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La decisión unilateral de la dirección del PCE vasco de integrarse en EIA (de Euskadiko Ezkerra) clave de la crisis

Carrillo expulsa al líder del PCE vasco, Roberto Lertxundi, y a los ‘renovadores’ que le apoyaron encabezados por Cristina Almeida

HECHOS

El Secretario General del PCE-EPK, D. Roberto Lertxundi y sus principales colaboradores fueron expulsados del PCE en noviembre de 1981.

El 16.11.1981 un congreso extraordinario del PCE-EPK, la federación vasca del Partido Comunista de España liderada por D. Roberto Lertxundi, aprobó su fusión con Euskadiko Ezkerra – Izquierda de Euskadi para pasar a formar Euskadiko Ezkerra – Izquierda para el Socialismo (EE) bajo el liderazgo de D. Mario Onaindia.

La dirección del PCE de D. Santiago Carrillo desautorizó aquella fusión y anunció la expulsión del PCE del Sr. Lertxundi y sus colaboradores, escogiendo a su antiguo colaborador D. Ramón Ormazabal para que reasumiera el liderazgo del PCE-EPK.

EXPULSIONES MASIVAS DEL PCE DE TODOS LOS QUE APOYEN LA INICIATIVA DEL PCE-EPK

La crisis por la fusión del PCE-EPK con EE abarcó al partido en muchas de sus federaciones, singularmente en Madrid, donde destacados dirigentes del PCE fueron expulsados por apoyar al grupo del Sr. Lertxundi. Seis concejales del ayuntamiento de Madrid encabezados por Dña. Cristina Almeida fueron expulsados:

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Cristina Almeida, Isabel Villalonga, Eduardo Mangada, Luis Larroque y Martín Palacín

La dirección del PCE de Madrid que dirige el “carrillista” Adolfo Piñedo ha decidido la expulsión fulminante de todos los concejales “renovadores” del Ayuntamiento de Madrid que han apoyado a Roberto Lertxundi. De esta manera Cristina Almeida, Isabel Villalonga, Eduardo Mangada, Luis Larroque y Martín Palacín han quedado expulsados del PCE, también se les destituirá como concejales y se les prohibirá la entrada al ayuntamiento como le hiciera el PSOE a Alonso Puerta. Tanto Eduardo Mangada, como Luis Larroque, como Martín Palacín han decidido integrarse en el PSOE.

EXPULSIONES EN EL COMITÉ CENTRAL DEL PCE: BRABO, AZCARATE, ALONSO ZALDÍVAR

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El Secretario General del PCE, Santiago Carrillo ha decidido cortar por lo sano. La decisión de los líderes renovadores de apoyar a D. Roberto Lertxundi y a su integración en EE ha sido la gota que ha colmado el vaso. De esa forma D. Carlos Alonso Zaldivar, Dña. Pilar Brabo, D. Juan Manuel Azcarate, D. Jaime Sartorius, D. Julio Segura y Dña. Pilar Arroyo han sido expulsados del Comité Central. Una de las caídas, la Sra. Brabo aseguró que de seguir la situación como va, el propio Carrillo y su número 2, Nicolás Sartorius acabarán con el PCE.

 Dña. Cristina Almeida fue expulsada del PCE por apoyar al Sr. Lertxundi.

D. Felipe Alcaraz (PCE) explica a J. F. Lamata la expulsión del Sr. Lertxundi:

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Dña. Cristina Almeida (PCE) habla con J. F. Lamata sobre su expulsión:

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EL VICESECRETARIO NICOLÁS SARTORIUS A FAVOR DE LA EXPULSIÓN DE LERTXUNDI, PERO NO DE ALMEIDA:

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El Vicesecretario General del PCE, D. Nicolás Sartorius fue señalado por varios medios como alguien contrario a las expulsiones del Sr. Carrillo, lo que le llevó a mandar una carta al diario EL PAÍS publicada el 21.11.1981 explicando que había votado a favor de la expulsión del Comité Central del PCE de D. Roberto Lertxundi y sus colaboradores. No obstante, el 25.11.1981 mandó una segunda carta al diario EL PAÍS para matizar que, por contra, no había votado a favor de la expulsión del grupo de concejales madrileños que encabezaba Dña. Cristina Almeida.

