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Los dos periodistas se echan en cara mutuamente de apoyar la dictadura del general Franco

Emilio Romero y Augusto Assía se echan en cara sus respectivos pasados tras unas críticas del primero a ‘los fracasos’ a Gil Robles

HECHOS

En octubre de 1976 los periodistas D. Emilio Romero y D. Augusto Assía se echaron en cara respectivamente sus vinculaciones con la dictadura franquista.

En las líneas de EL PAÍS se producen algunas de aquellas trifulcas. El director de aquel diario, Sr. Cebrián, había trabajado para don Emilio Romero en PUEBLO, quizá por ello se le permitía escribir en su Tribuna. Uno de sus articulos discutidos fue el que dedicó a don José María Gil Robles definiéndole como un fracasado al estilo de aquel artículo de “El apuntalador de la República” que el franquismo le dedicó en su día.

El primer gran fracaso de Gil Robles fue ese de la República. (…) El segundo gran fracaso de ese monumental luchador que es José María Gil Robles, es aquel que se extiende desde el final de la guerra civil hasta ahora mismo, donde ya comienzan a verse los indicios de lo que va a ser su tercer y último revés. Una vocación política y de poder tan evidente (…)  tenía que buscar un camino para manifestarse, puesto que Franco no daba lugar a nuevas experiencias que tuvieran el sello del pasado. Los políticos, muchas veces, suelen tener más voluntad de poder y de supervivencia que de grandeza. (don Emilio Romero, en EL PAÍS, 21-10-1976)

El Sr. Gil Robles decidió tomárselo con guasa: “Lo único que de verdad podía haberme molestado es que EL PAÍS hubiese insertado un escrito elogioso para mí de Emilio Romero ¡Hasta ahí podrían llegar mis desgracias!”

Pero de replicar aquel artículo irónicamente se encargo el periodista gallego e histórico corresponsal, don Felipe Fernández Armesto en el citado diario bajo su conocido seudónimo de “Augusto Assía” y también en EL PAÍS, le respondió el Sr. Romero con una amenaza a él y a todos las demás plumas ex franquistas.

¿No se da cuenta el señor Romero de que si puede reprochársele a Gil Robles que no haya conseguido derrocar a la dictadura, en cuarenta años de combatirla, no puede reprochársele menos al ex director de PUEBLO el que, en cuarenta años de defenderla, no haya conseguido apuntalarla y consolidarla? ¿Pero es que don Emilio Romero no mira hacia las páginas de PUEBLO que enseñoreó tanto tiempo, hacia el palacio (horrendo palacio, pero palacio) de feo ladrillo desde donde tanto tiempo reinó? Que el señor Romero sienta nostalgias es natural y no hay por qué reprochárselo. Su actitud de Júpiter tonante repartiendo premios y castigos desde la única tribuna con que cuenta, que es la que ponen a su disposición con característica generosidad los liberales [EL PAÍS], es un tanto patética. (D. Felipe Fernández Armesto “Augusto Assía”, EL PAÍS, 22-10-1976)

Augusto Assía viene a sostener que mis compromisos en el régimen de Franco me restan la autoridad necesaria para mis discrepancias con Gil Robles. Lo malo es que uno tiene memoria y Augusto Assía parece que ha olvidado su franquismo. Lo voy a recordar. Pues fue redactor en el periódico del Movimiento “La Voz de España” a las órdenes de Juan José Pradera, uno de los más caracterizados franquistas, derechistas e integristas del país. Luego el propio Pradera se lo trajo a Madrid, cuando ya era director del diario YA, el gran periódico franquista de la Editorial Católica. Se deduce que la mejor receta para vivir tranquilos es tener la lengua quieta, para evitar que se desaten otras. En este caso la mía. (D. Emilio Romero, EL PAÍS, 27-10-1976).

Es justo añadir que el Sr. Romero acertó en su diagnóstico al último intento político del Sr. Gil Robles, la formación con la que concurrió a las primeras elecciones “Federación Democracia Cristiana – EDC” junto con el Sr. Ruiz Giménez y parte de la redacción de CUADERNOS se saldó en un estrepitoso fracaso.

