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Enrique de Diego, de PERIODISTA DIGITAL, carga contra Jiménez Losantos (LIBERTAD DIGITAL) por citarle su libro ‘El Linchamiento’

HECHOS

El 25.11.2011 el diario LIBERTAD DIGITAL publicó un fragmento del libro ‘El Linchamiento’ de D. Federico Jiménez Losantos que iba a salir publicado el 1.12.2011.

25 - Noviembre - 2011

Enrique de Diego y los policías del 11-M

Federico Jiménez Losantos

(fragmento de 'El Linchamiento')

El día 15 de noviembre de 2007, Periodista Digital, el diario en Internet que dirige Alfonso Rojo, que nunca pierde ocasión de atizarle a Pedro J. y que entonces no perdía ocasión de atizarnos a los de la COPE, fuera por lo religioso o por lo político, dio cuenta de un curioso evento político-policíaco-intelectual: la presentación en la sede del SUP del libro de Enrique de Diego, Conspiranoia. Asistieron al acto José Manuel Sánchez Fornet, secretario general del SUP, José Ángel Fuentes Gago, presidente del Sindicato Profesional de la Policía —al que pertenecía Sánchez Manzano— y José María Fuster-Fabra, al que —sin duda injustamente, tal vez por provenir de la extrema derecha catalana— se le atribuye ser letrado de las «cloacas de Interior». Esa desapacible consideración tal vez se debe a haber sido el abogado del general Galindo, condenado por los crímenes del GAL, y acaso a representar ahora a una variopinta serie de personas y grupos que tienen poco que ver entre sí, salvo su abogado y su dependencia, o excelente relación con el ministerio de Rubalcaba. Entre otros, cabe señalar a la Asociación de Víctimas del 11-M dirigida por Pilar Manjón, tan grata al gobierno; el SUP, del que casi huelga hablar; Sánchez Manzano, del que hablaremos, y otros policías denunciados por irregularidades en el 11-M, como el comisario Ortiz, el que encontró o al que se le «apareció» la «mochila de Vallecas».

Las declaraciones de Enrique de Diego ilustraban con su torrencialidad prosódica la gravedad de lo denunciado. Su propósito era claro: «Erradicar de la vida pública a los que han mentido y manipulado sin tener en cuenta que había 192 muertos». Pedro J. y yo habríamos escrito «la página más negra del periodismo español (que) es la utilización de las víctimas para vender periódicos y ganar dinero». Siempre según la reseña dePeriodista Digital, «acusó de mentirosos a Federico Jiménez Losantos, Pedro J. Ramírez y Luis del Pino o, como él mismo dijo, “Luis del Timo” (…). “Era preciso poner en boca de los protagonistas sus motivaciones mercantilistas y su pérdida constante de sentido de la realidad, hasta acusar de asesinos a prácticamente todos los policías españoles” (…). El autor del libro dijo ser de derechas, pero estar en contra de la actuación del PP en el caso 11-M, tachándola de estúpida, refiriéndose a ella como “Gran Hermano cutre” y afirmando que Acebes y Zaplana deberían dimitir. El secretario general del SUP dijo haber recibido incluso llamadas para que cambiaran su postura, a lo que ellos se negaron, ya que de ser así podría contribuir favorablemente a medios como la COPE, entre otros. Por su parte, Enrique de Diego declaró que a los lectores de El Mundo y a los oyentes de la COPE debe gustarles que les mientan».

Enrique de Diego, pese a los muchos años y los muchos libros entregados a la actividad periodística e intelectual, es bastante desconocido. A los conocedores del liberalismo en España, que Enrique de Diego presentara un libro contra mí en la sede del sindicato policial más identificado con el PSOE les resultaría sorprendente. Más aún si asistieron a la presentación de su primer libro, El socialismo es el problema, escrito con Lorenzo Bernaldo de Quirós, y del que fuimos presentadores Luis María Anson, no demasiado liberal pero que dirigía el ABC donde entonces escribía Enrique, y yo. También con Lorenzo organizó unas jornadas sobre liberalismo en Benidorm, patrocinadas por el alcalde Zaplana, que, tras dar algunos tumbos, acabaron convirtiéndose durante una década en las Jornadas Liberales de Albarracín, en las que nació el grupo de Libertad Digital y, por supuesto, participó Enrique, hasta que una trifulca psico-conyugal, que por piadosa discreción no detallaré, le hizo abandonarlas.

