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Polémica entre el escritor Goytisolo y el editor Carlos Barral por un premio concedido a Juan Marsé en vez de a Manuel Puig

HECHOS

En el verano de 1979 el diario EL PAÍS dio espacio a una polémica entre el escritor D. Juan Goytisolo y el editor D. Carlos Barral.

En julio de 1979 el escritor D. Juan Goytisolo publicó una carta que tenía multitud de referencias irónicas. Una de ellas, aunque no lo citara por su nombre, era para el editor y senador del PSC-PSOE, D. Carlos Barral, por una cuestión personal vinculada a un premio no concedido al escritor argentino D. Manuel Puig.

Este era el artículo íntegro, que causó una respuesta del aludido:

NUEVAS CARTAS MARRUECAS DE BEN-BELEY A GAZEL

Juan Goytisolo, EL PAÍS, 24-07-1979

En nuestro anterior intercambio epistolar mencionabas tu proyecto de construir un archicanal con la figura de las aspas de san Andrés que, desde La Coruña, había de llegar a Cartagena, y desde el cabo de Rosas hasta el de san Vicente, de modo que estas dos líneas se cortaran en Castilla la Nueva, formando una isla a la que se pondría tu nombre para inmortalizar al proyectista. Como probablemente no conservarás copia de tu carta, me permitiré reproducir algunos párrafos de ella cuya índole profética les confiere una vivísima actualidad: «Ya tenemos, a más de las ventajas civiles y políticas de este archicanal, una división geográfica de España muy cómodamente hecha en septentrional, meridional, occidental y oriental… Quiero que en cada una de estas partes se hable un idioma y se estile un traje. En la septentrional ha de hablarse precisamente vizcaíno; en la meridional, andaluz cerrado; en la oriental, catalán, y en la occidental, gallego. El traje de la septentrionalta de ser como el de los maragatos, ni más ni menos; en la segunda, montera granadina muy alta, capote de dos faldas y ajustador de ante; en la tercera, gambeto catalán y gorro encarnado, y en la cuarta, calzones blancos, largos, con todo el restante del equipaje que traen los segadores gallegos. Item, en cada una de las mencionadas, citadas y referidas cuatro partes integrantes de la Península, quiero que – haya su iglesia patriarcal, su universidad mayor, su capitanía general, su chancillería, su intendencia, su casa de contratación, su seminario de nobles, su hospicio general, su departamento de marina, su tesorería, su casa de moneda, sus fábricas de lana, se da y lienzos, su aduana general», etcétera. A lo largo de mi reciente viaje por ésta, he tenido ocasión de comprobar que tu poderosa imaginación de proyectista se ha convertido en una pasmosa realidad. El archicanal con figura de aspas existe, y hasta ha surgido una densa y enmarañada red de subcanales, acequias y canalillos, Cada una de las partes que describes posee -o está en vías de posee- bandera, escudo, himno, lengua e indumentaria propios: los catalanes dan cursos acelerados de su idioma a los charnegos, los vizcaínos exigen el suyo a los maketos, los usuarios del ceceo y seseo luchan con encono por imponer su modalidad fonética al andaluz, los gallegos proyectan cursillos de alfabetización para los zamoranos, y el ejemplo de estas cuatro magnas islas cunde que es un portento. Mallorquines y valencianos claman al unísono que su lengua es el mallorquí y valencià, y no la de Verdaguer; los astures planean resucitar e impartir la enseñanza en bable; los canarios aprenden afanosamente el guanche; los aragoneses se inician en los arcanos de un idioma misteriosamente conservado -algunos dicen congelado- en un remoto glaciar de los Pirineos. Y de la lengua, la querella interinsular ha trascendido a la política, la economía, la cultura y todos los órdenes de la vida social: los santanderinos afirman que son cántabros; los leoneses que no son castellanos; los salmantinos, que no son leoneses; los madrileños, que no son manchegos; los albaceteños, que no son murcianos.

