Para la izquierda era un héroe, para sectores de la derecha un criminal

Muere el histórico poeta comunista Marcos Ana, que pasara 23 años encarcelado durante el franquismo condenado por tres asesinatos

HECHOS

El 25.11.2016 se hizo pública la muerte de Fernando Macarro Castillo que usaba el seudónimo ‘Marcos Ana’.

LOS CRÍMENES DE MARCOS ANA

Fernando Macarro Castillo, conocido como Marcos Ana, ha muerto en Madrid a los 96 años, según ha informado el Partido Comunista de España.

Ana -condenado por matar a sus víctimas por cometer el “grave delito” de ser religiosos o de derechas- fue combatiente activo en defensa de la República y publicó un libro de sus memorias. Su primera víctima, asesinada el 23 de julio de 1936, fue un sacerdote llamado Marcial Plaza. Tenía 41 años, su verdugo 16. Según comentó Victoria Fraguas, tía del sacerdote, fue asesinado de un tiro en la nuca delante de varios familiares, entre ellos la madre de la víctima.

Menos de dos meses después, el 3 de septiembre, sus víctimas fueron Amadeo Martín, de 24 años y cartero de profesión, asesinado por su vinculación con la organización política Acción Popular; y Agustín Rosado, labrador de 45 años que cometió el atentado contra el proletariado de asistir a misa los domingos. Mercedes Cabezudo, madre de Amadeo, señaló en una entrevista concedida en 1963 que Macarro y otros milicianos practicaron un registro en su casa de dos horas y se llevaron detenido a su hijo detenido a su hijo, que fue asesinado horas después.  Marcos Ana pasó 22 años en la cárcel.

25 - Noviembre - 2016

Una bandera sin llanto, un amor, algunos versos...

Baltasar Garzón

Una infancia humilde, una adolescencia en las trincheras y más de dos décadas en prisión a la espera de la muerte a la que le había condenado la dictadura franquista, componen la primera parte de la historia de Marcos Ana, comunista, poeta y, sobre todo, ser humano capaz de transmitir desde muy tierna edad el ideal de libertad y justicia social que ha llevado tatuado en la piel toda la vida.

“Mi pecado es terrible: quise llenar de estrellas el corazón del hombre (…) Mas no hay sombra ni venganza, recorriendo por mis venas. ¡España! sólo es el grito de mi dolor que sueña”. Las soledades del encierro las sombreó de palabras. Desde entonces no dejó de escribir. Ni de recordar sin acritud: “La memoria es dignidad, pero en mí no hay habitación para el rencor”.

Con una enorme generosidad, en momentos muy difíciles, Marcos Ana me incluyó un día en su abrazo solidario uniéndome a aquellos por los que luchó y que han sido el motor de su memoria y de su denuncia: millares de demócratas españoles que perdieron la libertad o su vida y que continúan abandonados en cunetas y fosas. En aquel momento, Marcos Ana, con Almudena Grandes, con Pedro Almodóvar, con miles de ciudadanos en la calle,utilizó de nuevo la palabra como arma contundente contra quienes pretendían, dijo, “devolver a la noche oscura de los asesinos”. Marcos Ana clamaba justicia para todas las víctimas y en ese grito me arropaba; extraña situación para un juez. Aun hoy, el pensarlo me estremece. Y su perdida, aunque esperada, como la de todos, me duele dentro.

La calidad humana que le caracterizaba la definió muy bien José Saramago, en el prólogo que dedicó al libro del poeta Decidme cómo es un árbol: “un soplo de aire fresco que llega para derrotar al cinismo, a la indiferencia, a la cobardía (…) Agradezcámosle la sencillez, la naturalidad con que es un hombre. Entero, auténtico, completo”.

Así es. Resurgir de las cenizas de la opresión, luchar contra la impunidad y ser capaz de llevar como bandera un mensaje de dignidad, de memoria y ternura es propio solo de personas únicas, que se han forjado en la mirada hacia el otro. Y él lo ha dejado marcado en cada verso.

Devuelvo ahora la palabra a Marcos Ana y sea su poesía, mi homenaje.

(…) Si llegáis ya tarde un día
y encontráis frío mi cuerpo
buscad en las soledades
del muro mi testamento
al mundo le dejo todo,
lo que tengo y lo que siento,
lo que he sido entre los míos,
lo que soy, lo que sostengo:
una bandera sin llanto,
un amor, algunos versos…

(Fragmento de Pequeña carta al mundo. Marcos Ana)

25 - Noviembre - 2016

Marcos Ana o la perversión de la memoria

GACETA.ES (Director: Kiko Méndez Monasterio)

Ha muerto. Descanse en paz. Pero convertirle en héroe es, simplemente, una perversión de la memoria. Y una injusticia objetiva.

El 17 de noviembre de 1962, las autoridades belgas denegaron la concesión del estatuto de refugiado a Fernando Macarro del Castillo, alias “Marcos Ana”, recién salido de la cárcel en España. Se le denegó la solicitud “a la vista de los documentos probatorios de los crímenes cometidos en Alcalá de Henares durante la guerra civil”. Quien lo dude puede consultar LA VANGUARDIA del 18 de noviembre de aquel año, por ejemplo. Bélgica era entonces un país plenamente democrático que, por otro lado, acogía a no pocos exiliados políticos españoles (el socialista Wenceslao Carrillo, por ejemplo). Pero es que Macarro no era un exiliado político.

La delirante “memoria histórica” zapateril ha convertido a Marcos Ana en una especie de héroe de la libertad. El ministro de Trabajo,Celestino Corbacho, le otorgó la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo en 2009. Al año siguiente, Patxi López le entregaba el premio René Cassin de Derechos Humanos, y la Fundación Abogados de Atocha le condecoraba con el premio que lleva su nombre. Incluso se le propuso para el premio Príncipe de Asturias de la Concordia en una solicitud que, por cierto, ¡avaló el PP! No tuvo tal, pero sí la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Y todo eso, ¿en nombre de qué méritos exactamente? Sólo uno: haber sido escogido por la izquierda como icono para su lavado de cara colectivo. Nada más.

Fernando Macarro, “Marcos Ana”, fue condenado en su día por eso que ahora llamaríamos “crímenes de guerra”: el asesinato de tres civiles durante la guerra civil. Se le juzgó por ello y si no se le condenó a muerte fue porque en el momento de los crímenes era aún menor de edad. Fue puesto en libertad en diciembre de 1961 no por “prisiones de Amnistía Internacional”, como dice la risible propaganda progre, sino por un decreto de Franco que dictaba la excarcelación de todos los presos de la guerra civil con más de veinte años de condena cumplida. Esa es la triste realidad.

Ahora Marcos Ana ha muerto. Descanse en paz. Pero convertirle en héroe es, simplemente, una perversión de la memoria. Y una injusticia objetiva

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