El historiador considera que detrás de los ataques hay una orden directa del director del periódico Luis María Anson

El libro de Tusell (Grupo PRISA) sobre el Rey Juan Carlos I, vapuleado desde las páginas del ABC por De la Cierva y López Castillo

HECHOS

El 22.12.1995 D. Javier Tusell escribió un artículo en el diario EL PAÍS sobre los artículos que el diario ABC había publicado sobre su obra ‘Don Juan Carlos,

En 1994 D. Luis María Anson, director del diario ABC, publicó el libro ‘Don Juan’ sobre la figura del Conde de Barcelona, Don Juan de Borbón, que fue criticado desde las páginas de EL PAÍS por D. Javier Tusell causando una polémica entre ambos.

En diciembre de 1995 era D. Javier Tusell, de EL PAÍS, el que publicaba su propio libro sobre los Borbón titulado ‘Juan Carlos I. La Restauración de la Monarquía’. Sus libro era elogiado por PRISA que, en un texto de D. Santos Juliá (EL PAÍS, 2-12-1995) celebraba los ‘pescozones que Tusell propinaba al Sr. Anson en la citada obra. Pero naturalmente, eso era buscar greña con el mamporrero profesional.

El 1 de diciembre de 1995 la obra del Sr. Tusell era despellejada desde las páginas de ABC en un amplio artículo firmado por D. Ricardo de la Cierva.

El 8 de diciembre de 1995 un aún más extenso artículo de D. José Luis López Castillo dedicaba páginas a páginas a marcar todos los errores históricos encontrado en el libro del Sr. Tusell.

Amén a las referencias burlonas de las columnas de ABC del Sr. Jiménez Losantos o de los seudónimos del ‘Zigzag’ y ‘Ovidio’.

Ahora bien, el Sr. Tusell no estaba indefenso, dado que disponía de las páginas de EL PAÍS donde publicó el 22 de diciembre de 1995 su tribuna de descargo contra la persona a la que consideraba detrás de todos los ataques a su obra: D. Luis María Anson. Varios programas de televisión de ANTENA 3 TV y TELECINCO ofrecieron a los Sres. Anson y Tusell un debate sobre sus distintos puntos de vista, pero el Sr. Anson declinó esa invitación.

zap_1993_FelipeAnson El director de ABC, D. Luis María Anson era quien, según el Sr. Tusell, había ordenado los ataques en su contra de los Sres. De la Cierva y López Castillo que airearon en sendos artículos todos los errores que, según ellos, el historiador del Grupo PRISA había cometido en su libro.

01 - Diciembre - 1995

El Rey como Pretexto para una adulación pseudobiográfica

Ricardo de la Cierva

Javier Tusell pertenece de lleno a la escudería Polanco, mantiene su extraña propensión de apuntarse a partidos agónicos y ahora ha elegido actuar como uno de los últimos portavoces del felipismo en el diario y la cadena gubernamental.

Está claro que, en su último libro, Javier Tusell, pretende trazar una biografía en regla de Don Juan Carlos I que comprenda desde su nacimiento hasta la renuncia de su padre, Don Juan de Borbón, en 1977. Incluso llega a insinuar que este libro tendrá una segunda parte sobre la trayectoria del Rey a partir de esa fecha. Su pretensión queda clara desde la página 33: “Es difícil escribir la biografía histórica de un personaje vivo”. Pero su propósito va más allá: no sólo intenta la biografía histórica de Don Juan Carlos sino, paralelamente, la de su padre Don Juan de Borbón. Una y otra proyectadas sobre un telón de fondo en negro mayor: la autobiografía del general Francisco Franco.

Vamos a establecer inmediatamente que este libro no es esa pretendida biografía de Don Juan Carlos, ni tampoco la de Don Juan; pero ni siquiera presenta adecuadamente, en sus solapas, la auténtica biografía de Tusell. No dice una palabra sobre su frustrada – y principal – vocación política. Demostró mala vista, o mala suerte, en su diversas adscripciones a partidos políticos; los primeros grupos democristianos de la transición, la UCD en fase terminal, el PDP se hundieron muy poco después de que Tusell firmase sus fichas sucesivas. En este libro figura como ‘colaborador habitual de programa de radio y en diversos medios de comunicación’, pero sus lectores tienen derecho a saber que al publicarse este libro su radio es la SER y su colaboración escrita se publica regularmente en EL PAÍS, es decir que pertenece de lleno a la escudería Polanco, mantiene su extraña propensión de apuntarse a partidos agónicos y ahora ha elegido actuar como uno de los últimos portavoces del felipismo en el diario y la cadena gubernamental. Sus conferencias en la Universidad (no muy concurridas) le anuncian como ‘historiador socialista’. Dicen más que saben.

