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La prensa española, hostil hacia la candidatura de quien consideran un populista

La candidatura de Ross Perot a la presidencia de Estados Unidos pone en riesgo el bipartimismo de ‘Demócratas’ y ‘Republicanos’

HECHOS

  • El 16.07.1992, tras tres meses de campaña, Ross Perot anunció su retirada como candidato independiente a la presidencia de los Estados Unidos de América.
  • El 2.10.1992 Ross Perot rectificó y volvió a presentar su candidatura para ese cargo.

Los principales periódicos españoles fueron muy críticos a la candidatura de Ross Perot, encabezados por EL PAÍS (cuyo corresponsal en aquellos comicios fue D. Antonio Caño) y por EL MUNDO (cuyos corresponsales en aquellos comicios fueron Dña. Ana Romero y D. Alfonso Rojo).

PEROT, HASTA EN LOS DIBUJOS ANIMADOS

 La serie infantil ‘Animaniacs’ de Warner Bros, sorprendió con un capítulo en el que dos de sus personajes, la gata Rita y el perro Runt, que en cada episodio buscan un dueño diferente, prueban suerte, buscando ser las mascotas de Ross Perot, que les anuncia sus intenciones de ser presidente. Durante su estancia con el político, este mima mucho a Runt mientras que ningunea a Rita a pesar de que esta le salva la vida. Al final Rita abandona el lugar farfullando “en las próximas elecciones votaré a los Demócratas”. Al final Runt también abandona a Perot por discrepancias con su forma de ser, y Perot desaparece debatiendo consigo mismo “¿me retiro? No, no me retiro… ¿Me retiro? No me retiro…”).

 

09 - Mayo - 1992

Ay

Rosa Montero

Tras la humeante herida de Los Ángeles, la popularidad de Bush ha descendido al 33%, y el independiente Ross Perot ha subido hasta el 30%. Conocí a Perot hace 10 años en su feudo de Dallas, tierra tejana proclive al rifle de repetición y al facherío. El hombre, magnate de la informática, había organizado a la sazón un guateque internacional para presentar una novela de Ken Follet, un bochornoso best seller escrito por encargo de Perot en el que se loaba la operación paramilitar ilegal que el millonario había montado, unos años atrás, para rescatar a unos empleados suyos encarcelados en Irán. Todo ello trufado, claro está, de patrióticos excombatientes de Vietnam y un bonito muestrario de artillería a la moda. Recuerdo que el despacho de Perot era un salón tan atiborrado de maderas nobles que debía de tener de caoba hasta los vasos. En las paredes, en lugar de antepasados del magnate (es un recién llegado) había un óleo gigante de John Wayne en arreos de pistolero heroico; y sobre las mesas, puñados de esas horrendas esculturas de hierro de los primitivos americanos, indios cazando búfalos o vaqueros cazando indios, no recuerdo. En el centro de esta decoración de pesadilla estaba un Ross Perot canijo, el cráneo rapado al estilo pelopincho de los marines, la barbilla disparando hacia el techo, los ojos de poseso del bajito que se empeña en mirar a los demás de arriba abajo. A falta de comanches que matar, se le veía encantado de haber Jugado a la guerra con Irán, y ansioso de atizar a cualquier otro por ver de ascender así, junto a John Wayne, al cielo de chicle de los buenos vaqueros. Era un tipo patético y, sobre todo, loco. Tan loco que, hace 10 años, los periodistas nos dijimos: “Seguro que este tío termina queriendo ser presidente de Estados Unidos”. Y entonces, infelices de nosotros, nos reímos.

