El periódico de Emilio Romero acusa a su competidor de dialogar con 'inmovilistas' de su invención

Calvo Serer (propietario del diario MADRID) explica su evolución de franquista a demócrata causando una réplica de PUEBLO

HECHOS

El artículo ‘Actitud de Síntesis’ de D. Rafael Calvo Serer publicado por el Diario MADRID el 2.11.1967 fue replicado al día siguiente mediante un artículo editorial en el Diario PUEBLO.

28-10-1967 Nosotros

02 - Noviembre - 1967

Actitud de Síntesis

Rafael Calvo Serer

Son muchos los que dicen que he experimentado un gran cambio en ideas y posición política. Unos se escandalizan, otros me observan con escepticismo, los más se extrañan y piden una explicación. Tampoco faltan los que se alegran del cambio.

Nacido en familia de cristianos viejos, mi formación fue de signo tradicional. Hijo de un obrero metalúrgico, que había sido uno de los líderes del sindicalismo católico en Valencia y después creó una modesta industria, me eduqué entre gente de derechas. Estudié en los años treinta, cuando la crisis de las democracias y el auge de los totalitarismos – fascismo y comunismo – parecían haber acabado con la época democráticoliberal. Mis primeros escritos reflejan todo este proceso entre 1945, en que publiqué ‘Valoración europea de la historia española” y 1954, la fecha de mi cuarto libro. ‘Política e integración’. Pero ya en 1955 al reanudar mi colaboración en ABC – después de mi silencio forzoso impuesto por la censura – mis trabajos comienzan a registrar el cambio de amiente político y cultural europeo, que ejerció como un poderoso influjo en mi actitud: estos artículos fueron recogidos en ‘La fuerza creadora de la libertad’, libro aparecido precisamente durante mi primera visita a los Estados Unidos, en mayo y junio de 1958.

Este viaje es el que iba a determinar el cambio fundamental de mi orientación. Hasta entonces mi orientación. Hasta entonces mi preocupación primordial había sido comprender el pasado: pero esa misma inquietud me llevó a interesarme por la dinámica de la historia y por la interpretación del presente para tratar de adivinar el futuro. Como dice Ortega, ¿no es el historiador un profeta al revés? ¿Y no es también la misión del intelectual anticiparse al futuro?

Ese libro de 1958 comprende trabajos de los cinco años anteriores. En él afloran los temas de la libertad, de la democracia y del progreso, junto a los de autoridad, minoritarias y tradición. Evidentemente, estos últimos correspondían a los sistemas filosóficos y políticos que buscaban la salida del caos y la debilidad por que España y el mundo estaban pasando desde la Revolución francesa. Prueba mi intento de comprender el estado actual de las tendencias modernas el trabajo de 1955 titulado “La aproximación de los neoliberales a la actitud tradicional”, en el cual se apunta claramente a una asimilación de lo nuevo sin abandonar la base de partida.

En la primavera de 1958, como he dicho, tuve por primera vez la oportunidad de parar una larga temporada en Norteamérica. Fui con curiosidad parecida a la de Tocquevile, Max Weber o Ramiro de Maetzu, deseoso de descubrir los hechos diferenciales de ese ‘Nuevo mundo’ y las razones de su éxito. El impacto fue profundo. Al descubrir aquella nueva realidad social, política y económica me propuse estudiarla a fondo. Había ido allí, además pilotado por mis amigos conservadores, críticos siempre de la tradición liberal americana. En 1960 publiqué una conferencia, ‘Nuevas formas de democracia y libertad” escrita bajo la inspiración de lo nuevo que veía en los Estados Unidos; en 1961, un trabajo de conjunto sobre la política mundial de ese país, y en 1962, lo que sería el prólogo de ‘las nuevas democracias’, exponiendo los aspectos positivos de este sistema político.

Como muestra de la universalidad de la evolución que se estaba operando en posiciones hasta entonces demasiado rígidas, recuerdo que después de 1962 se publicaron las encíclicas de Juan XXIII ‘Pacem in Terris’ y ‘Master et Magistra’ y que el Concilio Vaticano II se abrió en octubre de ese año. Mi evolución se operaba, pues, acorde con los cambios que estaban realizándose desde 1945, al término de la segunda guerra mundial, cuando comienza a ceder la moda existencialista y la explosión del marxismo.

En mis publicaciones hasta el libro de 1958 habían ocupado un lugar primordial las cuestiones históricas y de filosofía política. Entonces en ‘La fuerza creadora de la libertad’, dedico ya una parte importante del libro a las cuestiones sociales. También se recoge allí la nueva situación que se descubre en Europa occidental: predomina en ella una economía mixta, ni capitalista ni marxista; la lucha de clases desaparece, porque están venciendo los obreros al conseguir un nivel de vida más alto; la intervención del Estado en materias económicas se ha hecho general, y ha acabado, por tanto, el viejo capitalismo liberal.

