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El juez hace pública su versión de los hechos en la biografía autorizada de Pilar Urbano en las que presenta a García-Trevijano como la persona que controlaba al juez Gómez de Liaño en su guerra contra Jesús Polanco

El juez Garzón señala a García-Trevijano como ‘cerebro’ detrás del ‘caso Sogecable’ e implica a Anson, Campmany y a Navarro Estevan

HECHOS

  • En noviembre del año 2000, después de la condena al juez Sr. Gómez de Liaño, salió a la luz el libro ‘Garzón, el hombre que veía amanecer’ en el que D. Baltasar Garzón daba su versión del ‘caso Sogecable’, señalando la participación de diversas figuras, entre ellas el abogado D. Antonio García Trevijano.

 

Abrazo de Humo

Pilar Urbano

El juez Garzón descubre a Pilar Urbano la trama que se escondía tras el llamado 'caso Sogecable' y
demuestra que el juez Gómez de Liaño no dispuso nunca de pruebas sobre las que actuar, sino que
operó como instrumento de una maniobra política. Todo fue, concluye su autora, un abrazo de humo

El 15 de octubre de 1999, la Sala Segunda del Tribunal Supremo condenó a Gómez de Liaño por un delito continuado de prevaricación, inhabilitándole durante 15 años”. Así concluyó el llamado caso Sogecable, relatado en el capítulo del libro El hombre que veía amanecer, de próxima publicación en Plaza y Janés, que se reproduce íntegramente a continuación. El texto revela la fabricación política del caso a partir del informe encargado por el Gobierno y repartido por Anson. Un cúmulo de conversaciones y datos que prueban que la supuesta investigación de las finanzas de Sogecable no era más que una operación para acabar con Jesús de Polanco y Juan Luis Cebrián, los principales directivos de esa empresa y de la editora del diario EL PAÍS.

“Anson, Campmany y García-Trevijano buscan un juez sensible al problema político. A ti te ven más difícil, más esquivo, que no te dejas. En cambio, con Gómez de Liaño y María Dolores todo va como una seda”. (El juez Navarro Estevan al juez Garzón. Enero de 1997).

Baltasar Garzón trabaja en la buhardilla de su casa. 1999. 15 de septiembre. Sobre la mesa, recortes de periódicos, folios de autos con membrete de la Audiencia Nacional, sus agendas y sus diarios de un par de años atrás. A la mañana siguiente comparece como testigo ante el Tribunal Supremo. Se juzga al magistrado Javier Gómez de Liaño, acusado de prevaricación.

A Garzón le desagrada hasta la bilis que se empeñen en meterle en esa reyerta de ambiciones y poderes. Él no es de ninguna de las cofradías que andan a la gresca. Le importa medio bledo Sogecable. Y le extraña que sea el equipo de la defensa de Gómez de Liaño quien le cite como testigo: “Me denunció ante el fiscal general, hace dos años. Ha escrito contra mí un libro que es como el insulto de un loco. Sólo he leído unos trozos, y lo he dejado con náusea. Este hombre, Javier, se ha fabricado conmigo un fetiche para el vudú. Me ataca en toda ocasión. Y ahora… ¡me convoca de testigo, ante el Supremo! ¿Qué espera que diga yo en su favor?”.

Ni queriendo ha podido olvidar aquello. Fue el tiempo más amargo de su vida. Salvar su integridad de juez le costó un precio muy alto: perdió amigos; ganó enemigos; quedó ante mucha gente como el malo de la película; se le denigró como a un maldito sicario de Polanco; se vio denunciado con falsedad ante el Supremo, episodio que se diluyó en un cuarto de hora, pero el trallazo en el alma no se lo quita nadie. Los hechos están ahí, hincados como menhires de piedra, a pie de memoria. Y, a pie de garganta, ese sabor acre y macho, áspero en el paladar, que es a lo que sabe la soledad de un juez.

El caso Sogecable fue como esos vendavales de arenisca enloquecida y tumultuaria que meten miedo; pero, en cuanto cesa el viento, al poco se aquietan y acaban en nada. Se inició el 25 de febrero de 1997 por una denuncia de Jaime Campmany. Después de doscientos cincuenta días de una instrucción mantenida a trancas y barrancas, y con Polanco en un tris de ir a la cárcel, el 3 de noviembre del mismo año se archivó, desinflado. Era una carcasa vacía. Una causa abierta en falso. Pasó por la
mesa de cuatro jueces y se estudió en varias sesiones de Sala de la Audiencia Nacional. Es absurdo pensar que tal número de magistrados, separados o juntos, temiesen a Jesús de Polanco… El affaire Sogecable se archivó porque no contenía sustancia delictiva.

Tanto impacto mediático e inmediático, tanta crispación política, tanta convulsión judicial, tanta agresión humana, ¿para qué? Lo más de lamentar es que arrambló con un buen puñado de amistades. Mejor dicho, las cambió de bando.

Ese caso se estudiará en la Escuela Judicial como paradigma del empecinamiento de un juez instructor: todas las iniciativas que adoptó Gómez de Liaño, todos sus autos, excepto uno, fueron anulados por la Sala de lo Penal de la Audiencia, con severas reconvenciones descalificando las medidas del juez como “desproporcionadas”, “inadecuadas”, “innecesarias”, “irrazonables”,”injustas”.

Antes que la Audiencia Nacional cancelase el caso, Juan Luis Cebrián, mandarín del Grupo Prisa –por tanto, Sogecable, Canal Plus, Santillana, Anaya, Crisol, y todo el holding del imperio-, recusó al juez Liaño. Le atribuyó “enemistad manifiesta” e “interés indirecto” en la causa. Como juez sustituto de Liaño, Garzón debía rechazar o aceptar esa recusación. Pero no quiso resolver ni a favor ni en contra. Adujo que, aun sin haberse asomado al sumario, conocía desde fuera demasiadas trapisondas de los entresijos del tema; y que en conciencia no se sentía imparcial ni para recusar ni para no recusar. Se abstuvo. Y ahí empezó el drama.

El juez siguiente, García-Castellón, se abstuvo también.

Un tercer juez, Ismael Moreno, estimó “parcialidad objetiva” en Gómez de Liaño, que fue recusado y apartado del caso. A esas alturas del proceso, Liaño se había preservado tan poco de la pugna política, que ahí se libraba a sangre, y había deambulado tanto por los callejones de la refriega mediática que, lejos de dar la imagen de un magistrado ecuánime y sin sesgos, era visto como un juez influido por los criterios de unos, manipulado por los tejemanejes de otros, connivente con los intereses de una de las partes en conflicto. Eso podía ser cierto, pero transmitía a los justiciables una inquietante apariencia de parcialidad.

Sogecable se sobreseyó y pasó a la historia. Pero ahora se está viviendo la resaca. La onerosa factura. Sin perder un minuto, el todopoderío del Grupo Prisa desenvaina contra Gómez de Liaño una querella como tres puñales, uno por cada delito de prevaricación. Le acusan de haber tomado, cuando instruía el caso, tres decisiones que pudieron ser injustas a sabiendas. Jesús del gran poder ha bebido, quizá por vez primera en su vida, el cáliz de la humillación, y no renuncia a la venganza: “¡A ese títere de Liaño lo dejo yo sin toga y en pelotas vivas!”.

Los querellantes pisan fuerte. Han fletado una brigada de acusadores con lo más jet de la abogacía: Matías Cortés, Horacio Oliva y Antonio González-Cuéllar, más su escudería de asesores jurídicos de lujo. Emilio Rodríguez Menéndez es el acusador particular. Liaño va de pobre. Pero la afición le brinda columnas y elogios. Le defiende la fiscal María Dolores Márquez de Prado, su reciente esposa. Y Jorge Trías Sagnier echa una mano.

En este septiembre de 1999 se celebran las vistas del juicio. El Supremo pone sus pomposas liturgias. Los mass media, sus espectaculares calambrazos de morbo. Y el público, una obsesiva búsqueda de tongo, de trampa y de cartón.

No sé qué se traen entre manos -Garzón aventa un manojo de recortes de prensa, y los deja caer sobre la mesa-. Por lo que leo, están mintiendo. Ignacio Gordillo, Joaquín Navarro Estevan, María Dolores, Javier… mienten. Se han trazado una estrategia de defensa y se han puesto de acuerdo entre ellos. Bien. Pero ¿yo qué pinto ahí? ¿por qué me llaman de testigo?, ¿qué ganan? Atacarme por atacarme, no les aporta nada. Además, yo podría revolverme… Si quiero poner las cosas en su sitio y restablecer la verdad de lo que pasó, el momento es éste. ¡Y menudo momento! ¡Espectáculo en bandeja! Hasta ahora no he abierto los labios, me he cerrado en banda a entrevistas y declaraciones. En 1997 guardé el tema como en una caja de hierro. Adrede, no me he permitido rememorarlo, por no hacerme mala sangre. “Se veía desde el tren que lo de Sogecable era un asunto político -Garzón se ha quitado los zapatos y pasea por el despacho; le gusta andar descalzo y pensar caminando-. Reconozco que todavía no me he enterado de qué son las plataformas digitales. Lo que sí sé es que había dos grupos de poder enfrentados. Una opción, mezcla de privada y pública, apoyada por el Gobierno de Aznar: Vía Digital. Ahí estaban Televisa, Telefónica, El Mundo, ABC, Campmany, Mario Conde… La otra plataforma, más en línea con el PSOE, era la del Grupo Prisa y de Antena 3. En cualquier momento, unos u otros
cambiarán de trinchera y se pondrán de acuerdo entre ellos. Es así en el mundo del dinero y en el de la política. Lo que me subleva es que, por un pleito de poderes mediáticos que debió haberse ventilado fuera de los juzgados, metiesen en danza a los jueces, fabricando denuncias sin fuste en beneficio de los intereses de… ni se sabe quién. “Esto era en diciembre de 1996. Andaban en plena guerra del fútbol, a ver quién se llevaba el gato al agua para explotar la retransmisión de los partidos. El Gobierno ya había acordado su fórmula: Vía Digital, con Telefónica, con Televisa, con algunos periódicos y con Antonio Asensio, del Grupo Z y Antena 3. Pero, en el último momento, Asensio y Polanco se entienden y firman el pacto de Nochebuena. Telefónica, Televisa y todos los demás se quedan fuera y con un palmo de narices. Al Gobierno se le descabala el proyecto. Álvarez Cascos está que trina. Hay chasco y crispación en los ambientes de los que tenían ya el boleto en la mano para entrar en el gran negocio. Ése era el trasfondo, no visible pero muy activo, de esta historia.

“Yo asisto en enero del 97 a una cena con Luis María Anson, en la casa de ABC. Están también el abogado Antonio García-Trevijano, el juez Joaquín Navarro Estevan y el catedrático Jesús Neira. Se comentan unas crónicas recientes de Jesús Cacho en la revista ÉPOCA y en EL MUNDO, donde se afirma que Sogecable -que entonces ya era Canal Plus- podía haber incurrido en delito de apropiación indebida de las fianzas que los abonados de Canal Plus habían depositado a cambio de los decodificadores, y en una serie de delitos societarios, de falsedad documental… Anson dice con gran seguridad que eso se basa en un informe encargado por el secretario de Estado de Fomento –me parece recordar- a los economistas Gerardo Ortega y Ramón Tamames y al jurista Rafael Pérez Escolar. Y agrega: “Yo tengo ese informe”. García-Trevijano se entusiasma: “¡Huuyyy, eso podría ser el final del polanquismo! Ahora sólo haría falta un juez sensible a este problema, que es el más grave de la democracia en España. Si cae el polanquismo, detrás cae el felipismo. Y se acaba así con la corrupción desde el Estado”. Anson facilitó un par de copias de ese informe, una a Trevijano y otra a Joaquín Navarro, en sendos sobres cerrados. Yo no vi qué contenían los sobres, pero sí vi que se los dio. Neira y yo lo comentamos, atónitos, cuando me trajo a casa”.