21 - Octubre - 1976

CARTA A AREILZA

Emilio Romero

El discurso que has pronunciado en la presentación del libro de Gil Robles, y que ha reproducido íntegramente EL PAIS, me ha parecido sobrecogedor de parcialidad y de olvido de la Historia. He tenido la tentación de escribirte, en este periódico abierto.Haces una calificación global de José María Gil Robles como luchador: Y estoy de acuerdo. Fue un luchador admirable durante la República: fue un luchador después de la guerra civil en el propósito de reconducir la victoria nacional de 1939 a sus personales soluciones políticas, y ahora mismo es un luchador cuando va no es de recibo tener al frente de los cuadros políticos a personajes de esa larga navegación.

Pero simultáneamente a este reconocimiento objetivo y honesto, alguien tiene que decir que José María Gil Robles no es otra cosa que un admirableluchador desafortunado. Su gran operación política en la República consistió en añadir a aquel Estado a muchos de aquellos que no contribuyeron a instaurarlo, y que, incluso, estaban enfrente. Las derechas españolas de entonces no trajeron la República, sino que fueron las izquierdas. Entonces José María Gil Robles hizo el esfuerzo de llevar las derechas a la República, salvo algún grupo minoritario monárquico que se mantuvo en su sitio ¿Y qué súcedió? Pues que cuando el país dio el triunfo en las urnas a José María Gil Robles en 1933 las izquierdas no lo aceptaron, e hicieron la llamada «revolución de octubre». La acusación era que la República no podía ser gobernada por otros que no fueran los republicanos. Y no credencializaban a Gil Robles, a sus numerosos diputados, y a media España. Pero Gil Robles siguió fiel a aquel Estado, Y hasta hizo el sacrificio de prescindir de un hombre de su compañía, de José María Valiente, porque un día fue a ver a don Alfonso XIII a Fontainebleau. No tuvo otro remedio que apoyarse para gobernar en los republicanos descalificados de Lerroux ¿Tranquilizaba al presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, ya que era un republicano de derechas?. Tampoco. El presidente fue un conspirador permanente contra el Gobierno de los católicos y de los radicales. Le inventaría un día el «centrismo» de Portela, para desalojarle del Congreso y de las urnas. y contener a las izquierdas.

Cuando otra vez se invitó al pueblo español a manifestarse en las urnas, en 1936 -para que aclarara estos antagonismos insalvables de la segunda República- José María Gil Robles, con soberbia famosa, no aglutinó a todas aquellas derechas, mientras que lo realizaban eficazmente las izquierdas. El resultado fue que perdieron las elecciones las derechas y empezó la gran cacería nacional. Aquél desastre, y su clima subsiguiente, tenían un nombre: José María Gil Robles. Cuando elementos armados de la izquierda fueron a asesinar a Calvo Sotelo, buscaron también en sus domicilios a José María Gil Robles y a Goicoechea. Pero no estaban, y así la «España Nacional» en lugar de tener un «protomártir», hubiera tenido tres, y en estos instantes en el santoral del franquismo figuraría el Glorioso nombre de José María Gil Robles. Todo esto está contado, con abundante riqueza de testimonio, por el propio Gil Robles en su libro «No fue posible la paz». El primer gran fracaso de Gil Robles, querido José María de Areilza, fue ese de la República. Naturalmente se propuso acertar, y puso grandes dosis de sacrificio, de talento y de honestidad en este cometido; pero el fracaso fue una solución terrible: la guerra civil. Cualquier día algún historiador de la viveza, la desenvoltura y del valor de Ricardo de la Cierva, va a decirnos a los españoles la galería de los grandes responsables de la guerra civil, cualquiera que sean sus significaciones políticas, tanto de la derecha como de la izquierda. Está terminándose de hablar, exclusivamente de sus protagonistas.