Los diferentes cabildos insulares han resuelto cortar los puentes que sobre el archicanal, canales y canalillos unían entre sí a las islas a fin de evitar incidentes. El Partido Socialdemócrata Menorquín estigmatiza el imperialismo de Mallorca; Cartagena asevera que no es Ayuntamiento, sino cantón; Oviedo y Gijón hablan de dirimir por las armas su feroz contienda universitaria; y un Collectiu de Lesbianas del País Valencià denuncia la mentalidad paternalista y colonial de sus homólogas barcelonesas y madrileñas. En medio del vocerío general comienza a vislumbrarse la necesidad de crear un pasaporte común a todos los insulanos, de forma que permita la libre circulación de personas y bienes de una isla a otra, y los espíritus más clarividentes estudian incluso la posibilidad de forjar un esperanto íbero destinado a facilitar los contactos científico-literarios de los hombres de cultura del vasto archipiélago y evitar así el engorro de los subtítulos y sistemas de traducción simultánea en los congresos y reuniones de una futura comunidad económica de las islas ibéricas.
En un momento en que el condado de Treviño y el rincón de Adamuz -ambos perfectamente rodeados de sus correspondientes canales- dedican la partida mayor de sus magros presupuestos a la invención de una lengua y cultura castizas -esto es, independientemente de las alavesas y las valencianas-, la convocatoria de una asamblea de las diversas academias isleñas adquiere caracteres de urgencia, Para la elaboración del nuevo esperanto, el secretariado de la comisión interacadémica ha decidido recurrir a la sabiduría y experiencia de don Antonio Cubillo, cuya meritoria reconstitución del guanche a base de elementos tuaregs, bereberes y otros estupendos idiomas africanos es hoy un modelo en el género y un punto de referencia obligado.

Esta notable transformación geográfica de la Península en archipiélago ha sido acompañada de una no menos notable evolución de las mentalidades y costumbres indígenas. Si volvieras a visitar la ex Península, mi pobre Gazel, te quedarías suspenso de la magnitud de los cambios operados tras la muerte del último dictador peninsular; pero basta escarbar un poco para advertir que, aun en medio del colectivo desmadre, los factores tradicionales -lo que los noventa y ochistas llamaban esencias- permanecen y actúan. Aparentemente, los nuevos políticos isleños conocen el dicho plus ça change, plus ç’est la même chose y obran en consecuencia. La canalización y aislamiento no han desterrado los antiguos defectos que me señalabas: los han miniaturizado y reproducido. Aunque la lista sería interminable, te referiré, no obstante, dos sabrosísimos ejemplos di la peculiar «sinrazón» a la que aludía un conocido poeta: la prensa abunda en ellos, y el coleccionista -incluso un archivero tan concienzudo como yo- acaba por hastiarse.

Según me informa un corresponsal, durante la reciente campaña electoral del archipiélago, un orador del PC cántabro -que no hay que confundir con el astur- afirmaba tranquilamente en Santander que su partido ni propugnaba ni quería la revolución, mientras que, a la misma hora y en la susodicha ciudad, el candidato de la UCD montañesa aseguraba, con serenidad idéntica, que su grupo sí haría la revolución, y cosa más inquietante aún, «que ya la estaba haciendo».
En un artículo reciente, el diputado del Partido Socialista Obrero Manchego, señor Marín González, hablaba, apuntando a nosotros, los marruecos, de «la estrategia diabólica de nuestros vecinos», lo que me llevó a la sorprendente conclusión de que, aunque su organización está dispuesta a echar por la borda la referencia a Marx, conserva intacta, en cambio -con o sin congreso-, su referencia al diablo.

La lectura de los periódicos y revistas, ya sean rojos, rosas, amarillos o blancos, es aleccionadora, y el número de perlas de cultivo aumenta de día en día sin necesidad de hojear los artículos de don José María Pemán. Citaré unas cuantas al buen tuntún -las suficientes para ensartar uno de esos luengos collares con que se adornaba la señora de Meirás cuando el archipiélago era todavía península.

Emilio Romero prodiga semanalmente a los isleños sus brillantes cursillos de democracia. Antiguos censores organizan congresos y cenas para combatir la anemia perniciosa de las letras. Los católicos reclaman el divorcio, y los curas, el matrimonio, y el que no quiere este último encabeza probablemente algún movimiento gayo. Profesores de Etica publican sus obras en Planeta. El editor que rehusó Cien años de soledad, De donde son los cantantes y La traición de Rita Hayworth recibe un multitudinario homenaje en premio a su finísimo olfato. La Fundación Al Capone concede becas de estudio a los marxistas batuecos. Don Guillermo Díaz Plaja resistió al Régimen peninsular desde dentro. Con skylabs y milenios, el retrofascismo y los brujos se ponen de moda. Los piropos recíprocos de «entrañable maestro», «dilecto amigo» y «mi muy admirado Fulano» están más que nunca a la orden del día: la recién creada Asociación de Escritores Archipielagueños acordó imponer su uso obligatorio y condenar a los infractores a una tanda de azotes; en caso de reincidencia y obstinación del culpable en no acatar la validez interinsular del «alabo a quien me alabe», la mencionada asociación prepara medidas disciplinarias mucho más severas. Y el «nuevo periodismo» arremete otra vez contra el «antiespañol por antonomasia» -acusado, al parecer, de «añorar una España mora»-, repitiendo palabra por palabra -quizá sin saberlo- frases enteras del novísimo Juan Aparicio.

