Tusell, miembro del Consejo Asesor del Grupo16, recuerda a Losantos su pasado comunista

Javier Tusell (DIARIO16) y Jiménez Losantos (ABC) polemizan sobre el papel que debe tener el Estado en la defensa de la Cultura

HECHOS

El 31.12.1990 D. Javier Tusell publicó un artículo en DIARIO16 para responder el artículo de D. Federico Jiménez Losantos en ABC del 21.12.1990.

21 - Diciembre - 1990

Estado contra Cultura

Federico Jiménez Losantos

Voy a echarle una mano a mi vecino y a criticar un poco a Tusell, que es una de sus debilidades. Otra del as mías es acabar con el ministerio de Cultura, y otra de Tusell, defenderlo, que para eso lo disfrutó, aunque no fuera exactamente a título de ministro.

Pero el debate se está llevando razonablemente y quiero contribuir al razonamiento. Creo que se está confundiendo Ministerio de Cultura, ente abominable al que sólo se puede entrar para cerrarlo, con defensa del patrimonio cultural, que es asunto bien distinto y administrativamente separado. O debería estarlo.

Quien duda de que el Estado debe proteger los monumentos que constituyen la prueba misma de que no somos una tribu de bárbaros , sino herederos de un solar en el que han ejercido su talento durante muchos siglos infinidad de personajes ilustres desde el albañil que remató con la última teja el Alcázar de Segovia hasta Juan de la Cruz, a cuyo centenario vamos y que conviene cuidar, porque ese saqueador cultural de tumbas todavía vicepresidente del Gobierno es muy capaz de expropiarnos su memoria, después de la de Machado y Besteiro, y decir que la ‘Noche Oscura del Alma’ la escribió nuestro primer poeta pensado en sus desventuras políticas. Ojo con eso, que este no se para en barras. Ni en barras ni en estrellas, aunque sean las de la noche de San Juan.

Distingamos, pues, la institución totalitaria del Ministerio de la culturalmente imprescindible de proteger nuestro patrimonio cultural. Tiene razón Tusell en advertir del grave riesgo dep olitización del os futuros institutos Cervantes, pero yo creo que eso es inevitable, puesto que se trata de una herramienta de difusión cultural con evidentes resonancias políticas y consecuencias económicas. Francia lo ha demostrado.

Lo que sí debe evitarse como dice Tusell, es su partidización. Yo me atrevería a añadir otra sugerencia: que en las zonas bilingües de España funcione también el Instituto Cervantes, para que nadie se vea privado del derecho constitucional de aprender español y de estudiar en español si libremente le apetece. No puede ser más fácil cursar Filología Hispánica en Tanzania que en Sabadell, pongamos por caso y con ánimo simplemente metafórico.

Pero hay una frase de Tusell – intervencionista como corresponde a un democristiano – que me parece inaceptable: “El Estado debe actuar. No resulta aceptable que el Estado se margine de una función respecto de la cultura; incluso, de hacerlo, incumpliría la Constitución”. Alto ahí. De acuerdo en lo del Patrimonio, que no es cosa del Ministerio, por cierto, pero nada más. “La música, el teatro, el cine se han convertido a estas alturas en todo el mundo en semipúblicos. Proponer que dejen de serlo es propugnar su desaparición”, dice Tusell. Esa es la nefasta doctrina a combatir, con todos mis respetos para el adversario. Sólo cuando la sociedad, los consumidores de música, teatro o lo que sea se hagan cargo de su consumición, y paguen lo que les cueste, sabremos hasta qué punto lo que hay tiene sentido.

Sucede hoy lo contrario: una burocracia cultural nos obliga a subvencionar manifestaciones culturales con las que muchos no comulgamos, ni creemos vivas. Y el que lo crea que las pague. ¿Por qué se ha de subvencionar la ópera? ¿Por qué el Estado ha de ser el primer editor del país? Por la misma razón: para tener metida la nariz política en la cultura como instrumento publicitario, que eso es hoy poco más. Añado, por último, que la única forma de salvar, renovándolas ciertas manifestaciones culturales, es retirarles inmediatamente la subvención, para que reanuden un contacto directo, esto es, pagado, con su público. El caso de Mapplethorpe en los USA es la mejor demostración de que lo que tiene que hacer el Estado en materia de cultura es abstenerse. Es gratis.