Entre los ‘más de cuarenta libros’ que dice haber publicado no cita expresamente dos cuya difusión finalizó abruptamente; ‘La URSS y la perestroika desde España’, donde apostaba por la pervivencia del Muro de Berlín pocos meses antes de que se derrumbara, y una insuficiente biografía acrítica del gran escritor Mario Vargas Llosa, como augurio para celebrar su exaltación a la presidencia del Perú que por desgracia no se logró. Algunas distinguidas fmilias del régimen de Franco le han confiado sus archivos para toparse luego con la sorpresa de que Tusell utilizó tales archivos para presentar al os personajes a una luz menos grata de lo que esas familias habían esperado.

Este libro – “Juan Carlos I” – dice y pretende ser una biografía pero no cumle no una sola de las reglas el arte biográfico. Con todos los defectos y desenfoques de otro libro, el que José Luis de Vilallonga dedicó al Rey resulta un ensayo biográfico directo e imprescindible, en que aprendemos muchas cosas del Rey; lo mismo sucede con las recientes “Conversaciones sobre el Rey” de Tom Burns Marañón y no digamos como la auténtica biografía debida al historiador británico Charles Powell. En este libro de Tusell Don Juan Carlos prácticamente no existe hasta la página 377; e incluso en el resto del libro las apariciones biográficas de Don Juan Carlos suceden de cuando en cuando, a veces a contrapelo de los acontecimientos y la arbitraria descripción de los contextos.

Cuando se emprende la biografía de un personaje vivo la primera condición es que el escritor trate asidua y profundamente al personaje. Tusell confiesa haber hablado con el Rey en una ocasión, cuando acudió a despedirse protocolariamente de él con motivo de haber cesado en su cargo de Bellas Artes. Insinúa algún contacto esporádico más mientras desempeñó ese cargo pero no le conviene insistir; porque las altas autoridades del Patrimonio estaban habitualmente hartas de Tusell, como manifestaron reiteradamente a quien correspondía, quien hubo de intervenir enérgicamente para obviar esas discrepancias. Tusell no ha mantenido con el Rey contactos biográficos como los de Vilallonga y otros autores que han escrito sobre Don Juan Carlos mucho más de cerca.

Por eso la imagen de Don Juan Carlos (y la de Don Juan, a quien Tusell tampoco demuestra conocer personalmente) resulta en ese libro fría, hierática, silenciosa, distante. Tusell no ha obtenido del Rey una sola opinión, una sola matización sobre problemas históricos en los que Don Juan Carlos se vio implicado, pese a la gran confianza que Don Juan Carlos demuestra en ese tipo de conversaciones con las personas de quienes se fía.

Esta presunta biografía del Rey debe trazarse, entonces, “por líneas exteriores” como se definió la de Francisco Cambó por Jesús Pabón. Pabón era un genio de la historia política, que sabía demás ganar elecciones (Tusell se presentó a elecciones peor sin el menor éxito; una vez ofreció generosamente su nombre como último de una lista electoral democristiana y ni siquiera fue elegido el primero, pese a que era político de tanto prestigio como don Javier Rupérez). La biografía de Cambó es excelente aunque fría; Pabón eludía sistemáticamente las revelaciones de tipo personal, que hubeira hecho mucho más divertida y escabrosa su biografía de Cambó. Este es un método erróneo; la biografía, para ser fehaciente, ha de ser total, aunque no caiga en detalles morbosos. Tusell, que no le llega a Pabón ni a la suela del zapato, no nos ofrece la biografía de un Rey entre contextos convulsos sino la descripción de una esfinge o a lo más de una estatua. En realidad este libro es una combinación, con trazas de amasijo, de historia (o mejor antihistoria) del franquismo, análisis no de la causa monárquica, sino de las cominerías adjetivas de la causa monárquica, dividida en buenos y malos segúnlas particulares preferecias del autor e incluso un amago sobre la protohistoria de la transición, cuyo autor único es el Rey, sin la menor matización sobre el papel relevante que varios personajes desempeñaron en torno al Rey o a su padre en aquellas momentos. Divididos también artificialmente en buenos y malos. Muchos párrafos y enfoques de este libro son simples refritos (a veces empeorados) de obras anteriores del prolífico autor, cuyo trabajo en equipo ha entrado ya en los negros límites de lo legendario. Una biografía debe ser, por supuesto, crítica. Esta no. Esta es una biografía del Rey dictada por el ánimo de adulación y por un concepto muy franquista de la adhesión incondicional. En diversos momentos del libro la adulación al Rey y a su padre alcanza extremos patéticos.

