El presidente de Francia, Hollande, anuncia que responderá a la guerra contra el terrorismo

El terrorismo islámico realiza un ataque masivo en Francia: 136 muertos y 400 heridos

HECHOS

  • El 13 de noviembre de 2015 en la ciudad de París y su suburbio de Saint-Denis,  se produjeron una cadena de atentados perpetrados en su mayoría por atacantes suicidas en los que murieron 136 personas y otras 415 resultaron heridas.

El 13 de noviembre de 2015 en la ciudad de París y su suburbio de Saint-Denis,  se produjeron una cadena de atentados perpetrados en su mayoría por atacantes suicidas en los que murieron 136 personas y otras 415 resultaron heridas. Un tiroteo en el restaurante Petit Cambodge, se saldó con al menos cuatro muertos. Un segundo tiroteo tuvo lugar en el teatro Bataclan. En una brasserie cercana al Estadio de Francia, una explosión dejó al menos 10 muertos o heridos. La autoría de los ataques fue reivindicada por la organización yihadista Estado Islámico.

15 - Noviembre - 2015

Las dos orillas del duelo

Rubén Amón

La noria gigantesca de la plaza de la Concordia ha detenido su movimiento. Parece un reloj muerto, como exánimes parecen los turistas que recorren los Campos Elíseos entre los puestos de Navidad clausurados por el duelo, cerrados por defunción.

Pesa el cielo gris. Ha amanecido y atardecido a la vez. Se ha hecho domingo.

Y el río es la última superstición, la precaria ilusión con que los vecinos de la rive gauche, la orilla izquierda, se aferran —nos aferramos— a la extrañeza de los atentados. Todos se produjeron en la orilla derecha del Sena. Lo recuerdan la ingravidez de la noria y los altares de velas y flores en la zona cero, de forma que los burgueses del otro margen, aún descoyuntados, se esfuerzan por disimular que el viernes fue un mal sueño. Como si resultara posible regatear las esquelas que ocupan las portadas de los periódicos. “L’horreur”, titula L’Équipe.

El río es la última ilusión, como antes lo fueron —ilusiones— el símbolo capitalista de las torres gemelas o los trenes proletarios de Madrid. No podían sucederle estas cosas a los parisinos de bien ni a nosotros, los adoptivos. O podían sucederles a los judíos y a los dibujantes blasfemos. Se trataba de garantías excluyentes, amenazas remotas que aspiraban a exorcizar poniéndose una camiseta: “Je suis Charlie”.

Fingían este sábado los vecinos de la rive gauche una insostenible normalidad. Las tiendas abiertas, los restaurantes llenos. No había manera de identificar un trauma. Ni de relacionar las orillas entre sí, como si las separara el paralelo 38.

La barbarie había ocurrido al otro lado. El Sena delineaba la última frontera del confort. Se mentían los parisinos ingenuos de la orilla izquierda, incapaces de admitir que podrían haber sido ellos los muertos. Civiles. Ni policías ni judíos. Ni humoristas. Eran ellos mismos, que podrían haber reventado cenando en un restaurante camboyano. Y que podrían haber ido al fútbol, con sus hijos, Alemania contra Francia en el Estadio de Francia. Y que podrían haber acudido a un concierto en el Bataclan, como hicieron otras veces, cruzando el río, evocando la opereta delirante de Jacques Offenbach —“Ba-ta-clan”—, una alegoría exótica, oriental, entre personas que bailan y cantan porque no aciertan a comprenderse con el lenguaje de las palabras: guerra, carnicería, masacre.

El río es la última superstición. Se agarran a ella los parisinos del sur como náufragos a una madera. Y pretenden recrearse en una vida normal. Sin fútbol, vale. Sin acceso a los grandes almacenes, de acuerdo. Sin razones ni ganas para montarse a la noria.

Ignoran que Michel Houellebecq, acusado de clarividencia, permanece custodiado en su casa porque lo han condenado a muerte los mismos terroristas que el Viernes 13 desollaron la civilización en su embrión mismo, de París se trata.

Un fusilamiento en el Bataclan equivale a los crímenes en masa cometidos en Palmira. Tanto cuentan los cadáveres como los escombros. Representan, amalgamados, la abolición de nuestra cultura, como todas esas cosas que hacen los “bo-bos” —bourgeois-bohemians— en la rive gauche, comprando libros en L’Écume des Pages, viendo una función de teatro lituano en el Odeón, jugando a los espejos en la brasserie Lipp por si aparecen con sus resabios Bernard-Henri Lévy o Roman Polanski.

