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Fin definitivo del diario vespertino y acusaciones contra sus propietarios de pretender rentabilizarlo para iniciar carreras políticas como 'mártires' del franquismo

Voladura del edificio del diario MADRID: éxito visual para la oposición y pelotazo económico para García-Trevijano

HECHOS

El 24 de abril de 1973 la sede del desaparecido diario MADRID fue volada por decisión del apoderado de la empresa, D. Antonio García-Trevijano.

El 24 de noviembre de 1971 se había producida la orden de cierre del Diario MADRID por el ministerio de Información y Turismo. Y las gestiones para intentar su reaparición salvando los puestos de trabajo mediante un cambio de propiedad fue abortado por la negativa de los antiguos propietarios encabezados por el apoderado de su empresa, Sr. García Trevijano a aceptar a un director impuesto por la Organización Sindical, pero aún quedaba un episodio en la vida de ese periódico.

trevijano_joven D. Antonio García-Trevijano, apoderado del diario MADRID, negoció la venta del sede y la auto-detonación controlada del local.

Alejandro Fernández Pombo (director del YA en 1973) recuerda con J. F. Lamata la voladura del diario MADRID que publicó en portada

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En abril de 1972 la antigua sede de MADRID es volada por los aíres. La imagen es grabada por cámaras de televisión y también por importantes fotógrafos, dando la imagen de que la dictadura franquista había volado al MADRID. Aunque, en realidad, el Gobierno franquista, por entonces ya encabezado por el almirante Carrero Blanco, no había tenido nada que ver con la voladura del edificio del desaparecido diario MADRID.

“Los de MADRID hicieron creer que la explosión la provocó el Gobierno, cuando fueron ellos, que hicieron un negocio tremendo con la voladura”, explicó a LA HEMEROTECA DEL BUITRE, D. Alejandro  Fernández Pombo, subdirector del YA en 1973, su periódico que colocó el incidente en su portada. D. Luis María Anson, por su parte explica que ‘ Una  vez cerrado el periódico, Trevijano dijo que había que aprovechar el edificio y por eso se derribó”, consideró D. Luis María Anson, pro entonces subdirector del ABC.

El director de EL ALCÁZAR en 1973, don Antonio Gibello, concretó a LA HEMEROTECA aquel negocio: “Si miras las fotos de la explosión, verás un cartel que pone SAGAR, esa es la empresa que pagó una millonada a Calvo Serer y a García-Trevijano por la voladura y el inmueble, aquella voladura fue el gran negocio del Opus Dei”. 

El director del diario MADRID, D. Antonio Fontán, consultado también por LA HEMEROTECA, dio la siguiente explicación de aquel explosivo final: “El edificio se había vendido a una inmobiliaria, que decidió realizar la primera voladura controlada de España. Lo que hicimos algunos de MADRID fue acercarnos y tomar  algunas fotos que tuvieron mucho éxito”. D. Miguel Ángel Aguilar, redactor jefe de MADRID también se manifestó en la misma línea: “Trevijano  ganó  dinero  con la desaparición del periódico por la venta del solar”.

Con el fin de MADRID y la disolución, en 1971, de PESA (tras perder el control de EL ALCÁZAR y NUEVO DIARIO), el grupo vinculado al opusdeismo mediático había sido desintegrado.

Don Manuel Aznar aseguraría que fue premeditado.