El segundo gran fracaso de ese monumental luchador que es José María Gil Robles, es aquel que se extiende desde el final de la guerra civil hasta ahora mismo, donde ya comienzan a verse los indicios de lo que va a ser su tercer y último revés. Una vocación política y de poder tan evidente y legítima como la de José María Gil Robles, tenía que buscar un camino para manifestarse, puesto que Franco no daba lugar a nuevas experiencias que tuvieran el sello del pasado. Los políticos, muchas veces, suelen tener más voluntad de poder y de supervivencia que de grandeza. Entonces el único camino de José María Gil Robles era don Juan de Borbón. Su viejo partido se había volatizado en la gran decepción. Pero el caso es que a lo largo de los tres años de la guerra civil, y en la zona nacional, no se había producido a gran escala un clamor de restauración monárquica como solución política de la victoria. Las gentes estaban en otra onda. Los últimos períodos políticos, monárquicos y republicanos, aparecían desacreditados. Nos habían llevado a esa guerra. Los monárquicos relevantes en la zona nacional eran más conspiradores que combatientes; y los militares de gran responsabilidad tenían un gran temor a entregar el país a un príncipe joven y sin experiencia, educado en el extranjero, tras el enorme caudal de sacrificios de la guerra, las montañas de muertos y el torrente de odios. La segunda guerra mundial, por otra parte, estaba encima, y aconsejaba un Estado y un Gobierno fuertes. Y una última cosa, que era la vocación de mandar del general Franco, y para un largo período. Franco no era un militar de transición, sino de soluciones. Entonces José María Gil Robles empezó una larga conspiración de cuarenta años. Una larga conspiración, decía Talleyrand- nunca es un éxito político, sino una ejemplar y admirable obstinación. José María Gil Robles no solamente no devolvió el trono a don Juan de Borbón, sino que la restauración la hizo Franco en la persona de don Juan Carlos I. Este fue su segundo y tremendo fracaso.

El terero se está cociendo ahora en dos direcciones. En las naciones post-fascistas, las derechas se aglomeraron en un bloque sólido y moderno, frente a la izquierda histórica, y gobiernan prácticamente desde entonces. José Marí.a Gil Robles hizo difícil, y lo hace ahora mismo, este fenómeno político para España. Las derechas vienen del franquismo y no del exilio. Esto lo sabe la izquierda muy bien. Gil Robles sostiene que la democracia española que estamos empezando a reconstruir no deben hacerla y habitarla otras gentes que aquellas que tienen credenciales democráticas antifranquistas, o ,que están limpios de colaboración con el franquismo. En, este caso, querido José María de Areilza, tampoco te salvas, pues has sido el más lucido y el más brillante embajador de Franco. Nada menos que cerca de Kennedy y de De Gaulle. Es lo mismo que hicieron con él los republicanos del 31. Un error que luego se pagó caro. Y el caso es que todos aquellos que están limpios de colaboración con el franquismo, o son republicanos -que es la mayor parte de la oposición- o tienen antecedentes republicanos como José María Gil Robles. El resultado sería pintoresco. Si ahora se aceptaran las sugerencias de José María Gil Robles, se devolvería otra vez el trono al exilio ¡Gran final! Tus deseos de una Monarquía como, la de los belgas -que no debe ser una utopía- tienen el grave inconveniente de que nuestra estructura política es más parecida a la italiana, o a la francesa, y son dos Repúblicas. Todo esto lo sabes mejor que yo y no se puede decir en voz baja. La cortesía en la presentación de un libro no obliga nunca a olvidar la Historia, ya no ver la realidad.

