El ex dictador no será juzgado por un Tribunal Internacional, sino por sus propios adversarios iraquíes

Estados Unidos logra capturar con vida en Tikrit (Irak) al ex dictador Sadam Hussein sin ningún tipo de enfrentamiento armado

HECHOS

El 14.12.2003 el Gobierno de los Estados Unidos de América anunció que el ex presidente de Irak, Sadam Hussein, había sido detenido tras ser localizado el bunker en el que se escondía en Tikrit.

LA CARTA MÁS IMPORTANTE DE ‘LA BARAJA’

carta_sadam El ex dictador de Irak, Sadam Hussein ocupaba el puesto de ‘as de picas’ en la baraja que distribuyeron los Estados Unidos de América para identificar, según ellos a los principales responsables de los crímenes cometidos por la dictadura iraquí. Aunque uno de sus principales colaboradores, Ibrahim al Duri, nunca llegó a ser detenido.

LA PRENSA DE MURDOCH PUBLICA FOTOS DE SADAM EN CALZONCILLOS:

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15 - Diciembre - 2003

El caudillo que gaseó a su propio pueblo

Ignacio Cembreno

Obsesionado con Stalin, Sadam Hussein provocó varias guerras que acabaron con su régimen

Desde que llegó al poder, en 1979, Sadam Husein ha intentado, a su manera, hacer historia. La empezó incluso a hacer antes de llegar a la cúspide, cuando concentró en sus manos un poder sin precedentes como vicepresidente, hombre fuerte de un régimen que encabezaba formalmente su tío Ahmed Hassan al Baqr. Ese año le empujó pacíficamente de la jefatura del Estado y del mando supremo del partido Baaz para sustituirle en todos sus cargos. Para consolidarse entonces en la cima, para asentar una autoridad indiscutible, Sadam se inventó un compló. El 12 de julio de 1979 fue detenido Husein Mashadi, secretario general del Consejo del Mando de la Revolución, y torturado hasta que confesó conspirar por cuenta de Siria.

Seis días después, Sadam convocó a 360 dignatarios del Baaz. De detrás de la cortina de la sala de conferencias apareció demacrado el secretario general, quien relató su traición ante un auditorio conmovido. Mashadi reveló los nombres de sus 60 cómplices, todos ellos presentes, a los que unos guardias armados detenían en cuanto los pronunciaba el delator.

Sobre el estrado, el dictador vertía lágrimas de cocodrilo. Días después, todos los supuestos conjurados fueron ejecutados. Para que el escarmiento surtiese efecto, el vídeo en el que había sido grabada la delación de Mashadi fue distribuido a las secciones regionales del Baaz.

Aquella primera gran purga del nuevo presidente fue, como otras muchas ejecuciones que había ordenado antes, de corte estalinista. A sus 42 años, Sadam tenía, según Said Aburish, autor de su biografía (Sadam Husein: la política de la venganza), un solo maestro contemporáneo, Stalin, cuyas obras había devorado. Como el dictador georgiano, su método para gobernar ha sido el terror.

Lo empezó a practicar en 1963 cuando los baazistas y sus compañeros de viaje derrocaron al general Abdelkarim Kasem. Sadam ejerció entonces de investigador en Fellahee y Mutakafee, dos campamentos de detención de presos políticos, donde arrancaba confesiones de sus adversarios. “Interrogando a la gente en esos campamentos, recurrió a la tortura y, como cualquiera que llevase a cabo esa actividad, eliminó físicamente a las personas”, afirmó Aburish en una entrevista con la televisión PBS. En aquella década turbulenta de los sesenta, en la que las intentonas se sucedían al ritmo de las estaciones, Sadam no tardó, sin embargo, en dejar de ser verdugo para convertirse en ajusticiado. En 1964 fue, a su vez, torturado antes de ser trasladado a la cárcel de Tagi, de la que se escapó en 1966. Llevó entonces la vida aciaga del militante clandestino hasta que el golpe de Estado de Al Baqr le permitió salir a la luz. En 1969, su tío le hará nombrar vicesecretario general del Consejo del Mando de la Revolución.

