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Victoria absoluta de "la dama de hierro"

Elecciones Reino Unido 1983 – Margaret Thatcher (Conservadora) logra una amplia victoria sobre Michael Foot (Laboralista)

HECHOS

Tras las elecciones legislativas de 1983 se constituyó un nuevo gobierno presidido por Margaret Thatcher

Resultados

Partido Conservador – 397 diputados

Partido Laboralista – 209 diputados

09 - Junio - 1983

Todo el poder, para Margaret Thatcher

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

La última trinchera de la oposición frente a Margaret Thatcher es la advertencia de que puede capturar demasiado poder en las elecciones de hoy, jueves. Es algo que los británicos han temido siempre, o casi siempre. Thatcher trata de hacer creer que lo que los laboristas ofrecen es ninguna clase de poder, mientras el tercer partido, la Alianza (liberales y socialdemócratas) es todavía una rigurosa incógnita. El resultado es que las últimas encuestas presienten una formidable mayoría conservadora en los Comunes. Una mayoría de proporciones históricas.Atribuir este crecimiento de Margaret Thatcher sólo a la acción en las Malvinas parece un desafío al clásico sentido común de los británicos. Claro que la gloria es la gloria, aunque vaya acompañada -como en este caso- de la estupidez, y es un hecho que la popularidad de la primera ministra perdía aceleradamente puntos hasta aquel episodio, y comenzó desde entonces a subir hasta llegar a la probable cumbre de mañana. Capitalizó muy bien los hechos gracias, sobre todo, a la estupidez aún mayor de la Junta Militar argentina. Consiguió la solidaridad de Estados Unidos, cuando se esperaba que la política de Reagan tendría que inclinarse hacia el anticomunismo latinoamericano y la de los países de la OTAN; logró la casi unanimidad en su pueblo y, sobre todo, demostró que su imagen no era un invento. Es decir, que era capaz de llevar su decisión, su energía, su falta de matices, el cumplimiento de su palabra, hasta el extremo. Ganó credibilidad ante sus votantes: transformar o trasvasar la credibilidad de aquella aventura hacia la política monetaria o la promesa de enjugar el paro obrero y de mantener a raya a los países del Mercado Común ha sido su virtud.

No sería suficiente si en torno suyo no se hubiera derrumbado la oposición. Michael Foot es un cáustico intelectual de hechura bohemia; ideal para la cátedra universitaria, para la tertulia y hasta para el púlpito. No infunde ninguna confianza como eventual gobernante. Sus apóstoles predican sin demasiada convicción un programa duro. Su grito de guerra está en el énfasis de los dos-tres millones de parados y en el pronóstico, (quizá no exagerado) de que dentro de cinco años, si Thatcher reúne el poder absoluto, se habrán convertido en seis millones; pero sus ofertas de solución no tienen audiencia. El programa electoral laborista ha tenido que hacerse con demasiada velocidad, sorprendido por el corte de la legislatura hecho por Margaret Thatcher, superando a medias las rupturas internas. Su tratamiento de temas de defensa -punto crucial que ha ocupado gran parte de la campaña- es inconcluyente, su posición respecto a las Malvinas es ambigua -no debe ponerse frente a una causa nacional- y el radicalismo de las medidas económicas anunciadas tiene el carácter de una aventura. El largo ostracismo que espera a los laboristas, si el resultado de las elecciones es el previsto, podría servirles para una profunda depuración interna y una fijación real de objetivos: a condición de que su fuente nutricia, los peculiares sindicatos británicos (Trade Unions) hagan una reflexión acerca de sí mismos.