Los ha hipnotizado el péndulo de Foucault, el tótem del progreso que cuelga como un badajo del Panteón de París —orilla izquierda— y que demuestra en su coreografía de metrónomo el movimiento de la Tierra. Se diría que hacia delante, si no fuera porque la salvajada del 13-N sobreentiende un retroceso, una regresión, una descomunal brutalidad, una demostración opulenta de la ubicuidad e impunidad del terrorismo.

Y el río sería una ilusión, sería una superstición también si no fuera porque amenaza y nos intimida manchado de sangre. Y sorprende a los parisinos —y a los demás— entre el buenismo y la islamofobia, entre la candidez y la xenofobia, corrompiendo la sociedad del bienestar en un cambio de época que desdibuja no ya las orillas del Sena en su clasismo, sino las fronteras entre los parisinos y los sirios en la hégira del terror.

15 - Noviembre - 2015

Lo que el terror nunca podrá lograr

David Jiménez

Durante algún tiempo recorrí escuelas coránicas de Afganistán, Pakistán o Indonesia, movido por mi incapacidad para entender el terrorismo islámico. Había cubierto para el periódico atentados en los tres países y entrevistado a sus víctimas. Quería saber qué llevaba a alguien a ponerse un cinturón de explosivos, entrar en una discoteca y masacrar a personas de las que no conocía nada y que nada le habían hecho.

Encontré una respuesta en Al Mukmin, un centro javanés donde padres sin recursos dejaban a sus hijos para que recibieran una formación islámica. Todo se podía explicar en una palabra: miedo. Más allá del Corán o la virtud, lo que se trataba de inculcar a los alumnos era miedo. Miedo a Occidente, que según los maestros quería destruir su comunidad. Miedo a los estadounidenses, que buscaban ultrajar a sus madres y hermanas. Miedo a todos los que no fueran musulmanes, que conspiraban para aplastar su religión. Poco a poco, aquellos chicos –no había, por supuesto, niñas– aprendían a deshumanizar al enemigo imaginario. Y así hasta que, convertido en real, se convencían de que había algo heroico en eliminarlo.

El niño había sido transformado en terrorista.

La eficacia del adoctrinamiento quedaba demostrada en el hecho de que la mayoría de los participantes en la masacre de Bali, donde murieron más de dos centenares de personas en 2002, hubieran estudiado en la escuela Al Mukmin. No había improvisación alguna en los esfuerzos por levantar aquella fábrica de extremistas, pero sí ideología. Totalitaria, en su determinación de imponer su religión al resto del mundo; racista, en la creencia de que estaban tocados por una pureza inalcanzable para otros creyentes; y fascista, en su ambición de consolidar un poder absoluto donde la razón debía someterse a los líderes supremos. Estos organizaban los atentados suicidas, pero nunca se presentan voluntarios para el martirio. El paraíso, para ellos, siempre podía esperar.

Precisamente porque es una ideología, y se transmite desde la infancia, el islamofascismo es tan difícil de erradicar. En los últimos años se ha alimentado por las guerras, las desastrosas intervenciones de los aliados en Irak, Afganistán o Siria y las frustraciones de una primavera árabe que nunca fue. Pero también por el avance de lo que Salman Rushdie describe como “una versión paranoica del Islam”, que culpa de todos los males a los infieles, aísla sus comunidades herméticamente para que no sean contaminadas y busca alterar los valores de sociedades que desprecia, algo que jamás podrá lograr en un país como Francia.

Los ciudadanos de París que el viernes salieron del Estadio de Francia cantando La Marsellesa, mientras la capital se encontraba en estado de sitio y sus compatriotas morían acribillados, estaban diciéndoles precisamente eso a los autores de los atentados: sois muy poca cosa frente al pueblo que redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789; vuestros iluminados resultan insignificantes en el país de Juana de Arco, De Gaulle, Pasteur o Voltaire; los crímenes de los que tan orgullosos os sentís son incapaces de alterar las bases de la República. “Podéis hacernos daño, sí, pero no tenéis ninguna posibilidad de ganar”, parecían cantar los franceses en su marcha triste y orgullosa.