El afecto, admiración o identificación de Enrique conmigo, que en no pocos momentos ha alcanzado niveles ruborizantes, se trasladó a Libertad Digital, periódico en el que colaboró desde el principio. El problema que le planteaba a su primer director, Javier Rubio, es que quería colaborar demasiado. Hasta tres artículos diarios llegó a enviar, según se me quejaba Javier; y esa reticencia a su inflamable inspiración provocó el enfriamiento de nuestras relaciones y, finalmente, su marcha. Roto el dique de su entorno liberal, se lanzó a escribir ensayos a porrillo y novelas en pandilla, lamentablemente sin éxito. Es raro que publicando tanto no se acierte alguna vez, pero el destino de los genios suele ser injusto. Tras esta colaboración con la «operación venganza» de los policías del 11-M, fundó el «Movimiento de las Clases Medias», con el que a partir de cierta popularidad alcanzada en Radio Intereconomía e Intereconomía TV, quiso regenerar España desde el Ayuntamiento de Madrid. Pero la injusticia que sabotea sus meritorios intentos en las letras, también lo impidió.

Enrique nunca se limita a publicar un libro, porque diríase que más que escribir le gusta reincidir, y en el primero sobre el 11-M no atacaba a Acebes ni Zaplana, aunque se zampó como un tragasables la tesis del atentado islamista propalada por el gobierno del PSOE. No merece censura por ello, ya que el propio gobierno del PP la creyó. Pero unos meses después Aznar dijo en ABC una frase sobre el 11-M con enorme eco: «Los autores no están en montañas remotas ni en desiertos lejanos». Y la base de las palabras del presidente del Gobierno cuando la masacre eran las incoherencias en la versión oficial detectadas y denunciadas por los tres medios que investigábamos el 11-M. A partir de ahí, los celos periodísticos y el celo político tal vez se confundieron.

Entre el islamismo de pega y el periodismo de traca

Hay algo que ni Enrique de Diego ni nadie con un mínimo de pulcritud intelectual puede seguir manteniendo: el origen islámico de la masacre. Es terrible que el gobierno del PP no se haya consagrado a averiguar la verdad sobre el 11-M y, de paso, aventar montajes y conjeturas; pero es todavía peor que ni la izquierda socialista ni la derecha gallardonista reconozcan públicamente que lo que defendieron durante años era falso. Que la supuesta autoría islamista, tan hábilmente aprovechada por el PSOE, quedó desacreditada en la propia sentencia del 11-M. Esa misma a cuyo autor condecoran, pero en la que Bermúdez reconoce no saber quiénes fueron los autores intelectuales de la matanza, niega que exista cualquier evidencia que la relacione con Al Qaeda o guarde relación con el respaldo político de España a la guerra de Irak. Pero la invención progre del atentado islamista tuvo tal éxito propagandístico que ha anulado la modesta constatación de los hechos. Y entre esos hechos destaca la siembra en el surco fértil del sumario de no pocas pruebas falsas. En este apartado delictivo y delictuoso las contradicciones de Bermúdez son terribles. Por ejemplo, la sentencia niega valor y por tanto reconoce como pieza falsa al Skoda Fabia, pero no manda investigar quién colocó ese coche después del 11-M, con el maletero cuajado de ADN de los supuestos asesinos. En cambio, da por verdaderas otras pruebas como la «mochila de Vallecas» o la furgoneta Renault Kangoo, más falsas aún que el Skoda Fabia.

Hay otros muchos datos en la sentencia que merecerían investigación policial y judicial, o, mientras tanto, periodística. Así, la sentencia no asume ninguno de los itinerarios oficiales propuestos para explicar que los explosivos llegaran a Madrid, ni que el cerco al piso de Leganés, donde presuntamente se suicidaron los terroristas, tuviera lugar, según dijo la policía, tras un tiroteo en Zarzaquemada. Tampoco explica que no se hiciera la autopsia de los terroristas supuestamente suicidados. Y en cuanto a los explosivos, al arma del crimen, ni asume ni niega que en los trenes estallara «Goma 2 ECO y vale ya», como dijo la fiscal Sánchez en la instrucción del caso. En realidad, según supimos después de la sentencia, la pericia que ordenó Gómez Bermúdez, pero luego ocultó a los imputados y a sus abogados, privándoles de una herramienta esencial para su defensa, había llegado a la conclusión de que el explosivo que estalló en los trenes fue Titadyn. Lo primero que dijo la policía al gobierno del PP.

