Tragedia en Madrid: Un incendio acaba con la vida de 80 personas en la discoteca ‘Alcalá 20’

HECHOS

El 17.12.1983 se produjo un incendio de la discoteca Alcalá 20 situada en el número 20 de la calle homónima de Madrid en España. Fallecieron 81 personas.

18 - Diciembre - 1983

Otra catástrofe en Madrid

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

La nueva tragedia ocurrida en Madrid durante la madrugada de ayer, con 78 personas fallecidas y más de una veintena de heridos a consecuencia del incendio de la sala de fiestas Alcalá 20, mueve inicialmente a un comentario fatalista en torno al eslabonamiento de accidentes sucedidos durante las últimas semanas e invita a una conclusión desesperanzada sobre las oportunidades de catástrofes colectivas que la muerte recibe gratuitamente del progreso tecnológico y las grandes concentraciones urbanas. Se diría que la mala suerte se ha cebado con especial saña en estos días con los vecinos o visitantes de la capital de España, escenario de patéticas estampas que transmiten el horror de las muertes absurdas, el espanto de los supervivientes y el dolor de los familiares y amigos de las víctimas. Sin embargo, es preciso superar esa paralización de la reflexión que implica siempre la atribución de los accidentes imprevistos a la ceguera del destino y esforzarse por intentar alguna forma de análisis de esos terribles acontecimientos.Las diligencias iniciadas, en la misma madrugada del sábado, por el juez de instrucción -señalemos, de paso, que resulta incomprensible. que una gran ciudad como Madrid disponga sólo de un juzgado de guardia- permitirán elucidar las eventuales responsabilidades culposas del accidente. En ese sentido es de destacar la decisión del juez de decretar, en la misma tarde de ayer, la detención preventiva de cuatro personas relacionadas con la propiedad y la dirección del local, aunque las primeras declaraciones de las autoridades de la Comunidad Autón6ina, el Ayuntamiento y el Gobierno Civil hayan descartado que la discoteca no tuviera en regla sus instalaciones. Quedan, en cualquier caso, por aclarar las causas del incendio, atribuido en principio a un cortocircuito de un foco, las razones de que la verja que separa a la discoteca del teatro colindante estuviera cerrada, el mal funcionamiento de los extintores y la adecuación entre el número de clientes y el aforo autorizado.

Aunque el cumplimienta de los reglamentos eximiera de cualquier responsabilidad penal y administrativa al establecimiento, resulta necesario plantearse, sin embargo, la suficiencia de esas disposiciones legales para hacer razonablemente imposibles castástrofes como la producida en Alcalá 20. Cualquier visitante asiduo o esporádico de muchas salas de fiestas y discotecas instaladas en los sótanos de edificios ha podido sentir, sin necesidad de padecer ansiedades nacidas de una claustrofobia patológica, la inquietante impresión de que esos espacios subterráneos, comunicados con el exterior a través de complicadas escaleras, estrechos pasillos y escasas puertas normales o de emergencia, corren el peligro de transformarse en trampas mortales como consecuencia de un incendio. El diseño arquitectónico de locales de ese género los condena a una evacuación enormemente dificultosa, que lleva aparejados -como sucedió ayer- el pánico, las avalanchas y las oclusiones. Pese a los respetables intereses creados por esos centros de diversión, y pese a que los clientes que los frecuentan lo hacen de manera libre y voluntaria, quizá sea indispensable, tras la tragedia de ayer, plantearse la necesidad de una nueva reglamentación que eleve considerablemente los niveles de seguridad de esas instalaciones, especialmente en lo que concierne a su rápida y fácil evacuación en caso de alarma. A este respecto, la circunstancia de que buena parte de los fallecimientos se haya debido a la asfixia por humos tóxicos obliga también a un examen riguroso de los materiales de construcción, que contrarrestan dramáticamente su menor combustibilidad con su capacidad para producir gases letales. En un plano mucho más general, los visitantes extranjeros suelen asombrarse de la casi completa ausencia de medidas preventivas contra siniestros en los edificios españoles, que carecen de escaleras de incendios incluso en aquellas construcciones a las que, por su altura, no pueden llegar los servicios de los bomberos.

Las primeras impresiones llevan a la conclusión provisional de que los servicios de ayuda y rescate funcionaron en la madrugada del sábado con apreciable eficacia. La cobertura dada por Televisión Española a la tragedia muestra que la pesadez administrativa del monopolio estatal y las insensateces doctrinarias de sus directivos no son capaces todavía de impedir a un informador responsable llevar a cabo su tarea. Los nexos entre la esfera política y las catástrofes ocurridas en la sociedad sólo resultan relevantes cuando los accidentes pueden imputarse de forma causal a las negligencias o a los errores de la Administración. No hay razón alguna, a la vista de los datos disponibles, para establecer tal relación en la tragedia de Alcalá 20.

