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La prensa conservadora loa el gesto del pontífice, mientras que EL PAÍS lo atribuye al bloqueo de las ultras

Renuncia inesperada del Papa Benedicto XVI, que pasará a ser el primer ‘Papa Emérito’ de la Historia Contemporánea

HECHOS

El 11.02.2013 se hizo público que el Papa Benedicto XVI iba a renunciar de su cargo, algo que se hizo oficial el 28.02.2013.

12 - Febrero - 2013

Un acto de extrema valentía y humildad

Bieito Rubido

l humilde labrador de la viña del Señor está muy agotado. Probablemente, exhausto. Tendemos a pensar a veces que determinados puestos de liderazgo son un honor, un privilegio que envidiar. Rara vez reparamos en la carga que tal lugar puede llegar a representar. La sonrisa de Albino Luciani no pudo tributar más allá de 40 días bajo el nombre de Juan Pablo I. Joseph Ratzinger ha decidido confesarse ante la cristiandad como el hombre débil que todos somos. Conmueve su ejemplo. Es la imagen de Moisés ante Yahvé en el monte Horeb. No ha recurrido a grandilocuencias para comunicar su decisión. Lo ha hecho en un acto de valor que toma por sí mismo, meditado delante de Dios, en conciencia. Ello le otorga una dimensión intelectual y una hondura espiritual y humana que convierten su Pontificado en uno de los de más profunda huella. El tiempo así lo escribirá en la Historia. Como en aquella ocasión en que el Santo Padre pidió perdón por los delitos de la Iglesia. El cansancio emocional también erosiona. Por eso en esta hora es de rigor hacerle justicia por las profundas heridas que un teólogo de su talla sufrió cuando decidió bajar a las bodegas oscuras, donde reconoció verse rodeado de lobos.
Con Benedicto XVI deja la silla de San Pedro el último Papa que participó directamente en el Concilio Vaticano II. Desde entonces, la Iglesia Católica ha abordado, con luces y también inevitables sombras, un valiente proceso de renovación, de puesta al día, que obliga a quien quiere profesar el credo católico. Estar comprometido con el mensaje de Cristo en un contexto que alardea de modernidad resulta harto difícil. Y ese ha sido uno de los empeños del actual Papa: fe y razón; compromiso sin complejos; firmeza frente al relativismo; amor en todo. Por eso no cabe otra motivación a su renuncia que la lucidez y la responsabilidad de un intelectual ilustrado que ha sabido vivir su alta misión con sencillez, coraje y serenidad. Esa misma serenidad que le permite dar un paso más en la puesta a punto de una Iglesia necesitada aún de un debate profundo si quiere seguir siendo la sal del mundo.
El cardenal Ratzinger estuvo con un protagonismo de primera línea en la escena de Juan Pablo II. Probablemente desde aquella sangrante agonía, concluyó que no podía volver a manifestarse aquel declive físico en el depositario del mandato de Dios. Por eso ha insistido de forma reiterada en que la renuncia de un Papa podría llegar a ser un deber. Todavía hoy recordamos la imagen doliente del venerado Juan Pablo II. Su ejemplo sirvió además para revindicar el elogio de la ancianidad en un mundo que ha sacralizado la juventud. Pero no es menos cierto que la Iglesia necesita ser gobernada con mano vigorosa. No es fácil dirigirla según los pasos de Dios. El complejo mundo moderno está más atento que nunca a la posible germinación de un mensaje de esperanza al que no puede ni debe renunciar la Iglesia de nuestros días.
La renuncia de un Papa es un hecho casi sin precedentes. Por eso, puede ser analizado desde tantas ópticas como uno quiera. Sin embargo y paradójicamente, para entender la trascendente determinación de Benedicto XVI conviene dejarse llevar un poco más por los sentimientos. No faltan ya las voces que aseguran que estamos ante una mala noticia para la Iglesia Católica. Como otras que aseguran que es un paso en el empeño de Ratzinger por modernizar la Iglesia. Por encima de todo, creo que constituye un acto humano y espiritual. Una decisión valiente. En la extrema debilidad física en la que se encuentra, el Papa tiene el valor de tomar una decisión que hace más grande todavía su legado. Una reafirmación más de su empeño de racionalizar la fe y, por tanto, hacerla más auténtica, más influyente, más hermosa, más creíble.
Se cierra un período. La fuerza de la Historia sigue, y traerá respuestas. En ocasiones no somos capaces de intuir cómo evolucionarán en el futuro determinados hechos o ideas del presente. Benedicto XVI fue la voz de la razón, de la ilustración y asumió esa racionalidad en su mensaje frente a una época posmoderna, de sociedad líquida, de relativismo rampante. Este Papa será recordado y valorado por un Pontificado breve pero intenso, que ha permitido a la Iglesia abordar una nueva apertura sin renunciar a su esencia. No me cabe duda, en contra de lo que muchos piensan, que la libre, valiente, honesta y humilde decisión de Joseph Ratzinger tiene un enorme valor para la Iglesia y para su futuro.
Bieito Rubido
12 - Febrero - 2013