30 - Mayo - 1992

El peligro Perot

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

LA campaña presidencial norteamericana puede sufrir un auténtico terremoto. El culpable de ello es Ross Perot: un virginiano multimillonario de 61 años, salido del Oeste tejano, con cierto aire de cowboy y, por lo que dicen todas los sondeos, capaz de encandilar al electorado. Las últimas encuestas colocan a Perot, hombre de inmensa fortuna personal -la vigésimoquinta de los USA: unos 2.500 millones de dólares, obtenidos en el mercado de la informática- a la par o por delante del propio Bush y muy por delante de Clinton, el ya seguro candidato demócrata. Republicanos y demócratas empiezan a referirse al tejano como «un tipo peligroso» y «un fraude». Todo inútil. Con demagogia populista, chistes fáciles sacados casi siempre de series infantiles como Sesame Street, y descalificaciones globales de la Prensa, Perot sigue ganando en las encuestas sin haberse presentado ni a una sola primaria y sin comprometerse a nada en concreto. Se apoya en su prestigio de hombre de empresa triunfador y en el halo de energía que le dio intervenir por la brava en el Irán revolucionario para rescatar a dos empleados suyos secuestrados: méritos dudosamente aplicables, cuando no peligrosos, en la Presidencia de una gran potencia. Su programa político es, por lo demás, un libro en blanco. Muchos temen que, cuando Perot se ponga a escribir, lo llene de proclamas autoritarias y semifascistas no muy alejadas de las de los lepenistas franceses o los republicanos alemanes. El electorado estadounidense, como el de casi todos los países europeos, está cansado de políticos tradicionales. Perot se beneficia de ello. Cuanto menos hace y menos dice, mejor le va. Tras la desparición del comunismo, los estadounidenses se sienten frustrados por la falta de inspiración política y la ineficacia de sus dirigentes, golpeados por la recesión heredada ele Reagan y sin dinero para hacer frente a las responsabilidades del «liderazgo» que Bush les invita a ejercer en cada discurso. Frente a los candidatos oficiales de las maquinarias electorales, los votantes ven en Perot lo que ansían: un autodidacta sencillo que no sabe de diplomacias, un self -rnade-man emblemático, un prestidigitador sin experiencia alguna en cargos políticos, alguien que podría ser capaz de reformar la economía, reducir el déficit y combatir la droga y la delincuencia. Poco importa que tenga o no esas cualidades. Tiene dinero, dicen que cabalga solo y no habla como los demás políticos. Demócratas, republicanos y medios de comunicación tardaron demasiado en reaccionar ante la amenaza Perot. No se la creían. Cierto que nunca un independiente ha ganado las presidenciales en los Estados Unidos. Pero vivimos tiempos nuevos. El electorado está desencantado con la política de siempre, y el sistema electoral estadounidense permite éxitos kamikaze con una sola condición: que el candidato tenga dinero para financiarse una gran campaña. ¿Dinero? Eso es, precisamente, lo que le sobra al inquietante Ross Perot.

06 - Junio - 1992

El tercer candidato

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

LA LISTA de candidatos a la presidencia de Estados Unidos ha quedado establecida: George Bush, presidente saliente, por el Partido Republicano; Bill Clinton, gobernador de Arkansas, por el Demócrata, y Ross Perot, millonario de Tejas, por sí mismo.Desde hace algunas semanas, Bush tenía el número suficiente de compromisarios para ser automáticamente candidato republicano en la convención de Houston. Clinton se ha asegurado de ello en las primarias de California para la opción demócrata en la convención de Nueva York. Y Perot sigue diciendo que sólo se presentará a la elección si se lo pide prácticamente el país entero.

Para ser alguien que asegura no haberse decidido aún a lanzar su candidatura, Ross Perot está tomando decisiones que engañarían a cualquiera. Ha contratado los servicios de dos expertos en campañas presidenciales: Hamilton Jordan, que fue el artífice de la elección del demócrata Jimmy Carter (y, posteriormente, jefe de la Casa Blanca), y Edward Rollins, que fue asesor de Ronald Reagan. Ha montado un equipo secreto de asesores para que le elaboren las respuestas a los problemas que tiene la gobernación de Estados Unidos. Finalmente, ha entrado en contacto con Jeanne Kirkpatrick (la Thatcher norteamericana, que fue embajadora de Reagan en la ONU) para comprobar si estaría dispuesta a ser vicepresidenta en su inexistente candidatura. Según todas las encuestas, y de acuerdo con los resultados de las primarias de California, hoy votaría por Perot el 38% de los ciudadanos; por Clinton lo haría el 29%, y por Bush, el 25%. ¿Malas noticias para Bush? No necesariamente.

La impresión predominante en la escena preelectoral de EE UU es que existe un cansancio grande de la población con los políticos que Perot llama “profesionales” (como si los hubiera de otras clases). También se invoca el hecho de que la situación económica no es buena y que el tejido social ha resultado particularmente dañado por acontecimientos como los de Los Ángeles. Y que los candidatos de los dos partidos predominantes son blandos. Más o menos las mismas cosas que se decían hace cuatro años, cuando se pensaba seriamente en que la figura del reverendo Jesse Jackson emergería como la solución entre dos candidatos de perfiles poco definidos, George Bush y Michael Dukakis.

Todas estas cosas parecen haber propiciado la popularidad de Ross Perot ante un pueblo que aparentemente busca un liderazgo fuerte. Queda por saber durante cuánto tiempo continuará acaparando la atención de los ciudadanos, sobre todo si se empeña en seguir diciendo cosas tales como que excluye la presencia de homosexuales y adúlteros en la Casa Blanca y si su discurso político sigue siendo tan vacuo y autoritario como hasta ahora. Ayer, el presidente Bush acusó con toda la razón a Perot de basar su popularidad exclusivamente en criticarlo todo, sin ofrecer soluciones de recambio. Y, en efecto, no se ve claramente la razón por la cual un hombre de negocios que ha tenido éxito en su campo de acción debe tener el mismo éxito en toda otra actividad, incluida la presidencia de Estados Unidos. Y existen cuando menos dos preguntas sobre la santidad sin tacha del extraño candidato: Perot es hombre que se ha hecho a sí mismo, pero nadie parece recordar que debe la mayor parte de su fortuna a contratos gubernamentales; nunca se ha mancillado en los tenebrosos pasillos del poder en Washington y, sin embargo, no puede olvidarse que, durante la presidencia de Nixon, se movió en ellos como pez en el agua.