10 - Noviembre - 1981

La unificación eurocomunista: el caso de Euskadi

Pilar Brabo

El eurocomunismo está necesitado de avanzar fundamentalmente en dos direcciones: primero, una reflexión más crítica e incisiva sobre la realidad de los países del llamado socialismo real, llevando más allá la independencia, total con respecto a este bloque, y sobre todo, de la Unión Soviética. Segundo, una vinculación mucho más profunda y viva con la clase obrera.

El proceso de unificación en curso entre el PCE-EPK (que surgió del IV Congreso) y EIA reviste el mayor interés, no sólo para la clase obrera y las fuerzas progresistas de Euskadi, sino para toda la izquierda española en general, y en concreto para los eurocomunistas españoles.Porque era, y es, un proceso de fortalecimiento de la izquierda de Euskadi, acosada entre una derecha peneuvista que aún recoge apoyo popular y entre un nacionalismo nodemocrático y terrorista que mal que nos pese también lo recoge. Pero además este proceso entra de lleno en el campo de muchas de las reflexiones que nos debemos hacer, y que nos hacemos, los eurocomunistas hoy sobre cómo despejar los obstáculos que dificultan nuestra fuerza e influencia. Creo, y lo dije en la reunión del Comité Central del 22 de octubre, que el eurocomunismo está necesitado de avanzar fundamentalmente en dos direcciones: primero, una reflexión más crítica e incisiva sobre la realidad de los países del llamado socialismo real, llevando más allá la independencia, total con respecto a este bloque, y sobre todo, de la Unión Soviética. Segundo, una vinculación mucho más profunda y viva con la clase obrera, las fuerzas de la cultura y con los llamados nuevos movimientos sociales,buscando, al tiempo, nuevas vías para ir realizando la unidad de la izquierda. El PC de México, por ejemplo, ha sido capaz de encontrar una solución original a los complejos problemas que tenemos planteados, procediendo a impulsar e integrarse con otras organizaciones en una nueva fuerza política. No es que sea preceptivo seguir su ejemplo, no es que se trate de decretar la incapacidad de los partidos comunistas para cumplir su función histórica. Es que estamos atravesando en Europa, y no sólo aquí, una situación nueva que nos exige, entre otras cosas, no ofuscarnos en visiones puramente organizativistas, de etiquetas y nombres, sino ampliar nuestro horizonte hacia fuerzas que existen, o que surgen, y que pueden llegar a coincidir con nuestros planteamientos.

La perspectiva de una confluencia global con los partidos socialistas no se inscribe, evidentemente, en el horizonte inmediato. Pero en Euskadi, y puede que no sólo allí, sino también en alguna otra nacionalidad o región, existen posibilidades de unificación con fuerzas de izquierda surgidas en torno al hecho nacional que, por razones de diverso tipo, ocupan ya un espacio eurocomunista.

En lo que se refiere al País Vasco, esta reflexión ha estado planteada, entre los comunistas vascos y españoles, desde principios de la década de los setenta, si no antes, aparte de haber acompañado toda, la experiencia histórica del PCE-EPK. Este fue el contenido fundamental del IV Congreso del PCE-EPK, celebrado en enero de este año, a partir de cuyas directrices el Comité Central de este partido se propuso, el 12 de septiembre, iniciar el proceso de unificación con Euskadiko Ezquerra.

La concepción de fondo

La concepción de fondo de este proceso ha sido y es la construcción de una fuerza política nueva en Euskadi que, tanto por su práctica como por sus presupuestos teóricos, respondiera a lo que hoy se entiende por proyecto eurocomunista y aglutinara al conjunto de fuerzas a cuya existencia responde dicho proyecto.

¿Respondían los primeros compromisos alcanzados entre PCE-EPK y EIA a ese objetivo? A diferencia de lo que opina el Secretariado y la mayoría del Comité Central, creo que sí. En el primer documento firmado por PCEEPK y EIA se afirma que el nuevo partido de la clase obrera de Euskadi «representa un salto cualitativo en el desarrollo de la búsqueda de una tercera vía superadora de los límites de las experiencias anteriores, socialdemocracia y socialismo real, la experiencia de los partidos socialistas y comunistas…». Y más adelante, cuando se habla de la «estrategia al socialismo», se afirma que «los objetivos del partido son la conquista de una sociedad sin clases, sin explotación y sin opresión, esto es, el socialismo, la democracia y la liberación de los pueblos». Y se añade a continuación: «La conquista de tales objetivos está determinada por la estrategia a seguir, por la estrecha relación existente entre los medios y los fines en los movimientos sociales. La democracia es, pues, medio, método y fin».

