Derrota del NO que pedía el 'bunker' y de la Oposición de izquierdas que pedía la 'abstención'

Éxito del Gobierno Suárez: el SÍ gana el referendum de la Reforma Política despejando el camino para las primeras elecciones

HECHOS

El Referendum para la Reforma Política dio como resultado un SÍ abrumador para el Gobierno.

El momento de definirse llega con el referendum para la Reforma. El gobierno pide el “SÍ” pero el PSOE pide “Abstención”, mientras que los ultras piden “NO”.  ¿Cuál es la postura que adopta EL PAÍS? La define su editorial:

Es un proyecto relativamente aceptable, pero mejorable, y desde luego no es objetiva y llanamente un proyecto democrático. (…) La abstención activa es lícita y no se puede decir que quien se abstenga en el referéndum de mañana no crea en la participación ciudadana o sea un demagogo. (…) ¿Pero es oportuna la abstención? El franquismo recalcitrante va a votar NO (…)  los sufragios negativos serán contra la posibilidad de que en este país se celebren cuanto antes las elecciones generales. Por  eso,  sin  duda, muchos  demócratas  acudirán  también  mañana  a  las  urnas a depositar su SÍ (…). Sólo   estas   dos    opciones –  la   abstención   o   el   SÍ –   son comprensibles en quienes deseen verdaderamente un régimen democrático. (EL PAÍS, 14-12-1976)

El editorial defiende la posición del PSOE sin llegar a oponerse al Gobierno. El referendum acabó con una victoria del SÍ y EL PAÍS no tiene inconveniente en sacar en la portada al Sr. Suárez bajo el letrero Adolfo Suárez consiguió ayer una importante victoria. ABC habla de “Sí rotundo”, EL ALCÁZAR de “Victoria pírrica”.

MARTÍN VILLA ANUNCIA EL TRIUNFO DEL ‘SÍ’ EN EL REFENDUM

ADOLFO SUÁREZ COMPARECE EN TVE ANTE EL TRIUNFO DEL SÍ EN EL REFERENDUM

 

16 - Diciembre - 1976

VICTORIA PÍRRICA

Antonio Gibello

Con indisimulada pasión, los miembros del gobierno han manifestado ya su alegría por los resultados del referéndum. Las palabras elogiosas, casi aduladoras del ministro de la Gobernación, alusivas a la ya tópica ‘madurez política y sentido de responsabilidad’ del pueblo español, viene a ser como un postrer acto de agradecimiento hacia quienes ‘reyes por un día’ han perdido en el azar de las urnas, definitivamente, una soberanía que se anuncia como recién otorgada. No es ocioso, en esta circunstancia, que reputamos histórica, subrayar nuestro deseo ferviente de bienestar y ventura para este pueblo español que merece mejor futuro que el preparado por la clase política. Queremos poner énfasis en que nuestra actitud no está guiada por le género alguno de despecho ante el resultado electoral, porque, en cualquier caso, tenemos conciencia de haber cumplido con nuestro deber y haber actuado en forma consecuente con nuestras convicciones. Pero es preciso decir hoy, cuando algunos propedena una eufórica demagogia que el engañoso propósito de ‘devolver la soberanía al pueblo’ ha consumado el rapto definitivo de la soberanía. Nunca más, por algún tiempo, el pueblo español volverá a ser dueño de su destino. Se lo impedirán – pronto lo padeceremos todos – el sistema político refrendado ayer y todas las consecuencias lógicas que se derivan del retorno liberalista. Engañado por el espejuelo democrático que el Gobierno ha prometido, el pueblo pierde su propio protagonismo para entregárselo a los partidos políticos. La comunicación y representación del pueblo en el Estado, en las Cámaras legislativas y en los órganos de decisión y consulta más importantes del poder político, estará, a partir de ahora, en manos de intermediarios, especuladores de la política, como los que medran también en el campo de la economía.

