La sentencia del caso Gürtel puso punto y final a la era Rajoy

Pedro Sánchez (PSOE) tumba a Mariano Rajoy (PP) con una moción de censura respaldada por todos los partidos separatistas

HECHOS

El 01.06.2018 se votó en el Congreso de los Diputados una moción de censura presentada por el grupo parlamentario socialista contra el Gobierno presidido por D. Mariano Rajoy Brey.

RESULTADO DE LA MOCIÓN

  • -A favor de la moción de censura: PSOE (84) + Unidos Podemos (67) + ERC (9) + PDeCAT (8) + PNV (5) + Compromís (4) + EH Bildu (2) + Nueva Canarias (1) = 180 votos.
  • -En contra de la moción de censura: PP (134) + Ciudadanos (32) + UPN (2) + Foro Asturias (1) = 169 votos.
  • -Abstenciones: 1 voto (Coalición Canaria)

PROTAGONISTAS DEL DEBATE QUE CAUSÓ UN CAMBIO POLÍTICO

 D. José Luis Ábalos, Secretario de Organización del PSOE fue el portavoz de la moción de censura en nombre del Grupo Socialista.

 D. Pedro Sánchez ofreció a D. Mariano Rajoy a dimitir para retirar su moción de censura, oferta que este rechazó. El Sr. Sánchez hizo su promesa estrella al asegurar que respetaría los presupuestos del PP para 2019, lo que suponía un guiño directo al PNV, que logró el resultado esperado.

 D. Joseba Andoni, D. Íñigo Barandiarán, D. Aitor Esteban (portavoz), Dña. Idoia Sagastizabal y D. Mikel Legarda tenían la llave de la gobernabilidad. Tan sólo una semana después de haber apoyado los presupuestos del PP (en el que se invertían 100 millones de euros en Euskadi), han pasado a respaldar la moción de censura del PP, durante el debate D. Pedro Sánchez se comprometió a respaldar ese presupuesto.

 D. Rafael Hernando ejerció de portavoz del PP y fue el encargado de defender al Gobierno con un D. Mariano Rajoy ausente del pleno durante la mayor parte del debate de la moción. El Sr. Hernando acusó a D. Pedro Sánchez de echarse en las manos de los enemigos del Estado, acusó al PNV de ‘no tener palabra’ y responsabilizó de la moción también a Ciudadanos (a pesar de que este partido votó en contra) por considerar que ellos habían sido cómplices en la desestabilización del Gobierno Rajoy tras la sentencia Gürtel.

31 - Mayo - 2018

Señor Rajoy, por el bien de España, debe marcharse

Casimiro García Abadillo

La legislatura, lo quiera o no Mariano Rajoy, está muerta. La moción de censura presentada por el PSOE el pasado viernes ha puesto de manifiesto la falta de apoyos del gobierno. Ciudadanos, que ha sido el partido que le ha dado sustento con sus 32 escaños en los últimos dos años, ha decidido romper el pacto mientras él continúe en Moncloa. El PNV, que ha logrado un rédito extraordinario en la negociación de los presupuestos, le ha dado la puntilla al decidir apoyar la moción de Pedro Sánchez.

La posibilidad de que la moción salga adelante es, por tanto, incuestionable. Con su triunfo, Sánchez encabezaría un gobierno sustentado por sólo 84 escaños y que sería rehén de independentistas y populistas. Esa perspectiva es la que de verdad asusta a los mercados y la que desean los secesionistas en Cataluña. ¿Qué hay mejor que un gobierno débil para obtener ventajas inimaginables en otro contexto político?

Es, por tanto, una responsabilidad del presidente evitar que esa opción llegue a concretarse. Aferrarse al poder carece de sentido. Rajoy es un hombre de Estado, como ha demostrado en otras ocasiones, y ahora debe poner por delante de sus deseos el interés de España. Tampoco es una opción resistirse a sabiendas de la derrota que sufrirá. Argumentar que no tiene garantizada una mayoría si propone a otro candidato es tirar la toalla antes de tiempo y abrir una etapa de inestabilidad hasta que Sánchez decida convocar nuevas elecciones.

Es posible que el presidente no quiera ligar su decisión a la sentencia de Gürtel, lo que significa que, al final, su marcha se habría producido a causa de la corrupción que durante lustros ha corroído a su partido. Es comprensible. Rajoy no ha sido condenado, ni tampoco ninguno de sus ministros. Pero Luis Bárcenas es un producto suyo. Tampoco le cortó las alas a Francisco Correa cuando éste dejó de hacer negocios con Génova pero se trasladó con armas y bagajes a Valencia.

Rajoy ha sido el protagonista de una recuperación económica histórica. Nadie daba un duro por España en el verano de 2012. Pero él confió en las posibilidades del país para salir adelante y, tras un duro plan de ajuste, consiguió enderezar la situación. Hoy nuestro país crece a un ritmo del 3% y genera más de 450.000 puestos de trabajo al año. Ese es un activo que nadie le puede negar.