Definiciones éstas en que está contenido el meollo del eurocomunismo, su núcleo esencial. Puede ser deseable una más completa definición de la política internacional que adoptará ese nuevo partido, pero en cualquier caso, como señaló Manuel Azcárate en su intervención en el Comité Central, el posicionamiento en la tercera vía conduce automáticamente al rechazo de ambos bloques y a una política internacional en la práctica eurocomunista.

Respecto al problema nacional, el documento mencionado realiza un análisis que desde un punto de vista «eurocomunista español» encuentro irreprochable. Se acepta plenamente el estatuto vasco, lo que supone la aceptación de la Constitución, aunque Euskadiko Ezkerra no la votara en su momento. En una perspectiva de futuro se opta por una estructura federal del Estado español que es precisamente a donde, si hubiera voluntad política suficiente, podría conducir el desarrollo pleno y sin trabas del Título VIII de la Constitución. Y finalmente se afirma: «El avance hacia formas superiores de autogobierno y de libertad nacional ha de darse en el conjunto de una Europa socialista de los pueblos que haga posible una superación de los actuales marcos estatales». ¿Supone esto una afirmación de independentismo? Francamente creo que, por el contrario, supone la reconducción de uno de los problemas más espinosos de Euskadi por la vía de la racionalidad y del progresismo.

La lucha obrera

Y en cuanto al tema sindical parece que la nueva fuerza política en formación se inclina por defender una concepción sociopolítica del sindicato, incluyendo la afirmación de la independencia entre partido y sindicato, es decir, opta por apoyar las concepciones que están en el origen mismo de CC OO. Por otro lado, los militantes del PCE-EPK que hoy son miembros de CC OO seguirán perteneciendo a este sindicato. La nueva fuerza política no define una acción unilateral por un solo sindicato y ello supone una experiencia nueva, compleja, pero que en cualquier caso no puede asustar al partido que impulsó las Comisiones Obreras de los años sesenta.

Y respecto a la concepción de la lucha obrera como restringida o no exclusivamente al ámbito vasco, el documento conjunto reconoce que «una estrategia nacional vasca necesita una lucha articulada a nivel del Estado». Claro que no dice con quién, pero no hay por qué desesperar de que sea precisamente con quienes a nivel del Estado nos proponemos desarrollar también una política y una estrategia eurocomunista, aunque no se llegarán a establecer nunca vínculos orgánicos, problema éste que es de una entidad mucho menor.

Por todo ello resultan incomprensibles las razones que han llevado a la mayoría del, Comité Central y al Secretariado del IICE a realizar una durísima crítica del documento al que me he referido, a los métodos con que la negociación se está llevando y que ha culminado con la adopción de medidas tan drásticas como dudosamente estatutarias, como son la disolución del PCE-EPK y el nombramiento a dedo de un nuevo Comité Central entre quienes desde la minoría luchaban contra Lertxundi.

Abstrayendo toda referencia a la realidad de Euskadi, a la práctica durante los últimos años del partido de Lertxundi y a los cambios fundamentales en la práctica política de Euskadiko Ezkerra, lo que fue agudamente indicado por Carlos Alonso Zaldívar, la máxima dirección del PCE se limita a una lectura rígida de los acuerdos hasta ahora alcanzados para juzgar lo que les falta para ser idénticos a los documentos emanados del PCE.

El modo de resolver por la actual dirección del PCE una de las experiencias más prometedoras que se abrían ante los eurocomunistas españoles significa -y ello fue destacado por Julio Segura y varios participantes en el Comité Central- optar por la seguridad organizativista frente a la perspectiva política. La actual dirección ha preferido mantener y alentar a un grupo de militantes fieles en Euskadi cuya incidencia es previsible que se sitúe en el futuro bajo mínimos antes que contribuir a ensanchar la panorámica eurocomunista en la nacionalidad más conflictiva del Estado español.

Pilar Brabo

25 - Noviembre - 1981

Mi extraña expulsión del Comité Central

Manuel Azcárate

Nuestras exclusiones aumentan el peso en el partido comunista de los sectores más aferrados a las actitudes tradicionales de simpatía y admiración hacia la Unión Soviética.

