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Martín Gaite niega que rechazara entrar en la RAE por no haber permitido el ingreso de su marido Sánchez Ferlosio

Los académicos de la RAE, Carmen Martín Gaite y Francisco Ayala estallan contra Eduardo Haro Teclen por un artículo en EL PAÍS

HECHOS

El 16.12.1996 D. Eduardo Haro Tecglen publicó un artículo sobre la Real Academia Española que provocó réplicas de los académicos aludidos D. Francisco Ayala y Dña. Carmen Martín Gaite.

Los artículos de D. Eduardo Haro Tecglen tras el nombramiento de D. Luis María Anson y D. Juan Luis Cebrián como miembros de la Real Academia Española de la Lengua motivo réplicas de Dña. Carmen Martín Gaite y D. Francisco Ayala.

16 - Diciembre - 1996

EL SIEMPRERROJO, SIEMPREVIVO

Eduardo Haro Tecglen

Por ejemplo, Carmen Martín Gaite: no quiere ser académica mientras no lo sea su marido, nuestro Sánchez Ferlosio. Ah, llevan separados muchísimos años, pero ella tiene un sentido de la justicia literaria.

Veindidós años más que yo: Alberti, sin embargo, sonríe y recita y se reposa en su joven compañera. Qué suerte ha tenido, penso, a pesar de los últimos conflictos familiares (ah, nada. Supongo que está por encima de ello) ¡Alberti vivo! Lo estaría cinco, diez siglos después. Su metáfora para este día de cumpleaños es sencilla: ‘mi vida es azul’, dice, por la bahía de Cádiz. Que envidia, tener un autonómica y una ciudad. En Madrid nuna se es nadie.

Pero su vida es roja. El Premio Lenin de la Paz desaparece de sus biografías: estos caballeros lo ven de mal gusto. Y el día en que se presentó por primera vez a las Cortes como diputado comunista: cuando Dolores presidía el Congreso de los Diputados como decana. Lo digo para reparar silencios: el día que cumple noventa y cuatro años, y se le ve feliz en la rada, lo que importa es el poema. Pero el poema no es blanco. Toda la vida dijo algo. Con tal fuerza, que los contrarios le han rendido sus honores. Anson, por ejemplo, en ABC.

Es curioso que Anson vaya a ser el jueves académico – si es que le votan los que dicen que le van a votar: so son seguros, ni él ni Cebrián: hay reticencias – y no lo sea Alberti. Pero es que Rafael no ha querido. Hay personas que no quieren de ninguna manera. Por ejemplo, Carmen Martín Gaite: no quiere mientras no lo sea su marido, nuestro Sánchez Ferlosio. Ah, llevan separados muchísimos años, pero ella tiene un sentido de la justicia literaria. Querría verles allí juntos: ya me conatrá un día Cebrián cómo se llevan en sus sillones. Ferlosio es académico en el castellano: Alfanhui o El Jarama debían de ser de texto en las escuelas de habilistas. Pero es de opiniones que pueden parecer descabelladas. Las opiniones cuentam mucho. Me han dicho de s. (don Paco, tan admirado, tan grande en sus textos) que dice que no me votaría a mí nunca porque mis conceptos de República no son los suyos. Presenta a Cebrián, deben de tener la misma idea de República.

La cuestión, hoy, está en Alberti. Bravo, Alberti. Rojo para siempre. Moscovita, mexicano, bonaerense, italiano: la internacional proletaria. Mi tirón de orejas; un beso para ella, que le lleva adelante sin envidias, recelos, ambiciones ni feminismos. La amo.

Eduardo Haro Tecglen

22 - Diciembre - 1996

EXTRAVAGANCIA

Carmen Martín Gaite

Eduardo Haro Tecglen me atribuye un comentario que jamás he formulado, ni comprendo a quién se le puede haber ocurrido semejante extravagancia.

En su habitual columna Visto / oído aparecida en EL PAÍS el lunes 16, Eduardo Haro Tecglen me atribuye un comentario que jamás he formulado, ni comprendo a quién se le puede haber ocurrido semejante extravagancia. Según Haro Tecglen, yo no quiero de ninguna manera ingresar en la Real Academia Española hasta que no lo haya hecho Rafael Sánchez Ferlosio. No tengo por qué explicar aquí los motivos que, con todo respeto y detalle, vengo exponiendo ya hace años, oralmente y por escrito, cuando se me ha cursado tal invitación (motivos relacionados, sobre todo, con lo avariciosa que me he vuelto de mi independencia y de mi tiempo). Manuel Seco, Rafael Lapesa, Carlos Bousoño, Víctor García de la Concha, Francisco Adrados, Miguel Delibes, Francisco Rico, Pedro Laín o Emilio de Lorenzo son testigos de que, cuando han insistido cariñosamente tratando de vencer mi rechazo, entre las razones invocadas por mí para declinar su ofrecimiento jamás ha salido a relucir el nombre de Sánchez Ferlosio, escritor al que admiro y releo, pero con el que nunca he necesitado medirme.En su comentario, Haro Tecglen insinúa su aprobación a ese imaginario requisito, y sugiere una dependencia más matrimonial que literaria, como si el hecho de haber convivido con otro escritor estableciera una competencia que irremediablemente hiciera sentirse segundón a uno de ellos. Pues no. Ni entonces ni ahora hemos fomentado ninguno de los dos semejante interpretación. Si algún día llaman a Sánchez Ferlosio a la Academia y acepta, es asunto suyo. Pero eso -siento defraudar a Eduardo Haro- no va a influir de ninguna manera en mi decisión.-