Tusell, que se presenta demasiadas veces como definidor del método histórico y de la propia idea democrática, decía hace unos años que una obra no merecía el calificativo de histórica si no se realizaba de forma ‘monográfica’. Luego empezó a prodigarse en libros de bajo nivel generalizador y divulgatorio, como s ramplón folleto sobre la historia del franquismo. Fustigado por muchos observadores serios, cazador infatigable de oportunidades con premio fácil, ahora sólo parece estimar las obras históricas si se escriben sobre la materialidad de unos archivos; experimenta auténtico frenesí por los ‘documentos inéditos’ (que muchas veces están publicados) y niega todo valor a libros importantes por el grave defecto de que sólo constan de fuentes publicadas’ aunque en algunos casos que cita en este libro no haya advertido la abundante documentación inédita que contienen esas obras al as que sólo quiere considerar como refritos. Cuando observa un libro de Historia trenzado sobre testimonios directos, difícilmente recusables, sobre una colección documental que ni él ni nadie había descubierto (aunque yacía en archivos públicos), su comportamiento roza ya la indignidad; niega la validez del testigo directo y declara dudosos e incluso falseados a los documentos aducidos por otros investigadores, por la imperdonable osadía de haberlos publicado antes de que él sospechase su existencia. Esto puede demostrarse abundantemente, por más que haría interminable este análisis. Pero lo más cómico es que en esta aparente biografía del Rey las fuentes que Tusell utiliza son fuentes publicadas en el noventa por ciento de los casos; la documentación de archivo, a veces mal citada y peor interpretada, es casi irrelevante y apenas aporta novedad alguna a lo que ya se conocía sobre los temas y personajes de que trata. Ha tenido la suerte de llegar a tiempo para beber copiosamente en el libro de la familia Fernández-Miranda, aunque les reprueba que traten mal a don Adolfo Suárez y es que este historiador autoritario ignora cómo trató Suárez a Fernández Miranda, y disimula la faceta implacable e ingrata de Suárez, a quien ahora se retrata con tonos rosáceos que bordean el ridículo durante los fastos veintenales de la transición. Demuestra con ello Tusell una proclividad a la censura que nada extraña a quienes le conocen. Por cierto es que también el duque de Suárez es objeto de un sentimiento de adoración acrítica y de adulación flagrante por parte de Tusell. Cuando en algunos momentos de su libro, como en la página 32, extrema su adulación al Rey, olvida un término gracioso que Don Juan Carlos prodigaba en los años setenta ante quienes se habían acercado a su intimidad: “Lo que más le molesta de mucha gente es el lameculismo”, solía exclamar ante ciertas manifestaciones acríticas y complacientes.

Pero esto no es lo peor. En vez de descartar arbitrariamente las fuentes esenciales publicadas, que siguen siendo imprescindibles, debería conocerlas y analizarlas. Como este libro no se refiere a la biografía de Don Juan Carlos sino más bien a sus contextos, resultan hirientes algunos vacíos de su bibliografía. Desconoce, por ejemplo, el importantísimo libro del diplomático Rubio García Mina – que es un historiador documentadísimo – sobre los avatares del exilio español tras la guerra civil (Ed. San Martín, tres vols). Que hubiera enviado a Tusell muchos deslices y vacíos sobre la actuación de las instituciones republicanas en América y en Francia. Al disertar de forma que se aproxima a lo pedante sobre los vislumbres que Franco tenía sobre la futura actuación de su sucesor podría haberse ahorrado varias conjeturas inanes de haber leído el libro del general Vernon Walters “Misiones discretas” que tampoco ha saludado (y además de citar las conversaciones con Franco Salgado Araújo) a quien llama insistente y equivocadamente ‘primo de Franco’ tendría que haberlo leído en seiro, y entonces vería como Franco conocía al dedillo el proyecto americano sobre los partidos españoles de la futura transición, “uno socialista y otro de centro democrático”; casi acertó con el nombre de la UCD, como acertó (y tampoco lo dice Tusell) sobre los futuros proyectos de fusión de algunos grandes Bancos. Pero ni siquiera las fuentes que conoce las analiza de forma suficiente. El libro de Sainz Rodríguez. “Un reinado en la sombra” (cuyo título fue raptado por don Pedro a Luis María Anson, cosa que Tusell ignora) tuvo cuatro ediciones cuyo contenido (modificado y manipulado cínicamente por los miembros de una isntitución aludida en sus páginas) debe valorarse en función de esas manipulaciones, además de explicarse el misterio de la tercera edición inexistente. Este libro de don Pedro es una fuente esencialísima que no puede utilizarse sin desactivar previamente los campos de minas que contiene. Lo mismo podría decirse de otras fuentes importantes, por ejemplo los libros de Calvo Serer, un personaje errático a quien Tusell trata con guantes de seda, seguramente por compañerismo asociativo-religioso, y cuya evolución es importante para el estudio de la causa monárquica precisamente por las razones contrarias a las que Tusell aduce.