Han ocurrido, están ocurriendo, hechos graves en el seno del partido comunista. Carrillo ha dicho: «Más graves que cuando la expulsión de Claudín y Semprún … ». Quizá tenga razón: sobre todo si no se logra frenar, detener, el proceso de involución que estamos sufriendo hacia un partido tradicional, paleocomunista, en el que estamos metidos.1. ¿Cuál es el problema de fondo?

Para cumplir su papel histórico en el actual período de la sociedad española, el partido comunista necesita modificar, renovar,. flexibilizar una serie de aspectos fundamentales de su funcionamiento, de su vida interna. No es sólo un problema español. Es una exigencia con la que se enfrenta todo partido que quiera llevar hasta el fin la estrategia, las ideas del eurocomunismo. Pero no es extraño que en nuestro país, y en un partido que ha vivido cuarenta años de clandestinidad, con todo lo que ello implica de centralismo imprescindible y de limitaciones, igualmente imprescindibles, a la democracia, el problema revista dificultades múcho mayores.

No se trata, en mi opinión, de poner de lado el centralismo democrático. Pero este concepto puede cristalizar en realidades muy diferentes. Hoy, el funcionamiento interno de un partido comunista necesita garantizar en su seno un debate político y teórico, transparente, público, libre, que permita a todos los comunistas indapendientemente de opiniones diferentes, sentirse en su casa, en el partido; tener sus ideas, y al mismo tiempo cumplir las decisiones mayoritarias en la aplicación de una línea política.

Es evidente que una discusión de ese género puede dar lugar a la aparición de opiniones diferentes; por tanto, de corrientes o tendencias; soy contrario a las fracciones, a las tendencias organizadas, que personalizan el debate, rebajan su contenido ideológico, empujan hacia preocupaciones de electoralismo interno. No creo que exista una fórmula (al menos yo no la tengo) para responder a esta necesidad de un debate interno, incluso con tendencias o corrientes, evitando a la vez su plasmación en fracciones organizadas. Pero los problemas no resueltos se envenenan si se intenta esconderlos, negarlos. Hace falta, pues, una actitud abierta, que permita la experimentación, la búsqueda de nuevas soluciones, y no la congelación de los métodos del pasado.

La discrepancia se considera delincuencia

Un detabe como el que preconizo pondría fin a una de las peores tradiciones del movimiento comunista, en el que se ha tendido a considerar la discrepancia como delincuencia, y al discrepante como un culpable. A estos temas generales se agrega, en España, la tarea compleja de adaptación a un Estado de las autonomías. Por mi parte, soy partidario de avanzar audazmente hacia estructuras federales del partido. Pero esto no es hoy el problema: las propuestas de tipo federal fueron rechazadas en el X Congreso. Lo que preconizo en las líneas anteriores no entra en contradicción con las decisiones del X Congreso.

Por tanto, el problema de «aceptación del X Congreso» es un falso problema; de lo que se trata es de saber de qué forma, con qué espíritu, con qué objetivo, se aplican las decisiones de dicho congreso: con espíritu de integración, de síntesis, de apertura; por tanto, de avance. 0 con espíritu de cierre y de intransigencia.

No hay barreras impermeables entre el partido y la politica de partido

2. ¿Se trata sólo de una concepción del partido, que deja al margen los problemas específicamente políticos? He votado todas las tesis políticas del congreso; incluso fui uno de los redactores de la tesis internacional; presidente, y ponente ante el congreso, de la comisión que rehízo el proyecto elaborado y le dio su forma definitiva. Pero los textos escritos contienen ideas; luego se trata de convertirlas en realidades políticas. Y no se puede establecer, en mi opinión, una barrera impermeable entre concepción del partido y política del partido.

Si queremos abordar los problemas nuevos que están cobrando una importancia primordial en la época contemporánea: la defensa de la paz, el feminismo, los problemas juveniles, la ecología, el partido necesita establecer una relación nueva con los movimientos sociales; reconocer que esos problemas no se van a insertar en el proceso revolucionario exclusivamente a través de los partidos políticos; que éstos necesitan compartir el protagonismo, en una serie de aspectos, con los movimientos sociales. He rechazado la tesis del profesor Touraine, que, de hecho, considera caduco el papel de los partidos políticos, y concretamente de los partidos que luchan por una transformación socialista. Al contrario, considero que este papel podría cobrar una importancia mayor en la época contemporánea. Concretamente estoy convencido que el partido comunista debe desempeñar un papel imprescindible en los avances hacia el socialismo en España, y en Europa occidental. Pero ello exige que sea capaz de asumir una nueva formade hacer política, y para ello cambios serios en su funcionamiento.