¿Acabará Ross Perot ocupando la Casa Blanca? Por mucho que le favorezcan ahora los porcentajes, a la hora de la verdad, las cosas suelen ponerse muy difíciles para los espontáneos. Afortunadamente, los redentores de soluciones fáciles suelen quedar en la cuneta.

18 - Junio - 1992

Adúlteros

Patxo Unzueta

Ross Perot, el multimillonario suspirante por la Casa Blanca, no admite en sus empresas a empleados adúlteros. “Alguien que engaña a su mujer es muy posible que también intente engañar a la compañía”, ha dicho para explicar a sus futuros votantes cuál es su Filosofía de la vida. En Estados Unidos, el adulterio, probado o sospechado, es un decisivo factor de selección de candidatos presidenciales. Esa obsesión de los hijos de la coca-cola suele atribuirse al tradicional puritanismo de la sociedad norteamericana, pero parece ser que no siempre fue así. Los americanos, incluidos sus presidentes, eran antes más tolerantes.La tolerancia para con el adúltero tiene cierto fundamento- biológico. Según Bruce Bridgeman, biólogo del comportamiento, lo normal es que el macho necesite recuperarse durante algún tiempo después de la copulación. Sin embargo, si en ese periodo aparece una nueva pareja, el macho experimenta un resurgir instantáneo. Ese fenómeno,” fácilmente comprobable en el laboratorio, se conoce con el nombre de efecto Coolidge. De Calvin Coolidge, presidente estadounidense entre 1923 y 1928, y cuya otra aportación a la historia de su país fue la normalización de las relaciones con México.

Ese señor visitó en cierta ocasión una granja avícola acompañado por su mujer. Fue ella quien, a la vista de la incesante actividad sexual del gallinero, preguntó a los cuidadores si tanta algarabía se debía al ímpetu de un sológallo. Como le contestaran que así era, en efecto, un solo gallo, la señora farfulló:

-Deberían comentárselo al señor Coolidge.

El presidente, por su parte, preguntó si el gallo se aproximaba a una gallina diferente cada vez, y como le respondieran que sí, elevó ligeramente la voz para indicar:

-Deberían comentárselo a la señora Coolidge.

06 - Octubre - 1992

El caprichoso regreso de Perot

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

EL duelo entre los republicanos y los demócratas o, más concretamente, entre George Bush y Bill Clinton se ha vuelto a ver perturbado por la intempestiva vuelta a la carrera presidencial del multimillonario texano Ross Perot. El hombre que había despertado las esperanzas de millones de estadounidenses y que en algunos momentos apareció en las encuestas como un serio peligro para la preponderancia de los dos partidos tradicionales se retiró de la lucha electoral sin explicar de manera convincente las razones de su actitud. Lo mismo ha ocurrido en su regreso. Entonces llegó a decir que no quería interferir en el desarrollo del proceso, especialmente después de haberse convencido de las cualidades que ya habían situado al demócrata Clinton como candidato favorito a la Casa Blanca. No se comprende pues, cuando Clinton sigue superando en las encuestas al presidente Bush, este retorno a no ser por un factor nada desdeñable: su vanidad. Lo cierto es que Perot había gastado cantidades astronómicas en su campaña, excesivas incluso para quien -según publicó el pasado domingo la revista Forbes- se encuentra entre las personas más adineradas del mundo, con una fortuna personal de alrededor de 2.400 millones de dólares. A esto habría que añadir que resultó tocado por algunas revelaciones de la prensa acerca de aspectos poco edificantes de su carácter. Estos descubrimientos, a los que se unió su extraño comportamiento al retirarse de la campaña, irritaron a sus partidarios. Ahora Perot, como si respondiera al escozor que provoca una profunda herida en su amor propio, vuelve sin que se sepa muy bien a quién puede perjudicar ni en qué se va a beneficiar él mismo si no es en su caprichoso ego. Sea como fuere, su vuelta se produce en un momento estratégico: en vísperas de los debates televisados. Unos debates y un escenario, el de la televisión, que resultan el campo de batalla más importante de esta confrontación electoral a tres bandas. En cierto sentido esto beneficia al actual inquilino de la Casa Blanca. El aparato :republicano que encabeza James Baker temía el cara a cara de Bush con Clinton y ha estado rehuyendo la confrontación hasta conseguir en los debates televisados condiciones aceptables para sus intereses. La presencia de Perot, aunque por el momento no ha conseguido descabalgar a Clinton de su privilegiada posición en las encuestas, puede restarle el apoyo de algunos sectores críticos con el sistema y hastiados de la Administración Bush, pero no especialmente atraídos por los demócratas. Sus golpes de efecto a través de la pantalla televisiva pueden desequilibrar la recta final del proceso y, en todo caso, obligar a debatir cuestiones diversas, restando importancia a los problemas de la economía, que tanto perjudican a Bush. Perot no es, por sí mismo, un rival a tener en cuenta pero su presencia es un factor distorsionante gratuito cuya importancia sólo podrá conocerse a medida que se acerque la gran cita, el 3 de noviembre.

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