Partido Popular, PSOE y Ciudadanos respaldaron la posición del Gobierno en el Senado aplicando el artículo 155

Puigdemont proclama la independencia de Catalunya y el Gobierno Rajoy decreta su destitución y la convocatoria de elecciones

HECHOS

El 27.11.2017 el Consejo de Ministros presidido por D. Mariano Rajoy acordó la destitución de D. Carles Puigdemont como presidente de la Generalitat de Catalunya y de todos sus consejeros, así como la disolución del Parlament y convocatoria de elecciones el 21 de diciembre.

EL CONSEJERO SANTI VILA DIMITIÓ MINUTOS ANTES

 La última crisis de Gobierno en la Generalitat fue protagonizada por el conseller de Sr. Santi Vila, que era partidario de que el Sr. Puigdemont convocara elecciones para evitar así que el Gobierno Rajoy aplicara el artículo 155 y ante la negativa del Sr. Puigdemont y su anuncio de proclamar la independencia unilateral, el Sr. Vila presentó su dimisión minutos antes de que esa proclamación se produjera.

SORAYA SÁENZ DE SANTAMARÍA ECHA AL JEFE DE LOS MOSSOS

   La vicepresidenta del Gobierno, Dña. Soraya Sáenz de Santamaría, asumirá las funciones de la Presidencia de la Generalitat. Una de sus primeras decisiones ha sido destituir a la cúpula de la policía autonómica catalana, los Mossos de Escuadra incluido el mayor D. Josep Lluis Trapero.

PARTIDO SOCIALISTA  Y CIUDADANOS  RESPALDAN AL GOBIERNO CON EL 155

   La aplicación del artículo 155 de la Constitución para destituir a D. Carles Puigdemont fue respaldada por todos los senadores del PP, que era quien lo proponía, pero también por todos los del principal partido de la oposición, el PSOE, que lidera D. Pedro Sánchez, y de la cuarta fuerza política, Ciudadanos, que lidera D. Albert Rivera.

MALESTAR EN EL PSC: NURIA PARLON DIMITE

 A pesar de que el PSC (referente del PSOE en Catalunya) se había mostrado contrario reiteradamente a la aplicación del artículo 155, en el momento de aplicarse no se posicionó (su único senador, D. José Montilla, no estuvo presente en la votación) y finalmente el líder del PSC, Sr. Iceta respaldó oficialmente lo hecho por su socios del PSOE. La alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet, Dña. Núria Parlon, anunció que dimitía de su puesto del Comité Federal del PSOE donde estaba en representación del PSC.

29 - Octubre - 2017

Despistar al Guardia

Salvador Sostres

El independentismo es Jordi Pujol hijo trapicheando en la cárcel con las llamadas telefónicas para tener minutos extra de conversación con la doctora de una clínica estética

El independentismo ya tiene lo que quería en su estrategia de cuanto peor mejor para en clave interna azuzar a las bases callejeras y de cara al mundo hacerle creer que España es una dictadura atroz y apelar la vía kosovar para librarse de tan tremendo yugo. Pero es una mezcla tan extravagante de mentira y folclore que a Superman se le ve a la legua el cable.

El independentismo es Jordi Pujol hijo trapicheando en la cárcel con las llamadas telefónicas para tener minutos extra de conversación con la doctora de una clínica estética. Le compraba las llamadas a su compañero de celda y cambiaba de planta para que los guardias no le descubrieran. Es este creerse más listo que los demás que Puigdemont practicó también con su no declaración de independencia y sus posteriores y ridículas cartas al presidente del Gobierno. Al modo de Pujol júnior intentó despistar al guardia y creyó que Europa le auxiliaría pero a pesar de los estragos de algunos periódicos extranjeros -tan relativistas y populistas como la mayoría de los nuestros- el Gobierno ha tensado bien sus alianzas y las cancillerías han estado a la altura. Ayer, Lluís Llach les llamaba literalmente «cerdos» en Twitter. Llach es también una poderosa metáfora del proceso en tanto que cuando hacía lo que sabía hacer, que era componer y cantar, brillaba en su oficio y tenía público de todas las formas de pensar; y en cambio ahora que se dedica a la política se le nota la impostura y la vulgaridad de quien tira de bravuconería cuando las cosas le vienen grandes.