Un mes después, Jaime Campmany se apoyará en ese informe, encargado y pagado por el Gobierno, para presentar su denuncia contra Polanco y demás directivos de Sogecable.

“Lo de ir yo a cenar con Anson venía de más atrás -sigue pensando Garzón-. Como en ABC me atacaban brutalmente, echándome encima escarnio y basura sin parar, cuando yo investigaba Al Kassar, Ucifa, los Gal, Intxaurrondo…, me sugirieron Neira y Navarro: “Sería interesante que Anson y tú os conocierais mejor, para que amainase esa fobia que te tienen en ABC”. “No me apetece -les dije- sentarme a la mesa con un tipo que me insulta y es consciente de que miente”. Y así se lo planteo al propio Anson, almorzando en El Montecillo. Él me explica que en ABC tienen muy buenas fuentes. Y hasta me dice cuáles. “Podéis tener muchas fuentes, Luis María, pero sobre mí no dais más que bazofia de noticias falsas. Y no os molestáis en verificarlas. A eso en mi tierra lo llaman mentir”. Anson se compromete a contrastar las noticias que les lleguen sobre mí. Un buen propósito, que no le duró mucho.

“Me invitó a dos o tres cenas en la sede de ABC. Eran interesantes porque Anson manejaba mucha información, aunque algunas cosas había que ponerlas en cuarentena.

“Cuando Gómez de Liaño instruía el caso Lasa y Zabala, ABC le atizaba cruelmente. Para Anson, el general Galindo era un héroe y merecía todas las portadas de honor… Navarro y Neira me dijeron entonces, por sugerencia de Trevijano: “Hombre, así como al trataros Anson y tú la agresión se ha rebajado, ¿por qué no hacemos lo mismo con Javier?”. Sin dudarlo, facilité ese contacto.
García-Trevijano tenía un especial deseo de conocer a Gómez de Liaño, y quiso que yo se lo presentara “antes y sin Anson”. Lo hice: almorzamos en Casa Domingo. Después vino la cena con Anson, que fue muy tensa: yo hablé a Luis María en términos tajantes, que jamás había empleado con nadie, para hacerle ver la injusta ignominia que en ABC estaban cometiendo con Gómez de Liaño: “Además, hacéis un flaco servicio a vuestros lectores, ocultándoles la verdad sobre la guerra sucia y sobre Galindo y sus guardias de Intxaurrondo”. “No vuelvo más. Ni Anson ni García-Trevijano me merecen respeto”, me dijo luego Javier”.

Hay amistades inexplicables, que arrancan de una animadversión ideológica, biográfica, personal, y acaban amasando hogaza de intimidad. Lo cierto es que, desde entonces, comienza un trato cada vez más asiduo de Gómez de Liaño con esas personas, en especial con Joaquín Navarro. “¡Qué cambios! -reflexiona Garzón-. Durante tiempo y tiempo, no se tragaban. Joaquín no tenía la menor estima por Javier, y a María Dolores la criticaba sin clemencia: ‘Es dura, es cruel, es la boca negra del fascismo, es mandona, lleva a Javier por donde ella quiere’, decía”.

Detrás de las amistades contra natura hay en ocasiones un simple “factor común”. Biotipos tan opuestos como Arzalluz y Álvarez Cascos dialogaban porque compartían un “factor común”: los dos cultivaban camelias. Entre un monárquico rancio como Anson y un republicano recalcitrante como García-Trevijano existía también un “factor común”: ambos eran juanistas, habían sido del Consejo Privado de don Juan y andaban esquinados con el Rey. Un rojo a machamartillo como Joaquín Navarro y un derechón ex falangista como Jaime Campmany tenían el “factor común” de la peña de Los Murcianos.

Del mismo modo, en poquísimo tiempo se hicieron amigos Campmany y Liaño: tenían como “factor común” a María Dolores. Ella estaba unida sentimentalmente con Javier. El lazo con Jaime era, más que amistad, confianza familiar: una hermana de la fiscal estaba casada con un hijo de Capmany. Y eso, que en otros casos no da pie para nada, en éste generó un trato muy fluido. ¿Amistades del último cuarto de hora? Sí, pero fraguaban con la intensidad del deseo mutuo. La nueva pareja de novios quería entrar en ambientes sociales distintos de los que cada uno había compartido con su cónyuge anterior. Y los otros precisaban conocer a jueces y a fiscales de la Audiencia Nacional, porque esa instancia sería la palestra de su gran pleito.

“Esas relaciones se cultivaron de modo intenso y deliberado. Enseguida, en enero del 97 -está recordando Garzón-, ya me comentaba Joaquín Navarro el interés que él percibía en Anson, en Trevijano y en Campmany, separadamente, por tratarnos a Gómez de Liaño y a mí: ‘A ti te ven más difícil, más esquivo, como que no te dejas. En cambio, con Javier, a través de María Dolores y de Campmany, va todo como una seda. Y Antonio Trevijano se va subiendo poco a poco a ese carro’. Por su lado, Joaquín tenía con Javier la puerta franca del juez que habla con otro juez”. “A finales de ese mes de enero, fui a mi última cena en ABC. Se habló del libro La Tercera República, que García-Trevijano acababa de escribir. Anson, Navarro y Trevijano expusieron que debían implantarse elecciones primarias con listas abiertas… Trevijano decía: ‘El Rey tiene que irse y dar paso a la República, sin que volvamos a caer en otro 36’. Anson no estaba de acuerdo, aunque sí en que el Rey abdicase en su hijo. Nunca vio bien que don Juan Carlos aceptara el trono ‘en detrimento del buen Rey que hubiese sido su padre’. Ése era el punto de coincidencia de estos dos nostálgicos juanistas… En Madrid siempre hubo cenáculos donde se hosannaba la memoria de don Juan, como peaje para criticar al Rey. “Por aquellas fechas, Trevijano y Navarro ya habían puesto en marcha, a nivel conspirativo de salón, su plan para traer la República, por pasos contados: destruir el polanquismo; liquidar el felipismo; echar al Rey sin violencias, e instaurar la Tercera República. Lo alucinante era que hablaban en serio y enardecidos.

“Trevijano -rememora Garzón- intentó que yo interviniese en la presentación de su libro en la universidad. Me buscaba como banderín de enganche de no sé qué movimiento de regeneración. Yo me zafaba. Al final, el libro preconizando la República lo presentó… ¡Anson!”.

2-Campmany quería poner su denuncia contra Sogecable cuando Gómez de Liaño estuviese de guardia o en puertas. En la Audiencia, los asuntos que llegan se reparten entre los titulares de los juzgados. Si no hay temas nuevos suficientes, el juez al que le han tocado menos casos queda ‘en puertas de denuncias’ para el próximo reparto. Y eso es fácil de saber: basta preguntar en la Audiencia quién está en puertas. Si alguien presenta su denuncia esa tarde, a la mañana siguiente le toca por reparto al juzgado que quedó en espera, casi con toda seguridad. Y así lo hizo Campmany el 24 de febrero con la denuncia contra Sogecable.

“El 26 de febrero se celebra una comida en el restaurante Lur Maitea. La organizan los llamados fiscales indomables: Eduardo Fungairiño, Ignacio Gordillo y Dolores Márquez de Prado, en agradecimiento a quienes les han apoyado en un acto público de homenaje días atrás: Antonio García-Trevijano, Federico Carlos Sainz de Robles y Enrique Gimbernat. Asisten también Gómez de Liaño, Navarro Estevan y Neira… La víspera, Liaño ha admitido la denuncia de Campmany contra el Grupo PRISA, y es el tema de actualidad y de rumores ese día. Pedro Rubira y yo llegamos un poco tarde. Aún no me he sentado, cuando Trevijano, desde el fondo del comedor, me suelta con voz bien sonora:
“-Baltasar, ya no vas a ser el único juez estrella del país: Gómez de Liaño te ha quitado de un plumazo todos los titulares y las portadas, porque él lleva el más importante asunto que pueda haber en esta democracia.
“-¡Qué descanso! En ese tiempo, podré engordar unos kilos…”.
“A la mañana siguiente, volviendo los tres de desayunar en Riofrío, casi al llegar a la Audiencia, me dicen María Dolores y Javier:
“-¡Con este caso vamos a hacer la revolución desde la Justicia…! Esto de Sogecable hará caer todo el sistema corrupto que ha sostenido al felipismo…
“-Pero, ¿qué decís? Nosotros, como jueces, no tenemos la misión mesiánica de salvar a la sociedad de nada. Hemos de limitarnos al caso concreto. Y con el terreno reglado por ley: si hay delito, hay delito; si no lo hay, no lo hay. Y punto”. “Ese comentario mío les cae como un jarro de agua fría”.

“Al otro día, 28, Javier cita a los del Grupo PRISA. Y recuerdo el comentario de María Dolores: ‘Polanco y Cebrián van a tener que hacer el paseíllo. Y mañana, la primera página serán ellos dos subiendo la escalerilla… ¡Que se jodan!”.

En cuestión de horas, el abogado Javier Sainz Moreno se persona y presenta una querella contra Sogecable por los mismos hechos que denunció Campmany. Gómez de Liaño exige una lista con los 1.400.000 abonados de Canal Plus, para publicar edictos y que se personen en la causa los posibles damnificados. Canal Plus emite un largo informe explicando que su gestión ha sido ‘escrupulosamente respetuosa con la ley'”.

Mientras Polanco espera en el juzgado a que el juez Liaño le reciba, RNE y TVE interrumpen sus programas matinales para dar la noticia: “Querella contra Polanco, por apropiación indebida de 23.000 millones; se le ha prohibido salir de España sin permiso judicial”. El miedo tiene los pies ligeros. Antes que cunda el temor, Polanco se ve obligado a suscribir un seguro por 150 millones de  dólares para garantizar a los abonados de Canal Plus que, si desean retirar sus depósitos, hay liquidez de respuesta. Ese seguro acarrea a la empresa un gasto de 210 millones.

Por precipitación, Liaño empieza ya a dejarse pelos en la gatera: No llama a Campmany para que ratifique su denuncia. Acepta la personación de Sainz Moreno como acusador popular, aunque está inhabilitado por el Colegio de Abogados, y no le pide fianza. No toma declaración a Polanco ni a Cebrián. Ni a los otros directivos de Sogecable a los que cita en su juzgado, cuando la ley en ese punto es taxativa: “La persona a quien se impute un acto punible, deberá ser citada sólo para ser oída”. Se limita a comunicarles que hay una denuncia y una querella contra ellos. Y, aún peor: vulnera la Constitución al quitar la libertad deambulatoria para salir del país a unas personas a las que no puede mandar detener, porque no tiene causa legal que esgrimir. En esos momentos hay una encendida división de opiniones sobre la cuestión Sogecable. Los querellantes exigen que se aclare si los directivos de Sogecable se quedaron con los 23.000 millones de pesetas que los abonados a ese canal de televisión depositaron como fianza, y no se podían tocar; y que se investigue si Canal Plus evitó una ampliación de capital, y pudo así repartir beneficios. Los del Grupo PRISA contraarguyen que los depósitos se utilizaron legítimamente, ya que la ley no obliga a inmovilizar esas fianzas; y los dividendos no se los quedaron los directivos, sino que se repartieron entre todos los accionistas: “No ha habido -dicen- ni perjudicados ni apropiación indebida”. Canal Plus de Francia despliega sus antenas. Hay inquietud. El perjuicio puede ser de envergadura.

