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El General Galtieri ordenó la invasión causando el inicio de la guerra

Estalla la Guerra de las Malvinas: Argentina ‘invade’ las islas propiedad de Gran Bretaña, y Thatcher responde con la Flota

HECHOS

El 1.04.1982 el Gobierno argentinó ordenó a sus fuerzas armadas la ocupación de las Islas Malvinas para ‘reintegrarlas al patrimonio nacional’. El Gobierno británico anunció la ruptura de relaciones diplomáticas

GALTIERI ACLAMADO POR LOS ARGENTINOS TRAS ‘RECUPERAR’ LAS MALVINAS

Galteire General Leopoldo Galtieri

El presidente de Argentina, General Galtieri ordenó la ocupación de las islas Malvinas. Tras la decisión se asomó al balcón de la Casa Rosada donde fue aclamado por una multitud de argentinos agradecidos con recuperar aquella histórica isla.

APOYO MEDIÁTICO EN ARGENTINA

‘TIEMPO NUEVO’: “¡VAMOS GANANDO!”

neusdat_grondona_1982 El programa ‘Tiempo Nuevo’ del principal canal de televisión argentino Telefé, presentado por D. Bernardo Neustadt y D. Mariano Grondona apoyó decididamente al Gobierno de Galtieri en la ‘recuperación’ de las islas Malvinas. Fue celebre su comentario de ‘vamos ganando’ del Sr. Neustadt.

04 - Abril - 1982

Las Malvinas, entre la razón y la fuerza

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

El uso de la fuerza es siempre deplorable si existen vías diplomáticas para resolver los conflictos. Esta sentencia puede aplicarse tanto al caso de las islas Malvinas como al de otra colonia británica: Gibraltar. El problema de las Malvinas es no obstante distinto del de Gibraltar. Las Malvinas no han pertenecido jamás a la República Argentina: si ésta las reivindica desde que fue independiente es porque considera que son una herencia de los españoles. Esta reivindicación dura desde hace 153 años, y parece que en estos momentos el Gobierno militar argentino ha decidido poner fin a esta larga y curiosamente impaciente espera con un acto de desembarco. Argentina viola con esto no sólo las urgentes llamadas del Consejo de Seguridad en estos últimos días, sino también una larga tregua consentida por los dos países, y que quedó confirmada en el acuerdo de 1959, firmado por doce naciones, estableciendo una moratoria en todas las reclamaciones territoriales sobre el archipiélago. Dicho esto, hay que añadir que también es deplorable que los 1.800 habitantes de las islas Malvinas, acostumbrados a un régimen político democrático y liberal, hayan caído en manos de¡ régimen militar argentino, que no mantiene el mínimo respeto a los derechos humanos y sobre el que pesa el oprobio de miles de asesinatos.La utilización que ha hecho la Junta Militar de la invasión de las Malvinas para aglutinar a su opinión pública en unos momentos en que Argentina tiene planteados graves problemas políticos, económicos y sociales, es asímismo condenable. La sensación de que los militares en el poder pretenden aligerar tensiones y concitar alguna adhesión en torno suyo a base de la invasión armada de la colonia británica resulta inevitable.

El derecho histórico sobre las Malvinas parece estar de parte de la nación argentina, al menos si se tienen en cuenta sólo los evidentes factores geográficos. Las islas están a seiscientos kilómetros de la costa argentina y a 11.300 kilómetros de la costa británica. Basta con mirar un mapa. Es cierto que Argentina ha ocupado con medios militares un territorio bajo soberanía formal británica. Pero ¿se puede hablar de soberanía, en su sentido decimonónico, en la era de las armas nucleares, de las grandes alianzas y de las multinacionales? Cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta, también se puede destacar el hecho de que las comunicaciones aéreas y telefónicas de las islas Malvinas dependen de Argentina, que tiene importantes intereses comerciales en las islas. El derecho internacional está incuestionablemente de parte británica; la historia, no.

¿Tiene -o tenía- sentido para el Reino Unido conservar una colonia en la que no posee grandes intereses estratégicos o económicos (aunque se asegura que la zona puede ser rica en petróleo) sin disponer de los medios militares necesarios para defenderla, con el Reino Unido sumido en una profunda crisis económica, con los recortes que ha llevado a cabo en sus fuerzas armadas, manteniendo firmemente la decisión de preservar una capacidad de disuasión nuclear independiente? La respuesta no parece dudosa: es poco probable que antes de la actual crisis el pueblo británico se hubiera mostrado dispuesto a gastar considerables sumas de dinero en mantener la defensa de unas islas cuya existencia ignoraban muchos de sus ciudadanos.