La suerte de este desdichado «antiespañol», ¡oh, amigo Gazel!, es, en verdad, poco envidiable: amenazado de un holocausto en manos de María Aurelia Capmany, según Umbral, por el delito de no cultivar el idioma de su isla, no le cabe el recurso de refugiarse en la Insula Matritense donde, en razón de «su jaleo entre moros y Gallimards, Francos y franceses» -las fórmulas acuñadas por el ex director general de Prensa tienen por lo visto siete vidas-, sus colegas isleños le están remendando su antiguo y ya gastado sambenito. Puesto en el brete de perecer en un Treblinka del Baix Llobregat o requebrar, y lo que es peor, ser requebrado por el antedicho Umbral, se rumorea que va a abandonar el funesto archipiélago y establecerse definitivamente en nuestras tierras.

En fin, mi buen Gazel, la fenecida Península está de lo mejor o de le, peor, según el color del cristal con que la mires; con todo, frente a la atonía de los decenios anteriores, el batiburrillo actual alivia y reconforta los ánimos. Bien es cierto que quienes antes callaban hablan mucho y muy recio, y los que se atrevían a hablar, guardan un discreto silencio; pero se trata de un fenómeno queacaece en todos los tiempos y latitudes: quien increpaba ayer desde la derecha lo hace hoy desde la izquierda,y volverá a hacerlo mañana desde la derecha, y en todas ocasiones el increpado seguirá siendo el mismo. La vida política es así, y ello reza igual con las penínsulas que con los archipiélagos.

Juan Goytisolo

07 - Agosto - 1979

BARRAL Y GOYTISOLO

Carlos Barral

En su enumeración al buen tuntún de perlas con que ilustra los aspectos cómicos de la España de las autonomías, que tan poco le gusta, el amigo Juan Goytisolo, en la Carta marrueca publicada en EL PAÍS el martes 24 de julio, me alude despectivamente, haciendo referencia al olfato editorial que demuestran mis más espectaculares errores. A lo largo de treinta años de ejercicio de la profesión editorial he cometido muchos errores graves, pero no los que el novelista me atribuye. Dice Juan Goytisolo: «El editor que rehusó Cien años de soledad, De dónde son los cantantes y La traición de Rita Hayworth recibe un multitudinario homenaje en premio a su finísimo olfato.» Pues bien, hora es ya que diga -porque además de Goytisolo, otros lo creen también- que no rechacé el manuscrito, un manuscrito que no tuve ocasión de leer, del libro capital de Gabriel García Márquez. Es cierto que García Márquez, a quien no había visto nunca y de quien conocía algunos libros anteriores, me mandó un telegrama proponiéndome la lectura del manuscrito, telegrama llegado al borde de un viaje o de unas vacaciones, que no contesté dentro del plazo previsto. No leí Cien años de soledad, cuyo manuscrito no había cruzado el océano, sino después de publicado poi, Editorial Sudamericana. En cuanto a La traición de Rita Hayworth, Juan Govtisolo sabe muy bien que ese libro compitió en el Premio Biblioteca. Breve de 1965 con la novela de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa. Los miembros del jurado eran en número par aquel año y la reñidísima votación, que causó alguna dimisión en el jurado para convocatorias futuras, se prolongó durante seis horas, al cabo de las cuales resultó ganadora la novela de Marsé. El libro de Puig se publicó como finalista bastante más tarde, pasadas las cuarentenas y discusiones con la censura. Es cierto que el libro de Severo Sarduy De dónde son los cantantes, que el editor de Sarduy me envió por haber publicado el libro anterior, me gustó poco, y cierto que escribí una carta al editor francés exponiendo mis objeciones al libro. Esa carta fue indiscretamente divulgada y causó mucho disgusto entre los amigos parisienses de Sarduy, que finalmente decidió publicar bajo otra marca. Las objeciones expuestas en aquella carta me siguen pareciendo válidas. Otros y numerosos han sido hasta ahora mis errores profesionales. Algunos que no cita pueden parecerle al novelista filomarroquí particularmente imperdonables. Por ejemplo, el haber desaconsejado, de acuerdo con otros miembros del jurado, la presentación al Premio Biblioteca Breve de un borrador todavía muy aproximado de La reivindicación del conde don Julián.