No me importa que aquí o allí, en un país u otro, se encuentran residuos anacrónicos, feudales, capitalistas o fascistas. En la segunda mitad del siglo XX, las tendencias estaban claras: estado social de derecho, comunismo y socialismo no marxista. Las dictaduras y los regímenes autoritarios no eran ya más que recursos de emergencia o fórmulas de transición.

Desde 1958 hasta 1964, en que publiqué “Las nueva democracias”, donde recogí todos estos cambios económicos, sociales y políticos contemporáneos, la vida española estuvo absorbida por el tema económico. Yo pasé largas temporadas en Europa central, Inglaterra y Estados Unidos. Después recorrí toda la América de habla española y visité el Brasil. Pude así tener un conocimiento directo de la evolución y transformaciones a que me ha referido. Por fin, en 1965, viajé por la Rusia posterior a Kruschev y casi todas las otras democracias socialistas.

Todo ello tuvo que afectar a mi posición pública inicial, pues al paso del tiempo se introducían en la realidad factores nuevos que obligaban a renovar los planteamientos intelectuales y políticos. Así sucedió con mi definición monárquica, que algunos quisieron presentar como debida a una actitud reaccionaria, cuando no la confundían con posiciones nostálgicas. En agosto de 1957 traté este tema con el Conde de Barcelona en una ocasión extraordinariamente propicia. De acuerdo con Juan Claudio Ruiseñada había ido a Rapallo para informar del estado de las gestiones encaminadas a que ese verano se celebrase la tercera entrevista con el General Franco: las dos anteriores habían tenido lugar en agosto de 1948 y diciembre de 1954. Acompañé a don Juan, al regreso,  en un transatlántico italiano que hacía escala en Barcelona y Lisboa. En una de las largas conversaciones que permitían las horas muertas a bordo me preguntó por qué era monárquico. Evidentemente no había motivos de situación social ni sentimentales. Era monárquico por convicción política basada en las circunstancias concretas de la vida española, donde había fracasado la II República y no había sido posible consolidar un régimen de tipo más o menos fascistas. Era monárquico en España por las mismas razones que lo sería en Inglaterra y, por el contrario, republicano en Estados Unidos.

Uno de los hechos más importantes en la política española desde 1939 ha sido la ley de Prensa que comenzó a aplicarse en abril de 1966. Pocos meses después suspendí mis estudios fuera de España para dedicarme a una labor de pedagogía política desde las páginas de este periódico, como otras veces habían hecho conocidos universitarios e intelectuales españoles, los problemas urgentes e inmediatos que podían abordarse ahora ya me hicieron relegar las polémicas intelectuales, para concentrar la atención en las exigencias de la vida política social y económica.

Todo ello tuvo que afectar a mi posición pública inicial, pues al paso del tiempo se introducían en la realidad factores nuevos que obligaban a renovar los planteamientos intelectuales y políticos. Así sucedió con mi definición monárquica, que algunos quisieron presentar como debida a una actitud reaccionaria, cuando no la confundían con posiciones nostálgicas. En agosto de 1957 traté este tema con el Conde de Barcelona en una ocasión extraordinariamente propicia. De acuedo con Juan Claudio Ruiseñada había ido a Rapallo para informar del estado de las gestiones encaminadas a que ese verano se celebrase la tercera entrevista con el Generalísimo Franco: las dos anteriores habían tenido lugar en agosto de 1948 y diciembre de 1954. Acompañé a don Juan, al regreso en un trasatlátnico italiano que hacía escala en Barcelona y Lisboa. En una de la larga conversaciones que permitían las horas muertas a bordo me preguntó por qué era monárquico. Evidentemente no había motivos de situación social ni sentimentales. Era monárquico por convicción política basada en las circunstancias concretas de la vida española, donde había fracasada la II República y no había sido posible consolidar un régimen de tipo más o menos fascista. Era monárquico en España por las mismas razones que lo sería en Inglaterra y, por el contrario, replublicanos en Estados Unidos.

Uno de los hechos más importantes en la política española desde 1939 ha sido la ley de Prensa que comenzó a aplicarse en abril de 1966. Pocos meses después suspendí mis estudios fuera de España para dedicarme a una labor de pedagogía política desde las páginas de este periódico, como otras veces habían hecho conocidos universitarios e intelectuales españoles. Los problemas urgentes e inmediatos que podían abordarse ahora ya me hicieron relegar las polémicas  intelectuales, para concentrar la atención en las exigencias de la vida política, social y económica.

En este triple orden de cuestiones mi posición se orienta decididamente a favor del progreso: democracia moderna, socialización sin marxismo, economía al servicio del interés general. Considero también que, en una actitud de síntesis, este progreso, si es auténtico, permite integrar los valores culturales del pasado que conservan vigencia en el presente.