¿Por qué ante estos datos incompletos pero indiscutibles algunos periodistas prefieren negar la evidencia? ¿Por qué Enrique de Diego se retrata junto a policías implicados en tenebrosas ilegalidades o notorias irregularidades en la manipulación de las pruebas del 11-M? No lo sé. No conozco a ese tipo, aunque se llame igual que uno que traté hace años. Nunca lo hubiera creído capaz de formar parte de un piquete parapolicial para difundir que los que denunciamos irregularidades en la investigación del 11-M habíamos sido desmentidos por la sentencia. Falso: a nuestros «agujeros negros» probados la sentencia añade grietas abismales, simas abisales y mucho más.

Del piquete parapolicial al enjuague multiconfesional

La frenética actividad difamatoria de Enrique de Diego contra Pedro J. y contra mí, que alcanzó su apogeo con ese libro, duró varios años. Sin embargo tuvo un punto de inflexión en septiembre de 2010. Se acababa de conocer que Pedro J. se iba a la COPE con Buruaga, a quien encargaba también la dirección de Veo7. Mientras tanto, yo había llegado a un acuerdo de colaboración con Julio Ariza e Intereconomía que incluía la emisión gratis de la señal de esRadio por TDT, la participación de Carlos Dávila en mi tertulia y la mía en El gato al agua. Los observadores superficiales o ayunos de información vieron en la operación Unedisa-COPE-Buruaga una especie de traición de Pedro J. contra mí que, a su vez, provocaba una alianza entre Ariza y yo. Y ese fue el momento en que Enrique de Diego quiso hacer una voltereta con tirabuzón, sostenella pero enmendalla, mantener su discurso contra los medios que denunciamos la versión oficial del 11-M y, al mismo tiempo, evitar que mi pacto con Ariza le costara la cabeza y acabara con su flamante partido político, el Movimiento de las Clases Medias, nacido gracias a la plataforma que le brindaba Julio Ariza en Intereconomía. Enrique, que no ha sido nunca un maestro de los matices, tuvo serias dificultades para decir lo mismo y lo contrario. No era fácil que dos periodistas a los que llevaba años injuriando junto con los Manzano, Ruiz y demás criaturas policíacas del PSOE pudieran tener de pronto un tratamiento diferenciado e incluso antagónico. Pero, a su manera tosca, lo hizo; o, al menos, lo intentó. El resultado de su esfuerzo es esta pieza que lo retrata de cuerpo entero, en lo periodístico y lo moral:

La traición de Pedrojota

Entre los cambios en los medios con los que se inicia el curso destaca la traición de Pedrojota a Jiménez Losantos. Traición tortuosa y oportunista, que se mueve a medio camino entre el descarnado utilitarismo y la bajeza moral sin paliativos. La alianza entre Pedrojota y Jiménez Losantos ha sido una de las más sólidas y duraderas del panorama mediático español. Viene de los lejanos tiempos en que Losantos era jefe de Opinión de Diario 16, siendo Pedrojota director. Más allá de lo mercantil, la relación siempre ha transmitido la imagen de que iba más allá del interés coyuntural para asentarse en una sólida amistad. En el balance, puede decirse que quien ha puesto más, quien tiene su saldo a favor es Losantos, quien desde la COPE generó la especie de un grupo de comunicación conjunto. Mientras los otros diarios bajaban, El Mundo no sólo frenaba la sangría sino que incrementaba sus ventas. Efecto casi milagroso, debido al entusiasta respaldo de Losantos.

Según se ha publicado reiteradamente, la traición de Pedrojota —casi un instinto en el personaje— se debería, precisamente, a la consideración de que ha pagado muy caro, en ventas, su ausencia de la COPE. Es un diagnóstico simplista que elimina la crisis general del papel, acosado por la competencia de los gratuitos e Internet, cada vez con más oferta y pulso, y también el hecho notorio de que El Mundo ha perdido a chorros la fibra, la investigación, la crítica y la independencia (llegó a defender a Bono o «A Bono le salen las cuentas») que le dieron frescura y éxito en los primeros tiempos. Desde luego, lo que ha hecho Pedrojota es un asalto en toda regla a la COPE, para el que Jiménez Losantos simplemente sobraba, y de nada han valido viejas amistades, sólidas alianzas de antaño, ni patentes servicios prestados más allá del deber y la conveniencia. El asalto se ha llevado a cabo en una operación a dos bandas con Ernesto Sáenz de Buruaga, que deja en lugar muy desmerecido a la Conferencia Episcopal. De nuevo la COPE se pone al servicio de la «derecha pagana», sin principios pero con muchos intereses, sin línea editorial ninguna o incluso contraria a lo esperable.