En fin de semana y con urgencia, el fiscal Eduardo Torres Dulce reúne a la Secretaría Técnica de la Fiscalía General del Estado, de la que es jefe, y elaboran un dictamen con el respaldo unánime de los fiscales de ese organismo. Ahí se concluye que “la querella contra Sogecable es inviable, porque de los hechos denunciados no se desprende la existencia de delito”. El fiscal general, Ortiz Úrculo, está de acuerdo con el informe, y así se lo hace saber a Ignacio Gordillo, que es el fiscal del caso. Este aviso de aquietamiento se produce ya en marzo. Con todo, está en marcha un peritaje de Hacienda.

El 5 de marzo, Joaquín Navarro y su mujer, Pura Mañas, invitan a cenar en su casa, cerca del Retiro, a otras dos parejas: Antonio Navalón y Carmen, Baltasar Garzón y Yayo.
-Estoy preocupado -comenta Navarro, refiriéndose al caso Sogecable-, porque escucho a García Trevijano y a Gómez de Liaño, a cada uno por su parte, y percibo una connivencia, un trabajo conjunto que no me huele bien… como si esos dos estuviesen instruyendo juntos. Encima, el argumento de Trevijano es que “lo de Polanco es ¡de cársel, de cársel!”; y que “lo que hay que conseguir es que a ese personahe le condenen a prisión, al margen de si la causa es tal o es cual; porque, si se acaba con Polanco, se acaba con Felipe y el felipismo, que es la primera necesidad de este país: un servicio de interés nacional”.

En ese mismo tono pesaroso y escandalizado, Navarro llega a decir que “por lo que ambos dos me van diciendo, más que un caso judicial con trasfondo político, parece una causa política a la que quieren darle patente judicial, que es muy distinto”. Garzón escucha sin meter baza en la conversación. En ésas, suena el teléfono. Joaquín Navarro dice a su mujer: “Cógelo, Pura, y si es García-Trevijano, no estoy”. En efecto, es Trevijano. Siguen cenando. Cambian de tema y cambian de platos, levantándose todos porque no hay servicio. Pasa un rato, y el teléfono suena por segunda vez. Pura anda en la cocina. Joaquín, que está más cerca, descuelga: “Hombre, Antonio, ¿qué hay? Dime… ¿A mí? No, a mí no me…, pero ¡qué me dices…! ¡¿Cómo…?! ¡Qué barbaridad!”. Todo son interjecciones, balbuceos de asombro, medias palabras de estupor. Pura reaparece, trayendo una fuente con viandas: “¡Ya lo ha cazado!”. En ese instante, Garzón se va del comedor. Navarro sigue su diálogo telefónico con Trevijano. Cuando se despide, regresa a la mesa llevándose las manos a la cabeza: “¡Están completamente locos! Acaba de preguntarme Antonio si Liaño me ha enviado un auto sobre el tema Sogecable. Le he dicho que no, que de ninguna manera. Y es que… a él sí se lo ha mandado, para que lo lea y le diga qué opina”.
Yayo echa de menos a Baltasar, que no ha vuelto. Por tanto, no ha oído eso último. Navalón va en su busca y lo encuentra en la cocina, de pie, las manos en los bolsillos y mirando al techo.
-Pero ¿se puede saber qué coño haces aquí…?
-Estoy aquí… porque no quiero estar allí. Todo lo que está contando Joaquín es un delito. Y él tiene que saberlo: es tan juez como yo. Si eso es verdad, su deber es irse al juzgado de guardia y denunciarlo.
-A lo mejor es una simple impresión de Joaquín, o una fantasmada de Trevijano…
-¡Pues si son impresiones, que se las calle, y que no juegue con eso, coño! Además, yo tengo el problema añadido de que si ocurre algo, soy el juez sustituto de Gómez de Liaño. De modo que no quiero oír nada, no debo oír nada… Por eso me he venido.
-Bueno, Baltasar, estamos aquí invitados a una cena de amigos y no puedes quedarte en la cocina. Venga, vuelve…
-Sí, pero que no saque más el tema, por favor. No quiero ponerme violento. Intenta que hable de otras cosas… Joaquín Navarro planea todavía un par de veces sobre el caso Sogecable:
-Baltasar, esto es muy feo… ¿Vas a hablar tú con Javier?
-No. Ni Javier habla conmigo de los asuntos de su juzgado, ni yo hablo de mi juzgado con él.
Concluida la cena, yendo hacia el ascensor, Joaquín insiste:
-Tú, que eres tan amigo de Javier, deberías darle un toque. Esto del auto que acaba de decirme Trevijano, es gordísimo. Y no me gustaría, Baltasar, que algo de tanto calado acabara mal por un tratamiento frívolo…
–Mira, Joaquín, vas a hacerme un favor: no me hables más de Sogecable. No quiero saber nada de esa historia. ¿Lo entiendes?
La noche del 11 de marzo, Joaquín Navarro llama a Garzón, a su casa de Pozuelo:
-Ya sé que no quieres que te diga…, pero esto de hoy lo tienes que saber. Lo que voy a referirte lo sé por Antonio García-Trevijano: se han reunido los cuatro.
-¿Qué cuatro?
-Javier Gómez de Liaño, Ignacio Gordillo, Dolores Márquez de Prado y el propio Trevijano. En esa reunión -almuerzo, creo que me ha dicho- han estado viendo estrategias para impulsar el caso Sogecable. A Sainz Moreno lo tienen muy en el aire, porque el tío está suspendido por el Colegio de Abogados: sólo puede ejercer en causas propias. Y éstos han barajado nombres de abogados, a ver quién sigue con la querella. Pero la cosa no acaba ahí. Como el asunto nada más despegar está perdiendo fuelle, han hablado, ¡agárrate!, de que convendría reforzarlo presentando nuevas denuncias y nuevas acusaciones… Trevijano está entusiasmado porque él mismo va a meter pluma en el borrador de una querella nueva.
-Joaquín, ¿tú estás seguro de que eso ha ocurrido así?
-¿No te digo que me lo ha contado el mismo García-Trevijano, que ha estado en esa reunión?
-A ver si he entendido bien: el juez del caso y el fiscal del caso, reunidos con otras personas para buscar acusaciones, para elegir abogados, para darle fuelle a la causa… ¿Tú te das cuenta de la componenda torticera que me estás contando?
-Sí, sí, es tal atrocidad legal que cuesta creerlo. Baltasar, esto está llegando por días a un nivel de deterioro y de contaminación que, no sé, sinceramente, pienso que la única salida un poco decente es convencer a Javier para que frene el caso, y a Campmany para que retire la denuncia. Yo, a título personal, voy a hablar con la parejita. Joaquín Navarro habla con “la parejita”. Relata esa “reunión de los cuatro” a su amigo Antonio Navalón. Con oficiosidad de correveidile, se toma el desvelo de informar también a Jaime García Añoveros, a quien conoce de las tertulias de Lhardy. Sabe que el ex ministro de Hacienda es consejero del Grupo PRISA.

Un efecto de esa reunión de Liaño, Gordillo, Márquez y Trevijano es que ahí se “designa” a Manuel Murillo como abogado de la acusación particular. Y es Trevijano quien le encarga que se persone y asuma otra querella contra Sogecable. Garzón lee en su Diario la página de aquel 11 de marzo: El problema que me provocan estas noticias es que no sé si son o no son ciertas. No es comodidad, pero prefiero que no me cuenten nada: que no me intoxiquen, aunque pierda información.

Aquellas tertulias que comenzaron en Lhardy, pasaron a celebrarse después en Casa Domingo. El 19 de marzo se reúnen pocos comensales. A un lado de la mesa, Joaquín Navarro y Antonio Navalón; al otro lado, Jesús Neira y Jaime García Añoveros. Neira se dirige a Navarro, pero pueden oírle los demás:
-Me ha llamado García-Trevijano y me ha leído un auto de Gómez de Liaño, que todavía no lo ha sacado. ¡Esos dos están completamente locos, porque extrapolan lo que podríamos decir aquí, en ambiente de tertulia, con una actuación que es jurisdiccional!
-¡Sí, es alucinante…! Eso va a terminar muy mal. Yo se lo he dicho a Javier, y se lo he dicho a Antonio. Ahí, en ese momento, Navarro está confirmando lo que dice Neira. Hablan con total franqueza entre ellos. Queda patente ante testigos que, cada uno por su parte, tienen ambos las mismas noticias. Es, pues, una certificación de dos fuentes. Jaime García Añoveros, adicto también a la memoria del Diario, reseña ese encuentro en su Diario: “Miércoles, 19 de marzo. Almuerzo de la Tertulia en Casa Domingo. Somos pocos. Al final, Joaquín Navarro, sin que yo le diga nada, me habla del asunto Sogecable (…) que ha estado con Gómez de Liaño y su compañera la fiscal y les ha manifestado su opinión y el peligro que corre el juez, si sigue engolfándose por ese camino”.

3-Una tarde, a finales de ese mes de marzo, Joaquín Navarro telefonea a Antonio Navalón. Tiene muy alterado el tono de voz: “Javier me ha llamado para anunciarme que mañana va a meter en la cárcel a Polanco… Pero lo que me asusta no es que este insensato viole así su propio secreto sumarial, y más con una decisión tan grave: lo peor es que acabo de hablar con García-Trevijano ¡y me ha leído el borrador del auto de prisión! ¡Sí, sí… Gómez de Liaño se lo ha enviado a él, para consulta o para lo que sea!”.
Navarro traslada a Jaime García Añoveros y a Antonio Navalón esa noticia y otras sobre el mismo asunto, a medida que van sucediendo. Añoveros y Navalón, amigos de toda la vida, las comentan con estupor:
-Mira, Jaime, yo no puedo pensar que Joaquín Navarro se dedique a fabular chismes -dice Navalón-. Me creo lo que él me cuenta. Pero, joder, me deja de piedra. Escucha la última, y dime si no es para alarmarse en serio. Me ha llegado, idéntica, por dos fuentes distintas: el 28 de marzo, Viernes Santo, Navarro y Neira estuvieron con García-Trevijano tomándose un café en el Zoco de Pozuelo, y luego caminaron charlando un rato. Trevijano les dijo, muy satisfecho: “El control del caso Sogecable, que es la operación jurídica, política y mediática más importante de la democracia, lo llevo yo”. Así, como lo oyes: “lo llevo yo”. Trevijano les comentó también que había que conseguir que Polanco fuera a prisión. Les repitió su teoría del dominó: hay que provocar las caídas sucesivas del polanquismo, del felipismo y del sistema político corrupto, para que se produzca la “hecatombe necesaria”…
-¡Qué obsesión!
-Al parecer, en cierto momento, Navarro y Neira le sugirieron a Trevijano: “hombre, Antonio, tú que tienes ascendiente sobre Gómez de Liaño, aconséjale por su bien que desactive el tema Sogecable, o que lo enfríe, porque no parece que ahí haya causa penal, y se va a pegar el tortazo él, como juez instructor”.
-¿Qué dijo Trevijano?
-Que “¡de ninguna manera! ¡Ese proceso tiene que seguir a toda costa: yo estoy ahí trabajando para eso, y va a seguir con más empuje que nunca!”. Bueno, de Liaño habló, no ya con desapego, sino con auténtico desprecio: “Si Javier se la pega o si Javier se la deja de pegar, a mí ¿qué? Ya es mayorcito para saber dónde se mete… Tontos útiles los ha habido siempre”.

-¡Vaya cinismo!
-Ah, y algo así como que “no me gustaría que Gómez de Liaño fuese el juez de una causa mía”.

