Fue moderado por Vicente Vallés y Ana Pastor

Se celebra el único debate presidencial por TV ‘a cuatro’ sin Mariano Rajoy que estuvo representado por Soraya Sáenz de Santamaría

HECHOS

  • El 7 de diciembre de 2015 se celebró para los canales de Atresmedia (ANTENA 3 TV y LA SEXTA) un debate presidencial en el que participaron los cabezas de lista del PSOE, D. Pedro Sánchez, Podemos, D. Pablo Iglesias y Ciduadanos, D. Albert Rivera, así como la número 2 del PP, Dña. Soraya Sáenz de Santamaría.

El 7 de diciembre de 2015 se celebró para los canales de Atresmedia (ANTENA 3 TV y LA SEXTA) un debate presidencial en el que participaron los cabezas de lista del PSOE, D. Pedro Sánchez, Podemos, D. Pablo Iglesias y Ciduadanos, D. Albert Rivera, así como la número 2 del PP, Dña. Soraya Sáenz de Santamaría.

13 - Diciembre - 2015

La política, los políticos y el baile de San Vito

Carmen Rigalt

Perdonen que vuelva al debate, pero necesito calmar la resaca de los candidatos, que a estas horas todavía me repiten. Quiero hacerlo antes de que prescriba el tiempo y pierda la porra por gilipollas. Aquí donde me ven, no soy de quinielas ni de porras, ando escasa de políticos favoritos y las campañas electorales me producen tanto hastío como la Champion League.

Las razones de mi desafecto están cantadas. Tengo la íntima certeza de que el día después del 20-D, los mismos políticos que hoy abren la sonrisa como un buzón de correos nos darán la espalda con todo el morro. Dicho lo cual, a nadie puede extrañarle que el otro día dejara el debate a medias. Para ser sincera, no tenía ánimo indulgente. Todavía me dura el mosqueo electoral. Votaré, pero no sé a quién. Cualquier chorrada puede decantar mi voto, porque soy humana y sensible al fetichismo.

Todo empezó con un ataque de nervios y no era para menos. Los candidatos se habían puesto nerviosos incluso antes de empezar. Sobre todo Albert Rivera, cuyos pies se salían del espacio (virtual) que tenía asignado. El líder de Ciudadanos, más que estar de pie, bailaba, desplazaba la base de sustentación y ocupaba el escenario como si abultara el doble. Iglesias, en cambio, mantuvo los pies quietos gracias a que sus manos acaparaban el protagonismo jugando con un boli. El líder de Podemos permaneció todo el rato en el espacio que tradicionalmente se destina al chotis:una mísera baldosa.

Había comenzado el debate, pero yo seguía tan atenta a los detalles periféricos que las palabras se me escapan. Mi cabeza estaba algo espesa y el discurso pasaba de largo. Ver a los candidatos bailando el baile de San Vito y entrarme los siete males fue todo uno.

Lo diré: ganaron los periodistas a los políticos, quizá porque jugaban con ventanja. De entrada, los periodistas tenían un punto de apoyo en el que descansar el chasis. Y de salida, les acompañaba el dominio del oficio. El medio no es sino eso, una cuestión de oficio.

La televisión emite imágenes contagiosas. Si ves un spot de Martini te entra sed, si sale unos tiarrones estupendos haciendo equilibrismo en una ola te entran ganas de bañarte y si nieva detrás de los cristales y viene Papá Noel entonces te apetece comer turrón. Según esa lógica, después de ver a los candidatos moviendo las rodillas como si llevaran el ritmo del merengue metido en el cuerpo, me sentí tan agotada que sólo quería dormir.

Los presentadores estaban bien elegidos. Formaban una pareja bien compensaba. Tanto Pastor como Vallés tienen muchas horas de carrera y saben a lo que se exponen Si Ana Pastor huele a comunista (como insiste machaconamente la derecha de la vieja Alianza Popular, que ve comunistas por todas partes), a Vallés la serenidad le hace parecer más gubernamental y distante. Son caracteres distintos. Ana es roja y pasional. Vicente no enseña el plumero.

Ana Pastor no acosó a los entrevistados en contra de su costumbre, y cuando los puso contra las cuerdas lo hizo sin dejar de sonreír. Tal vez sintió compasión de los candidatos sometidos a una tortura innecesaria, especialmente Soraya Sáenz de Santamaría, que resistió, encaramada en sus tacones, como la última Juana de Arco.

