Nueva campaña contra el doblaje en prensa por no respetar los acentos y por ser siempre las mismas voces ‘desde los años 50’

HECHOS

En noviembre y diciembre de 1983 se publicaron artículos en prensa sobre el doblaje de películas en España.

19 - Noviembre - 1983

El doblaje en TVE

Pedro Sorela

"El vicio del doblaje es un síntoma del aislamiento en el que España ha estado y sigue estando"

La emisión por TVE de la película Mouchette, de Robert Bresson, en versión doblada al castellano, evidencia de modo particular el absurdo, por no decir la aberración, de la práctica del doblaje. Entre los aficionados al cine es conocida la peculiar dicción plana, sin acentos, de los personajes de Bresson, y que me temo los dobladores no consiguieron reflejar.Es interesante subrayar este caso por cuanto en la misma semana tuvimos otros casos ilustrativos. El viernes, en La Clave, se proyectó en versión original la muy densa Dies Irae, del danés Karl Dreyer, y estoy convencido de que uno de los elementos indispensables de la película -un caso de intolerancia religiosa en el norte de Europa durante el siglo XVIII- es precisamente el idioma en el que está compuesta.

Un día antes, los cineamantes (que no teleadictos) tuvimos que soportar la emisión en castellano de El intendente Sansho, de Kenji Mizoguchi, dentro del por lo demás excelente ciclo de maestros del cine japonés, que ha constituido una revelación.

Si se fija, verá que estoy reclamando la proyección subtitulada de películas en idiomas incluso no muy conocidos, o desconocidos por completo en España. Ahora bien, reclamo también que los suibtítulos tengan al menos la misma calidad técnica de los doblajes, en los que España, para nuestra desgracia, destaca. Pues no la tienen. En cualquiera de los cines que proyectan versiones originales, se puede ver que a veces el subtitulador parece pagado por el enemigo.

Sin ánimo de trascendentalizar, creo que el vicio del doblaje es un síntoma del aislamiento en el que España ha estado y sigue estando.

26 - Diciembre - 1983

Las voces de la televisión

María Antonia Dans

No sé quién dobla la voz a los personajes de la tele, quiénes están detrás de esos sonidos quejumbrosos o virilmente tiernos de los telefilmes. Veinte años oyendo desde lejos -la tele del vecino, la del otro lado de la calle- el mismo sonsonete, con esa objetividad auditiva que da la ausencia de imagen.Ese ronroneo, esa queja quebradiza y llorona que es lo que se entiende por una voz suave y melódico, ¿es una voz o son varias voces? Y si son varias, ¿por qué suena siempre lo mismo de antigua, de trasnochada, de voz de cristal, que era lo que tenían que ser las voces en los años cincuenta.

Cambian -no mucho- los actores, cambian las caras de las presentadoras, cambia el vocabulario para meternos por el oído palabras de la calle que se dicen continuamente y que se les llama malsonantes porque suenan mucho, cambian las imágenes para acercarnos más a la vida desvergonzada o abnegada que sucede por ahí, cambian los políticos casi anualmente. Pero esas voces, que llevan tanto tiempo enterneciendo al personal, ésas no cambian nunca.

Querríamos los teleoyentes otros hermosos timbres en boca de tantos personajes femeninos o en el del héroe de turno, voces secas, sonoras, calientes, cortantes, según vaya el rollo; otra versión auditiva de los Clark Gable o los John Wayne, de los Redgrave o los Brando. Voces de tantos actores que hablan, gritan o susurran y que pueden sugerir el personaje aunque sean más inexpertas. Para doblar a los héroes del cine, cualquiera sirve, cualquiera menos un actor doblero,que diría el clásico.

Para colocarnos un personaje en toda su dimensión, désele una voz distinta, menos institucionalizada pero más viva y personal, aunque no sea dulce voz hecha de encargo, de trémolos y arpegios o de robustas inflexiones varoniles; gargantas ignotas amaneradas por el paso de los años y la costumbre. Porque nadie como el que no ve la tele, pero la oye sin querer, puede juzgar esa banda sonora de vocecita y vozarrón, con matices y quiebros repetidos hasta la saciedad, que luego nos sigue machacando en los anuncios.

Decía Vicente Verdú en un hermoso artículo, que hablar es emitir sonidos a través del cuerpo, y que, por tanto, la voz emite cuerpos. Pues queremos cambiar esos cuerpos y seguir oyendo llorar o reír a otros cuerpos. Que no nos ocurra lo que a mi madre hace años y leguas, cuando al acabar la emisión de alguna serie de aquella televisión ingenua de los sesenta, hacía siempre el mismo comentario:

“Yo, a la artista, ya la conozco: es la misma que trabajó ayer”.

“Pero, mujer, no ves que esto es un drama, que son otros actores…”.

“Sí, pero bien le conozco la voz”.

Pues yo se la conozco desde entonces, y ni siquiera sé quién es, quiénes son esos señores.

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