Don Josemaría Escrivá de Balaguer [fundador del Opus Dei] quiso saber mi opinión acerca de la creación de determinados órganos de expresión periodística.  ¿Fundar revistas? ¿Diarios? ¿Qué te propones hacer con éstos y con aquéllas? Avanza con tiento. El periodismo puede ser un campo de minas. “No quiero nada” –comentó– “que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales”. (D. Manuel Aznar, LA VANGUARDIA, 6-7-1975)

28 - Octubre - 1973

El Diario MADRID

Luis Valls Taberner

Hace algunos días el presidente de un importante diario nacional me llamó por teléfono. Quería darme la enhorabuena por la resolución favorable del a Audiencia en el único pleito judicial que aún existe sobre la propiedad del periódico MADRID. Mi interlocutor, agudo y paciente, captó que al rechazar yo su felicitación estaba sonriendo. Luego añadí: “El único que debe ser felicitado es el abogado Ortega Rosales porque apuntaló jurídicamente nuestra posición – la de los antiguos accionistas propietarios del periódico – de tal forma que incluso Agustín Aznar y quienes con él promovieron el pleito estaban convencidos de que no podían ganarlo’. La eficacia profesional de Ortega preparó la defensa de nuestra posición, pero su éxito no nos ha favorecido. Ha resultado ahora ser como un ‘boomerang’ y esto aumenta, si cabe, el desconcierto que este complicado asunto produce.

Pocos días después una gran personalidad de la intelectualidad española, al comentar esta sentencia, bastante aireada por la Prensa me reprochaba: “Aún no entiendo por qué, teniendo firmados unos vendís por el titular del paquete mayoritario de acciones, no los has puesto en circulación”. Y es que no es fácil de entender. Intentaré explicarlo.

Al principio de la operación todos los sectores accionistas habían aceptado unánimemente el nombramiento de Rafael Calvo Serer como presidente del periódico. Poco después Agustín Aznar y sus amigs trataron de cubrir una ampliación de capital con la que se alteraba el equilibrio accionario. Para evitarlo se suscribieron a nombre de Calvo Serer las acciones y este firmó los correspondientes vendís. Estos siete vendís tenían por finalidad que las acciones fueran puestas, en definitiva, a nombre de los veinte miembros del Consejo de Administración, por partes iguales tal como estaba convenido. Disconforme el grupo Aznar promovió una acción judicial impugnando la suscripción efectuada y consiguió, como medida cautelar la prohibición de cambiar de nombre las acciones del grupo propietario del MADRID. Esta medida judicial convirtió inesperadamente a Calvo Serer en el ‘propietario oficial’ del periódico e impidió formalizar, ante los agentes de Cambio y Bolsa, el cambio de titularidad que debía repartir entre veinte personas físicas el riesgo que todo depósito de confianza lleva consigo. Lo demás ha venido luego como consecuencia.

No habían pasado veinticuatro horas del comentario antes referido cuando en la boda de la guapa y simpática hija de un médico mundialmente famoso, me contaba uno de sus hermanos los pintorescos comentarios de Radio Praga haciendo alusión a esta reciente sentencia. También estaba presente otra de las personalidades que promovieron el pleito judicial, quien amistosamente me pidió noticias sobre el estado actual de tan polémico tema.

Estas anécdotas reiteradas me han hecho reflexionar una vez más sobre si debo o no prolongar el mutismo que por mi parte he mantenido siempre sobre el asunto MADRID. No puedo olivar que andan por ahí circulando dos libros que con sus juicios y datos, cuando menos parciales, y con sus historietas inexactas, pero creíbles, dañan la reputación o falsean el historial profesional y humano de muchas de las personas aludidas. Al recapacitar sobre si mi derecho a callar seguía siendo válido recordé el aforismo popular: “El que calla otorga”.

Explicar lo inexplicable es tarea a primera vista imposible, especialmente para quien, como yo, no es un escritor profesional. No puedo hacer mío el slogan de aquella gestora: “lo difícil lo hacemos en el acto. Para lo imposible tardamos un poco más”. En este artículo pretendo explicar un poco la polémica sobre el MADRID aparecida en la Prensa y en los libros. Ha de pasar más tiempo para que yo mismo, protagonista principal, pueda entender hasta los últimos aspectos de la misma. Cuando esto suceda, y si para entonces el tema sigue interesando, trataré de rendir cuentas del resto.

¿Cuál sería la síntesis del suceso contada en forma de fábula?