Carlos Barral

28 - Agosto - 1979

EL HÁBITO NO HACE AL MONJE, NI LA BARBA AL GUEVARA

Juan Goytisolo

Mi amigo Carlos Barral ha perdido una vez más una excelente ocasión de callarse. Mi alusión irónica a su «finísimo olfato» literario (Nuevas Cartas Marruecas, EL PAIS, 24-7-79), parece haberle mortificado lo suficiente como para dedicarme una carta abierta (Barral y Goytisolo, EL PAIS, 7-8-79), que, como todas las evocaciones debidas a su pluma, no brilla precisa mente por la exactitud del recuerdo. Felizmente para mí, carezco de su exquisita susceptibilidad: de haber tenido que contestar a cada una de las frases despectivas con que tan generosamente me ha obsequiado a lo largo de los últimos años (con Franco y sin él), habría acaparado para mí sólo el correo del lector de las numerosas publicaciones que honra (o ha honrado) con su firma.Tras tomar nota de que coincide conmigo tocante a su rechazo de la novela de Sarduy, admitirá también de buena gana su explicación de que no leyó a tiempo el manuscrito de Cien años de soledad: no es un secreto para nadie que la lectura profesional no ha sido jamás una de sus ocupaciones favoritas.

Respecto a La traición de Rita Hayworth -que compitió efectivamente en el Premio Biblioteca Breve de 1965 en unas condiciones de fair-play que muy poco tendrían que envidiar a las que concurren habitualmente en la concesión del Planeta: mi hermano Luis Goytisolo, exjurado de aquél, podría dar testimonio de ello-, Barral puntualiza: «El libro de Puig se publicó como finalista bastanie más tarde, pasadas las cuarentenas y discusiones con la censura». Pero no aclara que apareció en Suramérica por la sencilla razón de que no lo quiso incluir en su catálogo. Cuando, años más tarde, La traición fue editada por Seix-Barral, Carlos Barral había abandonadoya todas sus funciones en la misma. Manuel Puig puede corroborar punto por punto la exactitud de lo que digo.

Pero donde los recuerdos de mi buen amigo se desdibujan y con funden al máximo -fenómeno realmente inquietante tratándose, como se trata, de un prolífico autor de memorias-, es en su evocación de un pequeño incidente acaecido hace diez años: «Otros y numerosos han sido hasta ahora mis errores profesionales. Algunos que no cita pueden parecerle al novelista filomarroquí (resulta siempre más cómodo hablar de las filias ajenas que de las fobias propias: J. G.) particularmente imperdonables. Por ejemplo, el haber desaconsejado, de acuerdo con otros miembros del jurado, la presentación al Premio Biblioteca Breve de un borrador todavía muy aproximado de la Reivindicación del conde don Julián.»

Mi aborrecimiento de las polémicas literarias es sólo comparable a mi incorregible afición a las políticas. Pero, por aludir a un episodio en el que la circunstancia política desempeñó un papel nada desdeñable, me permitiré entrar en justa con mi amigo, confiando en que «nuestras cañas no se vuelvan lanzas».

Siendo mi memoria tan flaca y traviesa como la suya, recurriré como cualquier aprendiz de historiador a la ayuda, del testimonio contemporáneo escrito, en este caso nuestro intercambio epistolar del período enero-febrero de 1969. Y a la versión de Barral de agosto de 1979 opondré la que expone en sus cartas del 10-1-69 y 21-2-69: ambas, así como la fotocopia de mis respuestas del 24 y 25-2-69, las pongo a su entera disposición.