El Reino Unido debe aceptar que ya no es, ni puede ser, la potencia mundial de antaño. El manejo de la crisis por el Gobierno de Londres ha sido y sigue siendo torpe, y sin duda pagará las consecuencias, lo mismo en el Parlamento que en las próximas elecciones. Por el momento, tiene que recuperar la confianza de su pueblo, que se ha sentido humillado. El gabinete de la señora Thatcher subestimó a los argentinos. Los británicos siguen creyendo que la llegada de unos barcos con la bandera de su majestad será suficiente para hacer correr a los invasores, pero no es tan probable que éstos se retiren, pese a la presión internacional de que están siendo objeto -especialmente por parte del presidente Reagan-. Existe un riesgo real de enfrentamiento naval cruento. La flota que preparan los británicos, salvo algún submarino que ya habría partido de Gibraltar, tardará al menos dos semanas en llegar a las islas Malvinas. Este es tiempo suficiente para intentar buscar una solución honorable para todos por la vía de la negociación. Si las Naciones Unidas sirvieran al menos esta vez para ello se podría suponer que la existencia de esta organización no es todavía absolutamente inútil.

Desde el punto de vista de Buenos Aires, el éxito de la operación militar está siendo ya utilizado como elemento propagandístico. La debilidad interna de la Junta, con un país en bancarrota y un aumento de la protesta popular, se verá reforzada al menos psicológicamente mientras dure la crisis. La operación tiene sin embargo sus riesgos. Loscoroneles griegos trataron de hacer alguna operación de ese tipo -patriotismo exuberante- con Chipre, y fue el principio de su final. En definitiva, un suceso menor, como de hecho puede considerarse este incidente armado, lejos de las zonas de tensión de¡ mundo y con tintes bastante decimonónicos, puede convertirse en detonante de mayores problemas y en una quiebra de la política general de los Estados Unidos cara a América Latina, sobre todo si Washington quiere mantener sus estrechos lazos con Londres. De ahí la importancia para el presidente Reagan de buscar una salida negociada.

Por lo demás, la invasión de las Malvinas sucede tres semanas antes de que comiéncen en Portugal las negociaciones anglo-españolas sobre el futuro de Gibraltar. La delegación británica se verá aún más presionada por su opinión pública para no ceder la soberanía del Peñón a España. Lo ocurrido puede servir a los británicos, no obstante, para apreciar que en cuestiones coloniales la paciencia no es infinita.

20 - Abril - 1982

Más de Patriotismo

Carlos Luis Álvarez 'Cándido'

El Informe semanal que este último sábado dio la televisión tuvo el acierto expositivo, que a veces resulta más elocuente que el argumentativo, de contraponer con toda naturaleza los dos géneros de patriotismo que ahora se dan en la Argentina. De una parte, e patriotismo febril en torno a la reconquista de las Malvinas. De otra, el de las madres de la plaza de Mayo, que reclaman a sus hijos y con ellos a lso miles de desaparecidos durante la dictadura. El primero es un patriotismo contra Inglaterra. El segundo, un patriotismo contra Inglaterra. El segundo un patriotismo contra la Junta Militar.

La tradición racionalista explica que la patria son únicamente los ciudadanos, y que convertiría en un ser real significa dar ocasión a muchas ideas falsas. Pero una actitud así no tiene salida, porque es utópica. Maquiavelo, al describir con admirable sagacidad las luchas sociales de Florencia, demostró que la historia queda al fin determinada por el agrupamiento de unos individuos sobre otros. Para que aquella definición de la patria fuese cierta sería necesario contar con la pureza de sentimientos de todos los ciudadanos, con su desenganche de las pasiones a vida o muerte, con la desaparición de los lados nocturnos de la psique humana. Vano sueño, según el pesimismo irrefutable de Schopenhauer, que, por lo demás, creía en el carácter natural de una sociedad esencialmente represiva.

