pero nosotros lo pasamos peor. Y por ello el problema de la nueva política económica no es ofrecer la solución milagrosa, sino superar ese margen diferencial y colocar al país en condiciones de aprovechar las ventajas de una expansión internacional y de optimizar las posibilidades propias. España tiene un potencial de crecimiento, de vitalidad y de expansión que no ha sido desplegado.

Esta política representa, no hay que engañarse, una lucha dura contra la voracidad de los sectores arcaicos, contra el parasitismo económico, contra la improductividad del aparato público, contra las nuevas formas de corrupción. Probablemente esta política de recuperación reclama un nuevo compromiso entre la burguesía avanzada y el Gobierno porque anuncia unos ganadores que son los sectores más dinámicos de la iniciativa privada que apuestan por la innovación, por la creatividad, por el riesgo, en definitiva, por el porvenir.

Raymond Barre decía: “Hay que cambiar la sociedad sin arriesgar cambiar de sociedad”. Pero yo creo que no se arriesga mucho desde donde estamos ya. Yo me conformaría incluso con menos: con lograr las bases nuevas que hagan posible hablar de una sociedad más adaptada a su tiempo, más justa, más eficiente y menos desesperanzada. Tendremos problemas de paro por muchos años, pero precisamente por ello habrá que afrontar un verdadero proyecto de medio plazo, perfectamente viable, y no un escenario de luces intermitentes: una política-flipper sin ningún sentido más allá de su propio mecanismo.

Sería triste que la gente entendiera la democracia como una victoria de la retórica y del marketing de las imágenes sobre los hechos. Los problemas son concretos y definidos. Las respuestas existen y son concretas y definidas. No son necesariamente populares. Pero no podemos escoger una política, y la tenemos situada cara a cara ante la realidad, en la calle. Porque al final un programa de gobierno es un pacto de confianza con el pueblo, con los ciudadanos libres. El protagonismo actual del PSOE consiste en que hacer creíble esta política requiere otra mayoría, con un centro de gravedad distinto, y con un apoyo social de tal calibre que la convierta en una mayoría reforzada.

Probablemente, la ventaja de los acuerdos preelectorales es que permiten que los programas sean coherentes y los soportes sean ampliados. Pero en cualquier caso, ese nuevo Gabinete tendrá que hacer, además de todo, algo menos y algo más que un proyecto socialista. Algo menos, porque hay en gran medida una tarea de rigor, de ajuste, de buen gobierno, de reformas serias. Algo más, porque hay que levantar una esperanza y reconstruir una conciencia moral donde sólo hay desánimo y hastío.

A fin de cuentas, lo que está en juego no es sólo la anécdota de un debate electoral. Se trata de cerrar con dignidad este primer capítulo histórico de asentamiento de la democracia española.

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