Eranse una vez dos amigos que vivieron durante muchos años felices e ilusionados trabajando por lo que pensaban era el bien de su país. Unas veces pensaban y actuaban juntos. Otras, las más, por separado. Pasados veinte años se pelearon. ¿Qué había sucedido? El primero de ellos estaba actuando desde el escenario de un teatro que el segundo le había facilitado como empresario. Todo fue bien al principio. El público acudía a ver trabajar al actor y la empresa cubría sus gastos. Tampoco desaba más. Un buen día el actor perdió la cabeza y la autoridad cerró el local. La empresa no aspiraba a ganar dinero, pero no debía perderlo. Trató de salvar el teatro – de las consecuencias de la intervención de la autoridad, de la cada vez menor afluencia de público y de las consiguientes pérdidas de dinero – con un cambio de actor para la siguiente temporada. El actor se resistió. Con una lógica extraña pensaba que si el público acudía a verle y el trabajo lo hacía él, el local no podía ser de otro. Su argumentación, además de no ser lógica, no estaba de acuerdo con las costumbres del lugar. El actor temió que su tesis no prosperase y organizó el gran escándalo consiguiendo provocar el cierre definitivo del local. La empresa se arruinó y el inmueble fue dinamitado. Los empleados dejaron de serlo y la historia aparentemente se acabó.

Pasemos de la ficción a la historia. El diario MADRID fue adquirido a la familia Pujol en 1962. Calvo Serer no se interesó por el periódico hasta la primavera de 1966. En aquel momento se daban dos circunstancias políticas nuevas: promulgación de la Ley de Prensa y certeza de que se estaba gestando la Ley Orgánica. Pero a partir de la aprobación por las Cortes de la desginación de sucesor a la Jefatura del Estado, para el equipo del MADRID pareció como si se hubiesen agotado los grandes temas nacionales que caracterizan al gran periodismo. A partir de entonces todo se volvió una guerra de guerrillas contra el Gobierno. En 1966 frente a un Valero Bermejo que siendo subsecretario de Hacienda trataba de echar a Calvo Serer por rivalidades políticas, yo le defendí con gran riesgo por mi parte. Tenía entonces poderes plenos para dejar a Calvo Serer en la estacada. Sufrí también de alguna manera las iras de Fraga, ministro de Infoormación. EN cambio nunca fui presionado por el Gobierno, considerado en su totalidad, entre otras razones porque el ministro Espinosa se opuso a su colega Fraga ante el intento de utilizar Hacienda como arma de presión política. Pero a finales de 1969 no tenía objeto continuar arriesgando la empresa para temas sin grandeza nacional. Entonces pedí a Calvo Serer que dejara el periódico a otro equipo menos conflictico y que estuviera en condiciones de levantar más la tirada del mismo.

El conflicto con él surgió, pues, sólo y exclusivamente por querer yo salvar la empresa y defender los intereses patrimoniales de sus verdaderos propietarios. La propiedad de la empresa no podía cambiar de manos con mi aquiescencia, al menos sin la justa y debida compensación económica. La razón del enfrentamiento no hay que buscarla en una eventual discrepancia ideológica o política sino que radica en un serio y grave conflicto de conceptos y de intereses empresariales y económicos. Comprendo que a los políticos aficionados no les preocupan siempre estos temas profesionales, humanos y éticos. Pero pienso que el lector con independencia de criterios, y no sometido a pasión partidista, puede tener curiosidad por esos otros aspectos de la vida.

La fábula y la historia tuvieron su epílogo. Poco antes de que actor y empresario se pelearan mantenían conversaciones, en compañía de amigos comunes, con la finalidad de encontrar una solución equitativa y honorable. Bruscamente aquel requirió notarialmente, primero y demandó judicialmente, después, al empresario. Los amigos se llevaron las manos a la cabeza y buscaron un árbitro. No fue posible llegar a un acuerdo sobre qué era lo que había de ser sometido a arbitraje y el árbitro empezó por decidir el qué, el cómo y el cuándo.