Rajoy ha sido el protagonista de una recuperación económica histórica, pero incapaz de regenerar su partido

Pero, al mismo tiempo, el líder del PP ha sido incapaz de regenerar a su partido. Rato, Granados, Ignacio González, Cifuentes, Zaplana… Los casos de corrupción han pesado como una losa sobre su gestión. Finalmente, la sentencia de Gürtel ha sido la excusa de los partidos de oposición para desatar una ofensiva política que ha sido incapaz de superar. Y en esa ofensiva política, todo el peso de los desmanes cometidos por los dirigentes del PP de los tiempos de José María Aznar le han sido cargados en su cuenta por la sencilla razón de que él es, junto con Javier Arenas, el más destacado vínculo que comunica directamente el pasado oscuro que se está empezando a juzgar en los tribunales con el inmediato e incierto presente.

Un presente en el que la debilidad parlamentaria del partido que sustenta al Gobierno ha permitido a la oposición empujar contra las cuerdas al presidente del Gobierno y al Partido Popular en su conjunto, además de haber abierto una autopista para que el PNV se cobrara a precio de oro su voto favorable a los Presupuestos Generales del Estado para, a continuación, retirarle su decisivo apoyo en el momento en que Mariano Rajoy dependía directa y dramáticamente de los cinco diputados nacionalistas vascos para sobrevivir al frente del Gobierno.

El más que previsible éxito de Pedro Sánchez dibuja un panorama inquietante en la medida en que sus 84 diputados no permiten estructurar un gobierno sólido sino, al contrario, permiten prever que el dirigente socialista necesite recurrir a la participación en ese gobierno de miembros de Podemos o, en todo caso, requerir de su apoyo parlamentario, lo cual equivale a condicionar de modo relevante la política socialista. Eso sin contar que tanto el PNV como los grupos independentistas catalanes querrán cobrarse su respaldo a una moción de censura sin cuyo concurso dicha iniciativa no habría sido viable. No hace falta esforzarse mucho para presumir la deriva que sufriría una política necesariamente subordinada, aunque sólo fuera parcialmente, a las exigencias de los independentistas ya liberados del control a que han estado sometidos desde el Gobierno central en virtud del artículo 155.

Con el problema catalán en plena efervescencia, nada conviene menos a España que entrar en un torbellino del que no se atisba de ninguna manera una salida apaciguadora

Eso sin contar con la chocante realidad de un gobierno surgido de un pacto parlamentario en convivencia con un poder legislativo nacido de unas elecciones generales que dieron en su día al Partido Popular la mayoría que le ha permitido ocupar la presidencia de un Gobierno que ha aprobado unos Presupuestos Generales del Estado que recibieron el voto en contra y las más ácidas críticas del partido liderado por el ahora candidato a la presidencia y que ahora ha prometido respetar en consonancia con las exigencias del PNV, pero en clara contradicción con la posición de su partido.

El PNV emerge como el gran ganador de este barullo, que sale con 540 millones de euros en el bolsillo y ha navegado al mismo tiempo sobre nada menos que tres proyectos de moción de censura haciendo cola para descabalgar por uno u otro procedimiento a Mariano Rajoy. Y, por si fuera poco, la celebración inmediata de unas elecciones generales, como pretendía Ciudadanos, tiene el inconveniente enorme de que abriría un tiempo de impasse, con un Gobierno en funciones -y sin el control del artículo 155- hasta la celebración de los comicios y durante un número incierto de meses más hasta resolver los pactos a que hubiera lugar para la constitución de un nuevo ejecutivo. Un escenario nada deseable mientras continúa abierto en canal el desafío independentista catalán decidido a recuperar su sueño imposible de “restaurar” aquella república que nunca existió pero a la que siguen sin renunciar.

Le pedimos que haga un último servicio renunciando a la presidencia y desactivando automáticamente así una moción cuyo éxito no haría sino perjudicar los intereses de los españoles

Con el problema catalán en plena efervescencia, nada conviene menos a España que entrar en un torbellino del que no se atisba de ninguna manera una salida apaciguadora. La estabilidad es un valor de primerísima categoría para un país que bastante zarandeado está por los latigazos que padece desde la comunidad catalana y cuyas perspectivas están muy lejos de tranquilizar al más optimista de los observadores.

La renuncia a su cargo de presidente del Gobierno no supondría en este caso para el señor Rajoy la admisión de una culpabilidad que no le ha sido adjudicada judicialmente, aunque es verdad que sí reprochada políticamente por los partidos de la oposición. Supondría, por el contrario, la asunción de la responsabilidad de asegurar la estabilidad política e institucional del país a la que tantas veces ha apelado el presidente. El mantenimiento en los próximos meses de este Gobierno, no manchado por ninguna acusación y por ninguna sospecha y encabezado por la persona que él designara y que podría contar para su investidura con los mismos votos con los que contó para la aprobación de los Presupuestos, procuraría la estabilidad que desde aquí le reclamamos como imprescindible para la adecuada conducción de los desafíos inmediatos, internos y exteriores, a los que se enfrenta hoy España.

Por eso, señor Rajoy, le pedimos que haga un último servicio a su país renunciando a la presidencia del Gobierno y desactivando automáticamente así una moción de censura cuyo éxito, en una u otra modalidad, no haría sino perjudicar los intereses inmediatos de los españoles. Las cartas están ya sobre la mesa y estamos en el tiempo de descuento. Muchos más ciudadanos de los que usted puede creer en estos momentos se lo agradecerían y seguramente le devolverían su agradecimiento en forma de votos para su partido renovado cuando se celebraran unas elecciones anticipadas que no deberían retrasarse más allá de lo que queda de año. Ha llegado el momento de sacrificarse única y exclusivamente en favor de lo que más le conviene a España en este difícil momento. Hágalo ya.