Puigdemont está acorralado y no sólo por el Estado: se ha quedado sin las empresas, sin los bancos, sin los medios de comunicación privados, sin ningún reconocimiento internacional relevante y con una calle que va y viene y le hace creer que nunca estará solo pero que tarde o temprano volverá a su rutina y para el delito de rebeldía la pena es de 25 años de cárcel.

El independentismo está indignado, descentrado, asustado, agotado y necesitado de poder ocuparse de su quehacer diario. El presidente del Gobierno está disgustado por las medidas tan desagradables que le han obligado a tomar pero la maquinaria del Estado es inexorable y llega hasta donde tiene que llegar: y esto es algo que los independentistas no logran entender y precisamente por ello perderán.

A pesar de lo aparatoso del momento en Barcelona y en Cataluña se vive muy bien y más allá del griterío y de los ánimos encendidos, ningún catalán puede honestamente decir que formar parte de España implica estar oprimido, humillado, arrodillado o no tener garantizados sus derechos y sus libertades. Las empresas y los bancos ya se han dado cuenta -sí, tal vez un poco tarde- de lo mucho que tienen que perder y se han marchado. Los catalanes cada uno por su cuenta haremos también este cálculo y aunque seguiremos pensando lo que pensamos y continuaremos teniendo nuestros sentimientos, aprenderemos a distinguir, como siempre que la vida nos pone ante el reto de pagar cash el precio de nuestras decisiones, entre lo que nos conviene y lo que no podemos permitirnos. Es lo que siempre acabamos haciendo y por eso siempre hemos sido España.

29 - Octubre - 2017

El retablo del golpismo

Francisco Rosell

Durante años, Cataluña ha escenificado su particular versión de un popular entremés cervantino: El Retablo de las Maravillas, donde ChanfallaChirinos y Rabelín hacen como que interpretan lo nunca visto bajo admonición de que quien no sea cristiano viejo e hijo legítimo no atisbará tamaño portento. Como todos presumen de serlo, asienten con lo que los sablistas tienen por pertinente en el teatrillo del sabio Tontonelo. Es tal alucinación que un labriego baila con una inexistente doncella y acredita que los irrefutables títeres son más bien los infelices aldeanos a quienes movían los hilos aquella trinca de rufianes.

Todo marcha sobre ruedas hasta arribar al pueblo un furriel para apalabrar el alojo de la soldadesca y hace notar que el retablo, lejos de albergar prodigio alguno, está vacío. Su apreciación hace revolverse contra él al regidor de la villa gritando cual poseso: “¡De ellos [judío o bastardo] es, pues no ve nada!”. Desplegó la rudeza del converso que antes había acallado su comezón mascullando: “Habré de decir que lo veo por la negra honrilla”.

Aquella sátira de Cervantes sobre la confiada sociedad de su época coadyuva a descifrar el proceso (más kafkiano que concebido por el mismo Kafka) de una Cataluña que pilota un secesionismo tan subvencionado como afiebrado y que, al promulgar una independencia ficticia, prueba que la estupidez carece de límites. El separatismo se ha ingeniado sus fantasmagorías meneando las cuerdas a través de Chanfalla Puigdemot, Rabelín Junqueras y Chirinos Forcadell.

Si no querían ser tildados de malos catalanes o, directamente, de botiflers(traidores), sus moradores debían transigir con que una Cataluña fuera de España sería el jardín de las Hespérides y gozarían, por serlo, como bromeó Francesc Pujols, filósofo de cabecera de Dalí, de todos los gastos pagados. Así, reveses como la fuga en tropel de empresas no perjudicaría sus bolsillos. En suma, valdría más ser catalán que multimillonario.