También a Garzón le llegaban retazos de información por Navarro, por Neira y por otras personas. Ahora, de un mazo de fichas de cartulina blanca sujetas con una pinza de metal pavonado, entresaca un par de apuntes manuscritos: 1 de abril. Neira y Navarro me cuentan, cada uno por su lado, una conversación que han tenido con García Trevijano. Subrayo una frase de éste que me parece tremenda: “Hay que conseguir que Polanco vaya a la cárcel y sea condenado, porque ése es el fin del sistema político…”. Y que la suerte que corra el juez Gómez de Liaño no le importa, porque “Polanco, tiene que ir a la cárcel, con razón o sin ella”.

El 4 o el 5 de abril, Joaquín Navarro y Jesús Neira vuelven a llamarme, por separado, y me dicen que Trevijano les ha comentado que él conocía las resoluciones de Liaño sobre Sogecable “antes que se comunicasen a las partes personadas”. Les ha citado el auto prohibiendo a Polanco la salida del territorio nacional. “Javier me pide criterio”, les ha dicho. Según Navarro y Neira, “da la impresión de que Trevijano y Gómez de Liaño se lo comunican todo entre sí”. García Añoveros, en su Diario, dejaba constancia rápida de unos episodios similares: “Martes, 1 de abril. Veo a Joaquín Navarro en el Hotel Alcalá. Está escandalizado por la connivencia Liaño-Trevijano…

“Éste colabora con Liaño en la confección de la querella y en el desarrollo del sumario, con vulneración de la más elemental de las leyes penales. Liaño, además, hace lo que le dice la fiscal Mª Dolores Márquez de Prado, que no es la fiscal de este caso”.

“García Trevijano apoya todo esto porque cree que la prisión y condena de Polanco sería un golpe mortal para el sistema político. Joaquín le ha reprochado la incompatibilidad de esa actuación con su condición de jurista, la indecencia que supone… Joaquín reitera que lo que está haciendo Gómez de Liaño es prevaricación”.

“Viernes, 4 de abril. Al mediodía me llama Polanco. Liaño le ha denegado viajar a USA para recibir un doctorado… Me pongo en movimiento. La gente de El Mundo ya sabía ayer el contenido del auto. García-Trevijano lo ha recibido antes que el destinatario. Joaquín Navarro se escandaliza. Reciben la comunicación antes que la parte…”. Coincidiendo en el tiempo, Trevijano se hizo cargo de la defensa de María Dolores Márquez de Prado, removida de su puesto en la Audiencia Nacional por sus enfrentamientos con el juez García-Castellón: es el tema de los “fiscales indomables”.

“A principios de abril -Garzón hojea un dietario de 1997, buscando la fecha exacta-, recuerdo con nitidez la escena, en el despacho de María Dolores Márquez de Prado hablo con Javier para que recapacite sobre el berenjenal en que se está metiendo:
“-Javier, ¿tienes muerto o no tienes muerto? Si tienes muerto, aprieta con todas tus fuerzas -a la vez, arqueo mis brazos, como si estrechara a alguien para retenerle, para reducirle-. Si tienes elementos, tira p’alante, decreta las prisiones, y no habrá ningún problema. Si hay delito, ¡tríncalos, joder! Y, si se han quedado con veinte mil millones que no eran suyos, que vayan a la cárcel. Pero ¡ojo!, ¿tienes muerto o sólo tienes… humo? En el caso de Lasa y Zabala, tienes muerto. ¡Dos muertos tienes! Ahí puedes apretar. Pero aquí, en Sogecable, no tienes delito para meter a nadie en la cárcel. No tienes muerto. ¡Humo, coño, humo es lo que tienes! No te engañes, que si sólo tienes humo, al apretar te encontrarás agarrándote tus propios brazos.
“A partir de ahí, él ya no habla de estos temas conmigo”.
El 1 de mayo, fiesta y cabeza de un largo puente en Madrid, al mediodía Javier Gómez de Liaño y Dolores Márquez de Prado salen en el coche oficial del gran chalet que García-Trevijano posee en Somosaguas. Han tenido una larga sesión de trabajo con el abogado que tramita la defensa de la fiscal indomable. En cierto momento, Trevijano ha aconsejado a Liaño que reanude su amistad con Garzón y acorte distancias, “porque me consta que esa separación tiene mucho que ver con el caso Sogecable, y no es conveniente”. Desde el coche mismo, Javier llama a Baltasar. Quedan para desayunar juntos el lunes 5. Se encuentran en Zurbano 10, una cafetería tranquila, muy cerca de la Audiencia, donde solían reunirse meses atrás. Se acomodan en la zona de arriba, que apenas hay gente. En los primeros minutos, Javier lleva la iniciativa del acercamiento:
-Baltasar, hace mucho tiempo que tú y yo no hablamos… Me gustaría que volviéramos al clima de compañerismo de antes. Yo te estimo mucho…
-También yo a ti, Javier, aunque discrepe de algunas cosas que haces… Bueno, venga, ¿tú cómo estás?
-Bien, bien, el asunto va muy bien.
-¿Qué asunto? ¿Narcotráfico? ¿Lasa y Zabala? ¿Sogecable?
-¡Sogecable, por supuesto!
-Mira, Javier, ya que lo mencionas, quiero decirte que discrepo de algunas medidas que has tomado en ese caso… Desde admitir a trámite la querella de Sainz Moreno, hasta la forma de notificar el auto, que ha sido gravosa para las partes afectadas; incluso el propio auto prohibiéndole la salida a Polanco: era innecesario…
-Pues ¿quieres saber lo último que he descubierto? -Liaño abre mucho sus ojos azules claros, oprime con fuerza el antebrazo de Garzón y baja el tono de voz-. A través de Editorial Santillana, Polanco puede haber blanqueado dinero…
-¡¿Qué estás diciendo?! Javier, los hechos de Sogecable que tú investigas llegan, que sepamos, hasta enero del 96. Y el blanqueo de capitales como delito sólo existe desde mayo del 96, salvo que ese blanqueo de dinero proceda del tráfico de drogas. ¡Y no creo que intentes imputar a Polanco por narcotráfico…!
-Bueno, yo te digo que hay indicios…
-Pero no seas cabezota, Javier, que cuando ese tipo delictivo entra en vigor el tema de Sogecable ya se ha acabado…
-Y me han dicho que el informe de los peritos de Hacienda va a ser demoledor: salen delitos de falsedad documental, de apropiación indebida, societarios… ¡la berza!
En su momento, ese informe pericial llevará al archivo del caso Sogecable, por no apreciarse hechos delictivos.

Los dos jueces se despiden palmoteándose la espalda uno al otro. A Liaño, que es más sentimental, se le nublan los ojos. Han roto el hielo, han dejado una puerta abierta…, pero Garzón sabe que ese gesto de Javier responde a una indicación de Trevijano. Joaquín Navarro se enteró y le fue con el chisme… Tres días después, el 8 de mayo, la Sala de lo Penal de la Audiencia anula las órdenes de Liaño prohibiendo a los directivos del Grupo PRISA -Polanco, Cebrián, Aranaz y Rodríguez Gil- salir de España sin permiso judicial. Al hilo de los hechos, Joaquín Navarro habla una y otra vez con Antonio Navalón. Le lanza mensajes alarmistas y le dice que, como magistrado, el tema le preocupa y le escandaliza:
“Tenemos que advertir a Gómez de Liaño: no se da cuenta de la insostenible situación que se ha creado. Por una serie de datos que tengo, he llegado a la convicción de que a Javier lo están manipulando entre Campmany, Trevijano y quizá alguien más, con la ayuda de María Dolores. Ignacio Gordillo anda también en esa operación… Yo quiero suponer que Javier está de buena fe, y hay que abrirle los ojos. Además, va a destruir estúpidamente todo el trabajo serio y ético de lucha contra la corrupción que, entre Baltasar y unos pocos más han cargado sobre sus espaldas. Hombre, ahora que está entrando un aire limpio de regeneración y de dignidad en la vida nacional…, ¡cuidado, que todo eso se puede ir al carajo por lo de Sogecable! Lo que Javier está haciendo no es de recibo, no es legal. ¡Es… un escándalo!”.

Y en otra ocasión: “Antonio, tendríamos que hablar con Baltasar Garzón. Él tiene autoridad moral para poner a Javier frente a la atrocidad jurídica que está perpetrando, y convencerle de que se inhiba y pase el asunto a otro juez. A mí, como jurista, se me remueve el estómago de pensar que un juez se ponga de acuerdo con García-Trevijano, o con quien sea, para instruir un caso por razones políticas… Esto es muy grave. Y no quisiera yo ver a Javier en la cárcel, que es como va a acabar…”. El 12 de mayo, Baltasar Garzón anota en su Diario: Dolores Márquez de Prado me invita a una comida en casa de Campmany, el miércoles 14. Asistirán ella,  Javier Gómez de Liaño y Joaquín Navarro. Percibo un deseo de acercamiento… Sin grosería, le hago notar que me choca que Javier almuerce con Campmany, que es el denunciante de un caso que él instruye. Le pregunto simplemente: “¿Y eso?”. Es lista, y me da una respuesta “light”: “Jaime quiere regalarnos su último libro”. Le digo que no iré porque tengo algo que hacer en Valencia. Al día siguiente, la Audiencia Nacional anula otra resolución de Liaño: el auto por el que decretó el secreto del sumario Sogecable. La expresión con que se revoca es muy dura: “No justificado, irrazonable, innecesario, desproporcionado e inadecuado”. Es un varapalo tremendo, y se comenta en los despachos y en los pasillos de la Audiencia…

A Garzón se le agolpan ahora las imágenes y las voces de aquel mediodía, a eso de las dos: “Oigo a Natalia: “¡Un auto terrible, pobre Javier!”. Dejando a un lado el fondo de la cuestión, pienso en la persona: es un compañero, le han tumbado ya varias actuaciones, lo está pasando mal. ¿Bajo o no bajo? Si no bajo, toda mi vida me censuraré no haber tenido corazón generoso para ir a consolarle. Es lo que me gustaría que hicieran conmigo… A eso de las dos menos cuarto, voy a su despacho para darle un abrazo. Me lo encuentro desencajado, fuera de sí. En cuanto entro, me dice:
“-¡Baltasar, la Sala ha prevaricado! ¡Es una Sala prevaricadora! Voy a dictar una resolución
poniéndolo así.
“-Venga, hombre, serénate, tranquilízate. No te busques líos…

4-“En ese instante suena el teléfono. Es Gordillo, su fiscal. Javier le dice: “Ignacio, tienes que hacerme un dictamen diciendo que es necesario el secreto parcial para no entorpecer la investigación y tal… Así, yo le digo a la policía que me lo pidan ellos…”. Luego, agrega: “¿Por qué para el secreto han de tener con Polanco un criterio distinto que con Mario Conde? ¡No lo entiendo!”.

