Santiago Carrillo califica al director del diario PUEBLO, Emilio Romero como ‘la conciencia pícara’ del Movimiento

La Conciencia Pícara – 6-11-1967

¿Sabe el señor ministro Secretario General del Movimiento que Santiago Carrillo, primera figura del Partido Comunista de España me llama la ‘conciencia pícara del Movimiento? Se lo ha dicho a un periodista que le había solicitado unas declaraciones para una revista italiana. Me ha divertido e intrigado la calificación. A lo que parece, debe haber una conciencia grave, usual, consecuente, antigua, tópica, del Movimiento. Es la que prefiere el Partido Comunista para mantener vigentes sus graves, usuales, consecuentes, antiguas, tópicas acusaciones. Así son dos viejos adversarios que pueden seguir diciéndose las mismas cosas durante toda la vida. El Partido Comunista, la más expresiva manifestación de los ‘ultras’ de la izquierda apetece un Régimen constituido por los ‘ultras’ más calificados de la derecha. De esta manera, una dialéctica vieja aspira a la supervivencia política en una sociedad nueva. Pero esto sería un montaje atroz.

La conciencia pícara del Movimiento debe ser como una desfiguración, como un encubrimiento, y hasta como un cambiazo, Santiago Carrillo debe estar pensando que convierto a los fascistas en demócratas, que sería una metamorfosis más lógica y natural que la que realiza el Partido Comunista convirtiendo a curas en activistas políticos e instalando centros de reunión en algunas parroquias y centros píos. Aquí hubo alguna cierto fascismo aguado y se evaporó sin cuajar, como algunas nevadas ligeras. No es este pueblo nuestro prolongadamente aficionado a la uniformidad, que es el semblante de los sistemas políticos conformados con la omnipotencia del Estado.

La conciencia pícara, será, digo yo, el reconocimiento de lo que ha mudado, y no de lo que interesadamente conviene tapar. Hagamos un recorrido: La sociedad española actual es distinta a la de ayer: por eso, una vez que los deseos generales de la gente son los de conveniencia política, prosperidad económica y justicia social, el Régimen tiene que ser, en sus formas políticas, aquello que garantice mejor la ejecución de esos deseos.

No gusta ni la dictadura de los oligarcas ni la dictadura de los proletarios.

Cae bien la tolerancia, y se ha agradecido la supresión o el amortiguamiento de las distintas censuras.

No se aguantan los abusos sociales, los sueldos insuficientes y las desigualdades económicas irritantes.

La Nación no está encasillada en filiaciones internacionales, y todo es para nosotros el mundo de nuestros días; si alguien nos favorece es espléndido, y si no figura en la rueda de la historia de nuestras conveniencias, no es tan bueno. Los mitos favorables o desfavorables de la preguerra – a nivel internacional – se los se los ha llevado el viento. Los fascismos ya no se recuerdan; con Rusia y los países socialistas, negociamos. Con los Estados Unidos tenemos convenios militares y económicos, porque resulta más fácil que tenerlos con nuestros vecinos europeos. Vietnam nos cae lejos y no nos gusta lo que pasa allí como a todo el mundo.

Con los exiliados más eminentes y recalcitrantes podemos hacer en Madrid una tertulia cuando quieran; los curas y los capuchinos ya no son lo que eran; hacemos elecciones cada dos por tres y en todas partes, y no solamente dos veces, como en toda la República; a don Claudio Sánchez Albornoz le han ido a ver académicos a Barajas; Azaña ha aparecido espléndidamente en una revista; la Pasionaria ha publicado en YA sus comentarios mediante una conversación sostenida con la mujer de Fisca y ha hablado bien de las monjas; nos llegan cercanos los versos de Alberti; conmigo ha estado Nicolás Guillén, y me sigue pareciendo más poeta que comunista, y me pongo unos discos de ser versos cuando quieran, descansar y meditar. El socialista Erier habló en el Salón de Medinaceli; Madrid se puebla oficialmente o de incógnito, de socialistas europeos y de comunistas americanos y africanos; Tito brinda en el pabellón de España en la feria de Belgrado; un profesor checo, marxista, es escuchado en Toledo por nuestros jóvenes; y aquí todo es diferente, de aquel tiempo en que vivía en Madrid el joven Santiago Carrillo.

No hay tal conciencia pícara del Movimiento, sino la dosis corriente de sentido común para decir también ahora que el Partido Comunista de España, como se sigue presentando en sus manifiestos, en sus discursos y en sus hojas, no está presentable en esta nueva sociedad. Es muy cavernícola. Como tampoco están presentables otros españoles cavernícolas del Movimiento, que siguen repitiendo las cosas de ayer y de anteayer sin un solo retoque, y hay que ver cómo resbalan sus tópicos por las cabezas de la nueva generación.

Sospecho que la conciencia pícara consistirá en intentar romper el maniqueo que apetece el Partido Comunista para combatirlo a placer. Ahí van unos puntos, elegidos apresuradamente de esa conciencia mía.

Primero. No tenemos Sindicato vertical, sino Sindicalismo de integración. ¿Por qué combate el Partido Comunista lo que no existe?