01 - Junio - 2018

No es la dimisión de Rajoy, es la ambición de Sánchez

LA RAZÓN (Director: Francisco Marhuenda)

La realidad es terca y ha vuelto a demostrar, paso a paso, lo que sólo los más escépticos sobre la calidad política y moral de Pedro Sánchez sabían que iba a suceder: que haría todo lo posible para ser Presidente del Gobierno. Costase lo que costase. Le apoyasen quienes le apoyasen. Pactase lo que pactase. El objetivo era La Moncloa y por encima de él no había nada de lo que desdecirse, arrepentirse o avergonzarse. En la historia de nuestro parlamentarismo moderno no se recuerda una escena de fariseísmo político como la que representó ayer en el Congreso el candidato socialista. Aceptó sin pestañear los Presupuestos Generales del Estado (PGE) aprobados por el PP hace una semana –con el apoyo de Cs y PNV–, contra los que votó y arrojó los calificativos más denigrantes. Esa es la senda de populismo por la que transita este irreconocible PSOE. Volvía con toda la saña su mayor aportación política: el «no es no». Aceptó estos presupuestos no porque creyese en ellos, sino porque le servían para ofrecérselos al PNV para conseguir su voto favorable a la moción de censura. Hay que volver a deletrearlo: Sánchez ofreció a cambio del apoyo de los nacionalistas vascos las cuentas que tanto costó cuadrar a Mariano Rajoy y que él votó en contra. Ofrecer como dádiva a los cinco diputados vascos necesarios para su asalto a La Moncloa lo que con tanta obcecación se negó a apoyar dibuja la calidad política de Sánchez. Como era lógico, el portavoz del PNV los aceptó –540 millones acordados con el Gobierno– y tuvo la insolencia de decir que esperaba que los PGE pasaran el trámite del Senado –donde el PP tiene la mayoría– porque sería una gran irresponsabilidad devolverlos al Congreso. Y se lo estaba diciendo a quien los había bloqueado y tan indecentemente los estaba utilizando ahora para derribar a Rajoy, el que los sacó adelante. Aitor Esteban abusó de la debilidad del Gobierno y vuelve a abusar de la ambición desmedida de Sánchez. Lo grave es que esta puede ser la tónica de lo que queda de legislatura. El PNV ha demostrado su egoísmo político sin medida y una soberbia que deberá apaciguar con vistas a que los presupuestos que tanto valoran ahora –quién lo iba a decir: los fraguados por el presidente caído– pasen el trámite del Senado.

Rajoy podía haber dimitido y bloquear así la moción, como se rumoreó a lo largo de toda la sesión, pero no era esa la cuestión. No era más que un intento de los socios de Sánchez de disimular su enorme responsabilidad de convertir en presidente a alguien que no ha ganado ninguna elección y que ha llevado al PSOE a su nivel más bajo. Quien sí está a tiempo de dimitir para no llevar a España al desgobierno es el propio candidato socialista. La sesión de ayer fue dura, con mucha frivolidad, y fue dolorosa para el todavía presidente del Gobierno: era víctima de una traición en toda regla por un político de tono menor con el que días antes había llegado a acuerdos de Estado. Rajoy no se merecía este final. Ya no sólo en lo personal, sino por asistir a la escena de ver cómo el PSOE recibía el voto de los partidos independentistas, incluido los proetarras de Bildu, cómo todos repitieron el mismo discurso y, sobre todo, cómo Sánchez destrozó el pacto constitucional en Cataluña para conseguir el apoyo de los partidos independentistas que protagonizaron un verdadero golpe a la legalidad democrática. La irresponsabilidad del líder socialista al querer gobernar con tan solo 84 escaños, el apoyo de una amalgama de partidos radicalizados y un PNV dispuesto a mejorar los ya recibido en los PGE sitúa a España en una situación complicada en nuestra recuperación económica. Que el PP pase a la oposición no es una deshonra porque puede defender una gestión que ha dado buenos resultados. La gravedad de la situación es que Sánchez quiere gobernar con una minoría exigua y débil. Lo pone mal este PSOE para poder confiar en él; su deslealtad ha sido escandalosa y el PP no tendrá más remedio que romper sus relaciones y acuerdos institucionales con los socialistas hasta que el futuro inquilino de La Moncloa convoque elecciones. No lo hará, porque no eran estas sus intenciones: en su hoja de ruta estaba preparada la moción de censura y fraguar un pacto con los nacionalistas en un momento en el que el desafío independentista catalán y el artículo 155 había creado un frente anti PP del que muy escrupulosamente se ha apartado Sánchez con sus discursos ambiguos sobre la España «plurinacional».

Sintomático que el candidato socialista no replicase algunas intervenciones indignas de sus socios, lo que muchos votantes socialistas no entenderán. España entra en un experimento cuyos resultados desconocemos. La ambición sin límite de Sánchez ha colmado sus objetivos: llegar a La Moncloa sin ganar unas elecciones que hubiese perdido. Él y sus socios son un verdadero riesgo para la estabilidad.