Los contendientes eran Calvo Serer y la entidad que había facilitado el dinero y que actuó por cuenta de todos los accionistas que componíamos la sociedad propietaria de MADRID. Pero el árbitro decidió que a Calvo Serer debía enfrentarme yo, que era entonces el presidente de la sociedad FACES, promotora de toda la operación del MADRID. A partir de este momento, preparada la escritura de compromiso de arbitraje, el resultado se vio venir. En un principio creíamos que el juicio arbitral sería salomónico, pero las reglas de juego establecidas condujeron inevitablemente a la llamada fórmula británica: “El Gobierno de Su Majestad no tiene razones suficientes para pensar que…” las acciones que figuran a nombre del Sr. Calvo Serer no sean en realidad suyas.

Como quiera que innegablemete había de por medio dinero que, sin duda, no era de dicho titular, éste – según el laudo arbitral – estaba obligado a devolverlo. Pero el árbitro buscó una ‘salida de conciencia’: después de haberle declarado propietario de las acciones ordenó a Calvo Serer que ofreciese la totalidad de ellas a los restantes socios. Decisión que resulta incomprensible si no se admite que aquellas pertenecían efectivamente a todos los accionistas y no al ‘propietario oficial’. Y que demuestra que la auténtica contienda enfrentaba a Calvo Serer contra todo el resto del accionariado y no sólo contra mí.

Pero en el enunciado de la controversia el árbitro había impuesto este último planteamiento cerrando con ello a cal y canto la salida. Pues es sabido que cualquier exceso del laudo sobre lo pedido por las partes permite al Tribunal Supremo anular el exceso. Y aquí surge un dato importante para el juicio histórico de las conductas: mientras que yo había tolerado ese encerramiento forzado por el pacto moral de llegar incondicionalmente al arbitraje, la representación de Calvo Serer, una vez obtenido el laudo no dudó en – quebrantado un convenio verbal entre las partes, aunque sin fuerza ante la Ley escrita – recurrir al Tribunal Supremo para alcanzar la mutilación del Laudo, dejando sólo en pie una parte de lo que el árbitro quiso que fuese un todo.

Lo curioso del caso es que se ha manejado mucho el argumento de que el Tribunal Supremo había dado la razón a Calvo Serer. Saben bien, incluso los no juristas, que en caso de arbitraje el Supremo no entra en el fondo del asunto. No le da ni le quita la razón a nadie. Corrige sólo al árbitro si entiende que no ha respetado las reglas formales del juego. Si se ha salido del campo convenido le recorta el exceso. Si se ha salido de plazo le anula el laudo entero.

En cualquier caso se produjo una segunda decepción. Había cedido primero de mi favorable posición legal para someter a arbitraje privado de equidad una cuestión que estaba clara a mi favor. Después tuve que permitir un recurso ante el Tribunal Supremo, cuyo resultado, al mutilar la unidad del laudo arbitral deshizo la entidad que éste había querido buscar. Sutilezas procesales permitieron pasar por alto los pactos no escritos y exigibles, dilatar o hacer imposible su cumplimiento. Calvo Serer que dispuso o permitió dinamitar el MADRID, no ha puesto la misma diligencia en cancelar su cuenta todavía pendiente. Desde hace sólo cuatro años pregona que el periódico era suyo, pero no parece tener el mismo empeño ni siquiera en comenzar a devolver el dinero a quienes posibilitaron inicialmente la suscripción de las acciones a su nombre.

A título de resumen: En el MADRID se han producido dos enfrentamientos serios:

  • 1) De carácter político: Fraga ministro de Información, y Valerio Bermejo, contra Calvo Serer – y consecuentemente contra mí, por respaldar a este – ;
  • 2) De carácter empresarial y económica entre Calvo Serer y la entidad que facilitó el dinero – y como consecuencia conmigo, por defender lo derecho se esta última –

Dentro del marco de la lucha política entre Calvo Serer y Fraga, y luego con Sánchez Bella, su sucesor al frente del Ministerio está el pleito promovido por Aznar sobre la propiedad de las acciones. La guerra económica, es decir, la naturaleza de las relaciones económicas entre Calvo Serer y la entidad que facilitó el dinero, fue sometida a arbitraje privado de equidad… con el resultado que queda someramente referido más arriba.