Pero la COPE de Buruaga no es, obviamente, la de Losantos, y no va a producir, por tanto, efectos parecidos. Buruaga es la acomodación plena al sistema y, por ende, la inhabilitación; el periodismo entendido como una forma menor de las relaciones públicas. Buruaga, otrora emblema y sonrisa del aznarismo, es el biotipo de periodista de partido, aliñado, ajeno a la crítica y a la exclusiva, que ha hecho de no ofender a nadie una bella arte, por no defender nada. Estricto periodismo cortesano. Es fácil vaticinar que la COPE de Buruaga no va a ser la panacea que Pedrojota espera para revertir la caída libre de ventas de El Mundo.

Buruaga y Losantos

He combatido a Losantos su conspiranoia sobre el 11-M por su manifiesta inconsistencia, por ser objetivamente lesiva para las víctimas y por desarmar a la sociedad española respecto al gravísimo problema de islamización. En su descargo, hizo seguidismo de El Mundo y quizás creyó en una capacidad de investigación que hace tiempo no existe. Siempre he reconocido los méritos innegables de Losantos en independencia, patriotismo, lúcida e insobornable crítica a los nacionalismos y defensa de las libertades, con excelente pedagogía del liberalismo, de fuerte influencia en la juventud. (…).

La traición de Pedrojota a Losantos conlleva, como efecto colateral, el intento de decretar la muerte civil de Federico. No se producirá. Tiene un espíritu combativo y un sólido discurso liberal de los que el tándem Pedrojota-Buruaga carecen. Un par de oportunistas cuando el tiempo de los oportunistas ha pasado.

Sinceramente, esta última afirmación me parece arriesgadísima. El autor y el artículo la desmienten.

28 - Noviembre - 2011

Tú sectarismo ya no lo soporta ni Alberto Recarte

Enrique de Diego

El hundimiento de las personalidades sectarias tiende a producirse en medio de acusadas pérdidas del sentido de la realidad que las provocan delirios.

Es el caso de Federico Jiménez Losantos cuyo sectarismo es tan acusado que no es ningún secreto que ya no lo soporta ni Alberto Recarte, quien se mantiene por la simple razón de que para allegar fondos para la mediática aventura equinoccial de Losantos hizo numerosas gestiones con personas de su confianza y ahora siente sensato pudor en dejarlas en la estacada.

Lo llamativo de Losantos es que, en patente contradicción, pretenda compaginar su sectarismo con un pretendido liberalismo, en el que es clamorosa la falta de lecturas digeridas.

No deja de ser curioso que quien ha hecho del linchamiento ora un arte, casi siempre una caricatura, ora un esperpento, intente presentarse como la víctima de uno de ellos. Entiendo que la COPE dejó de contar con él por descensos de audiencia y por su tendencia histriónica y compulsiva a practicar el linchamiento, que llegó incluso hasta hacer una campaña contra el Nuncio, tildándolo de masón.

Siendo la COPE de propiedad episcopal, ese tipo de desvaríos hacen evidente que Losantos se labró su propia desgracia y, en su caso, no hay otro linchamiento que el que él mismo se provocó, en confusión mental, pretendiéndose mezcla de propietario de facto -montando, por cierto, empresa alternativa- y – él tan abortista y laicista, tan pagano- pretendiendo pone a su dictado a la Conferencia Episcopal, cuyos responsables demostraron con Losantos mucha más paciencia que el santo Job.

El hundimiento de Losantos es un caso de libro de abuso de poder, de corrupción moral por megalomanía y de relativismo adobado con tanta audacia como ignorancia. No voy a entrar en esas teorías conspiracionales de bajos vuelos, a las que tan aficionado es por instinto, ni en esas insinuaciones personales de baja estofa propias de pigmeos del espíritu, ni en sus exhibiciones de poder oscuro respecto a vetos zoológicos, que degradarían a quien los hubiera aceptado, de ser ciertos, que el personaje miente más que habla.

Todo esto es habitual en los totalitarios y en los sectarios. No tengo nada personal contra Losantos. Nada de nada. Mi salida de Libertadigital no tiene ni sombras, ni misterio alguno. Nunca he pertenecido a la menguante secta losantiana y, por ende, nunca la he abandonado.

El único misterio en ese terreno es la expulsión, a manos de Losantos, pero transmitida por Recarte, de su compañero de pupitre, de su amigo del alma de los tiempos universitarios, el eficaz Javier Rubio, quien, me consta, anda muy dolido y sigue esperando que Losantos tenga la gallardía de darle alguna explicación a lo que tuvo todas las trazas de una estricta e inmisericorde depuración. Javier Rubio es el único que ha hecho algo digno con Libertaddigital, porque esradio es un desastre y la televisión -a la que Rubio se opuso, con razón-del grupito se dedica a la teletienda y el tarot.