Sentí algo de envidia mientras veía el vídeo, por lo diferente que parecía todo al ambiente que siguió a los atentados del 11-M en Madrid. Los españoles hemos derrotado a ETA, en gran parte gracias al coraje de policías, concejales o periodistas que se negaron a dejarse vencer por el miedo. También porque hicimos entender a los violentos que nunca cederíamos al chantaje, les despojamos de legitimidad incluso ante sus simpatizantes, fuimos implacables en la aplicación de la ley y permanecimos unidos incluso en los momentos más difíciles. Si el recuerdo del 11M sigue siendo tan doloroso, más allá de la memoria de las víctimas, es porque, cuando nos tocó vivir el momento por el que está pasando Francia, fuimos incapaces de dejar de lado las dos Españas. Es una lección que debe acompañarnos en adelante, porque la batalla va a ser muy larga y sólo puede ganarse si permanecemos juntos, dentro y fuera de España, al lado de quienes no están dispuestos a ceder al terror.

20 - Noviembre - 2015

Una izquierda para un Estado

Salvador Sostres

La izquierda francesa no tiene menos prejuicios que la izquierda española, ni es menos intervencionista, ni menos perniciosa para la economía, ni está en general menos equivocada. Pero cuando los graves momentos llegan sabe estar a la altura del Estado al que pertenece. El presidente Hollande ha reaccionado rápido y brillantemente a los terribles atentados que su país ha sufrido, dando caza a los terroristas, atacando a Siria, convocando a la Unión Europea a su más decisivo esfuerzo por sobrevivir desde que nos enfrentamos a Hitler, y pactando con Putin una poderosa alianza global contra el yihadismo.

Mientras, la extrema izquierda española, política y mediática, ha vuelto a dar muestras de su ignorancia, bajeza e incompetencia. Pablo Iglesias, en su pedantería infinita, ha irrumpido con sus absurdas lecciones de pacifismo y geopolítica. Le ha pedido a Hollande que «no ataque a Siria» y ha reclamado «un consejo de paz de todos», tal como Zapatero pretendió el abrazo de las civilizaciones, sin saber –el pobre– que Civilización sólo hay una, ni tener en cuenta que, además, a algunas tribus es peligroso abrazarlas, porque explotan.

El primer teniente de alcalde de Barcelona, Gerardo Pisarello, ha escrito que «el gobierno de Hollande responde a las muestras de solidaridad con más terrorismo desde el aire. Un acto indecente que no servirá de nada». Otro teniente de alcalde de Colau, Jaume Asens, ha comparado los bombardeos de Siria con los de Barcelona en la Guerra Civil.

El mal existe y no podemos evitarlo. Pero sí podemos, cuando nos golpea, comportarnos como ciudadanos libres y responsables, para derrotarlo. Hollande ha podido trabajar desde la tristeza y el dolor, pero también desde la firmeza institucional, con una clase política francesa que ha estado sin vacilar a su lado. Si algún día los atentados los sufre España, el presidente Rajoy lo tendrá increíblemente más complicado, porque para ir a por los asesinos deberá abrirse paso entre una truculenta multitud de majaderos y fantasmas.
23 - Noviembre - 2015

“¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?”

John Carlin

En la película Mars Attacks!, una hilarante comedia negra estrenada en 1996, los invasores extraterrestres ya han liquidado a medio mundo cuando su líder y un par de diminutos guardaespaldas se encuentran cara a cara con el presidente de Estados Unidos, interpretado por Jack Nicholson. El presidente, solo en su despacho, apela a la bondad de los enemigos de la humanidad. “¿Por qué no crear en vez de destruir?”, les ruega. “¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?”.

Acto seguido, el jefe de los marcianos lo mata, se acerca al cadáver y le ofrece un burlón saludo militar.

No es del todo absurdo suponer que el idealista de izquierdas que preside el partido laborista británico, Jeremy Corbyn, intentaría responder de manera similar al ficticio presidente en caso de verse arrinconado por un terrorista del Estado Islámico (ISIS). Sería un gesto consecuente con la visión del mundo que comparte con sus correligionarios en Europa, EE UU y América Latina. Siendo inglés, Corbyn quizá les invitaría primero a tomar una taza de té.

Corbyn y Bernie Sanders, el estadounidense que aspira a la candidatura presidencial del Partido Demócrata, y los muchos que comparten su pavloviano antiimperialismo en todo el mundo insisten, con irreductible vigor tras los atentados de París, en que las intervenciones militares de Occidente en Oriente Próximo crearon el fenómeno yihadista. Lo dijo Sanders en un debate con Hillary Clinton la semana pasada: “La desastrosa invasión de Irak condujo al ascenso del Estado Islámico”.