Carmen Martín Gaite

23 - Diciembre - 1996

DE REPÚBLICAS, ACADEMIAS Y VEJESTORIOS

Francisco Ayala

En una palabra, querido Eduardo: mi república no era ni es una ideología, sino que fue una eventual posibilidad, y por desgracia quedó frustrada.

Desde hace varios meses, más de medio año ya, había renunciado -no sin pesar- a intervenir con mis escritos en los debates o comentarios de la pública cotidianidad; y en esa reserva me hubiera mantenido si unas recientes alusiones de persona tan querida y estimada por mí como Eduardo Haro Tecglen no vinieran ahora a sacarme a plaza. Me obliga el buen amigo a hablar de mí mismo, y no se cómo mi pesada prosa de nonagenario se las compondrá para hacerlo sin demasiada solemnidad frente al estilo nervioso, ágil, impactante, de su pluma (¡perdón!: de su ordenador). Pero, en fin, vamos allá: se hará lo que se pueda. Para empezar, quisiera aclararle -a ver si lo consigo- cómo es ésa mi “rara forma de república” que, a cambio de halagüeños elogios, me reprocha. Quizá un antiguo y mínimo recuerdo mío le diga algo al respecto. Cuando el 14 de abril de 1931 cayó por fin, agotadas sus últimas reservas, la monarquía borbónica, consideré que este acontecimiento abría nuestro país hacia un futuro que razonablemente esperábamos mejor, y compartí el júbilo de la inmensa mayoría de mis conciudadanos. Sin embargo, cuando ya en la tarde de ese mismo día mis amigos, alborozados, se empeñaban una vez y otra -creo haberlo contado en el libro de mis Recuerdos y olvidos- en adornarme la solapa con uno de los lacitos o escarapelas republicanas que de pronto aparecieron distribuidos por doquier, me apresuraba yo a desprenderme discretamente de la insignia: nunca me han gustado las etiquetas; siempre me he resistido a cualquier marchamo o catalogación… La anécdota, mínima como es, revela al mismo tiempo un rasgo esencial de mi carácter, y la actitud que él me imponía en aquel momento frente al nuevo régimen cuyo advenimiento saludábamos con tanta esperanza de futuros bienes. Esa reticencia de principio es sin duda un incómodo rasgo de carácter, ya lo sé. Pero tampoco ignoro lo que, con toda su incomodidad y hasta inconveniencia, significa en el fondo. Como quiera que sea, es para mí rasgo irrenunciable, y si a lo largo de la vida me ha impedido la confortación de sentirme arropado dentro de ninguna especie de comunión o iglesia, me ha librado también en cambio de los desengaños y consiguiente desconcierto mental sufridos por tantísimas buenas gentes cuyos dogmas político-sociales quedaban en un momento u otro despojados de validez por alternativas de la realidad histórica que de la noche a la mañana hacían improbables y fútiles sus firmes y arraigadas creencias. En una palabra, querido Eduardo: mi república no era ni es una ideología, sino que fue una eventual posibilidad, y por desgracia quedó frustrada. Tengo la convicción de que tampoco el conjunto de los españoles la recibieron y vivieron como implantación de un modelo según programa ideológicamente elaborado; pero no sería ésta ocasión de discurrir sobre ello.

Ese libro, El niño republicano, que usted ha publicado fue leído por mí con un sentimiento de honda ternura; el niño republicano de su libro era para este nonagenano un caso conmovedor; no el niño republicano típico, sino un niño republicano concreto: usted. Quizá ese conmovido sentimiento mío -soy bastante reservado en mis sentimientos- rezumaría, no lo sé, quizá, en el comentario que en estas mismas páginas le dediqué. República y guerra civil habían marcado indeleblemente a aquella criatura tierna, que medio siglo después aún se duele y aún clama, y a la que -tal vez con mejores títulos que a su destinatario- conviene hoy día el que ha puesto usted a uno de sus artículos de referencia; a saber: “El siempre rojo, siempre vivo”. Aquel comentario mío era testimonio inequívoco de mi intento de comprender al Eduardo Haro de ahora desde el niño de aquel entonces, y también de mi respeto al temple moral del personaje.