El eurocomunismo, búsqueda de una tercera vía

El eurocomunismo es principalmente búsqueda de una tercera vía, capaz de superar la estrechez del comunismo tradicional, polarizado en torno al «modelo soviético», y la impotencia de la socialdemocracia, que há gobernado durante largos años en gran parte de Europa sin haber podido evitar la gravisim a crisis que conocenuestro continente. Hace falta, encontrar otras soluciones. Pero el eurocomunismo demostrará su necesidad, su lugar histórico, no sólo a través de proyectos, de, concepciones teóricas (aunque en este terreno es imprescindible avanzar), sino, sobre todo, logrando que los comunistas estén presentes y sepan ser protagonistas en las diversas contradicciones que se manifiestan en la sociedad contemporánea.

Por eso de la crisis del partido comunista no se puede salir volviendo al «partido puro y duro», a concepciones tradicionales. Carrillo ha dicho en su informe al reciente, comité central que no es posible la síntesis ni la integración. ¿Puede una mayoría considerar que tiene respuesta a todo y que, por tanto, el papel de la minoría es obedecer y callarse? Sería no una aplicación, sino una caricatura del centralismo democrático. Por el contrario, hace falta una política de síntesis, de integración, de debate, que no sólo no obstaculiza, sino que estimula, favorece, fomenta una política más amplia y eficaz de ligazón con las masas y de movilización de éstas ante los problemas acuciantes del País.

3. Pero lo más grave del momento actual no son probablemente estos problemas de fondo, que podrían examinarse en el seno del partido, de sus órganos dirigentes, del propio comité central, con más tiempo y serenidad. Lo más grave es la forma precipitada y brutal con la que se ha eliminado del comité central a algunos de los que sustentamos, sobre estas cuestiones, y desde luego en el marco del X Congreso, opiniones diferentes a las del núcleo dirigente del secretariado.

Mi opinión, confirmada por la experiencia, es que existía, al menos desde el X Congreso, una voluntad neta de Carrillo de eliminarnos antes de fin de año; con el argumento de que hacía falta un «partido en orden» para abordar, en 1982, las tareas electorales.

El proceso mismo de nuestra exclusión del comité central ha sido extraño. No ha habido una resolución explicando las causas de tal medida. Algunos nos reprocharon, en el debate, «labor fraccional»; unos dijeron durante dos años, otros durante uno solamente… Pero la exclusión no se votó por esa razón; formalmente fuimos excluidos únicamente porque nos negamos a suscribir tres o cuatro frases, que eran «lo mínimo aceptable de rectificación». ¿Puede ser este un criterio serio para decidir la pertenencia o no a un comité central? Entonces, si yo fuese un poco cínico, o más apegado a los cargos, seguiría siendo hoy miembro del comité central. No podíamos aceptar esa ceremonia de retractación (como la calificó de antemano Jaime Ballesteros en Radio Nacional en la misma mañana de la sesión del comité central que nos excluyó), por la dignidad del partido y por la dignidad de cada uno de los acusados. ¡Qué vergüenza y qué descrédito para el PCE si la Prensa hubiese podido publicar un titular diciendo: «retractación de seis miembros del comité central»!

El voto mismo de nuestra exclusión se hizo por paquete; un sí en la papeleta significaba que los seis quedábamos excluidos sin dejar ninguna opción a que tal o cual miembro del comité central desease, por ejemplo, excluir a uno y no a otro.

La cosa es más grave aún si se recuerda que, el día anterior, cuatro miembros del comité central habían sido excluidos del mismo por otras razones. En dos días, el comité central ha quedado mutilado del 10% de sus efectivos elegidos en el X Congreso. No es pequeña cosa. Creo que hay pocos precedentes (me refiero a las épocas recientes) de métodos de este género en partidos comunistas. Ha sido un retorno a procedimientos anacrónicos, absurdos, bochornosos.