Consolidada su autoridad presidencial, de puertas para adentro, en 1979, Sadam inició al año siguiente su expansión regional. El viejo vecino persa, en manos de un régimen islamista, el del ayatolá Jomeini, que podía resultar atractivo para la mayoría chií en Irak, fue el primer objetivo en 1980. Temerosos de que la revolución islámica de Teherán contagiase a su entorno, naciones occidentales alentaron al dictador iraquí a ir a la guerra.

Aquello que iba a ser un paseo militar se convirtió en una hecatombe. Lejos de derrumbarse, el Ejército iraní, purgado tras la caída del sha, aguantó la embestida e incluso la utilización de armas químicas por parte del enemigo. La guerra de trincheras concluyó en tablas, pero con un cuarto de millón de muertos del lado iraquí. Sadam hacía historia, pero era la de una derrota.

La propaganda baazista siempre se jactó de haber vencido a Jomeini, pero los ciudadanos sabían que se había derramado demasiada sangre como para que aquello fuese un triunfo. La invasión de Kuwait, dos años después del fin de la contienda con Irán, fue, ante todo, una huida hacia delante de un Sadam ansioso por apuntarse un gran tanto. De paso se adueñaba también del petróleo del emirato y amedrentaba, además, a unas monarquías del Golfo que despreciaba.

La jugada también le salió mal. George Bush, el padre del actual presidente norteamericano, nucleó en torno a EE UU la mayor coalición de la historia para expulsarle de Kuwait. La paliza infligida al dictador fue contundente -unos 100.000 soldados muertos y 13.000 civiles-, pero prácticamente se paró en la frontera iraquí. Por eso, de nuevo, la propaganda baazista pudo argumentar que había ganado. Por mucho que se empeñase, Sadam seguía escribiendo una historia plagada de descalabros sangrientos.

Le quedaba aún por protagonizar un último capítulo de violencia a gran escala. Tras la liberación del emirato, kurdos en el norte y chiíes en el sur se sublevaron contra el dictador. Aún tambaleante tras su expulsión de Kuwait, el Ejército de Sadam logró aplastar la doble rebelión. Contra los kurdos echó mano, por segunda vez, de armas químicas. Su represión despiadada costó la vida a unas 30.000 personas, incluidos unos 5.000 kurdos gaseados, según la demógrafa norteamericana Beth Osborne Daponte.

“Es un régimen totalitario que se apoya y sobrevive gracias al terror interno”, explicaba, en otra entrevista con PBS, Frank Anderson, el que estaba hace una década al frente de la dirección de la CIA para Oriente Próximo. A causa de ese terror despiadado fracasaron todos los atentados para acabar con la vida de Sadam.

A medida que cosechaba descalabros, Sadam fue modificando los pilares de su régimen para preservar su estabilidad. Poco a poco, el Baaz, ese partido nacionalista con un barniz socializante, se fue convirtiendo en un cascarón vacío mientras el poder era asumido por elclan de Tikrit, miembros del grupo de los familiares del dictador.

La ideología también fue cambiando. Para estar a tono con un entorno en el que los islamistas avanzan, Sadam hizo desde los noventa invocaciones a Alá, amplió la formación religiosa en las escuelas e incluso mandó reescribir la biografía de Michel Aflak, el cristiano sirio que fundó el Baaz. La nueva versión sostiene que se convirtió al islam poco antes de su muerte.

Megalómano y mal informado por unos colaboradores que se esforzaban por endulzarle las malas noticias, Sadam no ha sido consciente del calibre de los fracasos cosechados, del desastre que para Irak, un país que llegó a ser próspero comparado con su entorno, han supuesto sus casi 24 años de reinado, las dos terceras partes como presidente. Un dato, entre otros muchos, ilustra el hundimiento de Irak a lo largo del último cuarto de siglo. En 1979, la renta per cápita de los iraquíes era de 12.000 dólares, según ha calculado Robert Barro, un economista de la Universidad de Harvard. Superaba con creces a la de España. Ahora es de 3.000 dólares, la quinta parte de la española.

Pese a todo, es posible que Sadam pensase hasta el último momento que iba a derrotar a Estados Unidos, no militarmente, sino políticamente. En vísperas de la guerra del Golfo de 1991, el presidente le dijo a Joseph Wilson, un diplomático estadounidense de alto rango que le visitó, que después de Vietnam EE UU se había convertido en una sociedad que no podría soportar 10.000 víctimas. Sólo 293 estadounidenses resultaron entonces muertos, la mitad en accidentes o por fuego amigo. ¿Se pensaba que ahora, en territorio iraquí, le podría infligir muchas más bajas y obligarle a retirarse?

