Sorpresas por la frialdad con que PRISA se despidió de una locutora tras 30 años en la casa

La Cadena SER decide prescindir de Gemma Nierga en la segunda mitad de la mañana y reemplazarla por Toni Garrido

HECHOS

El 14.07.2017 Dña. Gemma Nierga se despidió de sus oyentes de la Cadena SER.

19 - Julio - 2017

La SER y EL PAÍS, 'caso Nierga'

Carmen Rigalt

Somos lo que fuimos. M’explico: los últimos periodistas del papel somos una consecuencia de la guerra de medios que se libró en este país durante más de una década. Todavía hoy arrastramos las miserias de aquel desdichado enfrentamiento. Simplificando: en el principio hubo una realidad y varios medios para contarla. Al final resultó que había tantas realidades como medios. Dos, por lo menos. De un lado PRISA, y de otro, EL MUNDO y los afines del Sindicato del Crimen, expresión que divirtió tanto a Raúl del Pozo, que acabó promocionándola para sí mismo.

Escribo esta reflexión conmovida por la marcha de Gemma Nierga de la Cadena SER, empresa en la que ha prestado sus servicios durante 30 años. La SER debía de llevar tiempo rumiando esta salida. Años atrás le hizo un hueco en el informativo de Pepa Bueno, donde ya no quedaban nada libre, y la periodista se diluyó, víctima de las apreturas. También pudo haberse hecho el harakiri ella sola, pero no se le ocurrió.

Nierga era lo mejorcito de la casa. En su despedida reconoció que irse no había sido idea suya. Fue un signo de superioridad moral. La periodista dio mucho más a la Cadena SER de lo que la Cadena SER le dio a ella. También era una mujer significada. La mayor significación la alcanzó cuando ETA mató a Ernest Lluch, primer ministro de Sanidad de la era socialista. Nierga fue la encargada de poner voz en el homenaje-despedida que Barcelona rindió a Ernest Lluch. Aquel día, ella se dirigió a la clase política y, tomando aire, gritó: “ustedes que pueden, ¡dialoguen¡”. La palabra diálogo, que hasta ese momento había sido tabú, empezó a abrirse paso en la espesura del periodismo político, que era cicatero y no hacía sino prolongar el final de ETA. Aquella osadía le costó a Gemma muchas críticas en Madrid, pero el tiempo terminó dándole la razón.

Nierga no fue una periodista al uso ni cuando empezaba en el oficio. Al contrario de los grandes periodistas radiofónicos, que se mueven precedidos de rumores de contratos y ofertas de la competencia, Gemma siempre estuvo tocada por el halo de la sencillez, ajena a las negociaciones que libraban sus colegas. Ella nunca habría dejado La SER, ni siquiera cinco minutos antes de que la echaran con una patada en el culo, como les sucedió a tantos empleados de PRISA que en su día hicieron cuerpo con la empresa.

Es terrible ser un trabajador entregado y que te paguen así. El caso de Gemma se ha vivido con angustia porque, además de no merecerlo, ha tenido la delicadeza de marcharse sin soltar puyas. La SER y EL PAÍS pertenecen a la misma empresa (aunque apenas se dirigen la palabra) y tienen políticas parecidas. La caza al empleado es una de sus favoritas.

EL PAÍS, que nació con vocación de primer periódico nacional y sus periodistas, con vocación de elegidos, siempre han hecho uso de una gran soberbia. Todavía hoy no hay quien le tosa a EL PAÍS. Para mí siempre ha sido un periódico abstracto y falto de corporeidad. Mi experiencia es desoladora: nunca, en ninguna parte, he coincidido con un periodista de EL PAÍS. A lo mejor es que recibe las noticias en exclusiva.

La guerra de medios y el azote de la crisis han hecho mucho daño. No sólo al periodismo sino a los periodistas, llegando a generarse odios africanos entre ellos. La conclusión es implacable. En PRISA, la fidelidad se castiga.

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