Estas exclusiones no son más que una parte de un conjunto de sanciones que se han extendido a otras zonas del partido. El deterio ro que está sufriendo el PCE al canza cotas serias, y no creo que se pueda limitar a la esfera organizativa.

Los temas internacionales, en sí, no han estado en el debate sobre nuestras exclusiones; y sería absurdo que yo exagerase el significado, en el plano internacional, de mi eliminación de la dirección del partido, concretamente como responsable de relaciones internacionales.

Pero no es posible callar el hecho de que nuestras exclusiones aumentan el peso en el partido comunista de los sectores más aferrados a las actitudes tradicionales de simpatía y admiración hacia la Unión Soviética. De ahí mi temor de que se vaya debilitando la posición tan neta que ha caracterizado al PCE en cuanto a las relaciones con la Unión Soviética y el Partido Comunista de la Unión Soviética en el último período.

Quiero terminar este artículo con.una nota de esperanza: quizá lo más significativo del momento actual sea la gran amplitud (con, diversas modalidades y diversos grados) de la protesta que se levanta en el partido contra la política de sanciones. Quizá lo más importante del último comité central no sean las exclusiones en sí, sino el hecho de que un tercio de sus miembros se haya negado (votando en contra o absteniéndose) a aprobarlas; que algunos de los principales dirigentes del partido y más ligados al movimiento obrero, como Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Gutiérrez Vargas y otros, al lado de intelectuales prestigiosos, como Carlos Paris, hayan intentado, frente a la intransigencia de Carrillo y del núcleo duro del secretariado, buscar soluciones políticas.

Manuel Azcárate

07 - Noviembre - 1981

Estrategia hacia el socialismo

Mario Onaindia

El Estado de las autonomías recoge de un modo más claro el carácter multinacional de la sociedad española que los propios partidos. Actualmente, Euskadi y Cataluña, y mañana Andalucía y Galicia, cuentan con más autonomía dentro del Estado que la que cuentan el PSUC, el EPK o el Partido Comunista de Galicia, en el seno del PCE.

¿Qué está pasando en la izquierda estatal? Aparece la contradicción de que el Estado de las autonomías recoge de un modo más claro el carácter multinacional de la sociedad española que los propios partidos. Actualmente, Euskadi y Cataluña, y mañana Andalucía y Galicia, cuentan con más autonomía dentro del Estado que la que cuentan el PSUC, el EPK o el Partido Comunista de Galicia, en el seno del PCE. Lo mismo pasa en el PSOE. Se constata, además, que los ciudadanos cuentan dentro de la sociedad española -que no se caracteriza precisamente por sus tradiciones democráticas y por la tolerancia- con más posibilidades y libertades para discrepar de los que mandan, que las que cuentan los militantes en el seno de los partidos políticos de izquierda. Y, evidentemente, que en los partidos de derecha.

Desde nuestra perspectiva, ambas cuestiones, tanto el tema de la autonomía como el de la democracia dentro de los partidos de izquierda, brotan de una misma raíz: la adecuación del partido a la sociedad que dice querer transformar democráticamente. Las razones con las que se combate la existencia de auténticos partidos nacionales y, por tanto, la necesidad de federalizar el partido comunista son las mismas que se utilizan para no admitir la existencia de corrientes de opinión organizadas dentro del partido -que es tanto como negar el ejercicio de los derechos democráticos en el seno del partido-. Estas razones se basan en que la organización de los comunistas no puede ser reflejo de la sociedad actual, capitalista, sino de la sociedad futura, la comunista. Frase repetida por Santiago Carrillo durante el 10º Congreso, y que, sin duda, puede sonar bien a los viejos comunistas, pero que no convence a las generaciones que se hicieron marxistas en el combate por las libertades democráticas.

Otra de las ideas clave expuesta por Carrillo en el 10º Congreso, que sirve de base a la anterior, es que la clase obrera es algo sustantivo que tiene un intérprete, él mismo, y que las contradicciones y divergencias en el seno de la izquierda y, por tanto, también dentro del propio partido, se dan entre quienes defienden los intereses de esta clase y quienes defienden a otros sectores progresistas, pero enfrentados a los trabajadores. No tiene otra interpretación. su idea de identificar a los renovadores con las fuerzas de la cultura. Le ha fallado siempre el convencimiento de que la estrategia hacia el socialismo, la estrategia democrática, no la leninista, sólo puede estar basada en el debate libre y abierto entre las distintas corrientes que reflejan también una búsqueda, una investigación sobre algo acerca de lo cual la historia todavía no ha dicho la última palabra.