La Alianza es una incógnita. Formada por tránsfugas del laborismo en tomo a Roy Jenkins y por el viejo partido liberal, polarizado por el muy popular David Steel, representa algo que temporalmente está hundido en las últimas elecciones continentales o asumido por la moderación de la izquierda: un centro posible. La idea de construir este partido cuando los conservadores corren precipitadamente hacia la derecha y los laboristas se refugian en el izquierdismo es inteligente, y ha obtenido respeto y simpatía por parte de la opinión pública, pero no parece que vaya a obtener la misma proporción de votos que de simpatía. A menos que en los últimos momentos tenga mayor juego el programa de frenar a Thatcher, que ha salido de sus propias filas. Son ellos los que insisten en que no es el Partido Conservador, ni su política actual, lo que va a determinar el resultado de las elecciones, sino precisamente Margaret Thatcher, y su penacho churchilliano. Lo que aún espera la Alianza es un voto confortable para el futuro. En ningún caso puede ser un partido-bisagra. Si Thatcher no consigue la mayoría histórica que presiente, no va a acudir a una coalición con nadie. La idea de la Alianza es la de que en los próximos años se desinflará el souflée de Thatcher, y los laboristas no habrán podido reconstruir su partido, del cual podrían salir nuevos moderados para unirse a la socialdemocracia. Una apuesta difícil.

De todas formas, descontada la victoria conservadora (aunque haya que contar con algún rebotazo de los que a veces se producen en el Reino Unido, y no hay computador que los calcule), será interesante ver el cdhiportamiento electoral con los laboristas y con esta Alianza.

10 - Junio - 1983

La victoria conservadora

ABC (Director: Luis María Anson)

En la madrugada, los primeros resultados de la elección británica tiene ya un sentido inequívoco: el triunfo conservador anticipado por las encuestas ha sido confirmado. Victoria en verdad muy amplia que aproxima a la derecha a los 400 escaños, frente a un laborismo severamente reducido a poco más de 200 diputados. La tercera noticia era inesperada: el centrismo ha fracasado y la suya es una derrota sin paliativos.

Muchas gentes ajenas al conservadurismo, se felicitarán por este resultado. Porque el triunfo de la señora Thatcher, como siempre que se debate una razón histórico, trasciende los intereses de su partido. Es el triunfo del buen sentido frente al utopismo trivial. Y es para toda Europa la confirmación de un poderoso elemento de estabilidad y de la audacia política. La señora Thatcher ha triunfado sobre todo, por cuatro razones: su capacidad para transmitir energía a un pueblo que se debatía en la incertidumbre de la crisis; su sentido tozudo del patriotismo, que la llevó hasta la aventura de las Malvinas; su instinto de las realidades, que la empeñó en una batalla a muerte contra la inflación, sin arredrarse ante unos sindicatos alzados en rebeldía contra el sistema; y su opción ante las tensiones entre los bloques, que la empujó a alinearse frente al despliegue del pacifismo dirigido por la Unión Soviética.

En contraste con esta política, el laborismo del señor Foot se lanzó a la flotación utópica. Convencido de que la prosperidad era un fruto estacional que brotaba de los árboles, el señor Foot sucumbió ayer ante la fuerza de una mujer capaz de proclamar contra viento y marea las desagradables verdades de la realidad: en primer término, la necesidad de producir más, con mejores calidades y precios, como la única salida de la crisis. En medio de sus disensiones internas, el laborismo rozó precisamente los dos cables de alta tensión que, en una democracia occidental, no pueden tocarse sin riesgo de electrocución: el señor Foot puso en cuestión la maquinaria económica – esto es, el mecanismo de producir, vender, emplear e innovar – que en Occidente vive y se renueva por la fuerza de la sociedad, no del Estado. El nuevo laborismo amenazó ese sistema con una propuesta de intervención sindical en las empresas, y la respuesta de la sociedad británica no se ha hecho esperar. La segunda iniciativa que algunos sectores del propio laborismo calificaron de lunática, se produjo cuando el señor Foot propuso la retirada unilateral de los misiles británicos; es decir, el desarme previo.

Aun así, ha sido la derrota del centrismo el gran dato de la jornada de ayer. A pesar de la calidad de sus líderes, los escaños se reparten entre los dos grandes partidos, frente al intento elitista, de planear sobre la calidad, ‘por encima de las vulgaridades de derecha y de la izquierda”.