Permítaseme un breve proemio: en otoño de 1968, antes de emprender un viaje a Oriente Medio, envié a José María Castellet el manuscrito de Don Julián, precisando que faltaban todavía unas diez páginas para completarlo (no era en modo alguno «un borrador todavía muy aproximado», aunque Barral tenga perfecto derecho a considerar como tal la versión definitiva: algunos de nuestros avispados críticos le darían probablemente razón). Sabía, claro está, que las posibilidades de publicación en España eran nulas; pero le dije que quería presentarlo al Premio Biblioteca Breve, no por el premio en sí, que no necesitaba en absoluto, sino a fin de promover una fértil contienda con la censura en el campo en el que ésta me parecía más vulnerable. Agregué que estaba dispuesto a regresar a España y asumir allí mis responsabilidades en defensa de la libertad de expresión. Castellet convino conmigo en el evidente interés político-cultural de la operación y transmitió el manuscrito, después de leerlo, a Carlos Barral.

Ante la imposibilidad de reproducir aquí las dos cartas de éste -que, repito, pongo a la disposición de quien desee leerlas-, extractaré las razones con las que el famoso editor resistente justificaba su decisión personal de no incluir mi novela en la lista de concursantes al premio.

«Había además que tener en cuenta la presencia en el concurso de un manuscrito de alta calidad, manuscrito que en esa reunión (del jurado) no podía ser comparada con tu libro porque sólo lo había leído yo (el subrayado es mío: J. G.). Y había que decidir el mismo día si se te incluía o no en la lista de las novelas seleccionadas que debía pasarse a la ciclostil. Había además que tener en cuenta otros accidentes, que si no importaban al jurado, sí a la vida del premio.

Por ejemplo ( … ) el que tu libro nos parecía a todos absolutamente impublicable en estas circunstancias y en cualquiera otras ( … ) Reconozco que hubiera sido muy bonito añadirte a la lista de los biblioteca breves y, desde cierto punto de vista, un acto de contestación políticamente muy oportuno, pero reconoce tú que la oportunidad, desde el punto de vista de la superviviencia del premio y del mantenimiento a flote de la editorial, la cosa era más dudosa. Estos también son argumentos privados y que yo no me hubiera atrevido a mencionar en la reunión del jurado, pero no sería sincero contigo si no te confesase que han debido influir en mis puntos de vista» (carta del 21-2-69).

Reproduciré fragmentos de mi respuesta fechada el día martes 25 de febrero:

«He reflexionado después de tu carta de ayer y sigo pensando que la posibilidad de “contestación que ofrecía mi novela era una oportunidad magnífica para los dos de plantear la lucha -en tanto que editor y autor- sobre un terreno estrictamente literario ( … ). Hasta ahora nos hemos batido fuera del campo de juego y esta lucha con molinos de viento explica el fracaso estrepitoso de nuestra irrisoria gauche nationale. Por una vez, yo me he sentido en mi propio terreno, dispuesto ajugar hasta el final y a correr todos los riesgos que ello implica. Claro está que yo no podía ni puedo imponerlos a los demás. Pero esta me parecía mi forma de acción, nuestra forma de acción real y responsable, no los viajes exaltantes al paraíso tropical ni los tristes pliegos de firmas que tanto hemos practicado. »

«Te escribo esto con verdadera tristeza, porque si esta acción no es posible ( … ), no me queda más que cruzarme de brazos ante lo que ocurre alrededor de nosotros. En proclamas y firmas no creo ya. »

Días después envié copia de nuestra correspondencia a Castellet. Su versión de lo ocurrido en la reunión deljurado concordaba con la que me refirió de palabra García Márquez. Pero, no fiándome de la exactitud de los recuerdos -los autores de memorias saben mejor que nadie la aleve facilidad con que se manipula a posteriori los materiales-, me lirnitaré a reproducir un pasaje de la carta de José María Castellet del 6 de marzo de 1969, de lo que me excuso con él por tratarse, como es obvio, de un documento privado:

«A través de Isabel recibí las copias de la correspondencia entre Carlos y tú. Dada mi peculiar situación actual -todavía no resuelta-, he tenido poco tiempo para informarme y para discutir con Carlos. Mi opinión -se la dije a Luis (Goytisolo)- es que Carlos ha dado una espantá, en la que debe de haber otros factores personales, pero en la que lo que cuenta es el pánico al Ministerio. ¡Lo que encuentro absurdo es la carta que te ha escrito! »

Siento haber tenido que aburrir al lector con los pormenores de esta nada memorable correspondencia: los entresijos de la vida literaria, aun cuando la política se mezcla en ellos, ofrecen de ordinario escaso interés. Culpable del delito de prolijidad, repetiré en mi descargo el dicho latino: Amicus Plato, sedmagis amica veritas.

Juan Goytisolo

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