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Emilio Romero reprocha al Grupo Tácito que jueguen a ser a la vez miembros del gobierno franquista y críticos con el régimen

22 - Junio - 1974

El Reto asociativo

Grupo Tácito

Don Carlos Arias Navarro ha expuesto en Barcelona ideas importantes para el futuro de España. Ideas sobre las que es forzoso meditar y opinar.

De entre todas destacamos como más significativa su contundente declaración política: “Instrumento insustituible al servicio del propósito participativo ha de ser la regularización futura del derecho de asociación que se halla en el frontispicio de todo desarrollo democrático”.

Con ella ha sentenciado definitivamente el viejo pleito de si es o no constitucional el asociacionismo político. Respuesta afirmativa sin paliativos: “Los españoles podrán reunirse y asociarse libremente para fines lícitos y de acuerdo con lo establecido en las leyes”.

Tras la declaración del presidente, se abre la operación mecánica de convertirla en realidad. Ante este reto, para información de todos quienes hayan de llevarlo a cabo, desde su modestia, pero con toda responsabilidad TÁCITO tiene el deber de exponer por anticipado sus ideas sobre cómo desarrollarse el asociacionismo político.

En primer lugar, cree que todo el que acate la normativa constitucional, sea quien sea, venga de donde viniera, no puede ni debe ser excluido del derecho de asociación; para ello, los cauces deben ser claros y amplios.

En segundo término, opina que de nada valdrían las asociaciones políticas si se coartara a éstas sus derechos de expresar libremente su opinión en cuanto es constitucionalmente opinable, de actuar sin trabas en la recluta de sus miembros y de participar promoviendo candidatos en los procesos electorales.

En tercer lugar, entiende que debe fomentarse la creación de asociaciones que representen fuertes corrientes de opinión, cimientos sólidos de acciones políticas coherentes y concurrentes; no múltiples cuerpos sociales de vida anémica que dispersen o disgreguen la sociedad.

Por último, juzga que en ningún caso deben someterse las asociaciones políticas al control organizado de estructuras administrativas paralelas al Estado. Más claro cree en la viabilidad de un asociacionismo en el marco de la comunión de principios, pero no, obligatoriamente, en el ámbito del Movimiento como organización.

TÁCITO partidario de la evolución dentro del orden constitucional establecido como solución de porvenir, cree que éste no será viable si el desarrollo asociativo se aparta de los principios expuestos. En vez de ilusionar e incorporar a una tarea común, en convivencia, a las jóvenes generaciones, las apartará de la participación política. Muchos de los españoles que pinesan en el futuro, y entre ellos TÁCITO, quedarían así excluidos del fenómeno asociativo. Tal vez a algunos los contiene. Sólo les recordamos la frase del presidente del Gobierno: “Debo confesaros que no conozco en política riesgos mayores que los del vacío, la atonía y la inhibición ciudadana”.

El Consejo Nacional, al que se le ha encomendado la promoción y sugerencia en esta materia, asume una vez más y ampliada, una gran responsabilidad. Una responsabilidad que debe afrontar en breve plazo.

Tácito

26 - Junio - 1974

La ninfodemocracia cristiana

Emilio Romero

Sinceramente, se quiere a este país – los que hemos nacido en él – por muchas cosas originales, y una de ellas por lo sorprendente. Hoy todo va a ser como una muestra de nuestra caja inagotable de sorpresas. Hay que recordar a Ortega en aquella exageración de cierto buen diagnóstico: “España está en todas partes, menos en el Parlamento”.

 

Como todos los lectores saben. Tácito es el seudónimo de un grupo ninfodemocristiano, nacido en el tradicional señor católico de nuestra política contemporánea, y que según su propia confesión ha erradicado el fulanismo. Tácito escribe en el periódico YA, y en el Gobierno actual alcanzó dos Subsecretarías y dos Direcciones Generales – que se sepa – sin que se agotara con ellas la amplia representación del sector católico en el poder. Cualquier grupo político, en las democracias habituales, que se instala en el poder, abandona la antigua posición crítica y se convierte en proveedor de aromas oficiales. El sitio de la posición crítica es ocupado, invariablemente por adversarios. Pero Tácito con sagacidad desenfadada, se ha instalado en los dos terrenos de juego: en el poder y en la crítica. Este descubrimiento, o esta invención del Mediterráneo, si se aceptara, tendría por supuesto, gran rentabilidad innovadora, pero al tiempo una alucinante taumaturgia política. El presidente del Gobierno señaló en Barcelona que el cuadro, marco o campo de juego para el propósito asociativo de las diferentes opiniones organizadas del país, será el Movimiento. Lo señaló con energía y claridad. Entonces Tácito escribe: “En ningún caso deben someterse las asociaciones políticas al control organizado de estructuras administrativas paralelas al Estado. Más claro, cree en la viabilidad de un asociacionismo en el marco de la comunión de principios, pero no, obligatoriamente, en el ámbito del Movimiento como organización”.

 

El presidente se ha referido exclusivamente al Movimiento como ‘cuadro, marco o campo de juego. No se ha referido – porque no hace falta – a ninguna estructura administrativa, ni ha establecido el marco en esa vaguedad llamada ‘comunión de principios’ a efectos de organización de la pluralidad. Pero este seudónimo colectivo, en la rentable táctica de dentro y fuera tiene a continuación un atrevimiento todavía más sorprendente: Tácito – dice – partidario de la evolución dentro del orden constitucional establecido, como solución de porvenir, cree que éste no será viable si el desarrollo asociativo se aparta de los principios expuestos. En vez de ilusionar a incorporar en una tarea común, en convivencia a las jóvenes generaciones las apartará de la participación política. Muchos de los españoles que piensan en el futuro, y entre ellos Tácito quedarían así excluidos del fenómeno asociativo’. Parece claro que si las cosas no se desarrollan como Tácito apetece con un programa expuesto y condicionante, la promesa asociativa no será aceptada. Así es de políticamente jacarandosa está ninfodemocracia-cristiana.

 

Naturalmente, a nadie se le pasado por la cabeza que el torrente de nuestro pluralismo político vaya a pasar por un sistema administrativo inadecuado. El Movimiento es una realidad más amplia que esa reducción a la suspicacia administrativa con que se lo imagina Tácito. Pero tampoco en la inconcreción, la vaguedad, la lontananza confusa, por la que suspira. Ya no se trata de hallar, con imaginación o funambulismo, interpretaciones particulares a las palabras del Presidente. Han sido bien precisas: “cuadro, marco o campo de juego”. Y eso es el Movimiento. No otra cosa.

 

El Presidente, por otro lado, ha hecho una aclaración oportuna y de gran valor. Tanto el programa político del 12 de febrero como la declaración interpretadora del 15 de junio no son exclusivamente sus opiniones, sino las de todo el Gobierno. Tradicionalmente, por la razón de los usos habituales, cuando un Ministro, o un ato funcionario político de la Administración pública, está en desacuerdo con las palabras o con el rumbo de la política del Presidente se marcha o dimite. Si existieran por otro lado, dudas sobre las manifestaciones presidenciales de Barcelona, lo que procede es pedir afirmaciones o aclaraciones al autor de las palabras, pero no objetarlas o condicionar la actitud, en un periódico. No es correcto, ni políticamente aceptable que la fracción de Tácito en el poder se dirija desde fuera al poder diciéndole como tiene que hacer las cosas. También en este caso o se dimite de un sitio o se dimite de otro.

Emilio Romero

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