La vertiente política del MADRID fue lo más importante que estuvo sobre el terreno de juego desde el verano de 1966 hasta el verano, también, de 1969. Aquella etapa representa la edad de oro del periódico, y, por tanto, de su equipo director y colaborador. Es difícil saber en qué medida contribuyó al a que luego se aprobó como Ley Orgánica del Estado, al desarrollo constitucional posterior a la designación de sucesor a la Jefatura del Estado. Hubo grandeza en los objetivos profesionales y políticos. Se ganaron algunas de estas batallas – la primera, por ejemplo – y se perdieron tras. La última se perdió en parte; quizá porque nadie creyó en ella y se produjo con sorpresa para muchos. En los asuntos de Estado contadas personas están en el secreto de las operaciones. A esta etapa pertenecen el cierre temporal del periódico por orden del ministro Fraga. Pero ante aquel cierre nadie de la empresa  titubeó. Pienso que se podría asegurar que todos, desde el último obrero hasta el presidente se las ingeniaron para poder aguantar la presión que se anunciaba iba a ser larga. Fue de agradecer y digna de elogio la forma en que se solidarizaron los colegas. Aquellos fueron años duros, incómodos pero bellos, como dicen los italianos.

Del aspecto político de la segunda parte de la labor de Calvo Serer y su equipo, la de los tres años siguientes, prefiero no hablar. Tampoco tengo espacio para explicar por qué, a mi entender, durante este tiempo el show sustituyó a la política. El plurito exagerado de independencia les llevó a caer en el extremo opuesto y además a ser dependientes de su propia imagen de independencia. Se cumplió en este caso la predicción del refranero castellano. “Nunca segundas partes fueron buenas”.

Desconozco el interés que pueda despertar en el gran público la vertiente humana del asunto del MADRID. La parte positiva aparece unida a la lucha por llevar adelante la construcción de un programa político de cierta altura. Ilusión, afanes comunes, solidaridad, etc.

La parte negativa va unida a la lucha por criticar, destruir y derribar. Me parece que ésta sólo nos interesa a los afectados. Que los obreros y empleados del MADRID hayan resultado sacrificados sin necesidad es doloroso. La última fase de la lucha contra la autoridad contra el poder público, nadie sabe realmente por qué fue. Intuyo que tampoco lo saben quiénes la protagonizaron. Apostaría a que sólo una persona está en el secreto último del por qué de aquella batalla, en la que la mayor parte de las cosas en juego eran mezquinas. Demasiados egoísmos, que acabaron liquidando a obreros, empleados y, por último, el solar. No es que haya sido un final sin sentido, sino quizá sin un sentido confesable.

Lo humano nos afecta también a otros que, sin ser obreros o empleados del MADRID pusimos mucho de ideal y algo de dinero – probablemente el único que corría riesgo – en una empresa colectiva para contribuir al logro del bien público nacional. Todos tenemos experiencia de cuánto duele el fallo de un amigo, la deslealtad de un socio, el engaño de un aliado.

No debo alargarme. No es éste lugar adecuado ni momento oportuno. Debería aclarar tdos los hechos que han sido aludidos de modo sintético. Deseos no me faltan, entre otras razones para dejar en su lugar a personas maltratadas públicamente. Quién sabe si encontraré algún día tiempo e inspiración. Creo que compensa sacrificar alguna vacación y alguna noche a este noble quehacer de la pluma.