El nacionalismo transfigura en axiomas colosales sandeces con el silencio de quienes no tragan con patochadas, pero callan para no señalarse. Esa conducta acomodaticia hace que la fabulación nacionalista goce de prestigio inexplicable. ¿Cómo no pensarlo si ha logrado sentar casi como verdad canónica que una Guerra de Sucesión por el trono de España fue una apócrifa Guerra de Secesión? Juega con la credulidad de la gente y se beneficia de la catequización en escuelas donde se inoculan a los adolescentes la animadversión a España y lo que ella simboliza, lo que refuerza la radiotelevisión pública.

Así ha acaecido hasta que el montaje se ha venido abajo por su peso cuando, en el colmo de la ensoñación, el secesionismo ha desbordado su delirio y ha abierto los ojos a los más cándidos, la boca a los silenciados y ha obligado a actuar a una autoridad que se ha tragado sus embelecos. Esa circunstancia ha desatado su voraz incontinencia y ha originado la tragicomedia catalana, en la que se ha aunado lo trágico de sus secuelas y lo grotesco de una charlotada en la que sus petimetres han hecho el necio sin ayuda ajena.

Sin duda, un triste homenaje a Tarradellas, en el cuadragésimo aniversario de su regreso del exilio. Bien repetía éste que, en política, lo único que no puede hacerse es el ridículo. Tan chusco fue el Pleno de la segregación que ni abrieron la boca los dos líderes de la revuelta ni Puigdemont se asomó siquiera al balcón de la Generalitat para no constiparse, por no referirse a su aparición grabada por TV3 -aún bajo su mando operativo- como president destronado en la ciudad de la que fue alcalde, cerrando el círculo de su escapada. Ni ellos ni sus menguantes seguidores pueden tragarse ya sus engañifas.

Lo peor es que los distintos presidentes de Gobierno de la Nación, por conveniencias varias, han hecho gala de una ceguera voluntaria que no desmerece a los aldeanos satirizados por Cervantes y que cortó de raíz aquel envalentonado furriel en medio de tanta sandez.

Pendientes de salvar la partida diaria, todos sin excepción han ignorado la naturaleza del nacionalismo, al igual que esa burguesía que los alienta y luego se refugia en las sayas del Estado, pidiendo a sus gobernantes que le saquen las castañas del fuego que ellos han encendido. Todo sea que ese mismo establishment catalán no persiga ahora que, buscando restañar heridas, sea el conjunto de los españoles el que reponga la vajilla rota y vuelva a reacomodar a ese mismo nacionalismo para que haga trizas definitivas a un achacoso Estado.

Comandados por tales timoneles, los espacios abiertos de una Cataluña que fue cosmopolita hasta que cayó en el ombliguismo nacionalista ha notado como los tractores del ruralindependentismo, hijos del carlismo devenido en secesionismo, han invadido el espacio de libertad de la ciudad, ocupando esas vías urbanas con sus esteladas tremolantes. De nuevo, pues, el Estado ha tenido que ir al rescate de Cataluña y a restaurar el orden constitucional de esta Catatonia transmutada en guardería de lacrimosos viejos bebés gruñones con la faz cariacontecida de Puigdemont y Junqueras.

Atrapada en su chauvinismo ridículo y en su megalomanía identitaria, la Cataluña nacionalista, como explica el filósofo francés Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia, padece dos de las patologías características del mundo occidental: el infantilismo que demanda seguridad sin sometimiento a obligación alguna y el victimismo de privilegiados que se sienten unos perseguidos exhibiendo unos agravios, a menudo, más aparentes que reales. Exigiendo ser reparados, los auténticos damnificados son desplazados por estos maestros en el arte de colocarse la máscara de los humillados. Con ella, se consideran habilitados para no someterse a las leyes y escapar a las consecuencias de sus actos.

Por eso, para reconducir el extravío, una vez parado el golpe, entrañaría una singularidad en toda regla que se hiciera un mejor uso de esta Constitución de 1978 que garantiza la igualdad. Escrito está por Montesquieu que “la libertad es el derecho de hacer lo que las leyes permiten; y si un ciudadano pudiera hacer lo que prohíben, ya no habría libertad, porque los otros tendrían ese mismo poder”.