Entonces señalo con el dedo hacia el techo, dándole a entender que me subo a mi despacho, en el piso de arriba. No quiero oír más del enjuague. La Sala manda levantar el secreto para que los afectados sepan de qué va el tema y puedan preparar su defensa. Y estos dos, juez y fiscal, están poniéndose de acuerdo para hacer otra cosa… Me voy.
“A los pocos minutos, cuando estoy recogiendo la mesa, entra Javier en mi despacho. Viene tan desencajado como lo dejé. Estamos los dos de pie. Vuelve a soltar lo de que “la Sala ha prevaricado”, pero ahora dispara zambombazos más gruesos:
“-¡Clemente Auger y Bacigalupo son asalariados del Grupo PRISA, les hacen informes, trabajan para ellos…! ¡Hay datos de que han cobrado de Sogecable!
“-¡Un momento, Javier! ¿Tienes pruebas de eso que estás diciendo?
“-No tengo pruebas…, ¡pero tengo fuentes!
“-¿Quiénes son esas fuentes?
“-No te las puedo decir.
“-Pues si no lo puedes probar y no me puedes decir unas fuentes de referencia, cállate.
“Insiste con vehemencia: “¡Están comprados, están vendidos!”. Le corto con fuerza:
“-¡Basta, Javier! Te prohíbo que en mi despacho insultes así a compañeros tuyos y míos. Son injurias graves las que les estás echando encima, y no te tolero que las digas aquí, si no tienes pruebas ni fuentes que mostrar.
“-¡No, si a lo mejor tú también criticas mi auto de prisión de Polanco!
“-A mi juicio, no se dan los requisitos para la prisión provisional, pero tú sabrás…
“-¡¡Son magistrados corruptos…!!
“-Venga, Javier, cálmate… Anda, márchate, vete a tu casa.
“-¡¡Te digo que son magistrados corruptos…!!
“-¡Coño, cállate, no puedes decir eso…! Tú estás mal de la cabeza, tío. Has perdido el
equilibrio… y te vas a hundir. ¡Reacciona, Javier, reacciona, que te están hundiendo!”. En presente, al rebobinar el recuerdo, Garzón cae en la cuenta de que Gómez de Liaño, quizá por la tremenda tensión a la que estuvo sometido, fundió y confundió en su mente algunas de aquellas frases -“serénate”, “estás mal de la cabeza”, “vete a tu casa”-. Eso explicaría que dos años más tarde fabulase al escribir en uno de sus libros: “Garzón me sugirió que pidiera un permiso de tres días para así hacerse cargo él de mi juzgado y tomarles declaración a Polanco y a Cebrián”. Claro que Liaño sitúa esa imaginada sugerencia “una mañana del mes de abril, en el despacho de María Dolores”; en cambio, esta escena ocurrió el 13 de mayo, a las dos de la tarde, en el despacho de Garzón. Muestra de que ese 13 de mayo Gómez de Liaño no sintió lo que después escribió en su libro -“ganas de echarle con cajas destempladas”, “mi seca despedida fue lo más parecido a un adiós insultante”, “María Dolores expresaba rabia civilizada”- es que, al día siguiente, María Dolores y él insistían de nuevo en llevar a Garzón a la comida con Campmany.

Volví a decir que no, que me iba el día 15 a Valencia para una escritura de hipoteca -apunta Garzón en su Diario, bajo la fecha 14 de mayo-. A Joaquín Navarro le aconsejé: “Yo en tu lugar tampoco iría”. Me dijo: “Voy para enterarme”. Después me llamó: “¡Menos mal que no has ido! Salió a relucir el asunto Sogecable. Campmany comentó: “Ese caso está muy parado”, y María Dolores dijo: “Hay que seguir adelante, aunque nos inmolemos”.

Lo que Liaño y Gordillo hablaron por teléfono, estando Garzón delante, revelaba cierto empecinamiento en el juez de Sogecable, al querer que la policía judicial pidiera lo que él hubiese tenido que decidir por sí mismo sin ampararse en nadie. Como más tarde explicaría el inspector jefe de la Brigada de Delincuencia Económica, Fabián Zambrano, “ese informe policial pidiendo el secreto se hizo porque el juez nos lo pidió: el magistrado me llamó a mí, no yo a él, y me sugirió que le enviara un escrito por fax indicando que convenía mantener el secreto; a la policía nos da igual que el sumario esté o no secreto: nosotros siempre trabajamos en secreto”. Liaño no alzó el sigilo hasta veintinueve días después. Fue una de sus prevaricaciones: se constató que durante ese tiempo ni practicó diligencia alguna sobre “hechos nuevos”, ni había “nuevos documentos” que proteger con secreto, ni “investigación nueva” que se pudiera frustrar. Para que la policía volcase sobre el papel los datos de los bancos, que tenía ya en su poder desde abril, no se precisaba el sigilo. El secreto es una medida de excepción, de uso sin abuso, que suspende ciertas garantías y deja indefenso al justiciable.

En esos días, Navarro habla por teléfono con Garzón:
-Baltasar, la Sala de lo Penal ha prevaricado al mandarle a Javier que levante el secreto en el caso Sogecable: hay un informe policial en el que se pide mantener el secreto, porque alzarlo perjudicaría lo que están investigando.
-¿Y tú cómo lo sabes?
-He leído ese informe. Javier me lo ha enviado por fax.
Con ese par de frases, Garzón se percata de dos cambios: uno, Navarro ya no se escandaliza por las actuaciones de Liaño; antes bien, apunta contra la Sala. Y otro, su fuente sobre lo que hace o dice el juez de Sogecable ya no es lo que Trevijano le quiera contar; sino que, según dice, él mismo recibe en su fax los documentos internos del proceso. Por lo demás, Liaño sigue vulnerando el mismo secreto sumarial que con tanto celo defiende.

Al poco, se celebra una tertulia en el Pazo de Monterrey. Garzón recuerda:
“Debió de ser por esas fechas. Estábamos diez: Joaquín Navarro, Jesús Neira, Jaime García Añoveros, Ezequiel Jaquete, los periodistas Bonifacio de la Cuadra, Soledad Gallego-Díaz y Lorenzo Contreras, el psiquiatra Francisco Albertos, el catedrático Juan González Encinar y yo, que llegué un poco tarde. Había clima de polémica. Navarro y Añoveros estaban enzarzados sobre la restauración del secreto sumarial ordenada por Liaño contra el parecer de la Sala. Joaquín Navarro dijo en voz alta lo que me había referido en privado: que él había visto “un informe policial pidiendo al juez que mantuviera el sigilo”. Neira y yo nos miramos. Con su indiscreción, Navarro ponía en berlina a Javier, ya que precisamente esa parte del sumario estaba secreta, y nadie podía conocerla. Le di algún toquecito con el pie bajo la mesa, pero Joaquín no atendía, estaba embalado. La discusión sobre Sogecable se amplió: intervinieron con mucho brío, de una parte, Soledad Gallego Díaz, Bonifacio de la Cuadra y García Añoveros, y Joaquín Navarro y Neira de otra. Yo les advertí: “No quiero opinar, porque puede tocarme ser juez de esa causa en cualquier momento”. De pronto, Navarro soltó una frase rotunda y brutal: “Entre un juez prevaricador y una Sala prevaricadora, me quedo con el juez prevaricador”.
“Fue la gota que colmó mi vaso. No volví a asistir más a esas tertulias… por no encontrarme con él.
“En casa dije que me filtrasen las llamadas. Joaquín era como un sarpullido: telefoneaba sin parar, le dictaba los recados a mi hija María. Pero yo había decidido aislarme de él y de otros que me venían con noticias de las tripas judiciales de Sogecable. Mi deber como juez sustituto era preservarme de cualquier contaminación, por si tuviese que intervenir. No soy de piedra, y ese chorreo de informaciones me iban haciendo mella. “Por otro lado, yo veía desmoronarse la montaña. La Sala iba anulando, una tras otra, las resoluciones de Javier, con autos razonados y fundados en derecho. Una de las misiones de la Sala es defender la pureza del proceso frente a posibles errores del juez instructor. El caso Sogecable registró el enfrentamiento más duro que se haya visto jamás entre un juez y la Sala.
“Y en éstas, ocurre lo que me temía: el 6 de julio, alzado ya el secreto y conocidos los informes de la Fiscalía General y de Hacienda, que no veían delito en la gestión de Sogecable, Juan Luis Cebrián recusa a Liaño: alega que el juez siente hacia él “enemistad manifiesta” y tiene “interés indirecto” en la causa. Me toca hacerme cargo y dirimir la recusación.
“Al día siguiente, en el hotel Princesa, Mayor Oreja presenta Narco, un libro escrito al alimón entre Eusebio Megía y yo. Allí aparecen Neira y Navarro: “Baltasar, tendríamos que vernos. Llevamos mucho tiempo llamándote, y no hay manera… ¿Por qué no comemos juntos mañana?”. Pongo una condición: “Ni una palabra sobre Sogecable, ¿hace?”.
“Estamos los tres en el comedorcito reservado del Pazo de Monterrey. Neira dice que él ha detectado “ciertos manejos de Trevijano hacia Gómez de Liaño”. Y que “Trevijano no está en el caso sólo por una idea política, ni de forma altruista y gratuita: tiene un interés económico, puesto que es asesor legal de Televisa”. En esas fechas, Anson es director de ABC y presidente de Televisa. Al oír a Neira yo entiendo que se va cerrando el círculo de los intereses.
“En plena comida, me sueltan lo que querían: Trevijano les ha dicho que van a arreciar los ataques contra mí a través de prensa y radio, como se me ocurra admitir la recusación contra Gómez de Liaño. Piensan movilizar “todo lo que no es el Grupo PRISA”.
“Navarro lleva la voz cantante. Neira asiente apesadumbrado.
“-Prepárate a la ofensiva: Anson, García-Trevijano, Pablo Sebastián, Jesús Cacho y demás “amigos” empezarán a disparar con artillería pesada. Quieren machacarte, Baltasar. Dirán que tienes intereses económicos y políticos con Polanco…
“-Ya están diciéndolo…
“-Que has pactado con Polanco: que te paga los estudios de tus hijos en Estados Unidos y va a financiar tu retorno a la política fundando un Partido Socialista Renovado.
“-Mirad, mi honradez es lo único que tengo, y la campaña de desprestigio que me están haciendo es vil, es abyecta; pero en mi trabajo no acepto amenazas ni coacciones. Voy a tramitar la recusación de Cebrián. Y haré lo que crea que debo hacer.
“-Tú tienes que abstenerte en esa recusación. Y debes hacerlo por la amistad que existe entre Javier y tú.
“-Si entiendo que debo abstenerme, lo haré; pero no por amistad o por enemistad. Cógete la ley, Joaquín: cuando un juez tiene que resolver si otro es o no recusable, la amistad no es causa legal de abstención. La Sala no me la aceptaría. Si me abstengo, lo haré cuando procesalmente pueda hacerlo, no cuando me lo digas tú. Además, lo haré contando la verdad.
“-¿Qué verdad…?
“-La verdad de lo que he conocido.
“-Pero, pero… ¡eso es una locura, Baltasar! Si haces eso, te hundes por siempre jamás. Si haces eso, te machacan vivo…
“-Es un riesgo que tendré que correr, pero debo ser honesto conmigo mismo. No sé tú, pero yo no sé afeitarme a ciegas: necesito mirarme al espejo… y no quiero tener que desviar los ojos. Desde luego, no voy a tirarme al vacío como un suicida sin más bagaje que mi testimonio, para que todos los demás, compinchados, nieguen que se han producido tales encuentros, tales comentarios, tal cruce de informaciones, y nadie crea mi versión…
“-Entonces… ¿qué cojones vas a hacer?
“-Yo puedo aceptar o rechazar la recusación. Y también puedo abstenerme. Pero haga lo que haga, debo fundamentarlo, no puedo resolver de boquilla: debo argumentarlo sobre hechos constatados.
“-Pero, Baltasar…, ¿tú te das cuenta de que, si haces eso, me obligas a decir que soy yo quien te lo he contado?
“-Es que deberías hacerlo. Sería lo mejor para la Justicia.
“-¡Sería lo mejor para la Justicia… y a mí, como juez y como magistrado, me hundes! ¡Estás loco! ¿Cómo coño voy a decir yo que lo que tú sabes lo sabes por mí? ¡Ni harto de vino…! “Navarro está encendido de ira. Se produce un silencio espeso. Al poco, vuelve a hablar él. Le miro: se le ha mudado la expresión. De la indignación ha pasado al aborrecimiento. Del temor, al cinismo:
“-Baltasar, nada de lo que tú sabes, y yo sé, vas a poder probarlo nunca… ¿No lo habías pensado?
“-Tengo muchas cosas que decir. Sé más de lo que quisiera.
“-Sí, pero no te sirve de nada. No puedes contar nada. No tienes pruebas. Y lo que no está en autos, en derecho no existe.
“-Pero existe en mi conciencia.
“-Pues, si vas por ahí, ésa será tu perdición, ése será tu final. ¡Te vamos a destrozar, como juez y como persona! ¡Te vamos a laminar… y tú solito te lo habrás buscado!
“Me quedo noqueado al ver la calaña de quien me amenaza así. Me levanto y voy hacia la puerta. Cuando estoy sacando el billetero para pagar, Neira me dice: “No, no, te hemos invitado nosotros”. Pero aún oigo, ya de espaldas, unas últimas palabras zafias de Joaquín Navarro… En el aseo, vomito. Vomito de asco, por esa coacción tan miserable. Y noto dentro mucha náusea acumulada. “Nunca en mi vida habían presionado en mi libertad judicial. ¡Qué poco me conocen! Intentar ponerme
un yugo es incitarme a una reacción impetuosa de más independencia, de más libertad”.