Digamos, finalmente, que la inmediata aparición en el escenario de la tragedia de Enrique Tierno muestra la sensibilidad del alcalde de Madrid, que se ha ganado a pulso, sin demagogias y sin providencialismos, el afecto de los vecinos. Confiemos en que su promesa de revisar las ordenanzas municipales para hacerlas más rígidas en todo lo que concierne a la seguridad de los locales públicos pueda ser llevada rápidamente a la práctica.

18 - Diciembre - 1983

Sábado trágico

Antonio Izquierdo

Madrid se despertó con la angustia de la catástrofe de Alcalá 20.

Entre el 27 de noviembre y el 17 de diciembre la capital de España ha asistido a una serie de desdichas que, contempladas con serenidad, no pueden incluirse, sin más, en el área de lo fortuito; pero, sobre todo, esta ciudad de cuatro millones de seres humanos – el diez por ciento del censo nacional – ve, aterrada; que vive en su organización política, técnica, administrativa, bajo la impresión de un inconcebible desorden: el accidente de Avianca, en Mejorada del Campo, está por explicar; por explicar está el accidente de las dos aeronaves de Iberia y Aviaco en el aeropuerto transoceánico de Barajas, donde los auxilios llegaron al lugar del siniestro después de que los primeros supervivientes llegasen a la terminal.

El incendio de Alcalá 20 – catástrofe que se sitúa en el mismo corazón topográfico de Madrid – ha puesto de manifiesto que aquí no funciona nada: sobre las circunstancias que haya originado el patético suceso se suman el desconcierto en el auxilio, la tardanza de los bomberos, el retraso escalofriante – ¡dos horas! – de los reflectores, la hiriente desasistencia informativa a los familiares de las víctimas, que, al caer la noche, todavía vivían una dolorosa peregrinación de la Ceca a la Meca sin encontrar respuestas válidas a su angustia… Todo ha funcionado mal.

En muchas ocasiones he dicho que sobre el dolor y la tragedia no es justo, ni siquiera ético, elaborar ataques de ningún género, pero no resulta odioso en esta ocasión advertir a los ciudadanos sobre el estado de desasistencia que padece Madrid; un Madrid que ha visto multiplicados sus gastos por cantidades ingentes, con ‘agujeros’ de miles y miles de millones de pesetas, y que no ha podido contemplar realizada en los últimos años ni una sola obra digna de las que se ejecutaron en otro tiempo sin que la máquina fiscal ejerciese la menor presión sobre el vecindario. Vivimos bajo un sistema asombroso de irresponsabilidades, de desorganización, de desorden, de pasotismo que gravita sobre el ánimo de todo un pueblo.

Mediaba la mañana cuando partía de la Avenida de Felipe II una gigantesca manifestación en defensa de la integridad de los niños que quieren ser sometidos a una escuela más que estatalizada, descaradamente marxistizada, laica y confusa. Es probable que fuese un símbolo: de ahí hay que partir para lograr que el orden y la norma, el acatamiento a la ley y el ejercicio de la autoridad sean un todo armónico al servicio de la comunidad y no la plataforma de lanzamiento de unos políticos cegados por el resplandor de una potencia que a estas alturas cree haber obtenido una vieja aspiración: el dominio de la península Ibérica. Esa parece ser a estas alturas la clave del cambio: arruinar lo existente para edificar un paisaje físico, espiritual y moral distinto, pero ajustado a las directrices del único partido que en verdad funciona en el mundo: el Partido Comunista de la URSS, dueño y señor de medio orbe. Vivimos en la etapa del desorden. En la etapa de la confusión. En la etapa de distorsión: pero todo ello está previsto en los mecanismos revolucionarios que ha puesto al os pueblos al servicio de aquella versión infernal de un mundo mejor a la que aludiría José Antonio cuando la URSS no era todavía una potencia universal.

En ocasiones lo fortuito es obra de nuestra propia indolencia. Cuando todo falla en una comunidad hay que ordenar el pensamiento y disponerse a la acción que evite tanta desgracia, tanta ruina, tanta torpeza, tanta manipulación… De lo contrario, un mal día nos levantaremos sin saber ni quienes somos ni adónde nos llevan, porque ni siquiera nos quedará el recuerdo de elegir, por muy desafortunado que fuese, libremente el camino propio.

Antonio Izquierdo

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