Fue Rousseau, frente al racionalismo quien fundó el mito de la nación. En él la patria tiene un ser propio que se constituye y se renueva perpetuamente a partir de la voluntad general. Eso quiere decir que la sociedad es el núcleo de la filosofía rousseauniana. Rousseau es el primero que dejó de aplicar la filosofía a la sociedad para hacer de la sociedad el origen de su filosofía. Ese es el motivo del odio que todos los fascismos sienten hacia Rousseau.

Lo más escandaloso del patriotismo sugerido por Galtieri es que pertenece al mismo mundo que hace necesaria la represión. La desdicha más grande del pueblo argentino no está tanto en las torturas que padece, en los miles de muertos y desaparecidos, en el terror con el que se alimenta silenciosamente el régimen, sino en que al hacer la apología de la reconquista de las Malvinas está haciendo la apología de aquellas infamias. No es el hecho en sí mismo, la invasión de las Malvinas y el aplaudir la invasión, sí el instante histórico en que ocurre, lo que hace es escandaloso ese género de patriotismo. La misma actitud merecería otro juicio en un instante histórico diferente.

Ninguna otra situación como esta de la Argentina actual ilustra tanto el desprecio de Voltaire hacia los pueblos que, en contra de sus intereses, y aun siendo víctimas de un abuso, impidan lo mejor. Con su actitud exultante los argentinos consagran la dictadura existente, su mantenimiento y su perduración, porque en último términoe so es la voluntad, y además niegan a quienes han clamado contra la tiranía que los somete. Y lo que parecería representar mejor la voluntad general, la actitud de las madres argentinas que se manifiestan todos los jueves en la plaza de Mayo, pasa a constituirse en una idea irrealizable de la libertad, y su solicitud de la justicia es una agresión antipatriótica de la apoteosis de los dictadores. Y así es como la gloria de las Malvinas sirve, en último término, para que las víctimas no aparezcan y para que los verdugos se escondan.

Carlos Luis Álvarez ‘Cándido’

03 - Abril - 1981

La lección de un pueblo digno y soberano

EL ALCÁZAR (Director: Antonio Izquierdo)

Todo hacía suponer, en el rápido desarrollo de los acontecimientos, que iba a sonar la hora decisiva para una entrañable reivindicación argentina: las islas Malvinas. Reivindicación argentina: las islas Malvinas. Reivindicación que los españoles sienten como suya por identidad de estirpe y porque la usurpación británica sobre esa parcela de tierra argentina es tan dolorosa como la del Peñón de Gibraltar en tierra española. Esa hora sonó ayer, al fin, en el gran cuadrante de la historia.

Con el lamentable lenguaje al uso, se ha escrito que Argentina invadió las Malvinas. No ha habido tal invasión. La rápida acción llevada a cabo por tropas de la Infantería de Marina de la nación de San Martín y Sarmiento no ha sido otra cosa – y ya es bastante – que la rectificación de una intolerable usurpación que duraba desde hace ciento cuarenta y nueve años. Orgullosamente, la prensa de Buenos Aires escribe que ‘Argentina ha recuperado las Islas Malvinas’. Comprendemos cómo se estremecerán los viejos corazones rebeldes y patriotas en los que palpitó secularmente la sangre de Martín Fierro y la riada de orgullo gaucho de los que han podido contemplar consumado el restablecimiento de la soberanía sobre esas rocas batias por los vientos del Océano Atlántico.

¿Necesitamos decir lo que sentimos como españoles por la decisión que asumió con coraje y sentido de la responsabilidad histórica el Gobierno del presidente Galtieri? Fracasados los esfuerzos en el plano diplomático para poner fin a una situación vergonzosa, el Gobierno de Buenos Aires hizo lo que estimó ineludible e imperativo: cortar el nudo gordiano, poniendo fin a la sitación táctica de dilaciones y trampas que acostumbra utilizan el Foreign Office. Para mantener su ocupación sobre las islas calificadas por Londres de ‘colonia’, se recurrió a la amenaza de la fuerza, desplegando buques de guerra, como si el mundo pudiera volver a la ‘diplomacia de las cañoneras’. Pero este último desafío a la dignidad del pueblo argentino se ha convertido finalmente en una humillación para la soberbia británica, Buenos Aires ha izado la bandera blanca y azul sobre Las Malvinas y no será fácil volver a arriarla.