En otras ocasiones el comportamiento de Tusell en cuanto a la documentación y el método es todavía más reprobable. En la página 296 intenta sugerir con torpona jactancia que conoce “una parte del diario de Martínez Campos”. Se refiere al duque de la Torre, que nada tenía que ver con los Martínez Campos de la rama Seo de Urgel sino que se llamaba realmente ‘Martínez de Campos y Serrano”. Pues bien, Tusell no ha consultado ni todo ni arte de ese diario, que los familiares de Don Carlos guardan a buen recaudo hasta la fecha establecida por el gran testigo, quien sin embargo confío muchos datos a quien Tusell no sospecha. La parte del diario que dice Tusell haber consultado se publicó por el general Armada pero mucho antes apareció por vez primera en la revista ‘Nueva Historia’ y no precisamente por obra de Tusell, sino por uno de los historiadores que mejor conoce las veleidades de TUsell. Y encima, Tusell publica con truco las relevaciones (ya publicadas íntegramente= del teniente general, y omite, al tratar de las conversaciones entre Don Juan y Sáinz Rodríguez, las iniciales “O, D.” que don Carlos prodigaba en su diario después de varios nombres significativos. Si esto no es equívoco y juego sucio, no hay forma de encontrar otra calificación. Otras veces (como en la página 52), se aduce un documento vital pero no se concreta su localización, con lo que se le priva de valor. Lo mismo sucede al enumerar las reacciones en el campo monárquico tras la entrevista del ‘Azor’ (página 183 s.). De manera general y reprobable Tusell justifica sus fuentes mediante el apelotonamiento de citas, con lo que al lector se le hace imposible comprobarlas. Todavía es peor que un historiador con tantas pretensiones utilice algunos términos esenciales como fetiches, sin explicarnos lo que entiende bajo las palabras. En la página 80 hace una inevitable referencia a la Masonería como obsesión de Franco, pero no se ha molestado (ni en éste ni en otro de sus libros) en investigar la información auténtica que Franco poseía sobre el Arte Real ni tampoco nos define jamás lo que realmente ha significado la Masonería en la historia de España y de Europa. ¿Será que se apunta acríticamente a la tesis, insuficientes y sesgadas, del jesuita Ferrer Benimeli? Sin embargo el fetiche supremo de TUsell es la democracia. En la historiografía española actual Tusell posa como el pontífice del a Democracia. Lo malo es que no la define nunca; por eso suele considerar como democrática al a República de 1931, por eso dogmatiza sobre el carácter democrático de la causa monárquica en las diversas etapas de su recorrido. Es conmovedor este culto de latría que Tusell dedica a la Democracia sin haberla definido jamás; sin criticar uno solo de sus defectos (hay que ver cómo en medios de esta balumba de conmemoraciones sobre los Veinte Años la democracia impoluta de Tusell está ahogándose en la más espantosa corrupción) y pese a que la Democracia no le ha proporcionado personalmente más que graves frustraciones políticas, ya hemos dicho que se ha estrellado en sus intentonas políticas y electorales y ahora se inscribe en un contexto informativo-político tan escasamente democrático como el felipismo.

Estos graves fallos de método nos hacen dudar sobre el método que realmente utiliza Tusell en este libro y nos sugiere la triste posibilidad de que ese método no existe. Ya se ha indicado que este libro aunque lo diga, no es una biografía. Quiere ser en parte una historia de la causa monárquica pero con gravísimos fallos; nada se dice sobre la caída de la Monarquía, sobre el comportamiento de la familia real en la guerra civil, sobre al comportamiento de los monárquicos del Interior de España durante el franquismo, y casi es mejore que no se explaye Tusell en estos puntos; porque cuando nos dice que la gran mayoría de los monárquicos “del interior” se apuntó al Manifiesto de Lausana en 1945 se profiere un disparate sólo explicable porque el auotr no vivió aquellos años febriles. Tampoco es este libro una historia del franquismo, sino todo lo más un intento incompleto de antihistoria sobre ese periodo. Aun así, y sea lo que sea este libro (que seguramente no pasa de ‘totum revolutum’) trata de presentarse como un libro de historia sobre un periodo amplio, en el cual resultan los contextos. Pues bien, a Tusell se le escapan los tres contextos más importantes que deberían tratar a fondo: la situación estratégica mundial en la que España estaba irremediablemente inscrita; y la actuación de las dos instituciones medulares, las Fuerzas Armadas y la Iglesia.

Hace Tusell alguna alusión al contexto internacional de España. Pero le faltan las fuentes básicas para estudiarlo a fondo; por ejemplo la colección de documentos norteamericana del Government Printing Office que se va publicando al irse cumpliendo los veinticinco años de los acontecimientos. La consulta a esta fuente capital hubiera ahorrado a Tusell varias perplejidades y algún disparate, que luego se concretará, en torno al fracaso de la causa monárquica a partir de 1946, por motivos rigurosamente estratégicos derivados de la hegemonía de los Estados Unidos sobre Occidente después de la segunda guerra mundial. Y no cito más que una omisión entre las innumerables que corresponden a este campo.

De las Fuerzas Armadas, cuya presencia, actuación y evolución de 1939 a 1977 Tusell apenas esboza algunas banalidades, tampoco existe presencia en este libro. Pues bien, se trata de una presencia esencial, que al final de la época de Franco y durante toda la transición se convierte en determinante. Tusell haría bien en leer despacio el reciente libro del general Casas de la Vega “Franco Militar”, para comprobar que el peso de un Ejército victorioso y todavía muy bien armado entre 1939 y 1945 actuó como eficaz factor disuasorio ante los beligerantes para preservar la neutralidad española en la guerra mundial. (Autores prestigiosos como Halstead coinciden en este diagnóstico; Tusell no les conoce). Y la pervivencia de esas Fuerzas Armadas, aún con eficacia militar muy restringida, fue el factor determinante para garantizar la transición bajo una condición irrenunciable; que se mantuvieran formalmente las Leyes Fundamentales y la transformación por tanto se hiciera por reforma y no por ruptura. Entre las más profundas convicciones del Rey durante la fase más delicada del cambio figuraba, aunque Tusell no lo sepa, esta exigencia que don Juan Carlos planteaba entonces en todas sus conversaciones de altura. Pero la presencia militar queda desconocida por Tusell quien por ejemplo ni alude a la importantísima reunión del presidente Suárez con los altos mandos el 8 de septiembre de 1976. El vacío de fuentes de Tusell se hace acuciante para la transición; ignora el libro hasta ahora más importante para este periodo, que es el de uno de los arquitectos secretos de la transición, el ministro José Manuel Otero Novas. De Gonzalo Fernández de la Mora también lo ignora todo como no sea insultarse.