Por eso, la victoria de hoy no es la victoria del pueblo, sino la victoria pírrica de la especulación partidista. Desde la cumbre del poder político se ha puesto en marcha un proceso temporalmente irreversible. Sus consecuencias se podrán medir en poco tiempo. La bola de nieve que ha echado a rodar por la pendiente de la historia arrollará muchos obstáculos que estorbaban la marcha hacia un futuro mejor, pero provocará, si el buen sentido no lo impide, un alud incontrolable de pasiones desencadenadas, un revanchismo devastador cuya sintomatología ha quedado evidenciada en recientes manifestaciones públicas de los partidos de orientación marxista.

Lo hemos reiterado desde las páginas de este diario. La ley para la Reforma Política, ya refrendada por las urnas, no es la reforma política, pero la prejuzga y predetermina, condicionándola en forma tal, que nuestra actitud de oposición a la ley ya inevitable – meticulosamente silenciada y combatida desde las áreas del poder detentadoras de todos los medios oficiales de comunicación de masas – se basaba en un puñado de razones morales que ni siquiera el resultado refrendatario nos puede arrebatar. España, como se ha señalado insistentemente, incluso por destacados miembros del gabinete gubernamental, entra desde hoy en un periodo constituyente. Concluir el anterior periodo constituyente ocupó a España y al pueblo español toda una larga etapa histórica iniciada el 19 de marzo de 1938 y cerrada el 22 de julio de 1969, con la proclamación del Príncipe Juan Carlos como sucesor de Franco a título de Rey El periodo constituyente que ahora comienza va a ser mucho más breve porque opera sobre él una potente aceleración histórica y carece de freno y embargue para regular su marcha. Comprometido con el Sistema en proceso, su desenlace es imprevisible aunque no resulta aventurado intuir, dados los supuestos legales de que se parte desde hoy mismo, que adquiere el signo contrario al que caracterizó la etapa constituyente impulsada por Franco Dicho más claramente aún: la ruptura política con el Régimen franquista, consumada tras el refrendo de la ley para la Reforma Política, abre un periodo constituyente en que está en juego inevitablemente – e incluso contra el deseo ferviente de muchos españoles – la propia institución monárquica que Franco propición y consolidó después de cuarenta años. Habrá algunos sectores, sociales y políticos, que hallarán disgusto al leer lo que precede. También nos disgusta a nosotros tener que manifestarlo. Pero los hechos hay que analizarlos en todas sus dimensiones, con reflexión y claridad.

No será el anterior, el peor riesgo que corre nuestro futuro. La etapa constituyente que hoy se inicia habrá de discurrir por los cauces arbitrarios y estancos de los partidos políticos, en un momento de quiebra y atomización sindical; abrumada por el peso de una grave crisis económica dificilmente superable; y acosada por la virulencia suicida de un separatismo, que atenta, criminalmente, contra la unidad y el ser mismo de españa. Son demasiados condicionantes para un empeño democrático cuya avitaminosis endémica busca más las apariencias formales que los esenciales contenidos democráticos, mucho de los cuales se alcanzaron en vida de Franco y ahora se arrojan por la borda de un navío política que navega a le deriva.

No somos catastrofistas ni vamos a permanecer inmóviles. Nuestra postura dinámica la conocerá pronto el pueblo español. Contra la actitud de quienes cifran todas sus ‘reformas’ en la quiebra del Régimen de Franco, nosotros entendemos que España requiere profundas transformaciones  estructurales en los campos de la economía, de la política, de la educación, de la organización social, del reparto de la renta nacional, de la participación sindical, de la consolidación férrea de libertades concretas y tangibles, ejercitables veraderamente por el pueblo español, más allá de la simple concurrencia electoral. Nuestro programa no es nuevo. Está arraigado en la entraña del pueblo español y formulado por los creadores del Nacionalsindicalismo y enlazada en síntesis armoniosa con las mentes más lúcidas del pensamiento tradicionalista.

No hay, pues, en nosotros ningún sentimiento de derrota por el resultado del referéndum. Cumplido nuestro deber, pasamos a la ofensiva. En el servicio permanente a la Unidad de España, contra todos los separatismos que atentan contra ella. En el servicio a la Justicia, contra cuantos tratan de poner en el Poder del Estado al servicio de sus intereses de grupo o partido. Y al servicio de la Libertad del pueblo español, frente a los totalitarismos marxista y capitalista.