Cuando está en juego la recuperación de una parcela sagrada del territorio nacional, las humillaciones asumidas voluntariamente, las claudicaciones, el lenguaje melifluo del chalanso verjas fuera o verjas adentro no resulta ni honroso ni eficaz. Y pensando en la alegría del pueblo argentino nos satisface su gesto tanto como lamentamos las claudicaciones propias.

06 - Abril - 1982

Las Malvinas en la Distancia

Federico Silva Muñoz

En el último fin de semana se nos ha servido un viaje a través del túnel del tiempo. Ha sido como un sueño romántico en que renacen las historias coloniales, la Escuadra inglesa, la era Victoriana, los cuentos de Dickens y hasta quizá las lejanas épocas de los virreinatos y los filibusteros. Pero todo ello adobado con circunstancias de hoy, como la reunión del Consejo de Seguridad y las reacciones partidistas en el seno de la Democracia.

Todo empezó porque el Gobierno argentino decidió ocupar las Malvinas, sin duda cansado de la aplicación por Inglaterra del ‘método gibraltareño’ o sea el de las largas y negativas para tratar sobre el futuro por el territorio que cree pertenecerle.

Saltó la conmovedora noticia y el Parlamento Británico se aprestó ‘a repeler la agresión’. Su reacción fue de democracia interna únicamente, al asumir la representación del pueblo británico para pronunciarse sobre si habría o no guerra, como ha dicho un periódico londinense. Sin embargo, el léxico y el clima de la Cámara de los Comunes era absolutamente imperialista ante el honor británico herido y los despojos del Imperio violados y ultrajados. Había que mandar la Escuadra exactamente igual que lo hubiera hecho Pael o Disraeli. Ahora bien, para recordarnos que la acción transcurre en 1982, la oposición toma pie de un hecho que va contra la integridad territorial del Imperio para hacer política de partido y tumbar, si es posible, al Gobierno conservador. Los laboristas ‘bendecirían’ al Gobierno ‘militar’ argentino si fuera la causa de su acceso al poder.

Lo que resulta grotesco es que en el severo Parlamento británico una voz haya pedido la fortificación de Gibraltar ante la posibilidad de que pueda suceder algo parecido en el Peñón imperial y usurpado. Tranquilícense pares y lores: España nunca se ha propuesto utilizar la fuerza para algo tan sagrado como sería recuperar su integridad territorial, ni siquiera cuando el decoro nacional vivía más entero, como sucedió entre otras épocas, en aquella en que el General Franco cerró la verja; menos hoy, cuando mansamente se abre y la Partitocarcia con las autonomías de Regiones y Nacionalidades augura para pronto que el tema del Peñón, si no se entierra a partir del próximo 20 de abril, será tratado, poco más o menos, entre el Gobierno de S. M. británica y la Junta de Andalucía.

Y de madrugada, como la invencible, la Flota inglesa encabezada precisamente por el portaaviones ‘invencible’ zarpó de la Gran Bretaña rumbo a las Malvinas, incluso con el príncipe Andrés a bordo para subrayar la identificación de la Corona con la empresa imperial. Una poderosa Escuadra va a surcar los mares durante quince días hasta llegar a disparar – ojalá no sea realidad – el primer cañonazo. Quizá tenga que ser así, pero a mi juicio, ésta es la aventura más anacrónica que ha vivido el siglo XX: En medio de viajes interplanetarios, amenazas de misiles que cruzan en segundos océanos y continentes, satélites para espiar o transmitir información y armas o ingenios dirigidos por computadoras la Flota Británica se lanza a los mares para empezar una guerra dentro de quince días.

Del túnel del tiempo nos ha sacado nuestro Gobierno y sus medios de información, pero no para explicar el paralelismo de situaciones del Peñón y las Malvinas, ni para recordar las razones del Gobierno de Buenos Aires, ni para subrayar los entrañables vínculos que nos unen con el pueblo argentino. No. El presidente del Gobierno ha despachado el tema con una frase: las Malvinas en relación con Gibralta son un asunto ‘distinto y distante’; España se ha abstenido en la votación de las Naciones Unidas y la Televisión sólo se ha preocupado de augurar, como fruto del conflicto, la caída del Gobierno militar de Buenos Aires. Eso es todo.