5-En agosto de 1997, Baltasar Garzón tiene una beca del Foreign Office para estudiar inglés en Eaton upon Avon, pero renuncia en el último momento.
-No voy a ir. No podré concentrarme en el inglés -dice a su mujer-. Estoy pasándolas canutas. Noto el peso casi físico en mi conciencia: la duda entre aceptar la recusación contra Javier, rechazarla, abstenerme… No es una decisión trivial. Afecta seriamente a un compañero, afecta seriamente a la Justicia, y me puede afectar seriamente a mí. Además, Yayo, estoy seguro de que si me voy éstos me hacen alguna putada.
Reparten las vacaciones entre Almería, Sevilla y Llavorsí, un pueblecito de Lleida. Hacen deporte fluvial con los chiquillos, rafting en lanchas de lona por el Noguera Pallaresa. “Y yo -Garzón recuerda aquel desasosegado agosto-, dándole vueltas al tema en mi cabeza. Lo fácil era el manotazo: rechazarla con un simple “no se ha acreditado el interés indirecto”. Lo difícil era yo mismo. Tengo muchísimos defectos. Puedo ser soberbio, testarudo, colérico, celoso…, pero creo que soy recto y honrado: no transijo con una injusticia, ni con una ilegalidad, si me consta que se está cometiendo y perjudica a alguien. No puedo pasar por alto lo que sé. Si lo oculto me convierto en cómplice. Si lo expongo, puede decirme la Sala de Gobierno que debí declararlo antes. Pero… me llevo a mí mismo por delante, y quedo a los pies de los caballos. “Mi familia me decía: “¿Otra vez tienes que sacar pecho? Esto te acarreará consecuencias. Son como una secta: se te echarán encima, todos de uñas, quedarás como un mal amigo”. “Ya lo sé; pero no voy a actuar por respetos humanos, ni por miedos. ¡Ojalá se despejara todo, y brillase el sol, y nadie tuviera que pagar prenda!”. “Yo no me sentía ecuánime de espíritu para aceptar o rechazar la recusación de Liaño. Estaba mediatizado por lo que me habían ido contando, aparte lo que yo mismo había presenciado. “Desde chico, siempre he optado por la justicia, la independencia, la verdad. Son opciones que tienen mala paga, pero opté por ahí. Expuse ante la Sala de Gobierno de la Audiencia mi conflicto moral. La Sala aceptó mi decisión de abstenerme. “Previamente, practiqué las pruebas que Cebrián pedía como recusante de Liaño. Una de ellas era verificar los envíos de información por fax, del juez Gómez de Liaño a García-Trevijano y a Navarro…”. Al parecer, Liaño utilizaba el fax del juzgado nº 2 -el de Ismael Moreno-, donde María Dolores trabajaba como fiscal. Ella tenía amistad más que suficiente con una de las funcionarias, Mari Carmen Gallego, como para ir cualquier tarde y poner uno o dos faxes sin darle explicaciones. Aunque ajena legalmente al caso Sogecable, Márquez de Prado se subraya escena a escena como una hábil concertadora de todos esos encuentros de intereses. Aunque era el fax de un organismo público y Garzón tenía en curso una prueba judicial, no entró a buscar en el fax del juzgado. Eligió algo más aséptico: preguntó a Telefónica. Le dijeron que, transcurrido cierto tiempo, no guardaban el listado de números. Y ahí zanjó esa indagación. No quería hacer sangre. “Parte de las pruebas opuestas que pedían el recusante y el recusado era que declarasen Trevijano, Navarro, Neira y Añoveros. Los cité. Uno de ellos, García Añoveros, explicó cómo Joaquín Navarro le contaba paso a paso los mismos sucesos que a mí. Bien. A partir de esa declaración de Añoveros, me dije: “Aquí me detengo; ya puedo abstenerme, porque hay otro testigo que, no siendo yo, sabe lo mismo que yo; alguien en quien apoyar mi versión, sin que la Sala me la eche atrás”. “El 3 de septiembre, aquí, en esta misma buhardilla, cojo el bolígrafo para dictar el auto motivando por qué me abstengo. Sé que haga lo que haga me quedo a la intemperie, sin defensa, y que no voy a agradar a nadie. Es lo contrario de contentar al corro. Un bando quiere que yo decida “Liaño, recusado”. El bando de enfrente, que rechace la recusación y diga “Liaño sigue”. Sin embargo, no voy a hacer ni lo uno ni lo otro. Y lo que es peor: el argumento de mi abstención es el tufo maloliente de complot, el metesaca de intriga que vengo percibiendo. No voy a gustar a nadie, no me va a aplaudir nadie. Me triturarán, vale; pero mi conciencia, que no es conformista, me dejará dormir en paz”.

Se pone a escribir. Sin tildes, sin comas. Prosa ramplona y desvencijada sintaxis. Un torpe aliño indumentario, a su manera. “¡Te vamos a machacar!”, “con este caso vamos a hacer la revolución…”, “seguir adelante aunque nos inmolemos”. Garzón no puede espantar de su memoria esos plurales de trama, que siguen sonándole a quebrantahuesos mafioso, a pandilla vindicativa, a Cosa Nostra amenazante…
“No tomo la decisión más cómoda, ni la más rentable, sino la que considero más justa. Si no lo hiciera así, yo mismo traicionaría al juez Garzón: él cree en serio que la Justicia es un servicio público, y no puede encadenarse a intereses particulares, ni arrodillarse ante miedos reverenciales. “Has hecho -me digo- lo que tenías que hacer. Y me dispongo a pasar esa página y a centrarme en mi trabajo: los desaparecidos de Argentina, el narcotráfico, las cuentas de la Expo’92, Telemundi, Telecinco, Berlusconi, Durán, De la Rosa… Pero alguien se empeña en no dejármela pasar: Liaño remite mi escrito de abstención al fiscal general del Estado -que es nuevo: acaban de cesar a Úrculo y han nombrado a Jesús Cardenal-. Él entiende que, con lo que digo en el auto, le acuso. Eso, con mucho guirigay y mucha fanfarria de prensa, radio y televisión, provoca una denuncia del fiscal del Estado. Y el Supremo nos convoca, primero como testigos y luego como imputados, a Javier, a María Dolores, a Ignacio, a Joaquín Navarro y a mí. Como a niños revoltosos: “Por pelearos, ¡castigados, todos!” Oiga, ¡un momento! Yo lo único que he dicho es que los señores Navarro, Neira y García Añoveros -y podría añadir algún otro nombre- me han contado una misma película de enredos. ¿Es cierta? ¿Es falsa? No lo sé. Y como esa duda me impide ser imparcial, me quito de en medio, me abstengo. Indaguen ustedes si es verdad o no es verdad… Pero ¡qué van a indagar! Se percibía un humus raro, raro… Cuando acudí al Supremo, pregunté: “¿Qué hago yo aquí? ¿En concepto de qué estoy citado?”. Allí estábamos Javier, que era el denunciante, y yo, que era el denunciado. Ni siquiera el fiscal Luzón tenía una respuesta: “Eso mismo digo yo: ¿qué hacemos aquí?”. “Yayo sufría. Ella no lo sabe, pero la vi llorar. Conmigo procuraba estar animosa, quitando hierro: “Si las cosas salen mal, levantamos la casa y nos vamos. ¿Qué nos une a Madrid? Nuestra gente está fuera. Y los amigos de verdad seguirán siéndolo aunque vivamos en otro lugar”. En cierto momento me dijo: “Tú has destapado un asunto, y ellos lo quieren tapar. No te olvides, Baltasar, que detrás están los intereses del Gobierno. Y el fiscal obedece al Gobierno. Ahora montan este show, os meten a todos en el mismo saco, la gente se confunde… Y al final, ya verás: justos por pecadores, rapapolvo general, y aquí no ha pasado nada. Eso va a ser un paripé”. Y no iba descaminada. También me advertía del corporativismo judicial: “Todos son patanegra. Ignacio, Javier y María Dolores tienen a sus familias en la magistratura. Tú no. Búscate un abogado amigo, de quien te puedas fiar”.

Le hice caso, y llamé a Manolo Medina”. El 26 de septiembre de 1997 Garzón declaró en el Supremo. Fue un trago amargo, comparecer como imputado. El instructor era Joaquín Delgado. El fiscal, José María Luzón.

-De esas noticias que a usted le daban sobre reuniones entre los señores Jaime Campmany, Javier Gómez de Liaño y María Dolores Márquez -inquirió el fiscal-, ¿dedujo que había un acuerdo para cometer delito de prevaricación y retardar el caso Sogecable de modo malicioso? En tal caso, ¿intentó usted perseguir tal delito, o impedir que se realizara?

