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Derrota del SPD de Oskar Lafontaine

Elecciones Alemania 1990 – Helmut Kohl gana las elecciones y se convierte en canciller de la nueva Alemania unificada

HECHOS

Después de las elecciones federales alemanas de 1990 se mantuvo el acuerdo de coalición que hasta ese momento mantenía la República Federal Alemana: una coalición entre CDU-CSU y FDP con Helmut Kohl como canciller.

La derrota del líder socialdemócrata (SPD), Oskar Lafontaine, truncaba su hasta entonces carrera de indiscutible ganador hasta ese momento, en los distintos puestos secundarios a los que había aspirado.

02 - Diciembre - 1990

Kohl, el unificador

Editorial (Director: Luis María Anson)

Pocos hombres públicos en la Historia contemporánea de Europa habrán demostrado con mayor exactitud que Helmut Kohl que la primera virtud del político consiste en sintonizar sus propuestas con el tiempo, y pocas veces habrá sido más difícil cumplir este ejercicio durante el año revolucionario de 1989. El único hombre entre la clase política europea capaz de reaccionar con la urgencia necesaria ante el terremoto continental fue precisamente Helmut Kohl y, lo que resulta todavía más importante, Helmut Kohl en solitario.

El Muro de Berlín cae el 9 de noviembre en medio del júbilo general y, el 28 de noviembre, el canciller alemán propone en el Bundestag un plan para restablecer la unidad alemana en un proceso evolutivo, en el que no importaban los detalles porque el secreto estuvo en haber incluido en el discurso la palabra mágica “unidad”. Todo lo demás vendría por añadidura.

Kohl no había consultado su plan con nadie, ni siquiera con sus colaboradores más próximos, como tampoco había tenido la cortesía de anunciar a sus colegas jefes de Estado y de Gobierno en la cumbre de Estrasburgo, pocos días antes, sus ambiciosos propósitos. Demasiado grande – King Kohl, como le ha llamado alguien – mal orador y protagonista de inoportunidades verbales como aquella comparación entre Gorbachov y Goebbels, Kohl ha terminado por demostrar que en política lo único que cuentan son los resultados, aunque los preludios carezcan de brillantez.

La unificación alemana no era tarea fácil, porque las retirencias francesas e inglesas circulaban como aguas subterráneas bajo los discursos oficiales. El mayor obstáculo era el rencor histórico de la URSS y los casi cuatrocientos mil soldados del Ejército rojo estacionados en la Alemania Oriental. Pero el estilo de Kohl ha sido siempre enfrentarse de entrada con el problema más difícil del proceso, con la esperanza de que una vez resuelto el mayor, las dificultades menores serán de fácil solución. Por eso se encierra el pasado verano con Mijail Gorbachov en Stavropoll, el pueblo natal del líder soviético, y allí los dos solos resuelven las cuestiones en litigio. Nuevo Rapallo – los diplomáticos han bautizado a la extraña cumbre como Stavrapallo – o, quizá, cierre de un buen negocio para los dos.

Porque Helmut Kohl debió de poner en acción uno de sus refranes preferidos – no se obtiene nada a cambio de nada – y al final de la visita Gorbachov admite la unidad alemana, admite que la nueva Alemania reunida siga como miembro de la OTAN y admite la retirada de su gigantesco ejército en territorio alemán.

A partir de ahora, la vida política de la nación germana estará compuesta por los acontecimientos habituales de todo país civilizado. La Historia se encargará de aupar al friso de sus héroes excepcionales a este hombre que fue capaz, prácticamente solo, de conseguir la hazaña de unificar a su propio pueblo sin conquistas militares ni violencias, sino simplemente, gracias a su fe en la democracia, a su pasión por la propia patria y en última instancia, a la seguridad en sí mismo.