Otro vacío abismal es la Iglesia, que apenas aparece en este libro. La Iglesia de Roma inició conscientemente la transición española con su despegue del régimen de Franco a partir de la primavera de 1962 (meses antes de la apertura del Concilio) con la llegada a la Nunciatura en Madrid del sustituto monseñro Giovanni Benelli. La Iglesia española apostó después por don Juan Carlos y mayoritariamente, por la UCD mientras una gran parte del clero bajo y los religiosos se deslizaba al apoyo de los partidos de izquierda. Estos gravísimos fenómenos no existen para Tusell, quien por lo menos debería haberse asomado, por sus afinidades personales, a la suave inflexión del Opus Dei en el mismo sentido. No lo ha hecho, no sabe, no contesta.

Ricardo de la Cierva

08 - Diciembre - 1995

Juan Carlos I de Javier Tusell

José Luis López Castillo

Tusell no ha entendido nada de lo que ocurrió de fondo durante la etapa histórica de la que se ocupa. Datos nuevos de relieve, documentos importantes inéditos, no hay ninguno.

Juan Carlos I es, según afirma Tusell en este libro ‘uno de los más importantes (políticos) que ha dado la historia española’. El más entusiasta Cortés Cavanillas hubiera  considerado esta frase tal vez un poco exagerada. A esa mezcla de Cisneros y Cánovas que es, según Tusell, Don Juan Carlos, le dedica el historiador arrobado la más encendida lisonja. Sería injusto, en todo caso, no subrayar a buena voluntad con que está escrita la obra, el esfuerzo de documentación y el propósito muy estimable de agradar, presentando unas actitudes de Don Juan Carlos en determinados periodos históricos que, aunque no responden a la realidad, ahora le favorecen.

La biografía que comentamos, con sus indudables aciertos y sus fallos de bulto, es una simple apología, un libro menor, lleno de filias y de fobias. Tusell tiene publicada una obra extensa y estimable, pero con este libro no ha acertado. El historiador ha metido en un cajón de sastre cantidades ingentes y desordenadas de datos, citas, cartas, hasta producir un texto garragoso y a veces ininteligible. Como carece de finura intelectual, el resultado es un libro plúmbeo y exangüe. No ha sabido seleccionar entre la acumulación de datos aportados por sus amanuenses. Todo vale lo mismo: el acontecimiento importante o el documento de relieve quedan en el mismo rasero que la anécdota intrascendente o la carta anodina. La conclusión del lector es que Tusell no ha entendido nada de lo que ocurrió de fondo durante la etapa histórica de la que se ocupa. Datos nuevos de relieve, documentos importantes inéditos, no hay ninguno. En cambio, el libro está plagado de errores, muchos de los cuales no sólo descalifican el rigor científico del historiador, sino que demuestran la ignorancia que, en ocasiones, tiene sobre lo que estaba ocurriendo.

Afirma Tusell: “Don Juan no había realizado declaración pública alguna desde marzo de 1945 y que, a finales de febrero de 1947” (pag. 148). Error. Una de las declaraciones públicas de más interés hechas por Don Juan fue la de 14-12-1945 a Nerin E. Gun en ‘La Gazette de Lausanne’. También tiene interés su intervención en un acto público de ‘Cultura Española’ en Lisboa el 7-1-1947, texto del que se conserva la Hoja informativa que se difundió en España.

Afirma Tusell: “Jesús Pabón, cuya vinculación con la causa monárquica conocemos sobradamente y que, con el paso del tiempo, acabaría por dirigirla durante unos años” (pag. 216). Error. Nombrado delegado político unas semanas antes, sin poderes escritos, el maestre historiadores Jesús Pabón, admirable persona en todo momento, empezó su gestión en enero de 1965 y fue destituido en febrero de 1966.

Afirma Tusell: “Incluso el ministro de Educación (1955) de quien dependía entonces la censura de libros y prensa, parece…” (pag. 237). Error. Nada menos que desde cuatro años atrás Arias Salgado era ministro de Información y Juan Aparicio director general de Prensa.