Luis Valls Taberner

17 - Noviembre - 1973

Carta de réplica de Rafael Calvo Serer

Rafael Calvo Serer

Desde este lado del Atlántico he leído el ABC del 28 de octubre, en que se publica un extenso escrito del presidente del Consejo de Administración del Banco Popular Español, don Luis Valls Taberner bajo el título ‘El diario MADRID’. En esas dos páginas de ABC me cita rieteradamente en términos que distorsionan los hechos, que no se corresponden con la verdad y s´lo pueden crear confusiones a los lectores de ABC.

Sobre los problemas del MADRID se han publicado en todo el mundo numerosas informaciones, y hay libros tanto en España como en el extranjero en los que quedan claros los diversos aspectos de la cuestión. Entre los trabajos aparecidos en España y de fácil acceso, cualquier persona que les interese por una versión objetiva de lo ocurrido en torno al diario, de cuya sociedad propietaria soy presidente, puede encontrarla en las páginas 13 a 25 del libro ‘MADRID, página 3’ (Seminarios y Ediciones, Madrid, 1972).

No obstante ante el hecho de la publicación de ABC del escrito del señor Valls me encuentro en el derecho y en el deber de salir al paso de las tergiversaciones en que incurre con las siguientes precisiones.

  • Soy el legítimo titular y propietario de las 32.000 acciones (2/3 del capital) de la sociedad FACES, propietaria de MADRID, Diario de la Noche S. A., que suscribí y desembolsé el 26 de diciembre de 1966.

Esta titularidad me ha sido discutida y negada ante los Tribunales de Justicia por don Luis Valls Taberner y por siete accionistas de FACES de significación falangista. El primero, pretendiendo que yo era simplemente su testaferro; los segundos, pretendiendo tener un derecho preferente sobre las acciones que suscribí. He aquí el resultado de estas contiendas judiciales:

  1. Frente a don Luis Valls Taberner me ha sido reconocida la titularidad real en mi propio nombre y derecho de las acciones que suscribí, por el laudo arbitral emitido el 2 de julio de 1971 y por el Tribunal Supremo de Justicia en la sentencia del 5 de febrero de 1972.
  2. Frente a las pretensiones de los siete accionistas de FACES antes mencinados, las sentencias del Juzgado número 15 de Madrid de 12 de agosto de 1972 y de la Sala Primera de la Audiencia Territorial de Madrid de 8 de octubre de 1973 han confirmado igualmente mi titularidad.
  • Para inmediato desembolso de aquella suscripción de acciones recibí un préstamo de 16 millones de pesetas, sin plazo vencimiento, de una entidad financiera del grupo del Banco Popular Español. Una parte de aquella cantidad, concretamente 1.600.000 pesetas, fue efectivamente reintegrada y aceptado su pago como tal por la sociedad prestamista.

La razón de la no fijación de plazo para la devolución del préstamo estuvo en que el pago del mismo quedó subordinado a mi propósito de redistribuir posteriormente las acciones entre aquellas personas que se mostraran solidarias con la línea independiente mantenida por el periódico MADRID desde el 1 de septiembre de 1966.

Sin embargo al plantear los siete accionistas aludidos una demanda para anular mi suscripción, el juez adoptó la medida cautelar de bloquear mis acciones prohibiendo su transmisión, con lo que me encontré imposibilitado de efectuar la redistribución anunciada y, consiguientemente, de reintegrar la cantidad adeudada.

No obstante, en diversas ocasiones intenté por mi propia cuenta hacer efectivo el importe restante de la deuda, oferta que me fue rechazada por don Luis Valls Taberner, según consta como hecho probado en el laudo arbitral. En la actual situación, pues, yo soy deudor a la sociedad financiera de la parte no reintegrada del préstamo de los 16 millones.