Innovación y renuncia

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

La renuncia de Benedicto XVI al pontificado es un innovador jalón en la historia del Vaticano. Ninguno de los más de 250 papas que se han sucedido en Roma renunció tan voluntaria y libremente como lo hará Joseph Ratzinger. Tampoco ninguno de ellos se ha retirado con un comunicado tan cargado de dignidad y verdad con el que pondrá fin a un papado corto —de transición, se dijo en su momento—, pero tan intenso, turbulento y, en cierta forma, innovador debido a la necesidad de afrontar uno de los mayores escándalos que ha salpicado a la Iglesia católica moderna: la pederastia.

Ratzinger accedió al papado con unas nítidas credenciales conservadoras. Fue prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) durante más de dos décadas y rechazó las innovaciones del Concilio Vaticano II. Como sucesor de Juan Pablo II se apresuró a proclamar innegociables la familia, la indisolubilidad del matrimonio, el celibato sacerdotal, el repudio al aborto, el divorcio y las uniones entre homosexuales. Durante sus casi ocho años como sumo pontífice ha cumplido con las expectativas de todos los que esperaban el inmovilismo de la ortodoxia. Ha criticado al islam, ha regresado a la liturgia de la misa en latín, ha levantado la excomunión que pesaba sobre los lefebvrianos (la extrema derecha católica francesa) y ha clamado de forma inoportuna contra el uso de los preservativos en su primer viaje a África, el continente más severamente castigado por el sida.

Pero Joseph Ratzinger es un teólogo, un intelectual riguroso difícil de etiquetar con simpleza. Procedente de una Conferencia Episcopal, la alemana, que es la que más claramente distingue entre poder terrenal y religioso, Benedicto XVI ha mantenido actitudes que han molestado a los sectores más radicales. Su primera visita a España fue un jarro de agua fría para las expectativas de la Conferencia Episcopal Española, que quiso instrumentalizarla para atacar el proyecto de matrimonio homosexual de Rodríguez Zapatero. A su regreso a Roma fue destituido sin contemplaciones el portavoz Joaquín Navarro-Valls.

Sin duda es la lacra de la pederastia de sacerdotes y jerarcas la que ha marcado su papado y ha llevado a Benedicto XVI a tomar las decisiones que menos esperaban los más ultraconservadores. Llegado al solio pontificio un año después de que estallara el primer escándalo en EE UU, esa bomba de efectos retardados le estalló desde el principio, tras décadas de abusos sistemáticamente ocultados por la curia y por Roma. Frente a los que clamaban por mantener el silencio, Benedicto XVI rompió con el ocultamiento impuesto por su predecesor, pidió perdón por los pecados cometidos y en una histórica visita a Malta prometió que los culpables serían entregados a la justicia secular.

Fue un giro copernicano que probablemente esté en consonancia con su rigor intelectual y doctrinal, y contra el que todavía se revuelven muchos estamentos de esta anquilosada institución. En ellos podría hallarse una parte de la razón de su creciente aislamiento en el Vaticano, lo que sería una paradoja de la historia, como lo es su propia renuncia (en latín) y su posterior retiro espiritual a un convento de monjas. Porque es una muestra del poder innovador que en ocasiones ofrece la más estricta ortodoxia y el regreso a los principios. La misma partida antes de tiempo es una señal inequívoca de responsabilidad hacia una curia envejecida.

