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El imperio mediático creado en torno a EL LIBERAL, EL IMPARCIAL y EL HERALDO DE MADRID pierde una de sus tres patas

Ruptura en ‘el Trust’: El diario EL IMPARCIAL de los Gasset abandona la Sociedad Editorial de Miguel Moya

HECHOS

El 27.04.1916 el diario EL IMPARCIAL informó que su periódico cambiaba de propiedad para dejar de pertenecer a la Sociedad Editorial de España.

EL IMPARCIAL y la Sociedad Editorial de España

EL IMPARCIAL (Director: López Ballesteros)

27-04-1916

Por acuerdo unánime del Comité Ejecutivo del Consejo de Administración y de la Junta general de accionistas, la Sociedad Editorial de España ha cedido en venta la propiedad del periódico EL IMPARCIAL a la Sociedad con este mismo título, que ha quedado constituida por escritura pública de 30 de marzo de 1910.

Queda, pues, nuestro periódico en situación de absoluta independencia, de total autonomía, y, al frente de la nueva organización, aquellos elementos propietarios y directivos que recogieron la obra del ilustre fundador y que contribuyeron y contribuyen con su labor, con su inteligente esfuerzo a mantenerla y mejorarla.

¿Necesitamos decir que el cambio de la organización que cesa por la que hoy comienza a regir se ha verificado en el mutuo acuerdo entre los elementos rectores de la Sociedad Editorial y dentro de la más perfecta cordialidad? No hace falta insistir en ello, ni aún para salir al paso de las malicia de los murmuradores.

El 14 de mayo de 1906 dábamos cuenta en esta misma plana de EL IMPARCIAL de la constitución de la Sociedad Editorial. Razones circunstanciales, de medio ambiente, fueron causa de que aquel documento de excepcional trascendencia en la historia del periodismo español, sin dejar de ser una exposición serena de propósitos, su programa metódico como correspondía a lo elevado de su pensamiento, tuviese también algo de polémica, de la vibración y el fuego de las controversias. Era inevitable. El público en general y los profesionales de la Prensa, especialmente, se habían anticipado, no sólo a la declaración oficial de la constitución de la Sociedad, sino a la constitución misma. Aun no había cuajado el pensamiento y ya circulaba la palabra ‘trust’, esa palabra que en estos diez años, en fuerza de ser repetida, manoseada empleada en tantas ocasiones contra nosotros como un arma, ha pasado a ser, de un término casi exótico, un vocablo corriente.

Y sin embargo, el pensamiento que informó la constitución de la Sociedad Editorial no pudo ser más generoso. Hoy que retornamos nuestra libertad, no lo podemos hacer sin experimentar la melancolía que se siente al abandonar una empresa en que pusimos tan nobles esfuerzos y tan desinteresados entusiasmos.

¿Por qué a pesar de ser estas nuestras ideas y las de las personalidades eminentes que concibieron y realizaron el pensamiento de asociar órganos de publicidad que parecían elementos heterogéneos nos separamos hoy nosotros con una plena unanimidad de criterio respecto a la mutua conveniencia del paso que damos?

Es que, a nuestro juicio, las realidades de la vida, las presiones de fuera, han malogrado en mucha parte la virtualidad de la unión. No es posible desconocer que aquella preocupación pública más o menos sincera, que precedió a la constitución del trust, nos ha acompañado luego como la sombra al cuerpo, durante esta larga etapa de diez años. Esa desconfianza, ese recelo probablemente más fingidos que reales, subsisten con mayor o menor intensidad y nos siguen a lo largo de todas nuestras campañas. Estado de conciencia o habilidad, se traducen o en la leyenda de una dictadura maquiavélica ejercida desde las cimas de la Sociedad Editorial (una especie de deus ex machina que lo gobierna y rige todo) o en una burda sospecha de comedia y de reparo de papeles. Y claro está que la leyenda es pueril y la sospecha grosera y calumniosa: pero lo cierto es que el ánimo del escritor, por mucha que sea su ecuanimidad, se siente embarazado y cohibido, no pudiendo, en definitiva, sustraerse a la pesadumbre de tan prolongadas mentiras. Diez años no han bastado para que la opinión española se avenga a admitir que puede realizarse en España y por periódicos españoles lo que hace mucho tiempo realizan grandes Empresas de publicidad de otros países más adelantados. Aquí las gentes sse rebelan ante la idea de que pueda existir un vínculo administrativo común y una total independencia al juzgar de las cosas y hechos de la vida pública. Y no admitiendo la libertad individual de cada uno de los órganos de publicidad asociados, confunde y amalgama, y esta sí que es natural consecuencia, las responsabilidades.