Al final, Rajoy ha optado por aplicar 55 días el artículo 155 de la Constitución con miras a convocar elecciones, o lo que es lo mismo, adopta la decisión que ofreció a Puigdemont para no desenfundar un artículo estigmatizado estúpidamente y que el president, rehén de sus inconsecuencias, no quiso asumir. No fuera cosa de que lo defenestraran por el balcón de la Generalitat aquellos mismos que fueron a buscarlo a la Alcaldía de Gerona para que trajera la independencia.

Se dirá que Rajoy ha acordado un 155 de circunstancias para supeditarlo al apoyo de Sánchez y Rivera, así como a las peticiones de las cancillerías europeas para que no se repitieran escenas como las del 1-0, fruto de la práctica inexistencia del Estado en Cataluña y de la deslealtad de los Mossos. Pero, a la postre, han resultado excusas perfectas para un político sofá que se adapta a todos los traseros. Si la política es anticiparse a los acontecimientos antes de que te arrollen, y la función del 155 era evitar la proclamación de la independencia, ha acudido a él a posteriori y en la confianza de que, destituidos los cabecillas del golpe catalán, sean los catalanes los que asuman, voto en urna, pero de veras, la responsabilidad de su solución.

Rajoy, del que sus rivales dirán que la Fortuna ha hecho más por él que él mismo, no ha atendido a una máxima napoleónica que vale para la guerra y la política: “Si empiezas a conquistar Viena, conquista Viena”. Bonaparte la tuvo en cuenta para su victoria en Austerlitz, pero la omitió en Waterloo capitulando ante Wellington. Es de Perogrullo que en 40 días no se pueden resolver los problemas de 40 años de dejación del Estado. Pero tampoco se ve voluntad de querer entrar en ellos, por lo que, restablecida la normalidad en Cataluña con el marcapaso del 155 y dado el carácter recurrente de la Historia, habrá que afrontar nuevas reediciones de estos episodios bajo la máscara de la novedad.

A este respecto, Cataluña presenta menos variaciones que aquel music-hall que visitó Bernard Shaw para demostrar que no se operaba evolución alguna en los mismos. Así contaba que una noche estaba en uno de ellos y, aburrido de ver a un prestidigitador ejercitándose con unas bolitas, se fue. Regresó al cabo de 10 años topándose con que el mismo ilusionista proseguía jugando con iguales bolas. En Cataluña, los ilusionistas varían, pero el juego no cambia. Menester será que tenga el 155 a mano

Conviene no olvidarlo tras el alivio que ha supuesto no franquear esa Puerta del Infierno que figura -oh casualidad- en la exposición que, en el centenario de la muerte de Auguste Rodin, acoge justamente Barcelona en estas horas aciagas y que da nombre al conjunto escultórico inspirado en La Divina Comedia, de Dante; Las flores del mal, de Baudelaire, y Metamorfosis, de Ovidio.

29 - Octubre - 2017

El régimen del 78

Juan Luis Cebrián

Nos encontramos ante la más seria amenaza contra la democracia desde que se aprobó la Constitución

Si la justicia no es fuerte es preciso que la fuerza sea justa (Fenelon)

Esta cita ya clásica del pensador francés me ha acompañado desde temprana edad en mis reflexiones políticas, gracias a la insistencia que de ella hacía mi amigo, y maestro en tantas cosas, Gregorio Peces Barba, uno de los padres de la Constitución de 1978, presidente de las Cortes durante la Transición y cuyo pedigrí democrático y socialista le sitúan, como dicen los castizos, fuera de toda sospecha. La alusión a la fuerza justa viene a cuento, por desgracia, ante el terremoto institucional, cívico y político que se ha desatado en Cataluña. Los tintes churriguerescos y bananeros que el presidente Puigdemont y su banda de los cuatro han impreso en la política del antiguo Principado, amenazan ahora con convertir el vodevil en tragedia, como sucede a menudo en los carnavales de Río de Janeiro. Porque ante lo que nos encontramos no es solo ante una declaración de independencia de un territorio, sino ante la más seria amenaza contra la democracia española desde que se aprobara la Constitución. Más seria aún que la intentona golpista de 1981, o el terrorismo de ETA, pues el ataque proviene de una insurrección civil, alentada, programada y azuzada desde las propias instituciones catalanas. Sedición, rebelión y traición son, al margen de las calificaciones penales, los verdaderos nombres que el diccionario aplica sin matices a la actitud de los cabecillas de este intento de incoar una revolución bolivariana en pleno corazón de Europa.