Nuestra lealtad, cifrada hasta ayer en el pasado y en el presente que de él se derivaba, la ponemos desde hoy en el futuro.

Antonio Gibello

16 - Diciembre - 1976

SABER GANAR

Editorial (Director: Juan Luis Cebrián)

Los primeros datos sobre la concurrencia de los españoles a las urnas confirman los pronósticos de un amplio refrendo al proyecto de reforma política. Todo hace pensar que los resultados definitivos confirmarán el aplastante triunfo del sí a la reforma sobre el no de los continuistas. El escrutinio representa también una victoria del Gobierno sobre la consigna abstencionista de parte de la Oposición.La parcialidad y amplitud de la campaña propagandística oficial -con todo el aparato de la prensa del Movimiento y RTVE incluidos- a favor de la participación y del voto afirmativo, las restricciones puestas a la defensa del abstencionismo y, finalmente, los efectos psicológicos producidos por el secuestro del señor Oriol permiten, sin embargo, especular sobre cuál hubiera podido ser el resultado en otras circuristancias. Y todo esto sin considerar que el país sale de un silencio de muchos años durante el cual la conciencia ciudadana fue sistemáticamente lavada por una propaganda que se proponía aniquilar cualquier discrepancia y favorecer la despolitización. No cabe duda de que España tardará tiempo en curar de los malos hábitos creados en épocas en que un referéndum apenas registraba abstenciones.

En cualquier caso, la habilidad al presentar el sí como única alternativa viable al continuismo es un factor que pesa en el éxito obtenido. Planteamiento compartido, por lo demás, por algunas familias políticas alejadas ahora del poder y aceptado de hecho por aquellos grupos de la oposición democrática que dejaron a la libre conciencia de sus partidarios la decisión final.

Ahora bien, el refrendo al Gobierno no tiene un significado unívoco y claro. Las motivaciones han sido diversas e incluso contrapuestas: desde los franquistas que tratan de evitar males mayores hasta los demócratas posibilistas que han preferido esta apuesta antes que el fortalecimiento relativo del no. El Gobierno ha forzado al país a elegir entre continuismo o reforma, en vez, de plantear el dilema continuismo o no continuismo, subsumiendo en este último término tanto el voto afirmativo como la abstención. Por esta razón, los sentimientos matizados de muchos ciudadanos no han tenido el debido cauce de expresión. Hay gente que ha votado sí, pero; y otros han dicho me abstengo, pero. Porque los círculos del voto afirmativo y de la abstención no han sido tangentes sino secantes, y es de sospechar que la superficie común entre ambos -el abandono definitivo del franquisnio- ha sido grande. El Gobierno ha de saber que si el sí sirviera para un continuismo corregido y disfrazado, buena parte del voto afirmativo hubiera ido a la abstención.

Ahora se trata de comprobar si el Gobierno está realmente dispuesto a emprender la vía democratizadora. La primera prueba será que haga gala de una virtud propia de los sistemas pluralistas: saber ganar, esto es, no abusar de la victoria.

El reducido porcentaje de votos negativos es tranquilizador. Y más aún si se piensa que parte de los que ayer dijeron no pueden perder el irracional temor a la democracia cuando los hechos les demuestren que el orden público y la prosperidad económica están mejor protegidos por las instituciones representativas que por la dictadura.

Frente a quienes han propugnado la abstención, la única actitud consecuente del Gobierno es invitarles a la mesa de negociación para llegar a un acuerdo sobre los tres grandes problemas pendientes: ley electoral equitativa en un clima de libertades políticas y sindicales efectivas; acuerdo sobre el problema de las nacionalidades (cuya gravedad pone de relieve el mayor abstencionismo vasco y catalán), y una política económica que siente las bases, socialmente pactadas, para salir de una situación no sólo grave, sino peligrosa.

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