Algo de razón tiene. El psicópata exvicepresidente de Estados Unidos Dick Cheney y sus perritos falderos -en orden de tamaño, George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar- rompieron el tiránico equilibrio en la región con su alocada invasión de Irak. No se puede saber qué estaría pasando hoy si Sadam Hussein siguiese en el poder, quizá la situación sería incluso más anárquica de lo que es, pero no se puede descartar la hipótesis de que hubiera frenado la yihad en seco combatiendo el terror, como era su costumbre, con más terror.

Por otro lado, se podría argumentar también que si Barack Obama no hubiera retirado las tropas estadounidenses de Irak, el ISIS no hubiera podido imponer su “califato” en Siria e Irak. Y, ya que estamos, ¿por qué no vamos más lejos? Si la actitud de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y demás aliados hubiera sido menos vengativa después de la Primera Guerra Mundial, si el Tratado de Versalles hubiera sido más generoso con los alemanes, es probable que Hitler no hubiese llegado al poder y el mundo se hubiera ahorrado el horror de la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de seis millones de judíos.

El problema de ir por el camino de que la culpa la tienen los Gobiernos de Occidente es que propone como eje original del mal a aquellos que en el fondo defienden lo que Estado Islámico desprecia y los nazis despreciaban: la libre expresión, la soberanía de la ley y los demás elementos básicos de la democracia que permiten que los Corbyn, Sanders, Podemos, Syriza, incluso el Frente Nacional francés y otros que se oponen al statu quo puedan competir en el terreno político sin temor a caer presos o ser asesinados. Al atribuir la responsabilidad por las masacres de París a Gobiernos electos de Europa y EE UU, se plantea una grotesca equivalencia moral con los tontos inútiles, en varios casos exyonquis o delincuentes de poca monta, que han encontrado la redención personal en una ideología que rinde culto a la muerte, que cree contar con apoyo divino cuando decapita a infieles, lanza a homosexuales desde altos edificios, apedrea a mujeres supuestamente adúlteras y viola, esclaviza o prostituye a niñas de 13 años. Es verdad que los bombardeos de la aviación de EE UU y sus aliados han causado las muertes de civiles. De muchos. Demasiados. Pero hay una diferencia. Cuando mueren inocentes, Obama lo lamenta. El ISIS lo celebra.

El hecho es que, como dijo la semana pasada el jefe del servicio interno de inteligencia de Alemania, nos enfrentamos a “una guerra terrorista mundial”. Hay que tomar partido. No es hora de seguir bañándose en las aguas tibias del buenismo. Uno se puede sentir muy satisfecho consigo mismo oponiéndose a la guerra, al “imperialismo neoliberal”, a la vigilancia policial y tal, pero los tiempos exigen debates constructivos y respuestas concretas, sin cerrar los ojos a la dura realidad de que en el mundo político real no hay más remedio a veces que ensuciarse las manos, sacrificar la pureza moral y elegir entre lo malo y lo peor. No es suficiente en la emergencia actual declarar que la paz es un principio innegociable -la paz no es un principio, es una circunstancia- o que debemos luchar más contra el enemigo dentro que el enemigo fuera.

El argumento irrefutable contra la tesis que predica una simple conexión causa y efecto entre la política exterior de los países ricos de Occidente y el ascenso del Estado Islámico es que la enorme mayoría de sus víctimas no son europeos o estadounidenses sino habitantes de Siria o Irak, principalmente musulmanes. A los que les incomoda la idea de tomar partido junto a Obama, Cameron, Hollande y compañía, que salvaguarden sus conciencias convenciéndose de que lo hacen a favor de aquellos miserables de la tierra que están en el punto de mira del ISIS todos los días del año. Es hora de que los tontos útiles dejen de serlo y se definan, empezando por identificar sin ambigüedades quién hoy es el principal enemigo de la humanidad. Porque cuando aparezca el yihadista con un Kaláshnikov en un bar o un teatro o un supermercado y empiece a liquidar a gente uno por uno, no preguntará si su siguiente víctima es de izquierdas o de derechas, progresista o neoliberal, imperialista o antiimperialista. Matará, como una peste, sin prejuicio y sin piedad.

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