01 - Junio - 2018

Rajoy renuncia a evitar el desastre

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

Creían los antiguos griegos que nuestros designios los determina el capricho de la diosa Fortuna. Pero, por si acaso, se cuidaban de aprovechar toda oportunidad para ayudar a la veleidosa deidad. Pedro Sánchez, que presumiblemente hoy se convertirá en el primer presidente del Gobierno de nuestro país que llega a La Moncloa a través de una moción de censura, no ha dejado escapar la ocasión que la publicación de la primera sentencia del caso Gürtel le brindaba en bandeja, colmando así su ambición personal. Pero ya advertía Maquiavelo que, para acariciar el éxito, un gobernante necesita tanta fortuna como virtud. Y nada tiene de virtuoso la formación de un Gobierno fruto del abrazo del oso que el PSOE ha recibido de populistas e independentistas.

¿Dónde queda el interés general? ¿Quién defiende hoy el bienestar de los españoles? Los cálculos partidistas se han adueñado una vez más de la acción política y la sensatez no tiene quien la defienda entre nuestra irresponsable clase dirigente. Empezando por Mariano Rajoy, cuyo empecinamiento en no dimitir nos aboca a una situación de extraordinaria inestabilidad, en un momento en el que España afronta nada menos que el golpe rupturista del independentismo catalán, que desde ayer se frota las manos sin disimulo.

No cabe sino apelar al sentido de Estado del líder del Partido Popular, quien, siquiera como último servicio a la nación y por patriotismo -un valor tan en desuso como digno de los mejores servidores públicos-, debiera haber asumido que este tiempo político ha concluido y haber presentado la renuncia a su cargo. Se hubiera desactivado así la votación con la que este mediodía concluye la moción de censura, en la que Podemos y las formaciones soberanistas ya han anunciado que respaldarán a Sánchez. Y estaríamos en un escenario que nos conduciría antes que después a unas elecciones, hoy más necesarias que nunca.

Este periódico ha defendido desde que se conoció el fallo judicial de Gürtel que la única forma de desatascar esta gravísima crisis es permitiendo que los españoles se pronuncien en las urnas. Y es la opción que, lamentablemente, Rajoy ha desperdiciado. No entender que la acción de un gobernante se debe adecuar a las circunstancias precisas de cada momento y que la asunción de responsabilidades políticas no puede ser confundida con una deshonesta derrota, contribuye en este caso a que España se deslice por la pendiente de la inestabilidad más impredecible. Se hace difícil creer que se pueda estar dispuesto a dejar tal legado que ensombrecerá toda su gestión al frente del país.

Se ha apresurado la secretaria general de los populares, Dolores de Cospedal, a cortar el paso a esta salida con una interpretación que demuestra que el partido ha perdido la brújula, diciendo que la dimisión “no garantizaría que el PP siga en el Gobierno”. Como si fuera eso lo que se dirime en esta crítica hora para España. La renuncia del presidente, insistimos, se acabaría traduciendo casi con seguridad en lo que el país necesita: un final ordenado de la legislatura y elecciones en un horizonte cercano. Durante el debate, el propio Sánchez, acobardado por el Gobierno temerario que va a encabezar, reclamó una y otra vez al presidente que haga uso de ese cartucho. Por esa responsabilidad a la que todos los políticos apelaron ayer en el Hemiciclo, Rajoy debiera rectificar. No puede pretender el dislate de ejercer a partir de ahora como líder de la oposición.

Los acontecimientos políticos de esta semana componen ya una página de nuestra historia surrealista. No otra cosa ha sido una moción de censura que, por su naturaleza, debe ser constructiva y que obliga a quien aspira a liderar un nuevo Gobierno a presentar un programa para ello. Sánchez, en cambio, está a un paso de llegar a La Moncloa sin desvelar ni qué pretende hacer ni qué “concesiones”, como le reclamó sin rubor el portavoz del PNV, va a otorgar a los independentistas. Sólo un gesto de cordura este viernes nos evitaría un viaje hacia ninguna parte.

01 - Junio - 2018

Un Gobierno inviable

EL PAÍS (Director: Antonio Caño)

La moción desalojará a Rajoy, pero no generará más estabilidad política

La resistencia de Mariano Rajoy a dimitir —aún queda formalmente tiempo para que lo haga y apelamos enfáticamente a su responsabilidad para que responda en ese sentido— ha dejado al Congreso de los Diputados atrapado entre dos tiempos y requerimientos difíciles de conciliar entre sí.

Por un lado, un indiscutible imperativo ético obliga a desalojar al presidente de La Moncloa —que se despide insultando al Parlamento y a los votantes con su ausencia en la sesión vespertina y abrir un nuevo tiempo que dignifique la política y las instituciones democráticas lejos de la corrupción generalizada del PP. Por otro, si la Cámara censura con éxito al Gobierno, el tiempo de la urgencia ética deberá dar paso al tiempo normal de la política bajo otro Gobierno, que debería contar con un programa y apoyos parlamentarios que proporcionen estabilidad política y económica en un momento especialmente delicado. Desafortunadamente, no va a ser así.