Así es la realidad, aunque se engendre en perjuicios y malignidades. Es injusto, pero es así. Y esa persistencia de la injusticia ha hecho arraigar en nuestro ánimo el convencimiento de que EL IMPARCIAL necesita recabar para sí, como siempre la tuvo, toda la absoluta espontaneidad de sus actos, único modo de aceptar la integridad de sus responsabilidades.

Bien meditado, acaso no todo es obra de la malicia y de la malquerencia. Es indudable que al concertarse y al unirse, aunque sólo fuera para fines económicos, cada uno de los tres periódicos, EL LIBERAL, EL HERALDO DE MADRID y EL IMPARCIAL, dejaban entre las mallas de la organización social, si no algo de su independencia, algo, por lo menos, de su personalidad. Tendía el público, aun el de buena fe, a borrar, a confundir las fronteras, antes tan definidas y con tal relieve marcadas en la cartografia ideal de la Prensa española, de cada uno de los tres grandes órganos de opinión. No se decía ‘campaña de EL IMPARCIAL’ sino ‘campaña del Trust’. Y de esta confusión de límites nacía otra confusión todavía más peligrosa en el ánimo de los lectores de cada uno de nuestros periódicos. Un viejo lector de EL IMPARCIAL, por ejemplo, es natural que no acertase a explicarse que apareciésemos ante la opinión pública comprometidos y solidarizados en campañas extrañas o incompatibles con nuestra tradicional representación. Vanamente tratamos de prevenirnos, primero con nuestros estatutos de constitución: más tarde, durante diez años, con nuestra conducta, contra este prurito de generalizar, de englobar responsabilidades, de disminuir la personalidad de cada uno de los periódicos.

La personalidad de EL IMPARCIAL, después de estos años de vida social, sigue siendo fuerte y vigorosa; pero acaso el público, nuestro público, el que durante media centuria nos ha acompañado fielmente, nos exige, que dependamos sólo de nosotros mismos, sin más vínculo, por suave, por grato, por útil que sea, que el de nuestra propia historia, el más seguro, el más fuerte, sin que el porvenir le sea posible, ni al os que enjuician de buena fe ni a la hipocresía de los malintencionados, mirarnos a través de otros cristales que no sean los limpios y diáfanos de nuestra propia casa. Quieren tal vez – y acaso piensan bien – los amigos y favorecedores de EL IMPARCIAL, que volvamos a ser lo que fuimos, que nuestras campañas sean ‘nuestras campañas’ que no sea posible, en lo sucesivo, ese curioso sistema de aplicarnos un tercio de responsabilidad, aun en aquello en que no la tenemos por el mejor hecho de ser tres los periódicos asociados.

Justo es confesar, y nosotros paladinamente lo declaramos en esta hora de sinceridad, que sí de ciertos inconvenientes con que en la práctica hemos tropezado en esta década de vida social no debe buscarse la causa en la organización misma, mucho menos en las personalidades que nos han dirigido en las cimas de la Sociedad Editorial. ¡Cómo habían de ser ellos los responsables, si son supremos maestros del periodismo y sus aciertos están depurados en una larga y noble vida consagrada a la profesión! La constitución de la Sociedad Editorial de España será siempre un timbre de honor para el que hasta hoy ha sido nuestro ilustre, nuestro querido presidente, D. Miguel Moya, y para sus leales e insignes colaboradores.

Pretendemos, en armonía con estas ideas renovar en EL IMPARCIAL ciertas características que, si no se borraron en estos últimos años, por lo menos aparecían un tanto esfumadas. Nos ocupamos con la pausa inevitable en tarea tan compleja, en rehacer, seleccionándolo, un Cuerpo de corresponsales propios, como siempre lo tuvo EL IMPARCIAL, identificado con el periódico, verdaderos redactores que a diario dejen en esta hora la varia e intensa palpitación de la vida nacional. Mejoraremos nuestro servicio telegráfico del exterior ampliando los medios de nuestros redactores en el extranjero. A la colaboración asidua de escritores tan insignes como Ciges Aparicio, tan autorizados en su especialidad como Ricardo Ruiz, tan populares cuando Tedeshchi, sumaremos la de otros escritores, si podemos – y por nosotros no ha de quedar – los más eminentes, los consagrados por el juicio público. En este mismo número verá el lector que empezamos a cumplir, creemos que espléndidamente, estas promesas. Hemos de procurar, en suma, que nuestro periódico quede dotado de medios, sin o proporcionados a la transcendencia, jamás superada, de los sucesos que conmueven al mundo, por lo menos decoroso y suficientes para calmar las ansiedades de la opinión.