Afirma Tusell: “La fecha de la jura (del Príncipe) tuvo por otro lado una significación importante tanto para el padre como para el hijo. El primero escribió una carta en la que le recalcaba ‘el espíritu de sacrificio’ que debía presidir sus acciones y el Príncipe le dedicó una fotografía desfilando en la que se le proclamaba su ‘primer súbdito’” (pag. 245). Error. La fecha de la jura fue el 15-12-1955, la foto corresponde al 12-2-1958.

Afirma Tusell: “Aún así, en octubre de 1958, se organizó una especie de romería a Montejurra al otro lado de la frontera francesa, en Lourdes, a la que asisiteron entre 8.000 y 10.000 personas (pag. 270). Error. Existe una foto fifante con todos los asistentes en torno a Don Juan. No llegaban a los 2.000.

AfirmaTusell: “Así se hizo, y ese fue (pronunciar un discurso en un acto carlista en Estoril en 1958) el origen del creciente papel desempeñado por el escritor gaditano (Pemán) en la causa monárquica’ (pag. 271). Error. Resulta grotesco decir eso de un hombre que ya en 1935 fue elegido para hablar en nombre de los monárquicos en la boda del entonces Príncipe de Asturias.

Afirma Tusell: “A Franco sólo le acompañó (primera entrevista de Las Cabezas) Nieto Antúnez, mientras que con Don Juan estuvieron Ruiseñada, Andes, Fontanar, Padilla… José María Ramón de San Pedro…” (pag. 233). Error. Estuvieron dos personas más, una de las cuales vive.

Afirma Tusell: “En marzo de 1958 doña Carmen Polo, con ocasiones de una visita a Portugal, en las dos ocasiones en que coincidió con Don Juan le llamó ‘Majestad’”. (Pag. 279). Error. No coincidió. Fue invitad a tomar el té en Villa Giralda y a visitar el barco de Don Juan.

Afirma Tusell: “…Don Juan siguió confiando en él (Calvo Serer), como se probaría en años sucesivos… (pag. 119). Error. Tras el incidente con Fontanar, Don Juan no confió nunca en Calvo Serer. Véase De la Cierva y Sainz Rodríguez.

Afirma Tusell: “..:Don Juan.. de hecho dirigía la acción monárquica” (pag. 153). Error. Tusell carece de la menor idea de cómo era Don Juan, que, naturalmente, nunca dirigió la acción monárquica, porque nadie más alejado de cualquier posición absolutista que el Conde de Barcelona. Don Juan aprobada o desaprobada, sancionaba o no, estaba informado de todo o casi todo, pero nunca se consideró un genio político, sino un Rey y llamó siempre a los políticos a que dirigieran la acción monárquica.

Afirma Tusell: “La nota con que lo hizo – que no ha sido publicidad hasta el momento – da la sensación” (pag. 197). Error a medias. Gil Robles y De la Cierva l publican en su parte sustancial. Y Tusell, que no la ha podido encontrar en Sainz Rodríguez, la cita con la mayor tranquilidad, sin referencia a De la Cierva.

Afirma Tusell: “Reportaje publicado inicialmente en la revista ‘Semana’ que luego reimprimieron otros órganos de la prensa” (pag. 238). Error. Hubo acuerdo formal para que se publicara en ‘Semana’ y en lo que Tusell llama ‘otros órganos de prensa’, nada menos que ABC y LA VANGUARDIA.

Afirma Tusell: “La prensa pareció, en una ocasión como ésta (jura de la bandera del Príncipe), haber recibido instrucciones en el sentido de recalcar la identificación de la nobleza con el régimen” (pag. 244). Error. Tusell no ha entendido nada. Hay pruebas de que los servicios de propaganda de la dictadura pretendían intensificar la identificación de la nobleza con la Monarquía, aristocratizar la Monarquía, dar la sensación de que la Monarquía no tenía otros partidarios que los aristócratas.

Afirma Tusell: “EL Secretariado… venía actuando como una especie de comité ejecutivo de un partido, no tanto el de Don Juan como el de Areilza” (Pag. 504). Error. La ojeriza de Tusell contra Areilza, matizada a veces, la conduce al disparate. Vive varios de los miembros del Secretariado que pueden testimoniar la rectitud y seriedad de Areilza al servicio del Conde de Barcelona, al que se ofende también al hablar de su entendimiento de la Monarquía como del partido de Don Juan. El Conde de Barcelona jamás consideró la Monarquía como un partido.

Afirma Tusell: “Nieto Antúnez, también falangista” (pag. 505). Error. El almirante no pertenecía a Falange.

Afirma Tusell: “Don Juan… tuvo la oportunidad de contemplar la ceremonia en un puerto español’ (pag. 507). Error. No fue así. Véase De la Cierva, Sainz Rodríguez y otros.

Afirma Tusell: “La tendencia natural y espontánea (de Franco) era evitar su actuación como mentor del Príncipe (pag. 934). Error. Tusell carece de la menor idea sobre este asunto. De la Cierva ha escrito un libro entero – “Franco – Don Juan – en el que demuestra lo contrario.

Afirma Tusell: “…nunca Don Juan Carlos y Pedro Sainz Rodríguez mantuvieron una conversación política de trascendencia y profundidad” (pag. 322). Error. Tom Burns demuestra lo contrario en su entrevista a Luis Valls.