Cuando en las últimas horas se resistía a ser capturado por las fuerzas de ocupación de Irak, Sadam debía más bien complacerse recordando fugazmente la trayectoria del hijo de un modesto labrador de Auja, una aldea cerca de Tikrit, erigido en adalid del nacionalismo árabe. Ese descendiente de campesinos libraba una batalla a la superpotencia imperialista que quedará grabada con letras de oro en los libros de historia. Hasta el último momento, el dictador estuvo pendiente de su imagen física y política. Su última imagen, con pinta de vagabundo, capturado sin disparar un tiro, quiebra la imagen que Sadam se había empeñado en construir de sí mismo durante 30 años de poder y terror.

Un autodidacta formado en la calle

Sadam nació hace 66 años en una familia de campesinos. Su padre murió, según la biografía oficial, o se marchó, según algunos de sus detractores, poco antes de que su madre diese a luz. Ella fue la que empezó a inculcarle el virus del nacionalismo, contándole cómo algunos de sus familiares habían resistido al colonialismo otomano y británico.

La labor la continuó su tío Khairalá Tulfa, un maestro de escuela en cuya casa de Bagdad se instaló Sadam a los 10 años. Se había mostrado deseoso de aprender a leer y escribir, algo que la mayoría de los niños de Auja, su pueblo, no hacían.

Acabó el bachillerato en El Cairo, donde se vio obligado a exiliarse en 1959 y donde empezó también unos estudios de Derecho que acabará, cum laude, cuando ya era presidente de Irak.

La ebullición nacionalista en el Egipto gobernado por Gamal Abdel Naser sirvió también para reforzar las convicciones ideológicas del futuro presidente. Mucho más que las aulas, la verdadera escuela de este autodidacto con enormes lagunas culturales -habla un árabe pobretón- fue, sin embargo, la calle o los garajes oscuros en los que conspiraban los militantes del partido Baaz, entonces en la clandestinidad.

15 - Diciembre - 2003

Traición y muerte en la familia más poderosa de Irak

Rodrigo Sosa

Aunque durante décadas fue la familia más prominente de Irak, su historia no ha sido precisamente feliz. La familia de Sadam Husein gozó de enormes privilegios, pero los excesos, la violencia y las conjuras palaciegas terminaron por diezmarla. Con Sadam capturado tras el chivatazo de alguien cercano a su familia, con sus parientes vivos dispersos; los dos hijos varones y uno de los nietos muertos a manos de las tropas estadounidenses y los dos maridos de las hijas mayores acusados de traición y asesinados por el régimen, nada queda del núcleo familiar que rigió el destino de millones de iraquíes. El 31 de julio pasado, sus hijas viudas, Rana y Ragad, y sus nueve hijos emprendieron el camino del exilio hacia Jordania. Ayer, los nietos de Sadam lloraron al enterarse en el colegio de la captura de su abuelo, según France Presse, mientras que su hija Ragad quedó conmocionada con la noticia. La hija menor del ex gobernante iraquí, Hala, y su primera esposa Sajida podrían encontrarse en Yemen, como afirmó la prensa kuwaití -algo desmentido por el Gobierno de este país-, o en Siria.

De los cinco hijos que Sadam tuvo con Sajida, su prima y primera esposa, Uday era considerado el favorito. El primogénito siempre tuvo luz verde para sus excesos y excentricidades, como su gusto por los coches de lujo, de los que poseía una colección de un centenar. Sin embargo, la violencia incontenible de Uday, útil para el castigo de los considerados traidores, se volvió en contra de los intereses de Sadam cuando en 1988 asesinó a uno de sus colaboradores más directos porque sospechaba que era el “enlace” entre su padre y una amante. No soportó la traición familiar y lo mató a golpes. La acción de Uday, que entonces vivía con su madre y su hermana menor, Hala, provocó que su padre lo “castigara” con cerca de un año de “exilio” en la fría Suiza y no impidió, en definitiva, que Sadam contrajera enlace con su amante, Samira. Sin embargo, Sajida siempre fue considerada como su esposa oficial.