Segundo. El Movimiento no es un partido, aunque algunos falangistas minoritarios hayan querido que lo fuera. El Movimiento fue fundado por el Generalísimo Franco el 19 de abril de 1937 para reunir a las fuerzas políticas del Alzamiento de julio y confiarles el mecanismo político y civil del nuevo Régimen. El sistema político español ha sido siempre una alianza de falangistas, tradicionalistas, católicos y monárquicos de la última dinastía reinante. El tiempo ha descolorido bastante el primer semblante de esta alianza, y ahora las personalidades políticas tienen menos acento ideológico, más flexibilidad en la colaboración y más características de gobernantes.

Tercero. El poder personal de Franco ya no es el resultado de unas determinadas estructuras políticas o jurídicas, sino el convencimiento popular refrendado de que el Generalísimo es garantía de autoridad en el gobierno de la Nación, de independencia respecto a los sectores políticos de seguridad en orden al deseo de vivir en paz y de buen sentido para armonizar progreso y estabilidad. El poder de Franco es por todas estas razones, democrático.

Cuarto. Las Cortes, el Consejo Nacional, la Prensa, los Sindicatos, las corporaciones locales, todos los organismos con el pueblo dentro, y deliberantes, expresan sus opiniones más o menos, dentro del terreno de juego. En la medida en que funcione esto, tendremos: o un poco de democracia o toda una democracia. Es un problema de rendimiento, y de ritmo, que por otra parte, va a más.

Quinto. El fascismo de Hitler o de Mussollini ha muerto: ya no queda ni la nostalgia sobre la superficie de la tierra. Pero el comunismo de Stalin también ha muerto.

Sexto. El Régimen tiene una ‘oposición’ fuera de la ley; pero tiene varias oposiciones dentro de ella. Una oposición fuera de la ley, es una revolución; varias ‘oposiciones’ dentro de la ley, es una democracia.

Séptimo. Llevamos a tales actitudes nuestra fuerza por no ser uniformes, que ni siquiera lo somos en los Consejos de ministros. La calle sabe que no todos los ministros piensan lo mismo. Luego lo que menos parecemos es un Régimen totalitario.

Y otros sí, como decían los escritores del siglo de Oro:

Mi admirado amigo, y evaporado compañero, Torcuato Luca de Tena, combatió la Ley Orgánica del Movimiento y su Consejo Nacional; es lo que podríamos llamar un ‘tibio del Movimiento’. Yo defendí la ley – solamente con cinco reparos o enmiendas – y estoy conceptuado como un caluroso del Movimiento. Sin embargo  mi tenaz y cordial adversario Torcuato Luca de Tena ha sido designado consejero nacional por el Jefe del Estado; y yo he tenido que pasar por las urnas, que si da mucha satisfacción y honores, que dice el general De Gaulle, proporciona muchos quebraderos de cabeza. Lo digo esto a efectos de la capacidad de asimilación y de integración que hay por estos pagos. Aquí al que se descuida, lo hacen gubernamental, en lugar de exluirlo, que es el índice más alto de compresión y tolerancia.

Yo no sé quién habrá sido quien ha distribuido por la vida española tan altas dosis de realismo. Pero eso es lo que sucede.

Santiago Carrillo tiene de mi una opinión inmerecida. Unicamente salgo a la calle, abro los ojos y veo el país. Eso está al alcance de cualquiera. Lo que pasa es que he escogido un oficio tremendo: que he decir lo que veo, aunque no todo, pues ya se sabe que el ejercicio de la libertad, más que la que le corresponde por necesidad, por fatalidad, por responsabilidad o por caridad. Si Santiago Carrillo no se decide a hacer una tertulia conmigo en Madrid tendré que ir un día a París a verle para hacerle una crónica de situación, de intenciones y de lenguaje. Advierto a Santiago Carrillo, con modestia, que tengo algún crédito. De París, y de Alemania, y de Inglaterra y de Italia hasta de los Estados Unidos, y últimamente un diputado del Parlamento japonés, vienen a verme a por esas crónicas de situación, a oír esa ‘conciencia pícara del Movimiento’. Antes han visto a la oposición, y salen con la mosca en la oreja, porque les parece que no todo es tan malo. Ven también a algunos ministros, y como es un oficio acorazado de cautela y expansivo de entusiasmos, se quedan un poco preocupados, como si les faltara algo. Entonces alguien, afectuosamente, les dice que se den una vuelta por Huertas 73. Pero Santiago Carrillo no va a querer oír lo que pasa. Tiene ya un cantable. Su ‘conciencia pícara’ está enfrascada con ilusión en quitar al Régimen obrero estudiantes y curas. Mi conciencia pícara es todo lo contrario: renuncio a dar curas al Régimen, porque me falta autoridad, y además todavía tiene muchos el Régimen. Pero si autoridad, y además todavía tiene muchos el Régimen. Pero si puedo darle obreros y universitarios, lo haré. ¿Pero por que soy del Régimen? Esto sería una pretensión muy pobre. Lo intento hacer por otra cosa: porque los obreros y los universitarios son los que tienen que hacer un país pacífico y progresivo. Y para esto mi convicción honrada es que la marcha no es de otra parte que del Régimen en adelante, porque la Historia es irreversible. La empresa política de los universitario y de los obreros es transformación, y no estancamiento; fundación y no restauración; evolución, y no revisionismo.

Ahora que está otra vez Malraux de moda tendré que repetir aquello que aconsejé a un príncipe que meditara sobre un texto del escritor galo: “Todos los grandes monumentos proyectan sombra; hay gente que no ven más allá de esta sombra”.

Emilio Romero

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