Como se constató este jueves en el hemiciclo, ni el presidente del Gobierno puede continuar ni el líder de la oposición tiene la capacidad política de liderar un Ejecutivo estable y coherente. La gobernabilidad de España está a punto de pasar de las manos de un líder, Mariano Rajoy, culpable de esta crisis institucional por su incapacidad para afrontar su responsabilidad política, a otro, Pedro Sánchez, que rechaza acudir a la ciudadanía para obtener un mandato claro para seguir adelante. Con su rechazo a convocar a las urnas para solventar esta grave crisis, los líderes de los dos partidos que han gobernado la democracia muestran que no tienen confianza en sí mismos ni en sus votantes para que renueven el apoyo que en otros tiempos les dieron. El rechazo de uno a dimitir tras haber perdido la mayoría y del otro a ir a las urnas para tener una mayoría estable se convierte así en un elemento adicional de la crisis del sistema democrático en el que la política se ha instalado desde 2015. Con su proceder, tanto uno como otro pretenden evitar el castigo de sus votantes en las urnas, aunque cabe preguntarse si a la larga no lo agravarán. Esto es lo más probable.

Asistimos, en realidad, al duelo entre dos políticos sin futuro; al último impulso, quizá, de dos dirigentes de dos partidos que se agarran desesperadamente entre sí ante el viento que los arrastra. Uno y otro parecían calcular si es mejor o peor apurar unos cuantos meses en La Moncloa para pilotar así en mejores condiciones las próximas elecciones. Entendemos que, no importa cuál de los dos pilote, ambos conducen la nave hacia un destino fatal. En ningún momento en el duelo Sánchez-Rajoy parecía adivinarse la menor preocupación por los intereses ciudadanos.

Mucho nos tememos que la crisis del sistema, ya grave, se agudizará si Sánchez logra su empeño de instalarse y permanecer en el Gobierno con el magro apoyo que proporciona un núcleo estable de 84 diputados que solo de forma excepcional ha logrado sumar una mayoría absoluta para lograr su investidura. Gobernar un país que afronta retos políticos, económicos, sociales y territoriales de indudable calibre con un apoyo tan exiguo sin duda generará inestabilidad, y con ello contribuirá a deteriorar la confianza en las instituciones.

Prueba de la artificialidad e inviabilidad del Gobierno que se propone es el programa que presentó Sánchez en el Congreso, que incluye la pretensión de gobernar con los Presupuestos Generales recién aprobados por el PP, al que aspira a desalojar, y que fueron motivo de una enmienda a la totalidad de su partido por su carácter supuestamente antisocial y regresivo. O el empeño en sacar adelante una importantísima agenda legislativa en materia económica y social desde un Gobierno monocolor que, con 84 diputados, representaría el 24% de los escaños de la Cámara.

Más preocupa si cabe el deseo expresado por el candidato de “tender puentes” y “dialogar” con las fuerzas independentistas catalanas cuando se sabe que ese diálogo —como dejó muy claro Tardà y ratificó después Iglesias— solo puede versar sobre el cómo y el cuándo se celebrará una consulta sobre la independencia de Cataluña. Hay que recordar que el bloque constitucional formado por el PP, el PSOE y Ciudadanos que ha gestionado la respuesta a la crisis catalana y la aplicación del artículo 155 ha contado con 254 escaños, esto es el 72% de la Cámara. Sin embargo, con sus 84 escaños, el PSOE será minoritario en la coalición de 180 diputados con la que pretende gobernar, pues todos los partidos que le apoyan (Unidos Podemos, Bildu, ERC, PDeCAT y PNV) son partidarios, de una forma o de otra, del derecho a decidir, eufemismo de un derecho a la autodeterminación que no cabe en la Constitución. ¿Puede aspirar Sánchez a gestionar la crisis catalana siendo minoría dentro de su propia coalición parlamentaria y siendo minoría dentro del bloque constitucional? Difícilmente.

Desalojar a Rajoy, insistimos, es un imperativo. Intentar gobernar sin apoyos o, peor, con unos apoyos contraproducentes, una imprudencia. Tal y como hemos sostenido, en aras de evitar la inestabilidad y la deslegitimación del sistema democrático, apelamos a una pronta convocatoria a las urnas en fecha pactada por todos los grupos parlamentarios que quieran garantizar la estabilidad y la gobernabilidad y que piensen que la solución más eficaz y más democrática es dar la voz a los ciudadanos.

01 - Junio - 2018

El PSOE vende a España

ABC (Director: Bieito Rubido)

El paso del PP a la oposición no debe traducirse en un enroque numantino. Está obligado a hacer en la oposición y en menos de un año, la renovación que pudo haber hecho con tranquilidad y desde el poder, y que no hizo por un exceso de arrogancia en la valoración de sus propias fortalezas

El definitivo apoyo de los cinco diputados del PNV garantizó ayer a Pedro Sánchez la mayoría absoluta necesaria para el éxito de la moción de censura. Si los grupos que hoy intervienen en la segunda sesión del pleno del Congreso mantienen el sentido de su voto, el secretario general del PSOE será investido presidente del Gobierno y el PP pasará a la oposición. Se pondrá fin a un periodo de gobierno iniciado en diciembre de 2011, con una mayoría absoluta que fue decayendo en 2016-17 a mayorías relativas. Ningún escenario político obedece a causas únicas. La caída de Rajoy no iba a ser la excepción. La moción de censura del PSOE ha cabalgado a lomos de errores –serios– cometidos por el Gobierno y el PP, principalmente en su agenda política, de comunicación y de lucha contra la corrupción. Pero no hay que confundirse ante el significado ético y político del acceso de Sánchez a La Moncloa. Aparte del impagable servicio prestado por la izquierda judicial –preparado y aquilatado desde hace tiempo–, Sánchez entrará en La Moncloa de la mano de los proetarras de EH Bildu, quienes ayer mismo, mientras anunciaban su apoyo al candidato socialista, rendían homenaje al autor del primer asesinato de un guardia civil.