Todo ello manifiesta, evidentemente, el problema de la interpretación del eurocomunismo. ¿Se considera el eurocomunismo como una nueva estrategia distinta a la leninista para llegar al socialismo en los países de Europa occidental, donde por el peso de la burguesía en la sociedad civil no es posible la vía de doble poder? ¿O, por el contrario, se parte de que no sólo el camino es distinto, sino también la meta, de modo que lo que se persigue es la conquista de una sociedad donde, además de la socialización de los medios de producción, existan las libertades democráticas y, por tanto, una asamblea constituyente, compatible con otras formas de democracia de base? Esto es, el abandono de la concepción instrumentalista de la democracia para sumirle como un fin en sí misma.

Esta contradicción, que aparece sin duda en el propio Gramsci de un modo nítido, no se ha aclarado en absoluto en el seno del PCE. Si no, no se explica cómo han podido surgir corrientes prosoviéticas con tanta fuerza como el PSUC, el partido más mediterráneo y con más semejanzas con el PCI, partido, a su vez, modelo de eurocomunismo.

Por ello hay que preguntarse si es viable el eurocomunismo en el Estado español.

Yo estoy por el desarrollo de una estrategia democrática hacia el socialismo, democrática en toda la extensión de la palabra, esto es, participativa, respetuosa con la voluntad de la mayoría, etcétera, y hacia el socialismo, en el sentido de que tal estrategia lleva a una ruptura revolucionaria con el sistema capitalista para crear una sociedad igualitaria. Pero considero errónea la afirmación de que eso es, y no puede ser otra cosa que el eurocomunismo. El eurocomunismo es, en todo caso, el intento de aplicar una estrategia democrática al socialismo desde el seno de los partidos comunistas y de la tradición de la Tercera Internacional. Pero esa estrategia se podría plantear también desde partidos que no han roto nunca con la Segunda Internacional o desde nuevos partidos, como Euskadiko Ezkerra, en cuyo caso no tiene sentido hablar de eurocomunismo.

Lo que los hechos van dejando patente es precisamente la gran dificultad de llevar adelante una estrategia democrática hacia el socialismo desde los partidos comunistas, anclados en viejas concepciones y en viejas estructuras organizativas.

El contexto internacional de auge de la izquierda y del socialismo en el conjunto de Europa plantea un tercer problema al PCE, junto al autonómico y al de la democracia interna: es la cuestión de la alternativa a la crisis económica.

Y no vale la respuesta de que las experiencias de Mitterrand y del Pasok son meros intentos socialdemócratas que fracasarán, y que, por tanto, la historia volverá a dar la razón a los comunistas.

El auge del socialismo en Europa responde a las profundas transformaciones económicas producidas durante los treinta años que siguieron a la segunda guerra mundial, que cambiaron profundamente la composición de la, clases de la sociedad. Y también a la reacción de las capas medias frente a la respuesta de la derecha a la crisis economica y política que padece el capitalismo desde 1973: la reacción contra el neoliberalismo y el Estado autoritario. Tanto en Grecia como en Francia se ha demostrado que la clase obrera y los sectores progresistas de la sociedad han llegado a un grado de madurez que les permite plantearse la lucha por la conquista de la hegemonía en la sociedad civil, y por constituir una alternativa real a la derecha (y no simplemente decidir con qué sector de la burguesía se deberían aliar). Es esta situación la que determina en buena medida el carácter absoluto de la política de los partidos herederos de la Tercera Internacional en la Europa meridional.

Mario Onaindia

08 - Noviembre - 1981

El interés público y la disciplina de partido

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

El conflicto desencadenado en el PCE a causa de la solidaridad de un grupo de dirigentes y altos cuadros madrileños con el secretario general de los comunistas vascos, recientemente expulsado, puede dañar al buen gobierno del Ayuntamiento de la capital y lesionar los intereses de sus vecinos.Mientras los diputados, pese al sistema de las listas cerradas, no pierden su escaño en el Congreso aunque rompan con el partido que les presentó en su candidatura, el régimen electoral de la Administración local permite a las direcciones de los partidos desposeer de sus cargos a los concejales que son expulsados de la organización o causan baja voluntaria en sus filas. En algún caso, como sucedió con Alonso Puerta, la medida disciplinaria, que lleva acarreada la pérdida del cargo público, tiene concomitancia, se relaciona, aunque sea de forma discutible y polémica, con actuaciones relacionadas con la gestión municipal. En otros, el litigio que obliga a salir del Ayuntamiento a un concejal nada tiene que ver con su labor pública, y nace exclusivamente de conflictos internos de los partidos. Así sucedió con Ramón Tamames, cuya satisfactoria actuación como teniente de alcalde quedó cortada en seco por su decisión de abandonar la militancia dentro del PCE, pero sigue en posesión de su escaño de diputado.

