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La extrema izquierda internacional convencida de que es un asesinato orquestado por el Gobierno alemán de Helmut Schmidt

La cúpula de la organización terrorista RAF se suicida en prisión: Andreas Baader, Jan-Carl Raspe y Gudrun Ensslin

HECHOS

El 18.10.1977  Andreas Baader, Gudrun Ensslin y Jan-Carl Raspe fallecieron en la prisión de Sttucart

Como dirigentes de la Facción del Ejército Rojo, también conocida como el grupo ‘Baader-Meinhov’, estaba considerada de la mayoría de atentados terroristas con bombas y disparos que causaron decenas de muertos.

RAF_Baader2 Los cadáveres de Andreas Baader y Gudrun Ensslin

Entre los artículos publicados sobre el trágico fin destacó el de

19 - Octubre - 1977

Terrorismo y democracia

Editorial (Director: Juan Luis Cebrián)

El terrorismo es, sin duda, uno de los azotes de nuestra época. Ahora bien, ni constituye un fenómeno específico de la era contemporánea, aunque determinados factores le confieran siniestros rasgos originales, ni mucho menos es hijo legítimo de las instituciones democráticas.Baste con recordar, en nuestra propia historia, los asesinatos, a manos de terroristas, del general Prim, Aritonio, Cánovas del Castillo, Canalejas y Eduardo Dato, además del atentado frustrado de Mateo Morral contra la familia real, en la época que se abre con la caída de la monarquía isabelina y se cierra con la dictadura de Primo de Rivera. Un acto terrorista -el asesinato del heredero del Imperio Austro-Húngaro- sirvió como detonante para la Gran Guerra. Y a lo largo del último siglo los atentados contra reyes, zares o gobernantes fueron el contrapunto dramático del esfuerzo de la Humanidad por salir de la pobreza, regular sus propios destinos y construir islotes de paz y de progreso en ese océano de «ruido y furia» que, al decir de un clásico, es la trama misma de la historia.

Lo singular del terrorismo contemporáneo, ejemplificado en el secuestro del avión de Lufthansa, está, por un lado, en la multiplicada brutalidad de los medios utilizados y en la indiscriminada generalización de las víctimas amenazadas, y por otro, en la difusión a escala mundial de esas acciones, a través de los medios de comunicación de masas. Conviene resaltar que la publicidad no es una simple consecuencia de los hechos terroristas, sino uno de los objetivos que los criminales, deseosos de difundir las causas que tan torcidamente defienden, se proponen. La inhumanidad de los procedimientos y del blanco de las operaciones es el reflejo, entre los marginados,’de esa deshumanización progresiva que comenzó con la terrible carnicería de la Gran Guerra, -prosiguió con los campos de exterminio nazis y con el Gulag soviético, sé convirtió en norma con el bombardeo de la población civil -inglesa o alemana- durante la segunda guerra- mundial y con el holocausto atómico de Hiroshima y Nagasaki, y prosiguió en la posguerra con la renovada represión staliniana, el. arrasamiento de Vietnam, la invasión de Hungría, las matanzas en Indonésia y los «desaparecidos» en Argentina y Chile. Produce horror asistir al espectáculo de cuatro criminales jugando con la vida de 86 pasajeros y,tripulantes de un avión de líriéa; pero ese espanto es una página más de esa «historia universal de la infamia» que la Humanidad ha ido escribiendo a lo largo del siglo XX.

¿Cuál es el caldo de cultivo de esa patología criminal que puede llevar a estampas tan atroces como la del secuestro del avión alemán? No, desde luego, las instituciones democráticas. Los fascistas y la ultraizquierda emplean el terrorismo -desde supuestos teóricamente divergentes, pero convergentes en la práctica- precisamente para negar a los ciudadanos el derecho a elegir libremente a sus gobernantes y representantes.

Otro sector de la familia terrorista, representada ayer por los argelinos y hoy por los palestinos o los surmoluqueños, no atacan tanto a las inmituciones democráticas como a los paises industrializados que, tras siglos de lucha por la racionalidad y el respeto a la persona humana, han logrado establecerlas como norma de convivencia. El propósito que les guía no es tanto la animadversión hacia esos sistemas políticos como la voluntad de llamar la atención de los grandes poderes de la Tierra sobre sus ptoblemas. La desesperación es una consejera no sólo mala, sino a veces criminal: los marginados no vacilan ante el asesinato colectivo a la hora de chantajear a los Gobiernos o de hacer llegar ante la opinión pública mundial sus agravios. Y ni siquiera dudan en dirigir esa incontrolada pulsión agresiva contra ellos mismos, como pone dramáticamente de manifiesto el suicidio de los encarcelados de la llamada banda «Baader-Meinhoff».