De otros extremos nada hemos de decir. Nuestro amor a esta patria española es cada día ma´s ferviente: nuestro desinteresado cariño a la profesión, cada día más probado y más firme. En ambos sentimientos nos inspiraremos.

Al Público

EL LIBERAL (Director: Alfredo Vicenti)

27-04-1916

Por acuerdo unánime del Comité Ejecutivo del Consejo de Administración y de la Junta general de accionistas, la Sociedad Editorial de España ha cedido en venta la propiedad del periódico EL IMPARCIAL a la Sociedad de EL IMPARCIAL, constituida por escritura pública de 30 de marzo de 1916.

La Sociedad Editorial de España es propietaria de los periódicos siguientes: EL LIBERAL, HERALDO DE MADRID, EL LIBERAL de Barcelona, EL LIBERAL de Bilbao, EL LIBERAL de Sevilla, EL DEFENSOR DE GRANADA y LA MODA PRÁCTICA.

No es exacto, como algunos periódicos han supuesto, que la Sociedad Editorial de España se haya disuelto, ni que termine el periodo por que fue constituída en Mayo de este año. La duración legal de la Sociedad Editorial de España, según sus estatutos, es de cincuenta años.

No necesitamos renovar nuestra profesión de fe, contenida en el programa con que nacimos a la vida periodística el 31 de mayo de 1879 y en nuestro breve estatuto de 26 de marzo de 1901 porque EL LIBERAL continúa siendo lo que siempre ha sido.

Antes de crearse y mientras funcionó con sus primitivos componentes la Sociedad Editorial de España, no hemos dejado nunca de pensar y obrar de la misma manera. Y hoy, subsistiendo esa sociedad, aunque ya no sea propietaria, con el asentimiento de todos, de uno de sus factores más importantes, tampoco tenemos por qué alterar en nada ni nuestras ideas ni nuestra conducta.

Amante de la República fue desde su origen EL LIBERAL; pero sin alardear de serlo y guardándose  de vincular su independencia en ninguna de las agrupaciones que pugnaban y pugnan contra la Monarquía.

No fue tan sólo por imposiciones de la ley, que en aquellos días prohibía a partidos y periódicos usar el nombre de republicano, por lo que adoptó el de Demócrata, único tolerado entonces por la llamada Constitución interna. Lo hizo, principalmente, porque en la generosa amplitud de la democracia cabían mejor sus aspiraciones, menos atentas a las formas que a las esencias y no tan celosas del vaso como de su contenido.

A esa norma nos hemos ajustado en materia política, social y económica durante los treinta y siete años que llevamos de vida; inflexibles en el mantenimiento del criterio propio y llenos de tolerancia – salvo en los casos de indispensable lucha – pero con la opinión ajena.

Fieles a nuestro título, hemos amado, sobre todo, la libertad y la hemos defendido sin reparar en la condición de los hombres que, desplegándola en ciertos casos como una bandera, nos llamaban en su ayuda.

Muchos otorgan hoy a lo ideológico una atención que no solían antes parar sino en las campañas políticas muy violentas, en los insultos parlamentarios, en los lances del toreo y en los sucesos criminales o escandalosos de cada día.

Transiguiendo con preferencias y hábitos comunes en España a todas las jerarquías, hemos logrado interesar al gran público en cuestiones de superior importancia y en cosas de mayor delicadeza.

De esta manera hemos alcanzado una inmensa difusión (sin precedentes en la historia del a prensa nacional) que, en términos relativos, compite con la de los principales periódicos del extranjero.

Ello demuestra que EL LIBERAL satisface y colma los deseos del público, y nos invita, en lo que al espíritu y al conjunto respecta, a no salir de las normas generales a que veníamos desde 1879 ajustando nuestra marcha periodística; pero nos invita también a mejorar y ampliar todos los servicios a informaciones a fin de conservar el puesto excepcional a que hemos llegado y de realzarlo todavía mis, si posible fuere.

Nuestros lectores, que por algo nos han elevado al puesto de honor en que estamos, saben de antiguo como somos y cuan de verdad procuramos hacernos dignos de la honrosa confianza con que nos favorecen.

Damos, pues, la mano a las promesas y, siguiendo la práctica constante de EL LIBERAL, a las obras nos remitimos.

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