Rafael Calvo Serer

03 - Noviembre - 1967

La solitaria dialéctica de Calvo Serer

PUEBLO (Director: Emilio Romero)

Rafael Calvo Serer señalaba hace poco en MADRID los tres caminos que desde el presente apuntan hacia el futuro: la industrialización, la liberación económica y la libertad de Prensa. Fué la generación de la guerra la que destrozó estos caminos que – según Calvo Serer – pueden ser erguidos por quienes entran en la vida española con una nueva mentalidad, más preocupados por el futuro que por el pasado, decididos a favor del cambio frente a las posiciones del inmovilismo”.

Los regímenes políticos no perviven por sus inamovibles excelencias doctrinales, sino por su coherencia con las realidades de la sociedad. Es cierto que la industrialización, que multiplicó las vías de acceso social a los niveles de la clase media, es un factor de convivencia democrática de ineludible repercusión política. También la liberalización económica, que sincroniza nuestro desarrollo con el de otras naciones, es un elemento de evolución que condiciona el estilo y aun las formas de gobierno. Producto de estos cambios en las sociedad, la economía y las costumbres es la libertad de Prensa, que ofrece a la concurrencia de opiniones unas parcelas acotadas antes para la iniciativa del POder. Pero por estos caminos podemos marchar hacia distintas metas.

Rafael Calvo Serer es un pensador que procura conciliar la ‘Ciudad de Dios’ – arquetipo agustiniano de la civilización cristiana – con la ‘ciudad de los hombres’ – utopía de la técnica, el bienestar y el progreso indefinido – que ‘L´Express’ propugna con indómito vitalismo agnóstico. Las abstracciones que resultan de estas ejercitaciones impares suelen ser desconcertantes. El profesor, que se felicita por el impulso de la industria, no recata sus críticas implícitas para la autarquía forzosa en que se fomentó, forzada por el asedio de circunstancias exteriores. Cuando el articulista pondera la liberación económica – que adquiere aspectos revolucionarios contrarios a los intereses del creador – no parece aludir, a sus consecuencias sobre las masas trabajadoras, sino al respaldo de los ‘trust’ financieros internacionales a los intereses que vincularon con España.

La industrialización, la liberalización y otros muchos cambios que, por lo visto, no cuentan como caminos hacia el futuro, forman parte de la tarea de convertir la vieja España castiza en un país moderno por sus rentas, su ilustración y sus estructuras. La fuerza de atracción del desarrollo no está en el dividendo de las sociedades anónimas, sino en los militares de españoles que ascienden cada año a los niveles de consumo, bienestar y empleo, propios del siglo en que vivimos. Y el cauce para que los obreros reivindiquen sus derecho y sus ‘deseos de transformar las estructuras anacrónicas’ no es, como dice Calvo Serer, la libertad de Prensa, sino la acción sindical ordenada y vigorosa que contenga los egoísmos empresariales. El camino para que la industrialización y la liberalización no se conviertan ‘en medios al servicio de los intereses reaccionarios’ no sería que los obreros escribiesen cartas al director de MADRID, aunque este periódico y el complejo financiero que lo respalda encarnasen – que ya sería difícil – los supremos ideales sociales del futuro.

Los proyectos políticos de Calvo Serer – enunciados como interpretación del orden de la Providencia – se ajustan a modelos que todos identificamos con el ideal de una sociedad capitalina, en la que los poderes del Estado queden al alcance de las fuerzas financieras conectadas en lo económico y lo político. El sistema de gobierno propio de este neocapitalismo es esa imprecisa democracia que concede al pueblo el derecho al voto y reserva a los capitalistas todo lo restante. Este proyecto es incompatible con cualquier tentativa de restringir la inciativa privada, con las nacionalizaciones de servicios de interés público, con todas las fórmulas de socialización y con el proteccionismo que pudiera justificar la debilidad de ciertos sectores económicos o sociales. La empresa de la libertad parece ser liberal a la industria de toda posibilidad de control del Estado y garantizar la liberalización económica contra  toda vigilancia de la sociedad. Luego, para reivindicar sus derechos y sus anhelos, ahí tienen los trabajadores las columnas de los periódicos, abiertas generosamente a las cartas que convengan.

¿Es éste el sentido en que debemos recorrer los arduos caminos abiertos hacia el futuro en estos años? ¿Son estas libertades las que hoy buscan dolorosamente la mayoría de los pueblos? ¿Coinciden las tendencias sociales de nuestro tiempo con los esquemas de este puro neocapitalismo liberal?

Remitimos estas preguntas al buen sentido del lector. Calvo Serer no dialoga con interlocutores vivientes y parlantes, sino con los reaccionarios e inmovilistas de su invención que – como los pobres sofistas en los diálogos platónicos – quedan inexplorablemente arrollados por su dialéctica solitaria.

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