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Porfirio Lobo fue, precisamente, el rival de Zelaya en las elecciones de 2009 cuando este era el candidato del Partido Liberal, que ahora se ha desvinculado de él

Elecciones Honduras 2009 – Porfirio Lobo es elegido nuevo presidente zanjando la crisis provocada por el ‘golpe’ anti-Zelaya

HECHOS

El 30.11.2009 se celebraron elecciones presidenciales en Honduras en las que se proclamó vencedor el candidato Porfirio Lobo.

RESULTADOS:

Porfirio Lobo (Partido Nacional) – 52% de los votos.

Melvin Santos (Partido Liberal) – 35,8% de los votos

César Ham (Izquierdista UD) – 1,81% de los votos

02 - Diciembre - 2009

Apoyar a Lobo significa ayudar a los hondureños

Editorial (Director: Pedro J. Ramírez)

Ninguna escena refleja mejor el frustrante balance de la Cumbre Iberoamericana que la marcha precipitada del presidente brasileño, Lula da Silva, asegurando que no habría asistido de haber sabido que sólo se iba a hablar de Honduras. En efecto, la reunión anual de jefes de Estado y de Gobierno iberoamericanos concluyó ayer en Estoril dejando una sensación estéril, porque la crisis hondureña ha monopolizado todos los debates y, sin embargo, los mandatarios han sido incapaces de alcanzar una posición común sobre las elecciones del domingo.

Difícil papeleta tenía el anfitrión, el Gobierno luso, puesto que a la ausencia de destacados líderes se sumaba una agenda descafeinada que pretendía que la Cumbre se ocupara de asuntos tan vagos como la innovación tecnológica. Así, no extraña que todo haya girado en torno a Honduras, cuya crisis tras el golpe de Estado es hoy el principal foco desestabilizador de América.

Lo paradójico es que, mientras en Tegucigalpa la victoria de Porfirio Lobo se interpreta ya como la salida del túnel -y así lo han celebrado EEUU, Colombia, Perú o varios países de la UE-, algunos líderes de Latinoamérica siguen enrocados en una postura tan intransigente como poco realista, que sólo dificulta el restablecimiento de la democracia en Honduras. Chávez, Castro, Correa y Morales -ávidos de extender su ámbito de influencia- han dejado claro que no reconocerán la legitimidad de los comicios. Más compleja y constructiva es la actitud de Lula, quien, pese a decir que tampoco lo hará, sí ha dejado entrever que estará muy atento a los pasos que dé Lobo cuando asuma la Presidencia en enero.

Y en medio de la profunda fractura que ha producido este asunto, resulta especialmente triste el papel gris del Gobierno español, que ha perdido una gran oportunidad para ejercer el liderazgo y la capacidad de influencia que le corresponde a nuestro país en el seno de la comunidad iberoamericana. Moratinos y Zapatero no han hecho otra cosa que jugar a la ambigüedad, con declaraciones que dicen tan poco como «ni reconocemos la victoria de Lobo, ni la ignoramos». Es cierto que la cautela inicial era conveniente. Sin embargo, que tres días después de las elecciones, cuando los observadores internacionales han acreditado su absoluta limpieza, con una participación del 60% -superior a la de los comicios de 2005- y una victoria de Lobo por más de 17 puntos de diferencia sobre su inmediato rival -aceptada por todos los partidos hondureños-, es incomprensible que España siga en compás de espera y no reconozca los resultados. Esta postura nos aleja, además, de países con los que nos unen fortísimos lazos, como EEUU o Colombia.

La falta de una estrategia clara y de firmeza socava aún más el liderazgo de España en Latinoamérica, en favor de otros actores, fundamentalmente de Brasil. Pero el Gobierno puede corregir aún su posición tan irrelevante en este asunto, reconociendo el triunfo de Lobo. Ello le facultaría, además, para ayudar a las fuerzas políticas de Honduras a alcanzar el necesario acuerdo nacional que permitiría al país volver a la senda constitucional, y superar las sanciones que están sumiendo en la miseria a una población ya de por sí muy pobre. En este sentido, el mensaje conciliador de Lobo invita al optimismo, máxime cuando ha anunciado su disposición de dirigir un Gobierno de concentración que sume a los partidarios y detractores del presidente depuesto, Zelaya.

Gobernar exige tener ideas claras, fidelidad a los aliados y tomar decisiones. Nada de ello ha caracterizado hasta la fecha a la política exterior del Gobierno. Ahora debe rectificar; de lo contrario, todo apunta a que en breve nos quedaremos solos sin reconocer la legitimidad de Lobo, eso sí, junto al bloque bolivariano.

30 - Enero - 2010

Honduras se normaliza

Editorial (Director: Javier Moreno)

La imagen de Porfirio Lobo, del conservador Partido Nacional, tomando posesión de la presidencia de Honduras flanqueado por el general Romeo Vásquez, responsable del golpe que derrocó a Manuel Zelaya, resume el lamentable espectáculo que han ofrecido en los últimos meses cuantos se vieron atrapados en la crisis del país centroamericano, uno de los más pobres de la región. Las cosas empezaron mal con Zelaya, un gran propietario que lideró al Partido Liberal en las elecciones de 2005 y que se fue inclinando por políticas populistas próximas al chavismo, cuando decidió convocar un referéndum para ser reelegido contra la Constitución de su país, el Congreso y el Tribunal Supremo. Peor lo hicieron los poderes tradicionales, que facilitaron que el Ejército diera un golpe para apartarlo del Gobierno. Y de nada sirvieron las negociaciones de la OEA, del presidente costarricense Óscar Arias, ni la mediación de EE UU o de Brasil -que acogió a Zelaya en su Embajada en Tegucigalpa- para restaurar la legalidad frente a un correoso Roberto Micheletti, que asumió la presidencia tras el golpe y que terminó como triunfador, al ser declarado diputado vitalicio.

La democracia no puede sostenerse exclusivamente en las urnas. Ha de hacerlo también en la fortaleza de sus instituciones. Pero lo cierto es que el mensaje de los hondureños en las elecciones de noviembre fue transparente: salir del atolladero. Ése es el reto que tiene ahora Lobo, y el tiempo dirá si lo consigue. Con un Gobierno de reconciliación nacional deberá recuperar la confianza del exterior (a su toma de posesión sólo asistieron los presidentes de tres países) y liderar a una población dividida. Su primer gesto al lado del militar golpista, al que había amnistiado poco antes, no ha sido acertado. El pragmatismo se ha impuesto esta vez, pero el respeto a las formas democráticas es parte de la batalla para atajar la influencia del populismo chavista en Latinoamérica.

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