He tenido una relación episódica y circunstancial con Losantos, que siempre me pareció un maricomplejines con ínfulas, un rebotado con tendencias histéricas, con algunos desenfoques clamorosos tal que situar a Manuel Azaña como la referencia del liberalismo hispano. Me enternece su sincera preocupación por las ventas de mis libros, que funcionan cada vez mejor, como el último “Para salvar a España” (Editorial Rambla).

Yo escribo para salvar a España, para ayudar a mis compatriotas a salir de esta crisis de modelo, el tal Losantos, con cinco millones de parados y tanto sufrimiento en la sociedad, escribe sobre sí mismo, sobre su ombligo, sus cotilleos, sus ponzoñosos ajustes de cuentas y su añoranza de contratos millonarios.

Yo defiendo a las clases medias indefensas de la expoliación de un sistema de casta depredador -que he venido denunciando sin desmayo desde 1996- Losantos, por el contrario, ha pretendido situarse en el sistema, si bien dando la tabarra, y no ha hecho otra cosa que dividir, sin buscar nunca un ideal común, ni soluciones, sino manipulando, a favor de sus intereses, a incautos y buenas gentes con poco espíritu crítico. Losantos ha fracasado.

El libro en el que utiliza mi prestigio para ver si vende es su epitafio. Carece de sentido que pretenda hacer transferencias de responsabilidad. Pudo hacer mucho bien y se descarrió por falta de conocimiento. Lució a espasmos, como una bengala, y se ha pagado. Sólo le quedan rescoldos de resentimiento y amargura.

Valoré su crítica al nacionalismo, que comparto, aunque, ni en esa ni en otra materia, he tenido proceso alguno de conversión, ni ha sido, en lo más mínimo, mi maestro. Yo acabo de venir de Barcelona, de defender España, él dice que está cansado de los catalanes y está dispuesto a ceder en la unidad nacional: que se vayan.

Salí al quite, por ética y patriotismo, cuando se empeñó en que se pusiera en libertad a patentes asesinos de la terrible masacre de Atocha, del 11 de marzo de 2004, como Jamal Zougham, y cuando sin fundamento alguno -han pasado siete años y sigue instalado en el desquicie y la chusca mentira- reiteró, con paranoia aguda, la acusación general de asesinos genocidas a los miembros del Cuerpo Nacional de Policía, ninguneando y vilipendiando la memoria del ejemplar español y heroico geo, Francisco Javier Torronteras.

No todo vale. Losantos tiene reiteradamente escrito y publicado que las tácticas comunistas, que él aprendió en su militancia juvenil totalitaria -osciló entre el estalinismo y el maoísmo-, son apropiadas para la defensa de la causa de la libertad. Eso es una patraña. Un delirio. Hay que ser tan pulcros en los fines como en los medios. No es posible sentar cátedra de liberal con métodos estalinistas.

Losantos no se ha desprendido de su totalitarismo originario, camuflado tras una capa de pintura liberal llena de desconchones. Se hace mayor y no aprende. Anida en él un alma reprimida de chequista o de guardia rojo y, en sentido estricto, no ha hecho nunca periodismo -implica buscar la verdad- sino propaganda de tono bastante mediocre e insufrible.

Que yo presentara un libro sobre el 11-M con José Manuel Sánchez Fornet, secretario general del Sindicato Unificado de Policía, y con José Ángel Fuentes Gago, presidente del Sindicato Profesional de Policía, no justifica, ni por asomo, ni en un delirio goebbeliano, el imaginativo título de “La extraña alianza entre Intereconomía y el PSOE”. ¡Majadera falta de rigor!

Es obvio que soy responsable de mis opiniones, porque Intereconomía no es sectaria, no es una secta como la losantiana. Y el SUP no es el PSOE, salvo en ese etiquetado basura con el que Losantos degrada a los pocos seguidores que aún le soportan, ofendiéndose a sí mismos.

Y, más aún, el Sindicato Profesional de Policía no tiene en su historial mácula, ni la más mínima veleidad socialista, sino que ha sido el azote -sindical y judicial- de las numerosas arbitrariedades de Rubalcaba, el presunto chivato de ETA en el caso Faisán (reclamo en “Para salvar a España” que se aclare y se depure ese delito “caiga quien caiga”).