Si grave es la corrupción económica, peor es la corrupción moral del PSOE que suprime los escrúpulos necesarios para no aceptar nada de los apologistas del terrorismo. Sánchez también entra en La Moncloa a hombros de Esquerra Republicana de Cataluña y del PDECat, partidos que quieren romper España, derogar la Constitución y que han puesto al frente de la Generalitat a un digno representante del neofascismo xenófobo y racista, avalado desde ayer por la condescendencia de Pedro Sánchez para con sus diputados. No es compatible el esfuerzo de la Justicia española –empezando por el Tribunal Supremo– con este pacto político innegable del PSOE con los separatistas catalanes. Se abre una nueva etapa para España en la que la izquierda ha conseguido articular esa mayoría revanchista y revisionista que tanto anheló Rodríguez Zapatero, a quien Pedro Sánchez puede superar en su balance frentista. Sánchez llega a La Moncloa para quedarse y para usar el poder con la misma vocación intervencionista que Zapatero. Nada va a quedar sin ser alterado: el consenso constitucional, la respuesta frente al separatismo catalán, el régimen estatutario vasco, la memoria histórica, la estabilidad financiera, la Justicia y la educación. Este es el programa de gobierno de Pedro Sánchez, tan lesivo para España que no tuvo la decencia de reconocerlo. Los peores enemigos de España están esperanzados por lo que puedan rebañar de la debilidad de Pedro Sánchez, presidente títere de una coalición de partidos ansiosos por conseguir en La Moncloa lo que no les ha permitido el Estado de Derecho, la Constitución y la dignidad nacional.

Ninguno de sus nuevos aliados echa de menos nuevas elecciones y sólo la pulsión antisistema de alguno de ellos puede provocar el fracaso de esta mayoría disfuncional amalgamada por el eterno rechazo al PP. También es una nueva etapa para el PP, cuyo paso a la oposición no debe traducirse en un enroque numantino ni en una tabla rasa de sus errores pasados. Por el contrario, este cambio le obliga a hacer en la oposición y en menos de un año, la renovación que pudo haber hecho con tranquilidad y desde el poder, y que no hizo por un exceso de arrogancia en la valoración de sus propias fortalezas y de las debilidades ajenas. La desafección por la iniciativa política y la confrontación ideológica también ha mermado la envergadura del Gobierno del PP.

Rajoy ha optado por no dimitir porque su dimisión no garantizaba una nueva investidura de otro candidato del PP. Es cierto, pero tampoco el PSOE tendría garantizada la investidura de su candidato en un escenario político que sería distinto y en el que la ausencia de una mayoría suficiente para la investidura de cualquier candidato acabaría forzando unas nuevas elecciones, que debería ser el objetivo legítimo para la salida de esta crisis. La insistencia de Rivera en una dimisión que abriera en una transición pactada cayó en saco roto. El centro derecha político tiene que reaccionar. Ya basta de más de lo mismo. No ha servido para nada la renuncia de principios ideológicos esenciales para ganarse de la izquierda la palmadita en la espalda. Debe organizarse en torno a proyectos sólidos, sin caer en más personalismos, y prepararse para la batalla ideológica frente a una coalición que no sabrá gobernar España, pero sí le hará todo el daño posible.

31 - Mayo - 2018

El final de Mariano Rajoy

Ignacio Escolar

Rajoy tiene muchos caminos pero todos le conducen al mismo final. Haga lo que haga es historia, y a la historia, más pronto que tarde, pasará

Puede que Mariano Rajoy aún no lo sepa, pero lo que ha ocurrido hoy en el Parlamento es su final, incluso si el pronto expresidente del Gobierno sigue fiel a su máxima más famosa, la que le dijo a la mujer de Bárcenas: “La vida es resistir”. Tal vez lo intente otra vez, pero esta vez ya no depende de él. Haga lo que haga, Rajoy no tiene una salida que evite en poco tiempo su final.

Tal vez recapacite y, antes de que se produzca la votación, haga caso a las muchas voces en la derecha que le piden dimitir para que el PP –que no él– intente mantener el Gobierno. Es dudoso que lo haga, no solo por la contundencia del desmentido al respecto que ha ofrecido María Dolores de Cospedal. No lo hará porque nadie puede obligarle. No lo hará porque no quiere hacerlo. Y no lo hará porque lo dicho por la ministra de Defensa es probablemente la verdad: el PP no cuenta hoy con los apoyos suficientes en la cámara para garantizar una nueva investidura. Nunca los tuvo, en realidad. Rajoy resistió al fin de su mayoría absoluta por la enorme división de los partidos de la oposición y por la vergonzosa rendición del PSOE de la gestora con su abstención ante el chantaje de una nueva repetición electoral. Salvo sorpresa, Pedro Sánchez sacará la moción de investidura con 180 votos a favor. Irónicamente, son diez votos más de los 170 que logró en su investidura Mariano Rajoy.