Al mismo tiempo, trataba de presentar ahí, con el forzado esquematismo de un trabajo periodístico, mi propia visión del mundo entorno -el mundo de aquel entonces, y el de después-, un mundo que tan radical, despiadada y ferozmente ha ido transformándose conforme avanzaba este siglo que ya da las últimas, desesperadas boqueadas, y donde, rara vez he tenido la suerte, de sentirme en conformidad con las corrientes de opinión que dominaban a mi alrededor. He procurado siempre razonar las mías’ frente al vértigo de las cambiantes situaciones históricas, de analizarlas e interpretarlas con la mayor objetividad de que era capaz; y aunque todo escritor aspira a entablar con sus eventuales lectores ese entendimiento profundo mediante el que les entrega su propia y esencial personalidad, es lo cierto que sólo los mayores artistas del lenguaje atinan alguna vez a lograrlo. En la práctica, resulta tan improbable alcanzar a través de la letra impresa ese grado de comprensión por cuya virtud el lector se apodera hasta de la más secreta intimidad del hombre que escribió aquella página, como lo es en los contactos diarios de la vida social que se establezca una compenetración semejante entre dos seres humanos, a menos que en la relación intervenga el ingrediente decisivo de un factor sentimental; y aun así… Quizá sea que estamos condenados a desconocer a nuestros prójimos, a convivir irremediablemente en el equívoco, pese a cuantos esfuerzos llevemos a cabo por disiparlo; esfuerzos que de todos modos debemos proseguir sin descanso…

Así, pues, y para terminar: no crea, querido Eduardo, lo que dice que le han dicho que he dicho yo; eso. de que no le votaría a usted nunca para un sillón de la Academia porque sus conceptos de República no son los míos. Sin mala intención de nadie, suele ocurrir que de boca en boca las palabras se cambian, tuercen y malinterpretan; y eso debe de haber ocurrido en este caso. ¡Qué le vamos a hacer! Lo que me humilla es que usted pueda haberme creído capaz de enunciar necedad semejante… Un voto académico responde tal vez a consideraciones más diversas; incluso -¿por qué no?- a la de que el candidato sea “uno de los nuestros”. ¿Es Cebrián “uno de los nuestros”, como usted afirma? Pues, bien, ¡me alegro tanto!

Francisco Ayala

26 - Diciembre - 1996

MAL OÍDO

Eduardo Haro Tecglen

Oí, seguro, que no quería ser académica porque no lo era su ex marido (Ferlosio): ella se inflama. Creí que era un gesto noble y solidario; como si yo dijese que no seré académico mientras no lo sea Umbral.

Sobre Carmiña: oí, seguro, que no quería ser académica porque no lo era su ex marido (Ferlosio): ella se inflama. Quiero a Martín Gaite: persona, obra. Hay cosas que pasan: cuando veo su pelambre de bruja y su boina en un teatro, siento que no estoy solo. Lo peor, dice, no es mi error, sino que yo parezco aprobar esa actitud. Sí. Es una trampa. Creí que era un gesto noble y solidario; como si yo dijese que no seré académico mientras no lo sea Umbral (no, no lo digo: pese a su superioridad de creador de prosa, todo lo que he aprendido de él). Él y yo somos del mismo sexo: Carmen y su marido, no: entonces entra lo políticamente correcto, el sexismo de ordenanza. Oí mal: nadie me dijo lo de Carmiña y la Academia: es, dice ella, porque no tiene tiempo. La quiero lo mismo, la admiro lo mismo. Si pregunté, fue por mi deseo de verla en tan buena Casa.

Sobre Ayala: oí que se apartaba de mí porque teníamos distintas ideas de República. Como él mismo dice ayer, y lo explica: yo tenía mi infancia, mi patria, mi instalación, en ella. Él era mayor y podía desengañarse. No hablo de República, sino de una República, y de un niño en ella. Quiero y admiro a Ayala: lo digo mucho, le cito mucho. Y sigo igual. Y su artículo demuestra que soy correspondido.

Eduardo Haro Tecglen

El Análisis

Codiciados asientos

JF Lamata

En general todo artículo sobre la RAE escrito por un columnista puede estar viciado de origen, en el sentido de que a todo columnista de talento se le atribuye un posible interés en ser admitido como miembro de la RAE, que no deja de ser la institución de mayor prestigio en el terreno de la escritura, y la Academia con más prestigio del país. Ahí entraron desde D. Torcuato Luca de Tena hasta D. Camilo José Cela, y en aquel momento, los Sres. Anson y Cebrián. Pero no D. Eduardo Haro Tecglen. “Le birló el sillón Cebrián” escribiría el Sr. Anson en 1999. Su referencia a la Sra. Martín Gaite pretendía ser un elogio y ella lo tomó como un ataque. Pero acaso era un desahogo ante unas puertas que se le cerraban. Qui lo sá.

J. F. Lamata

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