Por cierto, que los injustamente zaheridos Rodolfo Ruiz y Sánchez Manzano son afiliados del SPP. Situarme a mí en alianza con el PSOE es de aurora boreal y no se lo cree ni César Vidal. Extraña alianza, desde luego, cuando, con la Plataforma de las Clases Medias, conduje a miles de españoles hasta las verjas de La Moncloa, el 7 de noviembre de 2009, para pedir la dimisión de Zapatero, o cuando puse un chorizo en la sede central de la UGT o cuando he sido detenido ilegalmente en la calle Ferraz ante la sede socialista.

Losantos no es que no permita que la realidad no le estropee un buen reportaje -porque nunca ha hecho nada que se le parezca- sino que la transforma a conveniencia, de modo que cualquier parecido con ella sea pura coincidencia, y se queda más ancho que largo.

Durante tiempo pensé que aquel desvarío de la conspiranoia, sin pies ni cabeza, con que el confundió a una derecha sociológica noqueada, era el mero seguidismo de su alianza mercantilista con Pedrojota, para poner a la derecha política de hinojos a su servicio comercial -fue Losantos en el que en un chat se retrató en sus laxos criterios morales definiendo el primer ‘agujero negro’ de El Mundo como “una buena forma de vender periódicos”- pero luego se puso a hacer méritos y a defender a los integristas islámicos con la pasión de un ulema de las ondas, convirtiendo a la COPE en un minarete, dando pábulo a los patéticos y tortuosos jeroglíficos de un atorrante ingeniero con desmedido afán de protagonismo.

La masacre de Atocha fue el terrible zarpazo del islamismo, peligro permanente y aún creciente, aunque Losantos sea incapaz de ver más allá de sus narices y de su enorme ombligo y de escuchar nada distinto a su voz histriónica.

Sus delirios favorecieron a Zapatero -tan amigo de Pedrojota- en su reelección, esterilizaron, con su cencerrada, a la oposición en la primera legislatura zapateril, generaron una estulta mitología sobre Rubalcaba, a medio caballo -a tenor de Losantos- entre émulo de Maquiavelo y clon de Fouché, que se ha demostrado meridianamente falsa como perfil del derrotado y mediocre personaje.

Además, pretendiendo poner a la derecha política en primer tiempo de saludo ha calcinado a una parte muy decente que ahora sería muy necesaria y sirviendo, como torpe lacayo, a Esperanza Aguirre, ha apoyado a un partido competidor, que lucha contra los nacionalismos desde la circunscripción de Madrid.

Quienes han seguido a Losantos en sus alucinados inventos sobre la conspiranoia en torno al 11-M han cosechado el mismo aislamiento y parejo ridículo que su despistado y bocazas guía. Losantos, ese personaje menor y desfallecido, escribiendo un libro titulado “el linchamiento” tiene el mismo crédito e idéntica autoridad moral que el coronel Lynch.

26 - Noviembre - 2011

'El linchamiento': libro, memoria y curiosidades

Federico Jiménez Losantos

Aparentemente, lo que publica LD es la fechoría menor de un personaje menor (Enrique de Diego) que no merecería una sola frase si no formara parte de algo mucho mayor y más siniestro.

El jueves 1 de Diciembre sale a la venta mi último libro: El linchamiento, cuyo subtítulo es “De la liquidación de la COPE a la aventura de esRadio“. También podría haberse subtitulado “El estado comatoso de la libertad de expresión en España” o “El episodio de lucha ideológica más duro y decisivo de los años del zapaterismo”, pero la lucha –en realidad, guerra de posiciones, con trincheras, alambradas y gas mostaza como incienso- tuvo lugar dentro y fuera de la COPE durante casi tres años; y, como el resultado de nuestra derrota fue el venturoso nacimiento de esRadio, un subtítulo explicativo resulta más claro aunque menos brillante o estrepitoso. Sin embargo, la aventura es una sola y casi intemporal: la de la libertad, tan enclenque, contra sus fornidos enemigos, y llega desde aquel “milagro de la COPE” que conté en De la Noche a la mañana, hasta el último capítulo de El linchamiento, que cuenta cosas de hace muy pocas semanas.

El Mundo pre-publica este domingo dos fragmentos de los que sólo conozco uno, el de la comida con Cañizares el otoño pasado en el Vaticano (uno de mis pasajes favoritos), pero veo que en LD Pablo Planas se ha adelantado un día –el vicio del periodismo es adelantarse- con el fragmento de un capítulo dedicado a lo que, visto desde hoy, resulta lo más sórdido de todo El Linchamiento: la venganza de los policías implicados en terribles irregularidades y presuntos delitos para manipular las pruebas del 11M. Y tras leer el adelanto de LD me toca hacer lo que me había prohibido: leer y escribir una sola palabra más sobre el libro que más me ha costado escribir en toda mi vida. Y he escrito –y me han costado- unos cuantos.