Tal vez Rajoy este buscando otra salida y por eso no dimite: resistir desde la oposición e incluso intentar repetir como candidato, buscando en las urnas una nueva absolución. Es difícil que lo logre, incluso en un partido tan caudillista como el PP. Con su caída, se van al paro unos 2.000 altos cargos –que, sin duda, se van a tomar este cambio bastante mal–. La guerra interna en el PP va a ser brutal; sirva de ejemplo los navajazos que se están dando en el partido de Madrid, y eso que aún mantiene el Gobierno regional. La imagen de Rajoy está achicharrada. Y desde la oposición, esta vez, es muy dudoso que Rajoy pueda aguantar.

La moción de censura ha triunfado por una razón: la corrupción. Su corrupción. Que sí pasa factura, por mucho que se dijese que no. La sentencia de la Gürtel es tan clara que de poco han servido las mentiras con las que el PP la ha querido tapar. Ni siquiera el PNV, y su pragmatismo habitual, podía quedar retratado como el partido que permitía resistir a M. Rajoy.

La tarde de su jueves más negro, el del hundimiento, Rajoy la pasó en un búnker peculiar. En un lujoso restaurante de Madrid, en el que se atrincheró con sus más cercanos desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche; comida-merienda-cena. Mientras el PNV sentenciaba su caída, en su escaño, en el Congreso, solo había un bolso: el de Soraya Sáenz de Santamaría. Muchos de los diputados del Partido Popular no olvidarán lo simbólico de este final. “El partido se hunde y al jefe le da igual”, decían en los pasillos del Parlamento. Huérfanos de un líder político que siempre puso sus intereses personales por encima de todo lo demás.

Rajoy tiene muchos caminos pero hoy todos le conducen al mismo final. Haga lo que haga es historia, y a la historia, más pronto que tarde, pasará.

01 - Junio - 2018

A Rajoy lo echa la democracia

Jesús Maraña

Escribámoslo pronto y claro: a Mariano Rajoy lo echan los votos. Es falso que sea víctima de una especie de conspiración encabezada por Pedro Sánchez, a su vez inspirado por Pablo Iglesias, un complot en connivencia con los independentistas para hacerse con el poder poniendo en riesgo la unidad de España. La estrategia de la mentira tiene un límite. Y Rajoy y el PP lo han traspasado con creces. Perdieron el poder en 2004 por mentir sobre el 11-M y ahora lo pierden por instalarse en la posverdad sobre la corrupción.

A Rajoy lo echan los votos porque los partidos que deciden apoyar la moción de censura representan casi un millón de votos más que quienes se oponen a ella, según los resultados de las últimas elecciones generales celebradas en junio de 2016. “En democracia gobierna quien gana las elecciones”, ha repetido este jueves Rajoy por enésima vez. Es falso. En una democracia parlamentaria gobierna quien logra mayor respaldo en el Congreso. Así ha sido desde 1978 porque así lo estipula la Constitución.

A Rajoy lo echa su propia soberbia política, la prepotencia de considerar que basta con negar la realidad para que esa realidad no exista, o no tenga la menor consecuencia política para quien está en el poder. Lo volvió a demostrar en la mañana del jueves al negar desde la tribuna del Congreso que la sentencia de la Gürtel condene al Partido Popular (sólo según él a “determinados militantes” que ya no lo son y a un par de ayuntamientos). Es falso, y cualquiera que se tome la molestia de leer las páginas que recogen los Hechos Probados de esa sentencia comprobará que el presidente del Gobierno y del PP volvía a faltar a la verdad en sede parlamentaria.

A Rajoy lo echa su concepción patrimonialista de la política, que les ha llevado, a él y a su partido, a actuar como si de un cortijo privado se tratara. Tanto desde los gobiernos autonómicos (Madrid y Valencia muy especialmente), podridos de corrupción durante casi tres décadas, como desde una sede central del partido donde circulaban el dinero negro y los sobresueldos como si fueran chuches.

A Rajoy lo echa su empeño en identificar las urnas como una especie de lavadoras de las responsabilidades políticas sobre ese “auténtico sistema de defraudación del erario público” que relata esa misma sentencia con todo detalle. Dar por amortizada toda culpa por acción o por omisión sobre graves delitos que llevan a la cárcel al tesorero que él nombró y a decenas de exdirigentes del PP simplemente porque consiguió mantener el poder (gracias por cierto a una abstención “por responsabilidad” del PSOE) era un engaño mayúsculo que ha terminado costándole la mayoría parlamentaria.

A Rajoy lo echa el uso y abuso del discurso del miedo y la exageración permanente. La insistencia sin límite racional en ese “nosotros o el caos” contiene el riesgo que advertía aquella genial portada de Ramón en Hermano Lobo (no de El Roto, como por error dijo Sánchez en su discurso): llega un día en que el personal se harta y es capaz de responder “¡el caos, el caos!”. Este mismo jueves ha culpado a Sánchez y su moción de censura de las recientes caídas de la Bolsa y la subida de la prima de riesgo, cuando un simple seguimiento de los datos refleja que la causa fundamental hay que buscarla en Italia. (Al menos hasta ahora). La más grave inestabilidad democrática es precisamente la que provoca un presidente del Gobierno instalado en una realidad paralela.