Como él mismo dice en su despedida —una irrupción de modernidad en un espacio más que tradicional— es de esperar que los cardenales sepan elegir sabiamente al nuevo pontífice. En ello se juegan el futuro de una Iglesia en crisis y hoy en manos del inmovilismo.

12 - Febrero - 2013

Ratzinger puro

Hermann Tertsch

Ahora son muchos también los que tampoco habrán comprendido al frágil Ratzinger cuando ha decidido que había llegado el momento. Sin aviso

La incomprensión de muchos no le preocupó nunca. Ni al joven teólogo Joseph Aloisius Ratzinger con sus ambiciosos escritos tempranos, ni al severo cardenal Ratzinger cuando, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ejercía con mano de hierro y se granjeaba las mismas fobias de enemigos de la iglesia que de corrientes «liberales» en el seno de la misma, Tampoco como Papa Benedicto XVI ha tenido miedo a la incomprensión cuando irrumpió con radicalidad en los lentos procesos de esclarecimiento del escándalo de la pederastia. Y expuso al clero de muchos países al escrutinio interno y externo. Ni cuando habló del islamismo y le pidió que dejara atrás su carácter violento. Ni cuando arremetió contra ese relativismo mendaz de la sociedad moderna en la que todo vale lo mismo, lo bueno y lo malo, el culpable y la víctima, lo efímero y lo eterno, lo auténtico y lo falso, la verdad y la mentira. Y cuando ha llamado a los creyentes a hacer frente al atropello permanente de un laicismo agresivo que se pretende tolerante, pero sólo lo es con la intolerancia. Un laicismo militante que mantiene una obsesión de acoso contra el cristianismo, mientras pide comprensión para el islamismo político y todo tipo de desviaciones ideológicas radicales. El 24 de abril del 2005, había pedido: «Rezad por mí para que no huya en pavor ante los lobos». Iba a encontrar muchos lobos en cuanto desplegara su tenacidad y lucidez para luchar contra lo que no sólo creyentes consideran ya plagas de la modernidad . «Si sólo hubiera cosechado aplauso habría tenido que preguntarme seriamente si estoy proclamando el Evangelio».

Benedicto XVI, con su serenidad inamovible, ha irritado hasta el paroxismo a las ideologías del odio y al frente político y mediático de la tiranía de una corrección política que sólo sirve para perpetuar una hegemonía izquierdista de la cultura. Los ha puesto literalmente enfermos como se ha vuelto a ver en el alarde de simplezas, bajezas y zafiedad sin límites de que han hecho gala tanto políticos y periodistas. Especialmente por supuesto en España, donde somos campeones en el alarde de pestilencias culturales, odios gratuitos y mala educación.

Ahora son muchos también los que tampoco habrán comprendido al frágil Ratzinger cuando ha decidido que había llegado el momento. Sin aviso. No se trata sólo de que no quiera agonizar en el cargo como su antecesor Juan Pablo II. Aunque también. Sabe que su debilidad física y falta de presencia de ánimo en asuntos de gobierno fomenta disensos e intrigas que irían necesariamente en aumento. Estaba pensado, muy pensado. Lo había sugerido de forma más o menos clara a varios interlocutores. Para impedir el vacío de poder que inevitablemente causaba la ancianidad en la Silla de San Pedro. Hacía falta mucho valor para tomar esta decisión. No sólo porque nadie había dado ese paso en seis siglos, que no es poco. Ante todo, porque a partir de ahora lo tendrán que dar, obligadamente ya, todos los que lo sigan en el Pontificado. Ratzinger había demostrado siempre su inmensa valentía intelectual. Ayer la llevó a su máxima expresión, al imponer, con tímida y frágil voz, un colosal cambio en la forma de asumir y entender el Pontificado, por la curia, por la Iglesia y por el mundo. Para que el Vaticano no quede en manos que no sean las del Pontífice. Él se retira a rezar y pensar hasta el final. Después de haber meditado sin duda con exacta pulcritud todo el proceso que se abre con el anuncio hecho al filo del mediodía de este 11 de febrero para la historia.

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