Aparentemente, lo que publica LD –fragmento de un capítulo mucho más amplio- es la fechoría menor de un personaje menor que no merecería una sola frase si no formara parte de algo mucho mayor y más siniestro: la amalgama de intereses políticos y periodísticos que utilizaron y utilizan la masacre del 11M para arrimarse a los encubridores y pasapáginas políticos de la masacre, que son toda la Izquierda y buena parte de la Derecha. La fórmula usada es la habitual: atacar a los que critican a los poderosos que quieren halagar. He leído en este blog que hace unos días Javier Algarra, Federico Quevedo y Enrique de Diego montaron un numerito ferocín en Intereconomía TV contra Pedro J. y contra mí, por un delito tremendo que lamentaría no haber cometido: no apoyar a Rajoy cuando, sobre los hombros y paellas de Camps, dio el cambiazo en Valencia tras la derrota del 2008. O sea, cuando echó a María San Gil, Ortega Lara, Acebes y Zaplana; y de milagro no echó a Esperanza Aguirre, aunque lo anunció en Elche, neopatria de Enrique De Diego: “que se vayan al partido liberal o al partido conservador”, dijo.¡Como si el PP fuera otra cosa!

Desde entonces, en poco tiempo, ha llovido mucho, España se ha arruinado del todo y la catastrófica gestión económica del PSOE y la ruinosa campaña electoral de Rubalcaba, junto a la estrategia de invisibilidad de Rajoy en todos los asuntos delicados, singularmente en el debate electoral por TV –Faisán, corrupción, 11M, politización judicial, Estatuto catalán, apaño con la ETA- han llevado al PP a su segunda mayoría absoluta. Sin embargo, en el País Vasco, tan importante política y moralmente para el partido, no se olvide, de Miguel Ángel Blanco- el PP ha sufrido una catástrofe sin paliativos. Ni gana escaños ni deja de perder votos desde la ruin expulsión de María San Gil y la imposición de la línea zigzagueante de Basagoiti y Oyarzábal. Si el Trío Algarrobo -como lo llaman dentro de Intereconomía- hubiera esperado unos días a la salida de El Linchamiento, habría tenido más y mejor material para servir a las cloacas de Interior y a las zahúrdas de Génova. No obstante, espero que se valore su esfuerzo como y cuanto ellos quieren.

Los asuntos fundamentales del libro

Pero vayamos al libro y evitemos menudencias. Desde el primer capítulo, dedicado al ataque del Rey contra la COPE y contra mí, frenado por Aguirre y que publicó El País la última vez que tiró un millón de ejemplares, hasta el preacuerdo con Vocento para asociar Punto Radio y nuestra cadena este Septiembre, en El Linchamiento se habla mucho y con detalle de periodismo y política, guerras de medios y paces belicosas, del apocalipsis cotidiano que vive el mundo de la información y la opinión, mediatizado hasta la náusea por la casta dirigente. Las rocambolescas relaciones con Unedisa e Intereconomía –aparte del episodio sórdido pero minúsculo de la algarrobía– son, o eso creo yo, bastante entretenidas. Y los encontronazos con otros periodistas –desde Luis del Olmo, con el que yo empecé en la radio cuando era relativamente joven y parecía absolutamente un crío (una foto del libro lo demuestra), hasta el Ku-Klux-Klan de Prisa y de La Sexta, más los infinitos medios nacionalistas y gallardonistas– son, o me parecen, de lo más revelador. No hablo de la campaña permanente contra la COPE y especialmente contra mí en sus norias televisivas y asnos radiofónicos, porque estoy a dieta audiovisual de todo lo que altera gravemente la sensibilidad humana. Si alguien se anima, ya lo contará.