La violencia dentro de la familia de Sadam Husein volvió a emerger en febrero de 1996, en uno de los capítulos más negros de su historia. Entonces la familia se encontraba completamente dividida. Desde mediados de 1995, las dos hijas mayores de Sadam, Rana y Ragad, y sus hijos vivían en el exilio en Jordania junto con sus maridos, los también hermanos Husein y Sadam Kamal, importantes jerarcas del régimen que habían caído en desgracia por las pugnas internas. Las rivalidades entre Husein Kamal, responsable de la industria militar iraquí, incluyendo los programas nucleares y de armas químicas, y Uday habían provocado numerosos enfrentamientos entre ambos, incluyendo los puños.

Considerados unos traidores al régimen y, quizás más grave, responsables de la separación de la familia, los hermanos Kamal inspiraron en Sadam y sus hijos varones una salvaje venganza. Primero les hicieron creer que contaban con el perdón y que podían regresar. Pero la amabilidad del dictador se esfumó en la misma frontera, donde les esperaba Uday, que los separó de sus esposas e hijos nada más poner un pie en Irak. El paso siguiente fue que Rana y Ragad afirmaran ante la televisión que habían sido llevadas a Jordania por “engaño” y que querían el divorcio, un trámite burocrático que se resolvió en tiempo récord. En ese momento la vida de los ahora ex yernos de Sadam tuvo los minutos contados. Alí el Químico, tío por vía paterna de los hermanos Kamal, lideró una operación en la que participó el propio Uday y que debía ser un castigo ejemplar: Husein y Sadam fueron asesinados, así como su padre, el resto de sus hermanos y los hijos de éstos. Sólo uno de los hermanos, que con sabiduría e intuición desconfió de las promesas de Sadam, escapó al exterminio de cerca de 40 miembros de la familia.

A los pocos días de la matanza, el régimen saldó la historia con la publicación de una nueva foto de familia con el título: “Todos unidos de nuevo. Son felices”. En realidad se trataba de una imagen de 1990 de la que se había borrado a los dos yernos descarriados.

Los excesos de Uday no sólo provocaron enfrentamientos dentro de la familia. Considerado un verdadero terror para las jóvenes en Irak, a las que violaba con brutal sistematicidad sin importarle ni su edad ni su pertenencia a familias aliadas al régimen, la incontinencia sexual de Uday terminó por granjearle numerosos enemigos. En diciembre de 1996, la traición de uno de sus colaboradores permitió la realización de un grave atentado contra su persona que no le costó la vida, pero le dejó con una parálisis parcial. Desde entonces quedó desplazado de la línea de sucesión por su hermano Qusay, no menos sanguinario pero sí más discreto.

El golpe final para la familia Husein llegó con la invasión de Irak que acabó con el régimen en abril de 2003. Una nueva traición, esta vez definitiva, acabó con las vidas de sus hijos Uday y Qusay. Tras permanecer escondidos tres semanas en una villa de la ciudad norteña de Mosul, las tropas estadounidenses dieron el 22 de julio con los dos hermanos. Quince millones de dólares de recompensa por la cabeza de cada uno fueron dinero suficiente para la delación: 600 soldados apoyados por helicópteros acribillaron y bombardearon la residencia y con ella los cuerpos de Uday y Qusay, y también el de Mustafá, primogénito de Qusay, que se encontraba junto a su padre.

La familia de Sadam había permanecido durante décadas inmersa en el mundo del misterio, la intriga y el cotilleo para el resto de los millones de iraquíes. Por eso, cuando cayó el régimen en abril, una de las primeras cosas que hizo la población fue volcarse masivamente a la adquisición de decenas de fotos y vídeos privados de la familia Husein, surgidos de entre los escombros de los palacios saqueados. En ellos aparecieron escenas siempre vedadas para la mayoría, de cumpleaños, fiestas y reuniones: como en un auténtico desfile de fantasmas, emergieron las imágenes de Uday conversando con su cuñado Husein Kamel, de Sadam besando a su nieto Mustafá. Cuadros del fin de una época, del fin de régimen.