Pero si la democracia no es el origen del terrorismo, sino- su objetivo, o el blanco indirecto de la furia de los desesperados, ¿cómo defendería de sus agresores? De todas las formas posibles con una sola condición: que la protección de la democracia no ponga en peligro los valores e instituciones que constituyen su sustancia. La defensa de la democracia mediante prrocedimientos no democráticos equivaldría, en última instancia, a proporcionar a los terroristas, por una vía indirecta la victoria.

En esa perspectiva, la insistencia del Gobierno Suárez en modificarla ley de Orden Público en un sentido más represivo, no puede sino despertar alarma. Este periódico tiene una amarga experiencia de la utilización que el anterior Gabinete Suárez hizo de los poderes discrecionales que le daba el decreto-ley contra el Terrorismo: el absurdo allanamiento de la casa particular de su director en una operación sedicentemente investigadora y realmente intimidatoria contra la libertad de expresión. Porque creemos que aquel hecho fue un síntoma y no una excepción, lo recordamos ahora. Es de desear que los pactantes de la Moncloa sepan distinguir entre los legítimos derechos de la democracia para defenderse y los propósitos espúreos de limitar el libre ejercicio de los derechos de los ciudadanos.

20 - Octubre - 1977

El primer informe del forense confirma el suicidio de los dirigentes del grupo Baader-Meinhof

Julio Sierra

Según el primer informe de la autopsia realizada a los cadáveres de Andreas Baader, Grudrun Ensslin y Jan-Carl Raspe, los tres murieron por suicidio. Que fuesen ellos los autores materiales de esta determinación parece que queda fuera de duda. Sin embargo, queda algún resquicio de incertidumbre en torno a si sicólógicamente pudieron entrar en juego factores determinantes, provocados o fortuitos, que en circunstancias normales no habrían llevado a los prisioneros a esta trágica decisión.

Hoy jueves se presenta oficialmente el informe completo de la autopsia. En ésta estuvieron presentes cinco forenses alemanes y dos de los países de habla germana, un médico de Viena y otro de Zurich. También asistió a la operación el abogado defensor de Gudrun Ensslin, Otto Schily. El abogado manifestó que no cabe la menor duda de que los tres prisioneros murieron por su propia mano. Sobre sus cadáveres se han encontrado, según la policía, dos cartas en las que acusaban de su «asesinato» a la propia policía alemana. También, según la policía, fue encontrado un pequeño receptor de radio.No obstante, siguen en pie interrogantes comprometedoras en torno a la muerte de los tres presos. Aparte del origen de las armas, del cable eléctrico con el que se ahorcó Gudrun Ensslin y del pequeño transistor de radio, más el cuchillo de cocina empleado por Irmgard Holler para causarse graves heridas, no se encuentra aún explicación a cómo el vigilante de la nave de la prisión no pudo oír los disparos con los que, según la versión oficial, se quitaron la vida Baader y Raspe. («Las puertas de las celdas están insonorizadas», ha dicho el ministro de Justicia de Baden Traugott, Bender) y en cambio sí pudieron los presos escuchar la noticia de la liberación de los rehenes del avión de Lufthansa a través de un receptor de radio en funcionamiento en otra celda próxima, pero no inmediata (según la primera versión oficiosa) y esto en horas de silencio y con un vigilante apostado a quince metros de los lugares en los que se encontraban los presos. En el caso del minitransistor encontrado en la celda de Baader, ¿cómo hizo llegar la noticia a los demás detenidos?

Por otra parte, se ha comunicado en fuente oficial que los detenidos eran registrados diariamente desde el día en que fue secuestrado Schleyer, y que en una ocasión se encontró a Baader una cámara fotográfica Minox de dimensiones mucho menores, por supuesto, que una pistola. Desde aquel día no se les hizo llegar ningún paquete, y solamente un oculista debidamente vigilado les prestó asistencia médica en alguna ocasión.

La pistola que utilizó Raspe es una Heckler Koch, del calibre de nueve milímetros y la de Baader, de 7,6 milímetros, armas de las que no van provistos los guardianes de la prisión y de las que dispone únicamente la policía.

Las sospechas en torno a las circunstancias de la muerte de los tres presos comenzaron cuando la agencia Reuter transmitió una noticia en la que se hablaba de pistolas y una agencia francesa apuntó la tesis de que fueron agentes de la policía los que habían disparado contra los detenidos. La prensa alemana, más sujeta al control informativo de estos días, tuvo que limitarse a esperar las comunicaciones oficiales «entre rumores y un gran silencio», como titula el periódico liberal Frankfurter Rundschau. El periódico habla de «escándalo» informativo referido a las pobres declaraciones del ministro de Justicia de la región democristiana de Baden-Württenberg. El jefe de la oposición de este land, Eppler, ha dicho que «aunque la figura del ministro sea absolutamente íntegra, sin embargo queremos saber cómo entraron las armas en la prisión para que no perdure una posible leyenda que dañe a la República Federal de Alemania.

