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Dedicó gran parte de su vida al cuidado y la protección de los más desfavorecidos

Muere monseñor José Guerra Campos, obispo emérito de Cuenca y ex procurador franquista

HECHOS

El 16.07.1997 la prensa informó del fallecimiento de D. José Guerra Campos.

16 - Julio - 1997

Un martillo de herejes, un recuerdo del pasado

José Manuel Vidal

El obispo emérito de Cuenca, José Guerra Campos, falleció en la madrugada de ayer por un paro cardiaco en la residencia del Colegio Corazón de María, donde viven los misioneros de Cristo Rey, en la localidad vallesana de Sentmenat, cerca de Sabadell. «Le falló el corazón, que lo tenía muy delicado», comentó el capellán del colegio, padre Alba. Con su muerte y con la dimisión del cardenal de Toledo, monseñor Marcelo González Martín, se cierra un ciclo de la historia y de la Iglesia de España.

Alguien le llamó «el último cruzado». Con él se va el pasado nacionalcatólico de la Iglesia. Porque él encarnó, mejor que nadie, aquel tiempo -no tan lejano- en que la cruz y la espada iban de la mano. Aquel pasado reciente en que La Iglesia bautizaba de cruzada una guerra civil y sacaba permanentemente bajo palio a Francisco Franco, el caudillo de España por la gracia de Dios… y de obispos como Guerra Campos.

Un sacerdote que lo conoció bien, desde sus tiempos del seminario, lo define así : «Agudo, frío, lúcido, cortante e imposible de doblar. Ha sido franquista durante toda su vida y murió franquista, por coherencia vital e intelectual». Dos cualidades que, junto a su capacidad dialéctica, no le niegan ni sus peores enemigos.

Monseñor Guerra Campos nació hace 76 años en un pueblecito coruñés, «en uno de los valles más bellos del mundo», como él mismo decía. Mientras estudiaba en el seminario, le sorprendió la Guerra Civil y tuvo que combatir en la 108 División del Ejército de Franco.

A su vuelta a la tranquilidad de las clases, se dedicó con más ahínco si cabe al estudio de los latines filosóficos y teológicos. Su buen expediente académico, su brillantez intelectual y su fidelidad a la doctrina más tradicional de la Iglesia -de la que siempre fue un decidido apologeta- le sirvieron para obtener el privilegio de una beca de estudios en la universidad Gregoriana de Roma, cuna de Papas.

Con su título bajo el brazo y su experiencia romana, vuelve a Santiago, donde es ordenado sacerdote en 1944 y comienza una carrera eclesiástica meteórica. Primero profesor y canónigo con fama de gran orador. Alto, bien parecido, ojos negros y nariz aguileña, «las beatas se lo comían con los ojos», dice un compañero de canonjía y sus clases de teología se llenaban a rebosar. Después, perito conciliar, obispo auxiliar de Madrid (26 de julio de 1964) y primer secretario de la recién creada Conferencia Episcopal española.

Pero mientras la Iglesia española soltaba lastre franquista, la joven estrella del episcopado giraba todavía más a la derecha en sus concepciones teológicas y políticas. Tanto es así que, en 1966, descabezó «por sus actitudes temporalistas y escasez de espiritualidad» a la Junta Nacional de la Acción Catolica, ocasionando una de las crisis más graves del «brazo secular» de la Iglesia.

Criticado por los sectores más renovadores de la Iglesia española posconciliar, Guerra Campos es agasajado, en cambio, por el régimen y nombrado procurador en Cortes por designación directa del jefe del Estado. Sus relaciones con Franco fueron siempre calurosas. «Ese es de los míos», comentaba el Generalísimo cuando hablaba de él.

Pero la mayoría del episcopado ya no se alineaba con las tesis integristas del secretario del episcopado. Por eso, con la elección de Vicente Enrique y Tarancón para la cúpula dirigente de los obispos, Guerra Campos tuvo que exiliarse en una diócesis menor: Cuenca. Los ultras nunca perdonaron a Pablo VI que nombrara al obispo de España para una diócesis tan irrelavante.

Por eso, la víspera de su entrada en su nueva diócesis, las calles de Cuenca y de Madrid aparecieron sembradas de octavillas: «Adiós a Guerra Campos. Se nos va don José, que se ha convertido en símbolo como hombre por su entrega a sus hermanos, como obispo que prefiere la fidelidad al Evangelio a mitras relevantes y capelos cardenalicios y como español, porque sigue defendiendo la independencia de la patria contra la colonización de Roma y recoge la sangre de los obispos mártires en vez de escupirla con su incomprensión».

Desde entonces, se siente relegado y, despechado, inicia el camino de la disidencia abierta, se dedica a exponer la verdad «al margen de modas temporalistas y cambiantes» y deja de asistir a los plenos del episcopado.

Cuando el Generalísimo cae enfermo, el obispo de Cuenca se apresura e enviarle una carta manuscrita, en la que, entre otras cosas, señala: «Después de 40 años, innumerables hijos de España desean que vos continuéis indefinidamente como conductor de nuestra Patria».

Cuando murió el Caudillo, el prelado conquense dijo: «Franco queda en la historia de España como uno de sus máximos bienhechores. Su muerte es para mí, como para la inmensa mayoría de los españoles, causa de un duelo muy hondo, compartido por varias generaciones en la gran familia que es la patria».

A partir de la muerte de Franco, monseñor Guerra Campos se escoró todavía más a la derecha. Tanto es así que el propio cardenal Tarancón se vió obligado a arremeter contra el integrismo de Cruzada del obispo Guerra Campos. Y Pablo VI no quiso recibirle en el Vaticano «mientras no estuviera en comunión con el episcopado». Aglutinó al clan de los obispos preconciliares, como Angel Temino o Pablo Barrachina, votó en contra de la Constitución, participó en mítines de Fuerza Nueva, presidió los actos de la asociación de sacerdotes integristas españoles y, desde su retiro de Cuenca, se convirtió en el adalid de los ultras.

Pero con el paso del tiempo fue perdiendo feligreses y predicamento en España. Confinado en su diócesis hasta el mes de junio de 1996, fecha en la que le fue aceptada su dimisión por haber cumplido los 75 años, vivió aislado de todos, con la prohibición expresa por parte del Vaticano de «salir en los medios de alcance nacional». Se apagó, pues, una polémica estrella episcopal, adalid del integrismo. Y con él se va un pasado poco glorioso de la Iglesia.

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