-Nunca percibí -Garzón se señaló instintivamente los ojos- que se estuviera cometiendo un delito. Mi conocimiento era sólo referencial: recibido en charlas y en conversaciones privadas. Por esa misma carencia de pruebas, me resultaba imposible formular una denuncia o una acusación solvente sin el riesgo de que fuese tachada de calumniosa. Ahora bien, esos mismos datos que consideré insuficientes para hacer una denuncia, sí los estimé suficientes para abstenerme sobre la recusación presentada contra mi compañero Gómez de Liaño. Y lo hice en el momento en que constaté que, en efecto, lo que yo había conocido fuera del proceso me impedía resolver ese conflicto con imparcialidad. Con perspicacia de mujer, Yayo Molina adivinó que aquel desfile de jueces y fiscales por el Supremo, con su fogonazo de espectacularidad, sería apenas un formalismo, apariencia de investigación a la
que se dio carpetazo rápido: no hubo trama, no hubo conchabeo ni complot, nadie era culpable de nada. Y lo más enjundioso: ese paso por el Jordán del Supremo convirtió la historia en intocable, dándole patente de “cosa juzgada”. Después, el juez Ismael Moreno dirimió la recusación contra Liaño y lo apartó del caso Sogecable por
“parcialidad objetiva”. En su Diario, Garzón anotó aquel 26 de septiembre:
Declaro en el Supremo. Por no perjudicar a nadie, me limito a argumentar mi abstención. Estrictamente. No paso a más. He sido muy parco. Tampoco he visto interés en averiguar la verdad de lo que ocurrió, si hubo enjuague o no lo hubo. En todo caso, he respetado la reserva de unas conversaciones privadas.
Ahora, releyendo esas líneas, piensa: “Pero esa reserva tiene un límite: el derecho de los ciudadanos a que sus jueces sean independientes y no arbitrarios…”. El fiscal Gordillo se ufanaba ante algunos colegas de que su postura representaba lo que el Gobierno de Aznar quería en el tema Sogecable. Por el vicepresidente Álvarez Cascos supo una semana antes que iban a cesar al fiscal general Ortiz Úrculo. Es más, que Úrculo caía por no plegarse al Gobierno en lo de Sogecable. De ahí que Gordillo se atreviera a desafiar a su máximo jefe, desoyendo su instrucción verbal y escrita de “oponerse a cualquier medida cautelar contra los directivos de Canal Plus, porque no hay indicios de delito”. Se salta esa orden y da por buenas varias “medidas cautelares” como la prohibición a Polanco, Cebrián y demás de salir de España sin permiso y la fianza de doscientos millones. Contra lo que la Sala ha dispuesto, Gordillo se aviene también a prorrogar el secreto. Así, alargan el caso ficticiamente. Todo esto se volverá en contra de Liaño, pero no de Gordillo. Sus indisciplinas no le acarrean sanción alguna. Tampoco al fiscal Fungairiño. Sin duda, ambos tienen el mejor de los blindajes: están en la línea que interesa al Gobierno. Ignacio Gordillo jugó en la trastienda con Javier, con María Dolores, con Trevijano… Él supo siempre que éste era un caso político, que la denuncia de Campmany y el informe de Fomento en que se basaba eran piezas de un mecano político. Todos lo sabían. Todos, menos el juez que lo llevaba. ¿Qué le ocurrió a Liaño? ¿Por qué se dejó manejar? Desde el punto y hora en que aceptó el diálogo para designar a los abogados, cambiar las querellas, aumentar las denuncias, incluso el simple compadreo con el denunciante Campmany, el juez entró en connivencia con los intereses de una de las partes. Igual de nocivo hubiese sido que tuviera los arrimos con la otra parte. Garzón se despereza a la inglesa: extiende ambos brazos y los lleva hacia atrás hasta rodear el respaldo del sillón, mientras aspira y espira con largo bostezo. En unos folios ha anotado fechas, nombres, lugares y ciertas frases al pie de la letra. Se frota el puente de la nariz para desentumecer la huella del arco de las gafas. Recoge los diarios y las fichas de cartulina. Echa todavía una mirada al retrovisor del caso Sogecable, “el caso fantasma”, “el caso que nunca existió”: “Abusaron de su bonhomía. Trastearon su vanidad. Alguien detectó que su talón de Aquiles era cierta tendencia al heroísmo iluminado; y, por ahí, le imbuyeron de la trascendencia histórica del caso Sogecable y de que con ese lance acometía, ¡qué sé yo!, una obra purificadora, en el sacrosanto nombre de la Justicia… ¡la inmolación!
“Javier no obró bien. Pero no quiero que pierda la toga.
“Sin embargo, hay algo que me llama la atención en toda esta historia: ¿por qué Javier nunca ha querido saber qué había conocido yo fuera del proceso, qué me habían contado, qué graves cosas decía de él su nuevo amigo Joaquín Navarro, que a mí me impedían la ecuanimidad para el sí o el no de su recusación?”.
Por la escalera, los pasos de Yayo que sube a la buhardilla.
-¿Te falta mucho?
-He terminado ya…
-Para mañana, te he preparado el traje gris ligero. ¿Vas a llevar camisa de color…?
-No, camisa blanca con gemelos y la corbata gris de rayitas.
-Venga, si has terminado, bájate y cena algo…
-Yayo, ¿tú entiendes por qué me cita María Dolores como testigo de la defensa de Javier?
-Lo estoy pensando desde que te llegó la citación. A Javier le acusan de prevaricar al instruir el caso Sogecable. Y tú, de eso, ¿tienes algo que decir?
-Yo ahí ni entré ni salí. Me mantuve al margen. No conozco el sumario. Se lo crean o no, no leí ni un folio…
-Los trapicheos entre Liaño, Trevijano, María Dolores, Campmany… los faxes, las consultas, las reuniones… todo aquello que contaban es papel mojado, se archivó, ¿no?
-Aquello era muy gordo, pero le dieron carpetazo. Además, no tiene nada que ver con lo que ahora se juzga. Por eso me choca que éstos me llamen…
-¿Y crees que Javier y María Dolores van a querer desenterrarlo en perjuicio de ellos?
-En buena lógica de cordura, no tendrían que citarme. No les convengo. Sin embargo, me convocan, con el riesgo de que, a poco que hurgue ahí, les pueda perjudicar. No se dan cuenta de que, como testigo, estoy obligado bajo juramento a decir la verdad.
-Yo no sé qué busca María Dolores…
-Yo tampoco. Sólo puedo entenderlo como que piden árnica: que yo haga una declaración favorable a
Javier…
“Yayo, he estado leyendo las agendas, reconstruyendo la historia. Y he tomado una decisión: para mañana en el juicio, quiero borrar dos años de mi vida, los dos peores años de mi vida. Voy a ir en blanco, sin rencor, sin recordar la hostilidad que han desatado contra mí en este tiempo. Yo no podría ser amigo de ellos. Pero Javier está en un trance muy dramático, se juega la carrera. Para mí, eso sería jugarme el sentido de mi vida. Al mínimo resquicio de acercamiento que yo perciba, estoy decidido a tenderle, no una mano: las dos. Es lo que me gustaría que hicieran conmigo. Bueno… siempre que no me fuercen a mentir.

6-A la mañana siguiente, 16 de septiembre de 1999, Garzón comparece ante la Sala Segunda del Supremo. Es un escenario vetusto, solemne y con empaque. En el estrado, los magistrados juzgadores:
Gregorio García Ancos, Enrique Bacigalupo y José Manuel Martínez-Pereda. A la izquierda del testigo, las defensas del acusado: Dolores Márquez de Prado, Jorge Trías y el propio Gómez de Liaño, que también se defiende a sí mismo. A la derecha, el fiscal Luzón y los letrados de la acusación:
Horacio Oliva, Matías Cortés, Antonio González-Cuéllar y Emilio Rodríguez Menéndez. Dentro y fuera, toda la prensa nacional y foránea.

En pie, Garzón jura decir la verdad y escucha las generales de la Ley. Luego, se sienta. Con parsimonia, se sirve agua y bebe un sorbo largo. Busca la mirada de Gómez de Liaño… No la encuentra.
La defensora Márquez de Prado, más que interrogar, afirma:
-Tanto el acusado como el testigo Ignacio Gordillo, que ha declarado bajo juramento, dicen que usted reprochó a Gómez de Liaño su actitud “demasiado débil” y que, de haber sido usted el juez, “Polanco  y Cebrián estarían ya en Alcalá Meco”.
-Esa conversación no existió, aunque un testigo lo haya declarado bajo juramento.
A Garzón le viene de súbito a la mente algo que ocurrió el día antes en su juzgado: una oficial, Elena Jiménez, después de leer en el periódico que Liaño y Gordillo habían declarado eso de “si yo fuera el juez, ésos estarían ya en Alcalá Meco”, le comentó: “Don Baltasar, lo que han dicho no es verdad”. Ella se acordaba de una escena que presenció allí, en el despacho de Garzón, dos años antes: “Natalia decía: “¡Uff, Gómez de Liaño le ha puesto doscientos millones de fianza a Polanco! Claro, como al pobre le están dando tanta caña desde EL PAÍS…”. Y usted contestó: “Eso es una barbaridad. Hay que perseguir el delito, no a las personas porque te hayan dicho tal o cual desde un periódico. Polanco podrá ser lo que quieran, pero si en esto no ha delinquido, ¿cómo se le va a poner la mano encima? ¡Me da igual que sea Polanco, al que sólo he visto en dos actos oficiales, o que sea Cebrián, con quien no he hablado en mi vida! Esa acepción de personas, esa persecución ad hóminem, quebranta el alma de la Justicia”. Y luego nos dijo que el fondo de ese planteamiento era prevaricador”. Elena se ha ofrecido a declarar lo que vio y oyó.
-Tengo notas, tomadas entonces -agrega Garzón, señalando levemente su portafolios-, de las siete conversaciones cara a cara y las cuatro telefónicas que mantuve con Gómez de Liaño desde que se inició el caso Sogecable. Y esa que usted menciona, y ha salido en la prensa, existió; pero no en la fecha que usted dice ni con el contenido que señala.
Márquez de Prado no calibra el mensaje de advertencia que acaba de lanzarle Garzón: no me trastoques la historia, porque la traigo escrita. Enarca las cejas con gesto desdeñoso, entre burlón e
incrédulo. Garzón decide poner a esa mujer en su sitio, sin perjudicar a Liaño.
-En cambio -continúa, con asombro de la defensa-, recuerdo que el día que se admitió a trámite la denuncia, viniendo los tres de desayunar en Riofrío, usted misma dijo: “Polanco y Cebrián van a tener que hacer el paseíllo por las escaleras de la Audiencia”. Sí, y añadió: “Con este caso vamos a hacer la revolución desde la Justicia, para acabar con el polanquismo, con el felipismo y con el sistema corrupto…”.
Adrede, sin mentir, deja fuera del relato a Javier. María Dolores, sorprendida y nerviosa, esboza una sonrisa irónica.
-Eso fue así, aunque usted se sonría.

La defensora insiste en interrogar a Garzón sobre conversaciones privadas entre los dos jueces, con lo cual fuerza al testigo a decir verdades inconvenientes para el acusado:
-En el despacho de Gómez de Liaño -responde Garzón-, le pregunté: “Javier, ¿estás seguro de lo que estás haciendo?”. Me dijo: “Sí”. Le insistí: “¿Seguro que hay delito?”. Volvió a decirme: “Sí”. Allí mismo le advertí: “Ten cuidado con García-Trevijano: puede enredarte”… Otra conversación, esta vez en el despacho de usted, a primeros de abril, cuando pregunto a Javier qué piensa hacer con las peticiones de prisión contra Polanco, Cebrián… Me contesta que aún no tiene un criterio formado, y le expongo la metáfora del abrazo: que apriete con fuerza si tiene muerto, si tiene delito; pero que lleve cuidado por si lo que abraza es sólo humo… Y usted estaba presente.
Márquez de Prado vuelve a sonreír, despectiva. Garzón la mira fijamente a los ojos y, muy serio, repite las siete palabras de antes, pero derritiendo las sílabas como si fueran de plomo:
-Eso fue así, aunque usted se sonría.
-¿Por qué tenía usted tanto interés en el caso Sogecable?
-Ningún interés, en absoluto. Y usted lo sabe… Bueno, sí, uno: que mi compañero Javier no se diera de bruces en el suelo.
-¿Es cierto que insinuó a Gómez de Liaño que se tomara una baja, para recibir usted las
declaraciones de Polanco y de Cebrián, y así imponerles medidas cautelares más suaves? Un murmullo recorre la sala. Hasta ahora, las preguntas o eran improcedentes porque se referían a un asunto ya archivado, o eran perjudiciales para el acusado porque maldisponían al testigo. En este momento, queda en evidencia que la defensora navega sin brújula. Al principio, pretendía imputar a Garzón animosidad contra los directivos de Sogecable. De pronto, da un viraje y derrama la hipótesis de que quizá Garzón deseó quedarse el caso para tratar a Polanco y Cebrián con suavidad.
-Es falso. Si tanto interés tenía yo, dígame, ¿en qué folios del sumario están las declaraciones que tomé a Polanco y a Cebrián, o los autos levantando las medidas cautelares que había ordenado mi compañero Javier? Usted sabe perfectísimamente que no hay tal, que eso es mentira… y que yo estoy bajo juramento.

A petición de García Ancos, presidente de la Sala, Garzón desgrana los encuentros y conversaciones por teléfono con Liaño. Y ahí ya sale todo, incluido el almuerzo del 14 de mayo, cuando el juez del caso Sogecable acepta la invitación del denunciante Campmany y, ante el reproche de “ese caso está muy parado”, el propósito de “seguir adelante aunque nos inmolemos”, por boca de la fiscal metida a defensora. Garzón mira a Gómez de Liaño en el estrado. Le ve bajar los ojos, con gesto abatido. ¿Cómo iba a suponer que el parlero de Navarro iba por ahí contándolo todo?