De momento, ya se han producido los primeros ceses fulminantes tras la muerte de los tres dirigentes principales de la facción del Ejército Rojo. Se trata del director y del responsable de seguridad de la prisión en que estaban recluidos, en Stammheim, cerca de Stuttgart.

Hoy jueves, el Gobierno dará la conocer también una declaración que será la segunda desde la suscrita por todos los partidos parlamentarios, en la misma noche de la acción armada para liberar a los rehenes del avión secuestrado.

Por su parte, el portavoz del Gobierno alemán federal, Klaus Boelling, manifestó que las informaciones sobre un posible asesinato, de los terroristas «no tienen sentido» y que el Gobierno quería averiguar como lograron las armas.

02 - Noviembre - 1977

La mala sombra y la mala conciencia

Juan Rof Carballo

El 26 de septiembre de 1940, un grupo de fugitivos alemanes intenta cruzar por Port-Bou la frontera española. Angustiados por la proximidad de las tropas del III Reich y con la esperanza de alcanzar Norteamerica vía Libsoa. En Marsella los americanos les habían dado un visado. Pero la Policía francesa exigía otro expedido por Vichy. No cabía más solución que por angostos caminos entre las montañas, llegar a los puestos españoles. Casi a punto de alcanzar su objetivo se enteran de que España ha cerrado la frontera. Hay que volver por el mismo camino, expuestos a caer en manos de la Gestapo. El cierre de la frontera es transitorio, va a volverse a abrir al día siguiente. Pero unos fugitivos ya no pueden más. Toda su vida cree haber sido perseguido por el duendecillo maligno del hado maléfico. En París su apartamento fue confiscado; se ha quedado sin sus tesoro, su biblioteca; está, además, enfermo del corazón. Justo ante las lindes de España, Walter Benjamín, que fue uno de los más destacados representantes de la escuela de Francfort, se quita la vida. La ‘mala sombra’ hubiera sido conjurada con un día de espera. Pero Walter Benjamín, que sólo creía en el arte y en la literatura, también creía ciegamente en su maligno perseguidor, el enano jorobadillo de una canción infantil alemana que había amargado su existencia.

Han pasado treinta y siete años. En un calabozo de la Alemania occidental, los tres principales miembros de la fracción del ejército rojo, un grupo anarcoterrorista, decepcionados por el fracaso de un secuestro de avión que imaginaban iba a darles la libertad, se quitan también la vida. A primera vista no hay relación entre el suicidio de Walter Benjamín y el de Baader y dos miembros de su banda. No obstante, la respuesta que en diversos países dan a lo que creen un asesinato de sus héroes los grupos simpatizantes demuestra la amplitud del movimiento terrorista. Unos días antes un semanario alemá, que analiza con minucia este fenómeno del terrorismo y de sus simpatizantes, había hablado de la escuela de Francfort como la responsable ideológica de este movimiento. La consigna ‘combatir la violencia por la violencia’ fue, en efecto, uno de los postulados de esta escuela en su primera época. Poco importra que más tarde, tras la emigración de sus principales componentes: Horkheimer, Adorno, etc, a Norteamérica, donde entran en contacto con su democracia, la rectificación sea absoluta. Pese a ello, las juventudes alemanas contestatarias de nuestros días se atienen a la consigna primera: la única esperanza de cambiar el mundo, de sacar a Alemania del estancamiento es la beatitud de la riqueza, es la violencia brutal y despiadada. La rectificación de Horkheimer se volvió en su tiempo insistente. Un poco asustado de ver cumplirse su profecía: la de que la revolución en Occidente va a desencadenar tras el hitlerismo, un nuevo terrorismo sostiene ahora: “Esta acción es seudo-revolucionaria… ‘La Teoría crítica’ de la sociedad rehúsa la violencia”.