11 - Junio - 1983

El Reino Unido, sin alternativas

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

El Partido Conservador ha obtenido en las elecciones del Reino Unido una mayoría de 144 escaños con respecto a la suma de todos los demás partidos presentes: tres veces más de la que tenía en el momento de la convocatoria de elecciones. Un maremoto que se esperaba. Caben algunos juegos abstractos con las cifras. Por ejemplo, que esta fuerza la ha ganado con menos votos populares totales que la anterior, por el sistema de mayoría simple en cada circunscripción, desproporción que se va haciendo más notable a medida que los partidos son menores, y así, resulta incongruente, en apariencia, que la Alianza de liberales y socialdemócratas vaya a quedarse con 23 escaños, muy por debajo de los laboristas con 209, cuando sólo les separa poco menos de 700.000 votos. Pero esta abstracción no sirve de escudo y no cambia la naturaleza del poder. Puede servir, en otra ocasión, para reflexionar acerca de las leyes electorales en Europa que, aun siendo distintas, tienen el sentido de favorecer a los grandes partidos para evitar la fragmentación de los Parlamentos, y sobre el concepto de bien o de mal que estos sistemas arrojan sobre la democracia. Pero no puede servir para ocultar la cara al triunfo arrollador de los conservadores.El poder es el poder, es una realidad y no una abstracción. Margaret Thatcher lo agarra con mano firme, y los laboristas se hunden. Los británicos han visto en ellos una aventura y en los conservadores una seguridad. No deja de ser extraño, cuando en cuatro años Thatcher ha emprendido una de las más espeluznantes aventuras exteriores (las Malvinas) y ha dejado acrecentar el número de obyeros parados. Pero el juego se estaba haciendo en otro terreno. Los laboristas, a partir de su Gobierno de febrero de 1974, pretendieron una especie de desinsularización de Gran Bretaña, una supresión de peculiaridades y una renovación -por lo menos- de las tradiciones. Thatcher, en cambio, ha trabajado a fondo el nacionalismo y la evocación -aunque sea en una vacilante mesa de espiritista- del espíritu imperial de Gladstone a Churchill. Ha servido.

Dentro de lo mínimo, el Partido Liberal ha tenido un espectacular renacimiento, fruto de la popularidad personal de David Steel y quizá recogida del miedo frente al poder absoluto de Thatcher y el izquierdismo de Foot: una tendencia al centrismo. Peor suerte han tenido sus aliados socialdemócratas: el nuevo partido de desertores del laborismo se va a conformar con seis escaños. La Alianza queda bloqueada en el interior de los Comunes, quizá en vía de disolución y, salvo acontecimientos, incluso en vísperas de muerte del Partido Social Demócrata, si la energía personal de Roy Jenkins no persevera. Claro que puede creerse que un partido nuevo que obtiene por primera vez seis escaños tiene, a plazo largo, una esperanza. Hace falta aguardar un tiempo, y contemplar la propia evolución en el seno del laborismo para expresar pronósticos sobre el futuro real de los socialdemócratas.

Lo que parece casi inevitable es la sustitución de Michael Foot. El Partido Laborista no puede sentarse a esperar y ver cómo se produce en los próximos cinco años el desastre que anuncia como consecuencia del poder total de Margaret Thatcher. Tiene que preparar la alternativa al caos, que ahora no ha sabido ofrecer en su programa y, peor aun que en su programa, en la forma de defenderlo y divulgarlo que han tenido sus divididos y poco convencidos aspirantes. De la respuesta que dé a sus divisiones internas, de la capacidad de recomposición que tenga, depende el futuro mapa político del Reino Unido, la continuación del bipartidismo o la sustitución de éste por una forma más compleja.

Algunos creen ver en la nueva situación planteada en Gran Bretaña el principio de una gran lucha fuera del Parlamento: la de los sindicatos contra la reforma thatcheriana, la de los obreros frente a la desnacionalización de industrias, la de las comunidades frente al nuevo centralismo, la del consumidor contra la austeridad. Caben pocas dudas de que Margaret Thatcher va a llevar al extremo absoluto los puntos que ya ha anunciado en su programa y ha esbozado en sus años de Gobierno. Puede ser que los daños lleguen a ser insoportables para quienes ahora la han votado. Pero si estos eventuales damnificados no encuentran otra canalización, otra forma de conducir la economía y la sociedad, más que con un desafio en la calle, el país estará más lejos de sus soluciones. El laborismo actual no las ofrece o, por lo menos, no da suficientes garantías. Y el éxito liberal es tan matizado que no abre por el momento demasiadas perspectivas.