A Rajoy lo echa su excesiva confianza en la influencia de grandes cabeceras mediáticas que llevan una semana despreciando la moción de censura de Sánchez y reclamando editorialmente elecciones anticipadas (las mismas cabeceras, por cierto, que en 2016 presionaron por tierra, mar y aire al PSOE contra la posibilidad de repetir elecciones y también contra cualquier intento de formar un gobierno progresista).

A Rajoy lo echa, obviamente, la moción de censura presentada por Pedro Sánchez, quien ha insistido tantas veces este jueves en ofrecer el “decaimiento” de esa moción si el presidente dimitía que casi le ha faltado pedir perdón por presentarla. Era, efectivamente, “una obligación democrática” plantearla ante la ausencia total de respuesta de Rajoy tras la sentencia de la Gürtel, y que salga adelante es un éxito político de Sánchez con el que el PP no contaba en absoluto a la vista de la desorientación y perplejidad que ha mostrado su cúpula en la tarde de este jueves. (Nos quedamos de momento con la duda de si el propio Sánchez contaba de verdad con ganarla, porque a posteriori toda acción política es tan audaz cuando termina en éxito como disparatada si hubiera acabado en fracaso).

Sería absurdo e ingenuo negar la profunda complejidad que tendrá que afrontar Pedro Sánchez para gobernar en los próximos meses. Claro que es difícil hacerlo con 85 diputados y unos Presupuestos que el propio Sánchez definió en su día como “un ataque al Estado del bienestar” y un “chantaje” del PNV. Claro que muy probablemente se trate de un mandato breve. Claro que se pone a prueba si estamos ante un político que galopa a lomos del azar y guiado por una enorme (pero legítima) ambición de poder o ante un político que ha madurado y está sinceramente dispuesto a ofrecer un nuevo modelo de país centrado en poner freno a la desigualdad económica y social y en abrir una vía de solución política al encaje de Cataluña y Euskadi, asunto capital que Rajoy se ha demostrado incapaz de gestionar salvo para utilizarlo con fines electoralistas.

Se llama democracia. Sánchez tiene perfecto derecho a intentarlo, y se trata de una oportunidad (inesperada y quizás irrepetible) de que las opciones de izquierdas demuestren que pueden entenderse y cooperar superando el sectarismo y la desconfianza mutua. (Conviene no olvidar que aquella mítica portada de Hermano Lobo pocos meses antes de morir Franco incluía una tercera frase. Tras escucharse el clamor de “¡el caos, el caos!”, el orador respondía: “Es igual, también somos nosotros”).

01 - Junio - 2018

Rajoy arrastra a España y al PP al apocalipsis

OkDiario (Director: Eduardo Inda)

La historia juzgará a Mariano Rajoy por su obstinación a la hora de negarse a dimitir. Incluso Pedro Sánchez le exhortó a ello: “Por el país, dimita”. El aún presidente del Gobierno podría haber desactivado la moción de censura del socialista con su renuncia. Sin embargo, se ha agarrado a su cargo hasta última hora y ha entregado el país en las manos de separatistas, comunistas, anarquistas, populistas y los herederos de ETA personificados en Bildu. Un Frente Popular de nuevo cuño que llevará al país hacia un apocalipsis seguro mediante un Ejecutivo inviable. Igualmente, su partido ha sufrido un desgaste tan extremo y evitable que ha acabado destrozado. El PP padecerá las consecuencias de la pasividad de Rajoy tanto a nivel de reputación como de número de votos en los próximos comicios.

El mandatario ha tenido la oportunidad de dimitir y dejar un Gobierno en funciones con su partido al frente hasta que Felipe VI comenzara una ronda de consultas para la investidura de un candidato. Sin embargo, ha preferido que la moción se concrete sin dar posibilidad a algún tipo de negociación en ese tiempo de interinidad. Algo que ha entregado el Ejecutivo del modo más sencillo al Gobierno Frankenstein que encabezará Pedro Sánchez. Una amalgama de siglas a cada cual más radical que marcará el compás del PSOE con veleidades de todo tipo debido a los 85 diputados con los que cuentan los socialistas en el Congreso. Una cantidad pírrica que llevará a la nación a unas elecciones anticipadas o a la destrucción de su estabilidad económica.

La Bolsa se ha situado en números rojos después de saberse que el PNV votaría a favor de la moción. Ha sido la crónica de una muerte anunciada, ya que en los últimos días las pérdidas se contaban por miles de millones de euros. Nadie puede negar que Mariano Rajoy ha sido un buen presidente y su gestión económica, sobresaliente. Sin su trabajo y el de sus ministros —mención especial para Luis de Guindos y Fátima Báñez— España no habría crecido a más del 3% durante tres años consecutivos. Sin embargo, y a pesar de la exitosa reforma laboral o de haber soslayado el rescate financiero en 2012, Rajoy se va por la puerta de atrás y deja el país en una situación insostenible.

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