Más grave resulta todavía que un debate interno comunista pueda privar al Ayuntamiento de Madrid de la colaboración de varios concejales que ni siquiera han pedido la baja en la organización, sino que son represaliados por sus opiniones. La eventual salida del Ayuntamiento de Eduardo Mangada (actual primer teniente de alcalde y responsable de urbanismo), de Martín Palacín (concejal de Circulación y Transportes) o de Cristina Almeida (que ha sustituido a otro concejal dimitido -Alfredo Tejero- en Educación), no sólo puede poner en peligro los pactos municipales, sino que amenaza quebrar la continuidad de la política municipal en esas áreas. El acuerdo entre el PSOE y el PCE quedará gravemente dañado si la dirección comunista decide además designar para esas concejalías a personas inexpertas, seleccionadas en función de su lealtad o sumisión y no por su capacidad para desempeñar sus cargos. Pero los principales perjudicados serán los madrileños.

Eduardo Mangada ha sido el artífice y el administrador de una política urbanística con la que se puede estar en desacuerdo, pero que ha sido guiada por criterios claros e instrumentada con coherencia. La voluntad de frenar la especulación, el plan de proteger los edificios histórico-artísticos, la uniformidad en la concesión de viviendas o la protección a las colonias de hotelitos ha sido el contenido de una gestión animada por propósitos políticos y realizada por un prestigioso urbanista. Si Eduardo Mangada se marcha, contra su deseo, del Ayuntamiento y es sustituido por alguien con buena voluntad, pero sin experiencia en ese terreno, también podría correr peligro la revisión del Plan General de Madrid de 1963, que el actual Ayuntamiento se ha comprometido a concluir antes de que termine 1982. Martín Palacín, por su parte, ha hecho una labor en Circulación y Transportes con éxitos indiscutibles, como el de la ORA.

Cabe albergar dudas sobre la importancia que revista para los madrileños que los concejales expulsados sean partidarios del vasco Lertxundi y sus sustitutos sean admiradores del vasco Ormazábal. En cambio, es preocupante la sospecha de que los leales reemplazantes de los díscolos sancionados puedan quedar por debajo de ellos en competencia, experiencia y capacidad de trabajo. Los concejales amenazados llevan dos años y medio al frente de sus responsabilidades. Sería una broma pesada que fueran obligados a dejar su labor interrumpida y ocuparan sus puestos, para desempeñarlos hasta marzo de 1983, unos candidatos elegidos, no por sus conocimientos urbanísticos o municipales, sino por su acierto en coincidir con la dirección del PCE en la polémica sobre Euskadiko Ezkerra. El interés público debe primar -pensamos- en estos casos sobre la disciplina interna de los partidos.

El Análisis

AQUÍ MANDO YO

JF Lamata

Que la federación vasca del PCE, el PCE-EPK de D. Roberto Lertxundi, se fusionara con Euskadiko Ezkerra (EE) sin el visto bueno de la dirección nacional del PCE (es decir, de D. Santiago Carrillo) era tanto como considerarse  como un partido propio y por tanto, ‘fuera del PCE’, por lo que parece lógico que el PCE echara del partido a quienes se habían situado fuera.

La expulsión del grupo de concejales madrileños encabezados por Dña. Cristina Almeida por apoyar al PCE-EPK en cambio, no podía entenderse sino como una muestra de autoridad de la dirección del Sr. Carrillo y en la forma en la que había ejercido el liderazgo: quién discrepa con la dirección del partido, pasa a ser un enemigo del partido. Aquel estilo podía tener su lógico en un contexto bélico, pero a esas alturas sólo conseguiría que muchos de sus colaboradores como Dña. Pilar Brabo, se fueran decepcionando con el líder.

J. F. Lamata

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