El expresidente Artur Mas confesó recientemente en público lo que tantos y tantos separatistas catalanes reconocen en privado, incluso después de la declaración de ayer del Parlament: la independencia de Cataluña, por mucho que la declaren y celebren, es imposible e impensable pues no hay ni habrá potencias exteriores que la reconozcan. También, y sobre todo, porque el Gobierno y los partidos democráticos no lo permitirán. No se va a producir, pues, en ningún caso y la consiguiente frustración de los cientos de miles de catalanes dispuestos a ondear sus barretinas y esteladas en reclamo de una libertad de la que ya disfrutan como el resto de ciudadanos españoles, y que ellos mismos acaban de poner en peligro, puede hacer derivar la protesta hacia derroteros más dramáticos y preocupantes.

La actitud de quienes el pasado jueves demandaban en las calles de Barcelona la excarcelación de los ya famosos Jordis, trocando su ira contra el Estado español en protesta contra el “traidor” Puigdemont, dado su falso amago de convocar elecciones, pone de relieve que la agitación populista puesta en marcha por la Generalitat en connivencia con el anarquismo irredento se les había ido hace tiempo de las manos. Traidor es desde luego Puigdemont, pero al Estatuto de Autonomía de Cataluña y a la Constitución, de los que emanaba su poder legítimo, aunque también y sobre todo al sentido común y a la decencia requerida a cualquier gobernante que se precie. Era su obligación tratar de unir a los ciudadanos en un proyecto común, no dividirlos y enfrentarlos entre sí, provocando una apenas larvada confrontación civil, de consecuencias desastrosas.

Pero con ser muy grave el desafío independentista, no es ni siquiera el mayor de aquellos a los que se enfrentan hoy el Gobierno y los partidos democráticos. El verdadero reto que no pueden permitirse perder es la amenaza evidente que, como consecuencia del proceso incoado, se cierne sobre la supervivencia de lo que ha dado en llamarse el régimen del 78, gracias al cual los españoles han disfrutado de la más prolongada etapa de libertad y el más alto nivel de vida de su historia. Las pulsiones nacionalistas han funcionado como caldo de cultivo para la incitación a la revuelta social y el auge del populismo, cimentados en el crecimiento de las desigualdades tras el estallido de la burbuja financiera hace una década. La irritación popular por la corrupción política, la escasez de empleo, y tantos otros problemas acuciantes en nuestra sociedad, por justificada que esté, y lo está mucho, acabará trocándose en decepción, cuando no en desespero, si los líderes sociales no son capaces de encauzar los deseos de cambio y las expectativas de mejora de los ciudadanos. Y la peor manera de hacerlo ha sido sucumbir a los cantos de sirena del nacionalismo como algunos connotados líderes de la izquierda han hecho.

En su pasión por derrumbar nuestra democracia reconocida en la Constitución de 1978, los representantes de movimientos antisistema, singularmente agrupados en Podemos, se rindieron a la tentación del compadreo con los separatistas, provocando una fisura en sus propias filas. La socialdemocracia, por su parte, últimamente más obsesionada por los eslóganes y el dominio del aparato sobre el partido que por ofrecer un proyecto coherente y posible para España, se ha perdido en la ambigüedad que podría conducirles a la irrelevancia, ambigüedad solo corregida en el último minuto.

El resultado de todo ello es un creciente fortalecimiento de la España profunda, un resurgir de la derecha española más reaccionaria, que trata de adueñarse de la bandera y su significado, ante la ingenua y culpable anuencia de los sectores progresistas. Y al albur de los excesos y delitos cometidos en nombre de la nación catalana comienza a cundir la preocupación por una deriva, tan anticonstitucional como aquella, tendente a lesionar o limitar la configuración del Estado de las Autonomías, promoviendo una oleada de centralismo frente al federalismo que tantos reclaman como única solución democrática y plausible para la organización territorial de nuestro país.