Afirma Tusell: “Quienes lo promovieron fueron Sainz Rodríguez y Anson, aunque lo matizó de forma importante Pemán” (pag. 440). Error. La idea fue de Pablo Martínez-Almeida.

Afirma Tusell: Don Juan Carlos pidió primero – y obtuvo – un aplazamiento desde el 28 de febrero al 4 de marzo” (pag. 442) Error. No fue el 4 de marzo.

Afirma Tusell: “Don Juan no se puso al teléfono cuando llamaba su hijo durante meses, hasta mediados de diciembre de 1969” (pag. 514). Error. Don Juan habló ya con su hijo el 25 de julio de 1969, sólo nueve días después de haber recibido su carta en la que le comunicaba haber aceptado la sucesión.

Se podrían cubrir, en fin, muchas páginas de ABC Cultural con la relación de los errores de hecho de Tusell, al margen de los conceptuales e interpretativos. Algún enemigo del historiador se preguntará qué cartas de recomendación necesitó para ganar su cátedra. Pero si la falta de rigor científico y metodológico desvirtúan esta biografía, habrá que reconocer, porque lo contrario sería levantar una grave calumnia, que Tusell no es un buen escritor. Su lucha contra la sintaxis y la gramática resulta patética y enternecedora. No hay en todo el libro un adjetivo sugerente, una metáfora atractiva, una quiebra del lenguaje que aporte algo.

Se equivoca además Tusell en la excesiva importancia que otorga en su libro a Sainz Rodríguez. Sainz estuvo en la dirección de la causa monárquica ininterrumpidamente desde 1931 a 1975, caso único, pero Tusell le cita en más de 230 ocasiones (notas bibliográficas aparte), es decir, tres o cuatro veces más que al político más favorecido por su atención. Que en una biografía de Don Juan Carlos – no de Don Juan- frente a esas 230 citas, López Rodó, el hombre clave dentro del régimen de la política que convirtió a Don Juan Carlos en sucesor, se quede sólo en 60, constituye una evidente deformación de la realidad. Esta mitificación, por la cita, de Sainz Rodríguez resulta, además, excesiva porque el consejero de Don Juan, y su auténtica eminencia gris, se equivocó en numerosas ocasiones, y su papel, siendo de gran importancia, no fue tan omnipresente como se desprende de la desafortunada biografía apologética de Juan Carlos I escrita por Tusell.

José Luis López Castillo

22 - Diciembre - 1995

Anson y la monarquía

Javier Tusell

Si Luis María Ansón ha desplegado una turbamulta de domésticos y de seudónimos, dotados de más que sospechosa vehemencia, es por la sencilla razón de que en mi libro se da sobre la causa monárquica y sobre él mismo en ella una interpretación muy distinta de la suya.

Hay gente a quien la lectura de una crítica desfavorable a un libro propio le mueve a una reacción de indignación desmesurada. Éste -creo- fue el caso de Luis María Anson, quien dedicó al autor de estas líneas su Don Juan de Borbón con elogio tan desmesurado como calificarlo de “historiador excepcional”, y, acto seguido, cuando leyó mi opinión escrita, me hizo pasar a la condición de “el pobre Tusell”. Escribir en este país es siempre llorar, pero nadie debiera considerar su obra tan importante como para justificar ese género de cabriolas. No creo padecer ninguna especial molestia al leer los sucesivos artículos que acerca de mi libro “Juan Carlos I: La restauración de la Monarquía” viene publicando el diario dirigido por ese cambiante emisor de juicios [diario ABC]. Leo las observaciones que desde esas páginas se me han hecho y las advierto divididas en tres grupos precisos: insultos, minucias e incongruencias. Aunque uno es de natural pendenciero, sabe bien que lo más simple es responder a los primeros con idéntica moneda, pero eso te impregna de idénticas características de quienes iniciaron la ronda. No tengo tampoco tiempo para minucias e incongruencias del género de exigir a un autor que cite libros sobre las operaciones militares de la guerra civil en un libro sobre don Juan Carlos. Las dejo al simple sentido común del lector. A él le transfiero, además, la emisión de una opinión sobre lo que no tardará en suceder: pasado mañana, una foto mía en el diario de Ansón con rostro grotesco, y, al día siguiente, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid o haciéndolo fluir por Zaragoza, un juicio devastador sobre no sé qué supuesta opinión mía con el inevitable encabezamiento de “se comenta en todo Madrid… “. Ganas de malgastar papel prensa.