Te añades, finalmente, admirado y querido Areilza, a la tesis de Gil Robles de haber restaurado la Monarquía y de la -democracia -que se pretende ahora en la década 40-50. Aquella España lo hacía imposible. Me sorprende que puedas decir esto. Estaría dispuesto a compartir contigo la tesis de una restauración en vida de Franco, con las heridas un poco más secas. Un día se lo oí decir a su hermano Nicolás. En esa década estaban calientes los 600.000 muertos; se había hecho la represión, estaba en desarrollo la guerra mundial; había un triste y activo exilio de centenares de miles de españoles; la literatura política de entonces era atroz de triunfalismos y de revanchismos en los dos lados. Estaba el «maquis» en las montañas, y pasaron los Pirineos unidades militares españolas combatientes en Francia. Los monstruosos «paseos» de uno y otro lado eran el vivo rescoldo de la guerra civil en todas las familias. La renta era de 200 dólares, el éxodo del campo a las ciudades era pavoroso, inventándose el infame suburbio; y el hambre y las epidemias se instalaban en el país. Desde Potsdam, y desde cualquier cancillería, no se postulaba la «reconciliación», sino la victoria y el regreso de los derrotados mientras que el Ejército, con sus emociones, compromisos y servicios, estaba de pie. Todo eso era reincidir en la guerra civil, todavía más feroz, porque había más cuentas pendientes. Poner al conde de Barcelona en el trono, con los conspiradores monárquicos al lado, era toda una insensatez. Tu razón comienza, solamente, cuando en los últimos años se necrosa el Régimen, tapa su salida, y te vas a la oposición. Tu última razón admirable es no haber aceptado tomar parte en el Gabinete Suárez, que es como un gran baúl de los disfraces. Ahora el gran objetivo del Rey es borrar sus orígenes, porque el mundo internacional no admite sucesores de Franco y esta es una operación llena de sutileza. Cuando los comentaristas superficiales localizan el poder en Castellana, 3, uno se sonríe para dentro. En estos momentos la dirección política está en la Zarzuela, mediante una «Monarquía del camello». Cuando se pronuncie el pueblo en las mesas, la Monarquía tendrá que regresar al «ski». No estamos ante un Gobierno de transición, sino ante una Monarquía de transición. Ahora hay más Hassan que Balduino, y luego tendrá que ser al revés. Los «ministros boys» son una alegre caravana del desierto. Gil Robles no se había enterado que el conde de Barcelona era aquí imposible, y don Juan Carlos no era posible fuera. Sentiría mucho que te radicalizara la insatisfacción actual, la solución norteafricana de la Monarquía. Tu talento merece encontrar el sitio necesario y justo, contra tanto despilfarro de ingenios, tanto aprovechamiento de bobos, y tanta resurrección de esperpentos.

Emilio Romero

22 - Octubre - 1976

EMILIO ROMERO Y GIL ROBLES

Felipe Fernández Armesto 'Augusto Assía'

¿Qué es lo que, en política, merece más respeto?¿Merece más respeto haberse dedicado cuarenta años sin éxito a una causa que, al fin de los cuarenta años, se muestra razonable o haberse dedicado con éxito a una causa que, al fin de los cuarenta años, se muestra irrazonable?

Este es el dilema que surge de la carta a Areilza con que don Emilio Romero denuncia a Gil Robles porque no fue capaz de evitar, primero, y desbancar, después, a la dictadura.

Gil Robles no consiguió ninguna de las dos cosas a las que tanto y tan asiduamente sirvió y esto indudablemente es un fracaso que el señor Romero tiene perfecto derecho a echarle en cara y no sería yo quien tratara de impedírselo. Ahora bien, ¿no se da cuenta el señor Romero de que si puede reprochársele a Gil Robles que no haya conseguido derrocar a la dictadura, en cuarenta años de combatirla, no puede reprochársele menos al ex director de PUEBLO el que, en cuarenta años de defenderla, no haya conseguido apuntalarla y consolidarla?

Si los sindicatos verticales, si el periódico PUEBLO, si el entero artilugio a que don Emilio Romero sirvió con tanta asiduidad y, probablemente, tanto entusiasmo y tanta inteligencia como los combatió Gil Robles, fueran hoy, o por lo menos dieran la sensación de serlo, tan poderosos, tan inflexibles, tan inevitables como pareció que lo eran hasta hace poco, aún podría explicarse (porque al fin el hombre de nada se deja guiar más que de las apariencias) la suficiencia con que don Emilio Romero alecciona, no sólo a Gil Robles, sino también a Areilza, y reparte patentes de éxito y fracaso.

¿Pero es que don Emilio Romero no mira hacia las páginas de PUEBLO que enseñoreó tanto tiempo, hacia el palacio (horrendo palacio, pero palacio) de feo ladrillo desde donde tanto tiempo reinó, y hacia los sindicatos verticalesen los que tanto se apoyó? Si mira, ¿ve otra cosa que escombros?