La alianza espuria entre los agitadores antisistema, la adinerada burguesía nacionalista y el movimiento okupa de Barcelona, no traerá la independencia a Cataluña, pero hace peligrar el equilibrio de fuerzas en la democracia española. Sobre todo si la recuperación de la legalidad constitucional y el mantenimiento en Cataluña obligara finalmente al Gobierno al empleo legítimo de la fuerza. La tarea que el Estado tiene por delante para restañar las heridas abiertas, modificar lo que sea necesario de nuestra Constitución, promover leyes que mejoren la igualdad social y acaben con la endogamia galopante de los partidos políticos no la puede afrontar en solitario un Gobierno en minoría, incapaz incluso de aprobar los presupuestos, mientras la izquierda sigue sometida al narcisismo de sus líderes. Se ha destruido mucho del tejido social necesario para el sostén y desarrollo de nuestra democracia y quedan años de trabajo para recomponerlo. Los partidos constitucionalistas, unidos en la aprobación por el Senado de las medidas extraordinarias del artículo 155, deben coaligarse también para implementarlas. Algunos piensan, quizás con razón, que un Gobierno de salvación nacional no es necesario ni conveniente en estas circunstancias. En cualquier caso, la democracia hoy necesita ser salvada.

29 - Octubre - 2017

Las urnas ya están puestas

LA VANGUARDIA (Director: Marius Carol)

El domingo pasado pedíamos al presidente de la Generalitat que pusiese la urnas para dar la voz al pueblo de Catalunya. Era la mejor manera –creíamos– de evitar la intervención de la Generalitat y de superar los serios enfrentamientos y tensiones que vive la sociedad catalana desde hace semanas. No éramos los únicos en pedirlo. Otros medios de comunicación se pronunciaron en el mismo sentido. El Cercle d’Economia, una de las más prestigiosas entidades de la sociedad civil catalana, también pidió la convocatoria de elecciones. Diversos partidos políticos llevaban semanas apuntando en la misma dirección. Incluso se publicaron encuestas al respecto. Una mayoría clara de la sociedad catalana desea decidir en las urnas, con libertad, con tranquilidad, con serenidad y con sosiego, la orientación futura del país y los criterios programáticos que deben regir la Generalitat.

Carles Puigdemont i Casamajó estuvo a punto de convocar esas elecciones el pasado jueves. El 20 de diciembre era la fecha escogida. Tenía el decreto a punto y un borrador de discurso. El discurso más importante de su carrera política. Con toda seguridad, el más difícil. Podía haber sido un gran discurso. El borrador comenzaba diciendo que no quería ser presidente de una parte del país, sino del país entero. Bellas palabras que no llegaron a ser pronunciadas. Momentos antes de su comparecencia, Puigdemont comenzó a recibir fieros ataques de sus aliados políticos, la CUP y Esquerra Republicana, a través de las redes sociales. Injustos ataques de ERC, cuyos dirigentes demostraron en aquel momento una inquietante falta de lealtad. En estos días difíciles, todo el mundo se está retratando. En estos días de angustia e incertidumbre, no hay astucia que resista el impacto de la realidad. Puigdemont empezó a ser presionado de la peor manera posible. Palabras gruesas. Insultos. Centenares de estudiantes que se manifestaban en la plaza Universitat fueron desviados a la plaza Sant Jaume para incrementar la presión. “¡Traidor!”, gritaban algunos. En ese clima de tensión, dos diputados del PDECat anunciaron su renuncia al escaño, insinuando la posibilidad de una escisión en el hasta ahora principal partido gobernante. A Puigdemont, hombre muy interesado y absorbido por las redes sociales, le temblaron las piernas. El acuerdo con Madrid estaba cogido con pinzas –no podía ser de otra manera, en las actuales circunstancias–, pero un tenaz grupo de personas había estado ejerciendo una eficaz labor de mediación con la Moncloa para lograr una salida inteligente al atolladero. Empresarios catalanes y hombres del Partido Nacionalista Vasco, encabezados por el lehendakari Iñigo Urkullu, dedicaron horas a esa valiosa labor de mediación. Desde aquí queremos agradecer su trabajo y su patriotismo. Si Carles Puigdemont hubiese firmado la convocatoria de elecciones, el artículo 155 no se hubiese aplicado, después de su aprobación en el Senado.