Federico Jiménez Losantos

31 - Diciembre - 1990

La cultura y el profeta estaticida

Javier Tusell

Un breve artículo en estas mismas páginas de quien firma estas líneas ha motivado el comentario (‘liberal’ según la rúbrica habitual de sus artículos) de Federico Jiménez Losantos, excelente escritor y hábil polemista con el que suelo discrepar.

Decía yo que el Estado debe actuar en el terreno cultural, y esta afirmación le ha indignado lo suficiente a Jiménez Losantos como para escribir su comentario titulándolo ‘Estado contra cultura’. Me parece que la cuestión tiene la entidad bastante como para proseguir el debate.

Dice Jiménez Losantos que el Estado debe contribuir al sostenimiento de la cultura heredada del pasado, pero en cambio para nada debe intervenir, como yo decía, en cuestiones como música, teatro o cine ‘sólo cuando la sociedad, los consumidores de música, teatro o lo que sea se hagan cargo de la consumición’ añade Jiménez Losantos’ sabremos hasta que punto lo que hay tiene sentido’.

Parecería, por tanto que, según él, la misión del Estado debiera agotarse en la conservación, pero de ninguna manera en la promoción de fórmulas de creatividad actuales.

En mi opinión ese juicio, que choa abiertamente con lo que es la práctica habitual en todos los países occidentales, es poco más que una broma, como se descubre con el solo hecho de llevar a sus consecuencias últimas lo que en él se afirma.

Ahora Jiménez Losantos se muestra más moderado, pues yo le he oído defender en serio el cierre del Museo del Prado si el mercado no le proporciona los recursos necesarios para su mantenimiento.

EL problea no está en que el Estado sea el primer editor en España; la dimensión de su actuación en esta materia es excesiva, pero, más que eso, lo que hace es publicar cosas ilegibles. Sería mucho más lógico, por ejemplo, disponer de una buena editorial universitaria en vez de la larguísima serie de publicaciones de cada universidad cuyo interés es más que modesto.

Es preciso estimular la subvención privada de ocnciertos, pero de esto a cerrar los auditorios (o los museos de arte actual, o los teatros de ópera) hay un abismo.

Si me permite Jiménez Losantos, que me acusa de intervencionista, le diré que siento respeto de su defensa siempre ferviente del fervor estticida en materia cultural, idéntica sensación que respecto de tantas otras manifestaciones semejantes de otros miembros de la nueva derecha superliberales como él.

Me parece que proporciona la confrotable sensación de haber encontrado una varita mágica par reoslver todos los problemas sin el menor esfuerzo por encontrar una solución práctica y posible.

Dar soluciones quiere decir saber dónde se deben cortar los impuestos, no precisar una genérica rebaja en los mismos, en política cultural consiste en decir, por ejemplo, que el Centro Reina Sofía gasta demasiado y no siempre bien o que las subvenciones al cine se otorgan con partidismo, no en afirmar que el primero debe ser derribado y las segundas liquidadas.

Admiro a Jiménez Losantos, que tiene todas las virtudes de los ex del comunismo, en especial todo el entusiasmo liberal del neófito. Pero, ya que yo no he sido nunca comunista, me permitiría recordarle que existen personas que, por haberse evitado esa experiencia, no están acpidisminuidos; más bien quizá habría que pensar que han sido consecuentes y coherentes consigo mismos.

Entre un ex comunista y un comunista, me quedo con el primero, pero entre quien nunca tuvo esa tentación y quien la padeció suelo prestar más atención a éste último.

Los fervores estaticidas vienen bien en un país en que el peso del Estado es excesivo, pero no deben ser tomados muy en serio, porque de aplicarse (como se ve en este caso) serían una fórmula tan doctrinaria y de imposible aplicación como algunas de las del estlainismo.

Por cierto, que habría que recordar que quienes un día entraron en la cruzada del comunismo ahora dan a veces la sensación de haber optado por la del mercado. Diferente propósito, pero no tan distante actitud de fondo.

Javier Tusell

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