De regreso a casa, suena el móvil de Garzón. Es Yayo:
-Baltasar, ¿cómo estás?
-Destrozado y asqueado…
-He oído por la radio que te has enzarzado con María Dolores…
-Esa mujer no ha hecho más que provocarme. A la segunda pregunta, ya me imputó un delito. Intentaba desplazar el juicio contra mí, olvidando que a quien se juzga por prevaricación es a Javier. Pero ha dado en hueso. Le he tenido que decir: “A ver, saque usted las actas del sumario y dígame dónde he actuado yo en el caso Sogecable”. ¡Muda se ha quedado! Como juez sustituto de Javier, ya lo creo que tuve un amplio almanaque de tiempo para meter baza en ese caso. Pero no quise. A cosa hecha, me quedé escrupulosamente fuera. ¡No toqué el sumario ni con la punta de los dedos…! ¿Qué me viene usted a insinuar, señora? Yo, en esa demencial historia, lo único que hice fue ¡abstenerme, coño, abstenerme! Piensen ustedes: algo habría para que yo no pudiera rechazar esa recusación… ¡Algo habría!
-¿Vas a tardar en venir?
-No, estoy ya de camino… Lo siento por Javier. Tú sabes que yo iba dispuesto a ayudarle; pero no sé a qué jugaba esa mujer. Con cada pregunta me ponía en un brete: o mentir bajo juramento por ayudar a Javier, o decir la verdad y… Lo siento, pero no he visto ni un atisbo de aproximación…

El 15 de octubre de 1999, la Sala Segunda del Tribunal Supremo condenó a Gómez de Liaño por un delito continuado de prevaricación, inhabilitándole para el ejercicio judicial durante quince años, con pérdida definitiva del cargo y sus honores.

“El riesgo de la justicia humana -piensa Baltasar Garzón- es que uno puede equivocarse. Cualquier juez sensato está en vilo y sufre por ello. Sabe que han puesto en sus manos un poder sobre la libertad, los bienes y la honra de otros. Sí, puedes equivocarte. Pero que nunca te echen en cara que tu error fue… convertir tu voluntad en ley, abusar de tu poder como juez. Es lo que ocurrió en este caso. No había materia para una causa judicial. No había delito. No había muerto. Se abrazó el
humo.

Piñar Urbano

28 Noviembre 2000

Decid el misterio

Miguél Ángel Aguilar

Ahora nos vienen algunos -que bien sabemos quiénes son- con gran aparato mediático insistiendo en la monserga de que Teruel existe, como si se tratara de una novedad. Pero -¡compañía, fuera gorros!- ahí está el padre jesuita Jerónimo Ripalda, nacido en Teruel en 1531, autor del Catecismo de la Doctrina Cristiana, por si hiciera falta dejar probada esa existencia desde algunos siglos atrás. Eso, por no hablar del frío que pasamos cuando la batalla de Teruel en las navidades de 1937 antes de que naciera Federico Jiménez Losantos. Pero volvamos ya al catecismo del padre Ripalda, concebido en forma de preguntas y respuestas. Comprobemos cómo al llegar a la cuestión de los artículos de la Fe, uno de los interrogantes adopta forma imperativa y es del siguiente tenor literal: ¡Decid el Misterio de la Encarnación! La cuestión siguiente se formula entonces desde el previsible desconcierto en que supone sumidos a los catecúmenos tras la respuesta anterior, en la que se narra el anuncio del Arcángel San Gabriel a nuestra Señora la Virgen María de que el Verbo Divino tomaría carne en sus entrañas, sin detrimento de su virginal pureza. “¿De qué manera fue eso?, se pregunta el Ripalda, para responderse a continuación: “Saliendo del vientre de la Virgen como el rayo del sol por el cristal sin romperlo ni mancharlo”.

Así es como pasan algunos por las más increíbles vicisitudes y felonías conspirativas -nada por aquí, nada por allá- en un admirable ejercicio de prestidigitación, como si compartieran la condición de inatacables por los ácidos, característica de los metales nobles. Son narraciones admirables como las del último volumen escrito de la mano del director del diario EL MUNDO, un texto que ni el más encarnizado de sus adversarios hubiera podido imaginar por falta de datos y que el propio autor aporta voluntariamente en un desahogo que resulta ser un acta de confesión de las conspiraciones para el derribo del Gobierno anterior. Nueva confirmación de las denunciadas por ese compañero de fatigas que fue Luis María Anson, antes de su arrepentimiento momentáneo en la célebre vomitona a Santiago Belloch para el semanario TIEMPO del 23 de febrero de 1998. Así que aunque, según Anson, se rozara la estabilidad del Estado, todo había que intentarlo, todo era legítimo, para desalojar a Felipe González del poder. Con esa misma ferocidad fue diseñada también casi por los mismos otra campaña, la de acoso y derribo contra Adolfo Suárez para la que en julio de 1980 fue contratado al frente de DIARIO16 el mismo Pedro.

Entonces llega Pilar Urbano con su biografía de Baltasar Garzón y de la misma boca del caballo quedamos enterados de la segunda conspiración, la que siguió a la amarga vicoria del 3 de marzo de 1996. La que urdieron Anson, Campmany y García Trevijano después delpacto de Nochebuena de 1996 suscrito entre Polanco y Asensio a propósito de la guerra del fútbol para las retransmisiones televisivas. Así sabemos también que a finales de enero de 1997 Trevijano, autor de ese best-seller sobre La Tercera República y ahora injustamente olvidado, propugnaba en una cena en la casa de ABC que el Rey tenía que irse y dar paso a la República sin que volviéramos a caer en otro 36 y que Anson no estaba de acuerdo del todo aunque sí en que el Rey abdicase en su hijo. Se trataba según ahora nos dicen “de provocar las caídas sucesivas del polanquismo, del felipismo y del sistema político corrupto para producir la hecatombe necesaria”.

Aparece entonces en manos de Luis María Anson el informe encargado por el secretario de Estado de Fomento al que se venía refiriendo Jesús Cacho en sus crónicas del diario EL MUNDO y que resumió en las páginas del semanario ÉPOCA el redactor de confianza Miguel Platón, premiado enseguida por Álvarez Cascos con la dirección de la Agencia EFE. Luego Campmany se acercó a la Audiencia Nacional para presentar denuncia ante el juez ad hoc Javier Gómez de Liaño y alle hop ya tenemos a Polanco haciendo el paseíllo y subiendo las escaleras de la ignominia y a José intercediendo por él, según asegura saber Pedro José. Pero ya verán cómo, igual que en la obra del Nobel Darío Fo, después de decir el misterio aquí no paga nadie.

04 Diciembre 2000

Garzón o el mitómano

Antonio García-Trevijano

Garzón sigue obsesionado con Gómez de Liaño. Lo comprendo. Éste es todo lo que él no es. Una buena persona y un buen juez. Tras haber contribuido a expulsarlo de la carrera, ahora lincha con mentiras su buena fama. Con pluma alquilada, desahoga su pasión de vanidoso mitómano, atribuyendo a personas honradas por sus biografías, ideas y conductas que sólo una mente deshonesta y una conciencia inmoral osan imaginar. Sin parar en que sus mentiras sobre Márquez de Prado, Anson, Navarro, Fungairiño, Gordillo y otras dignas personalidades sean tan grotescas y fáciles de destruir como las vertidas contra mí. Nunca he sido amigo de Garzón, ni tuve interés en conocerle. Jamás me encontré con él a solas. Me lo presentaron en una comida. Las ocho veces que lo encontré lo vi servido a mesa y mantel. No me ocuparía de él si no fuera porque soy testigo de hechos que desmienten sus falsos cuentos sobre personas cuya rectitud me importa defender tanto como la mía. Por eso no hablo aquí de su falaz argumento conspiratorio, sino de las mentiras en que lo apoya. Ejemplos.

1, Respecto de Anson. No estuvimos unidos en el juanismo, sino enfrentados, ni fui miembro del Consejo privado de Don Juan. No he sido asesor de Televisa, ni de ninguna otra empresa donde estuviera Anson. No he escrito un libro sobre la III República. No he escrito un libro sobre la III República. No pude pedir a Garzón, durante la cena de ABC en enero del 97, que presentara mi ‘Discurso de la República’ en el Paraninfo, porque tal cosa se hizo en octubre del 94, cuando yo no conocía a Garzón. En otra cena de ABC, Anson habló de un informe sobre Sogecable, sin decir quién lo había hecho, sin entregar copia a nadie y diciendo que carecía de ciencia jurídica para valorarlo. Por lo que se abstuvo de comentarlo. Nunca hubo tensión en las cenas de ABC, ni Garzón pudo dirigirse al anfitrión en ‘términos tajantes’ sin haber recibido respuesta adecuada a su grosería.

2, Respecto a María Dolores. Sólo en una ocasión hablé a solas con ella sobre el asunto Sogecable, para expresarle mi inquietud por la tardanza de Javier en tomar una resolución, fuera la que fuese. Ella contestó: “Tú sabes mejor que nadie que precisamente yo debo ser la más escrupulosa en no influir en sus decisiones”. Los amigos de María Dolores sabemos que su educación exquisita y su feminidad innata le impiden usar palabras tan soeces como las que Garzón pone en su boca.

3, Respecto a Javier. Es falso que yo pidiera a Garzón que me lo presentara. Lo conocí mucho antes que a él. Nos presentó, en un cocktail, el magistrado Mazas. Hablamos a solas y simpatizantes en el acto. Los asistentes a Lur Maitea confirmaron ante el TS que no oyeron las palabras que, según Garzón, pronuncié ‘con voz bien sonora’. Mi prosodia granadina no puede sonar ‘cársel’ y ‘personahe’ sino cárcel y ‘personage’. Ni una sola vez hablé con Javier sobre el sumario de Sogecable, ni él me consultó o informó sobre ese asunto. Que me mandará un fax, o un borrador del auto de prisión de Polanco, pertenece ya a lo esperpéntico.

4, Respecto a Joaquín. Hoy después de las hazañas de ‘corre, ve y dile’ fabulatorio que le atribuye Garzón en el caso Sogecable, es mi amigo íntimo. Jamás ha traicionado la confianza que teng en él. Su pasión irresistible por la verdad y la lealtad hacen del todo imposible que hablara de mí a Garzón en los términos que éste dice. Ni una sola vez me advirtió o amonestó por mi absoluta negativa a la petición de Neira de que influyera en Javier para que archivara el asunto Sogecable. Sabía y compartía mi criterio de no interferir, por respeto a la amistad común con Javier, en la libertad de su conciencia. Así se lo dijimos al mensajero de Garzón (Neira) en el Zoco de Somosaguas. Esa fue toda la fantasía de la conspiración de salón y dominó republicano.

Antonio García Trevijano

01 Diciembre 2000

Sólo Liaño es la víctima de Sogecable

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Algunos capítulos de la biografía autorizada de Baltasar Garzón, escrita por Pilar Urbano y reproducidos con generoso alarde por El País, han caído lógicamente mal en la Fiscalía de la Audiencia. No es para menos. En el citado libro, Garzón acusa a dos fiscales, Ignacio Gordillo y Eduardo Fungairiño, de cometer irregularidades en la instrucción del caso Sogecable. El libro denota la obsesión de Garzón por tapar la mala conciencia de su conducta en ese asunto, que tanto escandalizó a muchos de sus compañeros de la Audiencia, con un relato confuso y atrabiliario de una conspiración fantasma descartada por el Supremo. Pero, por mucho que él intente presentarse como pudorosa víctima del caso Soogecable, el único perjudicado ha sido Gómez de Liaño, que sigue apartado de la carrera judicial por una sentencia lamentable y a la espera de que el Gobierno le conceda un indulto que no debería demorarse más.

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