Hay aspectos del “linchamiento” infinitamente peores. El más grave es la utilización de la Justicia para conseguir lo que no lograba el Ku-Klux-Klan: acabar con nosotros y, si era posible, meternos en la cárcel. Puede verse en los capítulos dedicados a Gallardón, Cebrián y Zarzalejos, de los que acaso se tiene noticia, pero limitada, y en el penúltimo capítulo con las condenas de algunos jueces –casos de ERC, Fanlo y Ruiz– revocadas por otros jueces mucho más justos –en mi opinión, claro, pero creo que las sentencias judiciales lo demuestran–. Al final, me han absuelto de prácticamente todo lo que me habían condenado, salvo de lo más injusto e ilegal de todo: el caso Gallardón; pero nadie me compensará nunca por lo que me han juzgado, en rigor, linchado. El encubrimiento del 11M, que serpentea en todo el libro, de principio a fin, y la continua manipulación de la Justicia por políticos y medios de comunicación sin escrúpulos son los aspectos más sombríos del libro. Pero así fueron y como fueron los cuento.

Las intrigas clericales dentro y fuera de la COPE

Hay cosas en el libro mucho más divertidas, porque en estos años ha pasado de todo. Por ejemplo, las traiciones del PP son más esclarecedoras si las cuenta Nacho Villa; lo que seguimos sin saber sobre el 11M nadie lo puede relatar como Luis del Pino; la construcción, paso a paso pero a toda velocidad, de esRadio para el 7 a las 7 sólo podía contarla Javier Somalo; y nada habría cumplido mejor el papel del blog del Padre Bru, nuestro avieso inquisidor particular, como foro de la lucha entre dos ideas de la Iglesia o dos bandos del catolicismo español. Tampoco podría haber imaginado yo –creo que nadie– las sorprendentes y entrañables aportaciones del blog del exorcista Padre Fortea. Ni hasta la crisis de la COPE el periodismo había creado un nuevo género, gemelo del timo del tocomocho: la crónica “mitad real, mitad imaginada” del ex-cura Vidal en “Religion Digital”. Pocas cosas más delirantes y más hilarantes he leído que la supuesta transcripción de la conversación de Bertone y Monteiro el día en que el Secretario de Estado vaticano llegó a Madrid dizque para decidir el destino de la COPE que, según Vidal, ya estaba decidido. El diálogo de un tío que no habla español y otro que lo entiende con dificultad comentando lo que yo digo a las seis de la mañana es una trola con ínfulas, una estafa periodística, pero, pasados tres o cuatro años, resulta mitad ruborizante, mitad desternillante.

Las razones de la campaña política contra la COPE, el papel decisivo del PP post-2008 y de Coronel de Palma, por qué me quedé cuando quería irme y por qué me fui tras recibir una gran oferta para que César y yo nos quedáramos, la razón acaso última de Rouco para ceder la plaza, el empeño de Barriocanal por evitar nuestra marcha, la traición y caída –al menos en el micrófono– de Nacho Villa, el infructuoso advenimiento de Burua, en fin, las mil y una peripecias trágicas y tragicómicas de estos últimos años creo que proporcionarán al lector de El linchamiento el entretenimiento que merece y que, de antemano, le agradezco. Hay cosas que parecen haber sucedido hace siglos y son de hace meses. Hay una radio en la que fuimos mucho, sufrimos mucho, pero de la que, en conjunto, guardo un recuerdo emocionado y agradecido, porque hicimos grandes cosas buenas que sólo podíamos hacer allí. Y hay una radio nueva, esRadio, que acaba de nacer pero que ya tiene mucha vida detrás y muchísima por delante. El amplio cuadernillo de fotos dedicado a los que cada día hacen y hacen posibles los programas de nuestra cadena ha quedado muy bien. El DVD que acompaña al libro, una hora que recoge los fragmentos más emotivos de mi último día en la COPE, los premios y discursos controvertidos o los juicios infames –grabaciones rescatadas por LDTV–, se lo recomiendo, aunque yo no lo haya querido ver. Bastante he tenido con vivirlo y contarlo: ¡seiscientas páginas!

Si no hay dificultades legales o técnicas, el mismo día 1, a las siete y siete de la tarde, Libertad Digital colgará un anexo documental con muchas más fotos que no cabían en el cuadernillo o sólo valían para internet y con las sentencias condenatorias y absolutorias de este calvario judicial de seis años al que he conseguido sobrevivir y que, en lo esencial, he podido relatar. En los peores momentos, que no han sido pocos, me ha ayudado mucho el apoyo de algunos seguidores habituales de este blog y se lo agradezco muy sinceramente. En realidad, leer LD, ver LDTV y escuchar esRadio es la mejor recompensa que este negrito de Alabama, en realidad blanquito y de Teruel, pudo soñar cuando estaba rodeado por los sayones del Ku-Klux-Klan. Aquel linchamiento triunfó a medias pero, al final, fracasó. Espero que El linchamiento tenga cierto éxito. Si no el autor, la historia lo merece.

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