No es fácil resumir en unas líneas la tesis de esta hoy famosa escuela que nace un poco del encuentro de Marx y de Freud en la Alemania nazi. Su historia ha sido descrita en un libro de Martin Jay traducido al castellano. Un escritor francés, Alain de Benoist, conocido por la limpidez con que acierta a divulgar teorías abstrusas, ha tratado de explicar sus tesis a los lectores ‘Le Figaro’. A la semana siguiente tiene que escribir un nuevo artículo, puesto que – dice – por un error técnico el primero ha quedado incomprensible. Para este autor no solo la escuela de Francfort inspira la ‘nueva izquierda’ norteamericana y a Herbert Marcuse, sino que influye decisivamente sobre Bernard Henri-Levy y Andrés Glucksmann, los más destacados de los ‘nuevos filósofos’ franceses. Los cuales ‘ de vuelva ‘ del marxismo, denuncian que el Poder es cosa omnipresente, cualquiera que sea la estructura que la sociedad adopte para organizarse. Esta fuerza diabólica, el poder político, yace en las profundidades del subconsciente colectivo, asoma por todas partes. En el fondo, esta tesis es traducida a las circunstancias actuales, la que defendieron los ‘francfortistas’ allá al final de la primera guerra mundial. El Estado, la familia, el lenguaje, la ciencia, las instituciones todas son alienantes; sacan al hombre de su autenticidad; todas albergan en su seno, en forma latente, el totalitarismo destructor. Esta tendencia forma parte, de manera fatídica, de la naturaleza del hombre. Antes de que Bernad Henri-Levy publicase ‘la Barbarie con rostro humano’ había escrito Walter Benjamín: “No hay ningún documento de la cultura que no sea documento de la barbarie”.

Tan difícil como explicar las tesis de la escuela de Francfort es orientarse en el laberinto de los intelectuales y estudiantes alemanes ‘simpatizantes’ del terrorismo. Los últimos acontecimientos han desencadenado en la Alemania occidental un clima que es muy de temer degenere en una nueva ‘caza de brujas’ como la que, desdichadamente, acompañó en Norteamerica al mac-carthismo. Del Spiegel el conocido semanario teutón, está estos días esforzándose en esclarecer un poco esta atmósfera, cada día más envenenada por la pasión.

Los jóvenes estudiantes, los intelectuales de izquierda admiran a los que por el terror quieren conmocionar una sociedad injusta: la del Vietnam y de la bomba atómica, la de la esclavitud disfrazada de las razas, la sociedad aletargada en la comodidad burguesa, materialista, sin espíritu. A esto responde la gran mayoría de la nación alemana, que ha conseguido su estabilidad y un gran poder económico con esfuerzos ingentes, afirmando que tras todo ello se muee la oscura mano de agitadores foráneos.

Walter Benjamín hubiese salvado su vida si ante la frontera de España, cerrada transitoriamente, hubiere tenido ‘esperanza’ tan sólo veinticuatro horas. Pero le venció ‘el jorobadillo maligno’ su fe patológica en que le perseguía una mala sombra. Tras todas las complejas teorías, aparentemente ‘críticas’ de la escuela de Francfort y de los nuevos filósofos está el pesimismo. ‘La vida es un asco’ oímos decir ahora, por doquier, a jóvenes y a los que no los son. Esta formulación simplista es el núcleo de ambas tesis. Siempre la vida por mil vericuetos, vuelve a crear el mal. Mefistófeles, el que dice que ‘no’ eternamente, está en el fondo de la Antropología negativa, de la ‘Dialéctica negativa’ de Adorno. No hay más verdad que la que la ciencia proporciona. Todo lo demás es patraña. Y la ciencia no da esperanza. O la que da es ilusoria, falaz.

Por eso, para estos pensadores la misión del intelectual no puede ser otra que la de oponer una crítica incesante, una hipercrítica, llena de desesperanza, a los múltiples y solapados disfraces con que la sociedad nos oculta nuestra miseria. De esta suerte vemos cómo de la ‘mala sombra’ que condujo a Benjamín al suicidio, en la frontera española, surge el edificio crítico de lo que Alain de Benoist ha denominado ‘la mala conciencia’.

En los jóvenes de nuestros días – que en su íntima confusión, en su apatía llena de agresividad escondida, latente, no hacen más que reflejar los mensajes que de nuestra sociedad reciben – estas tesis penetran como cuchillo en blanda mantequilla. Sin poder adquirir consistencia personal quedan así a la merced de cualquier minoría fanática e idealista. Aunque se inspiren en tesis que pueden ser, en su base, justificadas y hasta generosas. Pero que en la masa amorfa e inverterbada del ‘hombre confuso’ de nuestro tiempo prenden como cerilla encendida en un barril de pólvora.

¿Y por qué la vida va a ser siempre mala? ¿Por qué el Poder van a ser siempre injusto? Se pregunta Alain de Belnolst. El problema  es un problema de esperanza. Recrearla es la misión más perentoria, más seria y trascendente del intelectual de nuestro tiempo.

Juan Rof Carballo

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