15 - Diciembre - 2003

La captura de Sadam facilita la reelección de Bush II

Luis María Anson

Si Sadam no hubiera sido apresado, a Bush II se le habría puesto muy difícil su reelección presidencial. Aunque  no es seguro que vuelva a triunfar, ahora lo tiene más fácil. ¡Menudo regalo de Navidad! Menudo regalo para el César y para sus procónsules en la Britania y la Hispania, Blair y Aznar.

Sadam Husein no era un dictador sino un tirano. Tras su exilio en Egipto, acogido por Nasser, quiso convertirse, como el caudillo egipcio, en el raíz de todos los árabes. Encaramado al poder después de mil traiciones y asesinatos, desencadenó la guerra con Irán para humillar a los ayatolás persas, con el beneplácito de Estados Unidos. Un millón de cadáveres canta la gloria del rais que después no caviló en emplear armas químicas en el genocidio de kurdos. Cuando el cobrador del frac de Kuwait le reclamó el dinero kuwaití que recibió para sus guerras. Sadam invadió el territorio y expelió a su dictador, el rey de aquella satrapía oriental. En seis semanas, el Ejército imperial arregló el desaguisado. Bush I renunció a tomar Bagdag para que Sadam continuara manteniendo frente a Irán, el equilibrio de la zona.

Quiso el preso barbado ser como Nabucodonosor, colgar sus jardines en todo el mundo árabe y reconstruir el imperio babilonio. Construyó para su megalomanía medio centenar de palacios sobre el sudor del pueblo iraquí y erigió mil estatuas de piedra y bronce en su honor. Inscribió su nombre hasta en los ladrillos de los edificios públicos.

Quiso, en fin, ser Saladino y conquistar Jerusalén. Eso le perdió. Ahí descubrió su talón de Aquiles. Los judíos arrasaron sus instalaciones para construir armas nucleares. Después plantearon a Bush II su decisión de atacar un Iraq de potencia militar creciente y con misiles capaces de destruir las ciudades israelíes. Es verdad que la guerra de Iraq fue motivada por el orgullo americano herido tras el 11-S, por la reacción contra el terrorismo internacional; por el control de la producción petrolífera. Pero el motivo de fondo como ha explicado Sampedro en Los mongoles de Iraq, ha sido restablecer el equilibrio en la zona porque Israel no puede tolerar la existencia de un país árabe con más potencia militar que la suya. En cuatro semanas los americanos, tras exigir calma a los judíos ganaron la guerra y se adueñaron de Bagdag, entre otras cosas porque Sadam retiró sus tropas leales que tenía ya preparadas para desencadenar la guerrilla. Midió mal sus fuerzas el tirano. Siete meses después ha caído en su zulo y en su trampa.

Nabucodonosor está ya preso. Se terminaron las guerras de conquista y los delirios de grandeza. Sobre las tierras calcinadas de Babilonia se abren horizontes esquivos de paz y libertad.

Luis María Anson

17 - Diciembre - 2003

Pena de muerte, no

Luis María Anson

La pena de muerte es una salvajada. EL progreso de la Humanidad se mueve en dirección contraria a esa práctica atroz. En la mayoría de las democracias occidentales la pena de muerte ha sido abolida, incluso en tiempos de guerra. Es una cuestión de principios, no de oportunidad.

El pueblo iraquí, a través de jueces imparciales, debe pedir cuentas a Sadam Hussein por sus crímenes. Pero condenarle a muerte sería rebajar el grado de civilización en que los hombres libres aspiran a moverse. Ciertamente, la cárcel del tirano debe situarse en un lugar y en unas condiciones en que quede garantizada la seguridad para que no pueda escaparse. La potencia vencedora de la guerra contra Sadam no quiere exponerse al ridículo de una fuga del sátrapa. Parece claro que el juicio debe celebrarse a puerta abierta en una ciudad iraquí. La prisión habrá que establecerla en el lugar más seguro.

Pero lo importante en estos momentos es no aplicar la ley del talión ni los viejos tópicos de que a hierro muere el que a hierro mata. No rotundo a la pena de muerte. Ni siquiera en el caso de Sadam Husein. El vae victis de Breno a los romanos, tras arrojar su espada y su tahalí, pugna contra la civilización y el derecho natural. Es hora de dar el gran ejemplo moral: tratar con respeto a la dignidad humana a quien lo arrolló todo, a quien cometió los genocidios más espantosos, los crímenes más abominables, las torturas más crueles.

Luis María Anson

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