El tribunal que diseñó el debate estará contento con la machada. Ahora ya sabemos que Sánchez es capaz de responder a las impertinencias sin cerrar las sonrisas, pero seguimos sin verlo de presidente de Gobierno. También sabemos que Iglesias dobló en eficacia a Rivera, quien días atrás le había superado ante Jordi Évole.

Respeto a Sánchez, el marketing le hizo fosfatina. Horas más tarde, en ‘El Hormiguero’ olvidaba las consignas y los potros de tortura, el líder del PSOE estuvo espontáneo y convincente, sólido y cercano.

El debate a nueve ofreció comodidad, pero no deparó nada nuevo, salvo el envite de Marta Rivera de la Cruz, contraría a la discriminación positiva en la penalización por violencia de género. Ya está liada.

El penúltimo capítulo fue ayer tarde, cuando el presidente se acercó a TELECINCO para confraternizar con Teresa Campos, la reina de los mayores.

09 - Diciembre - 2015

Sánchez y Rivera

EL PAÍS (Director: Antonio Caño)

Los debates electorales celebrados han proporcionado elementos de juicio suficientes como para saber cuáles de los participantes demuestran hechuras presidenciales. Hay que subrayar este último aspecto, porque los organizados por EL PAÍS y Atresmedia han consistido en debates entre candidatos a la presidencia del Gobierno, y no en otra tanda de los numerosos encuentros informales entre políticos llevados a cabo en el periodo preelectoral.

De ahí la sorprendente anomalía democrática provocada por Mariano Rajoy, candidato a la reelección, que se ha permitido hurtar a los ciudadanos la rendición de cuentas propia de las discusiones serias, y no ha querido contrastar ni su balance ni sus proyectos. Sea por cobardía personal ante la necesidad de explicarse sobre la corrupción, o bien por haberse acostumbrado a manejar una mayoría absoluta sin dar explicaciones, el presidente y candidato incumple una obligación ineludible en una democracia moderna. La treta de enviar a la vicepresidenta del Gobierno solo consigue agravar el insulto a los ciudadanos. En ninguno de los países en los que los debates son tradición democrática desde hace décadas se habría atrevido un candidato a despreciar a sus rivales con el envío de su suplente, ni hubiera encontrado un medio de comunicación que se prestara a semejante maniobra.

La política no puede ser tan banal y sometida como para que algún partido imponga este tipo de condiciones, y para que sus contrincantes y los medios las acepten. Un debate bipartidista clásico es lo único que Rajoy acepta para la última semana de campaña. Ese tipo de discusión, en la España del presente, es solo un espejismo de un sistema político que se está transformando a toda velocidad.

Los debates celebrados han contribuido mucho a que los españoles visualicen el reajuste fundamental que se está produciendo en el sistema. Por ejemplo, Pablo Iglesias tuvo buenas prestaciones en ambos debates, seguramente eficaces para movilizar a sus bases. Parece evidente, sin embargo, que carece de opciones para llegar a La Moncloa. Habla en su favor la dosis de moderación introducida en la imagen de insurgente que cultivaba; pero sus comparecencias, por jaleadas que sean a través de las redes sociales, precisan de más rigor para poder reivindicar un grado de confianza más amplio.

Por tanto, de lo visto hasta ahora solo cabe comparar a dos candidatos con hechuras presidenciales, Pedro Sánchez y Albert Rivera. Con una clara diferencia entre ambos: mientras el aspirante del PSOE se ha conducido por encima de lo esperado, la proximidad de los focos ha perjudicado las altas expectativas creadas en torno al candidato de Ciudadanos, que ha dejado ver debilidades y nerviosismos poco compatibles con un pretendiente al principal puesto ejecutivo de la política española.

Desde el principio se temía que Rivera y sus Ciudadanos fueran más una marca que un proyecto, un estado de ánimo más que una verdadera formación política lista para gobernar el país. Lamentablemente, lo que se le ha visto en los debates no ha servido para despejar ese temor. Seguramente es pronto para conclusiones drásticas, pero es obvio que Rivera es aún un edificio a medio construir.

En cambio, Pedro Sánchez ha demostrado mayor altura política, profundidad de propuestas y un aplomo personal más acorde a lo que se espera de un candidato a jefe del Ejecutivo. En un entorno no muy alentador, probablemente es quien más capacidades está mostrando para abordar los complicados retos institucionales, políticos, económicos y sociales de la España de hoy.

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