12 - Junio - 1983

Michael Foot, el último romántico socialista

Soledad Gallego Díaz

 

Michael Foot es posiblemente la última figura romántica del socialismo inglés. Incluso su aspecto físico induce más a identificarle con un político de fines del siglo pasado que con el líder de la oposición, que tiene que enfrentarse, el 9 de junio de 1983, con la temible Margaret Thatcher. Su melena blanca, cortada por detrás como con regla; su anticuado modelo de gafas; la desaliñada manera de vestir, y la ligera cojera que padece, consecuencia de un accidente de automóvil, le dan más el aspecto de un intelectual radical y decimonónico que de posible primer ministro de una potencia europea. Los británicos le quieren, pero como pueden querer a un santo: desconfiando de sus dotes prácticas.Foot, que cumplirá 70 años el próximo 23 de julio, ha sido siempre un hombre íntegro, firme en sus convicciones (socialista y antinuclear) y fiel al partido. Fue un periodista temido y un orador parlamentario agresivo, y todavía hoy conserva parte de esa leyenda, aunque en la última legislatura brilló menos de lo que cabía esperaren el jefe de fila de la oposición.

Sus enemigos afirman que no está en este mundo y sus amigos critican la teoría de que para ser un buen primer ministro del Reino Unido hay que ser un poco garbancero y no tener imaginación. Michael Foot es un intelectual, idealista e imaginativo, y no lo oculta.

Humor británico

Ningún asesor de imagen laborista ha conseguido que deje de pasear su perro por las mañanas, en chándal y con bufanda, o que sustituya sus viejos y cómodos trajes por modelos más a la moda. El resultado de su empecinamiento puede ser gratificante para el propio Foot, pero no le ayuda a conseguir votos. Se cuenta que acudió a un importante desfile militar vestido con su clásica chaqueta de tweed y pantalones de franela y que, según un rápido sondeo pagado por un diario popular, su popularidad descendió varios puntos. Cuando se lo contaron, guiñó nerviosamente un ojo y se quedó perplejo, pero no modernizó su guardarropa.

Michael Foot, que procede de una familia adinerada, con tradición política (su padre, Isaac, fue también diputado, y uno de sus hermanos es sir), hizo el clásico recorrido de un joven de la buena sociedad británica: colegio privado, Oxford (donde fue presidente de la Sociedad de Estudiantes), para salir catapultado a la carrera política. No posee, sin embargo, una gran ambición personal, como lo demuestra el que sólo haya aceptado ser ministro en una ocasión, en el Gabinete de Harold Wilson y durante dos años, para negociar con los sindicatos. Aunque no ha cultivado nunca las relaciones, se afirma que algunos miembros de la familia real disfrutan más charlan do con el líder de la oposición, que con la primera ministra. Foot posee el famoso sentido del humor británico, del que carece casi por completo Margaret Thatcher y además, es capaz de hablar de pintura, música o caballos, sin preten der, al mismo tiempo, imponer sus ideas políticas, como se rumorea que suele hacer su oponente Margaret Thatcher.

Pese a que le acusan de fanático e izquierdista, Foot nunca se ha consíderado a sí mismo como marxista, sino como socialista radical. Afirma que le debe más a Shakespeare, a Cervantes y a los profetas hebreos que al filósofo alemán, y que su preocupación social y su admiración por la clase obrera británica está más enraizada en su experiencia personal (pasó su infancia de niño asmático y observador en una zona deprimida de Gales) que en lecturas marxistas.

Su ascenso al liderazgo del Partido Laborista se produjo más como unasolución de emergencia que como una operación política premeditada. El enfrentamiento entre el sector izquierdista y el moderado del partido era tan profundo que se pensó que Michael Foot, pese a que procedía del sector radical, disfrutaba de suficiente ascendiente personal sobre todos como para unir de nuevo los pedazos de la organización. Los laboristas se dieron cuenta demasiado tarde de que el intento había fracasado. Margaret Thatcher adelantó casi un año las elecciones y ya era imposible buscar un líder para la gran masa de los votantes. Foot tenía que enfrentarse personalmente con la dama de hierro, y el viejo león aceptó el desafío, aunque sabía muy bien que sus virtudes personales no son precisamente las que más busca el elector británico en un futuro primer ministro. Cuando pasen las elecciones, analizará la causa del desastre y, afirman sus amigos, dimitirá.

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