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Muere el jefe de Gobierno Ramón María de Narváez, Duque de Valencia, principal soporte político de la reina Isabel II

HECHOS

El 23.04.1968 falleció D. Ramón María de Narváez, Duque de Valencia, presidente del Consejo de Ministros.

RAMÓN MARÍA NARVAEZ

LA ÉPOCA

23-4-1868

Mientras escribimos estas líneas, se difunde por toda España la noticia triste del fallecimiento ocurrido en la madrugada de hoy, del Excmo. Señor D. Ramón María Narvaez, duque de Valencia, presidente del Consejo de Ministros, víctima de una enfermedad pulmonar, que le ha llevado al sepulcro en el breve espacio de una semana.

La trascendencia de este suceso no puede ocultarse a nadie. Narvaez era el jefe de un partido y el representante de una política que han dominado en las esferas del poder por mayor espacio de tiempo que ningún otro partido u otra política, y que en la actualidad, no encontraban parte alguna resistencia, habiendo vencido los obstáculos con que a su advenimiento al gobierno tuvieron que luchar.

La historia política del general Narvaez es la del partido moderado al cual vivió unido casi desde su formación y al que en diversas épocas, pero muy particularmente en 1848 y 1867, imprimió su carácter y fortaleció con sus cualidades.

No se gobierna tanto tiempo en un país inclinado a la movilidad, y en el que los sucesos más contradictorios acaccen con tanta rapidez, sin poseer dotes extraordinarios de inteligencia y de carácter y, en efecto, D. Ramón María Narváez las tenía y mostró en su larga carrera política. El gobierno, el principio de autoridad, los elementos todos necesarios para facilitar la brusca transición del pasado al presente, del régimen absoluto al liberal que la resistencia armada del carlismo provocara, encontraron en Narvaez un defensor activo, constante, apasionado. Puédese dudar de su acierto en alguna ocasión; puédese oponer objeciones a su espíritu ardiente, que se irritaba con la resistencia y se mostraba demasiado propicio a las medidas estremas pero, examinando en conjunto la obra que D. Ramón María Narvaez y el partido a cuyo frente estuvo llevaron a cabo desde 1844 hasta el día, no es posible dudar de que correspondía en gran manera al estado político, intelectual y moral del país y que a ella se deben en gran parte los adelantos realizados por el último, y los largos periodos de paz y de orden material que ha disfrutado.

Podrá D. Ramón María de Narvaez no ser para muchos el tipo perfecto de hombre de Estado, más para el que conoce el carácter y circunstancias del país que fue llamado a gobernar, de los partidos y de los hombres con quienes luchó, y de los que le auxiliaron en su tarea, no es dudoso que fue el hombre de Estado que la España contemporánea debía producir: y que por la relación que existía entre sus cualidades y nuestras cualidades, entre sus defectos y nuestros defectos, entre su carácter y el carácter nacional, pudo realizar grandes cosas y prestar servicios que otro hombre de Estado menos español no hubiera podido prestar.

Duélense con frecuencia los escritores extranjeros que se ocupan en las cosas de nuestra patria, de que, para combatir a la revolución, aquí siempre viva, los gobiernos y los hombres de Estado españoles no hayan absolutamente desechados los medios o procedimientos de la fuerza, propios de la revolución misma. En principio, la observación es justa; pero cuando se desciende a la práctica, cuando se hojea la historia contemporánea y se tropieza con los tesoros de pasión, de orgullo, de envidia, de ambición personal que aquí han ofuscado las inteligencias más claras y pervertido los caracteres más nobles, no tarda en comprenderse que en un país donde el individuo de la clase media, apoderada del gobierno, ofrecía una educación política atrasada y rasgos morales que descubrían en él al hombre educado por el absolutismo y no acostumbrado al uso de la libertad la revolución no podía ser contenida sin el auxilio de la coacción, y que la libertad no ha tenido aquí hasta ahora la fuerza que en otros países para producir el orden.

Estas circunstancias hacían penosa y triste a veces la misión del hombre de Estado y del gobernante en España, obligándole apartar los ojos del porvenir para fijarlos solo en el presente y a luchar sin tregua para impedir que los vínculos harto débiles que ligaban el presente al pasado no fuesen rotos en sólo un día por las pasiones revolucionarias.

De aquí que hombres que, como D. Ramón María de Narváez, habían comenzado su carrera política y militar derramando su sangre por la libertad, siendo justamente sospechosos a los partidarios del absolutismo, y que, en el fondo de su corazón, jamás desesperaron del porvenir del régimen representativo en su patria, aparezcan en la historia contrarios en muchos periodos a la libertad política y dispuestos a suspenderla o a cercenarla para salvar al gobierno e impedir la ruina del principio de autoridad.

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