En realidad, si Luis María Ansón ha desplegado una turbamulta de domésticos y de seudónimos, dotados de más que sospechosa vehemencia, es por la sencilla razón de que en mi libro se da sobre la causa monárquica y sobre él mismo en ella una interpretación muy distinta de la suya. Como dice un académico de la Historia -cuyo nombre no revelaré, salvo tortura-, su Don Juan de Borbón pertenece a un curioso género híbrido entre la novela y la historia, mucho más cercano de la primera que de la segunda. Eso le permite aderezar su texto con todo el picante rijoso y sicalíptico de la novela verde de principios de siglo, con paréntesis digresivos sobre muslos y otras intimidades, al mismo tiempo que trata de la Monarquía y la mística. En su interpretación histórica, en cambio, resulta mucho menos brillante que en esas amenidades. Ansón tiene el mérito de tratar de una persona que merece todo respeto, e incluso devoción, como es don Juan de Borbón, y de haber traído a colación sus recuerdos personales y alguna documentación de archivo. Su interpretación resulta, sin embargo, poco profesional e incorrecta porque atribuye una influencia por completo desmesurada a Sainz Rodríguez, hasta hacerle el deus ex machina de la política española desde los años treinta hasta la transición, algo por completo insostenible. Además, a mi modo de ver, maltrata, sin ninguna justificación, a algunos importantes consejeros de don Juan, como Pemán y Pabón. Por si fuera poco, las personas de sangre real que aparecen en su libro -don Juan, don Juan Carlos…- resultan poco menos que peleles en manos de sus consejeros y carecen de nada parecido a un mínimo de grandeza. Del segundo no se toman en consideración, a mi modo de ver, de modo suficiente, ni sus dificultades objetivas, ni sus manifestaciones clarísimas sobre el futuro español. No puede extrañar, por tanto, que tras leer el libro, Pilar Urbano se declarara un poco republicana. Entre muchos monárquicos, el libro de Ansón causó sorpresa y desasosiego. La interpretación que en mi libro se hace está muy alejada de la suya. Creo, en primer lugar, que el papel que atribuye a Sainz Rodríguez resulta desmesurado; aparte de ello, en mi libro se prueba que el consejero de don Juan trató de evitar en todo momento que éste renunciara a sus derechos en favor de su hijo. A mi modo de ver, por otro lado, quienes dirigieron, en realidad, la causa monárquica y fueron artífices esenciales de que se llegara en su momento a la restauración fueron los propios don Juan y don Juan Carlos, cuyo acuerdo, en lo fundamental, nunca se puso en peligro porque se basaba en una concepción idéntica del programa de la Monarquía, aunque en ocasiones las estrategias fueron distintas. No les guiaba la pura ambición de poder, sino una voluntad de reconciliación. En este punto, además, en mi interpretación aparece el mismo Ansón como protagonista de la causa monárquica. Es comprensible que se haya atribuido una importancia desmesurada en ella, pero no lo es tanto su olvido de lo que fue su propia posición. Ansón, que ya iba aficionándose en exceso a administrar la Monarquía, fue muy a menudo valiente, pero tuvo también actuaciones tortuosas y más que discutibles que hacían un muy escaso favor a esa causa. En mi libro he tenido que dar cuenta de ellas.

No he buscado dar de su actuación una imagen malintencionada, sino que me he encontrado con esta realidad en los documentos y la he descrito procurando, además, librarla de una posible exhibición de textos que pudiera ser indiscreta o denigratoria (y que tengo bien a mano). He utilizado muchos archivos privados y me he entrevistado con un número elevado de personas, incluido el protagonista de mi libro, pero no tengo ninguna pretensión de haber escrito un libro oficial ni oficioso y soy consciente de que mis interpretaciones pueden ser discutibles en más de un punto. Bueno sería que Ansón dijera algo concreto al respecto. Pero una discusión no empieza despellejando de entrada a quien discrepa y utilizando, además, personas interpuestas y toda la artillería gruesa de un periódico mientras uno se oculta tras pantalla. Luis María Ansón lleva más de un año eludiendo -con éxito- la discusión sobre el contenido de su libro cuando se nos convoca a ambos para tratar del particular. Ahora me crucifica con el sano propósito de seguir pontificando sobre una cuestión que debe considerar coto propio y reinventar, de paso, algún aspecto de su biografía.

La acusación más chocante con la que se me obsequia,a través de intermediarios, es la de adulación. No creo practicarla pero sí estoy seguro de que a menudo en España los monarcas han sido mejores que algunos de los monárquicos. En España, la Monarquía es de todos y es tan estable que incluso permite el lujo de soportar injustificables pretensiones de monopolio. Quienes hablan con voz pomposa y engolada de la Monarquía y pretenden administrarla se suelen quedar en pelmas, pero hay ocasiones en que, de puro obsesivos, pueden resultar también un engorro nacional.

Javier Tusell

El Análisis

MI LIBRO, TU LIBRO

JF Lamata

Supongo que una justa entre periodistas-historiadores-monárquicos como eran tanto el Sr. Tusell como el Sr. Anson es algo muy complejo y no algo tan simple como que el Sr. Anson seguía escocido porque el Sr. Tusell se había metido con su libro un año antes (‘Don Juan’, 1994) y esperó al primer libro que sacó este (‘Don Juan Carlos I’, 1995) para pagarle con la misma moneda. No, seguro que no algo tan simple, gente del prestigio del Sr. Anson o el Sr. Tusell no se pelearían por una chiquillada como esa. ¿O no?

J. F. Lamata

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