En estas condiciones el señor Valls Taberner hizo que la sociedad financiera promoviera una acción judicial contra mí, que tampoco ha prosperado (sentencia de la Audiencia Territorial de Madrid de 13 de marzo de 1973), pretendiendo obtener un plazo perentorio para el vencimiento de la deuda. Parece, por lo tanto, si no se llega a un acuerdo, que dicho plazo habrá de ser fijado en su día por un juez, con arreglo a lo dispuesto en el artículo 1.128 del Código Civil, o en otro procedimiento arbitral, pues en su situación jurídica actual se trata de una deuda sin plazo y, consiguientemente, no exigible.

3). El pleito que la Audiencia acaba de fallar a mi favor (la mencionada sentencia del 8 de octubre de 1973), absolviendo además tanto a FACES como a su antiguo presidente, don Luis Valls Taberner, y confirmado la sentencia del juez del número 15 de Madrid, que también fue a mí favor, es el planteado en 1967 por los siete accionistas de significación falangista antes mencionados. Sin embargo, el Sr. Valls Taberner, durante los últimos cuatro años, ha sido parte colaboradora y, en ciertos incidentes judiciales, promotora de dicho pelito contra mí, por lo que sus abogados no han tenido la menor participación en este litigio, salvo para asesorar a los que han perdido. Así, el señor Valls Taberner tomó la iniciativa para que los siete demandantes solicitaran del juez una ampliación de la medida cautelar de bloqueo, disponiendo que mis acciones fueran además privadas de derecho políticos en el seno de la sociedad. Este litigio fue también resuelto a mi favor por la Sala Tercera de la Audiencia Territorial de Madrid en auto de fecha 18 de noviembre de 1971.

4) Hasta aquí mi posición jurídica y económica respecto de la sociedad FACES y el periódico MADRID. Pero hay otras cuestiones económicas que no quedan agotadas con los temas planteados en su artículo por el señor Valls Taberner.

La sociedad FACES y la empresa MADRID no han recibido todavía la oportuna rendición de cuentas de los fondos que fueron retirados de la caja del periódico de 1962 y 1969, siendo presidente de FACES del señor Valls Taberner y teniendo él además el control administrativo, tanto de esta sociedad como del diario MADRID. Esta cantidad alcanza a más de 40 millones de pesetas, que, al parecer, fueron destinados a compensar el crédito que el Banco Popular Español había concedido a FACES para la compra del periódico a su antiguo propietario y que importaba sólo 18 millones de pesetas.

Del mismo modo, la sociedad FACES, tras la renovación de su consejo de administración, ha exigido de forma fehaciente que le sean reintegrados los libros sociales de que ilegalmente se ha visto privada, sin que hasta hoy estos libros sociales hayan sido devueltos a la sociedad. Atentamente.

Rafael Calvo Serer

El Análisis

LA HISTORIA LA COMPONEN FOTOS

JF Lamata

La historia la componen fotografías, los responsables del diario MADRID, D. Rafael Calvo Serer y D. Antonio García-Trevijano habían conseguido que la dictadura cerrara el periódico en 1971 y que fracasara el intento de la Organización Sindical de hacerse con él. Pero quedaba algo todavía más romántico: darle una  fotografía al final del periódico ¿y qué mejor que una voladura – primera voladura controlada – del edificio? El Sr. Trevijano vendió el edificio y puso como condición a los nuevos dueños, que lo dinamitaran antes de construir encima. Si era verdad que MADRID estaba al borde de la quiebra, el negocio les habría salido redondo, porque a lo que ganaron de la venta del solar, está lo que ganaron luego por la indemnización del Estado cuando, en democracia, se reconoció el cierre ilegal del periódico.

No obstante, si lo que los Sres. Calvo Serer y García-Trevijano pretendían no era algo económico, sino político: utilizar el ‘martirio’ del diario MADRID para convertirse en líderes de la oposición democrática a la dictadura, fracasaron. Ambos se presentarían en el extranjero como portavoces de ‘la Junta Democrática‘, pero esta nunca lograría tener un peso político real. En el caso del Sr. Trevijano su salida del mundo político estaría rodeada por nuevas polémicas.

J. F. Lamata

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