Federico Silva Muñoz

09 - Mayo - 1981

Entre la confusión y el despropósito

Enrique Curiel

(Dirigente del Partido Comunista de España)

El conflicto de las Malvinas se ha convertido en una sangrienta y absurda guerra que llena de consternación y perplejidad a muchos españoles y a una buena parte de la opinión pública internacional.Además de exacerbar más aún la ya de por sí tensa situación internacional, lo cierto y lo grave es que a estas horas cientos de jóvenes argentinos y británicos han perdido la vida. ¿Víctimas de quién? A, mi modo de ver, la respuesta no puede ser más evidente. Víctimas del trasnochado y anacrónico colonialismo inglés y víctimas de la actitud de la dictadura militar argentina, que pretende legitimarse ante el mundo y ante su pueblo tratando de hallar alguna explicación a su propia existencia utilizando una sentida y legítima reivindicación de la nación argentina.

Para cualquier conciencia democrática que aspire a un orden internacional justo y progresista, tanto la primera ministra conservadora Margaret Thatcher como el general Galtieri carecen de legitimidad moral y política para exigir el apoyo internacional a la actitud de sus respectivos Gobiernos.

Margaret Thatcher parece equivocarse de siglo. Resulta incomprensible iniciar el derramamiento de sangre, arriesgar la vida de los jóvenes británicos y comprometer la paz mundial a finales del siglo XX en torno a una guerra colonial. La intención del general Galtieri resulta obvia cuando toma por la fuerza las Malvinas pretendiendo hacer olvidar que la junta que él preside es la responsable de la desaparición de miles de argentinos, de la supresión de las libertades públicas, de la persecución de las fuerzas políticas y sindicales de la oposición democrática y del apoyo a regímenes políticos como los de El Salvador, Chile, Uruguay, etcétera.

Así las cosas, los comunistas españoles expresamos nuestra solidaridad con los trabajadores y pueblo argentino en su lucha por la conquista de las libertades públicas y con el pueblo inglés, cuyos intereses son comunes, y uno de ellos prioritario a todos los demás: paz, alto el fuego, que no se pierdan más vidas.

En consecuencia, reafirmando el reconocimiento de la soberanía argentina sobre las Malvinas se hace necesario desarrollar cuantas iniciativas sean precisas para detener la guerra y que el conflicto sea resuelto por vía de la negociación en el marco de los organismos y los acuerdos de la ONU. Ninguna potencia o bloque debe prevalerse de la situación para extraer provecho del conflicto, impulsando la continuidad de una guerra que puede envolver a Latinoamérica, afectar a España, al continente europeo y provocar un conflicto generalizado. La actitud de la Administración de Ronald Reagan, apoyando de facto el inicio de la acción militar y colonial de Margaret Thatcher, resulta dramáticamente coherente con la política exterior de los EE UU.

¿Y España? Pues España, es decir, los españoles; es decir, nosotros, nos debatimos en una situación a medio camino entre la confusión y el despropósito gracias a la política exterior de Calvo Sotelo y Pérez-Llorca. Ahora aparecen con nitidez entre los españoles los resultados de la llamada opción atlántica del presidente Calvo Sotelo repleta de contradicciones que debilitan nuestra posición internacional, que perjudican nuestros intereses y que nos convierten en objeto de las más diversas presiones de los Gobiernos británico y norteamericano.

Si adoptamos una posición claramente anticolonial, teniendo a Gibraltar como fondo, ¿qué dirán nuestros aliados de la Alianza Atlática, como el Reino Unido y Estados Unidos, de nuestro ingreso en la Comunidad Económica Europea? Si el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo se guía por sus obligaciones atlánticas, además de olvidarse de Gibraltar, ¿dónde arrincona nuestra política hacia América Latina?

Esta situación nos hace débiles y vulnerables en el concierto internacional y justifica plenamente la actitud de los que defendemos para España una política exterior basada en la independencia, en el no alineamiento, en la neutralidad activa. Solamente con una política exterior inspirada en tales principios, España tendrá solidez suficiente para luchar por la paz mundial, el desarme, la distensión y la defensa de nuestros intereses. ¿Qué va a hacer el presidente Calvo Sotelo? Dudo que lo sepa. Quizá por ello se niega a un debate en nuestro Parlamento para que éste se pronuncie y permita que España colabore seriamente para ver el fin de una guerra que los comunistas lamentamos y reprobamos.

Enrique Curiel

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