Yo no digo que no sea posible que prediciendo ahora el fracaso inminente de la monarquía por la que aboga Gil Robles, el ex director de PUEBLO no acierte mas que acertó cuando cantó las excelencias de la dictadura.

No tienen unos que equivorcarse siempre y otros acertar siempre.

La cuestión es que ni aun después de las experiencias, don Emilio Romero, de cuya perspicacia es difícil dudar, se dé cuenta de que los ideales que defiende don José María Gil Robles pueden, o pueden no, ser realizables, pero, desde luego, son bajo todos los prismas de la mentalidad europea, razonables, mientras los que don Emilio Romero defendió (y no se si defiende todavía) durante cuarenta años, nunca, en ninguna parte de Europa ni en ningún momento fueron razonables, aunque fueran aquí posibles mientras ni aquí mismo son ahora ya posibles.

Que el señor Romero sienta nostalgias es natural y no hay por qué reprochárselo.

Su actitud de Júpiter tonante repartiendo premios y castigos desde la única tribuna con que cuenta, que es la que ponen a su disposición, con característica generosidad, los liberales, es un tanto patética, rnientras, ¿qué es la frase con que pretende describir al actual Gobierno llamándole un gran baúl de los disfraces? ¿Pero no tiene don Emilio Romero un espejo para ponerlo ante el palacio del número 16 al 20 de la Castellana o ante el palacio del antiguo Senado si lo que busca es carnavales?

Augusto Assía

27 - Octubre - 1976

UNA APOSTILLA DE EMILIO ROMERO

Emilio Romero

Augusto Assía tiene una especial predilección por leer y replicar mis artículos, asunto que agradezco; ahora lo ha hecho, y a las veinticuatro horas de leer mi último texto publicado en este periódico. Viene a sostener que mis compromisos en el régimen de Franco me restan la autoridad necesaria para mis discrepancias con Gil Robles en mi imputación de sus fracasos. Augusto Assía, espléndido periodista, es un credencialista más de esos que tanto abundan para definir quiénes han de hablar, y quiénes han de callar en esta hora de la vida española. Y el hombre lo dice desde una plataforma liberal que se ha puesto debajo. Lo malo es que uno tiene memoria, y Augusto Assía parece que ha olvidado su franquismo. Lo voy a recordar. Yo tengo el orgullo de haber dirigido periódicos de la cadena del Movimiento en provincias, entre los años 42 y 46; y luego el orgullo y satisfacción de haber sido director de PUEBLO de Madrid durante veintidós años.¿Y cuál es el curriculum del señor Assía? Pues fue redactor en el periódico del Movimiento La Voz de España,de San Sebastián, durante la guerra civil, a las órdenes de Juan José Pradera, uno de los más caracterizados franquistas, derechistas e integristas del país, hijo de Víctor Pradera. Luego el propio Pradera se lo trajo a Madrid, cuando ya era director del diario YA, el gran periódico franquista de la Editorial Católica. Augusto Assía obtuvo cierto monopolio por parte de Franco en alguna corresponsalía y estuvo en Estados Unidos, en Inglaterra, y en Alemania. Asimismo enviaba crónicas a LA VANGUARDIA de barcelona, periódico del conde de Godó, y al principio y durante mucho tiempo, lo dirigía aquel franquista furibundo que fue Luis de Galinsoga. A Emilio Romero, sin embargo, lo echó del periódico Información, de Alicante, un gobernador por no prestarse a ser su «cronista oficial». Pidió la cabeza de Emilio Romero un alcalde de Lérida, y un gobernador, por su sentido crítico del oficio periodístico. Y Juan José Pradera, el protector de Augusto Assía, lo echó de la dirección de PUEBLO, en 1954, por no prestarse a formar parte de su séquito político-económico. Mientras todo esto, y muchas cosas más, le ocurrían a Emilio Romero, por ser un crítico de la situación, don Augusto Assía vivía en el mejor de los mundos. Alimentado y agasajado por el franquismo.

Donde se deduce que la mejor receta para vivir tranquilos es tener la lengua quieta, para evitar que se desaten otras. En este caso la mía.

Emilio Romero

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