Las elecciones han sido convocadas para el día 21 de diciembre por el presidente del Gobierno de España, haciendo uso de las atribuciones que le confiere el citado artículo 155, una vez aprobado por el Senado e implementado por el Consejo de Ministros el viernes por la tarde. Con un movimiento fulgurante, el jefe del Ejecutivo español cambiaba el plano. La intervención de la Generalitat no será larga. No se agotarán los seis meses inicialmente anunciados. Los ciudadanos de Catalunya son convocados inmediatamente a las urnas para dar una salida limpia y democrática a la actual situación. El autogobierno de Catalunya puede ser res­tituido en menos de sesenta días. Carles Puigdemont podía haber convocado esas elecciones, salvaguardando la Generalitat de Catalunya y manteniendo la iniciativa política. No fue capaz de superar las contradicciones políticas y emocionales de su campo político. Se vio impelido al desastre por la agresiva deslealtad de sus aliados. Esas horas quedarán inscritas en la historia de Catalunya. Lo sentimos profundamente. El país se habría ahorrado un mal trance.

La “república” semiproclamada el viernes en el Parlament , en un ambiente tenso y fúnebre, con votación secreta para eludir responsabilidades penales, no ha sido reconocida por ningún país extranjero. (Decimos que fue semiproclamada, porque el texto votado no incluye ninguna declaración de independencia en su parte dispositiva). La Unión Europea y el Gobierno de Estados Unidos no tardaron ni una hora en comunicar su pleno apoyo a la integridad territorial de España. Al cabo de unas horas, casi todos los principales países del mundo se habían pronunciado en el mismo sentido. La lejana Osetia del Sur, república caucásica pilotada desde Moscú, enviaba una leve señal de apoyo. No es una exageración afirmar que los servicios estatales rusos han intentado manipular la cuestión de Catalunya para sus propios intereses: acumular argumentos para intentar legitimar la escisión de Crimea y de los territorios del Donbas (cuenca del río Donets) de Ucrania. Ni siquiera el Principado de Andorra ha reconocido a la fantasmal “república”. El fracaso ha sido total y completo. El señor Raül Romeva, encargado durante este tiempo de las “relaciones exteriores” de la Generalitat de Catalunya, debería dar alguna explicación a sus correligionarios. ¿Qué noción de las relaciones internacionales tiene el señor Romeva? ¿En qué mundo vive?

El presidente de la Generalitat ha sido cesado de su cargo, así como todos los miembros del Consell Executiu, en aplicación del artículo 155. Las “embajadas” en el extranjero van a ser cerradas. Ayer por la mañana se produjo el relevo en el mando de los Mossos d’Esquadra. El comisario Ferran López sustituye a Josep Lluís Trapero. El comportamiento del señor Trapero ha sido ejemplar, pidiendo a los agentes del cuerpo el reconocimiento y la plena colaboración con el nuevo mando. Ese gesto constituye un claro mensaje a todos los funcionarios de la Generalitat. Ninguna persona responsable desea en estos momentos que las cosas empeoren en Catalunya. Los aventureros han perdido la partida. TV3 emitió ayer al mediodía un mensaje grabado de Carles Puigdemont en el que solicitaba una “oposición democrática” al 155, sin ninguna mención a la “república” o a la independencia. Un mensaje ambiguo que también puede ser interpretado como un intento de rebajar la tensión y preparar el aterrizaje del soberanismo en la nueva realidad. Esperamos que en las próximas horas esta actitud se confirme.

Rebajar la excitación. Destensar. Serenar. Evitar a toda costa el enfrentamiento civil. Evitar humillaciones innecesarias. Trabajar activamente para que la situación creada no derive en los próximos meses en una regresión económica. Estas son las tareas urgentes, mientras se acerca el 21 de diciembre. Las urnas nos esperan. Catalunya decidirá.

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