04 - Diciembre - 1990

Canciller de la unidad

Editorial (Director: Joaquín Estefanía)

Antes de iniciarse el proceso de la unidad alemana, el candidato socialdemócrata, Lafontaine, aventajaba a Kohl en todos los sondeos. Pero las cosas cambiaron al iniciarse la extraordinaria transformación que ha conducido, a una velocidad de vértigo, a la unificación de Alemania. Helmut Kohl jugó desde el principio la carta ganadora, la de la unidad. Comprendió que la correlación de fuerzas en el mundo había cambiado y que lo ayer inimaginable se tornaba posible. Ha encabezado la marcha que ha desembocado en una Alemania unida, y nadie puede discutirle el título de canciller de la unidad.En estas condiciones, es natural que al lado de la CDU de Kohl, el Partido Liberal (FDP) del ministro de exteriores, Genscher, haya cosechado su mejor resultado desde hace décadas, pasando del 9% al 11%. Al frente de la diplomacia alemana, Hans-Dietrich Genscher ha tenido que vencer los principales obstáculos en el camino de la unidad. Con tenacidad y moderación, en momentos de graves tensiones: cuando el Gobierno de Bonn tuvo que dar su aceptación definitiva a la frontera con Polonia -decepcionando a sectores nacionalistas del electorado democristiano-, la presión del ministro de Exteriores fue determinante para que Kohl se decidiese a dar un paso sin el cual el proceso unificador se hubiese ido al traste.

En cuanto al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y a su candidato, Lafontaine, han sufrido un revés cuya gravedad no cabe ignorar. Con el 33,5%, el SPD pierde más de tres puntos en relación a 1987, año en que ya sufrió un fuerte descenso. Se calcula que millón y medio de electores socialistas, descontentos por el escaso entusiasmo con que el SPD acogió la unidad alemana, han preferido votar por la CDU o el FDP. En el tema número uno de estas elecciones, la unidad del país, Lafontalne se ha colocado a contracorriente. Su tesis ha sido que no se debía precipitar la fusión de la RFA y la RDA para evitar consecuencias económicas desastrosas. Pero incluso en la hipótesis de que en el futuro se demuestre el acierto de dicha tesis, está claro que los electores alemanes no querían escuchar vaticinios escépticos o pesimistas. Han preferido el optimismo de Kohl, que les ha dado el casi milagro de una unidad ansiada, pero en la que nadie se atrevía a confiar. Si más tarde los hechos confirman que esta unidad rápida acarrea repercusiones negativas para toda Alemanía, desmintiendo en particular las promesas de un futuro lleno de venturas para la antigua RDA, los efectos electorales sólo se harán sentir dentro de unos años.

Lafontaine es, en todos los terrenos, un corredor de fondo: sus concepciones, priorizando la ecología y las mutaciones necesarias en las sociedades industriales -seductoras para los jóvenes-, no conquistan fácilmente a un electorado más bien conformista. El SPD tiene que tomar en los próximos meses una decision grave: o persistir en la línea renovadora de Lafontalne o replegarse hacia actitudes más tradicionales. Pero carece de personalidades fuertes, y renunciar a la brillantez de un Lafontaine podría ser un falso remedio.

El mayor fracaso de estas elecciones ha sido el de Los Verdes, que han perdido la mitad de sus votos; al quedar por debajo del 5% exigido para tener representación se convierten en fuerza extraparlamentaria. En ello han influido su radicalización interna y el fracaso de algunas experiencias de gobierno con el SPD. Por otra parte, al aplicarse ese mínimo del 5% por separado en el Este y en el Oeste, el Partido del Socialismo Democrático -los ex comunistas- obtiene 17 diputados. Y Alianza 90, la coalición que agrupaba a los colectivos que encabezaron las grandes movilizaciones que culminaron con el derrumbamiento de la autocracia comunista, tan sólo ha obtenido ocho escaños.

En el desplazamiento hacia la derecha del electorado alemán se ha puesto de manifiesto un fenómeno singular, que ha salido a la superficie sobre todo en las elecciones locales de Berlín, viejo bastión socialista, en el que ha ganado el partido de KohI. Hace dos años, la entrada en el Ayuntamiento de Berlín del partido racista y neonazi Republikaner causó sensación y miedo. Su ascenso parecía incontenible, y se daba por seguro su ingreso en el Bundestag. No sólo no ha ocurrido así, sino que han sido barridos en la antigua capital. Ello indica que la realización de la unidad alemana y la marea de apoyo hacia el canciller Kohl han arrinconado, reduciéndolas casi a la nada, las tendencias más inquietantes del nacionalismo alemán. Es un hecho sumamente positivo para Alemania. Y también para Europa, ya que puede contribuir a disolver los restos de desconfianza en renacimiento del nacionalismo agresivo al calor de la unificación.

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